Fanfic Es
Fanfics en español

Medidas Completas por CuecSoo

[Comentarios - 11]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +
Notas:

Está historia no me pertenece yo sólo la adapto a los personajes de Naruto

Capitulo 1


¿Quién demonios estaría golpeando la puerta a las 7:05 de la mañana?

Tres golpecitos en la puerta de mi dormitorio hicieron eco ásperamente en la planta baja. Mamá iba a morder sus traseros por interrumpir su rutina mañanera.


—¡Adelante! —grité, explorando toda mi lista de reproducción del iPod antes de pulsar sincronización. La música hizo que correr fuera más tolerable. Apenas.


Correr era infernal, pero ya había calculado hasta dónde tenía que ir para compensar los dulces de leche de navidad que había devorado durante el resto de mi visita a casa. El termómetro fuera decía que había diez grados, y las esculturas de hielo humanas se encontraban sobrevaloradas, así que Colorado en navidad significaba que sería la ciudad de las cintas de correr. Bien por mí.


Los rizos rubios rojizos de Gus aparecieron a través de la pequeña abertura de la puerta, mis gafas de laboratorio de química básica puestas en su frente. Ellas le dieron a su cara de siete años de edad y fruncida un aspecto de científico loco.


—¿Qué tal, amigo? —le pregunté.


—¿Saku? ¿Puedes abrir la puerta?—rogó. Bajé la música que salía de mi portátil.


—¿La puerta?


Él asintió, a punto de perder las gafas. Mis labios se torcieron, luchando con una sonrisa que se extendió por mi cara mientras trataba de no reírme.


—Se supone que tengo que ir a hockey, y mamá no va a abrir la puerta para compartir el coche —dijo. Puse mi mejor cara seria al mirar hacia atrás en el reloj.


—Está bien, Gus, pero son solo las siete, y no creo que tengas hockey hasta la tarde. Mamá nunca se olvida de un entrenamiento. —Yo había heredado una personalidad perfeccionista de alguna parte.


Dejó escapar un suspiro exasperado.


—¿Pero qué pasa si es antes?


—¿Seis horas antes de tiempo?


—¡Bueno, sí! —Él me dio una mirada con los ojos abiertos, declarándome como la hermana más estúpida de la historia.


—Está bien, amigo —cedí como siempre. La forma en que había llorado cuando me fui a la universidad el año pasado más que nada le dio vía libre al niño hacia mi alma. Gus era la única persona por la que no me importa salirme de lo programado.


Comprobé Skype una vez más antes de cerrar mi portátil, con la esperanza que vería a papá aparecer en línea. Él se había ido hace tres meses, dos semanas y seis días. No es que estuviera contándolo.


—Va a llamar hoy —prometió Gus, abrazando mi costado—. Tiene que hacerlo. Es una regla o algo así. Siempre tienen que llamar para el cumpleaños de sus chicos.


Forcé una sonrisa y abracé su cuerpo escuálido. No importaba que yo cumpliera veinte años hoy, solo quería saber de papá. Los golpes sonaban de nuevo.


—¡Mamá! —llamé a gritos—. ¡La puerta! —Agarré una cinta de pelo de mi escritorio y la sostuve en mis dientes mientras me recogía el pelo largo en una coleta antes de ir a correr.


—Te lo dije —murmuró él en mi costado—. Ella no va a responder. Es como si quisiera perderse el hockey, ¡y sabes que eso significa que voy a apestar para siempre! ¡No quiero que el entrenador Uchiha piense que apesto!


—No digas apestar. —Besé la cima de su cabeza. Olía a su champú naranja de la marca de Spiderman y a sol—. Vamos a ver.


Impulsó sus brazos en señal de victoria y corrió por el pasillo delante de mí, escogiendo la escalera de servicio más cercana a mi habitación. Se deslizó a través de la cocina con sus calcetines, y yo agarré una botella de agua de la nevera en mi camino.


Los golpes sonaron de nuevo, y mi madre todavía no contestaba. Debe haber salido corriendo para hacer recados con April o algo así, aunque las siete de la mañana era demasiado temprano para mi hermana pequeña. Pasé por el comedor, abrí la tapa de la botella, y entré en la sala de estar, frente al vestíbulo. Dos sombras se hallaban de pie fuera de la puerta, a punto de golpear de nuevo.


