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Saga Reclutando Almas 1. La guarida del león por Chloe_Moony

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Notas del fanfic:

Adaptación de la novela homónima de Liah S. Queipo.

Notas:

Siento la demora pero se me estropeó el Pc y tuvieron que arreglarlo durante 5 días!

Disfruten de la lectura!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

 Prólogo

 

—Hasta mañana, Sakura.

El guarda de seguridad del local se despidió de ella con un ligero movimiento de cabeza mientras, con esfuerzo, bajaba la vieja persiana. El sonido del metal chocando contra la acera marcó  el  final  de  la  jornada. Eran las cinco y media de la mañana; y los pies de Sakura estaban totalmente destrozados. Ella era presumida, para qué negarlo, y los zapatos de tacón de  dieciocho  centímetros  le  habían  estado molestando durante su largo turno.

Sin dudarlo, se los quitó y los cargó en la mano. Estaba claro que no era una buena idea ir descalza por     las calles de Londres, pero no tenía otra opción. Quería llegar pronto a casa y sabía de sobra que, si se los  dejaba puestos, caminaría a paso de tortuga.

Por un momento, se arrepintió de haberle dicho a Josh que no la acercara a casa, pero ella intuía que no solo quería hacer una buena obra de caridad. Qué va, aquel tío quería echar un  polvo  y  a  ella  no  le apetecía en absoluto. Le picaban los ojos, el humo de aquel antro le había pasado factura. Intentó calmar esa molestia restregándoselos con el dorso de su mano.

—Mierda —exclamó al percatarse que tenía toda la mano tiznada de negro. Debía de  estar  de  todo menos bonita con el maquillaje corrido por la cara. Pensó en usar su teléfono a modo de espejo e intentar limpiar el desastre, pero le dio pereza.

Qué importaba como luciera, ella solo quería llegar a casa. Se encogió de hombros antes de girar la calle. En aquel momento, le daba igual su aspecto. No le importaba dormir algo  más  de  tres  horas  seguidas. Había estado más de treinta minutos maquillándose a conciencia antes de salir de casa, y los  filtros de Instagram no existían en el mundo real. Se había pintados los labios de color rojo a juego con su  vestido; uno que, a pesar de tener poca tela, era carísimo.

El oscuro cielo brilló durante un segundo para después quejarse con un estruendo horrible. Un rayo  había caído a escasos metros de donde ella se encontraba e hizo que su cuerpo se estremeciera. La lluvia se abrió paso por las densas nubes empapando todo a su paso. Sakura dudó en si echar a correr, pero, teniendo en cuenta que iba descalza, no le pareció buena idea. Caminó bajo la lluvia sin poder evitar sonreír. Había momentos únicos en la vida y ese, sin duda, era uno de ellos. Veía a la poca gente que quedaba en la calle, quienes corrían de un lado para otro para resguardarse, pero ella disfrutó del momento. Pensó en cantar al estilo musical de Hollywood, pero decidió no hacerlo puesto que era una pésima cantante.

Caminó dos largas calles mientras tarareaba una canción que había escuchado en el local. No sabía su nombre, pero era endemoniadamente pegadiza. ¿De quién sería? ¿Lady Gaga, tal  vez?  La  tormenta  no tenía intención de darle tregua y apretó con fuerza, empapándola  por  completo.  Dudó  unos  segundos, pero decidió coger un atajo hasta su casa.

Se quedó parada en la esquina de un bloque, que catalogó como tétrico. La escalera de emergencia se balanceaba por el aire y chocaba contra el frío ladrillo, provocando un sonido que a Sakura le ponía de los nervios. Se quedó parada por un semáforo en rojo, se removió nerviosamente arriba y abajo sobre las puntas de los pies descalzos, dudando si pasar de todos modos. Total,  apenas había tráfico en aquellas horas. Cruzó, y se adentró en una zona poco transitada, donde el olor a peligro se olía entre los callejones. Tenía que resguardarse en alguna parte; no podía permitirse ponerse enferma. A duras penas llegaba a fin  de mes con su sueldo y no podía perder el trabajo. La luz de la farola parpadeaba creando un ambiente poco acogedor; si no, más bien, rozaba lo tétrico. Había pocas farolas y ninguna funcionaba de forma correcta.

