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Aprendiz de Diosa por EriRose27

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  • Eden Manor
  • Por el pueblo corría el rumor de que había sufrido un aneurisma cerebral, pero yo sabía que no era así. Cuando pasamos por delante del instituto, camino del hospital, vi a todos los alumnos apiñados en el aparcamiento, abrazándose unos a otros y sollozando. No pude apartar la mirada.

    —Da la vuelta.

    —¿Qué?

    —He dicho que des la vuelta, Deidara. Por favor.

    —¿Y adónde vamos?

    Me quedé mirando por la ventanilla, incapaz de apartar los ojos de sus caras. Hasta quienes odiaban a Ino estaban llorando. Respiré entrecortadamente y procuré contener las lágrimas.

    Era culpa mía. Ino tenía diecisiete años. Tenía toda la vida por delante y había muerto por mi culpa. Si Itachi quería matar a alguien, ¿por qué no me había matado a mí? Era yo quien había cometido la estupidez de desdeñar su advertencia, no ella.

    Cerré los ojos con fuerza cuando dejamos atrás el instituto, pero la imagen de la gente agolpada, llorando, había quedado impresa detrás de mis párpados. ¿Sería así siempre? ¿Morirían todos a mi alrededor? ¿Sería Deidara el siguiente, o con un poco de suerte sería yo?

    La ira brotó dentro de mí y se tragó mis remordimientos; agarré tan fuerte el reposabrazos que mis uñas dejaron marcas indelebles en forma de media luna en el cuero desgastado. Ino no se merecía aquello, y por más que la detestara Itachi por la mala pasada que me había jugado, eso no le daba derecho a hacerle aquello, ni a ella, ni a su familia, ni al pueblo. ¿Y todo por qué? ¿Porque yo no le había creído?

    ¿Porque no quería malgastar la mitad de mi vida satisfaciendo los deseos de un chiflado? ¿Era así como reaccionaba cuando no se salía con la suya, montando una pataleta y matando a alguien?

    Hice oídos sordos de la vocecilla que me recordó que, si Ino había sobrevivido aquella noche en el río, había sido únicamente gracias a Itachi.

    No podía hacer nada por ayudar a mi madre, pero podía ayudar a Ino. Y pensaba arreglar aquello.

    —Saku —dijo Deidara con voz suave, posando su mano sobre la mía—, no es culpa tuya.

    —Y un cuerno —repliqué, y aparté la mano—. Ino no estaría muerta si no fuera por mí.

    —Habría muerto hace semanas si no hubiera sido por ti.

    —No, no es cierto —contesté—. No habría intentado gastarme esa broma idiota si yo no hubiera accedido a ir con ella. No se habría golpeado la cabeza si yo no hubiera venido a vivir a Eden. Nada de esto habría pasado si no hubiera venido aquí.

    —Así que, como te mudaste aquí, es todo culpa tuya —agarró con más fuerza el volante, irritado—. Fue Ino quien se lanzó de cabeza al río. Y tú fuiste quien aceptó renunciar a la mitad de tu vida para que siguiera viva. Le diste más tiempo, Saku, ¿es que no lo entiendes?

    —¿Y de qué sirven unas pocas semanas más? —repliqué mientras me secaba los ojos con furia—. Es absurdo. Esto no debería haber pasado.

    —Saku… —comenzó a decir, pero volví la cara otra vez.

    —Sigue conduciendo, Deidara, por favor.

    —¿Adónde vamos?

    —Si le devolvió la vida una vez, puede volver a hacerlo.

    Suspiró y dijo en voz tan baja que no supe si le había oído bien:

    —No estoy seguro de que funcione así.

    Tragué saliva con esfuerzo.

    —Si quieres volver a ver a Ino, más vale que sí.

     

    Llegamos a la verja diez minutos después. Yo iba temblando de furia y de desesperación. ¿Cómo se atrevía Itachi a hacer algo así? Tenía que saber que yo no había entendido o no creía lo que me había contado, y aun así lo había hecho.

    Tenía que devolverle la vida a Ino. Le obligaría a hacerlo, costara lo que costase.

    La verja no estaba cerrada, como cuando había pasado por allí con mi madre, sino entreabierta, lo justo para que me colara por ella. Miré a Deidara sin saber qué decirle.

