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El primer encuentro por Fox McCloude

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Notas:

 

 

Ciudadela del Castillo de Hyrule…

Aquel día se estaban congregando muchas personas en la plaza de la ciudadela del castillo de Hyrule. Y no era para menos, pues se estaba celebrando un torneo anual donde jóvenes espadachines dentro y fuera de la ciudadela tenían la oportunidad de probar su valía.

Este evento era organizado por la familia real en persona, como una manera de poder evaluar a posibles nuevas adiciones a las filas de la guardia. Y hablando de la familia real, ese día estaban presentes en ese lugar, la reina con sus dos hijos, el príncipe y la princesa.

La reina Selena era una mujer en sus treinta, alta y con porte elegante, digno de su posición como monarca del reino. Tenía cabello rubio cenizo y ojos azules, y era considerada una mujer de gran belleza. Desde que su esposo había fallecido había tenido que sobrellevar las responsabilidades de gobernar el reino por sí misma. A pesar de todo, el pueblo la veía no solo como una gobernante fuerte y con carácter, sino también amable y compasiva, que siempre se preocupaba por el bienestar de su gente. Todos la admiraban y respetaban, pues bajo su liderazgo el pueblo prosperaba enormemente. Y en privado, era además una madre dulce y cariñosa, cuyo mayor tesoro eran sus hijos gemelos, de once años, recuerdo del gran amor con su marido.

El príncipe, que era el mayor de los dos por unos cuantos minutos, se llamaba Zeil. Había heredado el mismo rostro, tono de piel clara y facciones de su madre, pero tenía el cabello castaño oscuro y los ojos de color verde esmeralda, como su difunto padre. El rasgo más distintivo de su cabello era un mechón largo y puntiagudo que se le levantaba en la parte superior de la cabeza como una antena, junto con otro, algo más corto, que le caía justo en medio de los ojos. Era un niño algo temperamental y con un talento especial para meterse en problemas, producto de su carácter rebelde y su fogoso temperamento. A pesar de su corta edad, era considerado un prodigio en el uso de la espada, algo de lo que parecía estar tomando conciencia recientemente.

Su hermana, la princesa, llevaba por nombre Zelda. Ella era, si cabe, más cercana en apariencia a su madre, pues aparte de compartir el tono de piel y facciones, también tenía ojos azul claro como ella. Lo único que le impedía ser considerada una versión en miniatura de la reina era su cabello, pues este era del mismo tono que el de su hermano. Este le caía por detrás de la nuca, era solo un poco más largo que el de Zeil. A diferencia de él, ella era una niña obediente y disciplinada. Así como su hermano tenía talento para la espada, la joven princesa encontró su nicho en practicar la magia y hechicería, así como también en la música, pues estaba aprendiendo a tocar la lira.

Aquel día, como cada año, la reina había ido a presenciar un torneo organizado para los jóvenes espadachines. Aparte de evaluar su desempeño para encontrar a potenciales aspirantes a la guardia real, había otro motivo para llevarlo a cabo, aunque la reina había empezado a perder las esperanzas de realizarlo, pues año tras año no encontraban… "eso" que buscaban entre los aspirantes.

Sin embargo, el motivo de que tanto el príncipe como la princesa estuvieran presentes aquel día tenía poco que ver con los de la reina. De hecho, no estarían allí ese día de no ser por la insistencia del príncipe Zeil.

- Zeil, ¿realmente estás seguro de esto? – preguntó Zelda.

- Por supuesto, hermana. – dijo Zeil, haciendo algunos movimientos de calentamiento con su espada. – ¿De qué sirve todo ese entrenamiento si no puedo ponerlo a prueba? Además, ¿a qué le temes? Estoy seguro de que ganaré.

- Sé que eres bueno con la espada, pero creo que has dejado que eso se te suba un poco a la cabeza últimamente. – dijo Zelda.

- Ten mucho cuidado, Zeil. – dijo la reina.

- Por favor, madre, estaré bien. – dijo con mucha confianza en su voz. – Te diría que me desearas suerte, pero no la necesitaré. Nos vemos luego.

Dicho esto, Zeil se dirigió al centro de la plaza para unirse al resto de jóvenes espadachines que estaban congregados para el torneo. Mientras tanto, la joven princesa le preguntó a su madre por qué le permitía competir en ese torneo. La reina se limitó a decirle que el punto de querer probar su entrenamiento era válido.

