Fanfic Es
Fanfics en español

Aprendiz de Diosa por EriRose27

[Comentarios - 19]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +

5.    El equinoccio

 

Durante las dos semanas siguiente no tuve más remedio que olvidarme del pacto que había hecho, tacharlo de ridículo y seguir adelante con mi vida. Aunque hubiera tenido otra alternativa, la salud de mi madre exigió toda mi atención.

Deidara y Ino, sin embargo, no permitieron que me olvidara de aquel asunto. Todos los días cuchicheaban en voz baja sentados el uno frente al otro en la mesa de la cafetería. A veces hasta parecía olvidárseles que estaba allí. Deidara parecía empeñado en convencerme de que no cumpliera mi parte. Decía que apenas conocía a Itachi y que tenía que estar como una cabra si se le había pasado por la cabeza invitarme a vivir con él la mitad del resto de mis días. Pero para cada pega que sacaba a relucir Deidara, Ino tenía una respuesta. Defendía a Itachi incansablemente a pesar de que ninguno de los tres sabía nada de él. Pero era fácil descubrir por qué: sin su intervención, ella habría seguido muerta, así que era lógico que le tuviera cierta lealtad.

Diseccionaron el mito y ambos extrajeron de él argumentos en los que apoyar sus respectivas tesis y me pidieron una y otra vez que les dijera exactamente qué había dicho Itachi. Pero no había mucho más que pudiera decirles. Yo estaba preocupada en parte, y contaba los días con ellos, pero pensaba sobre todo en mi madre. Además, seguía teniendo pesadillas y solo conseguía dormir bien unas horas cada noche. Nadie, sin embargo, hizo comentarios sobre mis ojeras. Eden era un pueblo pequeño: todo el mundo sabía lo de mi madre.

Un par de días antes de que empezara el otoño, llegué a casa y me encontré a mi madre sentada en el suelo, en medio del jardín lleno de malas hierbas. Un nudo de angustia se formó en mi garganta. Salí del coche, corrí a su lado y me arrodillé junto a ella para ver bien su cara.

—Mamá —dije con la voz ahogada por la preocupación—, deberías estar dentro, descansando.

¿De dónde había sacado fuerzas para salir? Miré con enfado a Chiyo, que estaba sentada en el porche, tejiendo.

Se encogió de hombros.

—Ha insistido ella.

—Estoy bien, me he pasado todo el día durmiendo —dijo mi madre, apartándome.

Pero yo ya había conseguido verla bien. Estaba muy pálida y tenía la piel fina como papel, pero sus ojos poseían un brillo que hacía semanas que no veía.

—Vamos —dije, agarrándola del hombro, e intenté levantarla.

Siguió tercamente sentada y me dio miedo hacerle daño si tiraba demasiado.

—Unos minutos más —dijo con una mirada implorante—. Hacía siglos que no salía. El sol sienta de maravilla.

Me dejé caer de rodillas. No tenía sentido discutir con ella.

—¿Necesitas ayuda? —hice una mueca, mirando los hierbajos enmarañados.

¿Cuánto tiempo hacía que nadie se ocupaba de aquel jardín?

 Su cara se iluminó.

—No, pero me gustaría que me echaras una mano. Empieza a arrancar.

Era un trabajo sucio, pero seguimos escardando juntas el pequeño claro que ya había despejado. Yo no quería pensar en cuánto tiempo llevaba allí fuera. No tenía energías para malgastarlas en cosas así, pero cuando algo se le metía en la cabeza no había forma de convencerla de lo contrario.

—Enseguida vuelvo —dijo Chiyo desde el porche.

Entró, cerró la puerta y nos dejó solas.

Estuve mirando a mi madre de reojo mientras arrancaba una mata que me llegaba casi a la cintura. Al primer síntoma de agotamiento, la haría entrar.

Pero hacía días que no la veía tan lúcida y tan llena de energía. No le había contado lo que había pasado en la fiesta porque no quería preocuparla, pero a medida que se acercaba el equinoccio y Deidara y Ino seguían discutiendo, había ido dándome cuenta de que me apetecía contárselo, si no toda la historia, al menos sí una parte. Nunca antes le había ocultado nada importante, y no tendría muchas más oportunidades de hablar con ella sobre aquel asunto.

—Mamá —dije, indecisa—, ¿conoces Eden Manor?

