Distrito Cuatro by Brody

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 Distrito Cuatro by Brody
Summary:

Leanette Bress es una adolescente comun de dieciseis años. Al igual que Nathan y Caleb, sus mejores amigos y uno quizá algo más, vive en el Distrito Cuatro dentro del país renacido de las ruinas de Norteamérica; Panem. 

Los Juegos del Hambre es un evento que se celebra cada año para recordarle a los Distritos que no pueden revelarse contra el Capitolio sin que haya represalias. Cada año, los doce Distritos deben enviar a dos Tributos; una chica y un chico entre doce y dieciocho años a una arena de juego donde, de los veinticuatro Tributos en total, sólo uno sale con vida.

¿Qué pasará cuando Caleb, una persona de suma importancia para ella, salga elegido como Tributo para ir a la arena de Los Juegos?



Categories: LITERATURA, PELICULAS, ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Accion/Aventura, Angustia, Ciencia Ficción, Drama, General, Romance

Advertencias: Lenguaje Obsceno, Muerte de un personaje, Tortura

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 3 Completed: No Word count: 9605 Read: 851 Published: 21/04/2012 Updated: 25/04/2012
Summary:

Leanette Bress es una adolescente comun de dieciseis años. Al igual que Nathan y Caleb, sus mejores amigos y uno quizá algo más, vive en el Distrito Cuatro dentro del país renacido de las ruinas de Norteamérica; Panem. 

Los Juegos del Hambre es un evento que se celebra cada año para recordarle a los Distritos que no pueden revelarse contra el Capitolio sin que haya represalias. Cada año, los doce Distritos deben enviar a dos Tributos; una chica y un chico entre doce y dieciocho años a una arena de juego donde, de los veinticuatro Tributos en total, sólo uno sale con vida.

¿Qué pasará cuando Caleb, una persona de suma importancia para ella, salga elegido como Tributo para ir a la arena de Los Juegos?



Categories: LITERATURA, PELICULAS, ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Accion/Aventura, Angustia, Ciencia Ficción, Drama, General, Romance

Advertencias: Lenguaje Obsceno, Muerte de un personaje, Tortura

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 3 Completed: No Word count: 9605 Read: 851 Published: 21/04/2012 Updated: 25/04/2012
Story Notes:

La historia de Los Juegos del Hambre pertenece s Suzanne Collins, pero la mayoría de los personajes de ésta historia son de mi creación, a excepción de algunos. Mi historia está basada en la creación original de Collins, yo sólo la tomé prestada para crear algo relacionado c:

Story Notes:

La historia de Los Juegos del Hambre pertenece s Suzanne Collins, pero la mayoría de los personajes de ésta historia son de mi creación, a excepción de algunos. Mi historia está basada en la creación original de Collins, yo sólo la tomé prestada para crear algo relacionado c:

Capítulo Uno by Brody
Author's Notes:

Si estás aquí es un logro porque soy un asco haciendo resúmenes, espero les guste el capitulo.

Mi cuenta de Twitter; https://www.twitter.com/StayMockingjay

mi cuenta de Tumblr: https://notjustapiece.tumblr.com

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Si estás aquí es un logro porque soy un asco haciendo resúmenes, espero les guste el capitulo.

Mi cuenta de Twitter; https://www.twitter.com/StayMockingjay

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Estábamos los tres en silencio, sin decir palabra alguna. Dejé el pan, que estaba algo salado, sobre la mesa. No tenía hambre ni ganas de comer en absoluto. Los dos chicos a quienes podía considerar mis únicos amigos en el Distrito, Nathan y Caleb, se encontraban conmigo. Era la última cosecha de ambos, pues Nathan cumplirá dieciocho en un mes más y Caleb los cumplió como hace dos semanas. Eran altos, delgados, de musculatura fuerte y bien tonificada, pero muy diferentes entre sí.

Nathan, quien en ese momento terminaba de abrocharse los zapatos, era de cabello castaño claro y corto, sus ojos negros estaban posados fríos y vacíos sobre sus zapatos, con sus manos moviéndose exageradamente lentas, haciendo tiempo, intentando aplazar algo que llegaría obligadamente para todos nosotros.

Caleb, por su parte, con la misma lentitud a propósito, se metía la camisa azulada dentro del pantalón grisáceo que vestía. Su cabello negro estaba prolijamente peinado, como nunca podía estarlo a excepción del Día de la Cosecha. Sus hermosos ojos verdes se perdían en algún punto del paisaje fuera de la ventana de la casa hasta que capta mi mirada y me observa.

Cuando nuestros ojos se cruzaron volví a sentir ese miedo que me carcomía desde los últimos días. ¿Qué sería de mí si él, o Nathan, saliesen elegidos como Tributos? ¿Qué haría sin alguno de ellos dos a mi lado, como todos los días y desde que salvaron mi vida cuando yo tenía trece años?

Él sonrió, notando mi preocupación y mi miedo, dándome ánimo con ese simple gesto.

Pero sabía que él pensaba lo mismo que yo, porque claro, yo también tenía opciones de salir elegida. Si bien mis probabilidades eran menos que las de ellos, eran probabilidades existentes de todas formas. A mis dieciséis años mi nombre estaba escrito Diez veces en las papeletas, cinco por los años cumplidos y otras cinco por las teselas que he pedido. En cambio, Nathan en total tiene unas diecisiete y Caleb unas veinte.

El Día de la Cosecha era una de las pocas veces al año cuando los veía serios. La mayor parte del tiempo siempre intentaban andar felices y subiendo el ánimo a todo el mundo. Claro, si bien nuestro Distrito no era uno de los más pobres del país, Panem, las condiciones no eran las mejores de todas formas, el trabajo forzado seguía siendo pesado y las formas de vida tampoco eran muy lujosas que digamos.

Y ellos, en contrario a la mayoría de la gente, no dejaban que su estado de ánimo bajara a causa de eso. Ambos se encargaban de reír y hacer reír siempre que podían, para mantener alguna gota de alegría en todos nosotros. Era una de las cosas que más me gustaban de ellos; siempre se mantenían fuertes.

Cuando ambos estuvieron listos se pararon frente a mí e intenté sonreír para demostrarles que no estaba nerviosa. Aunque me conocían tanto que estaba segura de que sabían que lo estaba de todas formas. Caleb me extendió una mano, la tomé y me paré de la silla del comedor de Nathan.

Me paré frente a ellos. Me sentía pequeña. Ambos me sonrieron también, quizá para tranquilizarme.

Salimos de la casa de Nathan y caminamos en silencio hacia nuestra derecha. Las puertas y ventanas de todas las casas estaban cerradas por completo. La Cosecha era a las dos de la tarde, faltaba una hora pero todos se aseguraban siempre de llegar más temprano. Suspiré, de seguro mis padres y mi hermana mayor ya se encontraban en el Edificio de Justicia del Distrito. Esperando.

Y con cada paso que daba más crecían mis nervios y el miedo, recorriéndome por completo, cruzando mi cuerpo de pies a cabeza y haciéndome temblar. Respiré profundo, como si buscase fuerzas en el oxígeno, como si realmente eso pudiera darme las energías que necesitaba.

Pasamos al borde de una pradera que, a la derecha, limitaba con un bosque y, al frente, daba vista al mar. Nuestras miradas se movieron instantáneamente hacia el océano. Supe que, en ese momento, nosotros tres pensábamos si sería esa la última vez que lo veríamos o no.

Si bien para muchos de nosotros el mar era sólo una fuente de trabajo, nuestra fuente de recursos, para nosotros no era sólo eso; era algo más bello y profundo que el lugar de donde sacábamos comida y sustento, habíamos pasado muchas cosas a las orillas del océano que jamás olvidaríamos, como por ejemplo, el día en que nos conocimos. El mar era algo que definía a nuestro Distrito en Panem; el Distrito Cuatro, el marítimo, encargado de la pesca. Pero para nosotros, el mar era algo mucho mejor que sólo eso. Mucho más significativo y hermoso.

