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SENGOKU: EL ZORRO NARANJA por Fersaw333

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Notas del fanfic:

Hola. Os habla el Fersaw. Espero que se encuentren de maravilla en estos tiempos.

En esta ocasión traigo otro fanfic del universo de Naruto, aunque esta vez he tomado a los personajes para llevarlos a un nuevo mundo.

Esto es solo un experimento, una idea que surgió de la nada tras ver un documental sobre la historia de Japón. Puede que se quede como un oneshot, o quizás pueda concebirse algo de mayor tamaño.

Notas:

Espero les guste, realmente me tomó varios días darle forma a esto

El cielo es gris. Suele estar de ese color durante esta época del año; no es algo fuera de lo común. Lo que escapa a lo habitual es la marcha de aldeanos hacia el cementerio; aunque cada vez es una visión más frecuente. Marchan en silencio, o lo más cercano a este. Gimoteos y plañidos de familias destrozadas son el coro de aquella marcha. Salen de los muros de la aldea con dirección al campo santo ubicado tras las colinas. Cuatro ataúdes de madera, construidos de manera apresurada, envuelven a cuatro jóvenes que encontraron el final de sus cortas vidas de forma violenta. El frio filo de las espadas les arrebató la existencia. Son llevados sobre hombros de padres, hermanos o amigos en medio de aquella muchedumbre que los acompaña hasta su lugar de descanso final.

No hay consuelo ni maldición que puedan desgarrar para sentir alguna clase de paz los familiares que caminan con el alma adolorida y los corazones destrozados. El cielo también quiere llorar, pero se contiene.

Desde la distancia, en una loma no muy lejana a la salida de la aldea, aun costado del camino adoquinado donde el contingente debe pasar, allí se hayan los autores de tal desgracia. No se sienten mal por el dolor que han provocado; no miran con pesar aquellas personas que visten de negro. Con altivas y severas miradas escudriñan a los aldeanos juzgándolos. Aquel grupo de la colina está conformado por al menos diez hombres armados y pertrechados, ataviados de blanco. Armaduras sucias y dañadas por el paso del tiempo o por su baja calidad. Son samuráis. Aquella indumentaria es prueba de su posición y el emblema en sus petos confirma la identidad de sus amos. Son samuráis al servicio del clan Ashikaga; uno de los grandes clanes del imperio; amos y señores de estas tierras.

El motivo de su presencia es el de la justicia. Una extraña y mal llamada justicia creada para velar por el bienestar de los intereses de la clase dominante. Una justicia retorcida y compleja. Una justicia injusta. Aquel cuarteto de jóvenes encontró la muerte al ser señalados como rebeldes por el líder del grupo de samuráis. No fueron necesarias pruebas o siquiera debatir la cuestión. La palabra de un samurái es suficiente para dictar una sentencia. Así se hace la justicia en las villas y pueblos del imperio desde hace siglos.

Desde la entrada de la villa, sobre el adarve de la muralla que resguarda el asentimiento, un conjunto de jóvenes observaban la marcha fúnebre con el corazón dolido y los ánimos derruidos. Rostros vivaces marchitados por la desdicha y la incomprensión. Entre murmullos debaten la veracidad de lo ocurrido. Ninguno de ellos podía dar fe de que los ejecutados fueran rebeldes, tampoco pueden afirmar lo contrario. Mas en el grupo uno de ellos permanecía en silencio. Sus ojos azules vigilaban a los samuráis, los acosaba con una mirada cargada de enojo y odio. Su cabello rubio era agitado por la brisa matutina cargada de frio.

–¿Eso importa? –dijo aquel ojiazul con un tono tajante y severo. Sus compañeros pronto guardaron silencio ante sus palabras y lo miraron–. ¿Acaso es necesario ser culpable para que esos malditos asesinos vengan y te quiten la vida? ¡No! Ellos matan sin motivos.

Hablaba con un notable rencor en sus labios. Sin mirar a sus compañeros les dejó en claro que el debate que sostenían era innecesario. Se cruzó de brazos y apretando los dientes continuó hablando.

