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Medidas Completas por CuecSoo

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Capitulo 2


Este no era mi primer funeral militar, pero había sido una niña entonces, y la muerte de alguien a quien habían conocido mis padres una vez, en verdad no había tocado una fibra sensible en mí.


El funeral de papá me desgarró lentamente con cada lágrima que contuve. Cada vez que alguien me abrazaba, o me decía que lo sentían, otra parte de mí se apagaba, como si mi nivel máximo de dolor hubiera sido alcanzado.


Sasori, mi exquisito y perfecto novio desde hace tres años, condujo por vacaciones hasta la cabaña de su familia en Breckenridge para estar conmigo. Sin embargo, no estoy segura de que pudiera decir realmente que estaba conmigo.


Había estado más con su teléfono móvil los últimos días, y ni siquiera se hallaba aquí todavía. En realidad no podía culparlo. No es como si fuera un placer estar a mi lado. Desde la notificación de la semana pasada, las navidades habían pasado con un susurro, el año nuevo se nos acercaba, y mamá aún no había respondido a… nada.


Afortunadamente, la abuela había llegado, toda columna vertebral de acero del sur y cabello plateado, y mantuvo a los lobos fuera de la puerta. Nadie amenazaba con medicar a mamá. Todavía.


Los lugares de la capilla se llenaron rápidamente. Gente a la que reconocí y un sin número de soldados a los que no, tomaron sus asientos en voz baja. Habíamos pedido que esto también sirviera como memorial de la unidad. No creo que ninguno de nosotros pudiera haber pasado por esto una segunda vez.


April se sentó rodeada por un grupo de sus amigos, siendo consolada en masa mientras lloraba, y una pequeña punzada de celos se deslizó a través de mí. April tenía permitido derrumbarse. Ese era un lujo que yo no podía tener, ya no.


—Oh, Saku. —Ino, mi mejor amiga de la escuela secundaria, me atrajo a un abrazo en la parte trasera de la capilla mientras esperaba a Gus. Me hundí un poco contra ella, dispuesta a dejarla tomar algo del peso—. Esto apesta.


Ella siempre sabía qué decir.


—Me alegro de que estés aquí —dije, hablando honestamente por primera vez en el día.


—¿Dónde está Sasori? —La perfecta piel de color café con leche de su frente se arrugó cuando sus cejas se fruncieron.


Pegué una sonrisa falsa en mi cara. —No estoy segura, pero dijo que iba a venir.


Su ceño se profundizó, y vi un destello atravesar sus ojos color azules antes de que suspirara. —¿Karin? Todavía es tu compañera de habitación, ¿cierto?


—Está en Boston con sus padres, pero volará de vuelta a Boulder en los próximos días. —Contuve la respiración y esperé a que el típico comentario sarcástico viniera de Ino.


No había amor perdido entre Karin y Ino, y no lo había habido desde que Ino y yo nos habíamos distanciado el año pasado. Yo había ido a Boulder y me convertí en compañera de habitación de Karin, y Ino se quedó para ir a la escuela aquí en Colorado Springs. Todavía quería muchísimo a Ino, pero era duro mantener una amistad con vidas tan separadas.


—Cierto. —La música del órgano empezó a sonar, y Ino me dio un apretón en las manos—. Esa es mi señal. Saku, lo que necesites, estoy aquí.


—Sé que lo estás.


Me dedicó una sonrisa débil y se dirigió a sentarse con su madre, que había sido una muy buena amiga de papá. Supongo que eso es lo que sucede cuando pasas años y dos lugares de destino con alguien.


—¿Saku? —Me giré para mirar a la señora Rose, cuyo marido había sido asesinado en el ataque como papá. Se veía compuesta en un sencillo vestido negro y zapatos de tacón a juego. Su cabello estaba arreglado, su maquillaje perfecto e impoluto. Sus dos hijos pequeños, Carson y Lewis, se hallaban inmaculadamente vestidos con pequeños trajes negros.


—Hola, señora Rose. Nos alegramos de que haya venido —respondí por mi familia—. ¿Cómo está?