El paisaje a nuestro alrededor comienza a cambiar a medida que nos acercamos a la Plaza de la Ciudadanía. Las casas dejaban de serlo para pasar a ser tiendas y sector de comercio. Cada vez se veía más gente en las calles y, si forzaba un poco la vista, lograba ver el gran cúmulo de gente al final.

Luego de atravesar el gran grupo de gente —espectadores del Distrito— que se acumulaban en las calles aledañas a la Plaza Central para observar la Cosecha, llegamos a la fila de chicos y chicas de entre doce y dieciocho años y esperamos para fichar nuestros nombres.

Nos guían por las cuerdas y procuro no despegarme de ninguno de ellos hasta que nos obligan a hacerlo. Nathan se despide de mí con una sonrisa que intenta ser alegre y Caleb me mira unos segundos.

—Lea —pronuncia mi sobrenombre con pausa, lentamente, mirándome directamente a los ojos—. Pase lo que pase, sé fuerte, ¿Vale? Si vez que Nathan o yo somos elegidos y no hay Tributos Profesionales este año para ser voluntario, no se te ocurra ser tú voluntaria para ir también—tragué saliva sin saber muy bien qué decir. Me conocían demasiado. Digo “conocían” porque estoy segura de que lo conversó ya con Nathan o algo parecido. Sabía que estaban al tanto de mis posibles planes sin preguntármelo siquiera—. Sólo quédate tranquila.

Me besa la frente y luego se aleja. Suspiré y me dirigí hasta donde están los chicos de mi edad. Cruzo gestos de cortesía con quienes conozco de la escuela y de mi barrio y me quedo de pie, esperando.

En el escenario del Edificio de Justicia hay cinco sillas y las urnas donde están los nombres de chicos y chicas. En una silla está el Alcalde del Distrito; Richard Blank, junto a Hedda Stick, la acompañante del Distrito Cuatro llegada del Capitolio —con una extraña peluca azul—, y tres tributos ganadores, dos hombres, uno alto, blanco y rubio, Finnick Odair, el otro que no recuerdo cómo se llama pero tiene un largo cabello negro y una mujer, tampoco sé su nombre, sentada entre ambos. Ellos tres son mentores de los Tributos cada año. Hay dos sillas con aspecto de trono al frente, vacías y esperando por los elegidos.

Cuando supuse eran las dos en punto el alcalde Blank se coloca de pie y se acerca al micrófono. Todos guardan silencio de inmediato y lo miran atento.

Es siempre el mismo discurso. El alcalde empieza a relatar la historia de Panem, desde que resurgió de las cenizas luego de que Norteamérica cayera y su paso a través de los años. Llega a los Días Oscuros, la rebelión de los trece distritos contra el Capitolio y cómo éste les ganó a todos y eliminó al decimotercero.

Habla del origen de Los Juegos del Hambre y relata sus reglas, que tampoco eran muchas ni muy complicadas en todo caso. Veinticuatro tributos; una chica y un chico de entre doce y dieciocho años de cada Distrito de Panem encerrados en una arena para matarse entre todos hasta que uno terminase vivo. Dice también la lista de los Tributos Ganadores de nuestro Distrito, que no es corta, pero tampoco extremadamente larga como la de, por ejemplo, los Distritos Uno y Dos.

Entonces la mujer, Hedda, ocupó el lugar del Alcalde para usar ella el micrófono y dejé de prestarle atención. Vestía un enérgico vestido azul con lazos y líneas amarillas. Unos zapatos de plataforma blancos y cosas extrañas en su cabello adornando lo que supuse era una peluca. Claro, tenía que estar a juego con nuestro Distrito marítimo.

Miró hacia mi derecha, por sobre mi hombro, y encuentro a Caleb junto a los demás chicos y chicas de dieciocho años. Él enarca ligeramente las cejas y sonríe. Eso me da algo de calma, sé lo que está pensando. Siempre bromeamos sobre Hedda y su aspecto tan Capitolesco, tan típico de sus habitantes, tan extravagante. Eso logra apaciguar un poco mis nervios, pero no lo suficiente, mis piernas tiemblan ligeramente mientras miro de nuevo hacia el escenario.

— ¡Felices Septuagésimo Terceros Juegos del Hambre! —Escucho exclamar a Hedda—. ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!

No escucho lo que continúa diciendo sobre el honor y orgullo de ser Tributo. Para muchas personas en el Distrito Cuatro esto ya es conocido, pues muchas veces nuestros Tributos se consideran Profesionales. Si bien está prohibido entrenar a la población para Los Juegos, muchos se preparan con entusiasmo para participar, sobretodo en el Distrito Uno y Dos. Mi Distrito no es la excepción pero es menos obvio.

Hedda dice algo de las chicas y entonces algo se apreta dentro de mi. Caleb se pone serio y me observa preocupado. Se muerde el labio inferior e intenta sonreír, pero no le sale. Se limita a asentir levemente con la cabeza y miro al frente, nerviosa, sintiendo cada latido de mi corazón como un fuerte golpe interno en cada región de mi cuerpo.

La bronceada mano de Hedda se mete en la urna de cristal y revuelve levemente los papeles hasta que saca uno. Lo desdobla con entusiasmo y mientras mira a la multitud, dice el nombre. No es el mío.

— ¡Catalin Melhook! —dice con orgullo.

El nombre me suena, de una chica del colegio, creo. Sigo el recorrido de las miradas y poso mis ojos en una chica rubia de catorce años. Su rostro está pálido y tiene cara de no poder creérselo.

Los Agentes de la Paz guían a la chica hacia el escenario. Ella sube, estrecha su mano con la de Hedda y ocupa una silla mientras mira con nerviosismo a la multitud, como buscando a alguien, juega ansiosamente con sus manos mientras su labio inferior tiembla, está a punto de llorar o a punto de salir corriendo.

Hedda pregunta por voluntarios, y de inmediato se escucha el grito de una chica, de dieciocho años, alta, fuerte y rubia que, sino me equivoco, se llama Celeste.

La chica, Catalin, la mira extrañada. Si no estoy mal, ellas no son nada, ni familiares ni amigas ni conocidas, pero no es extraño en el Distrito que alguien se presentase voluntario para ir de Tributo, lejos de tener la intención de salvar a la chica, sino de ir e intentar ganar Los Juegos para representar con honor y orgullo nuestro Distrito.

Hedda sonríe orgullosa y se hace el procedimiento. Catalin baja del escenario, notablemente aliviada, y vuelve hacia la multitud de chicos de catorce años. Celeste sube, orgullosa, con los hombros bien atrás y la cabeza bien erguida, al escenario y usa el asiento que usaba la chica, sonriendo y mirando con alegría a la multitud de gente, sin disimular el honro que sentía al verse sentada ahí a través de las pantallas gigantes que acompañaban el escenario.

Cruzo miradas con Caleb, él sonríe, notablemente aliviado de que no sea yo la chica Tributo de este año. Yo sonrío también, igual o más aliviada.

Pero no ha terminado aún. Hedda se dirigie hacia la urna de los nombres de los chicos, y nuevamente los nervios me recorren por completo. Ésta vez miro a Nathan, quien me sonríe dándome ánimo y con expresión de "No pasará nada".

Espero que así sea.

Hedda toma un papel luego de revolverlos un poco y lo desdobla. Mi corazón se acelera. Sus labios se acercan al micrófono mientras lee el papelito.

— ¡Caleb Strasse! —exclama sonriente.

Y dentro de mí todo se desmorona. Siento mis piernas flaquear para luego percibir un fuerte golpe contra mis rodillas cuando caigo al suelo. Una chica junto a mí sujeta mi brazo pero apenas soy consciente de ésto. No me atrevo a mirar a mi derecha, hacia donde todos los ojos del lugar están dirigidos, hacia él, el chico de ojos verdes que me salvó la vida hacía tres años, él, siempre tan alegre, subiéndole el ánimo a todos junto a Nathan.

