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Cleventine 1: Realidad y Ficción por -Fumin-

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PRÓLOGO

¿Qué sucede cuando presencias el asesinato de un ser querido?

Depende. ¿Eres una persona sensible de las que lloran abatidas por la tragedia o una persona sensible de las que lloran rabiosas por no haber podido impedirlo? No todos los humanos tienen la "voluntad del héroe", y muchos de los que la tienen ni siquiera lo saben. No es hasta que llega ese momento inmediato, inesperado, incomprensible y arrasador cuando este tipo de humanos despierta esa fuerza en su interior. Rabia, ira, tristeza, todas unidas por hacer justicia... pero también descontroladas y peligrosas.

Se llama "iris". El "iris" es una fuerza sobrenatural. Si todo el mundo nace con un 50% de Yin y un 50% de Yang en su interior y a medida que crece y conforma su manera de ser se vuelve una buena o una mala persona, aumentando así una de esas dos energías y disminuyendo la otra, el "iris" es un 100% de energía Yang extra que surge, sale, ¡explota! de la mente del humano afectado por la tragedia, y se suma al porcentaje de Yang humano que ya tenía, convirtiéndose así en algo más que un humano.

Ellos no lo eligen. Pero sucede. Afecta tanto al cuerpo como a la mente. La persona se convierte en "iris", en un ser superior. Más fuertes, veloces, racionales y analíticos, con control sobre sus emociones y con su energía mental y espiritual afiliada a una energía natural, es decir, a un elemento primario, como el fuego, el agua, el aire, la electricidad, la arena, las células vegetales, las células animales, la radiación y la oscuridad.

No solo dominan un elemento, sino que sienten y se comportan como esa materia. Y semejante poder no nace por capricho. Tienen una obligación con él. No solo tienen que vengar la injusta muerte del ser querido, algo que se convierte en una misión propia y personal, sino que también deben prestar un servicio obligatorio en la Asociación. La Asociación está bajo el mando de Alvion Zou, alguien que no es humano, ni tampoco "iris", encargado de entrenar a estas personas especiales y enviarlas a combatir las injusticias y los males humanos que atentan cada día contra la vida de los inocentes. 

De este modo, Alvion encomienda a los "iris" de todos los países, razas y edades misiones secretas contra el crimen, el terrorismo y otras amenazas, mientras los pocos políticos que saben de ellos tratan de cazarlos y mientras los humanos comunes no saben nada de su existencia, a pesar de que los "iris" conservan sus vidas cotidianas entre ellos. Humanos comunes e inocentes como Cleventine Vernoux, la cual ignora que el mundo de los "iris" está más cerca de ella de lo que pudiera estar de nadie.

El "iris" no es el único poder que existe en el mundo. Hay poderes que van más allá de la mera fuerza, la inteligencia o la agilidad.

El problema de Cleven... es que olvidó el suyo.

 

1º TOMO – Realidad y Ficción

1.

Rutina

 

—Estupendo—lamentó Nakuru cuando salió del edificio del instituto y vio que fuera llovía a cántaros.

—Me voy a mojar los zapatos nuevos—protestó su amiga Raven, viendo el mismo panorama, mientras sacaba una mano en la zona donde caía la lluvia, pues estaban debajo de los soportales del edificio.

El Instituto Tohoeda, situado en el distrito de Shibuya, reposaba en un amplio recinto limitado por altas verjas de hierro que emergían de un murillo de piedra gris. Estaba formado por un complejo de edificios conectados mediante pasarelas, separados por patios y jardines al aire libre, además de unas instalaciones aparte con su propio polideportivo, piscina cubierta, pista de atletismo y campos para deportes varios.

A su lado, en otro recinto, se encontraba el Colegio Tohoeda, otro complejo de edificios donde impartían la educación infantil y primaria.

Era un centro de gran reputación que seguía un sistema de educación internacional. Allí iban alumnos tanto nacionales como extranjeros, o en su mayoría, nacionales que tenían algún padre extranjero y por tanto eran bilingües. Pero no por ello sólo iba gente adinerada. Había de todo, tanto buena como mala gente, como en todos lados.

—Me sorprende que no hayas mencionado tu nuevo peinado—le espetó Nakuru con broma, apoyándose contra una de las altas columnas que se alzaban en lo alto de las escaleras—. Siempre preocupándote de tu aspecto.

Varios chicos y chicas también iban saliendo del instituto. Unos, los que habían previsto el mal tiempo, sacaron sus paraguas y los compartían con sus amigos o amigas o con su pareja; los otros se cubrían con algún libro cuya asignatura no cayera muy bien a su dueño o se las apañaban poniéndose la chaqueta del uniforme sobre sus cabezas, y salían corriendo a coger el metro, o el autobús, o bien iban a patita a sus casas.

—¿Y qué quieres, Nakuru? Soy una gal—dijo con orgullo, pero luego arrugó un poco el ceño—. ¿Lo he pronunciado bien? Bueno, que siempre he de estar guapa.

—Por favor, Raven, llevas en Tokio un año y ya crees formar parte de una de las tribus urbanas más extendidas aquí.

—Casi siempre que salgo por ahí de marcha, es con un grupo de gals de este instituto y me lo paso genial. Me aceptaron a la primera. Creo que les molaba la idea de tener con ellas a una afroamericana de California. Y, ¿sabes? Aun a día de hoy me sorprende que te hayas hecho tan amiga mía. En mi antiguo instituto, todos los que iban de una manera de vestir o de ser estaban estrictamente separados por grupos. Era raro ver juntas a dos personas que siguieran tendencias distintas.

—Hm...—sonrió Nakuru, mirándola de reojo—. Por mí no tienes que preocuparte, Raven. Yo no soy ese tipo de persona, no voy exclusivamente con la gente que vista o sea como yo.

—Pero, ¿tienes más amigas que lleven tu estilo?

—Tengo muchas amigas y amigos, todos somos diferentes entre sí pero iguales en una sola cosa—Nakuru mantuvo esa sonrisa serena mientras miraba las gotas de lluvia cayendo en un mismo charco—. Yo no me hago amiga de las personas que vistan como yo; simplemente, de las buenas personas.

Raven guardó un silencio reflexivo al escuchar, una vez más, cómo Nakuru hablaba de la gente en general, como si para ella toda complejidad tan propia de los adolescentes sobre a qué grupo pertenecer o qué tipo de persona ser no existiera en su mente. Para ella, todo se reducía a algo mucho más simple, se fijaba nada más en quién era una buena persona y quién no. Raven consideraba a Nakuru la persona más gentil y madura del instituto, y no importaba si llevaba un corte de pelo extraño, los labios pintados de morado o botas grandes con cadenas.

