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Aprendiz de Diosa por EriRose27

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9.    El baile

 

—¿Un baile? —la risa cantarina de mi madre se elevó por encima del gentío.

Íbamos paseando por una calle de Nueva York repleta de gente que iba camino de casa, al trabajo o a otros sitios importantes.

—No te conocen en absoluto, ¿verdad?

—No tiene gracia —me metí las manos en los bolsillos y me quedé mirando Central Park, al otro lado de la calle—. ¿Y si no le gusto a la familia de Itachi?

—Supongo que cabe esa posibilidad —me dio el brazo y me atrajo hacia sí—.

Pero lo dudo mucho. ¿Por qué no vas a gustarles?

Puse los ojos en blanco y preferí no decirle que por lo visto había alguien dentro de la mansión que prefería verme muerta.

—Tú eres mi madre. Se supone que tienes que decir eso.

—Tienes razón —sonrió—. Pero eso no significa que no lo diga en serio.

Allí cerca un coche tocó el claxon con impaciencia. El tráfico se movía despacio y mi madre y yo nos veíamos zarandeadas continuamente mientras avanzábamos por la acera a nuestro ritmo, no al paso vivo de los demás peatones. Cerré los ojos, levanté la cabeza y respiré profundamente. Olía a Nueva York, y aquel olor me recordó cuánto echaba de menos la ciudad. Cuánto echaba de menos estar allí con mi madre.

—Itachi cree que es un dios.

—¿Sí? —levantó una ceja—. Bueno, resucitó a Ino, ¿no?

Antes de que me diera tiempo a responder, vio un puesto de perritos calientes. Intenté decirle que no tenía hambre, pero no me hizo caso. Dos minutos después volvimos a entrar en el parque con sendos perritos calientes. El suyo con todo y el mío solo con ketchup.

—Me contó que había estado casado con Perséfone —dije de mala gana. Hasta a mí me sonaba a disparate.

—Entonces es Hades —lo dijo con tanta naturalidad que la miré con asombro.

Por desgracia, se dio cuenta—. ¿Qué ocurre?

—¿De veras le crees? —pregunté.

—¿Tú no? ¿Qué más tiene que hacer para demostrártelo, cariño? —se inclinó y me dio un beso en la frente—. Siempre has sido más práctica de lo que te conviene.

—Pero… —respiré hondo, intentando centrarme—. Pero ¿por qué? ¿Por qué le crees?

Hizo un gesto abarcando todo el parque.

—¿Cómo explicas esto, si no?

Tenía razón. Aunque no acabara de creerme lo de Ino o lo que había hecho Itachi, o lo que me había dicho, aquello (estar con mi madre, hablar con ella, tener otra oportunidad) era demasiado real para ser un sueño. Demasiado tangible para ser producto de mi imaginación.

—Me ha dado más tiempo para estar contigo —dijo mi madre, abrazándome—.

¿Cómo no voy a creerle después de eso?

Seguimos caminando en silencio, nos acabamos los perritos calientes y tiramos los envoltorios a una papelera camino del centro del parque. Mi madre siguió rodeándome los hombros con el brazo y yo, que no quería soltarla, la enlacé por la cintura.

—Mamá —dije—, tengo miedo.

—¿De qué?

—De las pruebas —me quedé mirando el suelo—. Itachi dijo que tenía que superarlas todas. ¿Y si no puedo? ¿Qué pasará entonces?

—¿Y si las superas? —me frotó la espalda con gesto tranquilizador—. ¿Y si eres lo que ha estado esperando Itachi todo este tiempo?

Parecía absurdo, pero el modo en que había hablado de la pérdida de su esposa… Ino tenía razón: quizá fuera un dios todopoderoso capaz de resucitar a los muertos, pero también estaba muy solo. Yo sabía lo que era la soledad, y si podía hacer algo por impedir que se sintiera así, lo haría.

Tal vez, después de todo, no me hubiera elegido por accidente.

 

 

Mi vestido para el baile no solo era feo: también era incómodo. Tenten se salió con la suya y me embutió, para mi espanto, en un corsé. Después se pasó casi media hora tensando las cintas lo más fuerte que pudo. Yo accedí a regañadientes y exhalé cuando tenía que contener la respiración, pero me descubrió enseguida.

—Puedo esperar hasta que tomes aire —me dijo—. Tendrás que hacerlo en algún momento.

—¿Por qué tengo que ponerme corsé? —pregunté—. ¿Es que te moriste en el siglo XVIII o algo así?

Puso mala cara.