–Conocíamos bien a Torou, ¿no? Todos en esta aldea lo conocíamos a él y su familia. Humildes apicultores que venden miel los fines de semana en el mercado. Su hermano menor, Shino, ahora está allí llevando sobre su hombro el cuerpo de su hermano solo porque un maldito ryoshi lo señalo como rebelde. ¿Cómo puede ese samurái estar tan seguro? ¿Y si se equivocó de persona? Se hacen llamar portadores de la justicia y la ley, pero no son más que asesinos.

–¡Quieres callarte, Naruto! –interrumpió uno de sus compañeros–. Si te escuchan hablar así tú serás el siguiente al que tengamos que llevar sobre nuestros hombros.

Alegó con severidad uno de sus compañeros, un chico alto y delgado, de rostro atractivo y el cabello largo atado en una coleta alta. Cuando el ojiazul dejó de hablar y lo miró este suspiró. Se llevó un mano a la nuca masajeándose un poco para relajarse. Luego miró a los demás.

–Nadie aquí pone en duda que Torou era inocente. Como dijo Naruto. Solo era el hijo de una familia de apicultores y un mimbro de la milicia de exploradores; como todos nosotros. Pero sabemos también que era amigo de los Uchiha y todos ellos son traidores y rebeldes. Quizás Torou estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado y eso le costó la vida.

Ninguno dijo nada. Todos agacharon las miradas ante sus palabras, por más duras que fueran. Una de ellos decidió hablar. Sus hermosos ojos se posaron sobre aquel chico alto y su semblante evocó indignación.

–¿Por qué los seguimos llamando traidores? –fue su objeción. El pesar que antes la cubría ahora se volvía irritación ante las palabras acerca de los Uchiha–. Ellos solo hicieron lo que cualquiera habría hecho en su lugar. Se cansaron de los abusos y decidieron alzar la voz de manera pacífica, ¿y como respondieron los Ashikaga? Quemando su villa, sus hogares, sus cultivos y asesinando a muchos de los suyos. Hicieron todo eso y lo llamaron justicia, la misma que han impartido ahora asesinado a cuatro de nosotros –exasperada se cruzó de brazos dedicando una mirada acusadora a aquel chico alto–. A veces no sé de qué lado estás, Shikamaru.

El chico de la coleta estaba a punto de responder, y tenía argumentos, más decidió no alegar nada. Sabía bien que las palabras de aquella chica de cabellos rosados estaban guiadas por otra clase de sentimientos, no hacia el clan Uchiha, si no hacia uno de sus miembros. Volvió a suspirar con pesadez y se acercó a ella posando su mano sobre su hombro demostrando comprensión y le dedicó una sonrisa amble antes de alejarse por el largo del adarve en compañía de otros exploradores. La chica se sorprendió por aquello.

–Tal vez todos deberíamos hacer lo mismo que hicieron los Uchiha –agregó el chico de ojos azules con un tono frío y severo. Su mirada volvió hacia los samuráis de la colina.

Para tranquilidad de todos, los samuráis decidieron retirarse de la colina y de las cercanías de la villa. Algo que tranquilizó a todos los habitantes. Sin embargo, la dirección que tomaron para irse llamó la atención del chico de cabellos rubios.

–¿Sabes a donde se dirigen, Sakura? –cuestionó a la chica a su lado, la única que permaneció allí con él.

–Supongo que irán a Insei. El nuevo ryoshi de la zona es Utamaru Hokka; el dueño de los sembradíos de arroz que están cerca de Insei –respondió con cordialidad la joven, para luego fruncir el ceño al tener en la mente la imagen de aquel deleznable hombre–. No hay nadie aquí que no lo conozca. Es un desgraciado que trata a sus campesinos como esclavos y abusa de ellos. No tengo idea como es que los Ashikaga lo nombraron ryoshi.