—¡Solo un minuto! —grité, saltando por encima del destructor estelar de Lego que Gus había abandonado en el medio del suelo. Pisar un Lego era un nivel especial del infierno que solo alguien que tuviera hermanos pequeños podía entender realmente.


—No respondas. —El susurro estrangulado de mamá vino de la escalera
principal, donde se detuvo a pocos metros de la puerta delantera.


—¿Mamá? —Volví a las escaleras y la encontré acurrucada sobre sí misma, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Sus manos cubrían su pelo, hebras de castaño oscuro, el mismo tono exacto que el mío, entrelazado a través de sus dedos donde ella estiraba. Algo iba mal—.Mamá, ¿quién está aquí?


—No, no, no, no, no —murmuró, negándose a levantar la cabeza de sus
rodillas.


Me eché hacia atrás y miré a Gus con las cejas levantadas. Él se encogió de
hombros en respuesta con una mirada de “te lo dije”.


—¿Dónde está April? —le pregunté.


—Durmiendo. —Por supuesto. A los diecisiete años, todo lo que April hacía
era dormir, salir a hurtadillas, y dormir de nuevo.


—Bien. —Otros tres golpes sonaron. Eran rápidos, eficientes y acompañados por una voz suave masculina.


—¿Señora Haruno? —Su voz fue distorsionada por la puerta, pero a través
del panel de vidrio central, vi que él se había inclinado—. Por favor, señora.


Mamá levantó la cabeza y me miró a los ojos. Estaban muertos, como si alguien les hubiera chupado la vida, y su boca colgaba floja. Esta no era mi perfecta madre.


—¿Qué está pasando? —preguntó April con un bostezo enorme, dejándose caer sentada en el escalón más alto en su pijama y con su pelo rojo brillante en una maraña desordenada por dormir.


Negué con la cabeza y me volví hacia la puerta. El pomo era cálido en mi mano. Nos enseñaron en la escuela primaria que nunca había que abrir una puerta caliente durante un incendio. ¿Por qué pensé en eso? Miré hacia atrás a mamá e hice mi elección. Haciendo caso omiso de su petición, abrí la puerta a cámara lenta.


Dos oficiales del ejército con uniforme azul absorbieron nuestro pórtico, con el sombrero en la mano. Mi estómago dio un vuelco. No. No. No.


Ella lo sabía.


Es por eso que mamá no había abierto la puerta. Lo sabía. Las lágrimas escocían en mis ojos, quemando mi nariz antes de que los hombres pudieran siquiera decir una palabra. Mi botella de agua resbaló de mi mano, se reventó en el marco de la puerta echando agua sobre sus brillantes
zapatos. El más joven de los dos soldados empezó a hablar, y yo alcé mi dedo para hacerlo callar antes de cerrar la puerta con suavidad.


Mi aliento se expulsó en un tranquilo sollozo y descansé mi cabeza contra la cálida puerta. Había abierto la puerta a un incendio, y estaba a punto de diezmar a mi familia. Aspiré un suspiro tembloroso y puse una sonrisa en mi cara cuando me volví hacia Gus.


—Oye, amigo. —Acaricié con mis manos su hermosa y pequeña cabeza inocente. No podía detener lo que se acercaba, pero podía evitarle esto—. Mi iPhone está en mi mesita de noche. —En la habitación más lejana de la puerta principal—. ¿Por qué no vas a mi cuarto y juegas al Angry Birds un poco? Esto no se trata de hockey, solo cosas de adultos, ¿de acuerdo? Juega hasta que yo vaya a buscarte.


Sus ojos se iluminaron, y forcé mi sonrisa. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que viera eso en sus ojos otra vez?


—¡Genial! —gritó y corrió por los escalones de la entrada, pasando a April
en su camino. —Ves, ¡Saku me deja jugar con su teléfono! —bromeó mientras sus pasos echaron a correr hacia mi habitación.


—¿Qué está pasando ? —exigió April. La ignoré y me volví hacia mamá.


Caí de rodillas en el escalón por debajo del de ella y peiné su pelo hacia atrás.