—Nada de eso. Me gusta cómo quedan, y disfruto torturándote. Ahora, contén la respiración.

La única a la que no obligó a ponerse corsé fue a Ino, que estaba espectacular con un vestido azul a juego con sus ojos. Mientras íbamos por los pasillos, procuré respirar despacio y tan profundamente como me lo permitía el corsé. Podía salir airosa. Solo eran unas horas, y luego se acabó.

—¿Lista? —preguntó Ino, brincando de puntillas.

Estábamos frente a la puerta del salón de baile, esperando a que nos anunciaran. Shion y Tenten, que ya estaban dentro, se habían pasado la tarde dándome instrucciones sobre cómo debía comportarme. «Ponte derecha, saluda a todo el mundo con una sonrisa, sé amable, no digas nada que pueda meterte en un lío, no hables del mundo de fuera, no le digas a nadie lo que opinas de verdad de todo esto, y bajo ningún concepto te comportes con naturalidad». Estaba chupado.

—No creo que tenga elección —mascullé.

Se suponía que tenía que entrar en el salón en cuanto me anunciaran. A pasitos cortos, me había dicho Shion, estirando bien las punteras de los pies al caminar. Cuando le había dicho que nadie podría verme los pies debajo de tanto raso y tanto encaje, no me había hecho caso.

—¿Y si quien mató a las otras chicas intenta matarme a mí también?

—Yo estaré contigo todo el tiempo —dijo Ino—. Y también Itachi y el consejo.  Si alguien intenta matarte, primero tendrá que darnos esquinazo a todos. Y, ahora, no te olvides de respirar.

Desmayarme habría sido el modo perfecto de escapar de todo aquello, pero con mi mala pata seguro que celebraban otro baile en cuanto me recuperara.

Los dos hombres que flanqueaban la puerta la abrieron para que pasáramos. A mí me latía el corazón tan fuerte que seguramente se oía al otro lado del salón. Durante un instante no distinguí nada en medio de la penumbra del salón de baile, pero enseguida empecé a ver con claridad su interior. Era una sala gigantesca, más grande que la cafetería y el gimnasio del instituto de Eden juntos, y la única luz procedía de varias arañas muy recargadas. Todo el mundo vestía tan elegantemente como yo, y tuve la clara impresión de que aquello era el acontecimiento social del siglo.

Centenares de ojos estaban fijos en mí.

—Saku —dijo Ino.

Debí de tambalearme porque me agarró por el brazo con más fuerza de la que yo esperaba.

—Respira, Saku.

Dentro, fuera, dentro, fuera… ¿Por qué me resultaba tan difícil?

—¡Haz algo, Saku! —siseó Ino—. Todo el mundo nos está mirando.

 Ese era el problema.

Nunca me había gustado ser el centro de atención. Una vez, estando en el colegio, mucho antes de que enfermara mi madre, mis presuntas amigas me habían convencido para que hiciera un número de baile en el festival escolar. Me puse tan nerviosa que ni siquiera fui capaz de salir al escenario por mi propio pie, y cuando me empujaron y me vi delante de toda aquella gente vomité allí mismo, en pleno teatro. No fue mi momento más airoso.

Esa vez lo único que me salvó fue tener el estómago vacío. Podía hacerlo, pensé.

Un pie delante del otro, no hacía falta nada más.

—Está bien —dije, y di un paso adelante.

El silencio que había caído sobre los invitados se transformó en un murmullo nervioso, y con cada gesto que hacía sentía la quemazón de sus miradas fijas en mí.

—Señoras y señores —anunció el heraldo—, les presento a la señorita Sakura  Haruno.

Los invitados prorrumpieron en aplausos y yo sentí tanta vergüenza que quise morirme. Por lo menos Ino seguía a mi lado, agarrándome el brazo. Todas las cosas malas que había pensado de ella se evaporaron.

—¡Mira, Saku, los guardias! Míralos —susurró emocionada—. ¿Verdad que están buenísimos?

Vi por el rabillo del ojo a los dos hombres en los que me había fijado durante el desayuno, el día anterior. Me había dicho Tenten que me acompañarían a todas partes, pero no había vuelto a verlos desde entonces. El moreno me sonreía… no, era a Ino… con un sonrisa coqueta y traviesa, y el rubio estaba tan quieto como antes y observaba a la multitud con diligencia.

Fue un alivio ver a Itachi sobre una tarima, al otro lado del salón. Con aquella luz tenue estaba más guapo que nunca, pero en realidad no fue él lo que más me llamó la atención.