La otra chica a mi lado me ayuda también e intento ponerme de pie apenas. Mis rodillas arden, pero las ignoro. Mi cabeza se gira inconscientemente hacia mi derecha y veo a los Agentes de la Paz rodeándolo, a Caleb, quien camina hacia el escenario serio, ocultando toda emoción de su rostro, tanto que ni siquiera yo puedo saber qué está sintiendo. Mis ojos se cruzan con los de Nathan; su rostro demuestra lo mismo que el mío; preocupación, nervios, pero, sobretodo, miedo.

Solté el aire que ni siquiera sabía que había estado reteniendo ante el ardor de mis pulmones y Caleb sube al escenario, estrecha su mano con la de Hedda, y una última esperanza acude a mí cuando ella pregunta por voluntarios.

Pero nadie dice nada. Nadie es voluntario este año.

Puedo ver mi rostro en una pantalla grande por el rabillo del ojo así que endurezco la expresión. Debo ser fuerte, por él, a pesar de que todo en mi interior gritase, llorase y reclamase. Los Juegos del Hambre siempre me habían mantenido a raya, ni muy interesada pero tampoco muy ajena. Si bien todos los ciudadanos de Panem debían verlos, yo lo hacía porque en realidad no había mucho más que hacer. Pero en ese momento los odié con mi vida.

Suena el Himno de Panem y mis ojos no se despegan de Caleb. Su rostro está inexpresivo y su mirada se pierde en algún punto a lo lejos detrás de mí. ¿Estará pensando en qué hará? ¿En su familia? ¿Sus amigos? ¿En mí?

Los Agentes de la Paz los bajan del escenario y los llevan atrás. Me muevo rápidamente a través de la gente, hacia mi derecha y, como si leyésemos nuestros pensamientos y movimientos, me junto con Nathan, nos tomamos de la mano y nos apresuramos a correr hacia el escenario. Llegamos hasta el borde y caminamos hacia nuestra izquierda, hacia donde se lo llevaron junto a la otra chica dentro del Edificio de Justicia.

Pero los Agentes no nos dejan pasar, rogamos de todas las formas que conocemos, sujeto a Nathan cuando noto que está a punto de lanzarse sobre uno de ellos. Para nuestra suerte llega el Alcalde Blank y autoriza nuestra entrada, dando a entender nuestra cercanía con Caleb. Le agradecí con un gesto antes de que nos apresuráramos a seguir a los Agentes de la Paz que nos llevaban dentro del edificio. Agradecí la leve cercanía que tenía con ese hombre.

Cuatro Agentes nos mueven a través de un largo pasillo de paredes metálicas y nos dejan en una sala con sofás. Nos indican que esperemos y nos quedamos ahí, aún tomados de la mano, sin poder hacer algo más que quedarnos ahí de pie y esperando. Empiezo a temblar y siento mi mentón tiritar, señal de que pronto comenzaré a llorar. Me aguanto lo mejor que puedo, pero el brazo que Nathan colocó en torno a mis hombros no ayudó mucho.

Luego de unos segundos llegan los padres de Caleb y sus dos hermanos mayores. Su madre, Nadia, me mira y se apresura a abrazarme. Le correspondo el gesto con cariño, esa mujer me había ayudado mucho desde que la conozco y le guardo un aprecio enorme.

—Él es fuerte, ¿Lo sabes, cierto? Es fuerte, es fuerte —repetía con insistencia y voz temblorosa. Asiento mientras le acaricio el cabello e intento mantenerme yo fuerte, sin llorar.

Luego se me acerca el mayor de los hermanos, Kevin, y me da un corto abrazo pues llegan los Agentes y los meten por una puerta grande y de madera que no había notado antes.

Vuelvo a estar sola con Nathan. Nos miramos y nos volvemos a tomar de las manos, dándonos fuerzas con ese gesto. Lo peor aún no llegaba.

Pasaron tres largos minutos hasta que un Agente llegó a buscarnos. Nos soltamos de las manos y nos metieron por la puerta de madera. Caminamos a través de un pasillo y llegamos a otra puerta, pero metálica, a nuestra derecha, ésta se abrió y ahí estaba él, sentado en un sofá.

Verlo no ayudó en nada. Sus ojos estaban levemente enrojecidos por un posible llanto, pero su expresión era firme y dura, fría.

No supe reaccionar. Sentí mis piernas flaquear pero no me dejé caer al suelo nuevamente, mis rodillas aún dolían por la caída anterior al deteriorado cemento de la plaza.

Nuestras miradas se cruzaron y mis ojos se llenaron de lágrimas. Sólo la mano de Nathan, quien tiró de mí, me hizo reaccionar. Abracé a Caleb por la cintura y Nathan nos rodeó a ambos.

Sentí muchas cosas en ese momento. Tenía ganas de dejarme caer al suelo y llorar, gritar, golpear o patear algo. Sentí pena, tristeza, pero también rabia e impotencia. Mientras abrazaba a Caleb lo más fuerte que podía, estrechándolo con mis brazos, intenté sentirlo bien, saber que estaba ahí, pensando que quizá sería la última vez que pudiese hacer eso.

Ese pensamiento sólo me hizo llorar con más insistencia. Él me acarició el cabello y me besó la cabeza.

—Tienes que hacerte con un cuchillo o una lanza —Nathan se separó de nosotros y yo hice lo mismo—. Una lanza seria mejor. Tu puntería es tu mejor arma. Posiblemente los Profesionales del Distrito Uno y Dos te busquen, pero eso depende de lo que te diga tu instinto, es el mejor que conozco y nunca falla...

—Nathan...

—... Aliarte puede ser una buena opción pero sólo los primeros días, para aprender trucos y trampas —Nathan interrumpió a Caleb, quien lo miraba inexpresivo—. Pero después quédate solo, no puedes confiarte de los Profesionales...

—Nathan... —intentó, sin éxito, Caleb interrumpir.

—Lo tienes todo para ganar, sabes cómo cazar animales menores y...

— ¡Nathan, cállate! —Gritó Caleb—. Sabemos bien cuáles son mis probabilidades.

—No... —susurré. Era como si ya se estuviese dando por vencido.

—Tú nunca te rindes sin luchar —murmuró Nathan—. No falles ahora. ¡Si no ganas y no vuelves te juro que jamás te lo perdonaré! —exclamó y lo abrazó.

Pude escuchar la voz de Caleb diciéndole algo que no logré entender bien. Luego de unos segundos, Nathan, con los ojos llorosos, salió de la habitación.

Caleb me abrazó.

—No puedes perder —dije—. Eres astuto, hábil. ¡No puedes perder!

—Hey —me miró e intentó sonreír—. Nunca te he dicho cuánto me gusta tu vestido. Es una lástima que lo uses para La Cosecha.

Me separé de él mirándolo incrédula. ¿En serio respondía eso? Lo golpeé en el pecho pero él volvió a abrazarme mientras volvía a hablar.

—Lea, nunca te dije tampoco cuánto significas para mí. La mejor decisión que he tomado en toda mi vida fue la de lanzarme al mar a sacarte —murmuró—. Yo sé que seguirás adelante, estoy seguro. ¡Y no pidas más teselas, por favor! Nathan se encargará de ayudarte con todo. Y el nombre de Leanette Bress no saldrá en la papeleta para los futuros Tributos. Luego el hijo del alcalde, ¿Cómo se llamaba? Ah si, Alan se te declarará, finge sorpresa, ¿Vale? Le gustas. Y yo sé que te gusta un poco —su voz se quebró—. Y... Todo será más fácil.

Me besó en la frente y la puerta se abrió. Escuché el "Terminó el tiempo" de la grave voz de un Agente de la Paz.

