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Siempre tú [especial Halloween] por Cinnacookie

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"La pasión es una obsesión positiva. La obsesión es una pasión negativa"

-Paul Carvel-

 

 

Dieciocho minutos.

 

Bueno, por lo menos ahora me rindo a la evidencia mucho antes. La última vez fueron cuarenta y cinco. Dejo un billete sobre la barra para pagar la cerveza que me he tomado y me levanto. Fuera ya está oscuro y mientras comienzo a caminar observo a las pocas personas que hay por la calle dirigirse a las entradas de los locales, como polillas arremolinadas junto a la luz.

Abro mi paraguas y esquivando unos cuantos charcos, acelero un poco el paso. Compruebo mi aplicación una vez que llego a la parada del autobús y veo que faltan quince minutos para que llegue. Suspiro intentando no sentir demasiada lástima de mí misma y me siento poniéndome los cascos. Una de las pocas cosas buenas de ser estudiante es que Spotify me sale muy bien de precio.

Pulso el play y me aíslo de los ruidos nocturnos. Me doy cuenta de que en la marquesina solo hay otra persona. Un chico que está de pie cerca de mi asiento. Lleva una gabardina y una visera. No puedo verle la cara. Me pregunto si a él también lo habrá dejado tirado su cita. Supongo que no… ¿Cuántas probabilidades habría de que dos personas a las que han dejado plantadas se encuentren una noche de noviembre en una parada de autobús? Parece más bien una fantasía de dorama.

Sonrío para mí misma al pensar en lo ridículo que sería un escenario así en la vida real y veo que gira un poco la cabeza hacia mí. Aún así no puedo verle la cara, lleva una bufanda que le tapa la boca y la nariz.

Bajo la cabeza y me pongo a trastear en mi lista de canciones hasta que llega el autobús. Subo y me siento en la parte de atrás mirando a través de la ventanilla. El chico que esperaba conmigo no se ha subido y por un momento mi desbocada imaginación hace que me pregunte a donde irá. Pero el conductor arranca y dejo de darle importancia.

 

 

–¡Ya he llegado! –saludo al entrar dejando las llaves y el paraguas en el mueble de la entrada y frotándome las manos para entrar en calor.

–¿Tan pronto? –contesta Yu desde el salón sin apartar la vista de la televisión.

Me quito el abrigo y me tiro en el sofá a su lado, robándole un puñado de palomitas de lo que parece ser su cena.

–Sí, no se ha presentado –comento sin darle mayor importancia–. ¿Qué estás viendo?

Ella me mira enarcando las cejas.

–Así que es incluso más idiota que el anterior –apunta fríamente–. Bueno, mejor, así estarás libre para quedar con Tae.

–No sé quién es Tae y no me interesa quedar con nadie más. Tres citas fallidas en el último mes ya son suficientes –la atajé antes de escuchar ningún otro despropósito.

–Le conoces. Estuvo en la fiesta del martes y hablasteis un rato en la cocina. Debiste de interesarle porque me ha preguntado por ti hoy en clase –explicó mi amiga alegremente mientras yo ya me había levantado para alejarme de sus tonterías.

–Pues lo siento pero paso.

 

Empecé a doblar la ropa que tenía aún en el tendedero. Cada vez me daban más pereza las tareas del hogar.

–¡Venga no seas así! –insistió mi, por algún motivo desconocido, mejor amiga–. ¿Es que no te acuerdas de él? Es majísimo y muy guapo.

–¿Para darle la oportunidad de hacerme un Jungkook? Ni en sueños –me negué tercamente.

 

Ella esperó unos momentos antes de responder, sin duda esperando a que se aplacaran mis ánimos. Hacer un Jungkook, es como habíamos nombrado al fenómeno de que un cerdo te deje tirada sin ninguna explicación después de haber salido contigo durante meses.

Jungkook era sin duda mi mayor trauma romántico. Seis meses juntos y me deja con un mensaje de “lo nuestro no funciona, es mejor que te busques a otro y seas feliz”. Valiente cretino.

Respiré hondo como siempre que empezaba a ofuscarme pensando en ese tema. Es posible que aún no lo tuviese superado del todo. Aunque ahora lo llevaba mejor, hubo un tiempo en que creí que iba a volverme loca dándole vueltas a los motivos por los que había pasado de mí de esa manera tan cruel. Yu y el lambrusco fueron mi salvación. Aunque a diferencia del lambrusco ella tenía una política de un clavo saca a otro clavo que no hacía más que meterme en embrollos como el plantón de hacía hora y media escasa.

 

–Oye ¿Has visto mis braguitas de encaje? –pregunté en parte para cambiar de tema pero también porque últimamente mi ropa interior parecía escasear como agua en el desierto.

–¿Otra vez te faltan? ¿Es que las pierdes en cama ajena y no me cuentas nada, perrilla? –bromeó ella entre risas volviendo a su programa.

–No sé qué pasa últimamente con nuestra colada, ni que tuviésemos un agujero en la lavadora –dije exasperada.

–Habla por ti, yo tengo todas mis bragas en su sitio.

 

Chasqué la lengua a modo de reproche y terminé de doblar lo poco que me quedaba.

 

Yu apagó la tele y se giró en el sofá.

–En cuanto a Tae… –canturreó ella.

–Mira que eres plasta, ya te he dicho que no –sentencié.

–Da igual, le verás el viernes en la fiesta.

–¡Prometiste limitarte a una fiesta por semana! –protesté enfadada –. ¡Y tengo trabajos pendientes, no puedo pasarme el fin de semana limpiando los destrozos!

