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La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca por Adriana Perez

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Una vez estuvieron lejos de las murallas del Paso Oeste, Namirielle redujo la marcha paulatinamente. Grayan y Syrkail detuvieron sus monturas al darse cuenta del cambio de la muchacha.

-Yo no voy con vosotros -anunció ella-. Tengo que buscar a Jaspe -detuvo la réplica de ambos con un ademán-. No me haréis cambiar de idea.

-Pero ya estará muerto -argumentó Grayan-. Estos bosques no son seguros con las tropas de Korsten infectándolo. Tenemos que salir de aquí, volver a Norwen.

-Volveré a Norwen cuando encuentre a Jaspe -y al ver su persistente desacuerdo, agregó-. Tú le echaste de la torre, si no lo hubieras hecho ahora podríamos marcharnos todos juntos. Tengo que dar con él, es lo mínimo después de todo lo que me ha ayudado.

Dirigió a Tornado en otra dirección. Grayan miró a Syrkail desesperado, buscando su apoyo. El elfo adelantó su caballo hacia la muchacha.

-Espera, Namirielle -ella se detuvo, mirándolo-. Comprendo tu preocupación, pero Grayan tiene razón: las posibilidades de que halles a Jaspe con vida son casi nulas, mientras que el riesgo es infinito. El bosque es muy grande y no conoces esta tierra, ¿Cómo piensas buscarlo?

No respondió inmediatamente, tenía que meditarlo. Debía reconocer que, a pesar de lo mucho que deseaba reunirse con su pequeño amigo, Syrkail tenía razón.

-No sé cómo lo haré -confesó-. Pero por ello no voy a desistir. Tal vez esté vivo, presiento que así es.

-Pues deja que te ayudemos -intervino Grayan con énfasis-. Soy tu prometido, no voy a dejar que vayas sola.

-Iré sola por una razón bastante sencilla: Syrkail está demasiado débil para un combate y no es necesario que nadie más se arriesgue por mí. Además, puedo valerme por mí misma gracias al libro.

-Entonces iremos los dos -Repuso, insistiendo.

La joven respiró hondo, armándose de valor para pronunciar las siguientes palabras:

-No quiero ir contigo.

Aquello le rompía el corazón al norwentano, Namirielle lo percibió claramente. Pero se instó a ser fuerte y no dejarse influenciar, más dolida estaba ella porque se hubiera atrevido a enviar a una muerte segura a una criatura tan inocente y bondadosa como Jaspe.

Grayan se bajó del caballo y recortó a pié la distancia entre él y la muchacha en su montura.

-Pensé que nuestra boda te haría feliz, pero las cosas no han hecho más que empeorar desde que te sacamos de ese maldito castillo.

-Yo nunca quise que las cosas salieran mal -Dijo con un nudo en la garganta, pensando en hasta qué punto todo se había torcido. No solo para Sukjia, también su relación con Grayan había cambiado mucho y en tan poco tiempo que ella no sabía qué pensar.

El norwentano asintió varias veces con la cabeza.

-Sabes que te quiero más que a mi propia vida, nunca he sentido lo mismo por otra persona. Tú eres la única -extendió una mano hacia ella-. Ven conmigo, olvida a Jaspe, Sukjia y todo lo demás. Volvamos a Norwen. Allí éramos felices.

-Me lo has pedido muchas veces, ¿No te parece egoísta? La guerra ha empezado por mi culpa, no puedo desaparecer para librarme de ella cuando otros no podrán hacerlo. Es de cobardes.

- ¡Me da igual! Debo protegerte a ti, no a una cosa que ni siquiera parece humana o a un reino norteño al que no pertenezco. Tú eres mi motivo para estar aquí, y juntos regresaremos a casa y nos casaremos.

Fue tan despectivo hablando de su amigo, del reino al que pertenecía por nacimiento... la decepción en Namirielle era cada vez mayor.