Utamaru Hokka. Si, sin dudas el joven rubio conocía bien ese nombre y a la persona a quien le pertenece. La descripción que Sakura hizo era demasiado sencilla; ese hombre es mucho peor. En principio un usurero sumamente violento y soberbio, un terrateniente sádico y perverso, y ni hablar de su gusto por las mujeres, mujeres que no desean estar con él. No hay nadie en la región que no lo conozca y no lo odie.

Sakura pregunto el motivo de su cuestionamiento, él se excusó diciendo que era mera curiosidad. No hubo más palabras después de esas. Ambos se separaron con diferentes rumbos. Sakura debía atender unos asuntos familiares antes de ir al lugar donde trabaja. Naruto, quien no tiene un oficio, decidió regresar a su hogar.

La Aldea de la Hoja era más que una aldea, como se le llama debido a que antaño fue muy pequeña. Con una extensión considerable y una población cercana a los dos millares es el centro de comercio de pequeños poblados y villas dispersas por las montañas y bosques. Y es eso el atractivo de la aldea: sus bosques. El asentamiento está justo en la entrada de uno de los más grandes bosques del imperio, de allí su nombre. Es un lugar hermoso para vivir. La gente de la aldea sabe muy bien cómo llevar su vida humilde y animada. La calle principal siempre está repleta de personas realizando las labores del día a día. Gente que se conoce desde hace generaciones y para quienes sus vecinos son también familia.

Si, cuando no hay pesar cerca, ni samuráis, la vida en la aldea es esplendida y pacífica.

El rubio se paseaba por la calle principal como todos los días, y como todos los días la gente que lo conocía, que eran casi todos, lo saludaban. No era solo el hecho de ser conocido, sino también de formar parte de la milicia local de exploradores lo que le granjeaba cierto estatus entre el populacho.

Es gracias a un cuerpo de guerreros lugareños que la paz y la tranquilidad permanecen soberanas, tanto en el pueblo como en los caminos cercanos y algunos poblados que dependen de la Aldea de la Hoja. A estos hombres y mujeres de la comunidad se los denomina exploradores, y forman la milicia local de exploradores. Hay quienes denominan a estos grupos shinobis debido a ciertas intervenciones históricas en conflictos pasados.

A diferencia de los samuráis, o los ejércitos provinciales, los exploradores no poseen nada más que un uniforme que sirve para identificarlos. Suele ser de un color oscuro, con prendas holgadas y que cubren sus cuerpos. La parte más importante es el chaleco acolchado verde que todos portan por igual y que deben mantener en las mejores condiciones. No es una armadura, es solo un distintivo. Tampoco están armados decentemente. No tienen más armas que las que ellos mismos puedan conseguir o crear. La mayoría portan varas gruesas de madera, cuchillos o herramientas convertidas en armas. La necesidad suele ser el mejor aliciente para la creatividad

No era normal en él no corresponder con cortesía a todos los saludos y gestos amables que la gente le dedicaba. Pero su mente se hallaba ausente, inmersa en pensamientos personales. Y fue así hasta que llegó a su hogar.

A simple vista un edificio con dos niveles que destaca en esa zona del asentamiento. En el nivel inferior se encuentra un restaurante de comida cacera. No es grande, tampoco es de lujo, aun así, posee un gran encanto en su diminuto espacio. Son los aromas apetitosos y variados su mayor atractivo. Ya desde la entrada se puede caer presa de sus deliciosas esencias. Tal es esto que, aunque sus puertas están cerradas, ya hay un puñado de personas haciendo fila, aguardando para degustar los platillos bien calientes.

Había opiniones divididas entre ellos. No se debatían en si la comida era buena o mala, si no en cual era el mejor platillo. El udon decía un hombre de cara ancha; el ramen con chuleta de cerdo, afirmaba un muchacho recién entrado en la pubertad y otros se decantaban por el pescado asado. No se ponían de acuerdo, cada uno tiene su favorito.

Las puertas de abrieron de la nada, dejando salir con mayor fuerza las fragancias de la comida recién hecha. Y allí están la artificie de tales manjares. Una hermosa mujer de larga cabellera roja y piel blanca. No había quien no la conociera en la aldea, y como no conocerla si sus dotes para la cocina parecen una bendición de los dioses.