—¿Cuando vivías allí en San Francisco también eras así?—quiso saber Nakuru, siguiendo con el tema—. Ya sabes, loca por la moda, los bolsos, los esmaltes de uñas…

—Claro. Siempre me ha gustado—sonrió Raven, mirándose las uñas perfectamente pintadas con esmalte blanco con purpurina—. ¿Y tú, Nak? ¿Tú también has sido así siempre?

—Así, ¿cómo?

—Pues ya sabes—la miró de arriba abajo, en especial las medias medio rotas que llevaba bajo la falda del uniforme, una manga roja de cuadros escoceses y la gargantilla de pinchos—. Punk.

—Ah, sí. Bueno, a los 12 años fue cuando descubrí que era mi estilo. Me siento cómoda así. A las gals de aquí les suelo dar miedo cuando me ven por la calle con pantalones y camisetas rotas, creen que voy a sacarles una navaja y a hacerles daño o algo. Hay gente que no soporto, pero... sé que no por ello soy mejor o peor que los demás. ¡Oh! Recuerdo que hace años llevé un tiempo el pelo muy corto. Las gals me llamaban “chico”, pero yo iba tan fresquita.

—¿Ah, sí?—se rio—. Puedo imaginarlo, ahora lo tienes mitad largo y mitad corto. Es un corte interesante, y yo sé de esto, nena, tienes una cara...—vaciló un poco, observándola fijamente, haciendo un encuadre con sus dedos—... como la de una geisha. Eres japonesa, pero tu madre era griega, ¿verdad? Esos ojos azules seguro que los has sacado de ella, son muy bonitos.

Nakuru se sonrojó un poco.

—Raven, no me sueltes esas cosas—desvió la mirada a un lado.

—Qué vergonzosa eres con esto, ¿quién lo diría, tipa dura?—volvió a reírse, mientras se acicalaba el pelo—. No es que pretenda ligar contigo, a mí me van los chicos, y además sé que tú ya estás saliendo con una chica de nuestro curso. ¿Cuándo nos la vas a presentar a Cleven y a mí? Queremos conocerla. Tenemos que evaluar si es buena para ti.

—Raven, por favor, me da algo de vergüenza...—se inquietó.

—No te preocupes, nena, hazlo cuando te sientas más cómoda. Cleven y yo nos alegramos mucho por ti. ¿Es guapa?

—Raven...

—Vale, vale—sonrió, y se pasó una cremallera imaginaria por los labios—. Tía, ¿dónde está Cleven? Está tardando.

—La ha llamado el tutor para hablar a solas. Supongo que le reprochará su mal comienzo en el curso­—le dedicó media sonrisa cómplice, y esta suspiró con rutina.

Ambas permanecieron en los soportales, esperando a que saliera su amiga. Nakuru siguió observando la lluvia. Era una lluvia extraña, caía a trompicones. En la televisión aseguraron que hoy tenía que hacer un día soleado. Pero Nakuru sabía que esa lluvia no era producto de la naturaleza, sino de alguien que estaba triste, y se preguntó cuál de las dos únicas personas que vivían en Tokio que podían crear la lluvia sería.

Mientras tanto, en la sala de profesores, Cleven estaba sentada frente a una mesa, con los brazos caídos entre las piernas y mirando al vacío. Al otro lado de la mesa se encontraba su nuevo tutor de la clase de Segundo-A, hablándola de algo que sus oídos no eran capaces de alcanzar.

Era un hombre joven, de unos 26 años, y algo raro, por cierto. Era profesor de Inglés, pero no le suponía un gran reto, ya que él era británico. Su trabajo se concentraba más bien en impartir Historia y Física, lo que no era muy usual, que un profesor impartiese dos asignaturas tan diferentes, por lo que el hombre era un genio.

Vestía, como todos los demás profesores, con traje negro, pero había unas cuantas diferencias, como llevar la camisa blanca por fuera de los pantalones, la corbata negra desatada, dos pequeños pendientes en su oreja izquierda, pulseras de cuero trenzado en las muñecas y un anillo de plata con extraños grabados en el pulgar de la mano derecha. Por último, siempre, todo el tiempo, llevaba puestas unas gafas negras que le ocultaban los ojos, unas gafas de sol. Nunca nadie lo había visto sin ellas puestas. 

Estos artículos, como en muchos centros de educación de Japón, están prohibidos llevarlos dentro del instituto, norma dedicada a los alumnos, por lo que en un profesor resultaba un tanto más contradictorio. No obstante, los demás miembros del profesorado ya habían intentado convencerle de que se quitara dichos artículos mientras estuviese en el instituto y dar buen ejemplo a los alumnos, pero había sido inútil. A aquel hombre le gustaba llevarlos y se negaba a cumplir la norma, la cual él mismo consideraba una estupidez. Esa norma les quita su personalidad a los alumnos, cuando a esta edad la están desarrollando, decía en defensa.

Respecto a las gafas de sol, él decía que tenía las retinas muy sensibles y que su oftalmólogo le había mandado protegerlas de la luz. Nadie comentaba nada respecto a eso, pero seguía siendo raro.

Incluso su pelo no respetaba la norma. Era negro y corto, pero lo que más llamaba la atención eran aquellos dos mechones blancos que tenía en las sienes y el tercero que le salía desde su frente. Muchos pensaban que el hombre se había teñido de blanco aquellos mechones, lo que incumplía la norma de no llevar el pelo teñido ni aunque fuera un poco. Sin embargo, él había asegurado que eran canas. ¿Tan joven y con canas? Se habían preguntado sus compañeros arqueando una ceja, pero acabaron por creerle después de haberles dicho que sólo se trataba de una herencia genética.

Cualquiera diría que iba de macarra y se ponía esas cosas por capricho, pero todo tenía una razón de ser. No eran accesorios, sino amuletos y runas; no eran retinas sensibles, sino ojos diferentes, y no era tinte blanco, sino canas seculares.

Denzel Sanders, se llamaba. Aunque había quienes sabían muy bien que ese no era su verdadero apellido. Ni este su único trabajo, ni por asomo. Era nuevo. Había comenzado a trabajar en el Instituto Tohoeda desde el comienzo de aquel curso, hacía más de dos semanas. En Japón el año escolar comienza en abril, pero aquel instituto seguía otro sistema, y era después de la Navidad cuando se pasaba de curso.

Todos sus alumnos, al ir conociéndole en esos días, se habían quedado asombrados por la gran espontaneidad del hombre. Era simpático, divertido y capaz de convertir la asignatura de Historia y de Física en algo interesante en todos sus aspectos gracias a su forma de explicar las cosas. Tal vez fuera porque era muy joven y su estilo se asemejaba mucho al de los alumnos. Pero, de nuevo, era otra razón de ser, y es que él se había dedicado a la enseñanza más años que ningún otro humano en la historia.

