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Entre clanes y sentimientos por BolaZ

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Madara había caminado inconscientemente hacía aquel lugar en el cual solía esperar a que Hashirama e Ynnarama aparecieran para entrenar juntos. Había sentido la necesidad de ir a aquel lugar a aquella hora, pues quería recordar cómo se sentía al estar al lado de aquellas dos personas que habían resultado ser sus enemigos naturales. Apretó sus dientes con fuerza, intentando controlar su rabia, ¿cómo no se había dado cuenta de que eran unos malditos Senju? Los mismos Senju que habían asesinado a sus hermanos y a otros Uchiha. ¿Qué había estado haciendo él mientras? Jugaba, entrenaba con aquellos dos hermanos sin saber quiénes eran en realidad. Se sentía completamente idiota, pero aquel idiota había aprendido la lección y comprendía qué era lo que iba a pasar a partir del día siguiente.


Su padre, Uchiha Tajima, le había dicho que iban a atacar a aquel niño con el que había estado entrenando; dentro de sí mismo, se alegraba de que, durante la última semana, Ynnarama no hubiese asistido a los entrenamientos en aquel lugar, pues la alejaba de aquel problema. Sin embargo, Madara se sentía extraño, pues, ¿por qué debía sentirse aliviado de que aquella mocosa insolente no formara parte de aquello? Chisteó con la lengua mientras lanzaba un shuriken con rabia hacia el tronco de un árbol. No obstante, cuando se acercó para recogerlo, escuchó a tres personas cruzar el río en dirección a la otra orilla. Se sintió con la necesidad de ir a ver quiénes eran, pues, al fin y al cabo, aquel era territorio de su clan y debía informar de todo lo que sucedía allí.


Cuál fue su sorpresa cuando descubrió a tres ninjas del Clan Hagoromo delante de aquella niña de ojos rojizos. Su primer pensamiento fue saber cómo iba a defenderse Ynnarama de aquellos tres ninjas jóvenes, pues tan solo debían tener dos o tres años más que ella. Ahora que sabía que ella también era una Senju, quería odiarla, deseaba hacerlo con todas sus fuerzas; no obstante, ver cómo uno de aquellos ninjas del Clan Hagoromo la agarraba del pelo mientras otro pretendía cortarle la garganta con un cuchillo, le hizo darse cuenta de que no podía quedarse entre las sombras, esperando a ver el resultado.


Eliminó a dos de los ninjas sin ningún problema, arrebatándoles la vida en cuestión de segundos y sin remordimiento alguno. Ahora, tan solo faltaba aquel que la agarraba del pelo, el cual se asustó al reconocer quién era; Madara ya había luchado contra aquel clan, ya se había ganado el reconocimiento de todos aquellos ninjas. No lo pensó dos veces: aquel ninja intentó atacarle, pero él respondió con fuerza, partiéndole las piernas y dejándole inmóvil. Para rematarle, le cortó el cuello sin piedad. Cuando el Uchiha levantó su mirada, con sus manos llenas de sangre ajena, descubrió a Ynnarama llena de terror. Se percató de que por su rostro caían algunas lágrimas y de que por su nariz caía un fino hilo de sangre que empezaba a difuminarse, como si se estuviera sanando a ella misma.


—     Ma-Madara…— logró escuchar el Uchiha; sin saber por qué, él se acercó a ella, arrodillándose frente a Ynnarama y descubriendo que, a la luz de la luna, era mucho más hermosa de lo que le había parecido el día que la conoció, también entre llanto.


—     Ya no te harán daño— le dijo él, intentando fingir una amable sonrisa; Madar visualizó que en el brazo derecho de Ynnarama había una pequeña cicatriz, algo que la semana pasada no tenía—. ¿Estás bien, Ynnarama?— le preguntó él, inconscientemente, arrepintiéndose de haberlo hecho.


—     Sí… sí. Eso creo…—Ynna se secó las lágrimas inmediatamente, mirando a Madara—. Ha sido… tan fácil para ti…—miró ahora a los cuerpos sin vida de aquellos tres ninjas; Madara giró su cabeza hacia aquellos cadáveres, comprendiendo que Ynna estaba un poco en shock.