–¡La comida está lista! –era su grito de guerra. Un anuncio que aceleraba el hambre y hacia sonar estómagos ansiosos.

En orden y con respeto, pero a la vez ansiosos, entraron todos los comensales uno tras otro saludando con cortesía a la dueña del restaurante, la señora Kushina Uzumaki. En nada estaban todas las pequeñas meses llenas y las jóvenes que trabajaban allí se apresuraban en atender a todos esos hambrientos hombres. No obstante, la mirada alegre de la mujer de cabellos rojos se sorprendió de ver allí también a su hijo.

–¿Naruto, que haces aquí tan temprano?

–Hoy no me siento con ánimos de patrullar. Y tengo algo importante que hacer.

Sus palabras sonaron frías, pero las encubrió con una sonrisa cariñosa dedicada a su progenitora. No esperó a que ella dijera nada y paso por su lado para dirigirse a su casa, la que está en el segundo nivel del edificio.

Kushina no atinó a decir o preguntar más. Últimamente su hijo se comportaba de manera extraña y algo misteriosa, pero sentía que no debía ser tan invasiva con su vida personal, después de todo, era un buen hijo, nunca se había metido en problemas. No tenía nada de que preocuparse, ¿o sí? Sus pensamientos se vieron truncados al recordad que tenía a un buen número de comensales que atender.

Naruto subió aprisa hasta su habitación. Una vez dentro se aseguró de cerrar bien la puerta y de que su madre no lo hubiera seguido. No había muchas cosas o muebles, era un hogar humilde. Una cama junto a la ventana, unas repisas en las que tenía objetos apreciados, una mesa pequeña en el centro de la habitación, un armario y poco más. Se dirigió hasta el armario y dentro buscó lo que necesitaba: una bolsa de tela en la que ocultaba algo, debía ser importante y valiosa pues sonrió al tenerla en sus manos. La sacó de allí y la llevó hasta su cama en donde volcó su contenido.

Una capa negra, unas vendas oscuras, una máscara de cerámica que representa un zorro de color naranja y finalmente un arma. Un tant?, con empuñadora de madera envuelta con hilos naranjas, una fina hoja brillante y pulcra, como si nunca la hubieran usado o la limpiaran todos los días. La funda que resguardaba la hoja era de madera barnizada par ser oscura y tenía un grabado con letras anaranjadas. “Minato Uzumaki”.

Naruto evocaba un aprecio enorme para esa arma. En el reflejo de la hoja no se veía así mismo, veía al hombre quien fue propietario de esta antes que él. Un hombre valiente y respetable, con un inmenso sentido del deber y del honor.

–Tú nunca habrías permitido esta injusticia, lo sé. Sin ti la aldea está indefensa ante esos samuráis y los malditos Ashikaga. Si no nos dan justicia, tenemos que buscarla nosotros mismos. Eso dijo el viejo Jiraiya, y eso es lo que haré.

Fueron palabras dedicadas a la memoria de su padre y con recuerdo a las palabras de un gran hombre al que conoció tiempo atrás y del que desconoce su paradero. Envainó el arma y guardó todo de nuevo en la bolsa. La tomó consigo y salió a toda prisa de su hogar. Se aseguró de hacerlo cuando su madre estaba distraída y pocos comensales lo vieron. Se dirigió al granero en la parte trasera de su casa en donde había un yegua que su madre ocupaba para hacer viajes y transportar cosas pesadas. No era la primera vez que se la llevaba para salir de la aldea. Su destino era Insei, y su objetivo una extraña manera de justicia.

Las veredas a través del bosque suelen ser confusas para quien es ajeno a la zona; no para un joven que las ha recorrido por años. Siempre que deambula por aquellos improvisados caminos de tierra no puede evitar recodar a su padre. Antaño, en días más tranquilos, recorrían estas veredas todos los días para visitar las aldeas menores haciendo su trabajo como explorador. Aquel hombre había sido líder de la aldea, reconocido, admirado y respetado por todos. También era un buen padre y un gran marido. Bajo su instrucción Naruto aprendió de todo, a cazar, a pescar, a montar y también a luchar.

