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Entre clanes y sentimientos por BolaZ

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Desde que su padre le había prohibido entrenar o tener cualquier tipo de libertad, algo que Ynnarama no cumplía, centraba todas sus mañanas a escuchar las lecciones de curación que su abuela impartía. Además, asistía a asolas con la más mayor de los Senju para ver de cerca cómo ayudaba a salvar vidas, algo que Ynnarama veía como lo más noble que un ninja podía hacer. Por esa misma razón, y a sabiendas que su padre jamás la dejaría luchar, empezaba a visualizarse a sí misma como futura curandera de su clan. Eso sí, no quería dejar de entrenar. Jamás lo haría. Mucho menos ahora que, junto a Hashirama y Madara estaba aprendiendo más que nunca. Sabía que Tobirama siempre se limitaba durante sus entrenamientos, él nunca quería dar el cien por cien ante su hermana pequeña, pero con aquellos dos… todo era diferente.


Ynnarama practicaba junto a su abuela el ninjutsu médico, dándose cuenta de que le gustaba más de lo que pensaba. Además, estaban en tiempos de guerra, por lo que tenía un par de heridos a los que poder ayudar con su poder. Oyumo le indicaba cómo debía hacerlo, mientras ella sanaba la pierna de un ninja del clan, quien le agradecía enormemente aquella actitud tan valerosa y constante que muy pocos niños y niñas tenían a esa edad.


Acababa de curar a aquel shinobi cuando, de repente, un ninja del clan entró a la cabaña que servía como enfermería para anunciar que se iban a dirigir al campo de batalla para luchar contra el clan Hagoromo; automáticamente, Oyumo indicó a los y las médicas que tenía a su cargo para que se preparasen para ir junto a los ninjas a la batalla, olvidándose de las prácticas de su nieta, que ya no estaba a su lado. La anciana la buscó por toda la cabaña e incluso preguntó al ninja que estaba sanando, pero Ynnarama se había ido y Oyumo sabía demasiado bien dónde, lo cual le preocupaba.


Hacía tres meses que Ynnarama entrenaba enserio, no solo junto a Hashirama y Madara, sino también con Tobirama, con el que había encontrado otro rincón oculto donde su padre no les encontraría. Sin embargo, donde sí había aprendido era al lado de Madara, pues tenía una manera de luchar completamente diferente a la de sus hermanos, lo cual le permitía aumentar su conocimiento mucho más acerca de la lucha y del taijutsu, así como del ninjutsu que usaban. No eran tan amigos como Madara y Hashirama, pero, al menos, habían aprendido a respetarse y a disfrutar del tiempo juntos. Simple cortesía, pensaba Ynna.


Ahora, las cosas empezaban a ser reales. Se encontraba delante del armario de armaduras de los Senju, donde cogió una de color verde oscuro. Pesaban. Pesaban mucho más de lo que creía, pero si su sueño era convertirse en ninja, debía cargar con aquel peso y muchísimos más. Tenías las cosas claras y, aquella vez, iba a demostrarle a todo el mundo que era capaz de proteger a los suyos, que era una buena luchadora y que ella misma era consciente de que podría hacerlo. Recogió su cabello, para parecer un chico, y se puso uno de los cascos que Tobirama había utilizado antaño. Un poco ajustado, pensó, pero perfecto. Pero le faltaba algo, una herramienta para luchar, debía ir equipada al completo.


Rebuscó entre el armario, pero no había nada. Hasta que topó con el fondo, sintiendo un vacío detrás. Dio un pequeño puñetazo, partiendo la madera y encontrándose con tres objetos que su padre parecía haber guardado allí para no recordarlos, entre ellos, una fina espada blanca con empuñadura negra; la cogió al vuelo, era ligera, pero el metal era bueno. Ella había entrenado con la espada de Tobirama, por lo que sabría manejarla.


Se la puso en la espalda y salió corriendo de allí, uniéndose a unos ninjas del clan que se apresuraban a llegar al punto de encuentro. No estaba lejos de allí e Ynnarama pudo seguirles el paso sin ningún problema. Al llegar al lugar, pudo escuchar la voz de su padre ordenando las estrategias, así como también a sus dos hermanos mayores al lado de su progenitor. Ella debería estar allí también. A su alrededor, pudo divisar a otras mujeres, mujeres que ella conocía y que la conocían, pero que, en aquel momento, no la identificaban como la hija pequeña de Senju Butsuma.