–No seas exagerada –le restó ella importancia–. Será divertido y te vendrá bien socializar.

 

Me mordí la lengua y me fui a mi habitación cerrando con un portazo. Yu siempre igual, no entiende que no me apetece una maldita mierda quedar con chicos por ahora. He dado una última oportunidad hoy para no cerrarme en banda a todo eso del amor y mira en lo que ha terminado. Una hora de mi vida a la basura y diecisiete mil wones entre cerveza y billetes de bus que jamás recuperaré.

Abrí el cajón de mi mesilla y cogí una foto que tenía guardada en un libro. Una que me había hecho con Jungkook en un fotomatón del centro, un día que había sido especialmente divertido. La guardaba para recordarme el daño que pueden hacerte los hombres si les dejas. La miré unos minutos apretando los labios.

No pienso volver a caer, se acabó ser siempre la que hace el ridículo y lo pasa mal”

 

Y más convencida que nunca de mi decisión, arrugué la foto con rabia y la tiré al fondo del cajón.

 

* * * * *

 

–Disculpe –llamé en voz baja la atención de la bibliotecaria–. Buscaba este libro, pero no lo tienen en su sección –expliqué extendiéndole un papel con el título y el autor escritos.

Ella tecleó algo rápidamente en su ordenador.

–Queda un ejemplar que no se han llevado, es posible que lo esté usando alguien en sala –comentó.

 

Le di las gracias y me volví a mi sitio, me recosté sobre la incómoda silla y miré al techo. Que rabia. Normalmente los viernes casi no hay gente en la biblioteca, por eso voy ese día. Necesitaba ese libro, es una lástima.

–Oye –me susurró una voz aterciopelada.

Miré y vi que era Tae, el chico de la fiesta de martes que había mencionado Yu.

–Ah hola –saludé sin mucho entusiasmo.

–He escuchado lo que te decía la bibliotecaria, ¿Es este el libro que buscas? –me deslizó un tomo que reconocí inmediatamente.

–¡Sí! –exclamé ganándome que un par de personas me chistasen–. Lo siento… –dije en un susurro–. Sí, es este pero… ¿No lo necesitas?

Él negó con la cabeza.

–Puedes quedártelo.

 

Le miré un momento, su sonrisa era espectacular y las gafas le quedaban tan bien que parecía que fuese a grabar un spot publicitario para Alain Afflelou. Pero yo había salido del mundo de los ligues y no pensaba volver atrás.

 

–¿Nos vemos esta noche en la fiesta, entonces? –preguntó de repente.

Aquello me sacó del hilo de mis pensamientos y dudé de mi respuesta.

–Yu me ha contado que habéis estado hablando de mí –añadió tranquilamente, probablemente al ver mi cara de recelo–. No te sientas presionada ni mucho menos, es cierto que le pregunté por ti pero eso no implica que me debas nada. Dile a Yu que no hace falta que te convenza.

Me quedé paralizada por un momento ante semejante respuesta.

Es acaso… ¿Madurez lo que percibo en el ambiente?”

 

–Tranquilo, Yu puede ser intensa pero conoce donde están mis límites –dije con una sonrisa.

–Bien, me alegro.

–Nos veremos esta noche, después de todo, yo también vivo en el piso –añadí.

 

Él se rio haciéndome un ademán con su mano mientras con la otra se cerraba bien la gabardina. Se fue de la biblioteca dejándome allí, pensando en qué era lo que había venido a hacer.

 

* * * * *

 

La mayoría de los invitados ya campaban a sus anchas por nuestro salón. Yo me debatía entre seguirles la corriente, mandar todo a tomar por culo y ser la que más caña diese en la fiesta o sacar a mi Mary Poppins interior obligándoles a usar posavasos y platos porque de alguna forma había que proteger a los muebles del trote fiestero al que Yu los sometía.

Llegué a un punto intermedio, intentaba evitar sutilmente que nadie se cargase nada pero eso sí, mientras daba cuenta de la segunda copa de vino de la noche. No es muy universitario pasearse por una fiesta con vino pero me gusta esa especie de estado ausente y alegre en el que me deja.

–¿No te lo estás pasando bien? –me preguntó Yu mientras se llevaba un botellín de cerveza a la boca y se apoyaba en la encimera de la cocina al lado del fregadero, donde yo estaba dejando unos vasos.

–De maravilla –respondí acentuando el tono sarcástico todo lo que pude.

–Bueno, parece que tu noche está a punto de mejorar –tarareó ella alegremente mientras me hacía un gesto con la cabeza señalando la entrada de nuestro piso.

 

Tae acababa de entrar, imponente con un jersey negro de cuello vuelto y el pelo ligeramente alborotado.

–Si tanto te gusta, para ti –la fastidié yo.

–Si no tuviese novia, hasta me plantearía cambiar de acera por ese hombre –dijo ella entre risas.

–No te lo recomiendo, solo dan disgustos –comenté en un tono más amargo de lo que pretendía.

 

Me quedé un momento en la cocina, donde había más tranquilidad, mientras veía como Yu se había lanzado de nuevo a la pista. Abrí el grifo y empecé a lavar la pila de cacharros esperando que el agua corriente sobre mis manos me relajase, hasta que noté un dedo en mi hombro.

–¿Qué? –dije airada dándome la vuelta.

–Uy, perdona, no sabía que la vajilla tenía prioridad –me soltó Tae entre risas.

No pude evitar sonreír.

 

Era fácil hablar con Tae. Escuchaba e intervenía con preguntas que pocas veces me habían hecho, precisas. Como si ya me conociese. Me sentí bien, como hacía tiempo que no me sentía con ningún hombre. Habíamos salido al pequeño balcón. Después de mi tercera copa yo necesitaba que me diese un poco el aire y también librarme un poco del bullicio de gente, por qué no decirlo.