— ¡No! —grité—. ¡Vas a ganar! ¡Tienes que hacerlo! —un Agente me agarró de un brazo y me incitó a salir, pero me resistí—. ¡Sin ti no puedo! ¡Gana! ¡Hazlo por mi! —su expresión se contrajo en una mueca de culpa, como si supiese que no podría. Un Agente me tomó del otro brazo y comenzaron a llevarme, medio arrastrarme, hacia la salida—. ¡Te necesito conmigo! —su expresión cambió, su rostro mostró confusión—. ¡Caleb, yo te...! —y la puerta se cerró en mi rostro.

End Notes:

Muchas gracias por leer, espero les haya gustado el primer capitulo c: Esta historia tendrá, en total, unos diez o doce, no más, no planeo hacerla muy larga, pero muy posiblemente haga una secuela.

Comentarios? Opiniones? Muchisimas gracias a quienes leen c:

Saludos a todos.

End Notes:

Muchas gracias por leer, espero les haya gustado el primer capitulo c: Esta historia tendrá, en total, unos diez o doce, no más, no planeo hacerla muy larga, pero muy posiblemente haga una secuela.

Comentarios? Opiniones? Muchisimas gracias a quienes leen c:

Saludos a todos.

Regresar al índiceCapítulo Dos by Brody

Los Agentes de la Paz me soltaron y afuera del pasillo, en la sala donde había estado anteriormente, me encontré con Nathan, quien me rodeó con sus fuertes brazos mientras yo rompía en llanto de nuevo.

No podía creerlo. Caleb, aquel alegre chico que una vez me salvó de morir, quien sube mi ánimo cada vez que es necesario, una de las personas más inteligentes que conozco, tan solidario y buena persona, ahora se estaría subiendo al tren que lo llevaría al Capitolio, a meterse en una arena con veintitrés otros chicos que intentarían matarlo y a quienes tendría que asesinar para salir con vida. Los habitantes del Capitolio lo conocerían y varias se enamorarían de él.

Nathan me acarició la espalda mientras él soltaba silenciosas lágrimas.

Sentí rabia. Rabia contra mi misma y contra Nathan por llorar, como si ya diéramos por muerto a Caleb. Sentí rabia contra él también, por actuar como si fuese directo a morir en vez de luchar. Contra los Agentes de la Paz que en esos momentos nos empujaban para salir del Edificio de Justicia. Pero, sobretodo, rabia contra el Capitolio y sus malditos Juegos del Hambre.

Salí junto a Nathan a la plaza, buscando a nuestras familias, sin éxito. Posiblemente querían darnos un momento a solas y nos esperarían ahora en nuestras respectivas casas.

Ya la mayoría de las personas se habían ido, todos aliviados, por supuesto. Estaba segura de que las únicas personas que lamentaban la elección de los tributos, de uno al menos, era la familia de Caleb, Nathan y yo. La familia de la otra chica, de Celeste, debía estar orgullosa de su hija voluntaria.

Caminamos a través de la Plaza, el brazo de Nathan rodeando mis hombros, bajo la atenta mirada de las pocas personas presentes.

— ¿Qué le gritabas cuando te estaban sacando? —preguntó.

No respondí. Estaba segura de que él ya sabía la respuesta pero preguntaba sólo para estar seguro. Me limité a suspirar y a seguir caminando.

—Mañana puedes venir a mi casa —cambió el tema ante mi silencio—, a ver el desfile de Tributos, y las entrevistas, y podemos ver juntos también Los Juegos. Mi padre recuperó una vieja televisión, por lo que ahora tenemos dos, y tú y yo, nadie más, podemos usar esa mientras dure todo esto.

La idea de ver ahora Los Juegos era horrible para mí. Siempre los veía, como todos, pero ésta vez era diferente. Ahora, una de esas veinticuatro personas era sumamente importante para mí, y la estaría viendo enfrentarse a otros tributos, para matarse entre todos, para intentar sobrevivir, buscando formas y métodos de supervivencia, valiéndose por sí mismos, dándole un espectáculo horrible al Capitolio.

—Dijo que el hijo del Alcalde, Alan, se me va a declarar, porque le gusto. Y dijo que sabía que me gustaba un poco. ¿Por qué dijo eso? —lo miré—. No es verdad...

—Piensa que es mejor así porque es lo mejor para ti —respondió sin mirarme—. Cree que si son pareja todo será más fácil para ti, es el hijo del Alcalde...

Ya estábamos en la puerta de mi casa. Lo miré, sorprendida e incrédula.

—Sólo quiere protegerte —dijo.

—Pero... —bajé la mirada—. Yo no quiero a mi lado a nadie más que a él...

Sin mirarlo y sin esperar respuesta entré a mi casa.

Tengo una hermana mayor; Ada, tiene diecinueve años y trabaja en el área de enfermería y sanaciones del Distrito. Físicamente es muy distinta a mí, es más parecida a nuestra madre. Tiene un largo cabello rubio y ondulado, unos bonitos ojos verdes con tonos miel y piel blanca. Mide casi lo mismo que yo, debe andar cerca del metro sesenta y cinco.

Yo me parezco más a mi padre, tenía sus mismos ojos color miel y el cabello castaño oscuro, la piel muy blanca e incluso el mismo carácter.

Cuando entro a la casa ella es la primera en acercarse a mí y abrazarme. Agradecí esto a pesar de que cuestionaba su verdadero propósito. Si bien entre Ada y yo había tres años de diferencia no nos llevábamos especialmente bien. Nuestra relación se basaba en la cordialidad y normalidad de ser hermanas y ya.

— ¿Estás bien? —preguntó.

Fruncí el ceño y me separé de ella. ¿Desde cuando llegaba, me abrazaba y me preguntaba cómo me encontraba?

—No —respondí con sinceridad.

—Oh, Lea, lo siento tanto... —hizo amago de abrazarme nuevamente pero di un paso hacia atrás.

—Yo también —la rodeé para alejarme de ella.

El motivo de que no nos llevásemos tan bien se basaba principalmente en mí, al menos.

Hacía un par de años sufrimos una crisis económica más o menos fuerte en la familia, yo tenía unos trece años y Ada dieciséis. Fue un tiempo de escases en lo que a la pesca respectaba, pues mi padre, al igual que varios en el Distrito, es pescadero, y ya de por sí el sueldo no era muy alto, por lo que tuvimos que empezar a racionar más que de costumbre. Por lo que fue un tiempo realmente malo. Yo en ese entonces no conocía ni a Nathan ni a Caleb, así que tampoco podía aportar demasiado. Lo único que había logrado hacer fue pedir teselas a cambio de que escribiesen mi nombre en una papeleta más para la Cosecha.

Hice muchas cosas por intentar ayudar a mi familia, al igual que mi madre quien consiguió trabajo como costurera. Me las arreglé de mil formas posibles, arriesgándome también a muchas cosas. Pero Ada no hizo nada. No se molestó siquiera a pedir una sola tesela, o a acompañarme a vender cosas al Mercado o al Puerto, a nada. Ada no aportó en algo en absoluto.

Logramos salir adelante y retomar nuestro ritmo normal de vida, eso si, siempre racionando algo e intentando ahorrar dinero por si una nueva crisis se viene y debemos obtener recursos de alguna parte.

Eso si, no sé si alguna vez lograré perdonar a Ada por eso, siendo la hermana mayor, se supone que su conducta debió haber sido más madura que la mía, no al revés, como realmente pasó.

—Lea... —habló, intentando detenerme con un tono que podría ser preocupación.

—Necesito estar sola —dije.

Pero mi madre llegó. Emily, una mujer en teoría joven pero con el rostro demacrado por el tiempo y los momentos difíciles. Con el mismo cabello que mi hermana mayor y unos preciosos ojos verdes. La mayoría en nuestro Distrito tenía los ojos así, verdes, pero siempre ha habido dos personas con ese color cuyos ojos me parecían extremadamente hermosos y únicos; los de Caleb y mi madre.