Escuchó el inicio de la guerra y cómo las espadas chocaban entre sí. Todos los que se encontraban alrededor suyo, ya corrían para luchar contra el Clan Hagoromo, siendo ella la única que se quedó atrás. No iba a permitir aquello, por lo que corrió hasta llegar a uno de los shinobis enemigos, que intentó dañarla con una katana; sin embargo, Ynnarama la esquivó y propinó un rodillazo en el estómago del enemigo, aprovechando su debilidad para hacerle un corte en el pecho y dejarle inconsciente. Al levantar la mirada, se dio cuenta de que el campo ya estaba bañado por sangre de ambos clanes, provocando en ella una inmensa tristeza; escuchó los gritos de dolor de un ninja que pedía auxilio, por lo que se acercó. Era un viejo shinobi de su clan, quien parecía estar al borde de la muerte y del delirio. Pudo darse cuenta de que le habían partido parte del cuello y de que había perdido las dos extremidades. Ynnarama quería ayudarle, su abuela siempre decía que el papel de un médico era salvarle la vida a los demás, no quitársela; puso sus dos manos sobre el pecho del anciano, pero, cuando se proponía sanarle, la mirada del anciano se apagó, muriendo.


Ella observó con tristeza lo que era la muerte, pero si no quería ser otra víctima más, debía estar alerta. Se apartó a un lado, viendo como otro enemigo con katana intentó partirla por la mitad. No lo logró, pues la espada del shinobi quedó incrustada en el cuerpo del anciano, por lo que Ynnarama aprovechó para realizar un jutsu de tierra y elevarlo, dejándole caer y morir en un instante. Corrió escapando de otro shinobi que la perseguía, pero Tobirama se encargó de él, sin saber que acababa de salvar a su hermana.


Ynnarama respiraba entrecortadamente, mientras observaba las muertes de los demás. Sin embargo, algo le llamó la atención. Escuchó un fuerte gemido de dolor provenir por su espalda y, cuando se giró, se encontró con una estampa que le abrió los ojos enormemente; su padre estaba luchando contra el líder del clan Hagoromo y tenía cierta desventaja: Butsuma estaba arrodillado ante el enemigo, a punto de ser asesinado por este. Ynnarama pensó en ese mismo instante si su padre merecía que le salvaran, pensó en apartar la mirada, pero no podía. Miró por todo el campo de batalla para buscar a sus dos hermanos, pero estaban demasiado lejos de allí y no podrían hacer nada. Chisteó la lengua y empezó a correr con rapidez hacia donde se encontraba su padre.


No iba a vivir arrepintiéndose de no haberle salvado.


Interpuso su espada entre el enemigo y Butsuma, deteniendo el impacto. El ninja del clan Hagoromo, le propinó una patada en la cabeza, pero Ynnarama iba protegida por el casco antiguo de Tobirama; sin embargo, la fuerza con la que la golpeó hizo que se desajustara de su cabeza, quitándole el casco y dejando ver su pelo, que se había soltado también. Al ver aquella escena, Butsuma abrió los ojos de par en par, cayendo en la cuenta de quién era aquel ninja. Mientras, Ynnarama provocó que se centrara en ella, atacándola directamente. La de cabellos castaños recibió un corte en el hombro, que le hizo debilitarse. Sin embargo, ella no estaba allí para perder. Con la otra mano propinó un enorme puñetazo debajo de los pies del ninja, haciendo que se hundiera. Aprovechó aquel momento de debilidad para herirle hasta la muerte con su espada.


—        Ynnarama…—su padre todavía no daba crédito a lo que estaba viendo; intentó levantarse, pero tenía un tremendo corte en la pierna del que Ynna se percató segundos después; se puso al lado de su padre poniendo sus manos sobre la herida y empezando a sanarla, hasta que otro ninja médico más experimentado en batallas que ella llegó para curar al líder del clan.


Una vez segura que su padre estaba a salvo, volvió a mirar alrededor. La batalla parecía haber terminado y vio que sus dos hermanos se acercaban a ver qué estaba pasando. Ambos se quedaron con la boca abierta al ver que su pequeña hermana estaba allí; Hashirama parecía orgulloso, pero Tobirama la agarró con fuerza de la armadura.