Sus manos rozaron los hombros de sus hijos, como si estuviera asegurándose a sí misma que seguían allí. —No las estamos arreglando. ¿Tu madre?


Mi rostro se sonrojó. —Está teniendo un momento difícil.


La señora Rose asintió. —Todos nos afligimos de modos diferentes. Entrará en razón. —Le sonrió a sus hijos—. Vamos a encontrar nuestros asientos.


Se encaminaron por el pasillo, y algo se coló en mí, elevando mi temperatura. ¿Cómo podía ella estar bien? ¿Cómo estaba tan perfectamente serena cuando mi madre no podía mantenerse compuesta? La injusticia de todo pesaba sobre mí. Quería que mamá se recompusiera como había hecho la señora Rose.


Mi teléfono móvil vibró, alertándose de un nuevo mensaje de texto.


Sasori: Voy en camino, pero llego tarde.

Sakura: Te veo pronto.


Volví a deslizar mi iPhone de vuelta en mi bolso mientras Gus emergía del baño. Su traje le hacía parecer más mayor de lo que era en realidad; otra cosa robada de su de su infancia. Dejó caer los largos extremos de su corbata, la cual debía de haberse deshecho mientras estaba allí dentro. Gus solo tenía dos corbatas, las cuales había atado mi padre antes de marcharse para su despliegue.


Los nudos se deslizaban hacia arriba y hacia abajo cuando las poníamos y quitábamos de la cabeza de Gus para la iglesia, pero siempre teníamos cuidado de no desatarlas. Ninguna de nosotras, las chicas de la casa, sabía cómo atar una corbata. Nunca habíamos pensado mucho en ello.


—No quería hacerlo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrayendo las mías propias. Forcé una sonrisa en mi cara, lo cual se volvía solo un poco más fácil cada vez que tenía que hacerlo.


—No es un problema, amiguito. —Limpié delicadamente sus lágrimas y fijé mi concentración en descubrir cómo atar la corbata. Una oleada de dolor se apoderó de mí.


Este era el trabajo de papá. Se suponía que él tenía que enseñarle a Gus cómo atar una corbata, conducir un coche, coquetear con una chica. ¿Cómo iba a crecer Gus sin el ejemplo de papá? Claro, mi padre nunca me llevaría al altar, nunca sostendría a mi primer hijo, o al segundo, ya de paso. Pero yo le había tenido durante veinte años mientras crecía casi hasta la adultez. Papá se hallaba grabado en la trama misma de mi ser. No era justo que su hijo solo le hubiera tenido durante siete años.


Mis dedos se enredaron con la corbata, pero no podía descubrir cómo atarla. Un par de grandes manos se interpusieron entre nosotros, y alcé la mirada. La sorpresa casi me tiró de culo al ver a Sasuke Uchiha agacharse junto a mí. Una triste sonrisa apareció en su rostro.


—Hola, Gus, ¿puedo hacer eso por ti?


—Hola, entrenador Uchiha. Claro.


¿Entrenador? Cierto, Gus me lo había dicho, pero no lo asocié. El Sasuke Uchiha que yo recordaba no se habría tomado el tiempo para entrenar a nadie, mucho menos a un grupo de niños hiperactivos. ¿Qué le había cambiado tanto en cuatro años? Gus volvió su hermosa sonrisa hacia mí, y casi abrazo a Sasuke por causarla.


—Saku, este es mi entrenador de hockey.


—Nos conocemos, Gus. —Le revolví el pelo y me levanté lentamente, con cuidado de mantener el equilibrio sobre mis tacones.


—Fui a la escuela con tu hermana, hombrecito. —Sasuke hizo un rápido
trabajo con la corbata de Gus, enredándola con hábilidad, tirando de ella, atravesándola hasta que se parecía al propio nudo de mi papá. Una oleada de gratitud me desgarró. Sasuke había salvado el día de Gus.