    —No deberías hacerlo —me dijo—. No hay ninguna garantía de que pueda resucitar a Ino, y una vez entres ahí quizá no puedas volver a salir.

    —Me da igual. Tengo que conseguir que la salve.

    —Saku, tú sabes que eso es imposible.

    Rechiné los dientes.

    —Tengo que intentarlo. No puedo permitir que muera, Deidara. No puedo.

    —Ino no es tu madre —dijo él con calma—. Por más que luches por su vida, no cambiará nada. No va a salvarla a ella, ni tampoco salvará a tu madre.

    —Lo sé —contesté con voz ahogada, aunque una pequeña parte de mí se preguntaba si, en efecto, lo sabía.

    Pero ya había visto a Itachi hacer lo imposible una vez. Podía volver a hacerlo, estaba segura… y tal vez si hacía lo que él quería esta vez no solo salvaría a Ino.

    —Soy yo quien debe decidirlo, y si hay alguna posibilidad de cambiar las cosas, pienso descubrir cómo. Por favor —dije, trémula—, por favor, déjame intentarlo.

    Se quedó callado un momento pero por fin asintió con la cabeza sin mirarme.

    —Haz lo que tengas que hacer.

    Me temblaron las manos cuando intenté desabrocharme el cinturón de seguridad.

    Al final, lo hizo Deidara.

    —Pero ¿y si habla en serio? —preguntó—. ¿Y si quiere que te quedes seis meses?

    —Entonces lo haré —contesté con la vista fija en la verja gigantesca mientras me invadía un mal presentimiento.

    Me quedaría el año entero a cambio de que Itachi salvara a Ino. A cambio de que las salvara a las dos.

    —Seis meses no es el fin del mundo. Haré lo que tenga que hacer.

    Asintió otra vez con una mirada distante en los ojos.

    —Estaré aquí, esperando, cuando llegue ese momento, pero Saku… —titubeó—.

    ¿De verdad crees que es lo que dice ser?

    Se me aceleró el corazón.

    —No creo que haya dicho qué es.

    Deidara suspiró. Le estaba haciendo daño al comportarme así, pero no tenía elección.

    —¿Qué crees tú que es?

    Arrugué el ceño y me acordé de las palabras de Ino.

    —Un tipo muy solitario.

    Si Itachi hubiera tenido intención de matarme, ya lo habría hecho. Era lo más probable. Yo conocía un modo de escapar si de verdad intentaba convertirme en su rehén, pero si hubiera querido obligarme, habría podido hacerlo el día anterior. En realidad lo había dejado a mi elección. Era yo quien me había equivocado al elegir. Podía aceptar la muerte de Ino o hacer algo al respecto. Y, francamente, estaba harta de que muriera gente a mi alrededor. No iba a permitir que ocurriera de nuevo.

    Acordándome de todo lo que le había prometido a mi madre, respiré hondo y deseé poder hablar con ella. Ella sabría qué hacer.

    —Cuidarás de mi madre, ¿verdad?

    Deidara comprendió que no debía decirme que mi madre seguiría allí cuando yo volviera, fuera cuando fuese.

    —Te lo prometo. También avisaré en el instituto de que no vas a volver.

    —Gracias —dije. Una cosa menos de la que preocuparse.

    El trecho entre el coche y la verja se me hizo eterno, pero si recorriéndolo conseguía devolverle la vida a Ino, estaba dispuesta a entregarle mi libertad a Itachi. A fin de cuentas, él tenía razón: solo tenía a mi madre, no me quedaba nada más. Una vez muerta ella, mi vida estaría vacía. Ahora, sin embargo, tenía la oportunidad de ofrecer lo que quedaba del cascarón vacío en que se había convertido mi vida para ayudar a alguien que sabría sacarle el mayor partido. Ino tenía toda la vida por delante. Lo mejor de la mía, en cambio, ya formaba parte del pasado. Mi madre quería que saliera y que fuera feliz, pero no podía serlo sin ella. Al menos de ese modo no desperdiciaría lo poco que me quedaba.

