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Cómo me enamoré de Jungkook. por BolaZ

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Jamás podría haberse imaginado que una noticia así la dejara tan destrozada y desilusionada. Se trataba de su futuro y siempre había deseado cursar uno de aquellos estudios de postgrado, conocidos como máster, en el fabuloso barrio de Manhattan. Lo había soñado desde que empezó su carrera de Comunicación Audiovisual: producir contenido acerca de modelos, de grandes marcas de moda, de grandes celebridades. Sin embargo, aunque era un sueño que deseaba cumplir con ganas, tendría que esperar un poco más.

Aquella mañana de junio se había levantado con ilusión, pero al encender su ordenador portátil y ver que su solicitud al Máster de contenido audiovisual en la Universidad de Nueva York había sido denegada. Estaba claro que ella no era una de las mejores estudiantes, pero había trabajado duro para conseguir esa oportunidad, para tratar de entrar en ese mundillo. Su nota media rondaba el 8,5, no estaba mal, pero desde Manhattan exigían más y más. Sin embargo, un poco más abajo estaban las otras solicitudes que había echado como plan B, C, D e incluso E. La B era la ciudad de París, también denegada; la C, Milán; la D, Londres; todas ellas con una cruz en roja que le indicaban que no había sido admitida.

Pero la E… la E era uno de aquellos destinos con los cuales no había soñado. Ni tan siquiera conocía algo de aquel país oriental, tan solo que hablaban un idioma que ella no lograría aprender nunca. Corea del Sur, la República de Corea, para diferenciarla del régimen norcoreano. Aquello sí lo había aprendido en sus clases de Historia. Al parecer, ahora debería conocer un poco más acerca de aquel destino al cual se dirigiría en cuestión de dos meses.

Bajó de su habitación un poco desanimada, pero su madre la esperaba con un gran desayuno en la mesa.

—    ¿Y bien?— preguntó Joana, su madre, insistiendo con aquella sonrisa nerviosa.

—    Nada, que me voy a Corea del Sur— dijo Lucía, tomando asiento y visualizando aquella taza de café y las tostadas con aceite y sal—. No me han cogido ni en Nueva York, ni en París, ni en Londres, ni en Milán… pero sí en Corea del Sur.

—    ¿Corea del Sur?— dijo su madre, de ojos verdes oscuros y cabellos rubios, de melena corta, pero con volumen—. Eso está… está muy lejos, ¿no?

—    A unas cuantas horas, sí— dijo Lucía, dándole un bocado a la tostada—. No me lo esperaba para nada— suspiró la joven de veintidós años.

—    Tal vez al año que viene puedes volver a intentarlo, Nueva York era tu sueño, no debes desistir— inquirió su madre, intentando animarla.

—    No voy a pasarme un año sin hacer nada…

—    Puedes buscar trabajo. Es una buena opción— dijo su madre—. Es un año, no pasa nada.

—    Lo consultaré con la almohada…— dijo Lucía, cogiendo ahora la taza de café e iniciando una conversación totalmente opuesta, en un intento por olvidarse de que le habían destrozado su sueño en cuestión de segundos.

La mañana no fue del todo bien, ni siquiera la tarde. Su padre llegó, preguntando, pero a Lucía no le apetecía para nada hablar de aquello, por lo que se metió en su habitación a buscar información acerca de ese país. Se sorprendió mucho al ver aquellas calles, aquellas luces, sobre todo en la ciudad a la cual la habían destinado: Seúl. La gente parecía muy moderna, con tendencias top, por lo que empezó a plantearse la posibilidad de largarse de España y aterrizar en Corea del Sur. Su sueño siempre había sido ese, producir contenido de moda, de fama, ¿por qué tenía que detenerse ahora? Tal vez, Seúl era su primera parada antes de llegar a grandes lugares como París o Nueva York. Tal vez, debía darle una oportunidad.

Por la tarde, tras levantarse de la siesta, cogió el móvil. Abrió el chat del grupo de sus amigas y escribió: en agosto me voy a Seúl. Me han dado plaza allí. Obviamente, sus amigas, escandalizadas, empezaron a preguntarle todo acerca de por qué se iba allí, que si era muy lejos. Sin embargo, al final, comprendieron que el sueño de su amiga no tenía límite de kilómetros y que debía ir a por todas, incluso allí, en el extremo oriente.

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Era finales de julio y ya había encontrado un pequeño piso en el centro de Seúl, un poco caro, pero al fin y al cabo quería conocer aquella cultura coreana de la cual desconocía completamente todo. El piso era de estudiantes, lo había encontrado gracias a una página de Internet que se encargaba de poner en contacto a demandantes y ofertantes. Lo que más le llamó la atención fueron las dos chicas que ya vivían allí; buscaban una compañera internacional, pues querían aprender otro idioma que no fuese el inglés. La antigua inquilina se había marchado por cuestiones de trabajo a otra ciudad coreana, y aquellas jóvenes, que tenían más o menos su edad, querían encontrar a la persona perfecta.