Y no sé si era por el alcohol, por la necesidad de cariño después de meses de soledad o por una oportuna combinación de ambos pero veía a Tae cada vez más atractivo hasta que unas ganas terribles de besarle se apoderaron de mí. Unas ganas que quiero pensar que de haber estado sobria habría podido controlar.

 

–L-lo siento –me disculpé avergonzada quitando mis manos de su cuello.

 

Había sido un beso casto pero cálido y agradable. Aunque con mi aliento apestando a vino barato, imaginé que para él la cosa había sido muy diferente. Sentí mis mejillas encenderse y bajé la cabeza. Él puso un dedo bajo mi barbilla y la elevó hasta que me miró.

–Pues yo no lo siento –dijo dándome otro suave beso que poco a poco se tornó más apasionado.

 

Me separé. Las cosas se estaban saliendo de madre, así que con absurdas excusas me fui al baño. Me lavé la cara con agua fría para despejar mis ideas y cuando estuve un poco más serena volví al balcón. Tae aún me esperaba allí.

–Ten –me tendió mi copa de nuevo–. Bebe anda, creo que necesitas calmarte –añadió con una risita.

No discutí porque yo pensaba lo mismo y bebí hasta el fondo. Nos quedamos hablando pero al cabo de unos minutos me sentí mareada. Demasiado vino supongo.

–Creo que tengo que sentarme –le dije.

–Sí, no tienes buena cara –coincidió él.

 

Me acompañó adentro y me llevó hasta mi habitación.

–Tal vez sería mejor que te acuestes –sugirió sentándose en el borde de la cama.

A aquellas alturas ya todo me daba vueltas incluso estando tumbada. Tendría que haber cenado algo más.

 

–Sí, puede que tengas razón –exhalé en un susurro quedo. Y antes de poder decir nada más caí en un sueño repentino y profundo.

 

* * * * *

 

Me desperté con la sensación de que una espesa niebla ocupaba toda mi cabeza y se colaba en mi cerebro, impidiéndome pensar con claridad. Intenté abrir los ojos pero me costaba horrores. Si esto era resaca, yo nunca la había experimentado de esta forma, y mucho menos por tres copas de vino.

Intenté levantarme pero mi cuerpo pesaba como si fuese de acero. Poco a poco fui tomando más conciencia de mi alrededor y cuando me sentí con fuerzas, abandoné el confortable abrazo de la cama, necesitaba una ducha desesperadamente. Arrastré los pies y me choqué contra un mueble. Un bonito tocador de madera.

¿Desde cuando tengo yo un tocador de madera buena?”

 

Pestañeé un par de veces, aunque me costó lo mismo que levantar un par de ladrillos con los ojos. Sentía las córneas secas e irritadas. Mi reflejo me devolvió una espantosa imagen, tenía tan mala cara como si llevase cinco días de rave sin descanso y, además, llevaba puesta una camiseta larga que no era mía y unos pantalones cortos que tampoco recordaba tener. Intenté que mi cerebro hecho fosfatina procesase esa información mientras lentamente me giré para mirar a mi alrededor.

Aquella no era mi habitación. Ni mucho menos. Era grande, luminosa y estaba muy ordenada. Había un sofá cerca de los pies de la cama y lo que parecía la entrada de un vestidor al otro lado de la estancia. Si no fuese porque era imposible, hubiese jurado que estaba en una habitación de un lujoso hotel. De esos con los que sueñas despierta después de verlos en alguna película pero que yo no podría permitirme ni en un millón de años.

Reparé entonces en el gran ventanal que había detrás de la cama y miré a través de él. Lo que vi me dejó sin palabras.

El mar. Lo que parecía una cala privada que se abría directamente al mar.

Joder, pero ¿Dónde demonios estoy?”

 

Empecé a sentirme nerviosa y confusa. Recordaba haberme dormido en la cama de mi dormitorio ¿No? ¿Cómo había llegado a un lugar así? ¿Sería alguna broma de Yu? O tal vez aún estaba soñando.

Me pellizqué el brazo tan fuerte que se me amorató. Vale, no, no parecía que estuviese soñando. Me acerqué a la puerta de la habitación e intenté abrirla. No estaba cerrada y cedió rápidamente ante mi contacto.

Me encontré ante un pasillo muy bien decorado. Evidentemente, aquello era una casa. En primera línea de playa, por lo visto. Avancé hacia la escalera que se veía al final y escuché un ruido que provenía de la planta de abajo.

 

Bajé con precaución, sin saber lo que me iba a encontrar. Mis pies descalzos acariciaron la templada y agradable madera que cubría los escalones cuando un olor a huevos revueltos y tostadas me golpeó inesperadamente las fosas nasales. Si no fuese porque estaba en alerta ante aquella bizarra situación, se me habría hecho la boca agua.

Ante mí se abrió la planta baja. Un ostentoso derroche de alguien con mucha pasta, por lo poco que pude ver. Un salón que daba directamente a la playa a través de una pared que estaba hecha enteramente por puertas de cristal y un enorme sofá ante una chimenea con una pantalla plana empotrada sobre ella, destacaba en el centro de la estancia.

Justo detrás estaba el lugar de donde procedía el olor, una cocina abierta con una elegante barra americana donde se encontraba cocinando… Tae.

 

Respiré un poco al verle. Todo esto era sin duda alguna broma que él iba a explicarme. Bajé hasta el final y me acerqué.