    Crucé la verja y entré en los jardines, y el ambiente cambió de inmediato. Allí hacía más calor y el aire estaba impregnado de una especie de electricidad que no lograba identificar. Al avanzar unos pasos oí que la puerta se cerraba con estruendo detrás de mí y me sobresalté. Me volví y vi a Deidara junto al coche, con los ojos fijos en mí. Le dije adiós con la mano y me dedicó una sonrisa angustiada.

     

     

    El camino ascendía suavemente, bordeado por árboles espaciados a trechos regulares. Tardé unos minutos en llegar a lo alto de la loma y cuando llegué me paré, boquiabierta. No sé qué esperaba, pero en todo caso no era aquello.

    Una enorme mansión se extendía por el jardín. Era tan grande que ni siquiera desde la cima de la colina se veía lo que había detrás. El camino estaba pavimentado a partir de allí y se curvaba frente a la puerta principal formando un óvalo perfecto.

    Solo había visto edificios como aquel en fotografías de palacios europeos, y estaba segura de que en la Península Superior (en todo el estado, quizá) no había otro semejante. Relucía, blanco y dorado, y todo en él era majestuoso.

    Estando allí parada, tardé un momento en darme cuenta de que no estaba sola. Una docena de jardineros y trabajadores me miraban extrañados. De pronto tuve un ataque de timidez. Ya estaba al otro lado de la verja. ¿Y ahora qué?

    Vi a lo lejos a una mujer que caminaba a paso vivo hacia mí, colina arriba, levantándose el bajo de la falda. En lugar de retroceder, me quedé allí, presa del asombro, el miedo y la determinación. La casa era muy hermosa, pero yo seguía necesitando ver a Itachi… enseguida.

    —¡Bienvenida, Saku! —exclamó la mujer, y al oír su voz tuve que mirarla dos veces.

    —¿Chiyo?

    En efecto, al acercarse vi que era la enfermera que me había ayudado a cuidar a mi madre esas últimas semanas. Me quedé mirándola, atónita, pero ella se comportó como si todo aquello fuera perfectamente normal. Cuando llegó a mi lado tenía las mejillas sonrosadas y sonreía de oreja a oreja. Me agarró del brazo.

    —Nos estábamos preguntando si aparecerías alguna vez, querida. ¿Cómo está tu madre?

    Tardé un momento en recuperar el habla.

    —Se está muriendo —dije—. ¿Qué haces tú aquí?

    —Vivo aquí —empezó a llevarme hacia la casa y me dejé llevar, intentando no mirarla boquiabierta.

    —¿Conoces a Itachi?

    —Claro que sí —respondió—. Todo el mundo conoce a Itachi.

    —¿Tú también puedes resucitar a los muertos? —mascullé, y chasqueó la lengua.

    —¿Puedes tú? Cerré los puños.

    —Necesito ver a Itachi.

    —Lo sé, querida. A eso vamos.

    Le lancé una mirada, sin saber si solo me estaba siguiendo la corriente o era una evasiva o las dos cosas a la vez. Hizo caso omiso de mi mirada y me llevó por el camino ovalado hasta que llegamos a las puertas de la mansión, que se abrieron sin que las empujara. En lugar de seguirla dentro, me paré, pasmada.

    La fachada no era nada comparada con el magnífico vestíbulo de la mansión. Era sencillo y elegante y, aunque no tenía nada de chillón o de chabacano, distaba mucho de ser corriente. El suelo era de mármol blanco en su mayor parte, y al otro lado del vestíbulo me pareció ver una mullida alfombra. Las paredes y el techo estaban hechos de espejos que hacían parecer la enorme estancia mucho más grande de lo que ya era. Pero fue sobre todo el suelo de la parte central lo que llamó mi atención. Había allí un círculo perfecto de cristal que era sin duda la cosa más increíble de aquel vestíbulo. Relucía, los colores parecían flotar y fundirse dentro de él, mezclándose y separándose mientras los miraba. Me quedé con la boca abierta, pero no me importó:

    todo en aquel lugar era irreal, y me costaba creer que aún estaba en Michigan.

    —¿Saku?

    Conseguí reponerme de la impresión y mirar por fin a Chiyo. Estaba unos pasos por delante de mí y me miraba con una sonrisa vacilante.

    —Perdona —dije.

    Caminé hacia ella y bordeé el círculo de cristal como si estuviera hecho de agua.