Lucía les parecía una buena opción; crearon un grupo por Instagram y aquel verano empezaron a conocerse, cada vez más. Se llamaban Lina y Yuna, ambas coreanas, que también cursarían un máster, aunque ellas se decantaban más por la rama de ciencias. Ambas chicas, por sus fotos y por su manera de tratar a Lucía, parecían perfectas, simpáticas, amables, educadas, lo cual le dio un punto a favor a Corea del Sur. Lucía ya no pensaba que el país y la ciudad estaban tan mal.

Ya tenía fecha para marcharse. Cogería el avión en Madrid y tardaría unas 15 horas en llegar a la capital de la República de Corea. Lina y Yuna le dijeron que irían a por ella al Aeropuerto para llevarla a casa, le sería más fácil, puesto que no conocía casi nada sobre el idioma. Se apuntó a varios cursos, pero tan solo aprendió palabras básicas y expresiones para la vida cuotidiana. Menos mal que sus dos compañeras hablaban en inglés, tenían buen nivel, así como el curso al que asistiría, también en inglés y hecho para estudiantes de otras nacionalidades.

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Por fin llegó el día. Tenía dos maletas grandes que debía facturar, una maleta de cabina donde llevaba lo imprescindible, como el ordenador, documentación, cargadores, etc., y un pequeño bolso rojo granate que combinaba con su look ochentero: unos pantalones vaqueros anchos, una camisa de tirantes blanca un poco ancha y unas converse rojo granate y de plataforma. Llevaba el pelo suelto, un poco ondulado, pero le gustaba cómo se le había quedado aquel día. No era muy fan de su color de pelo, castaño claro, pero aquel día le brillaba casi tanto como sus ojos verdes azulados, una mezcla rara debido a que su padre los tenía azules claros y su madre verdes oscuros. Su tono de piel, después del verano, era un poco más oscuro, algo que hacía destacar su mirada, así como unas cuantas pecas por la nariz producto del sol.

Se miró al espejo antes de salir de su habitación. Iba a estar un año entero sin volver allí. Se percató de que las zapatillas la hacían parecer un poco más alta. Ella medía 1,69 más o menos, pero cono aquellas plataformas lograba el 1,73 sin dudar.

—    ¡Lucía Canals!— su apellido de origen catalán resonaba con fuerza con la voz de su padre, Pedro—. ¡Baja o no llegamos! ¡Que esto no es como ir a la playa!— y tanto que no lo era, tardaban 15 minutos en llegar de su pueblo a la costa, donde veraneaban, no 15 horas.

Al final, bajó. Subieron todas las cosas al coche y se pusieron rumbo a Madrid. El vuelo era nocturno, salía a las 7 de la tarde y llegaba a Seúl a las 17 horas, teniendo en cuenta el horario coreano. Sus amigas le habían regalado un marco de fotos, donde aparecían todas. Las echaría de menos, pero siempre las llevaría en el corazón y en aquella foto, que le recordaba uno de los momentos más felices de su vida. Finalmente, era hora de irse. La despedida con sus padres fue un tanto emotiva, pero volvería. Aquello era un año, nada más. No era para siempre.

Subió al avión. Despegaron. Las azafatas repartían comida, no gratis, sino a cambio de unos cuantos euros. Lucía miraba el trayecto por la pantalla que tenía delante del asiento. Todavía quedaba mucho. Cogió su e-book, empezó a leer un poco, pero inevitablemente, se durmió, sin saber que cuando abriría los ojos, estaría en otro país diferente.

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Estaba esperando las maletas facturadas, mientras escuchaba la megafonía en aquel idioma. No entendía nada y empezaba a ponerse nerviosa. Sin embargo, la tranquilizaba el saber que Lina y Yuna estaban esperándola fuera. Por fin llegaron las maletas, las cogió, pero no estaba su padre para ayudarla, por lo que le costó ponerla de pie. Casi no tuvo tiempo para coger la otra, pero un chico, más alto que ella, de facciones asiáticas, seguramente coreano, pues ya estaba allí, la ayudó a coger aquella enorme maleta. Lucía le sonrió, jamás habría imaginado que pensaría que un asiático fuera tan mono. Estaba completamente equivocada, tenían belleza. Mucha.

Aquel chico asintió sonriente, Lucía no sabía qué decirle. Simplemente, gracias. Le salió la vena española. El chico rio, pero ella no tenía tiempo para aquello. Agarró las tres maletas como pudo y se encaminó a la sala de espera, donde dos chicas, muy parecidas, sonrieron al verla. Llevaban un cartel, Lucía Canals, ponía. Le hizo gracia que se tomaran la molestia de buscar cómo se escribía, pero le alegró un montón que la recibieran así.

—    ¡¡Hola!!— gritaron ambas—. ¡Qué alegría tenerte aquí!— continuó Yuna; se acercaron a ella para ayudarla, pero cuando Lucía quiso saludarlas con dos besos, ellas se apartaron un poco confundidas.

—    Lo siento es… la costumbre. En España nos saludamos así…—dijo Lucía, algo nerviosa.

—    No pasa nada— sonrió Lina—. Lo buscamos por Internet y lo sabemos. Pero aquí… intenta no hacer eso, es un poco… atrevido— se rieron ambas coreanas—. Nosotras también tenemos que aprender de la cultura española, así que nos pondremos al día cuanto lleguemos a casa. Vamos. Tenemos que coger el metro.