—     ¿Por qué querían atacarte? ¿Qué querían de ti?— preguntó Madara, pero Ynnarama no podía decirle que ella había acabado con el líder del Clan Hagormo, que había luchado por el Clan Senju, que había recibido una herida, que se había estrenado como ninja; pero el Uchiha sí sabía quién era realmente Ynnarama y podía deducir que, por fin, ella había estado en un campo de batalla, pues conocía los movimientos de los Senju y sabía que se habían enfrentado al Clan de los Hagoromo; por aquella razón, por no querer escuchar una mentira de aquella niña, prefirió continuar hablando—. Ve a casa, es tarde…— Madara se levantó, dándole la espalda—. Mañana será un nuevo día… para todos…— iba a marcharse, pero Ynna le agarró la manga de la camisa, deteniéndolo; Madara miró hacia aquel lugar, sorprendiéndose; se giró para mirarla de frente, le sacaba una cabeza, al menos.


Se dejó llevar y vio que Ynnarama agarraba su mano con ternura. Después, la Senju abrió la mano de Madara, observando aquella palma blanca. El Uchiha miraba atento, pues, segundos después, sintió que algo empezaba a brotar de allí mismo: una pequeña flor de pétalos rojos. Era algo que Ynnarama había creado por ella misma, lo cual le sorprendía enormemente. La miró, descubriendo que ella sonreía un poco.


—     Gracias— dijo ella—. Esto es lo único que puedo darte— Madara no sabía qué decir ni cómo reaccionar, tan solo tendía la palma de su mano, evitando que aquella pequeña flor se dañara y observándola; cuando levantó la mirada, descubrió que la de ojos rojizos retrocedía para marcharse de allí.


—     Ynnarama— su nombre le salió desde el fondo de su alma; se sentía patético, pero, a la vez, agradecido, sin embargo, ¿qué pensaba decirle? Ella esperaba una pregunta—. Eres una buena chica— fue la última frase que le diría a aquella Senju, pues, a partir del día siguiente, volverían a ser enemigos naturales.


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A la mañana siguiente, Ynnarama practicaba un poco de ninjutsu médico con su abuela, pero no podía dejar de pensar en lo que Madara le había dicho la noche anterior. Sonreía mientras leía unos libros de medicina, recordando la manera en la que Madara acabó con los otros ninjas; no se lo había contado a nadie, todavía, estaba esperando a que Hashirama llegara. Tal vez, Madara se lo hubiese contado en el entrenamiento de aquella misma mañana. No obstante, cuando visualizó a Hashirama aparecer, no iba solo, pues su padre y su hermano le acompañaban; aquello le extrañó, pero lo que realmente era raro era la mirada de su hermano mayor.


Raras veces Hashirama tenía el brillo de sus ojos apagado, por lo que Ynnarama supuso que algo había sucedido. Terminó la lección de medicina y se marchó a la cabaña en la que se suponía que debían estar sus dos hermanos; al entrar, tan solo encontró al de cabellos castaños, sentado sobre la cama y con la mirada perdida en algún lugar de la habitación. Al verla, Hashirama fingió una sonrisa, no quería preocuparla, no quería cargarla con una responsabilidad que no era suya. Pero era demasiado tarde, Ynnarama ya sabía que sucedía algo.


—     Hashirama— dijo Ynna, sentándose con él en la cama; este seguía fingiendo aquella sonrisa.


—     Nos han pillado— le confesó Hashirama—. A Madara y a mí.


—     ¿Cómo…?


—     Al parecer, nuestros padres habían ordenado a nuestros propios hermanos espiarnos para ver qué hacíamos cuando desaparecíamos durante tantas horas. Durante la última semana, Tobirama se ha visto obligado a seguirme al lugar en el que solíamos entrenar los tres. En cierto modo, me alegra que no hayas venido estos días, pues no quiero que te hagan sentir igual que a mi— explicó el hermano mayor.


—     Pero, ¿a qué viene todo esto? Solo sois dos niños entrenando, ¿qué hay de malo?— preguntó ella.


—     ¿Recuerdas que no decíamos nuestros apellidos?— Hashirama hacía reflexionar a su hermana con aquella cuestión—. Era obvio que Madara era ninja, puesto que no dar los apellidos a nadie es una de nuestras reglas más innatas. No le di importancia en ese momento, tampoco era necesario saber cómo se apellidaba. Éramos amigos, pero, ahora ya no podremos serlo, pues conocemos nuestros apellidos y nos hemos percatado de que es algo sumamente imposible.


—     Madara es… ¿un Uchiha?— dedujo Ynnarama tras la explicación de su hermano; Hashirama asintió con la cabeza.


Aquello dejó a Ynnarama algo confundida. Sin embargo, era algo totalmente obvio que habían tenido enfrente de sus ojos y no habían sabido descifrar; Madara era un chico de cabellos oscuros, ojos negros, y que dominaba jutsus como el fuego. Aquellas eran características suficientes como para identificarle como un Uchiha. Pero pesaba más la amistad que el misterio y el interés por descubrir quién era realmente.