Nos sentamos cuando el capellán lo indicó. Gus se sentó a mi lado, luego mamá, la abuela y April. Uno por uno, los oradores subieron, compartiendo sus mejores recuerdos de papá. Él había salvado muchas vidas, dado mucho de sí mismo a esos que lo necesitaban. Nunca falló en inspirarme. Bueno, me había inspirado en todo excepto en su muerte.


Fue asesinado sin sentido, ayudando a otras personas. ¿Cuál era el sentido, la justicia en eso? Una risa histérica burbujeó a través de mis labios, y la abuela extendió su mano alrededor de mamá para colocarla en mi hombro.


¿Qué, como si fuera a descubrir el significado de la vida y de la muerte mientras me sentaba aquí? Absurdo. Nadie entendía el significado detrás de la guerra. Era hilarante pensar que la respuesta me sería otorgada simplemente porque perdí a alguien a quien amaba. Mi profesor de psicología habría tenido un día de campo conmigo en este momento.


A mitad del servicio, una mano familiar apretó mi hombro, esta vez desde atrás. Sasori había llegado al fin. En lugar de sentirme reconfortada, estaba molesta y enfadada. Para alguien que profesaba amarme, no estaba en verdad muy arriba en su lista de prioridades hoy, de todos los jodidos días. Sin embargo, sin duda él tenía una perfecta excusa, algún gato atrapado en un árbol, o un desconocido varado con una rueda pinchada.


Un oficial se puso de pie en el podio y comenzó a pasar la tradicional lista. Oh, Dios, aquí vamos. Cuando decía los nombres de los soldados presentes, ellos se levantaban entre la congregación anunciando su presencia. A mi alrededor, las figuras de azul saltaban como muñecos de una caja de sorpresas, vivos y bien.


Pensé que me encontraba lista para oírlo. Después de todo, sabía que iba a llegar. Nuestro asesor en cumplimiento nos había preparado para esto muchas veces. Dirían el nombre de mi padre, pero él no respondería.


Ese era el punto.


—¿Teniente coronel Haruno? —La voz del oficial hizo eco por la silenciosa iglesia. Cada músculo de mi cuerpo se tensó y mis dientes se apretaron—. ¿Teniente coronel Justin Haruno? —El agudo gemido de April rompió el silencio y las lágrimas ardieron al descender por mis mejillas. No podía alzar las manos para limpiarlas. Dios, que dejara de decir su nombre. Por favor. Pero no lo hizo—. ¿Teniente coronel Justin Haruno? —Una vez más. Solo tenía que hacerlo una vez más.


—¿Por qué siguen diciendo el nombre de papá? —preguntó Gus.


Para probar que se ha ido de verdad. No podía responderle; mis cuerdas vocales estaban paralizadas por el miedo de que al final explotarían cuando hablara. Tiré de él para acercarlo.


—¿Teniente coronel Justin August Haruno? —Sabía que se dijo más, pero no lo escuché.


En cambio, retrocedí en mi memoria, viendo a papá arrodillarse, así un Gus de cuatro años podría ayudarle a ponerse su insignia de rango de teniente coronel en su hombro. Todos habíamos estado tan felices y orgullosos. Supongo que se suponía que también tendríamos que estar orgullosos hoy, sabiendo que él había dado su vida por algo mucho más grande que sí mismo. Lo que la gente no entendía era que no había nada más grande a mis ojos que mi padre, nada que valiera la pena el coste de su vida.


Las gaitas tocaron “Amazing Grace”. A mi lado, mi madre habló por fin, susurrando el nombre de mi padre en una súplica rota.


—¿Justin?


Apreté los dientes sobre mi labio inferior para evitar gritar, cortando la suave carne hasta que el dolor que me causé pudo enfrentarse al dolor que me atravesaba.


Una vez que el servicio terminó, me sentí como si debiera felicitarme a mí misma por sobrevivir, pero todavía tenía que atravesar el entierro. Caminamos por el altar lateral por detrás del capellán, saliendo del servicio a través de la puerta principal, en donde una limusina negra esperaba. La abuela tiró de mamá al interior. April nos siguió de cerca con su novio, Brett. Esperé fuera con Gus, sabiendo que Sasori querría venir con nosotros.