Sakura miró la hora en su teléfono móvil. ¡Por el amor de Dios! Le quedaban solo cinco horas para volver a trabajar. La muerte de su Tata, hacía seis meses, le había dejado destrozada. No tenía familia, ni nadie a quien recurrir para pedir ayuda. Se las tenía que apañar sola, como siempre había hecho. Tenía muchas deudas por pagar debido a unas malditas tarjetas de crédito, pero, los medicamentos que necesitaba Tata durante los últimos meses de vida, habían sido muy caros. Ahora solo le quedaba la opción de ser pluriempleada. Durante el día, trabajaba en un stand en el aeropuerto de Gatwich. No era el trabajo de sus sueños, pero pagaban de forma decente. Sin embargo, desde hacía tres meses, trabajaba por las noches en el local de moda: Delicious.

Las drogas y la prostitución eran dos variables constantes en sus largas noches en ese antro. Estaba cansada de repetir que ella era una simple camarera, que no hacía ningún servicio extra, pero los tipos no parecían aceptar una negativa por respuesta. La gran mayoría de los clientes querían meterse debajo de su falda y provocaba que las prostitutas del lugar la tuviesen tomada con ella. Odiaba ese trabajo, pero no tenía otra opción mejor.

Cada noche, se recordaba a sí misma que sería temporal; que solo pasaba por una mala racha. Aunque, al parecer, las rachas malas eran eternas.

Tenía  un mal presentimiento. La sensación de que alguien la estaba siguiendo se acomodó en la boca de  su estómago. No pudo evitar sentir nervios burbujeando ansiosos en el centro de su pecho. Centró su mirada en los oscuros portales y aumentó la velocidad de sus pasos. Maldito atajo. ¿Quién le mandaba ir por allí? Tenía la extraña sensación de ser vigilada. Giró la cabeza para comprobar que no había nadie, cuando sintió un dolor punzante en la planta de su pie.

—¡Maldita sea!

Bajó la mirada y se encontró con una botella rota. Un trozo de cristal se incrustó en la planta del pie. Maldijo en varias ocasiones, mientras se quitaba el vidrio y vio espantada que la sangre brotaba desesperada por la herida.

Sacudió la cabeza y trató de no ser negativa. Tenía que largarse de  allí  cuanto  antes.  No  tenía  otra opción que colocarse aquellos zapatos de tacón de nuevo. Quería darse prisa, pero, entre la lluvia y la   escasa luz, le costó demasiado atarse los dichosos zapatos al tobillo.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó una voz masculina a sus espaldas.

El eco de la voz retumbó en la oscuridad del callejón. El cuerpo de Sakura se tensó. Tragó saliva mientras se planteaba sus escasas posibilidades. Correr con tacones era una pésima idea, si tenía en cuenta que tenía una herida en el pie derecho. Además, escocía demasiado. Girarse y plantarle cara al desconocido era una idea totalmente suicida.

Cerró los ojos y tomó aire. Le rechazaría con tono amable y rezaría para que se marchara por donde había venido. Sakura no era una chica creyente, pero todos ante el peligro recurríamos a Dios.

—No, gracias. No necesito ayuda. —Su aterciopelada voz tembló más de lo habitual y sus dientes castañeaban unos contra otros. La lluvia no cesaba y ella estaba totalmente empapada.

—Pareces herida, yo puedo ayudarte.

El tono del hombre no parecía obsceno, pero Sakura no quería correr un peligro innecesario. Se peleó durante unos eternos segundos con la hebilla del zapato. Colocó su pie derecho en el suelo y tuvo que apretar la mandíbula para no gritar del dolor.