Pocos sabían, pues su padre lo mantenía muy en secreto, que fue en otra época un soldado del ejército al mando de los Ashikaga. No fue un samurái porque no nació en una familia de prestigio ni tenía dinero en abundancia. Eso no le impidió luchar codo a codo con mucho de ellos durante un conflicto fuera de la provincia. Conociendo a los grandes y famosos guerreros de la provincia así como a los miembros del clan shugo, los Ashikaga, incluso llegó a cruzar palabras y comer en la misma mesa que el daimyo.

Pasaban horas y horas en medio de la arboleda, siguiendo algún animal, o junto al rio esperando picar la cena, hablando a cerca de aquellos días durante la juventud de su padre. Los relatos eran maquillados y suavizados para los infantiles oídos de su hijo. Eso no evitaba que este quedara cautivado al escuchar de tales hazañas en aras de la libertad y la justicia. Eran mentiras al final, idealizadas para transmitir a su hijo alguna enseñanza de moral. Cuando la niñes lo abandonó la realidad atacó con fuerza al joven que recién se alistaba en la milicia.

Durante su infancia Naruto admiraba de sobremanera a los samuráis, quería ser uno en cuanto tuviera la edad. El sueño de un niño que pronto se topó de lleno con el mundo real. Para ser samurái no es necesario ser fuerte, valiente, honorable o respetado, no. Lo único que se necesita es haber nacido en una familia con prestigio o caer en gracia del clan gobernante, eso y nada más. El primer día que conoció a uno de estos formidables guerreros fue el día que comenzó a odiarlos y el mismo en el que su padre abandonó este mundo.

Los recuerdos, tanto entrañables como horridos, ayudaron a mitigar el tedio del viaje. Cuando se dio cuenta estaba saliendo del bosque por un camino empedrado que lo guiaba a una zona basta en colinas y cercana a un rio caudaloso. En la cima de una colina la aldea Insei. Grande y atractiva. Bajo las colinas y cerca del rio los sembradíos de arroz propiedad del nuevo ryoshi de la zona.

Con una sonrisa en su rostro, y muchas ideas en la mente, Naruto se dirigió a la aldea. Ya era tarde, pronto la luna tomaría el control de los cielos y las sombras de la noche se extenderían por el mundo. No era la primera vez que acudía a este lugar, de hecho, solía visitar la aldea ocasionalmente. Acudió a una vieja posada en la cual los leñadores y cazadores solían acudir cuando se les hacía tarde. Una de las virtudes de Insei es estar en medio de muchos caminos y veredas. Es perfecta para que los viajeros descansen y recobren sus fuerzas.

Durante su estancia en la posada no hubo nada fuera de lo normal. Hombres maduros bebiendo y comiendo, pasando el rato antes de descansar para reanudar sus caminos al día siguiente.

Excepto por un hombre bastante extraño y llamativo. Alto y fornido, vestido con un kimono elegante de flores doradas. Estaba en medio del salón tocando un instrumento de cuerdas y recitando poemas acerca de la primavera y el invierno. No podía ser más raro. No había tiempo que perder, recordó el joven rubio. Pagó su estancia de una noche y subió a su pequeña habitación.

No eligió una al azar sino una que le daba una vista de los sembradíos bajo la colina y la casa cercana a estos, hogar del ryoshi. Las horas siguientes fueron materia para maquinar un plan.

Con la luna en el cielo pudo ver a los trabajadores del arrozal retirarse hacia sus hogares después de una extenuante jornada. Era tiempo de actuar. No sería la primera vez.