A todo el mundo le caía muy bien. Bueno, exceptuando a la mayoría de los profesores, que no aprobaban su actitud tan poco disciplinaria hacia los alumnos, que les consentía demasiadas cosas y era demasiado comprensivo con ellos. No obstante, dada su buena experiencia en la enseñanza, la cual sus compañeros se preguntaban de dónde la había sacado siendo tan joven, pues todos los alumnos le atendían como debía ser, provocaba gran envidia en el profesorado, y gracias a sus grandes conocimientos sobre la Historia y la Física, el director del centro estaba encantado con él y sabía que era una gran oportunidad tenerlo ahí.

Pese a todo esto, Cleven no escuchaba las palabras que le estaba diciendo, sólo conseguía oír cosas como “... deberías estar más atenta en las clases...”, “... los demás profesores me piden que haga algo contigo...”, “... acabamos de empezar el curso y será mejor que arregles esto antes de que...”. No escuchaba, sólo oía. Estaba absorta, en la inopia, como siempre. Desconectaba los oídos automáticamente cuando iban a sermonearla. Ya era la tercera vez que se sentaba en esa silla mientras su tutor la sermoneaba desde que empezó el curso.

Había unos cuantos más profesores en la sala, haciendo papeleo y mirando de vez en cuando al profesor de Historia en proceso desesperado de educar a una adolescente de 16 años. También echaban vistazos hacia el otro lado de la sala, donde un chico de la misma edad corría la misma suerte, solo que quien le sermoneaba era el director, caso que se daba cuando tal alumno había hecho algo más grave que el no atender en las clases.

—... y entonces aproveché que estaba como una cuba y fui directo a ella, pensaba llevármela a mi apartamento... Qué buena estaba. Salimos del pub y fuimos a mi casa. Acto seguido le arranqué el vestido mientras la besaba, y pasó... ¡No sabía desabrochar su sujetador! Por lo que fui a la cocina a por unas tijeras y...

—¿¡Qué!?—Cleven saltó de la silla, mirando a su tutor boquiabierta.

—Por fin he conseguido llamar tu atención, me ha costado dar con un tema que te despertara—sonrió el hombre cruzándose de brazos sobre la mesa—. Lástima que en Historia, Física, Inglés y Tutoría no podamos hablar de la vida privada de las personas, ¿eh?

Cleven se quedó en silencio, recapacitando. Entendió que el hombre estaba de guasa, y le sorprendió el hecho de que hubiera usado la táctica de hablar de algo fuera de contexto y picante para llamar su atención. Frunció los labios, viendo que esa clase de temas fueran los únicos que consiguieran sacarla de sus pensamientos de golpe.

Se sentó de nuevo en la silla, lentamente, observando al hombre con detenimiento. «Este tío no es normal» pensó.

—A ver, señorita Vernoux—continuó el hombre—, resumiendo, te suplico que te esfuerces en las clases, te aseguro que si empiezas así será peor más adelante. Puede que tengas cosas importantes en las que pensar fuera de tu vida colegial, pero te pido que mientras estés aquí, te centres en los estudios, en las clases. Te quitarás un peso de encima de tu lista de problemas cotidianos, y no es tan difícil, sólo se trata de aprender cosas nuevas sobre la vida. Dedícale un poquito de importancia a los estudios, ve con calma, sin agobios, organízate...

—No me es tan fácil, profesor—protestó Cleven, apoyándose con desgana sobre el respaldo.

—¿Que no?—preguntó con cierta sorpresa—. Mírame a mí, por ejemplo: levantarme, ducharme, desayunar, dar mis clases de la mañana, comer, dar mis clases de la tarde, volver a casa, preparar las clases del día siguiente, corregir deberes o exámenes, merendar magdalenas, ver la tele o jugar al Pro Evolution Soccer, rascarme la barriguita, pensar en mis cosas, dar una vuelta, cenar...

—... quedar con una chica atractiva y lo suficientemente borracha para llevarla al catre sin problemas...—continuó Cleven, medio riendo.

—Eso ya es confidencial, señorita—sonrió el hombre.

—Vaya, pues antes me lo estabas contando con mucho entusiasmo, profesor—le dijo con una mirada pícara—. Pobre chica, seguro que ese sujetador era caro y vas tú y te lo cargas.

—¡Jajaja! ¿Crees de verdad que me pasó eso?

—Por supuesto que no—contestó, sonriéndole—. No lo creo.

—¿Y eso por qué?—preguntó, fingiendo estar ofendido.

—Porque llevas una alianza—respondió señalando el anillo dorado de su mano con un rápido movimiento—. No creo que un hombre casado haga esas cosas. Bueno, sí, hay muchos que lo hacen, pero tú no pareces ser de esos. Sólo te has inventado eso para llamarme la atención.

—Qué perspicaz—sonrió de nuevo, apoyando la cabeza en una mano.

—Pero... no entiendo una cosa, profesor—comentó, frunciendo el ceño—. En tu horario de tareas que acabas de contarme, no mencionas nada sobre tu esposa.

—Anda, ¿y eso qué te hace pensar?—le preguntó, arqueando una ceja.

—Pues... o que no haces nada con tu mujer en todo el día, o que llevas la alianza por gusto. ¿Cuál de las dos razones es correcta?

—No has mencionado la tercera razón.

Cleven levantó la vista hacia él rápidamente. Al principio no entendió lo que quería decir, pero aquella respuesta había sonado con mucho abatimiento, y el tutor intentaba disimularlo con aquella expresión risueña de siempre. Cleven sospechó cuál debía de ser la tercera razón, que ya no había esposa, en ninguna parte, pero no quiso comentar nada más.

El hombre sonreía, como si nada, natural y sereno. Miraba los jardines del recinto a través de la ventana, también sin comentar nada más. Si no tuviese las gafas puestas, Cleven juraría que vería en sus ojos algo totalmente contrario a lo que representa una sonrisa. Sin embargo, no estaba completamente segura de cuál era la tercera razón, que podían ser varias, por lo que decidió no dar conclusiones demasiado rápido.

El momento de silencio duró hasta que los dos vieron por el rabillo del ojo al director Suzuki acercándose a ellos. Su charla con el otro chico había acabado y este se estaba poniendo el abrigo y cogiendo su mochila para irse. Por un momento, Cleven, no supo por qué, se quedó mirando a aquel chaval al otro lado de la sala, pero él se puso la capucha de su sudadera, ocultándose la cara y se marchó, pasando desapercibido entre todo el mundo. Se vio a sí misma en la inopia de nuevo, observando la puerta por donde había salido el chico, hasta que algo la sobresaltó de golpe.