—Claro —la arruga que había en medio de su frente se hizo más honda mientras tiraba de un hierbajo especialmente terco—. ¿Por qué?

Agarré la base del tallo por debajo de su puño y la ayudé. Tiramos a la vez y salió entre una lluvia de tierra.

—¿Vive allí un tal Itachi?

Se incorporó y ni siquiera intentó disimular su sorpresa.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque… —me removí, inquieta, sobre la hierba. Ya empezaban a dolerme las rodillas. Sabía que debería habérselo contado y que ella querría saberlo, pero ¿y si intentaba hacer algo al respecto? ¿Y si se asustaba y empeoraba su estado?

Así pues, le mentí:

—Porque unos chicos del instituto estaban hablando —dije, incapaz de mirarla. Nunca le mentía, a no ser que fuera absolutamente necesario—, y quería preguntarte si sabías algo de él.

Dejó caer los hombros y alargó el brazo para ponerme un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Ya que te empeñas en hablar de temas difíciles, ¿qué te parece si al menos hablamos de lo que va a pasar cuando yo muera?

Me levanté de un salto y enseguida dejé de pensar en Itachi.

—Es hora de entrar. Entornó los ojos.

—Entraré cuando accedas a hablar conmigo.

—Estoy hablando contigo —dije—. Por favor, mamá. Vas a ponerte peor.

Sonrió sin ganas.

—No veo cómo. ¿Hablamos o no?

Cerré los ojos y procuré hacer caso omiso del escozor de las lágrimas. No era justo. Todavía nos quedaba algún tiempo. ¿Verdad? Había llegado hasta allí, seguro que podía aguantar unos meses más. Hasta Navidad, pensé. Solo una Navidad más juntas, y luego podría aceptar despedirme de ella. Llevaba cuatro años haciendo el mismo pacto conmigo misma, y de momento había funcionado.

—No quiero que me eches de menos —dijo—. Debes vivir tu vida, cariño. No quiero seguir siendo una carga para ti, y mucho menos cuando haya muerto.

Sentí áspera la garganta, pero no dije nada. No sabía cómo vivir mi vida. Hasta en Nueva York mi madre había sido siempre mi mejor amiga, mi única amiga desde hacía cuatro años. ¿Qué esperaba que hiciera, hacer borrón y cuenta nueva?

—Y quiero que te enamores y que tengas familia, y que esa familia te dure mucho más de lo que he durado yo —agarró mi mano y la apretó suavemente—. Encuentra a alguien que sea perfecto para ti y no lo dejes marchar, ¿entendido?

Sentí que me ahogaba.

—Mamá —dije—, yo no sé cómo hacer esas cosas.

Me sonrió con tristeza.

—Nadie sabe, Saku, por lo menos al principio. Pero estás lista, te lo aseguro. He hecho todo lo que he podido —se quedó callada un momento y miró nuestras manos unidas—. Estás lista y vas a ser maravillosa, cariño. Vas a hacer cosas increíbles, lo noto, y aunque creas que no estoy contigo, siempre estaré a tu lado. No voy a dejarte nunca. Recuérdalo, ¿quieres? Puede que a veces te parezca que me he ido, pero siempre estaré ahí cuando más me necesites.

Me sequé los ojos con la mano libre y apreté la suya con la otra. Dentro de mí algo se estaba derrumbando a toda velocidad, y ya no sabía qué hacer. No podía imaginar mi vida sin ella, ni quería hacerlo, pero pronto tendría que afrontar la realidad, y no me sentía preparada. La quería a ella, a mi madre, no un recuerdo.

—Prométeme que serás tú misma y que harás todo lo necesario para ser feliz, pase lo que pase —dijo, tomando mi mano entre las suyas—. Estás destinada a grandes cosas, cielo, pero cuanto más te resistas a ser quien eres, más difícil será. Sean cuales sean los obstáculos a los que te enfrentes, recuerda que puedes superar cualquier cosa si lo deseas con suficiente intensidad. Y lo harás —sonrió, y lo poco que quedaba en pie dentro de mí se derrumbó—. Eres mucho más fuerte de lo que crees. ¿Me prometes que intentarás ser feliz?

Quise decirle que no sabía cómo ser feliz sin ella, que no sabía quién era cuando ella no estaba, y que no tenía fuerzas para superar aquello, pero no pude soportar su mirada de súplica. Así que mentí por segunda vez:

—Está bien —mascullé—. Te lo prometo.