–¡Buenos días! –me saludó alegremente. A diferencia de mí, estaba ya vestido.

–Hola –saludé tímidamente sentándome en uno de los taburetes de la barra, justo enfrente de él.

Me sirvió un plato de tostadas con mantequilla y huevos revueltos. Mi desayuno favorito de toda la vida. Cómo podía él saberlo, era un misterio. Imaginé que se lo habría dicho Yu.

–Me alegro de que te hayas levantado, empezaba a pensar que tendría que llevártelo a la cama –dijo con una sonrisa.

Yo le miré pero no toqué el plato.

–Tae, ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estamos y cómo he llegado? –pregunté para salir de dudas cuanto antes.

Él torció el gesto, como si no entendiese mi pregunta.

–¿Es que acaso no te gusta? Es una casa bonita y te encanta el mar… –afirmó completamente seguro de lo que decía.

–Sí… así es pero tú ¿Cómo sabes eso? –noté los músculos de mi cuerpo tensarse pero permanecí en la misma posición.

 

Se levantó y rodeó la isla hasta ponerse a mi lado. Acarició mi mejilla con uno de sus largos dedos y me esbozó una sonrisa que en aquel momento se me antojó perturbadora.

–¿Cómo no iba a saberlo tratándose de ti? Nos queremos, es lo normal –dijo clavando sus ojos negros en los míos.

 

Un escalofrío recorrió mi espalda ante aquellas palabras. ¿Que nos queríamos? ¿Pero de qué hablaba este chalado?

 

Se acercó más y me dio un beso en los labios. Mi primer impulso fue darle una bofetada pero mi instinto me dijo que no lo hiciese así que no me moví. Él se separó con el entrecejo fruncido.

–¿Estás bien? Pareces incómoda –me preguntó.

Su mirada no tenía nada que ver con la de anoche, parecía casi perdida, como si viese algo que yo no podía ver. Me recompuse y sonreí ligeramente intentando que no se notase lo nerviosa que estaba.

–N-no, claro que no, es solo que tengo hambre –mentí.

Funcionó porque él destensó el gesto y se separó un poco.

–Cierto, mejor desayuna antes de que se te enfríe –concedió pellizcándome la mejilla con ternura.

Yo cogí una de las tostadas y la mordisqueé un poco mientras veía como él se movía por la estancia cogiendo algunas cosas. Al final vi que cogía una llave de coche y se dirigía a la puerta de entrada.

–Tengo que ir a hacer unos recados, amor. No tardaré –dijo poniendo un pie en la salida–. ¿Necesitas algo?

Negué con la cabeza así que él salió haciendo un gesto con su mano.

 

Solté la tostada y escupí lo que tenía en la boca, no me fiaba una mierda.

 

Vale, vale, vale” pensé empezando a dar vueltas por el salón como pollo sin cabeza.

¿No es posible que este loco me haya secuestrado no? No puede ser” “¿Y cómo me sacó de mi piso con la de gente que había?

 

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

Mi mente daba vueltas a toda máquina, pero necesitaba centrarme en salir de allí, era mi única opción. Comprobé la puerta por la que Tae había salido pero como era de esperar estaba cerrada, igual que las de cristal del salón.

Empecé a buscar por toda la estancia, una casa tan grande por fuerza tenía que tener otras entradas. Encontré dos más que daban a un patio trasero y a la zona de la piscina, respectivamente, pero también estaban bloqueadas.

Subí de nuevo al piso de arriba, a la habitación en la que me había despertado. Busqué mis cosas frenéticamente pero no estaban. Ni mi móvil, ni mi ropa. Si es que acaso habían llegado a estar en algún momento porque hasta donde yo recordaba, me había dormido en mi cama antes de despertar en este lugar.

Sopesé cuales eran mis opciones y decidí que si no podía salir de forma civilizada, lo haría por la fuerza. Bajé de nuevo al piso de abajo y agarrando uno de los taburetes que rodeaban la isla de la cocina, golpeé el cristal del salón con todas mis fuerzas.

No sucedió absolutamente nada. El cristal permaneció tan entero y sólido como siempre. Dejé el asiento a un lado y me acerqué para observarlo de cerca. No le había hecho ni un rasguño. Pasé mis manos sobre él y solo entonces me di cuenta de que al otro lado, el mar rompiendo con fuerza sobre las rocas era un paisaje mudo para mí. No escuchaba el oleaje. Algo que desde aquella distancia era impensable.

 

Cristal blindado… Así que no es una paranoia, realmente estoy encerrada”

 

Me dejé caer abatida en el sofá, preguntándome de qué forma había acabado en esta situación y rezando para que se me ocurriese alguna idea brillante que me sacase de ella.

 

No supe qué hora era o cuanto tiempo había pasado (porque no había relojes por ninguna parte), cuando escuché de nuevo la puerta abrirse. Debía de ser alrededor de mediodía porque el sol se alzaba alto bañando la estancia y a pesar de mi creciente estado de ansiedad, sentía hambre. Me quedé quieta fingiendo que me había dormido en el sofá y escuché unos pasos acercarse a mí.

–Ya he llegado –saludó la voz de Tae casi como una caricia en mi oído.

Abrí los ojos y sonreí. La única forma de ganar un juego es jugando ¿No?

–Te he echado de menos –me saqué de la manga en un alarde de improvisación.

Él me devolvió la sonrisa y me acaricio el pelo.

–Que mentirosa, si estabas dormida –comentó con una risita.

Mi estómago aprovechó aquella artificial tranquilidad para rugir.

–Ups –dije llevándome la mano a la barriga.