-Eres igual que Korsten -observó desilusionada. Él palideció ante tal comparación, abriendo la boca con intención de replicar pero la muchacha continuó hablando y no le fue posible-. Solo piensas en ti mismo y en lo que tú quieres, no en los demás. Ni siquiera te has planteado por un momento lo que yo pueda pensar, solo te preocupas por tus intereses y esperas que yo te siga sin más. Lo siento, pero no he pasado por tanto para esto. Agradezco todo lo que has hecho por mí, pero ya no es necesario que sigas preocupándote. Vuelve a Norwen, Grayan. Mi lugar está aquí, no me iré. Tampoco puedo casarme contigo.

Y con aquellas palabras espoleó a Tornado, adentrándose en la foresta al galope sin más.

No estaba acostumbrada a galopar, de hecho hasta hacía poco más de un mes apenas había montado un par de veces a caballo, pero Tornado se lo ponía todo fácil. Lamentablemente no tenía ni idea de donde estaba, y el indomable caballo tampoco; todo cuanto les rodeaba eran árboles, arbustos, piedras y hierba. Estaba perdida, pero algo en su interior la hacía sentirse como en casa en mitad del bosque: su lado raschida, siempre auxiliándola. Enseguida dio con un pequeño caudal, lo cual el equino agradeció y ella también pues se moría de sed. Haría una pequeña pausa y pensaría en un plan de búsqueda que seguir a partir de ahora.

Se sentó en una gran roca cercana a la orilla, apoyando la barbilla en la palma de su mano derecha mientras escrutaba la superficie líquida con expresión abstraída. No sabía por dónde empezar. ((Si hablo con Korsten…))

Sacudió la cabeza bruscamente ante aquel pensamiento. El amuleto estaba de nuevo en su poder, no había nada con lo que pudiera negociar ahora salvo ella misma y no estaba tan desesperada como para aceptar completar el vínculo que los unía, no cuando la respuesta a tantos problemas podía encontrarse en alguna página del libro de nácar esperando a ser descubierta.

Tomó el libro, apoyándolo sobre sus rodillas y pasando páginas hasta la que esbozaba el ritual que liberó a Korsten del sello. Aquella página estaba continuamente en su cabeza, podía pasarse horas leyéndola aunque a estas alturas ya se la conocía de memoria. A su mente volvió la descripción que él le había hecho en su castillo sobre ese lugar; un sueño eterno del cual era siempre consciente, donde no pasaba el tiempo. ((Tuvo que ser terrible.))

Cerró el libro con un golpetazo, gesto impropio en la delicada muchacha. No quería seguir aquella línea de pensamientos, no podía hacerlo o jamás actuaría, porque, ¿Acaso sería posible que convivieran todos pacíficamente con Korsten entre ellos? ¿Podría hacer Namirielle algo al respecto?
Se frotó la barbilla, pensativa. Se daba cuenta de que en el fondo quería que así fuese, evitar tener que devolverlo al sello o algo peor, ¿Por qué tal necesidad? No lo sabía.

Se masajeó las sienes. Entre su discusión con Grayan y aquella cuestión empezaba a dolerle la cabeza.

-No sé qué me pasa, estoy hecha un lío con todo esto -Masculló entre dientes, confusa y cansada.

Un relincho de Tornado a sus espaldas llamó su atención. Empezaba a volverse cuando algo sólido golpeó su cabeza, con tal contundencia que la joven cayó de costado en la hierba. Todo se volvió negro y silencioso.

Algo frío y húmedo le golpeó la cara, despertándola. Agitada, miró a su alrededor, pasándose una mano por la cara y el pelo mojados. Ya no estaba en el bosque, sino en el interior de lo que debía ser una cueva a juzgar por el rocoso entorno cerrado. Ante ella estaba Solrac, en su mano derecha un cubo vacío que goteaba tras haber vertido su contenido sobre la inconsciente muchacha, en la izquierda el libro de las raschidas.

- ¿Ha dormido bien la princesita? -Se mofó.

Parpadeó varias veces, tratando de asimilar su nueva situación.

- ¿Dónde estoy?