Sin embargo, agregó por lo bajo que secretamente esperaba que tal vez alguno de los contenientes pudiera derrotar a Zeil y enseñarle una lección, pues al igual que su hija, también sentía que se le habían subido los humos, y necesitaba aprender algo de humildad. Zelda se rio al oírlo, y le dijo que estaba de acuerdo. Sería muy divertido ver como tiraban de su pedestal a su hermano, y ella no quería perdérselo por nada.

Sin que la princesa lo supiera, aparte de esto, había otro motivo en particular para este evento, uno que con el tiempo al parecer había perdido su significado. Según las leyendas, mucho tiempo atrás cuando la oscuridad trató de apoderarse del reino de Hyrule, un ejército de valientes caballeros luchó a costa de su vida para proteger a su tierra. Hubo uno en particular que en la hora más oscura, cuando toda esperanza parecía perdida, se erigió en jefe de sus compañeros y empuñando una espada sagrada con la habilidad de repeler al mal se encargó de asestarle el golpe final al enemigo y poner fin al conflicto. Desde entonces, por más de mil generaciones había reinado la paz, pero el linaje de los caballeros pareció extinguirse con el tiempo, y muchos de los registros históricos con ellos, lo que hacía más difícil rastrearlo.

Lo poco que se conservaba eran algunos viejos pergaminos, que decían que el verdadero heredero destinado a empuñar esa espada sagrada "estaba marcado por las Diosas en su mano", pero nadie sabía con certeza lo que eso significaba. La reina organizaba este torneo anualmente, albergando una pequeña esperanza de que quedara algún descendiente y que apareciera en él.

El torneo de este año fue, si cabe, más infructuoso que en años anteriores. La mayoría de los aspirantes se veían poco prometedores, y aquellos que parecían tener algún potencial se retiraban una vez que el joven príncipe trapeaba el suelo con ellos sin piedad. El grupo de edad era entre once y trece años, por lo que la mayoría eran mayores que él. Zelda y su madre empezaron a perder las esperanzas de que Zeil aprendiera la lección de humildad, pues no serviría de nada si alguien no le ganaba. Quizás después de todo sí tuviera derecho a fanfarronear.

El príncipe llegó a la final, y fue entonces que vio al que sería su último oponente. El niño frente a él tenía su misma estatura y constitución (lo que quería decir que no era particularmente imponente, físicamente hablando), así que probablemente rondara su misma edad. Era rubio, con ojos azul oscuro y la tez clara. Vestía un traje verde tipo túnica con un gorro a juego en la cabeza, con una camisa y pantalones marrón claro debajo, y guantes y botas de piel de ciervo.

- Y ya llegamos al final. – dijo la reina. – Es una pena, parece que este año no tendremos nuevas adiciones a la Guardia Real.

- Aun queda uno más, madre. – dijo Zelda, mirando con interés al oponente de su hermano. Parecía tener la misma edad que ellos.

La reina parecía dudosa sobre qué diferencia podría hacer uno más. Aunque sabía que no debía juzgar por las apariencias, si otros oponentes que eran mayores y más fuertes que Zeil no habían podido ganarle, las probabilidades de que este niño rubio pudiera hacerlo no estarían a su favor.

- Ja, ¿tú eres mi oponente final? – dijo Zeil, muy confiado, ya con su espada en mano. – Espero no te sientas mal cuando pierdas contra mí.

- No tengo intenciones de perder. – dijo el niño, desenvainando su propia espada. – Hagamos nuestro mejor esfuerzo.

- Por supuesto. – dijo Zeil tomando su postura inicial.

- ¿Listos? ¡Comiencen! – ordenó el soldado que hacía de juez en el encuentro.

El príncipe fue el primero en atacar, lanzándose con una estocada de frente. El otro niño esquivó el ataque saltando hacia un lado y le dio un corte horizontal por detrás. El príncipe lo evadió agachándose al adivinar su intención y trató de darle un corte bajo. El niño rubio saltó hacia atrás, esquivando de nuevo su ataque.

- Vaya, veo que no eres tan malo. – dijo Zeil. – Esto será divertido.

Sin esperar respuesta de su oponente, Zeil se fue con una serie de cortes en sucesión rápida. El niño rubio los bloqueó sin dificultades, pero no se molestaba en contraatacar todavía. Al parecer solo lo estaba probando.