Él me ofreció la mano para que me levantase y le seguí a la cocina, donde había una bolsa en la encimera. La abrió y extrajo unos cuantos envases de comida a domicilio.

–¿Esto es… –empecé.

–Comida india, de tu restaurante favorito –se adelantó él perfilando una sonrisa en su rostro.

¿Cómo cojones sabes eso, maldito demente?”

 

Esbocé una amplia sonrisa y comí masticando cada pedazo hasta convertirlo en polvo, la única forma de lograr que pasase a través del constante nudo que se me había formado en la garganta.

 

 

El día transcurrió en una impostada normalidad en la que Tae se comportaba como una especie de novio perfecto y yo le seguía la corriente observando cada uno de sus movimientos así como dónde se encontraba cada cosa en la casa, esperando que eso me ayudase más tarde.

Lo único que había descubierto es que llevaba su móvil siempre encima y que cada cierto tiempo entraba por una puerta que había junto a la despensa de la cocina. Si por algún motivo no lo hacía, empezaba a ponerse nervioso hasta que entraba. Eran mis únicas pistas.

 

La noche llegó y con ella mi inquietud se volvió más difícil de ocultar. No sabía que esperar ni a lo que tendría que llegar para mantener aquella pantomima.

Tae me llevó a su habitación, una más grande y mejor amueblada que en la que yo me había despertado esa misma mañana. Me abrazó y me besó. Yo aguanté el tipo, pero por lo visto, no lo suficiente.

–¿Va todo bien? –preguntó receloso.

 

Puedes hacerlo, mantén la calma, vamos”

 

–Sí, claro es solo que… –dudé intentando buscar alguna excusa creíble.

–No tienes que tener vergüenza, somos pareja, es lo normal –dijo él acariciando mi mejilla y besando mi cuello suavemente.

Aquello fue demasiado y antes de poder evitarlo reaccioné instintivamente apartándolo de un empujón. Él me observó entonces con la mirada desenfocada, como si no entendiese nada y poco a poco su expresión se volvió hostil.

–¿Es que acaso no me quieres? ¡Con todo lo que he hecho por ti! –se enfadó de forma visceral.

 

Mierda, mierda, mierda…”

 

Se pasó las manos por el cabello mirándome con desprecio. Tenía que hacer algo o aquello podía acabar mal. Me acerqué velozmente y cogí una de sus grandes manos entre las mías con toda la ternura de la que fui capaz.

–Por supuesto que sí… –inventé–. Es solo que… Quería que nuestra primera vez fuese especial y…

Él se tranquilizó, interpretando mi pánico como vergüenza de enamorada. Menos mal.

–Perdóname, tienes razón –me concedió–. Te diré lo que haremos, dormiremos juntos esta noche y mañana prepararemos una cena especial ¿Qué te parece?

 

Yo asentí con la cabeza aliviada de haber podido apagar ese fuego. Había ganado tiempo, y si todo salía según mis planes, esa misma noche ya estaría muy lejos de aquí.

 

* * * * *

 

La respiración rítmica de Tae me indicó que por fin se había dormido. Quité su brazo, apoyado sobre mi cadera lo más despacio que pude y lentamente me deslicé fuera de la cama. Era difícil orientarse en la oscuridad sin hacer ruido pero no podía arriesgarme a encender ninguna luz.

Muy despacito, intentando hacer el menor ruido posible, rodeé la cama para alcanzar el teléfono móvil que había dejado en su mesilla de noche. Estiré mi mano y entonces un murmullo se escapó de sus labios. Sentí mi corazón detenerse allí mismo y solo cuando comprobé que seguía durmiendo plácidamente, volvió a ponerse en marcha. Aún así permanecí en la misma posición un minuto más, aterrada, asegurándome de que no se había despertado.

Al fin pude coger el móvil, que estaba apagado. Lo encendí esperando que se desbloquease por reconocimiento facial o huella dactilar. Mis plegarias fueron escuchadas porque solo necesitaba la huella. Con tanto cuidado como si estuviese operando a corazón abierto, acerqué el móvil todo lo que pude a donde Tae tenía la mano. Muy lentamente sujeté su dedo índice hasta apoyarlo sobre la pantalla. Funcionó y pude acceder. Me aparté despacio y me retiré a un rincón de la habitación.

En aquella quietud nocturna solo podía escuchar ahora la respiración de Tae y mi corazón, tan desbocado que por un momento pensé que iba a salirse por mi boca. Con todo el cuidado del que fui capaz porque mis dedos temblaban descontroladamente, entré a los mensajes para enviar uno.

Solo una vez que estuve dentro me di cuenta de que no serviría de nada. El acceso a la red y las llamadas estaba restringido. Me fui a los ajustes pero me di cuenta de que para cambiar cualquier cosa desde allí, era necesario un código de seis cifras. Demasiadas combinaciones posibles y no tenía ni idea de cual podía ser.

Mierda… Maldito psicópata” pensé amargamente.

 

Observé a Tae con el corazón en un puño porque acababa de darse la vuelta en la cama. Este tío estaba tan loco como precavido había sido con cualquier cosa que yo pudiese utilizar para escapar.

Eché un vistazo a aquello a lo que sí podía acceder. La galería de fotos y poco más. Entré y lo que vi casi me hace desmayarme. Cientos de fotos mías en todos los lugares que frecuentaba habitualmente. Mi habitación, la ducha, en la calle, en la universidad, de compras con mis amigas, con mamá…

Me apoyé en la pared para no caerme y continué  observando las imágenes. Era prácticamente lo único que había. Fotos de mis horarios, de ropa mía, las bragas que me faltaban y que en su momento culpé a Yu de su desaparición… También había algunas fotos de ella y de… Jungkook. Había fotos de Jungkook por todas partes. En citas conmigo, en su coche, su trabajo, su piso…

Una imagen terrorífica se formó en mi cabeza. No, no podía ser, era imposible. Jungkook me había dejado.

