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La mirada de los inocentes por BolaZ

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A penas podía dormir aquella noche lluviosa; se quedaba mirando por la ventana, observando cómo las gotas de agua caían sin parar sobre el pequeño balcón de su habitación. No se sentí para nada cansada, incluso después de haber asistido a la academia durante toda aquella semana. Había estado bien, pues empezaba a llevarse mejor con los demás, sin embargo, Itachi continuaba siendo igual de misterioso que de costumbre: silencioso, solo le dedicaba unas dos o tres palabras al día, algo que confundía a Senya, pero que, a la vez, intrigaba. En cambio, algo dentro de ella le decía que aquel comportamiento era completamente normal en Uchiha Itachi, por lo que no debía darle importancia, pues, al menos, hablaba con ella.


Dejó de mirar por el balcón y volvió a sentarse sobre la cama. La luz de la luna, una luz tenue, entraba por la ventana e iluminaba la habitación. Acomodó su cabeza, de nuevo, en su almohada, con la mirada en dirección a la pequeña mesa de noche que tenía al lado; suspiró, tranquilizándose, pues había fijado su mirada en la de aquel hombre de cabellos blancos y puntiagudos. Volvió a recomponerse, se sentó de nuevo, y cogió aquella fotografía.


Siempre le habían dicho que era la viva imagen de Senju Kinorama, su padre. Pero ella ya ni si quiera le recordaba; Kinorama era ese perfecto hombre del que cualquier mujer podría enamorarse: cabello blanco, ojos marrones con tonos rojizos, facciones marcadas y sonrisa perfecta. Senya había escuchado infinidad de veces que era el candidato perfecto para ser el futuro Hokage, pues era poderoso como Tobirama, tal vez más, eso jamás lo sabría. Pero murió en una de aquellas miserables guerras, salvado más de un centenar de vidas de ninjas de Konoha, pero sacrificándose por ello.


Senya siempre le había guardado cierto rencor o es que ¿acaso no pensaba en su familia? En Konoha, estaban su madre y ella, esperándole, pero aquella vez no regresó. Senya tenía unos dos años y, aunque no recordaba el momento en el que le dijeron que su padre había muerto, sí rememoraba aquel sentimiento amargo: el llanto de su madre. No tenía ninguna imagen, tan solo eso, aquel sonido resaltando de un lado al otro de su mente, haciéndole consciente, aunque era un bebé, de que algo malo había pasado. Y, aunque habían pasado los años, a pesar de haber continuado con sus vidas, Senya sabía que una parte de su madre estaba completamente muerta.


Hyuga Hwasa o, como la habían llamado en sus años de cargo ninja, ojos de diosa, había sido una kunoichi poderosa, recordada por muchas de sus azañas en el campo de batalla. Incluso llegó a contarle a Senya que, de no ser por ella, su padre había muerto en mil ocasiones de no ser por el poder de Hwasa. Su madre era fuerte, preciosa, valiente, con una lealtad a su familia increíble, pero, después de todo aquello, no volvió a ser la misma.


Hwasa se volvió débil, hasta el punto de enfermar, tanto mental, como físicamente. Aunque no lo mostrara a los demás, Senya lo notaba, en cada mirada, en cada palabra, en cada momento de silencio y en cada segundo del día. Senya había escuchado por los alrededores de su casa que muchos tachaban a su madre de vivir anclada en el pasado, pero ella la comprendía, ¿quién puede continuar adelante sin el amor de su vida? Estaba claro que la simple existencia de Senya era más que suficiente para Hwasa, pero el dolor era tan grave, pero ni si quiera eso podía llenarla por completo.


Aun así, Hwasa había sido una madre ejemplar, enseñándole todo lo que sabía a su pequeña hija; la introdujo al combate tradicional de los Hyuga, aunque Senya prefería utilizar los puños a la hora de luchar. Era como si Hwasa quisiera dejar preparada a su hija de alguna manera, preparada para luchar contra el mundo, contra todo y todos. Pero la edad no perdonaba a nadie y, aunque Senya intentara ver a su madre con la energía que solía definirla, Hwasa ya era un poco mayor incluso para ser madre. Konirama y Hwasa tuvieron a Senya a una edad bastante avanzada, pero eso jamás fue una excusa ni ningún pretexto para nadie de su familia.


Dejó la fotografía en su sitio y volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Nada tenía sentido, todo habían sido problemas desde que tenía memoria, problemas sin solución, pero con los que se convivían día a día. Senju, Hyuga… Ella formaba parte de esas dos personas que, en cierto modo, habían sufrido. Su padre, muerto, pero lo de su madre era mucho peor, pues ella estaba muerta en vida. Sin saber por qué, recordó las palabras de Itachi el primer día de academia: “formas parte de dos clanes legendarios… deberían temerte”.