-Donde parece que estás -fue lo único que respondió al respecto-. Y si no quieres que sea tu tumba, harás lo que yo te diga sin juegos ni trampas, ¿Lo entiendes, niña tonta? Yo no soy Korsten, a mi no me manipulas como a él. Quiero el amuleto.

-Me lo imaginaba, no hacen más que pedírmelo desde que tú me convenciste para quitárselo -Le reprochó con un suspiro. Empezaba a cansarse de ser secuestrada una y otra vez.
Solrac dejó el cubo a un lado y se agachó, clavando su mirada rapaz en la muchacha.

-Llevo toda mi vida instruyéndome en la magia negra, esperando obtener vida eterna como siglos atrás lograse el Rey Oscuro, conseguir un poder como el suyo. Estudié su historia durante años tratando de comprender cómo lo hizo -apretó el libro de nácar entre los dedos, posesivo-. Di con el libro y contigo con el único propósito de liberarlo y poder aprender de él, que compartiera su secreto conmigo, ¿Y de qué me sirvió? Para que una niña tonta se lleve mi premio -le agarró la muñeca bruscamente-. Soy muy viejo ya, no me queda tiempo que perder. O me dices dónde lo has escondido, o ten por seguro que este será tu final.

-De acuerdo -Accedió tranquilamente al cabo de unos segundos de breve silencio.

Aquella disponibilidad desconcertó al brujo, que la soltó frunciendo el ceño, sorprendido pues esperaba más resistencia.

-No intentes jugármela -advirtió severo-. Me llevarás hasta el amuleto directamente, sin trucos.

Ella asintió dócilmente, esbozando una pequeña y cándida sonrisa.

-Sin trucos -Repitió obediente.

Acarició las tapas del libro de las raschidas, aún mirándola extrañado. La joven seguía sonriendo cuando con la mano derecha agarró una roca del suelo y golpeó la frente de Solrac con todas sus fuerzas. El brujo cayó de espaldas, sin dejar de aferrar el libro mientras Namirielle se ponía en pié de un salto y salía corriendo lejos de allí, hallando la salida de la cueva unos pocos metros más adelante.

Volvía a estar rodeada de foresta. Junto a la entrada se encontraban dos caballos pastando, uno de ellos Tornado, las bridas atadas al tronco de un árbol viejo. Namirielle no tardó en desanudarlas, montando y alejándose de allí en un galope alocado que a punto estuvo de hacerla caer por su falta de experiencia.

No tardó en llegar a sus oídos el sonido de los cascos de otro caballo. Dirigió una rápida mirada a sus espaldas, comprobando que Solrac la seguía con poca intención de dejarla escapar.

A pesar de su inexperiencia para una carrera así, espoleó a Tornado aún más, dudando cuando en el horizonte distinguió las armaduras negras del ejército del Rey Oscuro.

Bolas de fuego empezaron a caer a pocos metros, lanzadas por Solrac a sus espaldas, tan cerca que una rozó la grupa izquierda de Tornado. Con un sonoro relincho el caballo se detuvo abruptamente, tanto que casi tira a Namirielle al suelo. La muchacha se agarró férreamente a las crines para mantenerse en el sitio, desmontando para revisar la quemadura; no era grave.

-Tranquilo -acarició su pelaje baya marrón, susurrándole con suavidad-. Todo saldrá bien.

Parecía entenderla, pues se calmó con las caricias y dulces palabras de la joven. Ella miró hacia Solrac, a punto de alcanzarla con su caballo, y a las tropas de Korsten al otro lado. Se tocó el anillo de plata y obsidiana, una idea en mente ((Espero que siga funcionando...))

Dio varios pasos hacia el ejército, de espaldas a Solrac y alzando las manos.

- ¡Aquí! ¡Ayudadme! -Gritó con todas sus fuerzas para hacerse oír en la distancia.

Varios yelmos negros se giraron en su dirección; la habían oído. Namirielle siguió llamando su atención, sacudiendo ambos brazos alzados siempre con el anillo lo más visible posible. Solrac fue frenando su caballo paulatinamente, a pesar de que aún faltaban algunos metros para alcanzar a su presa.