—        ¿En qué demonios estabas pensando? ¿En un suicidio?— dijo el de cabellos blancos bastante enfadado—. Este no es uno de nuestros entrenamientos, Ynna. ¡Podrías haber muerto!— Ynnarama se sentía culpable, pero, a la vez, orgullosa de haber contribuido a detener aquella batalla.


—        Tobirama, basta— le dijo Hashirama—. Volvamos a casa.


De regreso al campamento, los tres hermanos visualizaron cómo entraban a su padre en la enfermería para ser tratado de gravedad. Asimismo, su abuela parecía impactada de ver que su pequeña nieta se había escapado para luchar; sin embargo, no iban a juzgarla, al menos, en aquel momento, por lo que Oyumo entró en la enfermería para ayudar a curar a su propio hijo y líder del clan. Mientras, Hashirama, Tobirama e Ynnarama se quitaban las armaduras en el mismo lugar en el que había estado horas antes su hermana, descansando sus pesados cuerpos. Cuando Ynna se quitó su armadura, ambos chicos descubrieron que tenía un corte profundo en el brazo derecho; Hashirama se acercó para verlo.


—        Tienes que ir a la enfermería— le dijo su hermano mayor, pero Ynna negó con la cabeza—. Puede ponerse peor, ¿por qué no me haces caso? Tobirama, dile algo.


—        Hermano, ¿acaso no sabes que ha entrenado el ninjutsu médico con la abuela?— le dijo Tobirama, seguro de sí misma, alejando la preocupación de Hashirama, quien observaba atónito como Ynna se curaba su propia herida sin necesidad de ayuda alguna.


—        No soy muy buena todavía, pero sí que puedo curarme este pequeño corte— les dijo a ambos.


Al cabo de unos veinte minutos, un ninja entró en la cabaña.


—        Vuestro padre ya no corre peligro. Quiere veros— dijo el ninja; Tobirama y Hashirama se dieron por aludidos, por lo que caminaron hasta la salida—. A los tres— al decir aquello, Ynnarama sintió un enorme temor en su pecho que jamás antes había sentido.


Los tres Senju caminaron hasta la enfermería, donde pudieron ver a su padre tumbado, con la pierna llena de vendas. Oyumo le estaba explicando parte del reposo que debía hacer, cuando vio a sus tres nietos aproximarse a los pies de la cama en la que se encontraba Butsuma. Al verles, ambos callaron de inmediato; Butsuma les miró con los ojos serios, no como padre, sino como líder del clan.


Ynnarama sabía que todo aquello se debía a lo que había hecho aquel mismo día y desconocía por completo de qué manera se le iba a castigar. Butsuma pidió a Oyumo que les dejara solos y esta pasó por delante de sus tres nietos, dedicándole una amarga mirada a su única descendiente mujer. Ynna se sintió terriblemente mal, como si la hubiese decepcionado. No obstante, aceptaría las consecuencias fuesen cuales fuesen, sin evadirlas y afrontando el problema por ella misma, sin arrastrar a sus hermanos.


—        Vosotros dos, ¿sabíais que Ynnarama estaba en el campo de batalla?— dijo su padre, preguntándole a sus dos hijos varones; Hashirama y Tobirama se quedaron callados, sin saber qué responder; por primera vez en mucho tiempo, Ynnarama debía dar un paso al frente y dar la cara por sus dos hermanos mayores, ya que siempre eran ellos los que se interponían entre su padre y ella en cuanto a problemas.


—        Ni Hashirama ni Tobirama sabían nada de lo que hice. Fue mi propia elección y fue una manera de demostrarme a mí misma que puedo ser tan buena luchadora como ellos— dijo con franqueza la de ojos rojizos.


—        ¿De dónde has sacado esa espada?— hizo referencia a la fina espada que Ynnarama todavía llevaba sujeta a la espalda; ella respiró profundamente.


—        Encontré un vacío en el fondo del armario donde estaban las armaduras. Estaba allí, junto a un par de cosas más— explicó ella.