Ella me abrazó y le respondí con cariño, su preocupación me parecía mucho más genuina que la de mi hermana mayor. Ella me acarició el cabello y luego me besó la frente. Blog sobre noticias, videos, trucos y mazos del hearthstone basado en la comunidad Hearthpwn Mazos del Hearthstone

—Saldrán de esto, cariño —me sonrió maternalmente y agradecí su apoyo, esperando que sus palabras fuesen totalmente ciertas—. Caleb es astuto, es fuerte, y Finnick es uno de los mejores mentores que pueda haber. Saldrá de esto. Ten fé, hija.

Asentí, deseando con todo mi ser que tuviese razón.

 

***

 

—No quiero ver esto... —murmuré mientras en la pantalla salía el escudo del Capitolio y sonaba el himno de Panem.

—Admite que sientes curiosidad por saber cómo vestirán a Caleb para el desfile —respondió Nathan, con los ojos tan fijos en la televisión como los míos.

No respondí, dejando que interpretara mi silencio, pues tenía razón.

Moría de sueño, no había dormido nada la noche anterior pensando en todo lo ocurrido el día de ayer. ¿Quién diría que hacía sólo dos días me encontraba en la Pradera recolectando frutos con Caleb y Nathan? Era frustrante recordar todo eso y pensar que quizá nada volviese a ser lo mismo.

Ahí estaban Caesar Flickerman y Claudius Templesmith hablando y dando la introducción. Este año Caesar lucía un flamante cabello rojo a juego con su ropa. Claudius tenía lo que supuse era una peluca blanca, pues estaba demasiado peinada y formada para ser natural.

Hablaban y hablaban y mostraban imágenes de las diferentes Cosechas que vivió cada Distrito. Les presté atención sólo para ver con quiénes tendría que estar Caleb en la arena. El Tributo del Distrito Uno tenía una piel tostada, era alto y fornido, musculoso y de contextura gruesa. Sonreía con orgullo sentado en la silla tipo trono del escenario de su distrito, había sido voluntario para ir a Los Juegos. Junto a él, estaba una chica de cabello negro y corto, tenía una cicatriz de un corte en la mejilla y sonreía con maldad. No me extrañó para nada ver a los Tributos de ese Distrito tan preparados y dispuestos para ir a Los Juegos, mucho menos que ambos hubiesen sido voluntarios.

Los tributos del Distrito Dos eran similares, un chico algo y musculoso de cabello rojizo y una chica de alrededor de catorce años, pequeña pero con músculos en sus brazos, su expresión no demostraba absolutamente nada, no podías saber si estaba orgullosa de representar a su distrito o si sólo quería salir corriendo de vuelta a casa.

En el Distrito Tres era una mujer rubia con un cabello muy largo, alta y una fría mirada de ojos azules, y un chico de doce años con aspecto despreocupado y relajado, una actitud sorprendente tratándose de un chico de edad tan corta y que, además, estaba próximo a meterse en una arena a intentar sobrevivir. Pero tenía algo en su rostro que lo hacía diferente de alguna forma.

Luego mostraron la Cosecha de mi Distrito y los siguientes. Los demás Tributos eran relativamente personas normales, sólo podría destacar al chico del Distrito Ocho, que también era tipo alto y musculoso, y a una chica del Distrito Once con cicatrices en la cara, cuello, brazos y de aspecto salvaje.

Y empieza el Desfile de Tributos.

Los dos Tributos de cada Distrito están sobre unas carrozas negras tiradas por caballos. Cada Tributo está vestido gracias a un estilista quien se encarga de arreglarles y hacerles lucir llamativos para el público, para los Patrocinadores. En cada Desfile, los Tributos deben tener una apariencia caracterizada según a qué se dedica su Distrito correspondiente, representar a cada Distrito.

Los del Distrito Uno, por ejemplo, se dedican a todo lo que respecta Lujos y cosas por el estilo. Los tributos de éste van vestidos de dorado. Como el oro, supuse. Ella lleva un vestido corto y ceñido al cuerpo, muy bonito, contrastaba con su cabello negro que tenía adornos del mismo color de la tela. El chico grande a su lado los saludaba a todos vestido del mismo color pero con pantalones y una chaqueta. Ambos con una especie de capa larga y blanca medio transparente pero brillante. Parecían joyas.

Los del Distrito Dos vestían de gris. Ese distrito se encargaba de las Construcciones y de formar Agentes de la Paz. Los trajes de los Tributos tenían parecido, de hecho, al traje de los Agentes, ambos llevaban una especie de casco que no se veía mal y hacían juego con sus trajes, grisáceos con líneas blancas y negras marcando cada extremidad. Era algo extraño, pero no era del todo feo.

Luego apareció la carroza del Distrito Tres, el encargado de la tecnología y electrónica. Vestían trajes verdes con tonos grisáceos y amarillos. Daba la impresión de que fuesen chips o circuitos eléctricos. El largo cabello de la chica rubia estaba peinado en una extraña forma sobre su cabeza y lo acompañaba una especie de corona algo rara.

Luego, acompañado del incremento de la rapidez de los latidos de mi corazón, apareció la carroza de mi Distrito; el Distrito Pescador o Marítimo. Ambos vestían un traje azul, ella un vestido largo y un velo.

Pero apenas me fijé en algo más, mis ojos estaban fijos en Caleb, quien sonreía levemente mientras miraba a su alrededor, pude notar en su rostro la sorpresa de ver tanta gente ahí. Vestía unos pantalones azules algo brillantes, una camisa blanca y un terno del mismo color que la prenda inferior. Lleva una especie de capa dorada también algo brillante que le llegaba hasta la mitad de la pantorrilla. Su cabello estaba peinado pero de forma que pareciese desordenado y tenía una especie de corona dorada simulando a la de Poseidón.

Saludaba tímidamente con la mano derecha y llevaba una especie de tridente en la otra, ahí estaba de nuevo la imagen del Dios del Mar.

No pude analizarlo más pues su carroza salió de pantalla para darles vista a las demás. Pero su imagen había quedado clara en mi mente. Su sonrisa, tan perfecta y bonita deslumbrando en el desfile, su mano enviando suaves saludos a los habitantes del Capitolio que estaban ahí de público. Su rostro con una piel ahora perfecta, libre de vellos y cicatrices, posiblemente al igual que todo su cuerpo, quedó grabado en mi cerebro.

Me pregunto qué estará pensando en ese momento, en que continuaba de pie sobre la carroza, ésta vez quieta, esperando a que todos los Distritos terminasen de ingresar al recinto. Me encantaría hablar con él, saber qué piensa, qué planea, qué ha hecho en todo este tiempo y cuales son sus planes para los días que vienen. Pero no puedo. Los del Capitolio lo han alejado de mí, ¿Quién sabe si volverá conmigo o no?

Si forzaba un poco el oído podía escuchar gritos femeninos gritando "Distrito Cuatro". ¿Cómo no? ¿Qué chica no se fijaría en Caleb? Él lo tenía todo; una mirada sexy pero encantadora a la vez, alto, guapo, fuerte y con un excelente físico. Ellos no veían los defectos que yo sabía que tenía, y lo encontraban perfecto y hermoso por eso. Pero ¿Qué sabían ellas? Sentí rabia por esto. No lo conocían, no sabían nada de él, ¿Qué se creían para adorarlo de esa forma? ¿Qué sabían todas ellas de sus defectos, que lejos de dañar su imagen, la mejoraba?

Suspiré profundamente mientras fruncía el ceño. No sólo lo habían alejado de mí sino que ahora lo ponían como ícono de admiración.

—Debe estar feliz con ese traje —dijo Nathan con sarcasmo.

Sonreí, intentando dejar de lado todos mis pensamientos anteriores, sintiendo que no valía la pena.

—Mañana empiezan sus entrenamientos —continuó hablando, opacando la voz del Presidente Snow, quien daba su discurso habitual—. Son tres días y mostrarán las imágenes de vez en cuando, ¿Los verás? —me miró. Negué con la cabeza—. Vale, yo tampoco, así que podemos ir a buscar frutos, perlas y demases cosas e ir al Puerto a ver qué encontramos. Para distraernos un poco. Y para no dejar de lado nuestras tareas de todas formas.