Su sonrisa solamente consiguió que me sintiera mucho peor.

—Gracias —dijo—. Será más fácil irme sabiendo que vas a estar bien.

La ayudé a levantarse, pero no me atreví a decir nada. Dejé los hierbajos arrancados en medio del prado, le sacudí el polvo de las rodillas y la llevé casi en brazos a casa, deseando con todas mis fuerzas que no tuviera que morir.

 

 

Al día siguiente, mientras la profesora nos explicaba monótonamente la conjugación de los verbos irregulares en francés, se abrió la puerta del aula y entró Kushina, la del despacho de secretaría. Nos volvimos todos para mirarla, pero ella solo me miró a mí.

Sintiendo que me licuaba por dentro, me levanté y noté las miradas de Deidara y de Ino clavadas en mi nuca. Crucé la clase a trompicones, sin hacer caso de los murmullos que dejé atrás.

—Saku —dijo Kushina con voz suave cuando estuvimos en el pasillo y la puerta se hubo cerrado con firmeza a mi espalda—, ha llamado la enfermera de tu madre.

Las paredes empezaron a darme vueltas, y por un momento me olvidé de respirar.

—¿Ha muerto?

—No —contestó, y me inundó una oleada de alivio—. Está en el hospital.

Sin decir palabra di media vuelta y corrí por el pasillo sin pensar en mis clases.

Solo quería llegar al hospital antes de que fuera demasiado tarde.

 

 

—¿Saku?

Era por la tarde, a última hora, y estaba sentada en la sala de espera del hospital, agotada. Llevaba tres horas sola, hojeando un montón de revistas sin leer una sola palabra mientras esperaba a que los médicos fueran a decirme cómo estaba mi madre.

—¡Deidara! —me levanté con las piernas flojas y lo abracé como si me fuera en ello la vida. El abrazo duró más de lo estrictamente necesario, pero necesitaba sentir sus brazos cálidos envolviéndome. Hacía tanto tiempo que no abrazaba a alguien que no fuera frágil…

—Mi madre está mal y no me dicen…

—Lo sé —dijo él—. Me lo ha dicho Kushina.

—¿Y si ha llegado la hora? —pregunté, escondiendo la cara en su pecho—. Ni siquiera he podido decirle adiós. No he podido decirle que la quiero.

—Ella lo sabe —murmuró, y pasó los dedos por mi pelo—. Puedes estar segura de que lo sabe.

Pasó las horas siguientes conmigo. Solo se ausentó un par de veces para traer algo de comer, y estaba a mi lado cuando por fin apareció el médico para decirme lo que tanto temía: que mi madre había entrado en coma y que ya no faltaba mucho. Se quedó a mi lado cuando entré a verla. Parecía tan pequeña y tan frágil tumbada en medio de la cama, conectada a aquel montón de máquinas y monitores… Repasé de memoria todo lo que había pasado el día anterior, y cada vez que pensaba que había permitido que se quedara fuera, en el jardín, me odiaba más a mí misma. Tal vez si no se hubiera agotado así, todavía seguiría aguantando.

Ahora no quedaba ni rastro de ella en aquel cuerpo moribundo. No era así como quería recordarla, como un cascarón inerte, pero tampoco podía separarme de ella.

Poco antes de las diez entró una enfermera a decirme que la hora de visita había acabado. Unos minutos después, como no encontraba valor para marcharme, se acercó Deidara.

—Saku —sentí su mano en mi espalda y me tensé—. Cuanto antes te vayas a dormir, antes podrás volver a verla por la mañana. Vamos, te llevo a casa.

—Esa ya no es mi casa —dije con voz hueca, pero dejé que me llevara fuera de allí.

Mientras íbamos en mi coche hacia Eden, estuve mirando por la ventanilla y le agradecí que no intentara trabar conversación. Aunque lo hubiera intentado, quizá no hubiera podido contestarle. No dijo nada hasta que llegamos frente a mi casa. El motor estaba aún encendido y de fondo, en la radio, sonaba una canción tan suavemente que tuve que aguzar el oído para entenderla. Estaba intentando ganar tiempo. No quería volver a entrar en aquella casa. Llevaba años preparándome para lo que iba a ocurrir, y ahora que había llegado el momento no soportaba la idea de estar sola.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí —mentí.

Sonrió con tristeza.

—Mañana vendré a recogerte a primera hora.

—No voy a ir a clase.