Tenía que irse de allí, rápido.

—Tranquila, muchacha. En serio, solo quiero ayudarte. Yo tengo…

La voz del hombre se quebró. Un fuerte golpe sonó en el oscuro callejón. Sakura no necesitó alzar la  mirada para comprender que el cuerpo de ese desconocido había caído contra el suelo duro. Sus ojos verdes vieron horrorizados como el cuello del individuo no paraba de manar sangre a borbotones.

Un grito se quedó mudo en su garganta. Buscó horrorizada al causante de aquel macabro crimen. Sintió como su corazón cabalgaba preso del miedo. Tenía que marcharse de allí, joder.

Retrocedió unos pasos y arrancó a correr, ignorando el dolor que irradiaba en su pie derecho.

—Buenas noches, Sakura.

Una voz rota salió desde el portal que se encontraba a su izquierda. No quería mirar, no sabía cómo diablos sabía su nombre, pero estaba segura de que esa voz no era de alguien conocido.

Notaba como su respiración se aceleraba presa por el pánico.

—¿Quién eres? —Logró formular la pregunta con un ligero temblor en su voz.

El peligro inundó sus fosas nasales. Olía de forma metálica, como el rastro de sabor que deja la sangre en el paladar.

—Pregunta incorrecta, querida. Prueba otra vez.

La poca visibilidad del oscuro callejón le hacía imposible descifrar los rasgos del hombre que le estaba hablando. Era un tipo alto, le sacaba un par de cabezas a Sakura; a pesar  de  que  ella  medía  un metro setenta y cuatro. Lo miró de arriba abajo. Las manos del misterioso hombre llamaron su atención, eran grandes y estaban cubiertas por unos guantes de cuero de color negro.

Apreció cómo limpiaba la sangre que quedaba en un machete de grandes  dimensiones.  Lo  hacía  de forma pausada, como si aquello no fuera macabro. La luz de la farola continuaba parpadeando.

—¿Qué quieres? —preguntó mientras obligaba a sus piernas a retroceder. Tenía que salir de allí. Su vida corría peligro.

—¿Ves? —comentó el desconocido arrastrando cada una de las letras— Esa pregunta me gusta mucho más, pero creo que por tu bien no debería responderte. A los niños no hay que decirles lo que quieren oír. ¿Sabías eso, Sakura? Hay que dejar que aprendan ellos solos, que busquen sus propias conclusiones. Yo sé que tú, Sakura, sabes qué es lo que quiero.

Sakura. Sabía su nombre y, al parecer, disfrutaba al nombrarlo una y otra vez, como si el hecho de saber cómo se llamaba lo hiciese más íntimo, menos peligroso.

—¿De qué me conoces?

La pregunta salió de forma atropellada de sus labios. Ella necesitaba tiempo. Se arrepentía de haberse puesto los zapatos de nuevo, incluso con aquellos dichosos cristales, correr sin tacones era mejor opción.

—Pregunta incorrecta. Vamos, antes ibas bien encaminada. Dime, Sakura —dijo el desconocido, pausando cada una de las letras de su nombre— ¿Qué es lo que quiero?

—No lo sé —respondió llena de pánico.

El hombre dio dos pasos hacia ella, colocándose bajo la luz parpadeante de la única farola que funcionaba en la maldita calle. Estaba vestido con un abrigo largo y un sombrero que le tapaba el rostro. Ella intentó memorizar cada uno de sus movimientos, conocer más a su oponente; era primordial para saber defenderse o, al menos, eso le habían dicho en las clases de defensa personal.

—Déjame ir, por favor —rogó desesperada— No diré nada, lo prometo. Solo me iré y no me volverás a ver nunca más.

—¿Qué quiero, Sakura?

—No lo sé —contestó intentando no llorar. Su voz temblaba presa del frío que se había calado en sus huesos. La luz dejó de parpadear y la oscuridad tomó el lugar por completo.

—A ti, Sakura. Te quiero a ti.

Notas finales:

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