—Es hora de dejarlos entrar, mamá. Todos estamos aquí. —Le di una sonrisa torcida a través del borrón en el que se había convertido mi visión.


No respondió. Tardé un minuto en darme cuenta de que no iba a hacerlo.


Ella no estaba… aquí.


April se deslizó por las escaleras, sentándose al lado de mamá. Abrí la puerta de nuevo y casi vi la compasión en los ojos del soldado más joven. El más mayor se puso a hablar.


—¿June Haruno?


Negué con la cabeza. —Saku. Sakura Haruno. Mi madre —me ahogué e hice un gesto detrás de mí—, es June. —Me puse de pie junto a ella y me acerqué a través de la barandilla para descansar mi mano en su espalda. Podría estar herido. Solo herido. Venían a la puerta por las heridas graves. Sí, solo herido. Podríamos soportar eso.


Los soldados asintieron. —Soy el capitán Vincent y este es el teniente Morgan. ¿Podemos entrar?


Asentí. Llevaba el mismo parche en el hombro que mi padre. Entraron, sus zapatos mojados chirriaban en las baldosas de la sala de entrada, y cerraron la puerta tras ellos.


—¿June Haruno , esposa del teniente coronel Justin Haruno? —preguntó.


Ella asintió débilmente, pero mantuvo los ojos fijos en la alfombra, mientras que el capitán Vincent acabó con mi mundo.


—El Secretario del Ejército me ha pedido que exprese con profundo pesar de que su marido, Justin, murió en combate en Kandahar, Afganistán, a primera hora de esta mañana, el diecinueve de diciembre. Fue asesinado por disparos de armas pequeñas en un incidente Green on Blue en el hospital, que todavía está bajo investigación. El Secretario brinda su más sentido pésame a usted y a su familia en su trágica pérdida.


Mis manos se deslizaron por la barandilla para mantenerme erguida y cerré los ojos mientras las lágrimas corrían por mi cara. Conocía las reglas. Veinte años como mocosa del ejército me habían enseñado que tenían que informarnos dentro de un cierto número de horas para identificarlo.


Horas. Había estado con vida hace horas. No podía respirar, no podía arrancar el aire en mis pulmones en un mundo donde ya no tenía a mi padre. No era posible. Todo se cayó bajo mis pies, y un dolor inigualable rasgó a través de cada célula de mi cuerpo, erupcionando en un sollozo que no podía mantener contenido. El grito de April quebró el aire, rompiéndome. Dios, me dolía. Dolía.


—¿Señora? —preguntó el joven teniente—. ¿Hay alguien a quien podamos
llamar para usted? Asistencia a la Víctima debería estar aquí pronto, pero ¿hasta entonces?


Víctima de accidente. Mi padre había sido asesinado. Muerto. Green on Blue. Había sido disparado por alguien con un uniforme afgano. Mi padre era médico. ¡Un médico! ¿Quién demonios le dispararía a un médico? Tenían que estar equivocados. ¿Acaso llevaba papá un arma?


—¿Señora?


¿Por qué no contestaba mamá?


Ella permaneció en silencio, con los ojos fijos en el patrón de la alfombra del pasillo en la escalera, negándose a contestar. Incapaz de responder.


Algo cambió en mí, y el peso de la responsabilidad se instaló en mis hombros, desplazando un poco el dolor para que pudiera respirar. Tenía que ser la adulta ahora mismo, porque nadie más aquí podría.


—Yo me encargo de ella hasta que lleguen los de Asistencia a la Víctima. —
Me las arreglé para decir con voz temblorosa, hablando sobre los gritos de April.


—¿Estás segura? —preguntó el capitán Vincent, con preocupación grabada en sus características desconocidas.


Asentí. —Guardan una carpeta, en caso de que… —Metí mis nudillos en mi boca, mordiendo tan fuerte como podía para detener el llanto desesperado que emergía. Me tranquilicé a mí misma de nuevo, aspirando aire. ¿Por qué era tan condenadamente difícil respirar?—. En caso de que esto sucediera… sucedió.


Papá era un creyente de que nada malo le pasaba a la gente preparada. Odiaría saber que se había equivocado.