Entretanto, la reina se replanteaba su opinión inicial del niño con el que estaba peleando su hijo. Era el único que había sido capaz de seguirle sus movimientos a Zeil. Por lo visto, finalmente había encontrado a un oponente de su misma talla. El estilo del muchacho era muy diferente al del príncipe, que era refinado y elegante, con movimientos rápidos, precisos y fuertes, siempre a la ofensiva. En contraste, el niño rubio se mantenía más a la defensiva, pero sin retroceder, repeliendo los ataques de su oponente y usando su propia fuerza en su contra.

La pelea continuó de la misma manera durante varios minutos. Zeil, que de principio estaba emocionado por haber conseguido un oponente digno, empezaba a perder la paciencia. Por no querer hacer una escena se abstenía de gritarle a los cuatro pulmones que dejara de jugar y se pusiera serio. Entretanto, el otro muchacho parecía estar divirtiéndose mucho, pues a diferencia del príncipe, no dejaba de esbozar una pequeña sonrisa todo el tiempo, incluso en las ocasiones en que la hoja del príncipe pasaba peligrosamente cerca de él.

El príncipe sujetó fuertemente su espada para dar un mandoble, que su contrincante detuvo haciendo un bloqueo horizontal de la misma manera.

- ¿Qué pasa, estás burlándote de mí? – le murmuró Zeil para que nadie más oyera, mientras intentaba empujarlo con su peso. Sin embargo los dos estaban muy igualados en fuerza y apenas podía moverlo.

- No sé de qué hablas. – dijo el muchacho rubio.

- No te hagas el tonto. – replicó el príncipe. – Puede ver que te estás conteniendo conmigo. Vamos, pelea en serio, muéstrame todo lo que tienes.

- Si así lo quieres.

Zeil no tenía idea de cuánto se arrepentiría de haber dicho esas palabras. El otro muchacho utilizó la fuerza de sus piernas para empujarlo hacia atrás y alejarlo. El príncipe vio que de pronto cambiaba la espada de la mano derecha a la izquierda. Eso le dio un mal presentimiento.

Y tenía razón, en cuanto reanudó la pelea, su estilo cambió por completo. Dejó la defensa por completo para ponerse a la ofensiva. Sus movimientos de pronto se volvieron más rápidos y precisos, y el príncipe fue tomado por sorpresa a tal punto que apenas pudo montar su propia defensa. Parecía que estuviera peleando con un oponente completamente diferente. El príncipe se veía obligado a retroceder ante los veloces ataques del rubio, que daba un paso adelante con cada golpe sin amilanarse en absoluto, y a pesar de eso no le dejaba ninguna abertura para contraatacar.

La reina y la princesa también se sorprendieron del repentino cambio en el curso del duelo. Al principio, el combate entre los dos estaba muy igualado, pero ahora, claramente el muchacho rubio era quien tenía el control. Y con ello, sus esperanzas de que el príncipe aprendiera una lección de humildad volvieron. Tal vez este muchacho pudiera lograrlo.

De vuelta en el combate, el muchacho rubio apenas dejaba respirar a Zeil. Fue entonces que el príncipe tomó conciencia del tipo de oponente con el que se estaba enfrentando. Para empezar, este muchacho era zurdo, claramente había empezado el combate usando su mano no dominante solo para evaluarlo, y luego cambió a la otra para mostrarle su verdadera habilidad. Zeil nunca antes había peleado contra un oponente zurdo, así que sus movimientos eran muy diferentes de lo que él estaba acostumbrado.

Y luego estaba el estilo del muchacho en sí mismo. En vez de apegarse a un tipo de ataque en específico, el muchacho jamás utilizaba el mismo movimiento dos veces, sus ataques eran totalmente impredecibles, y atacaba varias zonas en sucesión rápida.

En un arranque de desesperación, el príncipe saltó hacia atrás para tomar impulso y se lanzó sujetando fuertemente la espada con ambas para darle un corte con todas sus fuerzas. Lo siguiente que supo fue que en cuanto las espadas hicieron contacto, la suya salió volando fuera de sus manos, y al segundo siguiente, la punta de la hoja de su oponente le apuntaba peligrosamente en medio de los ojos.

- ¡El combate ha terminado! ¡Tenemos un ganador! – declaró el soldado.

El príncipe no podía creerlo. Su oponente lo había desarmado, y su espada yacía tirada a un lado. El muchacho rubio le apuntó con la suya por un par de segundos más, antes de bajarla de nuevo. Acto seguido se acercó a él tranquilamente y le extendió la mano.