 

Sí, tirada, sin ninguna explicación, siempre pensaste que era raro”

 

No, absurdo. Era solo mi mente queriendo buscar una razón por la que me había abandonado, algo que me exculpase. No era la realidad.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos y parpadeé para enjugarlas. Hice acopio de valor, lo importante ahora era salir de allí. Me acerqué de nuevo a la mesilla y dejé el móvil como lo había encontrado y con toda la calma que pude reunir, salí de la habitación.

Me precipité escaleras abajo todo lo rápido que me permitieron mis piernas y unos escalones desconocidos en la oscuridad. Cuando llegué encendí la luz de la cocina. Aquella puerta junto a la despensa era lo único que podía proporcionarme alguna respuesta. Vi que en la entrada había un panel con números y una pantalla. Eran necesarios cuatro dígitos para entrar.

Cerré los ojos desalentada pero apreté los puños, pensando alguna solución. Y entonces, como una epifanía propiciada por la adrenalina, recordé la vez que mi madre se había enfadado muchísimo conmigo por comerme las galletas de azúcar para los invitados. Me había descubierto porque había dejado las huellas de mis manos manchadas por toda la cocina.

 

Fue en ese momento que se me ocurrió algo imposible pero que tal vez funcionase.

 

Abrí la despensa, provista con todo lo que cualquier chef podría soñar y saqué la lata de azúcar glass. Tae había accedido tantas veces a aquella puerta durante el día que era imposible que no hubiese dejado algún rastro en el panel. Soplé un poco de azúcar sobre las teclas y moví mi cabeza para ponerla en el mejor ángulo posible. En cuatro de los botones numerados, el azúcar se había pegado un poco más.

Ahora tenía cuatro números posibles. Algo mucho más factible. Probé un par de combinaciones que no funcionaron. Menos mal que no saltó ninguna alarma, algo que no me había dado por pensar antes de llevar a cabo tan descabellado plan.

Miré de nuevo, con más atención esta vez, los cuatro números. No podía ser… ¿Podía ser?

Introduje una tercera cifra y la puerta se abrió.

 

Mi cumpleaños. Su nivel de locura no deja de sorprenderme”

 

 

Entré sin pensármelo, esperando que lo que fuese que hubiese allí me ayudase a salir y pensé que a lo mejor tenía suerte y había alguna salida que no estuviese cerrada.

Casi me caigo tan pronto como di dos pasos. Una larga escalera que no había visto se extendía hacia bajo en la oscuridad, cara lo que parecía un sótano.

 

* * * * *

 

Busqué un interruptor de la luz pero no lo encontré así que bajé apoyándome en la pared para no caerme. Cuando empezaba ya a preguntarme el número de escaleras que me quedarían por recorrer, dejó de haberlas.

Hacía tanto frío allí abajo que noté vaho formarse a la salida de mi boca. Busqué a tientas por la pared hasta que tuve la suerte de encontrar el interruptor. Lo pulsé y en la estancia titiló una luz blanca igual a las de los hospitales. Unos segundos después ya se había estabilizado.

Parpadeé para acostumbrarme a la claridad y vi entonces que aquello no era un sótano, era una bodega. Solo que las paredes estaban cubiertas de imágenes que no habría habido en una bodega normal. Los tétricos collages que cubrían las paredes mostraban de todo. Fotos mías, fotos de otras chicas y chicos, fotos de lugares que yo no conocía...

Observé a mi alrededor que la estancia no era demasiado grande. Con paredes de cálida madera que contrastaban con el frío que hacía, casi vacía excepto por las numerosas estanterías hasta los topes de botellas de vino, algunos de ellos que reconocí por ser extremadamente caros. Vi también una puerta algo más moderna que el resto de la estancia. Llamaba la atención por estar claramente fuera de lugar en una bodega.

Pasé de largo y avancé entre los estantes porque algo me llamó la atención al fondo. Me acerqué para ver mejor y tuve que sujetarme a la estantería que tenía al lado para no caerme al suelo.

En un punto ciego entre los vinos bien ordenados y colocados, había un camastro de madera sobre el que reposaba una muñeca a tamaño real que era una réplica exacta de mí. Llevaba mi ropa interior puesta y unos cuantos mechones sueltos en la cabeza unidos con pegamento que parecían de mi propio pelo.

Mi corazón se aceleró y me llevé una mano a la boca para no gritar. A pesar del repelús y el asco que sentía, me acerqué un poco más. Me fijé entonces en que la muñeca tenía dibujados lunares en los mismos sitios exactos en los que yo tenía los míos.

Me alejé de un respingo sintiendo como el miedo se apoderaba de cada fibra de mi ser. No podía seguir viendo aquello. Retrocedí rápidamente y corrí hacia el pie de la escalera.

Estaba tan cegada por el terror que choqué contra algo que no había visto antes y me hizo retroceder del impacto. Pestañeé y lo peor que podía haber visto se materializó ante mis ojos.

 

Tae.

 

* * * * *

 

Sin decir una sola palabra, levantó lo que llevaba en la mano. Su móvil. Me mostró la pantalla y vi que en ella aparecía la bodega en la que estábamos ahora mismo. También en unos cuadros pequeños de la pantalla dividida se veían otras partes de la casa. Tragué saliva y seguí con la vista la dirección que Tae señalaba con su dedo. El techo.