El capitán asintió. Sacó un formulario y tuvo que verificar que la información de la letra de papá era correcta. Esta era nuestra dirección, nuestro número de teléfono. Esos eran nuestros nombres y fechas de nacimiento. El teniente se sobresaltó.

—Feliz cumpleaños, Sakura —susurró.


El capitán Vincent le envió una mirada silenciosa. —Sentimos mucho su pérdida. Asistencia a la Víctima estarán aquí dentro de una hora, y el equipo de atención está listo si eso está bien con usted. —Estuve de acuerdo. Conocía la rutina, y lo que mamá necesitaba.


La puerta se cerró detrás de ellos, dejando nuestro mundo hacerse pedazos. Durante la hora siguiente, mamá permaneció sentada en silencio en las escaleras mientras que April lloraba en mi hombro.


Esto no era real. No podía serlo. No podía sostenerla lo bastante firmemente para hacer que se detuviera. El equipo de atención llegó casi al mismo tiempo que los gritos de April se fueron suavizando hasta convertirse en sollozos. Les hice pasar. Armadas con ojos comprensivos y con diversas cacerolas, las tres mujeres del grupo de preparación familiar de la unidad de mi padre se hicieron cargo de las tareas que yo no había hecho todavía.


Los platos del desayuno estaban limpios, la colada puesta en marcha, los cereales que Gus había derramado antes en el suelo de la cocina estaban barridos. Sabía que se encontraban aquí para ayudar a suavizar las cosas hasta que la abuela pudiera llegar, pero no podía dejar de sentirme invadida, quedándose a cargo como si fuéramos de alguna manera incapaces de cuidar de nosotros mismos.


¿A quién engañaba? Mamá seguía acurrucada en la escalera. No podíamos
cuidar de nosotros mismos. Uno de los miembros del equipo echó un vistazo a Gus y me aseguró que continuaba absorto en Angry Birds. No podía decírselo. No podía hacerlo.


El oficial de asistencia de víctimas llamó a la puerta una hora más tarde, y le abrí. April llevó a mamá al sofá y ella se sentó, fortaleciéndola con almohadas para mantenerla en posición vertical. Sus ojos cambiaron de enfoque desde la alfombra del pasillo a la pantalla en blanco de la televisión en la profundidad de los recovecos del armario. Se negaba a mirarnos. No sabía con seguridad si ella fuera capaz de entender lo que realmente había sucedido.


Por otra parte, tampoco estaba segura de que yo fuera capaz de entenderlo, pero no tenía el lujo de ponerme catatónica.


—Mi nombre es capitán Adam Wilson —se presentó. Llevaba puesto el uniforme azul, al igual que los funcionarios de notificación, pero parecía incómodo en el papel que se le había asignado. Sabía que yo lo estaría. Su cuerpo casi llenó el sofá de dos plazas donde mi madre se sentó, y arrastró la mesa de café hacia él, con suavidad raspando la alfombra—. ¿Quiere que alguien tome notas? —Miró a mamá—. ¿Para cuándo se sienta en condiciones de hacerlo?


—Yo me encargo —dijo en voz baja una mujer del equipo, con el bolígrafo y
el cuaderno listo.


El capitán Wilson sacó un montón de papeles de su maletín de cuero, y tiró de su corbata, haciendo un pequeño ajuste.


—Hay otro niño, ¿correcto? —Revolvió unos pocos de sus trabajos hasta que seleccionó un formulario—. ¿August Haruno?


—Gus está arriba —le contesté, tomando asiento al otro lado del de mamá, el más cercano al capitán Wilson. Agarré la carpeta negra que había conseguido al salir de la oficina de mamá. Era el último elemento en el archivador, justo como papá me había dicho antes de irse—. No se lo he dicho.


—¿Te gustaría que lo hiciera yo? —preguntó con suavidad. Lo consideré
brevemente. Mamá no estaba en condiciones de discutir con él, y el capitán Wilson tal vez había sido entrenado para entregar ese tipo de información. Sin embargo, no podía dejar que un extraño alterara el universo de mi hermano pequeño.