- ¿Te has vuelto loca? -Masculló, sus ojos fijos en la marea negra de armaduras que se acercaba a ellos.

En cuestión de segundos tuvieron a una veintena de soldados a punto de alcanzarlos. El brujo no se lo pensó dos veces y espoleó a su caballo en dirección opuesta, no queriendo rendir cuentas al señor de aquellas tropas.

Ante su retirada Namirielle respiró hondo, por un momento aliviada. Ahora tenía otro problema. Los soldados no parecían tener intención de atacarla, más bien mantenían su atención en el huido Solrac y algunos incluso se habían marchado tras él. Tornado relinchó, nervioso por tener a tan siniestros seres montando un círculo alrededor de ambos.

Un soldado se acercó con su gran hacha enfundada e hizo ademán de querer agarrar a la muchacha. Ella lo esquivó, montando nuevamente y escabulléndose por un pequeño hueco abierto en el anillo que los soldados formaban alrededor. Se internó en la espesa foresta, dejándolos allí.

Cruzaba por un pequeño claro cuando una comitiva del ejército de Korsten le cortó el paso. Tiró de las riendas violentamente, haciendo a su caballo torcer a la derecha a toda velocidad.

De los árboles comenzaron a caer más soldados, que con cadenas de púas trataban de detener el galope de Tornado. Namirielle procuraba manejar el ritmo y evitar las peligrosas cadenas a la vez, lo cual no le resultaba nada fácil, logrando finalmente dejarlos atrás.

Suspiraba de alivio, sintiéndose a salvo de nuevo, cuando una gran red se cernió sobre ellos y el caballo trastabilló al frenar y cayó en plancha. A pesar de todo Namirielle no se hizo daño, el equino no la había aplastado de milagro.

Peleó con la red trampa, desesperada por liberarse.

- ¡Soltadme! -Reclamó a los soldados que de inmediato la rodeaban.

Pero cualquier súplica o demanda era inútil con aquellos seres carentes de alma o mente; el anillo de plata y obsidiana solo la protegía de ellos, no le otorgaba ningún tipo de control o dominio como el que Korsten poseía.

-Dejadme pasar, bestias -gruñía alguien a quien la muchacha reconoció antes de que lograra abrirse paso entre los corpulentos soldados: era Solrac, quien por supuesto seguía llevando consigo el libro de nácar. El brujo esbozó una sonrisa lobuna al verla-. Vaya, vaya, hemos pescado a una princesa ninfa y su corcel -se mofó, regodeándose en su desgracia-. Bueno… ¿Por dónde íbamos antes de que me golpearas con una piedra? Ah, ya recuerdo: el amuleto.

-Aunque lo tuviera aquí no te lo daría ¡Nunca!

Una vena palpitaba en la arrugada frente del furioso brujo, que alzó una mano con la clara intención de golpearla.

-Solrac -la sola pronunciación de su nombre bastó para que se estremeciera, muy tenso volviéndose para ver cómo los soldados se apartaban como una ola, en perfecta sincronización, para dejar sitio a Korsten-. Vigila esa mano, brujo, no vayas a perderla -Le advirtió él, y a pesar de la exquisita modulación de su voz todos percibieron el peligro adyacente, lo poco que convenía desobedecerlo.

Solrac apretó la mandíbula, bajando el brazo lentamente y haciendo una reverencia a su señor. El Rey Oscuro señaló con un ademán a Namirielle y su caballo.

-Sacadlos de ese enredo -Ordenó a sus soldados.

Cortaron la red entre dos, uno levantando a la joven, el otro tomando las riendas de Tornado.

-Gracias -suspiró ella, bajando su mirada a la mano enfundada en más acero negro perteneciente al soldado que no parecía tener intención de soltarla. Miró al Rey Oscuro-. ¿Le dices que me suelte? -Sugirió cordialmente.

-Todavía no -respondió, acercándose -. Y como no soy hombre de caer en el mismo error dos veces...