- Eres bueno. – le dijo sonriéndole como si nada hubiera pasado.

El príncipe miró la mano. Normalmente el protocolo de cortesía dictaba que debía felicitar a su oponente, sin importar el resultado. Pero en ese momento, solo una cosa pasaba por su cabeza. Había perdido. Eso no podía ser posible. Zeil frunció el cejo y en vez de estrechar la mano de su oponente la apartó enojado, recogió su espada y se fue a toda prisa. La reina suspiró con decepción ante el comportamiento de su hijo.

- Parece que no tomó demasiado bien su primera derrota. – dijo la reina.

- Se lo merece. – dijo Zelda con satisfacción. – Ya era hora de que alguien le bajara los humos.

- Ese muchacho aún es joven, pero tiene potencial. – dijo la reina mirando al niño rubio. – Me pregunto… si querrá ser compañero de entrenamiento de tu hermano.

- Eso estaría perfecto. – dijo Zelda. – Aunque no creo que a Zeil le agrade mucho la idea.

- Se aprende más de las derrotas que de las victorias. – dijo la reina levantándose de su asiento. – Tu hermano lo entenderá.

El niño se estaba quitando los guantes cuando la reina se le aproximó. Sobra decir que se sintió bastante impresionado de ver que una persona tan importante lo estuviese mirando y más aún, sonriéndole.

- Eres muy hábil con la espada, pequeño. – le dijo.

- Eh… g-gracias, Majestad. – respondió algo nervioso el niño.

- Espero que no te sientas mal por lo que pasó hace un momento. – dijo la reina, inclinándose para ponerse a su mismo nivel. – Mi hijo nunca antes había perdido un combate hasta ahora. Pero está bien, eso tal vez le enseñe un poco de humildad.

- ¿Su hijo? ¿Ese niño con el que pelee ahora… es su hijo?

- Sí, mi hijo mayor, Zeil. – respondió la reina. – Por cierto, no me has dicho cómo te llamas.

- Ah, perdón por eso, Majestad. Me llamo Link. Y… permítame decirle que me siendo muy honrado de conocerla.

- Por favor, no es necesario que me halagues de esa manera. – La reina se rio un poco.

De pronto, la mirada de la monarca se desvió hacia el dorso de la mano izquierda del pequeño, cuando este se quitó el guante que la cubría. En ella tenía una marca que la reina reconoció al instante. Tres triángulos dorados, colocados de manera que juntos formaban un triángulo más grande. Todos en el reino conocían su significado.

- Disculpa… Link. Esa marca en tu mano, ¿de dónde salió?

- Ah, ¿esto? Siempre la he tenido desde que puedo recordar. – dijo Link. – Mi tío dice que es de nacimiento. Supongo que será cierto, hace años intenté quitármela muchas veces pero nunca pude hacerlo.

- ¿En serio?

La reina pareció intrigada con esa respuesta. Siempre se había considerado buena para juzgar a las personas, y mirando a los ojos al pequeño le pareció que no estaba mintiendo. Además, ¿qué razón podía tener para inventar una historia como esa?

Pero lo más importante, la marca en sí misma, todos sabían que se trataba de la Trifuerza, la reliquia sagrada dejada por las Diosas. ¿Por qué tendría un niño como él una marca de nacimiento con la forma de la Trifuerza en la mano?

Y fue entonces que se acordó: en los pergaminos decía "marcado por las Diosas en su mano". Y este niño tenía desde su nacimiento, si lo que decía era cierto, la marca de la Trifuerza en su mano. ¿Coincidencia? No estaba cien por ciento segura, pero todo esto parecía indicar que por las venas de este pequeño corría la sangre de los antiguos caballeros. Si tuviera algo de información sobre su familia…

- Dime, pequeño, ¿quiénes son tus padres? – preguntó la reina.

- ¿Mis padres? – El pequeño pareció afligirse un poco ante esta pregunta. – Mis padres… ellos murieron cuando yo era muy pequeño. Casi ni los recuerdo.

- Oh. Perdóname, no tenía idea. – La reina se sintió apenada por preguntar tan de repente, sin saberlo había sido muy insensible con el pequeño.

Sin embargo, necesitaba confirmar sus sospechas.

- No se preocupe. – dijo Link. – Si le interesa, mi tío debe saber más sobre ellos. Él fue quien me crio todos estos años.

- Hmm… si fueras tan amable de decirme dónde puedo encontrar a tu tío. Me gustaría hablar con él.