—No, lo haré yo misma. -April comenzó a llorar de nuevo, pero mamá permanecía sentada tan quieta como siempre; vacía, sin estar realmente aquí con nosotros. —Quiero darle el mayor tiempo posible antes de que tenga que hacerlo. Su mundo sigue siendo normal. No sabe que nada volverá a ser lo mismo para él. —Me tragué mi propio sollozo—. Tiene siete años y todo lo que conoce acaba de terminar. Así que creo que le voy a dar solo unos pocos minutos. —Antes de hacerlo pedazos. Mi piel se enrojeció al tiempo que nuevas lágrimas salieron a la superficie. Supuse que las cosas irían así por un tiempo. Necesitaba mejorar en contenerlas.


El capitán Wilson se aclaró la garganta y asintió. —Puedo entender eso. —Nos explicó su papel, que iba a ser nuestro guía para el proceso de bajas de papá.


Él nos ayudará con el papeleo, la ceremonia, las cosas que nadie veía venir. En cierto modo, era nuestro guía, enviado aquí para ser un amortiguador entre el dolor y el ejército de Estados Unidos. Me sentía agradecida por él tanto como odiaba su mera existencia. Él estaría con nosotros hasta que le dijera que ya no lo necesitábamos.


Después de que terminara su explicación, comenzó el aluvión de preguntas. April se excusó, diciendo que tenía que acostarse. No había duda en mi mente que a los pocos minutos, todo esto sería publico en Facebook. April no era de las que sufre en silencio.


Las preguntas comenzaron, y abrí la carpeta negra. La letra de papá estaba
garabateada en todas las páginas de su testamento, su póliza de seguro de vida, y su última voluntad; todo el papeleo organizado con cuidado para este momento exacto. ¿Sabíamos dónde quería ser enterrado? ¿Qué tipo de ataúd quería? ¿Había alguien que queríamos con nosotros? ¿Era la cuenta bancaria el lugar correcto para depositar el dinero del seguro de vida? ¿Queríamos volar a Dover para ocuparnos de sus restos, mientras que el ejército lo preparaba para el entierro?


Dover. Era como cruzar la versión del ejército de la laguna Estigia. Mamá se quedó en silencio, mirando a la televisión en blanco mientras yo encontraba las respuestas a las preguntas de él. Ninguna pregunta la sacó de su estupor, ningún tirón a su mano, ningún susurro de su nombre podría traerla de vuelta a donde yo quería con desesperación que regresara. Se hacía muy obvio que me encontraba sola.


—¿Hay alguien a quien podamos llamar para ayudar a tomar estas decisiones con tu madre? —Su boca se tensó mientras le daba una mirada discretaa mi madre. No podría saber cuántas viudas había visto él en shock en su carrera, pero mamá era mi primera.


La abuela estaba un día de distancia. Como era la madre de mi padre, sabía que el ejército se lo notificó oficialmente, tal como a nosotros. No había dudas de que ella ya se encontraba en camino, pero hasta que llegara aquí, no había nadie más. Los padres de mamá estaban muertos. Su hermano nunca estuvo mucho en nuestras vidas, y no podía ver una buena razón para traerlo ahora.


—Solo estoy yo —le contesté—. Voy a tomar la responsabilidad de las decisiones hasta que pueda.


—¿Saku? —La vocecita de Gus vino desde los escalones donde se hallaba
parado—. ¿Qué está pasando?


Puse la mano de mamá nuevamente en su regazo. De todos modos no era como si se diera cuenta de que la estaba sosteniendo. Después de la respiración más profunda, me acerqué a mi hermanito. Me senté a su lado en los escalones y me repetí todo lo que sabíamos en términos de siete años de edad, que no era nada serio. Pero tuve que repetir lo único que sabía con certeza.


—Papá no viene a casa, Gus.


Sus ojitos azules se llenaron de lágrimas, y su labio inferior empezó a temblar.


—¿Le atraparon los tipos malos?


—Sí, cariño. —Lo atraje a mis brazos y lo abracé, meciéndolo hacia adelante y hacia atrás como lo hacía cuando era un bebé; el bebé milagro de nuestros padres. Le aparté el pelo sobre su frente y lo besé.


—Pero es tu cumpleaños. —Sus cálidas lágrimas empaparon mi camiseta para correr y se puso a temblar de inmediato mientras lo abrazaba tan fuerte como fuera posible. Habría hecho cualquier cosa para quitarle este dolor, para no decir lo que sabía tenía que decir. Pero no podía recibir la bala de papá.