A su espalda se alzaban catorce tronos. Tronos de verdad, de los del mundo real.

Estaban vacíos, pero no tenían por qué estarlo, eso lo entendí enseguida.

El consejo estaba allí.

Si Itachi tenía razón y lo imposible era posible, aquellas catorce personas estaban hechas del mismo material que los mitos, y se suponía que yo debía… ¿qué?

¿Acercarme a ellas, estrecharles la mano y presentarme?

Seguí avanzando, no sé cómo. Antes de que me diera tiempo a asimilar todo lo que sucedía a mi alrededor llegamos a la tarima y Shion me ayudó a subir los escalones con la excusa de echarme una mano con la larga falda del vestido. Cuando estuve arriba se acercó Itachi y me saludó con una inclinación de cabeza.

—Saku —su voz tranquilizadora no me calmó lo más mínimo—, estás preciosa.

—Gra-gracias —tartamudeé al tiempo que intentaba hacer una reverencia. No me salió muy bien—. Veo que a ti no te han obligado a llevar vestido.

Se rio.

—Aunque me hubieran obligado, no estaría ni la mitad de guapo que tú.

Me tendió la mano y la agarré: no tuve más remedio si no quería caerme de bruces. Me llevó al centro de la tarima, de espaldas al público.

—Mi familia —me dijo señalando vagamente los tronos.

—¿Son invisibles? —pregunté en voz baja.

Sonrió con ironía.

—No, están entre nosotros, pero quieren conservar el anonimato.

Asentí con la cabeza e hice una mueca confiando en que pasara por una sonrisa. Así que después de todo no iba a conocerlos cara a cara, lo cual resultaba infinitamente más aterrador: significaba que cada persona a la que conociera esa noche era un juez en potencia. Tal vez no fuera tan mala idea desmayarme.

Pasé la noche sentada junto a él en una tarima más baja, viendo cómo se divertían los demás. Me preocupaba que alguien diera un salto e intentara estrangularme, y no me atreví a beber ni a comer nada de lo que me ofrecieron, pero me sentía segura con Itachi a mi lado. O al menos todo lo segura que podía sentirme. Estuve callada y procuré no mirar los tronos vacíos. Podía superar aquella noche, aunque no les gustara. Tenía que hacerlo.

Vi a Ino bailar con el guardia moreno, que parecía divertirse más de lo que convenía a un escolta de servicio. Era muy guapo, pero yo tenía la insidiosa sospecha de que el único hombre con el que se me permitiría salir era el que estaba sentado a mi lado, en silencio. Ahuyenté aquella idea. Habíamos acordado que me quedaría allí, no que haría algo tan ridículo como casarme con él, fuera o no reina. Aunque cuanto más lo pensaba, más me preguntaba si ser su presunta reina no implicaba también tener que casarme con él.

—¿Quiénes son todos esos? —pregunté por fin.

Nadie se había acercado a Itachi, ni a mí, pero de vez en cuando alguien se paraba delante de la tarima y saludaba con una reverencia. Me habían dicho que respondiera con una sola inclinación de cabeza lo más regia posible, y estaba tan asustada que de todos modos no pude hacer otra cosa.

—Mis súbditos —contestó Itachi—. Algunos han pedido venir para poder conocerte, y otros se han portado bien conmigo en el pasado.

—Ah. ¿Están muertos?

—Sí, aunque no en el sentido que tú le das, evidentemente.

Los observé, fascinada, intentando ver algún indicio de que no estaban vivos. Algunos bailaban de una manera arcaica, pero aparte de eso no encontré ni una sola diferencia con los vivos.

Miré a mi alrededor y posé los ojos en Ino. Por lo menos ella parecía encantada de estar allí.

—Y uno de ellos me quiere muerta —comenté.

Itachi se puso tenso a mi lado, y no necesité más confirmación que esa.

—No temas —dijo—, conmigo estás a salvo.

—¿Sabes quién es? —pregunté, y negó con la cabeza—. ¿Qué hay de la persona que tendría que sucederte si no paso las pruebas? ¿Podría ser él o ella?

Hizo una mueca.

—Creo que no —contestó, y no dijo más.

Era casi medianoche cuando se levantó y todo el mundo guardó silencio. El trasero me estaba matando y aunque hacía horas que no daba ni un paso me dolían los pies por culpa de los tacones que Shion me había obligado a ponerme. Estaba deseando que se acabara aquello, pero en lugar de conducirme fuera del salón Itachi se encaminó hacia el escenario. Me temblaron las piernas y fue un milagro que consiguiera sostenerme en pie.