    Que yo supiera, así era.

    —Es… es…

    —Precioso —dijo alegremente, y agarrándome del brazo otra vez me hizo pasar delante de una gran escalera curva que subía a otra parte de la mansión que yo no veía desde allí. No me atreví a intentar echar un vistazo. No quería perder ni un minuto más.

    —Sí —fue lo único que se me ocurrió decir. Aparte de eso, estaba sin habla. Nada de aquello era lo que yo esperaba.

    Me condujo a través de una serie de habitaciones, todas ellas decoradas de manera única y con gusto exquisito. Una era roja y dorada; otra, azul cielo, con frescos en las paredes. Había cuartos de estar, salones de juego, despacho y hasta dos bibliotecas. Parecía imposible que todo aquello estuviera en la misma casa, y que al parecer perteneciera a un chico no mucho mayor que yo (a no ser que sus padres vivieran también allí).

    La casa parecía extenderse infinitamente, pero por fin tomamos otro pasillo y entramos en un salón con las paredes de color verde oscuro y adornos dorados. Allí los muebles parecían más gastados y confortables que en otras habitaciones, y Chiyo me condujo hasta un sofá de cuero negro.

    —Siéntate aquí. Yo voy a pedir que te traigan algún refrigerio. Itachi estará contigo enseguida.

    Me senté. No quería que me dejara sola, pero tenía que seguir adelante. Tenía que hacerlo. Estaba en juego la vida de Ino y no tendría más oportunidades de plantear la cuestión. Si Itachi quería retenerme allí, lo aceptaría. Con tal de que devolviera la vida a Ino, haría cualquier cosa que me pidiera, aunque ello significara tener que pasar el resto de mis días detrás de aquellos setos. Intenté olvidar lo que me había dicho Deidara en el coche sobre que Ino no era mi madre. No era por eso por lo que estaba allí.

    Pero mientras lo pensaba comprendí que me estaba mintiendo a mí misma.

    ¿Acaso no estaba allí precisamente porque tenía la esperanza de que Itachi pudiera salvar a mi madre, o al menos salvarme a mí de algún modo del dolor de perderla? Haría todo lo que pudiera por salvar a Ino, pero ella llevaba horas muerta y todo el pueblo lo sabía. Itachi sin duda exigiría un precio más alto por devolverle la vida por segunda vez, y por más que me esforzara en parecer valiente, lo cierto era que me aterrorizaba la idea de quedarme detrás de aquellos setos el resto de mi vida. Decía en serio que haría cualquier cosa por intentar salvar a Ino, pero aunque eso fuera imposible, como decía Deidara, mi madre aún no había muerto. Todavía cabía la posibilidad de que Itachi pudiera salvarla de la muerte.

    No sé cuánto tiempo estuve allí sentada en silencio, mirando vacuamente una librería llena de volúmenes encuadernados en piel. Repasé de cabeza mi discurso y me aseguré de que contuviera todo lo que quería decir. Itachi tenía que escucharme.

    ¿No? Aunque no quisiera hacerlo, al menos tendría que escucharme. Tenía que intentarlo.

    Lo vi por el rabillo del ojo de pie en la puerta, cargado con una bandeja llena de comida. Hundí los dedos en el sofá y el discurso que había estado ensayando se esfumó de mi cabeza como por arte de magia.

    —Saku —dijo con voz suave y agradable.

    Entró, dejó la bandeja sobre la mesa baja que había delante de mí y se sentó en el sofá de enfrente.

    —I-Itachi —dije, tartamudeando—. Tenemos que hablar.

    Inclinó la cabeza como si me diera permiso para continuar. Abrí la boca y la cerré sin saber qué decir. Mientras esperaba, sirvió sendas tazas de té. Yo nunca había tomado té en una taza de porcelana fina.

    —Perdona —dije con la garganta seca—. Por no escucharte ayer, quiero decir. No sé en qué estaba pensando, pero no pensé que hablaras en serio. Mi madre está muy enferma y yo… Por favor. Estoy aquí y voy a quedarme. Haré lo que quieras, pero haz que Ino vuelva a vivir.

    Bebió un sorbo de té y me indicó que bebiera yo también. Obedecí con manos temblorosas.

