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El peso de los emblemas por Bitterbyte

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Tai era sinónimo de valor. Era el primero en probar comidas exóticas: los huevos con mayonesa de Mimí, los caracoles con tomate de España. Por desgracia, también era el primero en lanzar el puño en una pelea y el último en irse a casa.

 

Tai era el valor mismo. Era adrenalina, vicio. No había mejunje que no probara, no había reto que rechazara. 

 

—Echarse atrás es de cobardes —dijo con la boca llena del ramen más picante. 

 

Dos semanas después del ramen, apareció con el labio roto y los nudillos raspados. Cuando Kari le preguntó por las heridas, el muchacho respondió que a valiente no le ganaba nadie. Su boca torcida sonreía, su barbilla dejaba un rastro de gotitas rojas en la cocina.

 

Esta mañana, Tai aporreaba la puerta de su hermana con ganas. 

 

—¡Kari! ¡Kari!

 

Era temprano. Muy temprano. El sol aún no se había despertado y Kari seguía aferrándose al sueño.

 

—¿Quieres que vaya yo? —susurró T.K. en su oreja.

 

Ella lanzó un suspiro largo y, por fin, abrió los ojos.

 

—No, déjalo —dijo con desgana—. No importa.

 

Se calzó las zapatillas blancas, la bata gris gastada. Sus ojos pesaban y los golpes de Tai resonaban en su cabeza, en los cimientos mismos del apartamento.

 

Pam, pam, pam.

 

—¡Kari!

 

—Si, si —murmuró la hermana.

 

Pam, pam, pam.

 

—¡Kari!

 

—¡Que si!

 

La llave chasqueó contra el cerrojo. Los golpes en la puerta cesaron. La puerta se abrió con recelo.

 

—¡Por fin!

 

El terremoto que era Tai entró dentro al pasillo y la chica torció el gesto. Por lo menos esta vez no se había peleado. El muchacho agitaba los brazos, gesticulaba como si le acabaran de dar cuerda. Tenía la mirada ida y hablaba. Hablaba sin parar.

 

—Kari, ni te vas a creer lo que me ha pasado. Ha sido la hostia —su sonrisa se estiró y, casi sin tomar aire, dijo de carrerilla—. Estaba en este bar de la esquina y una tia rubia me ha dicho que bailaría conmigo si le invitaba a una copa. Yo le he dicho que sí, que cojonudo, pero es que luego, cuando aparezco con la bebida resulta que…

 

—Tai.

 

—¡Que la tía se había largado! ¡Qué huevos! Y ahí estaba yo, plantado y con una copa de 10 euros en la mano cuando…

 

—¡Tai!

 

El chico paró un segundo y observó a su hermana en bata. Tenía un mohín en la boca que la hacía parecer infantil y enrabietada, pero él la conocía. Sabía que estaba furiosa.

 

—¿Qué haces aquí? Por dios, ¡son las 5 de la mañana!

 

—Yo, esto…

 

No tenía ni puta idea.

 

—No sé, ¿visitarte?

 

—¿¡A las 5 de la mañana?! —repitió la hermana.

 

—Oye, no te enfades. Ya que estamos aquí, vamos a desayunar. De camino aquí he visto un sitio buenísimo. Hacen churros caseros y todo. Venga, voy a despertar a T.K.

 

Una mano aferró su muñeca y le hizo girarse. La mirada de Kari le esperaba a otro lado, furiosa, intensa.

 

—¿Qué te has tomado?

 

—¿Perdona? ¿Por qué crees que…?

 

—¡Ni te molestes! —le cortó ella—. Venga, ¿qué ha sido esta vez? 

 

Tai calló. La mano que sujetaba su muñeca apretó con más fuerza.

 

—Cocaína —murmuró al final. 

 

—¡Por dios, Tai! 

 

Kari soltó a su hermano y echó a andar por el pasillo. Sus pasos rápidos resonaban en el parqué oscuro. Los de su hermano, pesados y erráticos, iban detrás.

 

La muchacha se dejó caer en el sofá. Su cabello oscuro se agitó cuando enterró el rostro entre las manos. Después, lanzó un suspiro. Tai observó cómo su cuerpo se desinflaba, cómo su voz bajaba una octava. 

 

—Estoy cansada.  Muy cansada —murmuró entre sus dedos. 

 

Él tragó saliva.

 

—Joder, Kari. Yo.. No me di cuenta de la hora. 

 

—No tengo fuerzas para esto.

 

—Lo siento.

 

Ahí, Kari explotó. Se irguió en el sofá y le miró. Su pelo castaño ondeó al movimiento, sus ojos se arrugaron de furia. 

 

—¡No! ¡No lo sientes! —gritó la muchacha—. La semana pasada fue una pelea en el estadio, ayer fue el numerito en cumpleaños de Papá y hoy… hoy, ¿esto?

 

Tai se dejó caer en el otro sofá. Se removió errático, incómodo. Hubo un silencio. Hubo un suspiro.

 

—¿Por qué? —preguntó Kari.

 

Otra pequeña pausa. Una ausencia de sonido.

 

—¿Por qué, qué?

 

—¿Por qué lo haces? ¿Es por Matt? Si es por eso creo que…

 

—No es por Matt —respondió rápido. Demasiado rápido.

 

—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué haces esas locuras? ¿Por qué tomar esos riesgos? Te vas a acabar matando, Tai.

 

Él se encogió de hombros.

 

—Yo qué sé. Creo que me va el subidón de adrenalina. Por ser valiente y esas mierdas.

 

—¿Y por eso tienes que tomar todo lo que te ofrecen? ¿Tienes que ser el que grita más alto? ¿El que pega más rápido?

 

—Si.

 

Sus ojos seguían desenfocados, pero su gesto era serio, intenso. A su lado, Kari lanzó un gruñido:

 

—Creí que eras valiente, no imbécil. 

 

Tai chasqueó la lengua. 

 

—Ya. No lo entiendes.

 

—Claro —ladró su hermana.

 

—No. No lo entiendes —repitió— Yo soy esto. 

 

Se llevó las manos al cuello y sacó una cadena oscura, un colgante naranja. Sus dedos recorrieron el metal con cariño. Cada esquina puntiaguda, cada doblez de su forma y filo. Era su emblema del valor.

 

—Este circuito me define. Soy valiente. Soy atrevido. 

 

Tai acarició el colgante unos segundos y se lo mostró a la chica. Ella arrugó una ceja.

 

—Tai, no seas idiota. No eres más valiente por tomarte todo lo que te ofrecen.

—Pero si soy menos valiente que el que ya se lo ha metido en la boca —la miró. El delirio seguía impregnando sus ojos, como una película—. Soy menos atrevido que el que ya ha saltado en paracaídas o que el que nada con tiburones. ¿Hasta qué punto eso me hace un cobarde?

 

Calló otro instante. Tragó saliva.

 

—Soy valiente. Si dejo de serlo…

 

Dejó su temor a medias. El temor a perder su enlace con Agumón, el espeso miedo de dejar de ser un niño elegido.  De ser… bueno, Tai a secas.

 

Kari no dijo nada y el silencio se apoderó de la sala, untado de miedo, cansancio. Mientras, el sol desbordaba entre los edificios de Tokio. La neblina de las drogas se esfumaba despacio. El temor, por desgracia, siguió flotando en la cocina de Kari, en el corazón de su hermano. 

 

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