—Lo sé —no apartó sus ojos de mí—. Te llevaré al hospital.

—Deidara… no tienes por qué hacerlo.

—¿No es eso lo que hacen los amigos? —dolía oír su tono de incertidumbre—. Tú eres mi amiga, Saku, y lo estás pasando mal. ¿Qué puede haber más importante que cuidar de ti?

Me tembló la barbilla y solo era cuestión de tiempo que empezara a llorar. Como no sabía qué hacer, me incliné y lo abracé. Nunca había tenido un amigo como él, un amigo capaz de dejarlo todo para acompañarme junto al lecho de muerte de mi madre. Había llegado a Eden pensando que estaría sola cuando todo aquello acabara, y había encontrado a Deidara. Si había alguna razón para quedarme allí, era él.

—Por lo menos llévate el coche —dije—. Es de noche, no puedes volver andando a casa.

Hizo intento de protestar, pero me retiré, le lancé una mirada y asintió con un gesto.

—Gracias.

Cuando conseguí apartarme de él y salir del coche estaba llorando, moqueaba y estaba hecha un desastre, pero no me importó. Vi junto a la acera el trozo de tierra que habíamos limpiado y los hierbajos todavía amontonados sobre el césped.

—Mañana nos vemos —dijo Deidara detrás de mí.

Asentí, incapaz de decir nada, le dije adiós con la mano y con las pocas fuerzas que me quedaban compuse una sonrisa.

Cuando entré me temblaban las manos aunque sabía que no había nada que temer en aquella casa vacía, por más fuerte que fuera el olor de mi madre que aún lo impregnaba todo. Iba a vivir sola mucho tiempo.

Paseé sin rumbo por la casa, apáticamente, pasando las manos por cada cosa, con la mirada perdida en la oscuridad. Esa noche señalaba el fin del único capítulo de mi vida que había conocido, y no sabía cómo enfrentarme al vacío que me aguardaba.

 

 

Cuando llegó la medianoche y sonó el timbre estaba acurrucada en la cama de mi madre, con la ropa todavía puesta. Llamaron dos veces antes de que me decidiera a abrir, y aun así me costó trabajo levantarme y bajar las escaleras. Abrí con el cojín de mi madre pegado al pecho, esperando que fuera Deidara.

Pero era Itachi.

Se me cayó el estómago a la altura de las rodillas y la niebla que envolvía mi cabeza se disipó de pronto.

—Hola, Saku —su voz era como miel.

De pronto caí en que estaba hecha una calamidad.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó.

¿Cómo iba a olvidarme de él?

—Sí —contesté con voz ronca—. Eres Itachi.

—En efecto —su sonrisa tenía un asomo de tristeza, un sentimiento con el que no me costó nada identificarme—. Este es Jiraiya, mi asistente.

Miré al otro hombre, con la mano todavía en el pomo de la puerta. Era mayor que él, tenía el pelo canoso, la piel arrugada y la cara pálida y demacrada.

—Hola —dije, indecisa.

—Hola, señorita Haruno —sonrió afectuosamente—. ¿Podemos pasar?

Era absurdo preocuparse por si habían ido a secuestrarme. Ino tenía razón: si ese hubiera sido el plan de Itachi, ya me habría metido en una furgoneta con las manos atadas con cinta aislante. Además, ¿qué me importaba ya?

Dije que sí con la cabeza y abrí la puerta lo justo para que pudieran entrar. Los conduje al cuarto de estar, nerviosa. Después de encender la luz me senté en el sillón y no les quedó más remedio que sentarse en el sofá. Itachi tomó asiento como si hubiera estado allí mil veces antes, y a la luz pude ver claramente su cara. Parecía tan joven y guapo como la primera vez.

—¿Sabes qué día es?

Ya ni siquiera estaba segura de en qué mes estábamos, pero si se había presentado en mi casa solo podía ser por una cosa:

—Es el… el equinoccio de otoño, ¿no?

—Muy bien —dijo, satisfecho—. ¿Leíste acerca de Perséfone?

Se me quedó la boca seca y asentí.

—¿Y estás dispuesta a cumplir tu parte del pacto?

Miré a uno y a otro, indecisa. Quizá hubieran ido a raptarme, después de todo.

—La verdad es que no sé muy bien cuál es nuestro pacto.