    —Tiene diecisiete años —dije, cada vez más desesperada—. No puede perder así la vida solo porque yo cometí un error estúpido.

    —El error no fue tuyo —dejó su taza y fijó su mirada en mí.

    Sus ojos seguían siendo de aquel insólito tono luz de luna, y la intensidad de su mirada me puso aún más nerviosa.

    —Tu amiga decidió su destino al saltar al río y abandonarte. No te hago responsable de su muerte. Ni tú debes sentir que lo eres.

    —Tú no lo entiendes. No sabía que hablabas en serio. No lo entendí. No sabía que Ino iba a morir de verdad, pensé que estabas bromeando o que… No sé. No que era una broma, sino otra cosa. No sabía que podías hacer eso y ahora que lo sé… Por favor. Ella no se merece morir por haber cometido alguna equivocación.

    —Y tú no mereces tener que renunciar a la mitad de tu vida por ella.

    Suspiré, tan enojada que estaba al borde de las lágrimas. ¿Qué quería de mí?

    —Tienes razón, no quiero quedarme aquí. Este lugar me da pánico. Tú me das pánico. No sé qué eres ni qué es este sitio, y lo último que quiero es pasar el resto de mi vida aquí. Puede que Ino no se portara muy bien conmigo al principio, pero ahora somos amigas. No merecía morir y su muerte… su muerte es culpa mía. No puedo mirarme al espejo cada mañana sabiendo que es culpa mía que su familia tenga que pasar por el dolor de perderla así… —me detuve. Igual que yo iba a pasar por el dolor de perder a mi madre—. No puedo. Así que, si devuelves la vida a Ino, estoy dispuesta a quedarme aquí el tiempo que quieras. Te doy mi palabra. Por favor.

    No era exactamente el discurso que había ensayado, pero se le parecía bastante. Cuando acabé tenía lágrimas en los ojos y agarraba tan fuerte la taza que fue un milagro que no se rompiera.

    Delante de mí, Itachi siguió callado, con los ojos fijos en su taza de té. Yo no tenía ni la menor idea de qué estaba pensando, y tampoco sabía si quería saberlo. Lo único que me importaba era que dijera que sí.

    —¿Estás dispuesta a entregar seis meses al año el resto de tu vida para salvar a tu amiga, a pesar de lo que te hizo? —había una nota de incredulidad en su voz.

    —Lo que hizo Ino no la hace merecedora de una pena de muerte —contesté—. Ahí fuera hay mucha gente que la quiere, y no tienen por qué sufrir así por mi culpa.

    Y tal vez saber que yo la había salvado me ayudaría a sufrir un poco menos. Tamborileó con los dedos sobre el brazo del sofá, mirándome de nuevo fijamente.

    —Saku, yo no invito a cualquiera a mi casa. ¿Entiendes por qué te lo ofrecí?

    ¿Porque estaba como una cabra? Negué con la cabeza.

    —Porque aunque Ino te abandonó en el río, en lugar de dejarte vencer por el rencor o permitir que muriera, hiciste todo lo que estaba en tu poder, incluido afrontar uno de tus mayores miedo, para salvarla.

    No supe qué decir a eso.

    —¿No es lo que habría hecho cualquiera? Esbozó una sonrisa cansina.

    —No. Muy pocas personas habrían considerado siquiera esa posibilidad. Eres extraña, y me intrigas. Ayer, cuando rehusaste mi oferta, pensé que tal vez me había equivocado, pero al venir aquí hoy has demostrado que eres aún más valiosa y capaz de lo que imaginaba.

    Parpadeé, alarmada.

    —¿Valiosa y capaz de qué? Ignoró la pregunta.

    —Solo haré mi ofrecimiento una vez más. A cambio, no puedo devolverte a tu amiga. Ha muerto y me temo que si la devolviera a su cuerpo ahora, sería algo contra natura y jamás podría encontrar la felicidad. Pero te doy mi palabra de que está contenta, tal y como está ahora.

    Sentí un vacío en el pecho.

    —Entonces, ¿ha sido todo para nada?

    —No —ladeó la cabeza y entornó los párpados ligeramente—. No puedo     deshacer lo que ya está hecho, pero puedo evitar que ocurra algo.

    —¿Evitar que ocurra qué?