¿Era el miedo, el temor, lo que ella quería causar en los demás? ¿Era con aquellos sentimientos con los que podría dominar el mundo? No. Detestaba tener de justificar cada una de aquellas preguntas, pero algo le decía que Itachi tenía una mentalidad demasiado madura y oscura para su edad. Según le había contado su madre, su abuelo, el Segundo Hokage, tenía un odio irracional hacia los Uchiha, diciendo que llevaban el mal encarnado en sus almas, ¿tendría razón?


No le dio tiempo a pensar en nada más, pues se durmió. Cuando abrió los ojos, escuchó a su madre entrar por la puerta para despertarla. Se levantó de un salto, dándose cuenta de que el sol no entraba por la ventana y que se trataba de un día nublado y oscuro.


—      El desayuno está listo, cielo— dijo Hwasa—. Venga. Te has dormido unos diez minutos…


—      ¡Voy!— dijo Senya, echando a correr por el pasillo para devorar el desayuno en unos instantes; su madre la seguía de cerca, con su bastón—. ¡Está delicioso!— dijo Senya, comiéndose en último trozo de bizcoho—. ¿Qué hora es?


—      Hora de irte— señaló su madre—. Vístete. Rápido.


Acató las órdenes de su madre, se vistió rápidamente con un fino kimono negro con el símbolo del clan de los Senju en la parte trasera; debajo, unos pantalones negros y las sandalias de ninja que todo el mundo llevaba allí. Se despidió de su madre y salió corriendo hacia la academia, pero, escuchó su nombre en el viento y se detuvo en seco. Miró hacia atrás y hacia todas las direcciones, pero no había nadie. ¿Era su imaginación? No. No estaba loca, pues volvió a escucharlo una vez más.


Siguió al viento, a aquella extraña voz que la llamaba, hasta que se alejó tanto de la aldea que se vio rodeada de árboles y arbustos. Sin embargo, aunque aquella situación era extraña, no sentía ni un ápice de miedo al estar allí, sola. Vio que, si seguía en línea recta, había un vacío que llevaba a algún lugar, pues la luz del día entraba por allí. Volvió a escuchar aquella voz, ahora era más potente, ¿por qué? Hacia allí, le decía. Hizo caso de las indicaciones y corrió hasta llegar a aquel claro; divisó una enorme roca y a una silueta a punto de descender desde allí.


Corrió como nunca lo había hecho, pero se sorprendió cuando, a medida que se acercaba, identificaba la figura que se encontraba a punto de caer al vacío. Su corazón latió apresuradamente y se percató de que no llegaría a tiempo; incrementó su velocidad, tanto como pudo, incluso activó su Byakugan por si servía de algo. Pero aquel poder no le ayudaría en aquel momento.


—      ¡¡¡¡¡Itachi!!!!!— gritó desesperadamente, antes de que el joven Uchiha diera un paso más para caer.


De pronto, Itachi tuvo que frenar en seco, puesto que una enorme cantidad de vegetación empezó a emerger del suelo, haciéndole imposible caminar más. El joven de cabellos negros miró, sorprendido, como aquellos árboles crecían, más y más, acompañados de un enorme torrente de agua que parecía ser el fondo de todas aquellas especies de vegetación. Cayó al suelo, sentado, todavía admirando aquello, hasta que sintió algo cálido detrás de su espalda, algo que le abrazaba por detrás. Giró su cabeza y se percató de que Senya estaba allí.


—      ¿En qué demonios estabas pensando?— le dijo la de ojos blancos, preocupada—. ¡Podrías haber muerto!— ¿no era aquello lo que estaba intentando demostrar?—. Bueno, no… no importa…— dijo la Senju al ver que Itachi no reaccionaba; de pronto, las miradas de ambos niños se centraron en el paisaje que se había creado delante de ellos—. ¿Estás bien?


—      Sí, pero… ¿qué haces tú aquí?— dijo Itachi, levantándose y sin poder quitarse a Senya de encima.


—      Es… una larga historia, pero estaba… paseando y te he visto y… ¡Me has asustado!— dijo Senya, nerviosa—. ¿qué intentabas hacer?


—      Probaba un jutsu—mintió Itachi—. No deberías estar aquí.


—      No mientas— dijo ella—. ¿Querías…?— ni si quiera se atrevía a pronunciar aquella palabra—. Morir…


—      No. Y, aunque quisiera, no creo que sería de tu incumbencia— dijo él, intentando alejar aquel sentimentalismo de la situación—. Deberías ir a la academia.


—      No voy a moverme de aquí hasta que me des una explicación coherente— dijo Senya, cruzándose de brazos—. Además, no intentes hacer nada; bloquearé tu chakra si es necesario— sin saber por qué, Itachi dibujó una pequeña mueca; se sentó en el suelo, de repente.


—      Hablemos, pues— dijo él.


Se sentaron a hablar y las horas pasaron tan rápido que se hizo demasiado tarde. Itachi le narró sus pensamientos, razonamientos algo extraños para un niño de su edad, ya que hablaba de la propia existencia de la vida. Senya no le dio importancia, por lo que continuaron hablando, poniéndose al día de sus vidas, hasta que vieron la posición del sol: estaba en el centro mismo del cielo, por lo que debían regresar.