Fue Jiraiya quien respondió:

—A cambio de la vida de su amiga, aceptó pasar el otoño y el invierno en Eden Manor. Todos los otoños y todos los inviernos si las cosas salen conforme a lo previsto.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo ha dicho?

—Será nuestra invitada de honor, desde luego —añadió—. Se la tratará con el mayor respeto y atención, y tendrá todo lo que pueda desear.

—Espere —me levanté rápidamente y la sangre se me agolpó en la cabeza. Intenté no marearme; no quería tambalearme delante de ellos—. ¿Significa que el resto de mi vida tendré que pasar seis meses en tu casa? ¿Ese era nuestro acuerdo?

—Sí —contestó Itachi. Levantó una mano para hacer callar a Jiraiya y él también se levantó—. Soy consciente de que no será fácil y de que tendrás que afrontar ciertos… obstáculos. Pero te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que estés a salvo y contenta. Durante los otros seis meses del año puedes hacer lo que te plazca. Puedes tener otra vida si así lo deseas. Gozarás de completa libertad. Y mientras estés conmigo serás tratada como una reina. Haré todo lo que esté en mi poder para hacerte feliz.

Me di cuenta de que hablaba muy en serio. Entonces me acordé del mito y se me heló la sangre en las venas.

—Reina —dije con amargura—. ¿Quieres decir que esperas que sea tu mujer? Arrugó el ceño.

—No te estoy proponiendo matrimonio, Saku. Con la muerte de tu madre, pronto no tendrás nada que te ate aquí, y te estoy ofreciendo la posibilidad de vivir una vida que ni siquiera te imaginas.

Me puse en guardia. ¿Cómo sabía lo de mi madre?

—¿Y tú qué obtienes a cambio? Porque no pienso acostarme contigo, si eso es lo que pretendes. No soy de esas personas.

Jiraiya y él se miraron, divertidos.

—Te aseguro que lo único que deseo es el placer de tu compañía. En un sentido platónico.

Tuve la impresión de que no decía la verdad, pero no tenía sentido fingir que cabía esa posibilidad. No pensaba pasar seis meses de cada año de mi vida con un desconocido, fuera lo que fuese lo que me ofreciese.

—No —dije—.  Gracias por  tu ofrecimiento, pero  es una locura,  así que  la respuesta es no. Ahora, si no te importa, necesito dormir.

No protestaron. Jiraiya se levantó, los acompañé a la puerta y la abrí para que no tuvieran excusa para demorar su visita. Al salir, Itachi se paró a menos de treinta centímetros de mí. Era realmente guapo, y teniéndolo tan cerca costaba recordar por qué exactamente era tan mala idea pasar seis meses a su lado.

—¿Entiendes lo que ocurrirá si no cumples tu parte de nuestro acuerdo? Ah, sí. Porque, por guapo que fuera, seguía estando como una regadera.

—No lo sé, ni me importa —dije con firmeza—. Ahora, por favor, marchaos.

—Te doy hasta medianoche —contestó al reunirse con Jiraiya en el camino de entrada—. Me temo que no puedo esperar más. No te apresures a rechazar mi oferta, Saku. No volveré a hacerla.

En lugar de responder cerré de golpe y procuré ignorar el violento temblor de mis manos.

 

 

Deidara fue a buscarme a la mañana siguiente y tuvo el detalle de llevarme un bollo. Tomé uno o dos pellizcos mientras me llevaba al hospital: no tenía apetito. Por suerte, Deidara no me hizo hablar.

Cuando me senté junto a la cama de mi madre y tomé su mano, una idea insidiosa se coló en mi cabeza. Si Itachi había salvado a Ino, si de verdad no habían sido imaginaciones mías, ni una horrible broma, ¿podría salvar también a mi madre?

Rechacé la idea. No podía permitirme pensar en eso. Lo que debía hacer era prepararme para el inminente final. Además, lo que había hecho Itachi era imposible. Una casualidad, o un efecto óptico, o una jugarreta que Ino todavía no me había confesado. Fuera lo que fuese, mi madre estaba a las puertas de la muerte, y ningún truco de magia iba a salvarla. Había aguantado años, y yo sabía que debía dar gracias por el tiempo que la había tenido a mi lado, pero me era imposible hacerlo mientras la veía apagarse, hora tras hora.

A Deidara no le conté lo que había pasado hasta esa tarde, cuando íbamos cruzando lentamente el aparcamiento del hospital. Se quedó callado cuando acabé de hablar, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta negra.