    Se quedó mirándome y una oleada de esperanza se apoderó de mí. Pensaba que  era yo quien tendría que sacar a relucir el asunto, pero había sido él.

    Podía impedir que mi madre muriera.

    —¿De veras… de veras puedes hacer eso?

    Dudó un momento.

    —Sí, puedo. No puedo curar a tu madre, pero puedo mantenerla con vida hasta que estés lista para decirle adiós. Puedo darte la oportunidad de pasar más tiempo con ella, y cuando estés lista me aseguraré de que su muerte sea apacible.

    Un extraño calor me envolvió al oír sus palabras.

    —¿Cómo? —susurré. Sacudió la cabeza.

    —No te preocupes por eso. Si aceptas, tienes mi palabra de que cumpliré mi parte del trato.

    Siempre había creído que podría despedirme de mi madre. Nunca había contemplado la posibilidad de que fuera a caer en coma y a apagarse sin que me diera tiempo a decirle que la quería una última vez, y ahora…

    —Está bien —dije en voz baja—. Tú… tú mantenla con vida. Tiene un tipo de cáncer muy agresivo, así que puede… puede que sea difícil.

    De pronto se me llenaron los ojos de lágrimas.

    —Pero no sufrirá, ¿verdad? Yo solo… solo quiero poder decirle adiós.

    —No sufrirá en absoluto, me aseguraré de ello —sonrió con tristeza—. ¿Hay alguna otra cosa que desees? Vas a renunciar a muchas más cosas que yo, y quiero que estés segura.

    Tragué saliva.

    —¿No puedes mantenerla viva? ¿No puedes… no puedes curarla?

    —Lo siento —dijo—. Pero el adiós no es para siempre. El amor que sientes por tu  madre no es de los que puede quebrantar la muerte.

    Agaché la cabeza y miré fijamente mi té. No quería que me viera deshacerme en lágrimas.

    —Sin ella no sé quién soy.

    —Entonces tendrás ocasión de averiguarlo antes de que se vaya. —Itachi dejó su  taza—. Y cuando te hayas despedido de ella, tendrá la tranquilidad de espíritu de saber que estarás bien.

    Asentí con la cabeza. Tenía la garganta tan cerrada que no podía hablar. Así pues, también iba a hacerlo por ella. Mi madre quería que estuviera bien, y yo aún no podía prometérselo. Pero merecía la pena aceptar la oferta de Itachi por tener la oportunidad de hablar con ella una última vez, de decirle que la quería y de mirarla a los ojos y prometerle que estaría bien para que pudiera dejar este mundo sin angustia ni mala conciencia.

    —Entonces, trato hecho —dijo Itachi suavemente—. Serás mi invitada durante el invierno. Chiyo te acompañará a tu habitación y hasta mañana no se te pedirá nada.

    Asentí de nuevo. Ya estaba hecho: estaba atrapada. Aquel sería mi hogar durante los seis meses siguientes. De pronto la habitación me pareció mucho más pequeña que antes.

    —Itachi… —dije con voz chillona.

    —¿Sí?

    —¿Chiyo sabía que iba a pasar esto?

    Se quedó mirándome unos segundos como si intentara decidir si iba a creerle o no.

    —Sí, te hemos estado vigilando.

    No me atrevía a preguntar a quién se refería exactamente.

    —¿Qué es este sitio? Pareció divertido.

    —¿Aún no te has dado cuenta?

    Sentí que me ponía colorada, pero por lo menos quedaba algo de sangre en la cabeza, así que podía levantarme sin correr el riesgo de desmayarme.

    —He estado un poco ocupada pensando en otras cosas.

    Se levantó y me ofreció su mano. No la acepté, pero no pareció importarle.

    —Recibe diversos nombres. Elíseo, Paraíso… Algunos incluso lo llaman el Jardín del Edén.

    Sonrió como si hubiera contado un chiste. No lo entendí, y debió de notar mi perplejidad, porque añadió:

    —Es la puerta entre la vida y la muerte. Tú todavía vives. Los demás habitantes del jardín murieron hace mucho tiempo.

    Sentí un escalofrío.

    —¿Y tú?

    —¿Yo? —esbozó una sonrisa—. Yo reino sobre los muertos. No soy uno de ellos.

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