—        Esa espada pertenecía a vuestra madre— dijo Butsuma, con el tono de voz quebrado—. La escondí para que ninguno de vosotros volviera a sufrir por la pérdida de esa buena mujer— los tres hermanos recordaron a la mujer que les trajo al mundo, sintiéndose débiles y deseando que ella estuviera allí—. Pero tú has removido esos amargos recuerdos de los que intentaba alejaros como padre— culpabilizó, esta vez, a su única hija—. No solo has cogido un obsequio sagrado para nuestra familia, sin conocer del todo lo que es capaz de hacer, sino que te has puesto una de las armaduras ninjas de nuestro clan, has escondido tu rostro para que nadie te reconociera en el campo de batalla… Has arriesgado tu vida poniéndote en el centro de un conflicto del que no deberías haberte responsabilizado. Podrías haber muerto como hicieron Itama, Kawarama, tu madre y muchos ninjas más. Has estado a punto de ser asesinada por el líder del Clan Hagoromo— Butsuma miraba con fiereza a su hija e Ynnarama sentía que ya no pertenecía a aquel mundo, que había puesto en peligro su propia dignidad; Hashirama y Tobirama miraban apenados a su hermana pequeña—. Tu vida ha estado a punto de escapar de tu propio control, pero no lo ha hecho— al decir aquello, Ynnarama levantó su triste y apagada mirada, observando al rostro contento de su padre—. Ynnarama, has salvado la vida de tu padre y has protegido al líder de tu clan— aquello dejó algo confundidos a aquellos tres hermanos, quienes pocas veces veían sonreír a su arcaico padre—. No sé quién te habrá enseñado a utilizar la espada— Ynna miró de reojo a Tobirama—. Pero supiste usarla en el lugar y momento exactos. Además, no solo llevabas contigo esa arma, sino que también utilizaste tu fuerza para hundir los pies del enemigo. Además, de no haber usado tu ninjutsu médico, tal vez me faltaría una pierna ahora mismo. Has sido muy valiente, hija.


Ynnarama sonrió ampliamente, con ganas, con ilusión de demostrarle a los demás que era reconocida por su padre. Tobirama y Hashirama también sonreían después de la tensa situación que les había tocado pasar. Vieron cómo Butsuma se incorporaba sobre la cama, acomodándose entre los cojines. Los tres estaban sentados al lado de su padre, en un pequeño sillón que compartían.


—        El Clan Hagoromo ha perdido a su líder, pero no tardará en sustituirlo por uno de sus hijos— le dijo Butsuma a sus hijos—. Tendremos algo de paz por un tiempo— Hashirama sonrió ante aquel comentario—. No obstante, quiero dejar algo claro. Ynna— la mencionó su padre—. Tú insensatez traerá consigo algunas consecuencias. No vas a volver a un campo de batalla mientras yo viva…


—        Pero, padre…— respondió Ynnarama.


—        No hay peros que valgan, Ynnarama— dijo con fuerza su padre—. Cuando vuestra madre murió enfrente de mi, me prometí que jamás llevaría a una de mis mujeres a la guerra, mucho menos mi propia hija. Aunque tengas un talento innato, no lo harás. Tus habilidades con el ninjutsu médico ayudarán mucho más al clan. Quédate con eso.


Ynnarama miró disgustada a su padre, pero, en cierto modo, tenía razón. No quería perder el orgullo que su padre había sentido por ella durante todo el día, no quería defraudarle más. Además, el ninjutsu médico, como decía su padre, era lo mejor que poseía en aquel mismo instante. Pasada una hora, los tres hermanos decidieron marcharse para dejar descansar a su padre, sin embargo, él les detuvo con un corte de voz bruto, algo que le identificaba enormemente.


—        Hashirama. Tobirama. Quedaos. Hay que hablar de otra cosa más— dijo Butsuma—. Ynnarama, tu abuela estaba bastante decepcionada por lo que has hecho. Será mejor que vayas a buscarla— la de ojos rojizos asintió con la cabeza, abandonando la enfermería—. Buena chica…— cuando Butsuma observó que su hija pequeña salía de aquel lugar, apartó su mirada y la dedicó a sus dos hijos mayores.


—        ¿Qué estrategia vamos a definir para la próxima batalla?— preguntó Tobirama, siempre siendo el primero en interesarse por aquel tipo de cosas.