—¿Quieres decir que se presentaron en tu casa así como así, sin previo aviso? Asentí. Me sentía tan vacía que ya no me importaba.

—No fueron nada bruscos, creo, pero fue… muy raro.

Me abrió la puerta del coche y me senté en el lado del copiloto.

—No puedes ir, Saku —dijo cuando se hubo sentado detrás del volante.

—No pensaba hacerlo. Mi madre no se apartaría de mi lado si fuera yo la que estuviera enferma.

—Bien —contestó.

Cuando cruzamos el aparcamiento el sol había empezado a ponerse delante de nosotros. Me tapé los ojos mientras intentaba reunir el valor necesario para expresar lo que llevaba todo el día queriendo decir.

—¿Y si él puede salvar a mi madre?

—¿Qué más te exigiría por hacerlo?

—Valdría la pena, fuera lo que fuese —respondí con calma—. Si ella siguiera viva.

Alargó el brazo y posó su mano sobre la mía.

—Lo sé, pero a veces lo único que podemos hacer es decir adiós.

Me puse colorada y se me nubló la vista.

—¿Qué crees que pasará cuando no me presente? —pregunté, mirando por la ventanilla—. ¿Le hará algo a Ino? Ese era nuestro trato: yo hacía lo que él quería y él la salvaba.

—No le hará nada —contestó Deidara, pero vi por el rabillo del ojo que apretaba con más fuerza el volante—. Por lo menos, si es humano.

Me sequé los ojos con la manga de la sudadera.

—No estoy muy segura de que lo sea.

 

 

Cuando llegué a casa tenía seis mensajes en el contestador. El primero era del instituto; me habían llamado para saber dónde estaba. Los otros cinco eran de Ino, que parecía más y más preocupada en cada nueva llamada.

Me sentía agotada, pero aun así la llamé. Me sentó bien oír su voz, a pesar de que estaba tan alegre y parlanchina como siempre. Parloteó por las dos y no pareció importarle que yo apenas abriera la boca. Deidara estaba convencido de que no iba a pasarle nada, pero yo no conseguía sacudirme ese temor. Aunque solo hacía unas semanas que la conocía, después de lo que había pasado en el río me sentía responsable de ella. A mi madre no podía hacer nada por ayudarla. Pero si a Ino le ocurría algo por mi culpa… no podría soportarlo.

—Ino… —dije cuando ya estábamos a punto de colgar.

—¿Qué? —parecía distraída.

—Hazme un favor y ten mucho cuidado esta noche, ¿vale? No hagas ninguna tontería como subirte a una escalera o hacerle carantoñas a un león.

Se rio.

—Sí, vale. Mañana te llamo. Da recuerdos a tu madre de mi parte.

Después de colgar no pude dormir. Estuve mirando cómo pasaban los segundos en el reloj entre las 23:59 y las 00:00, y empezó a invadirme una sensación de angustia. ¿Y si le ocurría algo a Ino? ¿Qué haría entonces? Sería culpa mía. Nos habíamos hecho amigas a pesar de tener todas las probabilidades en contra, y se suponía que tenía que protegerla de esas cosas, no enfrentarla premeditadamente a un hombre que por lo visto creía que le debía la vida. Y que yo le debía la mía.

No quería pensar en Itachi. No quería pensar en cómo le había devuelto la vida junto al río aquella noche, ni tampoco en su oferta. Intenté imaginarme la cara de mi madre, pero solo la veía tumbada en la cama del hospital, agonizando.

Me giré en la cama y escondí la cara en la almohada. Ya no podía hacer nada, y sentirme tan inútil me producía una angustia desgarradora. Pero ya había tomado una decisión y pensaba ceñirme a ella. Si me salía con la mía, jamás volvería a ver a Itachi.

 

 

A las siete y media me despertaron los fuertes golpes que alguien estaba dando en mi puerta. Solté un gruñido. No me había quedado dormida hasta pasadas las cuatro, pero no podía ignorar que estaban llamando. Abrí de golpe y la sarta de maldiciones que tenía en la punta de la lengua se desvaneció al instante. Era Deidara. Tenía pinta de no haber pegado ojo. Abrí del todo y me pasé los dedos por el pelo revuelto, de color castaño ceniza.

—Deidara… ¿qué ocurre?

—Es Ino.

Me quedé paralizada.

—Está muerta.

Usted debe login (registrarse) para comentar.