—¡Como no vuelvas a prestar atención en las clases tendré que castigarte, incluso llamaré a tus padres para contarles lo mal que se porta su hija, te lo aseguro!—exclamó Denzel.

Su tutor la estaba gritando. Aquel hombre con el que acababa de entablar una conversación tan extraña la estaba riñendo de mala manera, parecía uno de esos viejos profesores amargados que desahogaban la desgraciada vida que tenían en los alumnos, como Cleven decía. Se quedó sin habla, no entendía qué estaba pasando.

—¡Tienes que estudiar a diario y hacer tus tareas, además de atender en clase! ¿Me has oído?—continuó su tutor señalándola con un dedo amenazador, encolerizado—. ¡Si no, te mandaré el doble de deberes! ¡Como no mejores tu comportamiento, te las verás conmigo!

—¡Sí señor, sí señor! Ya lo has oído, jovencita—asintió el director Suzuki.

Cleven se dio cuenta de pronto de que el viejo director estaba de pie junto a ellos, con una expresión orgullosa en su rostro, observando cómo el tutor de la clase 2-A ejercía su trabajo. Cleven pudo cerrar la boca por fin, saliendo de su asombro.

Había algo que muy pocos alumnos sabían sobre el director Seiji Suzuki, y es que en el lado derecho de su coronilla, medio oculta bajo una calva incipiente, había una alargada cicatriz de doce puntos. Los alumnos rumoreaban varias historias sobre ella, y la más popular era que un alumno rebelde se la hizo tirándole una botella a la cabeza. Claro, ¿qué sino? El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, evidentemente porque se dedicaba a imponer normas, a castigar y a cortar el rollo, y por eso merecía un botellazo en la cabeza, ¿verdad?

Bueno. Una vez más, las cosas no eran como aparentaban. El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, por haber creado con sus propias manos un centro de enseñanza que acogía a cualquier persona, fuera de la raza, del país o de la clase social que fuera; por dedicarse a mostrarles a los ilusos jóvenes cómo era el mundo real al que algún día se enfrentarían; por asegurarse de que todos pudieran labrarse un futuro sin que las universidades los juzgaran por su nivel intelectual o su nivel de renta.

Era un cascarrabias, insoportable e idiota, por dejar que un miembro de la Yakuza le partiera la cabeza con una barra de metal hace diez años para salvar la vida de una niña pequeña.

—Obedece a tu tutor y compórtate como es debido, señorita Vernoux—añadió el viejo director y dirigió su mirada hacia el hombre—. Muy bien, Denzel, así se hace, me tranquiliza saber que usted puede disciplinar a estos alborotadores como es debido. Ojalá hubiese más profesores como usted, con la fuerza suficiente para poner orden entre sus alumnos. Buenas tardes.

El director dio media vuelta, con las manos cogidas tras la espalda y salió como un soldado de la sala, perdiéndose de vista, seguido de los demás profesores que ya habían acabado con sus papeleos. Sólo quedaban ellos dos en la sala y un profesor que estaba a punto de marcharse, y mientras este recogía su cartera, no paraba de lanzarle miradas inquisitivas a Denzel, con recelo. Denzel fue consciente de ello.

—Muy bien, señorita Vernoux—dijo, poniéndose en pie e indicándole a su alumna, la cual seguía sin entender qué estaba pasando, que hiciera lo mismo—, ya hemos acabado, espero haberte dejado claro lo que te he dicho. —Su tono seguía siendo estricto y cargado de malas pulgas; la acompañó hacia la puerta y se detuvieron ante ella para dejar que el otro profesor saliese primero—. Si das más problemas tendré que castigarte y... y…

Se calló al instante, justo cuando el otro profesor se había perdido de vista y quedaban ellos dos solos en la sala. Denzel suspiró con cansancio. Cleven estaba muy confusa y contemplaba a su tutor, el cual le sacaba dos cabezas, con el ceño fruncido.

—Ah, ¿qué pasa?—preguntó Denzel al verla así—. Te has quedado tiesa, ¿estás bien?

Cleven sacudió levemente la cabeza, volviendo a la realidad, y lo miró con cierto enfado.

—¿Por qué me has gritado de esa manera, así, de repente?

—¡Oh, perdona!—rio el hombre a carcajada limpia—. No iba en serio, de verdad, es que quiero que el director me aumente el sueldo. —Cleven se quedó estupefacta—. Entiéndelo, debo actuar como él espera, ya sabes, para caerle bien y eso... Pero en realidad no soy así.

—No, si ya me he dado cuenta.

—Sí, oye, pero no se lo digas a nadie.

—Eres raro—le espetó—. ¿De verdad eres un profe?

—Vernoux—le sonrió, llevándose su cartera al hombro—. Lo que te he dicho sobre que atiendas en clase y que estudies iba en serio. La vida es complicada, hay muchas cosas malas en ella, difíciles de superar. Estudiar y aprobar es una obligación, no tiene remedio. No hagas que estas dos cosas se comparen con los reales problemas de la vida, no las asocies con tu vida fuera de las clases. El instituto es un problema muy fácil de superar, hazlo, y podrás ocuparte de los demás. Te juro que si estudias no te arrepentirás, es la base fundamental para que puedas tener la vida que deseas, ya sabes, trabajar en lo que te guste y que no te falte pan en la mesa.

—Me estás sermoneando—protestó.

—Te estoy aconsejando—le corrigió—. Apenas te conozco de hace un par de semanas. —«En realidad, te conozco desde que naciste» pensó para sí con cierta nostalgia—. Al igual que a tus compañeros. Pero créeme, sé de lo que hablo. En verdad puedes hacer lo que te dé la gana, pero no viene mal saber experiencias o consejos de otras personas para facilitar tus decisiones sobre lo que vas a hacer o no.

Cleven miró al suelo, cansada, aunque reflexiva. Por un lado sentía que era lo de siempre, un adulto informándola de cómo se deben hacer las cosas, pero por otro sentía que lo que acababa de oír merecía la pena tenerlo en cuenta.

—Me voy, tengo prisa—declaró Denzel, saliendo por la puerta mientras echaba un vistazo a su reloj.

—¿Prisa para hacer tus deberes de profesor?—preguntó Cleven asomándose al pasillo, sonriendo.

—¡Qué va! ¡Me van a cerrar la panadería y me voy a quedar sin mis ensaimadas para el desayuno!—respondió, alejándose por el pasillo a todo correr—. ¿Cómo es? Au revu!

—¡Se dice au revoir!—se rio Cleven.