—        Hablaremos de eso después. Quería explicaros ciertas cosas importantes— Butsuma se cruzó de brazos, mirando a sus hijos—. Algo sobre Ynnarama— ambos hermanos abrieron los ojos de par en par, expectantes—. De no ser por ella, tal vez estaría muerto, y eso mismo ha hecho que me dé cuenta de lo que iba a dejar atrás, no solo a mis descendientes y a un clan entero, sino a información valiosa que solo yo y otras personas más conocen— Butsuma respiró hondo antes de continuar con su monólogo, puesto que sus hijos jamás le interrumpían, si no era necesario—. Os preguntaréis por qué aparto a Ynnarama del campo de batalla, incluso necesitando ninjas cualificados para luchar, incluso existiendo otras mujeres de nuestro clan que gozan de mi total confianza. Ynnarama… es diferente, es por eso por lo que deseo que se aleje todo lo posible de los ninjas y de las guerras. Vuestra hermana ha heredado el poder de su madre, el cual solo se transmite de madre a hijas. Ella todavía no lo sabe, ni si quiera sé si lo despertará, pero hacerlo supondría su muerte asegurada— tosió—. Vuestra madre, Senju Haemi— tanto Hashirama como Tobirama se sorprendieron al escuchar que su padre pronunciaba el nombre de su progenitora, pues Butsuma evitaba hablar de ella, incluso mencionar su solo nombre le hacía parecer el hombre más devastado del mundo—. Venía de un clan que adoraba a la luna y ella pertenecía a la línea principal de aquellas personas que heredaban el poder. Haemi lo heredó de su madre, su madre de su abuela… Hasta que ha llegado a vuestra hermana.


—        ¿Clan que adoraba a la luna?— preguntó Hashirama.


—        El Clan Shirubaun— confirmó Butsuma—. No lo conoceréis, hace año que está extinguido. Ni yo mismo sabía de su existencia, hasta que la conocí. La guerra en la que murió vuestra madre no era como las que afrontamos nosotros. Era una guerra por protegerla a ella, por proteger su sangre, su poder. Muchos clanes querían tener ese poder, ese control sobre la luna, esa afinidad con las mareas, ese poder… devastador. Jamás lo vi activo, jamás la vi usándolo, pero sabía que lo llevaba; aquel día, le ordené que se quedara en casa, cuidando de vosotros y de vuestros hermanos. Haemi hizo exactamente lo mismo que vuestra hermana: fue a la guerra. A su última batalla. No era una mujer de luchas, no era una mujer que peleaba, pero me salvó la vida, dando la suya a cambio. Me hizo prometer que vuestra hermana jamás estuviera en peligro y que era un tesoro que debíamos proteger entre todos. Por eso no viene a luchar, por eso la mantengo alejada de los demás clanes. Nadie sabe que Senju Butsuma tiene una hija, tan solo saben que os tengo a vosotros y a vuestros dos hermanos fallecidos— explicó Butsuma—. Es por eso por lo que no deseo que luche a vuestro lado. Si algún clan logra conocer quién es y el poder que posee… podrían capturarla y extraer ese poder. En manos de una persona ajena a la sangre Shirubaun… sería peligroso, no solo para nosotros, sino para el mundo. Solo las mujeres de ese clan pueden controlarlo. Por eso os dije que no entrenarais a vuestra hermana, por eso intentaba evitar hablar de guerra y de otros asuntos del clan delante de ella.


—        ¿Ynna lo sabe?— preguntó Hashirama y su padre negó con la cabeza—. ¿Por qué?


—        Decírselo supondría darle alas para seguir su sueño de ser una gran ninja. Es mejor que se quede así, por ahora— dijo Butsuma—. Hashirama, tenemos que hablar de algo mucho más grave que te atañe a ti. Has estado viéndote con un chico de tu misma edad, ¿cierto?— Hashirama entró en pánico.


?


La de cabellos castaños se encontraba en la orilla de aquel río al que solía ir a entrenar con su hermano y con Madara. Observaba la tranquilidad del río y pensaba en eso mismo, en la paz. Tal vez su padre tenía razón y no debía entrometerse en los asuntos de ninjas, quedando en el lado de los médicos. Tal vez su destino no era ser una fuerte kunoichi, ni ser reconocida por el clan tal y como eran reconocidos Hashirama y Tobirama por sus habilidades de lucha. Era una injusticia, pero, ¿debía ser así? ¿Debía darlo todo por perdido?


Escuchó a alguien saltar por encima del agua del río, llegando hasta delante de ella. No iba solo, no se trataba de un ninja solitario, sino de tres. Cuando Ynnarama identificó el emblema del Clan Hagoromo, sintió un miedo terrible; estaba claro que alguien la había visto en el campo de batalla, sobre todo, matando al líder de aquel clan. ¿Venían a vengarse? ¿Venían a llevársela? Estaba demasiado lejos para gritar y ser escuchada, además, estaba en desventaja. Podría hacerse cargo de uno, sí, pero no de tres.


 

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