Caminaron hasta que pasaron cerca de casa de Senya.


—      Te acompañaré. Jamás he estado en el distrito de los Uchiha— confesó Senya e Itachi solo asintió con la cabeza.


Al cabo de unos veinte minutos, llegaron hasta allí. Era como una pequeña ciudad, con todos los símbolos del clan por todas partes, incluso tenían un hospital propio. Al entrar, algunos vecinos y familiares de Itachi les saludaron, pero mirando algo extrañados a Senya. Se sentía observada, pero el tener a Itachi a su lado le daba cierta seguridad. Por fin, el joven de ojos oscuros se detuvo delante de una casa.


—      ¿Vives aquí?— dijo ella; Itachi asintió—. Lo tenéis muy bien montado aquí…


—      Todo gracias a tu abuelo— dijo con tono irónico; Senya se quedó mirándole por un momento, volviendo a recordar el rencor que Senju Tobirama le tenía a los Uchiha; incluso les hizo construir todo aquel distrito para estar apartados de toda Konoha.


—      ¿Itachi?— escucharon una voz provenir de la entrada; ambos niños miraron hacia allí, percatándose de que había una mujer de cabellos oscuros y tono azulado, largo, con rostro angelical y con un bebé en brazos—. Llegas un poco tarde, me tenías preocupada— Itachi asintió con la cabeza—. Vaya, ¡Hola! Tú debes de ser Senya— dijo aquella mujer—. Itachi me ha hablado de ti. Es un placer conocerte, yo soy Uchiha Mikoto, su madre— la de ojos blancos se ruborizó al escuchar aquello, desviando su mirada hacia el joven Uchiha, el cual parecía igual de avergonzado, aunque no lo mostrara exteriormente; el pequeño bebé empezó a llorar y Mikoto intentaba calmarle—. Tengo que prepararle la comida a Sasuke, ¿Senya se queda a comer?— antes de que Itachi respondiera, Senya habló.


—      No se preocupe, Señora Uchiha. Tengo que ir a casa en cuanto antes. Mi madre se estará preguntando dónde estoy— dijo con tono angelical—. Ha sido un placer conocerla.


—      Tal vez en otra ocasión sí puedas quedarte— dijo Mikoto con una sonrisa—. Entonces, te espero dentro, Itachi— este asintió con la cabeza.


Ambos niños se quedaron en silencio, observándose.


—      Te acompañaré a la salida— dijo él.


—      Sé el camino— dijo Senya—. Bueno, ¡hasta mañana, Itachi!— dijo algo nerviosa, girándose, sin dejarle despedirse a él, pero frenó bruscamente para volver a decirle algo—. Quería… Quería preguntarte una cosa. A partir de mañana, todo seguirá igual, ¿verdad?


—      ¿A qué te refieres con igual?— dijo él.


—      Me refiero a… nuestra amistad. Solo me dedicas unas cuantas palabras, eres silencioso, callado, pero hoy… hoy ha sido diferente. Por eso quería preguntar, ¿continuarás aparentando lo que no eres enfrente de los otros niños y niñas de la academia?— dijo Senya; Itachi se quedó pensativo.


—      No me gusta ser de esta manera con… nadie. Solo lo hago ese nadie es… alguien que considero especial…— confesó Itachi; Senya simplemente asintió, quedándose con aquellas tiernas palabras—. Espero que lo entiendas…


—      Entendido. Sin embargo, podríamos vernos al salir de clase. No tendrás las miradas de los demás encima de ti— dijo sonriente Senya—. Podemos entrenar juntos— Itachi asintió con una pequeña sonrisa—. Bien…Ahora sí. Tengo que irme. ¡Hasta mañana!— esta vez Senya empezó a correr, despidiéndose con la mano.


Mientras ella se alejaba, Itachi se quedó observándola, con una palabra que se le había quedado pegada en la garganta: gracias.


Entró a casa, pensativo, escuchando como su hermano todavía lloraba por el hambre que tenía. Fue a verle, estaba en la pequeña cuna de la sala de estar; le dio la mano y, entonces, calló. No obstante, mientras esperaba a que su madre trajera la comida para ambos, se preguntó por qué, en tan solo una semana, Senya se había convertido en otra de sus personas especiales. Pero durante aquella conversación, donde le explicó sus reflexiones, se dio cuenta de que era de las pocas personas que no le temía, que no le importaba quién era o cómo se apellidaba, ni si quiera le preocupaba el que la vieran con alguien extraño como él. Eso le alegraba, pues le gustaba que hubiese alguien así y que tuviera ganas de escucharle, incluso después de haberle dicho todo lo que pensaba sobre la vida y la muerte.


No obstante, también pensó en lo que había sucedido. Había estado a punto de tirarse por aquella roca, pero todos aquellos árboles, aquellos remolinos de agua, todo aquel cúmulo que se convirtió en barrera, había surgido de la nada, después de que Senya gritara su nombre. ¿Era ella la causante de aquello?

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