Cleven sonrió. La verdad que ese hombre le resultaba muy extraño, por su forma de comportarse, su forma de llevar la contraria a los demás profesores a escondidas, su forma de vestir... Agradecía que fuera él su tutor durante este curso y no otro de esos amargados viejos. Lo cierto es que había pocas personas en ese mundo con las que contar.

—Siento haber tardado—se disculpó al ver que sus dos amigas la habían estado esperando, y las tres emprendieron la marcha, cobijadas bajo el paraguas de Cleven.

—¿Qué? ¿Ha sido un pesado?—preguntó Nakuru mirando a su amiga.

—No... Bueno, sí, pero nada. Lo de siempre—contestó. No le apetecía detallar todo lo que había pasado, con decir “lo de siempre” sus amigas ya entendían y no comentaban nada más al respecto.

La tarde estaba realmente gris, tanto en el cielo como en la tierra. En las calles corría la misma rutina de siempre. La gente iba con sus paraguas, en silencio, y algunos aventurados caminaban bajo la lluvia como si estuviesen dando un paseo. Sólo se oían los coches, formando el tráfico a medida que se adentraban en Shibuya y salpicando el agua acumulada en charcos de la carretera. En Shibuya había mucha gente por las calles, lo que daba un poco más de animación a aquella grisácea tarde.

—Oye, ¿os apuntáis a ver una peli en mi casa? No tenemos muchos deberes—propuso Raven cuando se detuvieron en un semáforo en rojo.

—Lo siento, ya he quedado—dijo Nakuru desviando la mirada.

—¿Con quién?—quiso saber Raven, mirándola con interés—. ¿Con Álex?

—Sí—contestó con naturalidad, aunque resurgió esa vergüenza, como antes.

—Ella está en la clase B, ¿no?—recordó Cleven—. Lástima que no la hayan puesto en nuestra clase, es muy maja, según lo que nos cuentas de ella.

—Bueno, ¿qué?—sonrió Raven sin apartar una mirada ansiosa de su amiga—. ¿Es sólo quedar... o es más bien una cita?

—Supongo que una cita—Nakuru se encogió de hombros.

—Te gusta Álex, ¿verdad?—sonrió Cleven arqueando una ceja, mientras cruzaban el paso de cebra.

—Pues sí, la verdad es que sí—se ruborizó Nakuru—. Espero que salga bien. ¡Bueno, ya está! No quiero hablar de esto, ya sabéis que me da corte.

Cleven y Raven rieron por lo bajo al ver la incomodidad de su amiga.

Nakuru era homosexual. Era una chica con un atractivo particular, tenía el pelo oscuro y largo, con un corte extraño. Sus ojos eran de color azul y tenía una sonrisa con hoyuelos, la cual no solía mostrar muy a menudo. Generalmente era seria y tranquila, aparentemente pesimista, pero sólo aparentemente. Adoraba la rutina, los días de lluvia y las canciones tristes. Era una chica increíblemente lista, llevaba los estudios sin problemas y no había nada ni nadie que pudiera engañarla.

Muy buena persona, pensaba Cleven. Ella y Nakuru eran amigas íntimas desde la infancia. Al comenzar el instituto, el año pasado, se les unió Raven, que venía de Estados Unidos con sus padres por el trabajo de estos.

En ese momento, justo cuando iban a llegar al otro lado de la acera, las sobresaltó el ruido de un frenazo de coche. Las tres saltaron a un lado, asustadas, evitando que el coche las tocara, el cual se había parado en mitad del paso de cebra.

—¡Eh, capullo, ten cuidado!—exclamó Cleven de mala gana, haciéndole un corte de manga al conductor.

—¡Eso, capollo!—la imitó Raven, pero, una vez más, arrugó el ceño—. ¿Lo he pronunciado bien?

—Quitaos de en medio—les dijo el conductor por la ventana medio abierta, sin levantar el tono, pero con una voz tan fría que a Cleven y a Raven se les encogió el alma por un momento. Apenas podían verlo por el reflejo del cristal.

—¡Pues no nos da la gana ahora, idiota! ¡Casi nos matas!—replicó Cleven pegando un manotazo en el capó, y Raven fue a imitarla, pero Nakuru agarró los brazos de ambas y las arrastró hasta la acera pacientemente.

En una fracción de segundo, Nakuru volvió la vista hacia atrás. Miró al chico rubio que conducía el coche haciéndole un discreto gesto de saludo, y él la miró a ella respondiendo con el mismo gesto, sin cambiar su expresión fría de la cara mientras se marchaba calle arriba. Nakuru no quería que sus amigas supiesen que conocía muy bien, desde hacía años, a ese chico que había estado a punto de atropellarlas.

—¿Has visto ese?—decía Cleven, aún enfadada por el susto que se habían llevado, sacudiéndose la falda del uniforme.

—Sí, ¿pero no te has fijado?—sonrió Raven con entusiasmo, dando saltitos—. ¡Estaba como un queso gouda, tía! ¿¡No has visto lo superguapo que era!? ¡Me he enamorado a primera vista!

—¿De quién? ¿Del que ha estado a punto de matarnos?

—En realidad es culpa nuestra, el semáforo ya se había puesto en rojo—dijo Nakuru, aportando su opinión racional como siempre.

—Me da igual—masculló Cleven.

—Era guapísimo...—seguía diciendo Raven—. ¿Será modelo? ¡Y qué rubio!

—No creo que sea para tanto—saltó Cleven, molesta.

—No lo has visto, ¿verdad? No te has fijado en su cara—le sonrió Raven.

—Pues no—contestó indiferente—. Con el parabrisas mojado no veía nada.

—¿Y tú, Nakuru? ¿Lo has visto?

—Sí, pero ya sabéis que no me van esas cosas—suspiró—. Bueno, os dejo que voy a llegar tarde. Hasta mañana.

—Hasta mañana—se despidió Cleven.

—¡Que te vaya bien! ¡Mañana nos cuentas!—exclamó Raven mientras se alejaba calle abajo y seguidamente se volvió hacia Cleven—. ¿Tú puedes venir?

—Lo siento, también tengo una cita.

—¿Con Kaoru?—adivinó—. Bueno, entonces te dejo, yo me voy a la peluquería con mi madre, no veas qué ofertas. Hasta mañana, que te vaya bien.

—Gracias, hasta mañana—sonrió Cleven, quedándose sola con su paraguas en mitad de la calle.

Repentinamente soltó un suspiro y caminó lentamente por la calle. Había quedado en Shibuya con Kaoru, no había especificado dónde exactamente, pero ya se encontrarían.

Últimamente se sentía rara, se sentía demasiado despistada, y no sabía muy bien por qué. En los últimos tres días notaba que no era ella misma, extravagante, inquieta, charlatana y alegre. Ahora, más bien, se veía demasiado callada, se distraía fácilmente, se le iba la mente a otro lugar... Empezaba a sospechar que se trataba de Kaoru.