Gus lloraba en tanto el capitán Wilson permaneció sentado, observando pacientemente a mi madre y su falta de respuesta. Me pregunté cuánto tiempo pasaría hasta que palabras como “medicar” y “psicólogo” fueran sacadas a relucir.


Mi madre era la persona más fuerte que conocía, pero siempre había estado de pie en la base que era mi padre. Una vez que el último de sus pequeños sollozos sacudió su cuerpo, le pregunté qué necesitaba, si había algo que pudiera hacer para mejorar esto para él.


—Quiero que tengas tarta y helado. —Levantó la cabeza de mi pecho y me apretó la mano—. Quiero que sea tu cumpleaños.


El pánico brotó dentro de mí, acelerando mi ritmo cardíaco, al tiempo que las lágrimas me escocían los ojos. Algo feroz y terrible desgarraba mi interior, exigiendo la liberación, demandando reconocimiento, reclamando sentir. Hice una mueca más que una sonrisa y asentí exuberantemente, ahuecando el dulce rostro de Gus. Volví mi atención al capitán Wilson.


—¿Podemos tomar un descanso de diez minutos ?


El capitán asintió lentamente, como si él sintiera que yo estaba a punto de derrumbarme, su única persona estable en una casa de mujeres y niños afligidos.


—¿Hay algo que necesites?


—¿Podría usted por favor llamar a mi abuela y ver cómo esta? Perdió a su marido en Vietnam… —Fue todo lo que pude decir. Me acercaba lentamente al inevitable grito que brotaba dentro de mi cuerpo.


—Puedo hacer eso.


Besé la frente de Gus, agarré las llaves y salí corriendo por la puerta antes de que no tuviera la fuerza para soportar por más tiempo. Me arrojé en el asiento del conductor de mi Volkswagen Jetta; regalo de graduación de mi escuela secundaria por parte de mis padres. Papá me quería en algo seguro para que pudiera llegar a casa los fines de semana desde la Universidad de Colorado en Boulder. Lástima que él no estuviera tan protegido en Afganistán.


Metí la llave en el contacto, arranqué el motor y salí de la calzada con demasiada rapidez. Arranqué colina abajo como alma que lleva el diablo, tomando las curvas, sin prestar atención a mi seguridad por primera vez desde que conseguí mi licencia de conducir. En frente de la tienda de comestibles, el semáforo se puso en rojo, y me di cuenta del frío que se filtraba en mí, haciendo que mis dedos hormiguearan.


El coche decía que la temperatura de fuera era ocho grados, y yo seguía vestida con ropa para correr. No había cogido mi abrigo. Aparqué el Jetta y entré en la tienda de comestibles, agradecida por la sensación de entumecimiento en los brazos y el corazón.


Encontré la sección de panadería y crucé mis brazos. Tarta. Gus quería un pastel, así que le llevaría a uno. Chocolate. Vainilla. Fresa. Crema batida. Crema de mantequilla helada. Había demasiadas opciones. ¡Solo era un maldito pastel! ¿Por qué necesitaba esa cantidad de opciones? ¿A quién le importaba? Agarré el más cercano a mí y me dirigí a la sección de helados donde cogí un cuarto de masa de galletas con chispas de chocolate en el autoservicio.


Me dirigía a la caja cuando me encontré con una familia pequeña. Eran corrientes: madre, padre, un niño y una niña. Se rieron mientras decidían qué película alquilar para esa noche, y la niña ganó, pidiendo The Santa Clause. ¿Cómo era posible que estas personas estuvieran teniendo un día normal, una conversación normal? ¿Es que no entendían que el mundo acababa de terminar?


—Sabes, escribirán sobre eso si quieres tu nombre en él. —La voz masculina rompió mi tren de pensamiento, y levanté la vista a un par de ojos negros de alguna manera familiares debajo de una desgastada gorra de la Universidad de Colorado.


Lo conocía, pero no pude recordar cómo. Era desgarradoramente familiar. Por supuesto me daría cuenta de un tipo tan sexy como este. Pero en una universidad con cuarenta mil otros estudiantes, siempre había alguien que lucía conocido, y habían unos cuantos que podía de hecho nombrar, o inclusive recordar los detalles de cómo nos conocimos. Con una cara y cuerpo como ese, debía recordar a este chico, aun en este estado de neurosis de guerra.