- Ahora mismo debe estar en la posada. ¿Quiere que la lleve con él, Majestad? – ofreció Link.

- Es muy amable de tu parte. – la reina sonrió ante lo educado que era Link. Quizás también podría enseñarle una o dos cosas de eso a su hijo. – Solo dime dónde están hospedándose. Pasaré en cuanto pueda.

El niño le indicó la posada donde él y su tío se estaban quedando. Según él, planeaban quedarse unos cuantos días más por la zona. Es decir que no había prisa, pero la reina Selena decidió que entre más pronto lo hiciera, mejor. Después que Link se despidió y se fue, la reina le pidió al capitán de los guardias que acompañara a su hija de regreso al castillo, pues ella tenía que atender otro asunto muy importante.

- Es solo una corazonada, pero si resulta ser cierta… ese niño podría tener un grandioso destino en su futuro. – dijo en voz baja.

(--0--)


Al día siguiente…

Pese a que la reina Selena pasó por la posada el día anterior no encontró al tío de Link en ese momento, y como tenía deberes importantes que cumplir en el castillo no pudo quedarse a esperarlo. El buen señor había salido de cacería y no regresó a la posada sino casi hasta el atardecer. Sobra decir que soltó una gran carcajada cuando su sobrino le dijo que la reina en persona quería hablar con él, después de que lo vio ganar el torneo.

Su sorpresa al encontrarse con la monarca en la puerta de la posada lo dejó sin palabras durante varios minutos.

Cuando el tío de Link (cuyo nombre, según supo después, era Olwen) finalmente recobró el habla, la reina le pidió que fuesen a un lugar donde pudiesen conversar en privado, tomando ventaja de que en ese momento Link había decidido salir a la plaza de la ciudadela a jugar y corretear un rato. La monarca comenzó por preguntarle quiénes eran los padres del pequeño, pidiendo en detalle cualquier cosa que supiera de ellos, de dónde venían y a qué se dedicaban.

El padre de Link, su cuñado, había llegado desde la región de Labrynna unos años atrás. Por algunas de sus posesiones, supo que provenía de una línea de caballeros en Labrynna a los que les fueron otorgados títulos de nobleza en reconocimiento a su gran valor y honor al proteger al pueblo, pero había decidido renunciar a ellos y empezar una nueva vida como un hombre normal en Hyrule, y eventualmente contrajo matrimonio con su hermana menor. Trágicamente, los dos perdieron sus vidas cuando Link apenas tenía dos años, cuando fueron atacados por unos bandidos que provocaron que su carreta se descarrilara y cayera por un barranco, y desde entonces había tenido que hacerse cargo de su sobrino.

La reina escuchaba atentamente el relato, y sus sospechas se vieron aún más reforzadas entre más le contaba. Después de aquella gran guerra, muchos de los caballeros partieron hacia otras tierras, algunos de ellos específicamente a Labrynna. Hasta donde se sabía, los que se quedaron en Hyrule no tenían descendencia viva actualmente, pero si el linaje continuó existente en las otras regiones, la posibilidad de que Link fuese un descendiente directo era real. Una vez que concluyó el relato, la reina había tomado una decisión.

- Escuche, señor Olwen, tal vez le parezca muy extraño lo que estoy a punto de pedirle. – dijo la monarca. - ¿Cree que sería posible dejar a su sobrino bajo mi cuidado?

- ¿Disculpe, Majestad? – El señor Olwen se sorprendió ante eso.

- Usted ha visto la marca en su mano, ¿verdad? – preguntó la reina.

- Por supuesto. La ha tenido desde su nacimiento hasta donde sé. ¿Pero eso qué tiene que ver?

- Me imagino que conocerá las leyendas. – dijo la reina. – Hace más de mil generaciones hubo una gran guerra cuando la oscuridad amenazó con apoderarse del reino.

- Sí, todos conocemos esa historia.

- El linaje de los antiguos caballeros que participaron en esa guerra se ha perdido con el tiempo. – prosiguió la reina. – Hasta donde se sabe, en Hyrule no quedaba ningún descendiente de su linaje. No obstante, algunos de ellos migraron a otras tierras, incluyendo la región de Labrynna.

- ¿Está diciéndome… que mi sobrino es descendiente de los caballeros? ¿Qué le hace pensar eso?

La reina se tomó un tiempo para mirar a su alrededor, cerciorándose que no hubiera nadie escuchando. Hizo un gesto al señor Olwen para que se le acercara, y habló en voz muy baja.