Habían empezado a salir desde que empezó el curso. Ya se conocían del año pasado, estaban en la misma clase, pero no solían tratarse, hasta que el primer día de clase de este curso, en el que Cleven había descubierto que Kaoru estaba en la 2-B y no en la suya, este se le acercó en el recreo y le había pedido salir después de charlar un rato a solas, siendo espiados por Nakuru y por Raven a lo lejos. Cleven había aceptado a la primera, sin poder creérselo.

Kaoru era uno de los chicos más populares del instituto, atractivo, alto, buen estudiante y deportista... Tenía fama de haber salido con un montón de chicas, tenía éxito entre ellas. Y Cleven, que se derretía a la primera ante un chico así, conocido o desconocido, dijo que sí a su proposición.

Esas dos semanas saliendo juntos habían sido maravillosas, ella no se despegaba de él cuando caminaban por las calles, se quedaba embobada mirándolo y trataba de abrazarlo constantemente y robarle un beso cada dos por tres; y él otra de lo mismo, solo que no iba embobado con Cleven. Había salido con tantas chicas que ya se comportaba como el no-va-más.

Cleven pensaba que se había enamorado de él y que no podía ser más afortunada, pero justo en este momento, pisando el suelo mojado y envuelta en el ruido de las gotas de la lluvia chocando contra su paraguas, se preguntó por primera vez si Kaoru iba en serio con ella o se trataba de una más en el bote. Se percató de que, hasta entonces, había estado demasiado absorta con su novio, con la guardia demasiado baja, dejando pasar por alto importantes detalles.

Nunca se habían parado a hablar de las cosas, de su relación, sólo se habían dedicado a pasear muy pegaditos y a besarse, a acariciarse, a tomar algo en una cafetería mirándose sin decir nada...

La joven se preguntó si de verdad en eso consistía una relación. Y debería saberlo, porque Cleven no se quedaba corta, también había salido con varios. Tenía mucho éxito entre los chicos –que no suerte–, pues a muchos les atraía el hecho de que fuera mitad francesa. Algunas relaciones habían sido normales, otras sólo se trataban de rollos a corto plazo, y otras Cleven no se las tomaba en serio porque el chico no era de su tipo.

Todas sus antiguas relaciones nunca duraron mucho y nunca terminaron bien, y no era por ella. Siempre por dos razones: una, ellos no eran buenas personas con buenas intenciones y la cosa dejaba de funcionar por sí sola; y dos, aunque fueran medianamente buenos con aparentes buenas intenciones, el padre de Cleven terminaba espantándolos. Se le daba muy pero que muy bien. Y su padre se defendía diciendo que todos eran malos para ella. Y, tal vez, podía llegar a tener razón, porque esa mala suerte que Cleven tenía con los chicos se debía, para empezar, a su completa pero comprensiva ignorancia joven, que hacía que le atrajesen los más inadecuados dejándose engañar por sus caras bonitas.

Hoy en día, ella empezaba a pensar que su visión en realidad era muy escasa. Sentía que se estaba perdiendo todo un mundo más allá de esos chicos tan comunes que sólo pensaban en una cosa; que no todas las personas eran tan iguales. Y que ella aún era demasiado joven para quitarse la venda de los ojos. Hubo un tiempo, muy lejano, en que a Cleven todavía no le preocupaban los temas de los chicos, del instituto, de las fiestas... Un tiempo lejano en el que le importaban las vidas de todas las personas; un tiempo en que se dedicaba a salvarlas de problemas reales; un tiempo que no recordaba.

—Al fin te encuentro—oyó una voz tras ella y se volvió como el rayo, sorprendida.

Antes de que pudiera decir nada, sus labios quedaron sellados por un largo beso de Kaoru, mientras la abrazaba por la cintura. Cuando se separaron, Cleven le sonrió como una tonta, pues el beso la había dejado así.

—¿Dónde te habías metido? Después de las clases te vi saliendo a todo correr del instituto—le dijo al chico.

—Ah, no, es que había quedado con Hiroshi, del Instituto Jouda, para devolverle unos videojuegos que me había prestado y que los quería enseguida...

—Ahm...—entendió, y lo cogió de la mano, mirándolo con una sonrisa cariñosa—. Estás muy guapo con el pelo mojado.

—¿Sí?—preguntó, tocándose su pelo castaño, ensimismado—. No sé si debería dejar que se moje, se me puede estropear. Creo que no realza mi cara como es debido.

—Estás muy bien—le repitió Cleven, suspirando.

—Oye, no puedo quedarme mucho tiempo, tengo que estar dentro de media hora en el instituto para una reunión con los del equipo de fútbol.

—¿Otra vez?—preguntó desanimada—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Me lo acaban de comunicar, lo siento, de verdad, la próxima vez nos vamos a tomar algo, ¿vale?

—Está bien—resopló, con media sonrisa en la cara—. El insti está a quince minutos de aquí, ¿por qué no dedicamos los otros quince despidiéndonos?

—Hm...—sonrió Kaoru abrazándola más y pegando su cuerpo al de ella—. Claro, nena.

Sus labios volvieron a unirse, una y otra vez, mientras Cleven cerraba el paraguas, lo guardaba y lo abrazaba por el cuello. Ya había dejado de llover, y los dos permanecieron ahí, a un lado de la calle, bajo un árbol, siendo observados brevemente por la gente que pasaba. Kaoru recorría con sus manos la cintura y la espalda de Cleven mientras ella le revolvía el pelo y le acariciaba las mejillas.

Así fueron pasando los minutos, y a cada uno Kaoru dirigía sus manos cada vez más cerca del trasero de Cleven. Parecía ansioso por ir al grano, pero ella ya le había pedido que no hiciera eso mientras estuviesen en público, por lo que intentaba disimular e ir poco a poco a ver si caía.

Mientras tanto, en la acera opuesta, bastante distanciada de la otra, se alzaba uno de los muchos rascacielos que recorrían la calle, un poco lejos de la zona central de Shibuya. Era un edificio de oficinas, una empresa muy importante de Tokio de tecnología industrial y de telecomunicaciones. Era una multinacional de gran prestigio, que tenía más empresas repartidas por casi todo el mundo: la Multinacional Hoteitsuba, fundada por un parisino llamado Neuval Vernoux, uno de los mejores ingenieros industriales y de telecomunicaciones del mundo.

En ese mismo momento, salían del enorme edificio dos hombres trajeados, muy elegantes, portando sus distinguidas carteras. Uno de ellos era Kei Lian Lao, un viejo de unos 67 años, de pelo blanco en punta y ojos negros como el azabache, y era el vicepresidente de la multinacional. Un hombre importante, pero no tanto como el que iba a su lado.