El tipo esperaba a que dijera algo.


—Oh, sí, el pastel. —Mis pensamientos eran borrosos, y sostenía con desesperación lo que quedaba de ellos.


Asentí y murmuré un gracias mientras me dirigía de vuelta a la pastelería. Mis pies se movieron por su cuenta, gracias a Dios. La fornida mujer detrás del mostrador se estiró para tomar el pastel y se lo entregué.


—¿Podría escribirle “Feliz cumpleaños”?


—Seguro, cariño. ¿De quién es el día especial?


¿Día especial? Este era un día infernal. Me paré ahí junto al mostrador de la tienda de comestibles, con un pastel que no me importaba, y me di cuenta que este era inequivocadamente el peor día de mi vida. A lo mejor debía de haber algo de consolación en eso; saber que si este es el peor día de mi vida, no había otra cosa más que mejorar. ¿Pero que si no era el peor día? ¿Qué si el mañana esperaba a la vuelta de la esquina, listo para lanzarse y hacerme caer?


—¿Señorita? —Mis ojos se enfocaron de vuelta en la cara de la pastelera—. ¿El nombre de quien le gustaría en el pastel?


—Sakura.


—Sí, señorita, es diciembre, ¿Pero el nombre de quien le gustaría en el pastel?


El mismo pánico del dolor amenazaba con brotar en mí otra vez, apretando mi garganta. —Es mío. Mi nombre es Sakura.


Una sucesión de risitas salió de la pastelera. —Pero, señorita, estas son Las
Tortugas Ninjas Mutantes Adolescentes. ¡Es un pastel de chico!


Algo se rompió dentro de mí. La presa se quebró, el rio arrasó, cualquier juego de palabras llegó a mi mente. —¡No me importa qué tipo de pastel es!


—Pero seguramente sería más feliz…


No lo sería. —No, no sería más feliz. ¿Sabe que me haría feliz? Ir a la cama, y que nada de esto hubiera pasado. ¡No quiero estar parada en medio de la tienda de comestibles, comprando un estúpido pastel así mi hermano menor puede pretender que nuestro papá no está muerto! ¡Así que no, no me importa qué tipo de pastel es, Tortugas Ninjas o Barbie o el maldito Bob Esponja!


El labio de la mujer comenzó a temblar, y lágrimas se formaron en sus ojos.


—Feliz… cumpleaños… Sakura —dijo mientras arrastraba lentamente la bolsa del glaseado por el pastel verde y azul, poniendo mi nombre. Me pasó el pastel con las manos temblorosas y lo tomé con un asentimiento de agradecimiento.


Me giré para ver al tipo de la Universidad de Colorado con sus manos amedio alcance de un paquete de bollitos de arándano, pero sus ojos se hallaban en los míos, amplios en conmoción. No podía culparlo; yo también estaba conmocionada con mi estallido, y paralizada por que hubiera enloquecido en medio de la tienda de comestibles.


Lágrimas cayeron por mi cara sin darme cuenta mientras me paraba junto ala caja registradora, esperando a que la chica joven cobrara mi pastel y helado. —Treinta y dos con diecinueve —me dijo.


Alcancé mi bolsillo trasero, donde por lo general guardo una pequeña cartera, pero solo encontré la suave licra de mis pantaloncitos para correr.


—Mierda —murmuré, cerrando mis ojos en derrota. Sin abrigo. Ni cartera. Muy bien planeado.


—Yo me encargo. —El chico con los ojos negros deslizó un billete de cincuenta dólares a través de la cinta transportadora hacia la empleada. No me había dado cuenta que se encontraba detrás de mí.


Me giré para mirarlo, sorprendida de lo alto que era. Yo solo alcanzaba su clavícula. El repentino giro me hizo balancearme, y se estiró para estabilizarme; sus fuertes manos sostenían gentilmente mis brazos.


—Gracias. —Pasé la parte trasera de mis manos sobre las mejillas, limpiando tantas lágrimas como pude, y le devolví su cambio. Había algo tan familiar sobre él… ¿Qué era?