- A pesar de que se han perdido muchos registros históricos desde entonces, algunos pergaminos que hemos conservado dicen que "el héroe elegido estará marcado por las Diosas en su mano". Link tiene la marca de la Trifuerza en su mano desde su nacimiento, ¿no es así?

El señor Olwen trató de refutar lo que la reina acababa de decirle… pero no pudo hacerlo. Por donde lo viera, todo el relato parecía encajar. La marca de la Trifuerza en la mano de Link no era algo que se pudiera considerar "natural", especialmente porque por más que intentaron nunca pudieron quitársela (y por obvias razones no iba a dejarle una cicatriz a su sobrino por algo como eso).

Por otro lado, ¿qué razón podría tener la reina para inventarle semejante historia? Si ese era el caso, entonces el futuro tenía reservado un gran destino para su sobrino.

Pero estaba otro asunto. El niño no tenía a nadie más, y entre los dos eran la única familia cercana que les quedaba. El hombre nunca se casó ni tuvo hijos, pero quería a Link como si lo fuera, después de todo él lo había criado y visto crecer todos esos años.

- Majestad, creo en sus palabras. – le dijo. – Pero quiero que entienda algo. Link es la única familia que tengo. Sé que jamás podré reemplazar a sus padres, pero he hecho lo mejor que he podido para criarlo y enseñarle todo lo que sé. Así que quiero que me dé su palabra: si dejo a Link a su cuidado, tiene que prometerme que hará que crezca como un hombre de bien.

- Puede estar seguro de ello. – dijo la reina sin vacilar. – Cuidaré de él como si fuese mi propio hijo. Es más, mis hijos gemelos no tienen muchos amigos de su edad con quienes relacionarse. Estoy segura que podrán llevarse bien. Y por lo que pude ver en el torneo, Link tiene mucho potencial. Con el entrenamiento apropiado de la Guardia Real, sus habilidades mejorarán mucho más.

El señor Olwen se tomó su tiempo para considerarlo. No tenía sentido apartar a su sobrino de ese grandioso destino, si el relato de la reina era cierto. Pero dado que esto lo involucraba directamente, finalmente decidió que tendría que dejarle la última palabra al propio Link. La reina estuvo de acuerdo, después de todo, solo tenía once años de edad, y apartarlo de su familia podría ser algo demasiado drástico para él. Por muy importante que fuese el linaje del pequeño, ella no cometería una crueldad al apartarlo de su único familiar vivo por la fuerza.

(--0--)


Castillo de Hyrule, unos días después…

La reina caminaba llevando de la mano al pequeño Link por los pasillos del castillo de Hyrule. Si no fuera porque todos la conocían bien, casi podrían parecer una madre con su hijo.

Después de discutir con el tío de Link, la reina se le aproximó al pequeño con una propuesta. Considerando que aún era demasiado joven para saber los detalles más importantes, se abstuvo de mencionarle sobre su linaje. Decidió que se guardaría esto al menos hasta que fuese mayor de edad, cuando pudiese comprenderlo mejor.

Sin embargo, le planteó su idea inicial: a su hijo, el príncipe Zeil, le vendría bien un compañero de entrenamiento que estuviera a su mismo nivel, y como él pudo vencerlo, eso lo colocaba en dicha categoría, o aún mejor. Aparte de eso, tanto Zeil como su hermana gemela, Zelda, necesitaban alguien de su edad con quien jugar y pasar el tiempo de vez en cuando. A cambio, cuando Link tuviese la edad suficiente, podría entrar como aspirante a la Guardia Real y tener el mejor de los entrenamientos para pulir sus habilidades naturales con la espada.

El pequeño Link lo tomó de una mejor manera de lo que esperaban, a decir verdad. Pese a que no le agradaba del todo la idea de separarse de su querido tío, la oferta de la reina le resultaba muy tentadora. Link había crecido escuchando las historias que su tío le contaba acerca de su padre, que una vez fue un gran caballero, y a medida que iba creciendo la idea se iba apoderando de él. Incluso a muy corta edad, solía entrarse a golpes con los bravucones del pueblo cuando se metían con los más pequeños. Al parecer lo llevaba en la sangre.

La reina llevó a Link hasta el jardín central del castillo, que era el lugar más amplio, quedaría perfecto como su lugar de entrenamiento, y también para jugar cuando quisieran hacerlo.