Vi entonces quedándome helada un pequeño dispositivo redondo, negro y brillante.

Cámaras de seguridad. ¿Cómo he podido ser tan idiota?”

 

–Ayer te vi intentando romper los cristales del salón –comentó tranquilamente–. Me puse triste, preguntándome por qué no querías quedarte. Pero cuando llegué, me sonreíste y me besaste. Y supe entonces que habías entendido que esta era tu casa, nuestra casa –su voz se tornó más oscura–. Pero me equivocaba.

Retrocedí un poco buscando frenéticamente con la mirada alguna salida pero aquello era como una ratonera. Estaba atrapada.

–He esperado tanto por ti –dijo con la voz casi quebrada–. Eliminando todos los obstáculos para nuestra relación, queriéndote, cuidándote incluso cuando tú no te cuidabas.

–Y te doy las gracias por ello –intervine. Tenía que seguir hablando, convencerle de que le amaba era la única forma de salir de allí–. Pero no necesitas encerrarme para estar juntos… po-podemos ser felices –dije con una sonrisa que hasta yo que no podía verme la cara, noté falsa.

–No… no –respondió él sujetándose la cabeza a ambos lados como si le doliese y agitándola en una amplia negación–. ¡No vas a volver a engañarme! Yo… en tu fiesta, pensé que finalmente me querías, me besaste en el balcón y en aquel momento supe que nuestro momento había llegado, que era la hora… ¡¡PERO ERA TODO MENTIRA!!

 

Me miró con tanta rabia en sus ojos que me sobrecogió.

 

Llevada por la urgencia de la situación y el instinto de supervivencia le di un fuerte empujón y aprovechando la confusión, hice una finta poniéndome a su espalda y alcanzando la escalera. Comencé a subir a toda prisa con mis músculos ahogados en una sobredosis de adrenalina y boqueando por el esfuerzo.

Pero no fui lo bastante rápida. Una mano me sujetó por el tobillo y me hizo trastabillar hasta que caí apoyando mis palmas en los escalones. Aún así, el golpe de la caída fue tal, que el aire de mis pulmones salió súbitamente, dejándome sin respiración por un momento.

Me giré y moví con fuerza la pierna intentando golpearle con la otra. Me miraba fuera de sí y tiraba con fuerza arrastrándome.

–¡No vas a irte a ningún sitio! ¡Te quiero! ¡Estamos hechos el uno para el otro! –gritó él cegado por la ira y la desesperación.

 

Seguí pateando pero Tae ya me había acercado tanto a su cuerpo que alcanzaba a agarrarme a la altura de las rodillas. Le di un golpe en la cara que le pilló por sorpresa y aflojó sus brazos.

Del impulso rodé abajo por los pocos escalones que quedaban hasta llegar al suelo. Me levanté inmediatamente y eché a correr cara la puerta que había pasado antes de largo. Tal vez allí pudiese esconderme.

Cuando entré, el frío se multiplicó exponencialmente. Aquello era una cámara frigorífica. Miré a mi alrededor y lo que vi me hizo caer de rodillas clamando un grito desgarrador que no pude contener, escapando de mi garganta e inundando toda la habitación.

 

No eran reses lo que colgaban del techo. Eran cuerpos humanos.

 

* * * * *

 

Me arrastré aún gritando. Aquellas personas me devolvían una mirada congelada y sin vida. Sus cuerpos cristalizados y colgados lo ocupaban todo. Uno de ellos me rozó la cara al moverme y me aparté histérica. No sé cuanto me había adentrado corriendo antes de darme cuenta de lo que sucedía pero necesitaba encontrar la salida.

Escuchaba los pasos de Tae acercarse. Me moví entre los cuerpos como pude y entonces le vi. Sus ojos me miraban vacíos. Sus labios azules se entreabrían en gesto de sorpresa y su pelo negro estaba cubierto de escarcha.

–No… no, no, no, no, no –dije una y otra vez mientras mi pecho se agitaba arriba y abajo sin control–. ¡NOOOOOOOOO! ¡JUNGOOOOOOOK!

Me acerqué y cogí su mano entre las mías, estaba tan fría que me quemaba.

–¡No estás muerto! ¡No lo estás! –ordené entre sollozos. Mis lágrimas se desbordaron sin control y antes de poder evitarlo, noté la bilis quemándome el esófago, subiendo hasta mi lengua donde esparció su sabor amargo. Segundos después giré la cabeza para vomitar. No podía controlar las convulsiones de mi cuerpo y tardé unos minutos en expulsarlo todo. Intenté recomponerme pero me fallaban las fuerzas.

 

Ya no podía escuchar los pasos.

 

–Te dije que me había ocupado de todos los obstáculos –dijo la voz de Tae a mi espalda.

Ni siquiera me giré.

–¿Por qué? –pregunté llorando desconsoladamente–. ¿Porqué le has hecho esto? ¿POR QUÉ?

Él se agachó a mi lado y puso una mano sobre mi hombro. Quise apartarme pero era incapaz de moverme.

–No era bueno para ti. Discutisteis aquella noche.

Lo recordaba, el último día que nos habíamos visto. Habíamos tenido una discusión sin importancia sobre a dónde iríamos en nuestro primer viaje y me había ido enfadada de su piso. Jungkook me siguió llamándome, pero yo no cedí y cuando llegamos a la calle ya no vino detrás de mí.

–Yo estaba esperando fuera de su piso para acompañarte a casa, siempre lo hago para que no te suceda nada. Tú llorabas y él iba a seguirte, así que le detuve para que no te hiciese más daño –explicó Tae de forma racional y tranquila.