Con aquellas palabras chasqueó los dedos y el libro de nácar, aún en manos de Solrac, se desvaneció sin más. Namirielle abrió muchos sus ojos azules, mirando por turnos a Korsten y a donde el libro estuviese instantes atrás en posesión del brujo.

- ¡Devuélvemelo! -Exigió la joven, alzando la voz. Sin su poder no podría hacer nada, mucho menos enfrentarse a él.

- ¿A que molesta que te quiten lo que es tuyo? -inquirió Korsten con un brillo de júbilo en su mirada de oro líquido, ignorando la creciente irritación de la muchacha-. Pediste ayuda a mis soldados -mencionó entonces. Namirielle desconocía cómo lo sabía, pero conociéndole tampoco la sorprendió demasiado-, ¿Por qué razón? Tuviste que encontrarte en un grave peligro -Observó, no sin motivo.

No pudo evitar que sus ojos azules como el mar se desviaran hacia Solrac. A pesar de sus malas experiencias con el anciano brujo, Namirielle optó por callar.

-No es nada que te concierna -desvió el tema, tirando del brazo apresado por el soldado y solo consiguiendo hacerse daño-. Tienes que dejarme marchar, ¡No puedes forzarme a volver a tu castillo, no te pertenezco! -Se quejó, muy cansada de ello.

-Me perteneces, ¿O has olvidado que compartimos un vínculo mágico? Y con mayor motivo si requieres de mi ejército: no irás a ninguna parte hasta que me expliques por qué razón -Zanjó rotundamente.

- ¿Y Sukjia? Imagino que también te crees con el derecho de invadir un reino por la fuerza, solo porque tienes un ejército que no pueden frenar.

-Tiempo atrás lo hice, quintupliqué el tamaño del reino de mi padre en los doscientos años que fui rey, ¿Por qué no repetirlo? Tengo un imperio que recuperar, y Sukjia solo es una parte de él -alargó una mano, tomando la barbilla de Namirielle suavemente-. Intuyo que el motivo de tu solitaria presencia en mitad del bosque se debe a que quieres hablar.

La muchacha movió la cabeza hacia un lado, liberando su barbilla.

-Estoy buscando… algo -Por supuesto no iba a concretar que ese algo era Jaspe.

El Rey Oscuro enarcó una ceja, no muy convencido.

- ¿Seguro?

Estaba segura… o eso pensaba, porque si lo meditaba en mayor profundidad se daba cuenta de que Jaspe no era su único motivo, de serlo habría ido a buscarlo con Grayan y Syrkail. No, Namirielle tenía más motivos en mente.

-Tienes razón -concedió ella-. Supuse que me encontrarías tarde o temprano.

-Y quieres negociar conmigo el futuro de Sukjia -Completó él, meditativo.

Asintió con la cabeza.

-Por favor, lleguemos a un acuerdo -le rogó-. Tus tropas no pueden internarse en Sukjia, sería una locura.

-Mi señor -intervino Solrac, dejando el segundo plano en el que se había sumido-. Mi señor, deberíais estar en el Paso Oeste. Os están esperando para...

-Que esperen -cortó Korsten sin tan siquiera mirarlo, su atención en la joven-. Demos un paseo, Namirielle. Ofréceme una razón para que considere tu petición -Propuso alargando una mano en su dirección.

Solrac vio atónito como ella entrelaza sus dedos con los del Rey Oscuro, dispuesta.

-No podéis hacerlo -se alarmó el brujo-. Debéis invadir Sukjia ahora, no hay tiempo para tonterías.

Korsten lo miró por primera vez en mucho tiempo; Namirielle comprendió en el acto que estaba perdiendo la paciencia.

-Vuelve a decirme lo que tengo que hacer y lo próximo que ordenaré a mis hombres será que te desmiembren lentamente -Le advirtió sin cambiar la modulación de su bella voz, lo cual resultaba incluso más inquietante que si le hubiera gritado.

El brujo bajó la cabeza, sabedor de qué le convenía.