—Vale. Quiero ver la entrevista con Caesar Flickerman, eso sí.

—Es en cuatro días —se encogió de hombros y luego de una pausa añadió—. Lea, ¿Verás Los Juegos?

—No sé, aún lo estoy pensando.

—No creo que sea lo mejor verlos —me miró, serio.

— ¿Por? —pregunté a pesar de saber ya la respuesta.

—Lea, ahí estarán todos intentando matarse. Es igual que en los años anteriores pero ahora Caleb está ahí y todo cambia. Estarán intentando matarlo a él.

— ¿Crees que él matará? —pregunté, desviando mis ojos hacia la pantalla.

—No sé. Si fuese necesario sí, de eso estoy seguro, ahora de matar sólo por matar y para asegurar su victoria, no sé, no lo creo.

—Quiero ver Los Juegos, además, me obligan a hacerlo de todas formas así que, ¿Qué más da?

Pude ver por el rabillo del ojo que me miraba, serio y preocupado.

—Pero, Lea, no quiero que...

— ¿Lo vea morir? —susurré—. No importa, Nathan, quiero ver Los Juegos.

Él no respondió.

Los siguientes cuatros días fueron largos e interminables. Estaba todas las tardes con Nathan en la pradera y bordeando el bosque en busca de frutos y cosas por el estilo para ir a vender. Así nos ganábamos la vida y aportábamos a la economía de nuestras familias desde que nos conocíamos, buscando frutos y plantas y yendo también al mar a bucear y buscar cosas como perlas y más plantas marítimas.

Si bien era una tarea fácil que cualquiera pudiese hacer, la gran mayoría de las personas tenía demasiado trabajo y muy poco tiempo como para darse un momento para ir a recolectar, además, conocíamos todo tipo de plantas y vegetación, sabíamos distinguir entre las comestibles y las que no y conocíamos también cada planta medicinal y para qué servían, cosas que muchos no tenían idea. Además, con el tiempo nos habíamos ganado el cariño de la gente así que nos permitían y nos dejaban ese trabajo a nosotros. Con las cosas del mar era diferente, pues muchos siempre sacaban cosas del mar con la pesca por lo que lo único que teníamos seguro era sus plantas y su vegetación, además de las perlas que lográbamos encontrar a veces.

De vez en cuando íbamos a casa de Caleb a ayudar a su madre o para llevarle cosas que pudiese necesitar, no lo habíamos dicho en voz alta pero con Nathan sentíamos que debíamos ocupar el lugar que Caleb ocupaba en su familia económicamente y apoyar lo más posible.

No había visto la televisión en todo ese tiempo, no quería ver los entrenamientos de los tributos antes de salir a la arena. Pero, según mi hermana mayor, Caleb iba bien con éstos.

El cuarto día ya no podía pensar en algo más. El día anterior habían sido los entrenamientos privados, donde los Vigilantes clasificaban a los tributos en un rango del Uno al Doce según las habilidades que ellos mostraban. Caleb había logrado un ocho, algo dentro de lo normal, quizá incluso levemente alto. Me preguntó qué había hecho para los Jueces. Supuse que algo relacionado con la puntería.

Ese día, a la noche, volvía a estar con Nathan en el cuarto, ambos sentados en el suelo, frente a la televisión. Caesar Flickerman, el presentador y entrevistador estrella de los Tributos, hablaba con la chica del Distrito Uno, quien vestía un hermoso vestido blanco algo brillante, era como una perla. Ella actuaba bastante sensual y carismática.

A cada Tributo le daban cierta personalidad a resaltar en su entrevista. Tu mentor, un Tributo Vencedor de tu Distrito encargado de entrenarte y velar por ti en Los Juegos, te ayudaba a ver quién podías ser en las entrevistas y cómo actuar según tu personalidad y qué resaltar de ella, para atraer y encantar al público y a los Patrocinadores, que son quienes te ayudarían en la arena en caso de necesitar algo.

Luego vino el chico del Distrito Uno, vistiendo un atuendo a juego con el de la chica. Pasaron también los del Distrito Dos, y luego los del Tres. Ahora hablaba Celeste, la chica de mi Distrito, con un hermoso y largo vestido con el color de su nombre. Ella sonreía y sonreía, orgullosa de ser la chica quien representa a nuestro Distrito este año y de haber sido voluntaria para el puesto.

—Ahora, damas y caballeros —habló Caesar luego de que ella saliera del escenario—. El tributo del Distrito Cuatro, ¡Caleb Strasse!

End Notes:

Muchas gracias a las lecturas *-*

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Muchas gracias a las lecturas *-*

Regresar al índiceCapítulo Tres by Brody

Caleb apareció en el escenario por la derecha. Con un terno calipso, una camisa negra y sin corbata. Su cabello, al igual que en el Desfile, estaba peinado desordenadamente. Una sonrisa torcida adornaba su rostro mientras saludaba con la mano al público. Su nombre era coreado por las mujeres presentes y sentí la rabia hervir en mi interior. Él estrechó la mano con Caesar y se sentó en la silla a su lado.

—Con que un ocho en la puntuación, ¿Eh? —habló Caesar sonriendo—. Bien hecho.

—Oh, gracias, pero me esperaba más, sinceramente —respondió Caleb.

—Bueno, cuéntanos, Caleb, ¿Qué pensaste cuando tu nombre salió elegido en la Cosecha de tu Distrito?

Caleb se tomó unos segundos de silencio para pensar su respuesta.

—Muchas cosas, la verdad —él enarcó las cejas sin dejar de sonreír—. Primero no pude creerlo, ¡Imagínate! Yo entre todos los nombres de la urna. Pensé en qué iba a hacer, bueno, aceptarlo y todo eso, no tenía más opción —se encogió de hombros—. Luego pensé en mi familia, en cómo estarían sin mí, y en mis amigos, en lo fuertes que son...

— ¿Y luego? Dime, ¿Cómo fue conocer a tu mentor, Finnick, y luego llegar acá y todo eso?

—Finnick es el tipo más simpático y genial que he conocido —dio una corta carcajada. En mi mente apareció la imagen de aquel chico alto, rubio y guapo llamado Finnick Odair—. Y nos ha ayudado mucho, la verdad, nos ha dado muchos consejos y todo eso. Es el mejor. Si llego a ganar se lo debería en gran parte a él —dio un saludo al público y el rostro de Finnick, quien estaba entre el público, apareció unos segundos en pantalla, con una resplandeciente sonrisa.

—Un chico encantador, Finnick —Caesar sonrió—. ¿Y qué es lo que más te ha gustado del Capitolio, Caleb?

—La comida —respondió sin pensarlo—. Es exquisita no importa dónde esté. Es la mejor que he probado. Eso sí, no supera la de mi madre —sonrió—. Pero es deliciosa. Toda. No me canso de comer.

Puse los ojos en blanco. Caleb estaba actuando demasiado simpático y carismático para ser él mismo. Si sacase su verdadera personalidad, estaría sentado, de brazos cruzados, con el ceño fruncido y expresión de odio, respondería cortante. Si bien con todos nosotros aquí en el Distrito era alguien sumamente alegre y carismático, en el fondo le guardaba odio y rencor a los habitantes del Capitolio y su forma de ver las cosas. Supuse que sólo estaba interesado en buscar Patrocinadores, lo que significaba que ya estaba intentando sobrevivir. Eso encendió algo de esperanza en mi interior.

—Y dime, Caleb, ¿Hay algo en especial que te motive para volver a tu Distrito como Vencedor? —Caesar enarcó las cejas significativamente.

—Oh, sí, si hay razones, una razón, bueno, una persona en realidad.

Me mordí el labio inferior con nerviosismo.

—Una persona —repitió Caesar.