Sacó de la bolsa de tela toda su indumentaria y se atavió con ella. La ropa negra para ocultarse entre las sombras; la capa para pasar desapercibido; la máscara de zorro naranja para dar un rostro abstracto; y el arma para traer la justicia a este mundo. Una vez convertido en otra persona salió de la posada. No por la puerta principal, eso sería muy estúpido. Se escabulló por una ventana sin que nadie lo viera u oyera. Luego descendió por la colina al amparo de la silente noche convertido en no más que una sombra.

Sus pies pronto se hundieron en las aguas del arrozal, había llegado. Una vereda elevada dividía el terreno. Esta vereda llevaba hasta la casa del dueño de los cultivos, un edificio descentre de dos plantas, demasiado para un simple granjero. El muchacho sabía que su fortuna no se ha forjado solo cultivando arroz. Su objetivo no era la casa, no, podría llamar demasiado la atención, además, era probable que el ryoshi tuviera familia. Se encaminó al almacén en donde se guardaba la cosecha y las herramientas de los peones.

El plan era simple, no tenía por qué ser complejo. Se acercaría al almacén para fingir ser un ladrón, eso llamaría la atención de Otamaru, quien siendo tan prepotente y agresivo como solía serlo no dudaría en salir a encarar al supuesto ladrón. Se acercó al almacén para forcejear con el candado, asegurándose de hacer todo el ruido posible. No tardó en llamar la atención de su presa.

Gritos furibundos fueron arrojados desde la casa. Ese era Otamaru, un hombre de mediana edad, fornido y de cara tosca, con una barba larga y malformada. Clamaba insultos y amenazas al supuesto ladrón quien lo ignoraba por completo. Cuando las amenazas no surtieron el menor efecto el ryoshi pasó a la acción. La arrogancia pudo mas que la sensatez y el filo de la espada en su mano lo convencía de ser capaz de hacer frente a cualquiera que se atreviera a meterse con él. De samurái solo tenia el titulo y la indumentaria, mas no la mentalidad ni la habilidad.

Salió sin resguardo alguno, solo un kimono azul de descanso, incluso descalzo a través de la vereda de su propiedad. Agitaba el arma de lado a lado rasgando el aire una y otra vez. Amedrentar le encantaba y lucirse aún más. Gritaba una y otra ves que era un samurái, y era el ryoshi de la zona. Eso lo hacia sentirse mas hombre, como si todos, incluso un ladrón, debieran arrodillarse ante él con solo oír esas palabras. Aquel encapuchado seguía ignorándolo.

Naruto escuchaba sus pasos sobre la tierra, sus gruñidos, incluso su respiración agitada al no recibir respuestas a sus intimidaciones. El filo del arma podía intimidar, mas no a él. Se mantuvo sereno, fingiendo su papel de ladrón. Mientras tanto llevó sus manos al arma que ocultaba en sus ropajes, la desenfundó en silencio y se aferró a ella con fuerza. Las palabras de su padre acudieron a su mente en ese momento, siempre las recordaba con tal claridad que podía oír la voz de su padre en su cabeza diciéndolas.

Pelear no significa presumir y ser el mas rudo, nunca trates de humillar a tu rival. Acaba con la pelea lo más rápido posible, no le des tiempo a responder o reaccionar. Así se consiguen las victorias”

Velocidad, precisión, acabar con todo lo más rápido posible. No demuestres tu fuerza o valentía, solo acaba con tu enemigo. Sencillo. Eso pensaba el joven oculto tras el disfraz.

Sintió una pesada mano sobre su hombro que lo jalaba obligándolo a darse la vuelta, él lo permitió. El rostro del ryoshi se pasmó al ver la mascara del zorro naranja bajo la luz de la luna que escapó por un momento de las oscuras nubes. Un suspiro fue mas lento que lo que ocurrió después.

–¡Eres tú! –murmuró con temor el ryoshi.

La respuesta fue un silbido metálico rasgando el aire y luego la carne. El arma asida en la mano del zorro naranja entró de lleno en el vientre del samurái desprevenido.