-Con vuestro permiso… -buscó las palabras más adecuadas para no despertar su ira-. La niña solo busca engañaros para salvar a sus amiguitos.

-Qué audaz, jamás hubiera llegado a esa conclusión por mí mismo -Ironizó él.

-Yo no quiero engañar a nadie -Repuso Namirielle, incómoda con la acusación. Tal vez pretendiera salvar a todo el mundo, sí, pero no con engaños.

El Rey Oscuro la miró con una leve sonrisa, acariciando el dorso de su mano con un dedo.

-Claro que no, dulce lirio. Eres demasiado cándida para ser verdaderamente consciente de lo que es un engaño.

La joven no supo muy bien como tomarse aquello.

Caminaron juntos, pasando junto a Solrac quien hizo una reverencia. El brujo no comprendía porque aquella chiquilla seguía respirando; bien sabía lo que Korsten le haría a él si descubriese que había instado a la muchacha a robarle su preciado amuleto. Sin embargo Namirielle, tras hacerse con el valioso objeto en cuestión y negarse en redondo a devolvérselo, no solo continuaba viva y de una pieza; también contaba con su aprecio y respeto, y eso era cuanto menos insólito porque el Rey Oscuro solo se respetaba a sí mismo. Y si en aquel paseo ella le contaba que fue Solrac quien la convenció… sería su fin.

No podía permitirlo.

El brujo dejó al descubierto la daga que en su mano permanecía oculta gracias a la larga manga de su túnica negra. Sin previo aviso ni pensarlo con detenimiento, llevado por la desesperación, apuñaló a Namirielle hundiendo el filo en su costado derecho hasta la sencilla empuñadura, arrancando después la hoja tornada en rojo rubí y dejando el lugar desvaneciéndose en una bruma oscura.

Con un ahogado grito de dolor, la joven se llevó una mano al costado herido a la vez que Korsten, quien sentía lo mismo debido al vínculo a pesar de que él no tenía ninguna herida. Se derrumbó en la hierba ante su atónita mirada, el Rey Oscuro arrodillándose junto a ella.

-Tranquila -le susurró, suavemente rodeándola con los brazos, su rostro mostrando un rictus de dolor por lo que el vínculo le trasmitía-. Vas a curarte.

Namirielle se sentía desgarrada por dentro, el dolor indescriptible. Al apartar una de las manos que apretaba contra el costado herido descubrió, para espanto suyo, que la tenía húmeda y completamente roja por la sangre. Gimió aterrada ante tal visión.

-Q-qué… -Tartamudeó cada vez más pálida, clavando sus desorbitados ojos azules en Korsten mientras la sangre manaba humedeciendo su vestido negro.

Él tomó su mano entre la suya, evitándole la visión de la sangre para que no se asustara más.

-No es nada, muy pronto te pondrás bien -Le aseguró sonriendo ligeramente, tratando de calmarla.

Pero ella vio en sus ojos dorados, en la repentina palidez resaltada por su pelo negro y la forma en que apretaba la mandíbula, que estaba preocupado. Era la primera vez que lo veía en aquel estado con tanta claridad, la muchacha hubiera reído de incredulidad si no se encontrara en semejante situación.

- ¿Por qué me… consuelas? -articuló con esfuerzo, casi inaudible su entrecortada voz. El mero hecho de respirar era ya una tarea ardua, así como mantenerse despierta-. Voy a morir -Un siseo de dolor escapaba de sus labios, blancos como la nieve, con cada palabra. Solo sentía dolor, un dolor tan intenso como nunca antes en sus diecisiete años de vida.

Korsten le acarició la frente, rozando con la yema de los dedos sus párpados a medio cerrar.

-No dejaré que nada malo te ocurra. Ahora duerme.

No necesitó que lo repitiera, la deliciosa voz de barítono bailaba en sus oídos invitándola a ello. Apenas un suspiro y ya dormía profundamente, sumergiéndose en un espeso sueño vacío e indoloro donde pudo dejar de sufrir.