—Sí, bueno, aparte de mi familia y mi mejor amigo, Nathan —sonrió a la cámara, le di un codazo a Nathan y él sonrió—. Hay una chica. Aunque creo que para ella soy sólo un amigo. Pero quiero volver por ella de todas formas.

Cualquier atisbo de broma y sonrisa desapareció de mí. Estaba celosa. Sí, estaba celosa. No podía negarlo ni engañarme a mi misma pensando y buscando alguna excusa. Estaba celosa de aquella chica que era la razón de Caleb para volver. Nathan me miró, y estoy segura de que se dio cuenta de qué sentía y qué pasaba por mi mente en ese momento. Lo ignoré.

—Pero… ¿Sientes cosas por ella? —Caleb asintió—. Ya, pero… ¿Y si no te ve sólo como amigo? Anda, di quién es, así ella se entera, tú juegas, ganas y vuelves con ella para conquistarla.

—Me dejas complicado —Caleb enarcó las cejas—. No me creerías pero soy algo tímido —sonrió. Volví a poner los ojos en blanco. ¿Tímido? ¿Él? Ya, y yo soy una princesa—. Se llama... —hizo una pequeña pausa—. Leanette Bress.

La mirada de Nathan se colocó de inmediato sobre mí y algo se derrumbó en mi interior, explotó y se hizo pedazos. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras procesaba eso en mi mente. Mientras Caesar enarcaba las cejas y el rostro de Caleb se mantenía entre serio y triste, todo para mí cambió. Y, antes de escuchar algo más, me coloqué de pie y salí del cuarto. Atravesé la casa ante la curiosa y atenta mirada de la familia de Nathan, quienes también veían la entrevista al igual que posiblemente todo el país.

Salí al exterior, adentrándome en la oscura noche que se cernía en el Distrito. Las calles estaban totalmente desiertas, pues todos veían las Entrevistas. Sólo yo caminaba por ahí, con las lágrimas cayendo por mis mejillas e intentando silenciar mis llanto.

Luego de varios minutos caminando, llorando y maldiciéndolo a todo, llegué hasta la pradera de siempre. Estaba sobre una colina que daba vista a parte del puerto, con el mar a lo lejos y las luces adornando. Era una vista hermosa. Me senté en el pasto, rodeé mis piernas con mis brazos y continué sollozando en silencio, sin poder creerlo todo. ¿En serio la chica de la que hablaba Caleb era yo? ¿Quería volver por mí? ¿Se esforzaría por ganar por mí?

¿Sentía cosas por mí?

Sentí rabia e impotencia. ¿Por qué no me lo había dicho antes? ¿Sólo a mí? ¿En privado?

—Sabía que estarías aquí —escuché la voz de Nathan a mi espalda, interrumpiendo mis pensamientos.

— ¿Por qué no me lo dijiste? —susurré sin mirarlo, apoyando mi mentón en mis brazos, sin saber muy bien por qué decía eso.

—Porque no podía, él me hizo prometérselo.

— ¿Qué dijo después de que me fuera? —murmuré.

—Que si ganaba, que lo haría por ti, y terminó la entrevista —Nathan se sentó a mi lado.

Me quedé en silencio, analizándolo todo, procesando todo en mi cabeza.

— ¿Estás enfadada? —preguntó.

—Sí —respondí sin pensarlo demasiado.

Enfadada. Enfadada y dolida. Enormemente. Es que no podía creerlo, ¿Era en serio? ¿De verdad Caleb sentía cosas por mí? ¿Por qué no me lo dijo antes, en privado, a mí y a nadie más, cuando nos despedimos después de la Cosecha, por ejemplo? ¡¿Por qué rayos lo había dicho con todo Panem observando?!

—Cuando nos despedimos antes de que nos sacaran del Edificio de Justicia —habló sin mirarme, con los ojos fijos al frente—. Me dijo que no importa lo que sea que viese en pantalla, pero que sí creyese en sus palabras. Sus propias palabras. Supongo que sabía que lo haría. Debes creerle.

— ¿Por qué no me lo dijo antes? ¿En privado? —susurré, intentando que mi voz no se quebrase.

—Pues, no sé, pero yo tampoco podría haberlo hecho, sería doloroso hacerlo justo en el momento en que te vas sin saber si volverás vivo o en un cajón —murmuró—. Me pidió también que te cuidara, aunque eso no era necesario.

—Siempre pensé en lo doloroso que sería si alguno de ustedes dos saliese elegido, pero nunca vi la opción concreta en serio... Ahora sencillamente no puedo creer que mañana lo metan en una arena con otros veintitrés chicos para matarse entre sí. Pero... ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo rayos se le ocurrió hacerle saber a todo el país algo como eso? Pero... —miré al cielo, oscuro, con los hermosos puntitos brillantes que eran las estrellas. Tan lejanas, tan bonitas, tan inalcanzables...—. ¿Habrá sido en serio? ¿De verdad?

—Acabo de decirte que sí —respondió—. Él dijo que creyésemos todo, y yo ya lo sabía de antes.

Con el puño golpeé el césped.

— ¿Y cómo mierda no se dio cuenta antes de que no lo veo sólo como a un amigo? —hablé, enfurecida.

 

***

 

Sesenta segundos. Son sesenta segundos la cantidad de tiempo desde que el cubículo de los Tributos sale a la arena hasta que ellos puedan salir y correr hacia la Cornucopia o a cualquier parte de la arena según lo que estimen conveniente para sí mismos.

Es así; la Cornucopia es una gran cosa dorada donde se encuentran diferentes cosas y objetos que a los Tributos les pueden servir durante su estadía en la arena. Hay mochilas, por ejemplo, que pueden tener cualquier cosa adentro, eso sí, todas te ayudarán de una u otra forma. También hay armas, cuchillos, lanzas, arcos y flechas y cosas por el estilo. Mientras más cerca de la Cornucopia, más potentes eran las armas y más útiles y completas serán las mochilas.

Era algo sucio. Dejaban muchas cosas juntas para provocar lo que todos conocen como el Baño de Sangre. Es el instante en que más tributos mueren, pues varios intentan agarrar algo que les sirviese, además del hecho de que es un momento donde están todos los tributos juntos —y muchos dispuestos a matar sin detenerse a pensarlo—.

En ese momento estaba con Nathan, sentados en el suelo de la habitación y ambos mirando y analizando cada imagen que salía en pantalla. Mientras Claudius Templesmith describía la arena, mostraban imágenes de esta. Era sencillo; un bosque, un gran e inmenso bosque con un río, un lago pequeño y el gigantesco claro donde se ubicaba la Cornucopia y, alrededor de ésta, veinticuatro círculos por donde saldrían los Tributos en unos tubos.

Suspiré, nerviosa, mi corazón latía con fuerza y con rapidez, ansioso. Sentía mis extremidades temblar, casi no respondían ante las órdenes de movimiento de mi cerebro. Nathan tomaba mi mano con fuerza, dándome apoyo con ese gesto. Algo que agradecí completamente.

Y los Tributos salieron a la arena sobre la plataforma circular. Pasaron alrededor de diez segundos hasta que una grave voz masculina empezó la cuenta regresiva. Todos se miraban entre sí y analizaban el espacio a su alrededor, su entorno y el escenario donde estaban.

Y él, Caleb, estaba ahí, mirándolos y analizándolos a todos, pero también con sus ojos barriendo la vista a su alrededor. Observaba el bosque que estaba a su derecha, y la Cornucopia frente a él. Algo se estremeció dentro de mí cuando noté que analizaba demasiado la distancia entre él y los objetos.

—Dime que no planea ir a la Cornucopia... —murmuré.

—Me temo que puede que así sea —respondió Nathan, sin despegar sus ojos de la pantalla.

Suspiré profundamente. Mi corazón parecía latir cada vez más rápido. Treinta segundos. Los tributos se ponían en posición para salir corriendo en cualquier momento. Caleb no era la excepción.