- Espérame un poco, iré a buscar a Zeil. – dijo la reina, deteniéndose junto a una banca. – Puedes tomar asiento aquí si lo deseas.

- Sí, Majestad, gracias. – dijo Link.

El muchacho se sentó a esperar, y miró a su alrededor. El lugar se veía bastante bien. Había mucho espacio para correr, y también lugares para esconderse. Y hablando de esconderse, en ese momento, sin que él lo supiera, una figura femenina lo observaba oculta entre unos matorrales.

La princesa Zelda había salido a escondidas a dar un paseo por el jardín, pero en cuanto oyó que venía alguien corrió a esconderse a toda prisa. Se sintió aliviada de ver que se trataba de su madre, pues irónicamente ella era la única persona que no la regañaba cuando hacía eso (los sirvientes sí lo hacían). Estaba por salir, pero su madre se fue, dejando solo a quien la acompañaba. Fue entonces que se dio cuenta de que se trataba del niño con el que había peleado su hermano unos días antes, lo reconoció porque llevaba el mismo traje verde y gorro.

- Ahora que lo veo bien, su apariencia no es mala. – dijo sin poder evitar sonreír.

Por lo visto su madre lo había traído para que fuese el compañero de entrenamiento de su hermano. Tenía sentido, si este chico había sido capaz de ganarle en un combate, Zeil podría aprender mucho de él. Y si de primera instancia parecía simpático, no le haría ningún daño acercársele para hacerse su amiga. Sin más, salió de su escondite y caminó hacia la banca para saludarlo. En ese momento él tenía la vista fija en otra parte, así que no se había percatado de su presencia todavía.

- *Ejem*. – se aclaró la garganta para llamar su atención. El niño se volteó a verla de inmediato. – Hola.

- Hola. – dijo Link, tomándose su tiempo para apreciar a la niña frente a él. De primera instancia, le pareció que era muy linda.

- Tú fuiste el chico que derrotó a mi hermano, ¿verdad? – dijo Zelda. – Me alegro que lo hicieras, alguien tenía que darle una lección de humildad.

- ¿Tu hermano? Entonces tú eres…

- Oh, disculpa mis modales. Permíteme presentarme. Soy Zelda, princesa de Hyrule. – dijo haciendo una pronunciada reverencia. – Es un placer conocerte.

- El placer es mío… Princesa. – dijo Link tratando de sonar formal y respetuoso. – Mi nombre es Link.

- No es necesario que seas tan formal. – dijo la princesa, sin dejar de sonreírle. – A decir verdad… mi hermano y yo… no tenemos muchos amigos de nuestra edad con quién jugar. Dime, ¿crees que tal vez podríamos ser amigos?

- ¿Amigos?

Link se sorprendió un poco por las palabras de la pequeña. ¿Por qué querría una princesa como ella ser amiga de alguien como él? Sin embargo, su tío le enseñó a nunca negarle una petición a nadie si estaba dentro de su capacidad. Y además, de primera instancia, parecía ser una niña muy agradable.

- Claro… como usted diga, Princesa. – dijo Link tímidamente.

- Te dije que no tienes que ser tan formal. – volvió a insistir Zelda, un poco incómoda. – Por favor no me trates de usted, y si prefieres, puedes llamarme solo por mi nombre.

- Entonces… ¿puedo llamarte Zelda, a secas?

- Así está mejor. – dijo ella, volviendo a sonreír. Se sentó junto a él en la banca, feliz de haber roto ese hielo inicial entre los dos. – Bien, ¿por qué no me cuentas un poco sobre ti?

Ya sintiéndose más cómodo, Link comenzó a abrirse y a contarle cosas de sí mismo a la princesa. El pequeño se sintió bastante sorprendido, de alguna manera, siempre se había hecho a la idea de que los de la realeza podrían ser soberbios y arrogantes, acostumbrados a ver a los demás por encima del hombro.

Pero Zelda no era nada de eso, y si su anterior encuentro con la reina era algún indicio, seguramente lo habría heredado de su madre. No solo lo escuchó con interés, sino que además se reía con toda sinceridad cuando él le contaba alguna anécdota divertida. A tal punto que incluso se le escapó decirle que tenía una risa encantadora, provocando que ella desviara la mirada para ocultar el rubor de sus mejillas.