Bajó los escalones lentamente, vestido impecablemente con un traje que su madre había elegido, sin duda. Su cabello rojizo estaba separado a un lado, y sus ojos cafés cenisos contrastaban contra el negro de su traje. Otro chorro de risa histérica casi me superó. Sasori era un muñeco Ken viviente. Me atrajo a sus brazos, envolviéndome en la esencia de su colonia, que había llevado desde nuestro último año. Se apartó para besarme, y sus ojos se encendieron.


—¿Uh, nena? —Retrocedió, como si estuviera disgustado.


Sasuke apareció junto a mí, dejando a Gus después de un abrazo. Sacó un pañuelo Kleenex y limpió la zona justo debajo de mi labio. El pañuelo salió rojo, manchado con la sangre que había producido con mis dientes. Me dedicó una débil sonrisa y se alejó rápidamente, como si supiera que había excedido sus límites. Guau. Me pasé la lengua por mi labio y sentí la zona herida.


Sasori rodó los ojos antes de darse cuenta de quién era. —¡Sasuke Uchiha! —Extendió la mano, y Sasuke se la estrechó—. Ha pasado mucho tiempo, hombre. Estás entrenando a mi hermano pequeño y a Gus ahora, ¿cierto?


Sasuke asintió. —Rory es un niño estupendo. Te veré más tarde, Gus.


Gus agarró mi mano y tiró. —¿Puede el entrenador Uchiha venir con nosotros, por favor?


Sasori respondió antes de que yo pudiera.


—Gus, la limusina es solo para la familia.


Gus sonrió, satisfecho. —Bueno, tú no eres de la familia. Además, si April y Saku pueden traer a alguien, yo también puedo.


No podía discutir con la lógica de Gus.


—Eres bienvenido a unirte a nosotros —le dije a Sasuke, evitando sus ojos.



El viaje en limusina fueron los veinte minutos más incómodos que he pasado jamás en un coche. A mi izquierda, Sasori actualizaba su estado de Facebook. ¿Qué podía estar escribiendo? ¿De camino al entierro del padre de mi novia? Él no manejaba bien el estrés, y no se lo tenía en cuenta. Era simplemente uno de los aspectos de su personalidad que entendía, que hacía mi mejor esfuerzo para complementar. Después de todo, eso era parte de nuestro plan, porque funcionábamos tan bien juntos. Yo llenaba sus lagunas.


—Ah, hombre —susurró.


—¿Qué es? —pregunté.


Negó con la cabeza, desplazándose a través de su teléfono. —Adelantaron una semana nuestra reunión social.


No me molesté en responder. Él no buscaba mi intervención de cualquier forma. La abuela se sentó con estoicismo, su cabello plateado recogido en un moño francés, su sencillo collar de perlas inmaculadamente apropiado. Siempre tenía un aire de dignidad en ella, pero la forma en que se mantenía serena a raíz de la muerte de su hijo, era impresionante.


Sus manos se aferraron al marco de la pequeña foto de papá durante su entrenamiento básico que tenía sobre sus rodillas.


—¿Qué tienes en mente? —preguntó Sasuke, sentado a mi derecha. Su teléfono también se hallaba afuera; se lo había dado a Gus, quien actualmente destruíapequeños cerdos en la versión de AngryBirds de StarWars.


Hice un gesto sutilmente hacia mi abuela con la cabeza. —Mi abuelo murió en Vietnam. —Negué con la cabeza—. Ella ya ha pasado a través de mucho; esto apenas parece justo.


Estuvo en silencio durante un minuto, como si estuviera eligiendo sus palabras cuidadosamente. —Tan difícil como pueda ser para ella, tal vez es la única que puede ayudar a tu madre a pasar por esto. Después de todo, ya ha estado allí.