El otro era más joven, de unos 45 años. Sin embargo, aparentaba muchos menos. Tenía el pelo castaño claro, repeinado hacia atrás, y sus ojos eran grises claros. Se trataba nada más y nada menos que del presidente de la multinacional, el puesto más alto de la pirámide, por lo que se veía que era un hombre muy adinerado. Podían salirle yenes por las orejas. Neuval Vernoux… Para la vista de algunos, esos dos no eran más que unos viejos ricachones y pedantes, tan trajeados y repeinados, tan distinguidos, tan señoritos... Aunque el vicepresidente no era lo que aparentaba.

—¿Una copita antes de irse a casa, jefe?—preguntó mientras andaban por la calle.

—Lao, no he salido pronto para tomarme una copita, tengo trabajo en casa que hacer—contestó el presidente.

—Neuval, últimamente trabajas demasiado, deberías tomártelo con más calma.

—Cumplo con mis obligaciones, Lao, eres tú el que se toma la vida con demasiada calma—replicó cansado—. He de preparar cinco reuniones para esta semana y revisar media centena de informes.

—Yo también tengo mucho trabajo que hacer, ¿eh?—sonrió—. Pero yo no dejo que el trabajo me domine de la misma manera que a ti.

—Te cambio el puesto, entonces—le dijo mirándolo a la cara.

—No, gracias—contestó el viejo Lao rápidamente, rindiéndose—. ¿Y Hana? ¿Se ha quedado en la oficina?

—Sí, acabando unos artículos.

—Entonces vas a estar solo en casa.

—No, mis hijos ya deben de estar ahí, hace rato que acabaron sus clases—Neuval miró su reloj, apresurándose para llegar pronto a casa y ponerse a trabajar.

—Ah, esos dos—sonrió el viejo Lao con nostalgia, meciéndose su blanca barba corta—. Hace tiempo que no los veo. Yenkis es un chaval estupendo, vaya granujilla, y la alocada y avispada de...

—¡Cleventine!—exclamó Neuval de pronto, parándose en seco en mitad de la acera, con la vista clavada en el otro lado de la calle.

Lao se detuvo, sorprendido, y lo miró con extrañeza.

—No hace falta que me grites, ya sé cómo se llama tu hija—se cruzó de brazos, molesto.

—¿¡Qué hace!?

Lao se dio cuenta de que no estaba hablando con él y miró hacia el mismo sitio. Abrió los ojos como platos al reconocer a esa joven de pelo corto rojo oscuro, dándose el lote con un chico, el cual se había salido con la suya y ya le estaba tocando el trasero a Cleven. El viejo Lao miró a Neuval por el rabillo del ojo, en tensión. «Uy... qué faena...» pensó.

—¿¡Qué hace, qué hace!?—volvió a decir Neuval, sin salir de su asombro, dispuesto a saltar a la carretera para ir directo hacia la parejita, sin preocuparse por los coches que pasaban.

—¿¡Qué haces tú, Neuval, te has vuelto loco!?—saltó el viejo Lao agarrándole por el brazo, evitando el suicidio imprevisto de su jefe.

—¡Suéltame, Lao!—se enfadó Neuval sin apartar la vista de los dos jóvenes, intentando liberarse el brazo aferrado para salir de nuevo directo a la otra acera—. ¡Ya ha llegado muy lejos! ¡Se la ha ganado! ¡No puedo creerlo! ¡Le voy a decir cuatro cosas a esa niña!

—Jefe, jefe—le intentó tranquilizar—. ¿De qué te sorprendes? Cleventine ya es mayorcita, es normal que a su edad empiece a estar con chicos.

—¡Pero si sólo tiene 16 años, no es más que una cría!—replicó, hecho una furia.

—Para ti lo será todavía, pero ese chico no parece opinar como tú—dijo el viejo, observando la escena al otro lado de la acera—. Eh, ¿ese no es Kaoru?—se rio.

—¡Sí, es él! ¡Razón de más para ir allí y separarlo de…!

—Vaya manos más largas tiene el chaval...

—¡Kei Lian!—saltó Neuval, esta vez mirándolo a él con horror. Sólo lo llamaba por su nombre cuando estaba enfadado con él.

—Lo siento, Neuval, pero es verdad—sonrió con calma—. Tranquilízate, hombre, esto es muy normal entre los jóvenes. ¿Tengo que recordarte que tú...?

—Kei Lian—le interrumpió, serio.

—Vete a casa, Neuval, no vayas a montarle el numerito a Cleventine ahora que está ocupada. Luego ya en casita le dices lo que sea, pero ahora déjala en paz, por favor—le pidió mientras tiraba de él calle arriba, en dirección a un parking, donde tenían aparcados sus coches.

—Pero...—Neuval cedió a la petición del viejo, aunque para ello necesita seguir estando amarrado de su amigo, pues no dejaba de mirar a su hija a lo lejos y Lao no se atrevía a soltarle de momento.

 

* * * *

 

Los dos se separaron tras un largo rato, aunque para Cleven había sido muy breve. Se miraron a los ojos, cogidos de la mano, sonriéndose.

—Nos vemos mañana—le susurró Kaoru con palabras cariñosas, le dio un beso en la mejilla y, dando media vuelta, se marchó en dirección al instituto.

Cleven le siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Suspiró, permaneciendo un rato parada en el sitio, y bajó la vista al suelo. Se sentía extraña, sentía que algo raro pasaba. Intuía que algo no iba bien en aquella relación, era un presentimiento, pero no sabría decir si se trataba de ella o de Kaoru.

Necesitaba hablarlo con alguien, necesitaba contarle a alguien lo que sentía, estaba confusa. Pensó en Raven y en Nakuru, sin embargo, sabía de sobra que ellas le dirían que si no estaba segura o que si tenía alguna duda con respecto a su relación, lo dejase, cortara enseguida y que dejase de comerse el coco.

De lo que Cleven no estaba segura era de dejar a Kaoru o no. Era un chico que lo tenía todo, popularidad, belleza, buen estudiante, deportista, cariñoso... Todo el mundo quería estar con él, todos le reclamaban. Y ella, por primera vez en aquellas dos semanas se preguntaba si de verdad era eso lo que quería de Kaoru. ¿Qué buscaba ella realmente en un chico? Se sintió una estúpida al verse incapaz a estas alturas de responder a esa pregunta.

Un tiempo, muy lejano, en el que ella ya encontró a alguien, alguien que la acompañaba por las lindes entre la vida y la muerte.