—     Hashirama— dijo ella—. ¿Él también sabe nuestro…?—incluso antes de finalizar la pregunta, Hashirama asintió.


—     El padre y el hermano menor de Madara han pensado exactamente lo mismo que nuestro padre y Tobirama— dijo él—. También sospechaban de Madara y le persiguieron para saber qué estaba haciendo conmigo. Descubrieron que yo soy un Senju— al decir aquello, Ynnarama empezó a pensar en lo ocurrido la noche anterior—. Anoche, cuando padre te mandó ir con la abuela, me hizo saber que habían averiguado el clan al que pertenecía Madara y que le atacaríamos en el río. Al parecer, los Uchiha también hablaron con Madara anoche, narrándole algo similar.


—     Pero Madara…—intentó discutir Ynnarama.


—     ¡Ynnarama!— le gritó su hermano—. No vuelvas a acercarte a Madara, ¿entendido? Él… Nos odia. Nos odia a pesar de todo este tiempo juntos. Podría incluso matarte, ¿entiendes?— en los ojos de Ynna se dibujó cierto terror, pero asintió, tragando saliva fuertemente—. Además, ha despertado el sharingan. Eso ha hecho que cambie su manera de ser y se vuelva muy peligroso. Así que no intentes encontrarle, Madara ya no es quién nosotros conocimos. Prométemelo.


—     Sí. Te lo prometo— dijo ella, finalmente.


Estaba completamente confundida tras haber escuchado el relato de su hermano. No entendía, si Madara sabía que ella era una Senju, que la hubiera salvado la noche anterior. Era algo contradictorio y algo que no lograba comprender. Sin embargo, sabía a dónde debía ir para despejar sus dudas; había un pequeño rincón, cerca de una cascada, donde ella solía estar cuando necesitaba alejarse de todos sus problemas. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no tenía unos problemas tan grandes como para tener que refugiarse en aquel lugar.


Escuchaba cómo el agua de la cascada caía y se juntaba con el pequeño riachuelo que tenía debajo de sus pies. No obstante, cuando pretendía girarse para meterse dentro de la pequeña cueva que había debajo de la cascada, recibió dos shurikens, atacándola. Ella los desvió con un pequeño kunai que portaba en la pierna escondido. No sería ninja, pero no iba a ir desprotegida, no después de lo sucedido la noche anterior. Pero quien la había atacado no era otro miembro del Clan Hagoromo, sino alguien a quien conocía perfectamente.


—     ¿Qué demonios haces?— le dijo Ynna, enfadada y a la vez asustada por haber recibido aquel ataque por parte suya—. ¡No te he hecho nada para que me dañes!


—     Eres una Senju, tengo motivos suficientes como para matarte aquí mismo— respondió Madara, a unos cuantos metros de ella; sin embargo, Ynnarama no iba a dejarse intimidar por él.


—     Y tú eres un Uchiha, tú y los tuyos habéis matado a dos de mis hermanos y a muchos de nuestros hombres y mujeres, ¿debería atacarte también?— Madara no mostraba comprensión en sus ojos, sino una rabia infinita—. ¿Qué ha cambiado de ayer a hoy? Anoche me salvaste de esos ninjas y, ¿hoy eres tú quien intenta matarme?— Madara frunció el ceño, empezando a enfadarse—.Ya sabías que era una Senju y me ayudaste igual, ¿verdad?— él continuaba mirándola, desafiante—. ¿Por qué?


—     ¡Deja de decir estupideces, ya hablas como Hashirama!— dijo rabioso Madara—. Lárgate de aquí si no quieres que te mate. Si pasas la orilla de este riachuelo, estás en nuestro territorio— Ynna frunció el ceño y dio un paso adelante, obviando el consejo de Madara y entrando en la zona de los Uchiha—. Te lo he advertido, mocosa.


—     Decirle al enemigo que está en el territorio contrario hace que este recoja mucha información sobre el clan contrario. Ahora, sé dónde os situáis. Podría correr y contarle a mi padre en qué lugar os estáis escondiendo— Madara se mostraba insensible frente a aquellos comentarios, atacando a Ynnarama con todas sus fuerzas; no obstante, ella detuvo su patada con ambos brazos—. No he venido a luchar contigo— Ynnarama dio un paso atrás, alejándose del territorio Uchiha.


—     ¿Qué haces aquí, entonces?— preguntó, lleno de ira, Madara.