Observé la forma en que en que la abuela extendía la mano para sostener la de mi madre, acariciando su piel con su pulgar. Sasuke tenía razón. Si alguien iba a sacarla de este precipicio sobre el que estaba parada, sería la abuela. Eran mujeres igual de obstinadas, igual de fuertes, igual de capaces. —Ella va a estar bien, en algún momento.


—Igual que tú. —Estrechó mi mano con gentileza antes de apartarla rápidamente, con cuidado de no rozar la piel de mi rodilla justo por debajo de mi dobladillo.


Sasori deslizó su teléfono de vuelta en su bolsillo mientras llegábamos al cementerio. Salimos del coche y cruzamos la tierra congelada hacia la parcela que había elegido mi padre. En ese momento, yo había pensado que era algo morboso de hacer; elegir su propia parcela para el funeral. Ahora me sentía agradecida. Era una elección más que no tuve que hacer, y sabía que él estaría feliz. Mientras tomábamos nuestros asientos en la fila delantera, enfrentando el ataúd de mi padre, por donde pasaba la gente.


Estrechaban nuestras manos. Se inclinaban para abrazarnos. Se lamentaban por nuestra pérdida. No alcanzaban a comprender nuestro dolor. Querían saber qué podían hacer. Dije gracias tantas veces que ya no sonaba como una palabra. Egoístamente, solo quería que dejaran de tocarme.


Sasori se sentó detrás de mí, manteniendo su mano sobre mi hombro, sirviéndome de ancla como había hecho esos últimos años. Era mi recordatorio de que lograría atravesar esto; las cosas volverían a la normalidad y nuestros planes no cambiarían. Bueno, cualquier “nuevo normal” que estuviera esperando por mí.


—¿Puedes hacer que dejen de abrazarme? —preguntó Gus, alcanzando mi mano. Besé su suave frente.


—Claro, amigo. —Serví de interferencia para Gus hasta que todo el mundo finalmente tomó sus asientos. Una vez más, el capellán se puso a hablar sobre el deber y el sacrificio. Luché contra el impulso de ponerme de pie sobre la silla y dar un zapatazo, recordándome a mí misma que ya no era una adolescente petulante.


¿Qué sabían ellos del deber? El deber de mi padre era estar aquí, en casa. Ahora alguien más tenía que ponerse en sus zapatos, averiguar qué se supone que íbamos a hacer desde aquí. No era justo.


La bandera americana cubrió el ataúd plateado de papá. Quería verlo, para verificar con mis propios ojos que estaba muerto de verdad. Pero cuando sus restos llegaron de Dover, vinieron con una pequeña nota adjunta: “No se recomienda la visualización de estos restos”. Cuando atrapé al capitán Wilson a solas y fui capaz de hacerle la pregunta, él tanteó alrededor de ella hasta que finalmente conseguí mi respuesta.


Mi padre fue disparado en la cabeza, el pecho y en la pierna. El cabrón había sido tan minucioso allí que no tuvo suficiente con que la cara de papá dejara de ver. La pequeña e infantil parte de mí se preguntaba si él se encontraba en serio allí dentro, o si había habido algún drama de confusiones. Tal vez la pobre alma dentro de este ataúd pertenecía a otra familia, y mi padre yacía en algún lugar herido, incapaz de decir su nombre real. Pero yo no era Gus. Sabía la verdad: estábamos enterrando a mi padre.


La bandera se deslizó desde el ataúd a los brazos de la guardia de honor que esperaba. Doblaron la bandera con precisión militar. Esa bandera había estado con él desde el hospital en Afganistán, en donde había sido declarado muerto, a través de Dover, en donde prepararon su cuerpo y adaptaron su uniforme, hasta aquí en Colorado, donde le enterraríamos.


Los cañones sonaron, matando el silencio y sacudiendo mi corazón. La guaria de honor disparó tres descargas, congelándome cada vez hasta que morí un poquito más. Tres salvas más de los cañones. Tres balas en mi padre. Era realmente poético. Gus empezó a llorar con horrible sollozos desgarradores. Le alcancé mientras la guardia de honor doblaba la última esquina de la bandera hasta hacerla un triángulo.