—¿Me necesitas? —preguntó suavemente, mientras la empleada cobraba su agua vitaminada.


—¿Qué? —No tenía ni una pista de lo que hablaba.


Se sonrojó. —¿Necesitas que te ayude a cargar eso? Quiero decir, parece algo pesado —terminó lentamente, como si tampoco pudiera creer lo que dijo.


—Es un pastel. —Tenía que ser el tipo más sexy que alguna vez he conocido.


—Cierto. —Tomó su bolsa y negó con la cabeza como si estuviera tratando de aclararla—. ¿Al menos me dejarías llevarte a casa?


Guau, escogió el día equivocado para tratar de conquistarme. —No te conozco. Difícilmente creo que eso sea apropiado.


Una suave sonrisa se deslizó por su cara.


—Eres Sakura Haruno y soy Sasuke Uchiha. Me gradué tres años antes que tú.


Sasuke Uchiha. Santa mierda. Secundaria. Las memorias se estrellaron contra mí, pero ese Sasuke Uchiha no podía ser el que se hallaba parado enfrente de mí. No, ese había sido un chico tatuado, conduciendo una motocicleta, magneto para las porristas, no este tipo limpio y agradable al estilo chico americano.


—Sasuke Uchiha. Correcto. Solía tener una foto tuya pegada en la puerta de mi armario de cuando ganaron el estatal. —Mierda. ¿Por qué dije eso? Sus cejas se elevaron en sorpresa, y agregué mentalmente: o aún la tengo, pero como sea—. Sí,recuerdo correctamente, tenías tu cabeza metida demasiado en tu casco de hockey para darte cuenta de cualquiera de grado inferior. —Pero yo sí lo había notado, junto con cada otra chica en la escuela. Mis ojos se entrecerraron mientras evaluaba el delgado corte de su cara, solo mucho mas angular y malditamente caliente por la casi adultez—. Y tenías mucho mas cabello.


Su sonrisa devastadora cortó por la neblina de mi cerebro, distrayéndome del dolor por un momento dichoso. ¿Cómo un jugador de hockey tiene dientes tan rectos?


—Vez, no soy un extraño. —Me pasó el pastel, y su sonrisa de desvaneció, remplazada por un destello de… ¿dolor o lastima?—. Sakura, siento lo de tu papá. Por favor, déjame llevarte a casa. No estás en forma para conducir.


Negué con la cabeza, quitando mi mirada de la compasiva de él. Por un instante, casi había olvidado. La culpa me rebasó. Acababa de dejar que una linda cara me distrajera de… todo, y todo regresó de golpe, destruyéndome. ¿Qué hacía pensando en él? Tenía un novio, y un padre muerto, y nada de tiempo para esto. Muerto. Cerré mis ojos con fuerza contra el dolor.


—¿Sakura?


—Necesito hacerlo. Necesito saber que puedo. —Le agradecí otra vez por pagar y me dirigí de vuelta a la realidad.


Me deslicé en el asiento frío de cuero en mi carro y me senté en completo silencio por un momento. ¿Cómo algo tan simple como ver a Sasuke Uchiha otra vez enderezaba una pieza de mi alma cuando el resto fue volteado violentamente? Lo helado del asiento se dispersó por mis pantalones cortos para correr, sacando la calidez de mis pensamientos de Sasuke.


El pastel en el asiento frontal se burlaba de mí con unas tortugas de artes marciales estúpidas y felices. Gus lo amaría. Si Gus pudiera amarlo. Dios, ¿qué iba a hacer sin su papá? ¿Qué íbamos a hacer todos nosotros? El pánico brotó en mi pecho, atrapando mi garganta antes de explotar en un lloriqueo que no sonaba como yo. ¿Cómo se supone que debo de cuidar a mamá sin mi papá? ¿Cómo iba a hacer todo eso si lo único que quería era
acurrucarme y negar todo?


Mi compostura se derrumbó, y lloré contra mi volante por exactamente cinco minutos. Después me senté, sequé las lágrimas, y paré de llorar. No me podía permitir llorar o derrumbarme otra vez. Tenía que hacerme cargo de mi familia.

Usted debe login (registrarse) para comentar.