—     Tan solo… quería comprender por qué lo hiciste— confesó Ynna, dejando a Madara con la boca abierta—. Hashirama me ha contado lo que ha ocurrido esta mañana y quería entender… por qué. ¿Por qué, a pesar de saber que soy una Senju, me ayudaste?— Madar chisteó la lengua, harto de escuchar las tonterías de aquella niña; activó su sharingan—. No eres tan malo como intentas aparentar ahora, incluso teniendo esos ojos. ¿Crees que te tengo miedo? Pues te equivocas. Serás un Uchiha y tendrás ese poder, pero yo también pertenezco a un clan fuerte. Yo soy una Senju.


—     Una Senju débil a la que deben proteger. No sabes luchar por ti misma— dijo Madara; sin embargo, aquel comentario no hirió a Ynnarama, sino todo lo contrario, pues dibujó una sonrisa preciosa en su rostro, dejando a Madara desconcertado.


—     Gracias por aclarármelo— respondió Ynna—. Ahora sé que querías protegerme— Madara se llenó de rabia—. Y, sí. Creo que todavía tengo mucho que aprender como ninja, aunque no creo que lo haga. No seré una ninja como Hashirama, Tobirama o tú— Madara escuchaba atento—. Así que no nos veremos en ningún campo de batalla. Supongo que esto es un adiós. No te deseo ningún mal, pero tampoco nada bueno. No querría que dañases a ninguno de mis familiares, aunque sé que no accederás a esa condición.


—     ¿Por qué debería aceptarla?— dijo él, con los ojos todavía con aquel tono rojo; sin embargo, Ynnarama no le temía, ella era valiente, ella era inteligente y sabía que Madara no le haría nada; al ver que Ynna no respondía, Madara siguió su discurso—. Es una lástima que no seas ninja, de lo contrario, podría matarte en el campo de batalla.


—     Nada te lo impide ahora— dijo ella, abriendo sus brazos—. Si hubieses querido matarme, lo habrías hecho. No tengo ninguna duda de ello, por lo que, supongo, que tu objetivo esta noche no era asesinarme— le estaba provocando y estaba consiguiendo que Madara se enfadara cada vez más.


—     Eres una mocosa inteligente— el Uchiha sonrió, con malicia—. Mucho más que tus hermanos. Reconozco que eres ingeniosa.


—     No puedes hacer nada conmigo, Madara— dijo ella, dándole la espalda; al hacer ese gesto, Madara dio un paso adelante, tratando de detenerla, pero se lo pensó mejor—. No puedes matarme porque quieres protegerme. Incluso de ti mismo— decirle aquello fue tremendamente valiente, pero la valentía empezaba a menguar y el miedo por los ojos de los Uchiha crecía, por lo que decidió abandonar aquel lugar con la mayor rapidez posible; aquella sería la última vez que se veían.


Madara supuso que sus caminos debían separarse, pero encontró entre sus pensamientos que su camino no estaba unido a ninguno de aquellos Senju. Detestaba el haber sido atacado verbalmente por aquella niña insolente, pero, ¿qué podía hacer él? Abrió la palma de su mano, visualizando la flor que Ynnarama le había dado. Sonrió tímidamente.


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Volvió a su hogar, donde los demás Senju conversaban entre ellos, otros jugaban con sus pequeños hijos y futuro del clan, las parejas sonreían por la tregua de paz que había tenido por el acto de un ninja del clan que no sabían que ella era misma. Ynnarama sonrió ampliamente, dándose cuenta de que era a toda aquella gente a quien debía proteger, esa gente a la que amaba, esa gente que la había visto crecer y convertirse en una persona responsable y madura. Pensándolo bien, Ynna dedujo que el dejar a un lado a Madara, después de saber que era un Uchiha, era lo mejor para todos. Él protegía a los suyos y ella haría lo mismo.


Visualizó a Tobirama, corriendo hacia ella con el rostro lleno de pena. Ynna frunció el ceño, corriendo para alcanzarle antes que él a ella. Al estar uno enfrente del otro, pudo ratificar que, más que pena, era dolor y tristeza lo que Tobirama portaba en su rostro mientras en el firmamento el sol empezaba a enrojecer y a esconderse tras las montañas.


—     ¿Qué sucede, Tobirama?— este la miró, con los ojos brillantes.


—     Es la abuela Oyumo, ella…—dijo Tobirama, pero no le dio tiempo a explicarle nada más; Ynnarama salió corriendo en dirección a la cabaña que Oyumo solía habitar.