 

Otra vez las convulsiones agitaron mi cuerpo y tuve que girar la cara. Esta vez solo salió bilis.

Tae pareció ajeno a todo y se levantó moviéndose con soltura por aquel sepulcro, sin dejar de hablar.

–Igual que este –comentó distendidamente señalando otro de los cuerpos–. ¿Cómo se atreve a llegar tarde a vuestra primera cita? Tuve que darle una lección.

Una sonrisa ausente asomó a su rostro mientras me explicaba aquello. La imagen de la noche del plantón me vino a la cabeza. La cita fallida.

Por un momento no sentí nada. Como si los últimos impulsos nerviosos que me quedaban hubiesen abandonado mi cuerpo y mi cordura se escurriese como agua entre mis dedos. Aquello no podía estar pasando, aquello no era real.

 

Miré a Tae y él me sonrió con su rostro perfecto, simétrico, angelical.

 

Siguió caminando entre los cuerpos, hablándome de ellos. Chicos que se habían metido conmigo o me lo habían hecho pasar mal en el retorcido estándar moral de Kim Taehyung, eran ahora cadáveres congelados en una cámara mortuoria. Volví a mirar el cuerpo de Jungkook. Estaba allí por mi culpa. Había acabado así por mí y mientras tanto yo le había odiado todo este tiempo, pensando que me había abandonado.

Noté mi garganta arder, y esta vez no fue por la bilis. Rompí a llorar. Lloré tan penosamente que todo mi cuerpo se agitó y me hice una bola en aquel suelo cubierto de hielo y vómito. Ya no sentía el frío. Solo el dolor que provenía de mí misma. Solo quería que todo acabase.

–No estés triste, todos se lo merecían –se acercó Tae a mi lado acariciando mi mejilla–. Eres demasiado buena, siempre te preocupas por los demás. Por eso yo tengo que cuidar de ti.

Tae suspiró y me miró. Percibí su cara borrosa a través de mis lágrimas y vi que se paraba a mirar uno de los cuerpos. El único femenino que había allí.

–Ella se parecía a ti. Y yo... yo quería saber como sería estar contigo pero –su voz cambió de nuevo y adquirió el tono frío y desprovisto de emociones que le había notado antes–. Ella no era tú. La muy desconsiderada intentó ser tú pero no lo era. No podía consentirlo.

 

Intenté levantarme pero me costaba horrores moverme. El peso de mi cuerpo, del miedo y de la culpabilidad eran demasiado.

–No te preocupes mi amor –dijo Tae al percibir mis intenciones–. Yo siempre voy a cuidar de ti.

Sacó un pulverizador de su bolsillo e hizo llover un líquido sobre mí. Casi al momento perdí la sensibilidad en el cuerpo y quedé paralizada.

–El acónito es una planta maravillosa –me explicó él–. En las proporciones adecuadas te ayuda a descansar ¿verdad?

Me cogió en brazos, como los maridos cogen a sus esposas la noche de bodas para cruzar por primera vez la puerta al lecho matrimonial. Como los padres cogen a sus hijos para llevarlos a la cama.

–No te preocupes por nada, estoy aquí.

 

Lo último que vi antes de que se me cerrasen los ojos fue la sombra del cuerpo de Jungkook. Debía de haberle sujetado la mano demasiado fuerte antes, porque la vi agrietada como el cristal y sus dedos habían caído al suelo.

 

* * * * *

 

–Mi amor, tienes que ver esto, son buenas noticias –dijo un Tae extremadamente feliz.

Movió la silla de ruedas de su novia y la colocó delante de la pantalla del televisor subiendo el volumen para que pudiese escuchar las noticias.

 

“… y así, después de un mes de búsqueda sin descanso de la joven estudiante desaparecida, se ha cerrado el caso al descubrir que su ex novio, Jeon Jungkook, también estudiante de la misma universidad y al que se daba por desaparecido desde hacía meses, acabó con la vida de la chica para después incinerar su cuerpo en los hornos de una vieja panadería de las afueras. Los informes forenses han determinado que había rastros de sangre y huesos con el ADN de la chica y las autoridades han dado orden de busca y captura contra Jeon Jungkook aunque suponen que ha huido del país. Una vez más un crimen pasional ha arrebatado la vida…”

 

–¿A qué es maravilloso? Ahora por fin dejarán de buscarte y podremos ser felices –comentó Tae sonriendo mientras apagaba la televisión.

La levantó de la silla despacio y la cogió en sus brazos.

–Con cuidado mi amor, aún debes acostumbrarte a la nueva dosis –explicó pacientemente.

 

La llevó a través del salón y salieron por las puertas de cristal cruzando el trecho de arena hasta el agua. A ella le encantaba el mar y él sabía que sentarse un rato juntos en la playa le haría mucho bien.

Tae la miró y vio los ojos de ella, cristalizados. Sonrió dichoso sintiéndose la persona más afortunada del mundo. Ella estaba igual de feliz que él, tanto, que parecía a punto de llorar. El joven enamorado cogió la mano de su novia y le acarició los cuatro dedos uno por uno.

–Pronto nos casaremos y podremos irnos a otro lugar. Este sitio es un poco aburrido ¿No crees? –le consultó a la chica.

Le dio un beso en la frente y la apoyó contra su pecho.

–Podremos elegir el sitio que quieras, te lo prometo –aseguró él–. A fin de cuentas el lugar no importa mientras estemos juntos.

 

Y así es como iban a estar. Siempre juntos. Tae se aseguraría de ello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

 

Espero que os haya gustado, ¡Feliz Halloween a tod@s!

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