Cuando subieron, todas las miradas iban dedicadas a Lucía. Se ponía nerviosa, puesto que era la única europea en aquel vagón. No obstante, las miradas no eran de desprecio, sino de curiosidad y de ilusión; aquellas personas agradecían tener gente de otras nacionalidades, pues al parecer les gustaba aprender de las otras culturas. Yuna y Lina le explicaron cómo funcionaba el metro y a cuántas paradas estaba de su universidad. La verdad que la ayuda de sus nuevas amigas era de agradecer, pues se hubiese perdido de llegar sola.

Al llegar al edificio, se percató de que estaba impecable. Un conserje las saludó y ayudó a Lucía a llevar las maletas hasta el ascensor, aunque Lucía le había dicho que no hacía falta, que no era necesario. Aun así, el hombre, de unos cuarenta años, insistió.

—    Muy amable, señor— le dijo Lucía al hombre, que simplemente asintió y volvió a sus quehaceres.

El piso era tremendamente bonito, estaba cuidado y entraba bastante luz. La cocina era pequeña, pero acogedora, al lado del salón, un poco más ancho, con dos sofás, una mesita en el medio y una enorme televisión de plasma. Había dos baños, uno con una ducha y otro con una bañera enorme. Las habitaciones de Yuna y Lina estaban personalizadas a su gusto, con luces, fotos de sus familiares, con tonos pastel.

—    Esta es la tuya— le abrió la puerta Lina, de ojos rasgados y oscuros, preciosos, tez blanca y una piel perfecta—. Está un poco vacía, pero a medida que vayas decorándola te gustará un montón. Cambiaron el colchón hace nada, es nuevo y grande; te compramos un nórdico para el invierno, hace un poco de frío. Pero de momento, ahora no.

Al entrar, Lucía vio la enorme ventana que daba a un pequeño parque de la ciudad. Obviamente, no había persianas, pero sí había unas cortinas finas de color blanco. Las paredes eran de un gris claro, con un enorme armario al fondo, de color blanco, y un escritorio negro con una silla del mismo color. Era incluso más grande que su habitación de España. Lo primero que hizo fue poner la fotografía de sus amigas en la mesita de noche. Pretendía colocar todo ella sola, pero Yuna y Lina la ayudaron.

—    ¡Tienes un montón de ropa!— dijo Lina—. Me gusta mucho este color rosa, ¿se lleva en España?

—    Depende… en España cuesta más que la gente sea atrevida a vestirse como realmente quiere— explicó Lucía—. Este es para fiestas y eventos así más populares.

—    Vaya, esto se lo ponen aquí para ir a la universidad— comentó Yuna—. ¿Son tus amigas?— dijo mirando la foto; Lucía asintió—. Vaya, hay algunas que no parecen españolas. Incluso tú. ¿No se supone que en España sois todos de pelo negro y ojos marrones?— Lucía sonrió, sabía que en algún momento le preguntarían eso.

—    Mucha gente es así. Pero España es un país donde se mezclaron muchos tipos de pelo, color de ojos, de piel, rasgos…—explicó—. En mi grupo de amigas, muchas tienen los ojos claros; otras tiene el pelo rubio, como los nórdicos. Otras, el pelo rizado y rojo como los escoceses o irlandeses. Hay de todo. Mucha diversidad.

—    ¿Y tus padres son españoles?— preguntó Lina, al ver la foto de sus padres, que acababa de poner al lado de la otra foto.

—    Sí claro, también.

—    Tu padre parece un poco…¿ruso?— dijo Yuna.

—    ¡¡Ruso!!— gritó Lucía y se echó a reír.

Se pusieron al día en el salón, tras terminar de arreglar la habitación de Lucía. Luego, Yuna y Lina le prepararon un poco de pasta para cenar, ya que ya se estaba haciendo de noche. Le explicaron un poco más acerca del comportamiento allí en Corea, pues no querían que tuviese problemas por eso, y luego descansaron un poco en los sofás.

—    Tengo un fin de semana para aprender esos modales y esa educación. Lo que más me impacta es que no pueda darle dos besos a nadie— dijo Lucía y todas rieron.

—    Tranquila, al final, te acostumbras. Teníamos una amiga mejicana a la que también le pasaba, pero al final se adaptó— dijo Lina—. Este finde te llevaremos a los pubs y te enseñaremos algunas zonas bonitas. He invitado a mi primo y a algunos amigos para tomar unas copas aquí y luego salir. Te vendrá bien conversar con otra gente y practicar el idioma. Mañana vendrán, a eso de las seis. Prepararemos algo y listo.

 Empezando fuerte, pensó Lucía. Poco después, se marchó a su habitación para reorganizarse las últimas cosas que había dejado sobre el escritorio. Le envió un mensaje de buenas noches a sus padres y decidió meterse en la cama. Estaba tan cansada, que tardó dos minutos en dormirse. Estaba ansiosa por conocer la ciudad.

Notas finales:

Espero que os guste. 

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