Dio media vuelta y bajó las escaleras hacia el metro para volver a casa. Los andenes estaban abarrotados de gente, como siempre. Esperó a que llegara el tren entre toda la masa de gente. Una más. Eso es lo que era, una persona más de entre millones, tan insignificante y normal como todas las demás.

Muchas veces había soñado con ser algo más que eso. A veces deseaba ser más de lo que era. Es como un deseo de volver a ser algo que ya fue una vez y había olvidado, y una recóndita parte de ella lo echaba de menos. A diferencia de Nakuru, Cleven odiaba la rutina. Le parecía tan aburrida, tan repetitiva, siempre lo mismo, una y otra vez... ¿Por qué no me puede pasar algo emocionante algún día, emocionante de verdad?, se preguntaba de vez en cuando.

Pero, ¿qué era lo suficientemente emocionante para ella? Las cosas nuevas. Había empezado un nuevo curso, un nuevo año, con nuevos compañeros de clase, un nuevo tutor a tener en cuenta –porque no era normal–, una nueva relación amorosa con un nuevo chico... No. No era capaz de considerar todo eso como algo emocionante. Lo seguía viendo dentro de la rutina. ¿Qué era, entonces, lo que esperaba que sucediese?

Se sentía vacía, desde hace siete años, desde que murió su madre. No sabía por qué. Ella quería a su madre, y ya decidió firmemente que viviría la vida por ella. Pero sentía que, aparte de su madre, algo dentro de ella también se fue lejos. Algo, quizá, sobrenatural.

Cuando llegó el tren, se apresuró a entrar de las primeras para coger sitio. Lo consiguió, y no como la gran mayoría de la gente, que se quedaron sin silla y tuvieron que permanecer de pie, sujetos a los barrotes. Tal vez su suerte se debía a que era muy ágil moviéndose. Justo cuando fue a apoyar el trasero en la silla, vio por el rabillo del ojo que otra persona hacía lo mismo al mismo tiempo, en la silla de al lado, la que aún quedaba libre.

Cleven giró la cabeza por un momento para ver quién se había sentado a su lado, y se quedó algo abstraída. Era ese chico, el que había visto en la sala de profesores. Seguía teniendo la capucha de su sudadera puesta, bajo un abrigo negro lleno de cremalleras. Sólo se le veía la cara de nariz para abajo, y a Cleven no se le ocurrió otra cosa que fijarse en sus labios. Se vio a sí misma ruborizándose, y apartó la mirada. Le sonaba de algo. Si no tuviese la capucha puesta seguro que lo reconocería de algo. De repente hacía mucho calor.

Las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha. Comenzó a oírse a la gente charlar tranquilamente. El vagón estaba muy lleno, pero como Cleven se baja casi en la última parada, no le preocupó el hecho de que no pudiera salir del tren entre tanta gente. El trayecto transcurrió tan normal como todos los días.

De vez en cuando se atrevía a mirar de reojo al chico que tenía al lado. Estaba muy quieto, de brazos cruzados y en silencio, casi tumbado en la silla e indiferente. Parecía muy serio, y pensó que tal vez se debía a la charla que el director le había dado esa tarde. Era normal, escuchar al director era insufrible.

Dirigió la vista discretamente hacia abajo, entre los pies del muchacho, y vio ahí, en el suelo, la mochila de este. «¡Ah, ya caigo!» pensó. Había reconocido esa mochila negra, llena de pintadas con típex, llaveros colgando... «Este tío es de mi clase» recordó. En efecto, se acordaba de él, vagamente. Era nuevo en su clase, y no pudo afirmar si era nuevo en el instituto o había estado antes en otra clase de su mismo curso. No recordaba haberlo visto antaño, por lo que supuso que sí, era nuevo en el instituto. Intentó recordar su nombre, mencionado el primer día de clase junto con los de los otros nuevos alumnos.

Cleven miró hacia otro lado, pensativa, lo tenía en la punta de la lengua. El chico, a su vez, miró hacia el lado contrario, pasivo. Así fueron pasando los minutos, y las paradas. Cada vez el vagón estaba más vacío, y Cleven seguía mirando hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, como si fuera a encontrar el nombre que estaba buscando escrito en las paredes, techo y suelo del vagón. Lo sabía, juraría que sabía el nombre. Se mordió la lengua y cerró los ojos. Por un momento se sintió estúpida, ensimismada por recordar un simple nombre de un simple chico de su clase, pero entonces...

—¡Ah, Kyosuke!—exclamó de tal manera, dándose un puñetazo en la palma de la mano, que todos los presentes en el vagón se la quedaron mirando.

Cleven giró la cabeza hacia su derecha rápidamente y se cruzó con la mirada del muchacho clavada en ella, aunque seguía de brazos cruzados. Había acertado, había pronunciado su nombre, y se sintió avergonzada de haberlo proclamado a los cuatro vientos de aquella manera. Seguro que lo había asustado, porque el chico no desviaba la vista.

Cleven fue a mirar a otro lado, como si no hubiese pasado nada, pero no pudo. Se quedó observándole, sin poder reaccionar. Los ojos del chaval estaban fijos en ella, podía sentirlo, aunque estaban sumergidos en la sombra, bajo la capucha. No obstante, la luz del vagón, según pudo divisar, se reflejaba en su ojo derecho, desprendiendo un diminuto brillo blanco, pero no en el izquierdo. Se extrañó, porque adivinó que el otro ojo lo tenía cerrado. Aquel hecho le resultó familiar: el ojo izquierdo guiñado en la oscuridad.

No pudo resolver ese enigma, pues el vagón se paró en la siguiente parada y el chico volvió la cabeza hacia atrás en una fracción de segundo, observando el andén, afuera, como si hubiese explotado una bomba al lado. Se había sobresaltado, Cleven podía notar que estaba en tensión.

Confusa, miró hacia el mismo sitio, y a través del ventanal percibió, en las escaleras que bajaban al andén, a un grupo de hombres vestidos enteramente de negro, con los rostros ocultos bajo capuchas y tras los cuellos altos de sus gabardinas, bajando las escaleras a toda velocidad con una agilidad asombrosa.

Fue entonces cuando vio que el chico, Kyosuke, cogía su mochila rápidamente, se puso en pie de un salto y salió disparado por la puerta opuesta del vagón, perdiéndose de vista escaleras arriba del otro andén. Cleven, con un nudo en la garganta, vio a ese grupo de hombres, media docena de ellos, entrar en el vagón y salir por el otro lado tan rápido que parecían sombras. Vio cómo seguían el mismo camino que había cogido el muchacho para salir del metro. Tenía toda la pinta de ser una persecución, y Cleven se preguntó si estarían rodando alguna película de acción cerca o si había sido algo completamente real.

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