—Es fácil —dijo en voz baja—, solo tienes que decir «sí» y aceptar las semillas.

Subí tras él las escaleras, desconcertada, y estuve a punto de caer de bruces cuando llegamos arriba. Por suerte me agarró y conseguí mantener el equilibrio mientras él hablaba.

—Sakura Haruno —dijo con una voz retumbante que me hizo dar un respingo—. ¿Accedes a permanecer en Eden Manor durante el otoño y el invierno, a someterte a las pruebas de los miembros del consejo y, en caso de que las superes, a ser la reina del Inframundo?

Se había hecho el silencio en el salón de baile. Nada de presión, qué va.

—Sí.

En su mano apareció un platillo con seis semillas colocadas cuidadosamente en el centro. Tomé la primera entre los dedos y miré a Itachi. Inclinó la cabeza para darme ánimos y yo me metí la semilla en la boca y procuré no poner cara de asco. Odiaba las semillas, por eso nunca comía sandía. Por desgracia, las semillas mitológicas no sabían mucho mejor.

Me las tragué a toda prisa, intentando ignorar la sensación viscosa que noté cuando se deslizaron por mi garganta. Me dieron ganas de vomitar, pero conseguí mantener la boca cerrada. Cuando me tragué la sexta, los invitados prorrumpieron en vítores, pero eso no fue nada comparado con cómo me miraba Itachi. Tenía una expresión extrañamente tierna. No entendí por qué, pero tuve la impresión de que aquello significaba para él mucho más de lo que yo creía.

Entonces, por fin, me sacaron de aquel apuro. Shion y Tenten aparecieron a mi lado y me ayudaron a bajar las escaleras antes de que me diera cuenta de lo que ocurría. El gentío se abrió para dejarnos pasar y entre el muro de hombros y pechos se alargaron manos para tocar mi pelo, mi vestido… Algunos incluso lograron tocarme la cara. Al final mis guardias se reunieron con nosotras y me protegieron de ellos. Fue humillante.

—¡Ay, Saku, es tan mono! —exclamó Ino mientras volvíamos a mi habitación con Shion y Tenten—. Me ha dicho que se llama Sai, y además de estar como un tren es listo y divertido, y tan mono…

—Eso ya lo has dicho —contesté, pero siguió como si no hubiera dicho nada.

—Y me ha dicho que va a enseñarme algunos trucos de magia. Bueno, ya sé que la magia es un poco de pardillos, pero también mola, ¿verdad? Aunque sea un poco ridículo.

Siguió parloteando tanto tiempo que cuando llegamos a mi habitación hasta Shion parecía un poco harta. Por suerte Tenten, que cada vez me caía mejor, acudió en  mi auxilio.

—Saku necesita dormir —dijo, cortándole el paso a mi habitación—. La verás mañana.

Ino entornó los ojos y presentí que iba a haber pelea.

—¿Quién lo dice?

—Yo —contestó Tenten irguiéndose en toda su altura, y le sacaba por lo menos un palmo—. Tiene cosas más importantes de las que preocuparse que escucharte parlotear sin ton ni son sobre Sai. Y Sai también tiene cosas más importantes que hacer que aguzar el oído —añadió alzando la voz un poco más de lo estrictamente necesario.

Su voz resonó en el pasillo. Oí un tosido avergonzado a lo lejos y me las arreglé para disimular una sonrisa.

—Lo siento, Ino —dije, dividida entre mi deseo de ser buena amiga y mi necesidad de que dejara de dolerme la cabeza—. Hablamos mañana, ¿vale? Estoy cansadísima.

Miró a Tenten con enfado.

—Como quieras.

Se fue hecha una furia y Tenten y Shion se volvieron hacia mí, expectantes.

Suspiré.

—Vosotras dos también, chicas. Puedo desvestirme sola, os lo prometo. Hace años que aprendí.

Tenten resopló.

—Buena suerte con el corsé —dijo, y se marchó sin decir nada más.

Shion se ofreció a quedarse para ayudarme, pero también le dije que se fuera. En el peor de los casos, le metería la tijera al dichoso corsé. Quizás así Tenten dejara de intentar embutirme en aquellas cosas.

Aliviada por estar sola al fin, cerré la puerta y eché la llave. Lancé mis zapatos a un rincón y me desabroché el vestido, ansiosa por respirar otra vez a mis anchas. Sintiéndome como si estuviera a punto de desmayarme, retiré la cortina del dosel y sofoqué un grito.

Había alguien en mi cama.

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