Sasuke se inclinó hacia delante y tiró de Gus por encima de la silla, hasta su regazo, y le meció como a un bebé. Asentí para darle las gracias. A través de la silla vacía, extendí la mano para tomar la de April. Ella sujetó mi mano en un agarre de muerte tan frío como sus dedos congelados. Habíamos olvidado los guantes.


Un coronel se dejó caer sobre una rodilla frente a mi madre, agarrando la bandera doblada. Ella alzó la cabeza y levantó la barbilla, mostrando una sombra del espíritu que sabía que tenía. —En nombre del Presidente de los Estados Unidos y una nación agradecida —dijo con reverencia mientras le tendía la bandera a las manos temblorosas de mi madre. Ella cruzó los brazos enfrente de la bandera y la puso contra su pecho, enterrando la cara entre los pliegues, como si pudiera captar el olor de papá en la tela. Luego empezó a lamentarse con un sonido bajo y feo, como si su alma hubiera sido desmembrada.


Mantuve la entereza hasta que la trompeta comenzó a tocar la tonada militar fúnebre. El día ha acabado, el sol se ha ido. Muy a menudo la había oído en torno a bases militares en dónde habíamos estado destinados. Había algo familiar, sanador, sobre oírla sonar, como si la canción en sí misma estuviera diciendo que este terrible evento había terminado. Esto era lo peor, lo más bajo que estaríamos jamás. Dios es noche.


La abuela tembló con pesar al otro lado de mi madre. Ahora verdaderamente había dado todo lo que tenía por este país. Envolvió su brazo alrededor de mamá, atrayéndola hacia su hombro; las dos habían perdido a la persona que más amaban.


Mientras todo el mundo dejaba la sepultura, mi familia se amontonó en la limusina, pero yo no podía marcharme, todavía no. La guardia de honor le tendió a Sasori una pila de banderas plegadas, una para la abuela, April, Gus y para mí misma. Como si necesitáramos un recordatorio. La guerra era una perra rencorosa; tomaba todo lo que amábamos y nos daba una bandera doblada a cambio, diciéndonos que el honor de sus sacrificios era un pago justo e igualitario.


No lo era.


Uno de los cinco despliegues de papá había comenzado poco después del nacimiento de Gus. En medio de la noche, había visto a papá hacer las maletas mientras mamá mecía a un lloroso Gus para dormirlo. Incluso a los trece, no me importaba ser puesta en el regazo de mi padre. Él había acunado mi cuerpo desgarbado y me besó en la frente del modo en que solo los padres pueden hacerlo.


—Necesito que cuides de tu madre mientras no estoy —había pedido—. Ayúdala; esto será difícil, y necesito que seas mi chica de la casa. ¿Puedes hacer eso por mí? ¿Puedes cuidar de tu mamá, April y Gus? —Por supuesto que había estado de acuerdo. Habría hecho cualquier cosa para complacer a mi padre, tal y como sabía que él habría hecho por mí. Cualquier cosa menos quedarse.


Mientras bajaban su ataúd en la tierra helada, corrí hacia delante. —¡Paren!


Los trabajadores del cementerio se congelaron, dejando a papá a centímetros de la superficie. Caminé tambaleante hacia delante, mis tacones enganchándose en lo que quedaba de la hierba. Mis rodillas aterrizaron enfrente del frío metal que marcaba la entrada a la tumba de mi padre. Coloqué mi mano derecha sobre el frío exterior del ataúd y ahogué un grito con la izquierda—. Te quiero. —El susurro surgió de mí—. Te echo de menos, y no sé qué hacer sin ti —grité. Arrastré el aire helado a través de mis pulmones—. Pero no te preocupes por ellos, ni por la abuela, o mamá, April o Gus. Cuidaré de ellos, te lo prometo.


Los familiares brazos de Sasori me rodearon, levantándome del suelo hastaque me encontraba de pie. Les dediqué un pequeño asentimiento a los trabajadores del cementerio.


Empezaron a bajar a mi padre otra vez, más y más profundo en la tierra. —Lo prometo.

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