Veinte segundos. Mostraban un plano general de la arena, el gran bosque y la Cornucopia en el centro exacto de éste. Quince segundos. Los tributos se miraban entre sí mientras podías sentir la tensión en el ambiente.

Diez segundos. Nathan apretó mi mano mientras comenzaba la cuenta regresiva. Ocho... Siete... No podía más de los nervios, mi corazón parecía estar a punto de estallar y reventar en el interior de mi pecho., rompiéndose en pedacitos. Cinco... Cuatro... Quería gritar, quería detener esto, estaba mal... ¡Estaba todo mal!

Un gran sonido estalló en todas partes y todos los Tributos comenzaban a correr. Algunos corrían directamente al bosque mientras otros, la gran mayoría, corría hacia la Cornucopia.

Y todo era un caos. Había chicos y chicas peleándose cuerpo a cuerpo con sus rostros crispados en rabia. Otros eran más rápidos y corrían luego de tomar una mochila o un cuchillo. No lograba ver a Caleb por ningún lado, y por un momento el pensamiento de que corrió al bosque llenó mi ser y me alivió en algo.

Se veía un par de cadáveres en el suelo, algunos aún agonizando y otros muertos derechamente. Claudius Templesmith intentaba comentar y relatar todo lo que veía en el Baño de Sangre pero era complicado, era un caos demasiado grande como para abarcarlo pro completo.

— ¿Quién ganará esa mochila? ¿El chico del Distrito Cuatro o el chico del Distrito Siete?

Contuve la respiración mientras lo veía, a Caleb, luchando en la pantalla contra un chico rubio armado con un cuchillo, ambos estaban intentaban golpearse mutuamente. Quise gritar, ¿En qué estaba pensando? ¡El otro chico estaba armado ya!

No supe qué más pasó pues cambiaron a la pelea del chico del Distrito Uno contra otro del Ocho. En realidad, no era una pelea, era el asesinato del Profesional al otro Tributo.

Solté el aire que contenía, con lágrimas amenazando con caer de mi rostro y la desesperación recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. ¡¿Por qué rayos no podían mostrar a Caleb?!

Me mordí con fuerza el labio interior mientras mis ojos hacían esfuerzos sobrehumanos por buscar a Caleb en el plano general que daban de la arena. Y ahí lo vi, corriendo hacia el bosque, su cabello negro y el número 4 en su chaqueta corta vientos. Con una mochila en su espalda y un cuchillo ensangrentado en la mano.

Suspiré, aliviada, soltando mi labio al sentir el sabor de la sangre en mi lengua.

—Es un jodido idiota —murmuró Nathan.

No respondí, me limité a cerrar los ojos y esperar el balance final del Baño de Sangre. Caleb lo había logrado, había salido vivo de ahí.

Era horrible. Sencillamente horrible ver todo eso. Antes no provocaba nada nuevo en mí, por supuesto que pensaba que ver a veinticuatro chicos, jóvenes, adolescentes, matándose entre sí era terrible, pero ahora que Caleb se encontraba ahí era mucho peor. Un millón de veces peor.

Nathan soltó mi mano y pasó el brazo por mis hombros. Me limité a suspirar y a apoyar la cabeza en el hueco de su brazo.

Pasaron varios minutos en los que mi cerebro intentaba de todas las formas posibles bloquear la voz de Claudius Templesmith detallando muertes, batallas y cosas por el estilo.

Al final, dieron la lista de muertos.

Ambos tributos del Distrito Tres, lo que significaba que los Profesionales del Uno y el Dos estaban vivos. La chica del Cinco, o sea, que Celeste, la de mi Distrito, estaba viva también al igual que Caleb. Ambos del Seis, el chico del Siete, el chico del Nueve, ambos del Diez, y las chicas del Once y el Doce.

Once muertos en total. O sea, quedaban trece tributos. Caleb entre ellos. Suspiré, un poco más aliviada, el primer día siempre era el que más Tributos morían.

— ¿Crees que fue Caleb quien mató al chico del Distrito Siete? —pregunté a Nathan.

—Es lo más posible —murmuró.

Suspiré, consternada.

Mientras Claudius continuaba hablando, mostraban imágenes de los Tributos vivos en la arena. De inmediato mostraron algo esperado; una alianza entre los Profesionales, ambos tributos del Distrito Uno y el Dos y la chica de mi Distrito, Celeste. Ellos caminaban juntos, armados y confiados por el bosque. Llevaban unas dos o tres mochilas cada uno, y cuchillos y lanzas y varias armas más.

Mostraron a dos o tres tributos que no tenían nada y caminaban por el bosque buscando algo, miraban a todos lados con la paranoia presente en cada centímetro de su rostro.

Y mostraron a Caleb. Él caminaba por el bosque fijándose en la corteza de los árboles, tenía un leve corte en el costado superior derecho de la frente y observaba con atención las plantas del suelo. Buscaba agua, lo sabía, y se estaba guiando por el tipo de vegetación y quizá buscando algún animal menor. Supongo que continuó así por un rato ya que luego mostraban al chico del Distrito Doce quien se acomodaba entre unos arbustos.

Suspiré. Serían unos días extremadamente largos. Desearía poder tener una televisión que mostrase a Caleb las veinticuatro horas del día, saber qué hace a cada momento sin tener que soportar ver lo que hacían los otros tributos de quienes poco me importaban sus acciones.

Pero no podía porque no habían "canales exclusivos" para cada Tributo. No tenía otra alternativa.

Me quedé el resto de la tarde junto a Nathan mirando la pantalla, observando cómo los Profesionales se organizaban para hacer turnos durante la noche y discutir entre ellos buscando algún lugar donde pasar la noche y donde establecerse para guardar sus provisiones y las armas, de forma de no andar con ellas para entorpecer sus acciones.

Las chicas del Distrito Ocho y Nueve se aliaron también. Ninguna tenía nada a su favor pues ninguna había sido lo suficientemente arriesgada para correr hacia la Cornucopia.

No comentamos nada con Nathan. Era poco lo que hablábamos mientras veíamos la televisión, más que nada para comentar y para deducir qué planeaba y pensaba Caleb cuando lo mostraban. Según lo último que vimos se había acomodado entre dos troncos en el suelo, uno caído, formando un perfecto hueco que era fácil de camuflar. Supusimos que pasaría la noche ahí.

Por suerte le dieron pantalla cuando comenzó a sacar las cosas que tenía en la mochila. Con Nathan miramos atentos cada cosa que Caleb iba dejando en el suelo a su lado.

Una botella vacía, frutos secos, una cuerda, un saco de dormir que, según Nathan, servía para conservar el calor corporal, tabletas para purificar el agua, unos guantes de construcción y bastante resistentes, y una lata con algún tipo de comida no perecible que no alcancé a ver qué era. Eso sumado al cuchillo que había logrado obtener luego de la pelea con el chico del Distrito Siete.

—Fue bueno que se hubiese arriesgado por la mochila, es bastante completa, el chico del Distrito Siete debe de haberla sacada de una de las más cercanas a la Cornucopia —habló Nathan cuando sacaron a Caleb de la pantalla.

No respondí. Como era de noche comenzó a sonar el himno de Panem y el escudo se reflectó en el cielo de la arena. Y mostraron los rostros de cada Tributo muerto ese día.

—Es tarde, mejor ve a dormir, mañana seguimos viendo, te iré a dejar a tu casa —dijo Nathan colocándose de pie.

—No podré dormir, Nathan —me paré también y lo miré.

—Yo tampoco, pero al menos hay que intentarlo, lo más posible es que todos, o la gran mayoría de los Tributos, duerman, así que no creo que pasen muchas cosas interesantes durante la noche, además, los Vigilantes saben que todo Panem duerme también así que no harán nada por intentar encender las cosas en la arena.

Asentí. Él apagó la televisión y ambos salimos del cuarto. Luego me acompañó hasta mi casa, en un total silencio. Lo único que hicimos fue caminar abrazados, dándonos apoyo de esa forma.

Definitivamente, serían días extremadamente largos.

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