La relación que ambas tenían era fuerte. No era un vínculo simple, sino que era algo tan permanente, tan intenso, que ninguno de los demás Senju podía entender. Mientras corría a la cabaña, Ynnarama no dejaba de pedirle al cielo, a los astros, a los dioses o a quien fuera que manejaba el destino que no dejara que su abuela muriese aquella noche. Sus ojos ya dejaban escapar algunas lágrimas que salían de su rostro debido al impacto del viento en él. Al llegar a la cabaña, la de ojos rojizos se encontró con un panorama totalmente desolador: Hashirama, a los pies de la cama, contemplaba con amargura los últimos minutos de vida que su querida abuela. Al otro lado de la cama, sentado en una silla, Butsuma veía que la mujer que le había traído al mundo se marchitaba.


—     Lleva unos minutos sin decir nada, respirando entrecortadamente— explicó Hashirama a su hermana pequeña, que corrió desesperada para agarrar la mano de su abuela.


—     Ynna-Ynnarama…— dijo la anciana al sentir la mano de su nieta—. No puedo verte, pero sí sentirte. Sé que estás ahí…—dijo con dificultad la anciana de cabellos blancos; Ynna se aferraba a la mano de aquella mujer que había sido, también, su madre, quien le había enseñado el valor de las cosas, el valor de la vida misma, pero, lo más importante, a ser una mujer fuerte.


A pesar de que Butsuma había prohibido tajantemente que su hija fuera al campo de batalla, Oyumo sí había deseado que su nieta tuviera unas lecciones básicas sobre lucha. Hasta donde la anciana sabía, le había enseñado todo lo que estaba en sus manos y todo lo que una persona necesitaba saber en cuanto a valores y a virtudes. Mientras le agarraba la mano a su abuela, Ynnarama notaba que esta estaba fría y comprendió que su vida se desvanecía rápidamente; los ojos rojizos de Ynna dejaron escapar muchas más lágrimas de las que ya venía coleccionando.


—     No llores mi dulce niña…—dijo Oyumo, con la mirada perdida, intentando buscarla, aunque no la pudiese observar—. Tu abuela ya ha vivido lo suficiente como para abandonar este mundo feliz…


—     Abuela, te quiero mucho…—confesó la pequeña niña, entre lágrimas—. Todos te queremos mucho…—Tobirama entró, por fin, por la puerta, observando la triste escena—. Por favor, no mueras, abuela. Te necesito…


—     Mi dulce Ynnarama…—su abuela parecía sonreír—. No debes ponerte triste, sino contenta. Has podido conocerme, has aprendido todo lo necesario para convertirte en una gran mujer, en una gran médica, en una gran Senju. Entre toda esta familia llena de varones, tú has sido la luz de mi vida, la esperanza de mis sueños y de mis conocimientos. Te he visto caer y levantarte a pesar de las circunstancias, te he visto luchar contigo misma, dejando que la razón ganara en tu interior, pero también la bondad. No olvides quién eres, no olvides que la gente que tienes a tu alrededor te ama. Aún más las personas que estamos aquí hoy… La familia… la familia es lo que uno debe proteger. La familia es lo que uno debe amar. Y, tú, dulce niña de mis ojos, la estás protegiendo y amando tanto como yo he hecho durante mi larga existencia. Eres una buena chica, Ynna…


La mano débil y fría de Oyumo perdió la vida y descendió hasta caer sobre la cama, inmóvil. Ynnarama tenía los ojos llenos de lágrimas, llenos de dolor y abiertos de par en par, visualizando aquella trágica escena. Su mano se había quedado en la misma posición que antes, temblando. Dejó escapar un desgarrador grito que conmocionó a sus dos hermanos y a su padre, que no dejaban de mirarla con preocupación. Ynnarama entró en pánico, sus ojos parecían estar en otra dimensión, por lo que Hashirama se apresuró a moverla para hacerla entender que debía estar bien; pero Ynna parecía estar llena de dolor y tristeza, tan grandes, que la locura se estaba apoderando de ella.


Pronto escucharon a diferentes personas gritar fuera de la cabaña. Tobirama abrió la puerta de par en par, mientras Hashirama intentaba hacer volver a su pequeña hermana.


—     El agua…— Tobirama se percató de que todo el campamento estaba inundado por agua que venía de algún río próximo; este se giró para ver a su hermana, pues sabía que la causante de todo aquello era ella—. Hay que detenerla, se acerca una ola enorme— Butsuma salió de la cabaña para frenar aquella enorme ola del río que se aproximaba a su hogar, mientras que Tobirama visualizaba que su hermana había caído desmayada en el suelo.


—     Tobirama, mira— le dijo Hashirama a su hermano, señalando un flujo de chakra que salía desde su abuela hasta Ynnarama—. Incluso muerta, la abuela está curando a Ynna.

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