A los pocos minutos, la reina Selena regresó al jardín, trayendo de la mano a su hijo. El príncipe Zeil se quedó congelado. Primero, frente a él estaba sentado en la banca el niño rubio que lo había hecho quedar en ridículo unos días antes, el último rostro que desearía ver en ese momento. Segundo, dicho niño estaba sentado junto a su hermana, los dos de pronto hablando y riéndose como dos buenos amigos.

- ¿Qué está haciendo él aquí? – fue lo primero que se le ocurrió preguntar cuando recobró el habla.

- Es tu nuevo compañero de entrenamiento, Zeil. – dijo la reina, ignorando los modales de su hijo.

- Madre, ya te dije que no necesito un compañero. – dijo Zeil. – Y menos que sea él.

- ¿Qué pasa, hermano? – dijo Zelda. – ¿Sigues molesto porque te venció?

- Solo tuvo suerte. – replicó el príncipe.

- Eso no fue suerte. – dijo la reina. – Link tiene habilidad que está a la par con la tuya, eso tienes que admitirlo. Tu arrogancia por creerte invencible fue lo que causó que él te derrotara.

- No quiero entrenar con él. – dijo Zeil tajante, y mirando con malos ojos a Link.

- Lo harás. – dijo la reina. – Él vivirá en el castillo a partir de hoy, y entrenarás con él todos los días.

- Pero, madre…

- Sin peros. – dijo la reina. – Vas a entrenar con Link, y lo tratarás con el respeto que se merece. Quién sabe, con el tiempo los dos podrían hacerse buenos amigos.

Zeil miró a su madre, y luego a Link. ¿Hacerse buenos amigos? Solo por no querer contradecir a su madre, al menos por el momento, se le acercó a Link y le extendió la mano. El rubio dudó por un momento antes de estrechársela, y cuando lo hizo tuvo la sensación de que Zeil quería triturarle los dedos.

- Espero que nos llevemos bien… Link. – dijo el príncipe, de manera casi forzada.

- Gracias, igualmente, Príncipe Zeil. – dijo Link, tratando de sonar educado para no ofenderlo. No quería empezar con el pie izquierdo.

- Muy bien, si puedes acompañarme, Link, te enseñaré tu nueva habitación. – dijo la reina. – Zeil, Zelda, la cena estará servida en menos de una hora, pueden ir al comedor.

- Sí, madre. – dijo Zelda.

La reina volvió a llevarse a Link de la mano, dejando a sus hijos en el jardín. Los dos tenían expresiones totalmente opuestas, Zelda sonreía divertida, mientras que Zeil se quedó enfurruñado. Claramente, la primera impresión de ambos había sido muy diferente.

- Tch, ¿por qué nuestra madre tuvo que traerlo aquí? – dijo Zeil.

- A mí me parece que es muy simpático. – dijo Zelda.

- ¿En serio? – dijo Zeil. – Me venció por pura suerte la última vez. Eso no volverá a pasar. A la próxima le daré una lección.

- ¿Próxima vez? – dijo Zelda. – ¿No dijiste que no querías entrenar con él?

- Hablaré con nuestra madre. – declaró Zeil. – Si logro derrotarlo, la convenceré de que no lo necesito.

Zelda se rio ligeramente. Su hermano era en verdad muy testarudo y orgulloso. No quería aceptar a Link como un compañero de entrenamiento, pero ahora claramente lo consideraba como su rival.

Esa era otra manera de motivarse para mejorar. Un poco de competencia podía sacar lo mejor de Zeil. Eso sería muy interesante de ver.

Esta historia continuará…

Notas finales:

Bien, como lo prometí, la precuela de Danza con el Fuego está aquí. Preventivamente la dividí por el número de palabras, ya que tengo la certeza de que se cortará si no lo hago.

Pero bueno, este es el primer encuentro de Link con el príncipe y la princesa. Ya había dado algunos detalles al respecto, pero aquí quise explayarme un poco más. Si alguien pregunta, la idea de que Link y Zeil se conozcan en este torneo vino de Fire Emblem: The Sacred Stones, concretamente en la conversación de nivel A entre Forde y Kyle. Ya que tomé elementos de allí para crear a Zeil, se me ocurrió que ambos podían tener una relación similar (apropiadamente, en esa saga hay un arquetipo de dos caballeros que son amigos y sus personalidades contrastan uno con el otro, y se les asocia con los colores rojo y verde respectivamente).

En fin, espero que les haya gustado esta primera parte, y descuiden, en breve subiré la segunda, no tendrán que esperar por ella.

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