Su grito desgarró la quietud de la noche. El encapuchado lo empujó con todas sus fuerzas tomando distancia y sacando el arma ensangrentada de sus viseras. La tela azulada se tornó carmín. La espada del samurái inició un desesperado movimiento defensivo que buscaba herir al agresor; fue demasiado lenta. El tant? fue más rápido en el siguiente movimiento. Apuñaló sin misericordia el cuello del samurái, entrando por un lado para salir por otro. Los gritos cesaron, un chorro carmesí emanó de aquella herida mortal cuando el metal salió de nuevo. La máscara y ropas del agresor fueron lienzo en el que la sangre dibujó manchas.

Las fuerzas abandonaron los músculos del samurái obligándolo a soltar su arma en un movimiento torpe. Las piernas fueron las siguientes en fallar. Calló de rodillas abruptamente. Sus manos acudieron a su cuello tratando de contener la sangre que escapaba a raudales. No lograba nada. Pronto sobre la tierra a sus pies se formó un pequeño charco de sangre que escurrió hasta llegar al agua del arrozal. No había salvación, no había manera de pedir ayuda, pues los alaridos se escapaban junto a la sangre por aquella herida. Lo único que tenia era la figura enmascarada frente a él.

Los azules ojos ocultos tras la mascara de zorro, ojos ausentes de piedad o temor, ojos cargados en desprecio y rencor, apreciaron su obra con total calma. No hubo palabra que sellara aquel mortal encuentro. El joven transformado en sombra se dio vuelta y se alejó por la vereda de tierra.

Llegó con las sombras de la noche y con ellas se desvaneció habiendo cumplido la misión. habiendo traído al mundo la justicia de la sangre.

Cuando la mañana se hizo presente con su cálida luz toda la aldea de Insei estaba conmocionada. El hombre mas rico de la zona había sido asesinado durante la noche. Sus sembradíos estaban atestados de curiosos que atestiguaban como las autoridades de la zona recogían el cuerpo. Entre la muchedumbre de allí y las que se formaban en las calles de la aldea se escuchaban murmullos acusatorios. Aquel hombre eran tan repudiado que era difícil adjudicar el acto a una sola persona. Se hablaba de bandidos, de campesinos explotados, de algún hombre con deudas. De la familia de una joven abusada.

Mientras Naruto caminaba con sus ropas bien guardadas en su bolsa y se subía a su yegua escuchó algunas voces. Cerca de la entrada de la aldea, un grupo de personas mirando el arrozal y debatiendo. Uno de ellos hablaba con seguridad de lo ocurrido, casi como si él mismo lo hubiera visto.

–Fue el Zorro Naranja. El mismo que ha asesinado bandidos antes, él tuvo que haber sido.

Y mas personas apoyaron esa idea. Todos hablado de aquella persona desconocida como si se hablara de una especia de fantasma o ser desconocido que aparecía por las noches, saliendo de entre las sombras para atacar a personas de corazón malvado. Y es que, aunque todo le pueblo hablaba de lo ocurrido, nadie sentía pesar por el ryoshi, incluso había quien en silencio decía alegrarse de lo ocurrido. Alababan la obra del Zorro Naranja.

Eso hizo al joven dibujar una sonrisa en sus labios, sintiendo de alguna manera la satisfacción de una buena obra.

Antes de irse vio como un grupo de hombres pegaban un nuevo afiche en la entrada de la aldea. Un pequeño papel escrito de manera apresurada. Un anuncio de se busca con el dibujo de una mascara de zorro bastante burda, y el nombre de la persona, o mas bien su apodo “El Zorro Naranja”. Nada se conoce acerca de ese asesino, como lo llaman. Salvo que esta no es su primera aparición, aunque sí la mas notable, pues terminó la vida de un hombre con cierto estatus.

–Será mejor que regrese a mi hogar. Ya he terminado aquí –dijo el joven para si mismo con aquella sonrisa imborrable en su rostro.

Y se fue, a lomos de su yegua, sin que nadie sospechara nada o se fijara en él. La vereda lo llevó cerca de los arrozales y desde la dijo.

–¿Quién llevará sobre sus hombros tu cuerpo? Nadie.

Notas finales:

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