Llegó la noche y el sol asomaba tenuemente por el horizonte. En un pueblo sin nombre se refugiaban Grayan y Syrkail, al igual que la grandísima multitud de sukjianos que huían del reino desde que el ejército de Korsten se abrió camino cuan marea negra por el Paso Oeste. Era tanta la gente que llegaba que en cuestión de pocas horas no hubo lugar alguno dónde hospedarse. Suerte que habían sido los primeros en llegar al caer la noche, o hubieran tenido que dormir a la intemperie a falta de un pueblo más cercano.

Grayan estaba intranquilo, aunque aquel había sido su estado de ánimo habitual durante días, semanas e incluso meses. Esperaba sentado en un banco a que Syrkail volviera con noticias más frescas de Sukjia, especialmente sobre el primo de Namirielle; habían escuchado tantos chismorreos al respecto, que ya no sabían qué era cierto y qué no lo era.

No tardó en avistar al elfo y su reconocible túnica azul de hechicero. Grayan se incorporó, adelantándose con entusiasmo.

- ¿Y bien?

Syrkail negó con la cabeza, su lacio cabello rubio ondeando con aquel movimiento y la ligera brisa alrededor.

-No he podido acercarme al Castillo de Luz ni siquiera con magia, hay demasiada protección. El ejército de Korsten ha comenzado el ataque

- ¿Cómo han llegado tan lejos en un solo día? -Era físicamente imposible, la fatiga tendría que derrotarlos primero.

-He ahí el motivo que los hace especiales: no duermen, apenas comen, no sienten nada más que ira. Viven por y para luchar, es lo único que desean. Y cuentan con la magia de su señor para cubrir terreno con mayor rapidez: por eso, entre otras cosas, nunca perdió una sola batalla siglos atrás, ¿Cómo derrotar a un ejército que no se detiene nunca, que puede avanzar largas distancias en tan cortos espacios de tiempo incluso sin caballería? Las tropas sukjianas no han aguantado lo suficiente, apenas era posible defender nada una vez entraron en el reino. Un par de días más y todo Sukjia habrá sido doblegada.

-O destruida, porque esas bestias no son muy cuidadosas -apuntó Grayan-. ¿Hay noticias de Liudenna y Kailette?

-Siguen en tierras élficas. Por el camino hablé con Liudenna mediante un cuenco de agua -el norwentano no entendía muy bien cómo era posible tal comunicación, pero se ahorró la pregunta y siguió escuchándolo-. Nos reuniremos con ellas y partiremos en dirección a todos los reinos fronterizos a Sukjia para advertir de un posible ataque. El Rey Oscuro es demasiado ambicioso para conformarse con Sukjia, no tardará en dirigir su atención hacia otro lugar.

-Yo tampoco lo haría con semejante potencia militar -hizo una pausa, no muy seguro de la cuestión que plantearía a continuación-. ¿Has sabido algo de Namirielle?

-No. Lo lamento.

No dijo nada. Era mejor no tener noticias a descubrir que había muerto, pero tal pensamiento no lo consolaba. Tenía que verla por sí mismo, especialmente dado cómo se habían separado.

-Liudenna está tranquila al respecto, intuye que seguirá a salvo -Añadió Syrkail para calmar su inquietud por la muchacha.

Resopló con irritación. Los magos siempre intuían cosas pero él era un hombre de hechos, no de corazonadas ilusorias.

- ¿Ha hablado la Madre Blanca con ella? ¿La ha visto, acaso? -Espetó al elfo con sarcasmo.

-Yo también confío en que esté bien. Probablemente sea quien menos ha de temer la guerra, debido al interés que Korsten tiene en ella.

-Todo esto es por culpa de ese amuleto -maldijo hoscamente-. Le dije a Namirielle que lo destruyera, pero estaba empeñada en conservarlo porque temía qué consecuencias acarrearía tal cosa, ¿Y para qué? A lo mejor hubiésemos matado dos pájaros de un tiro desasiéndonos de él.

-No es conveniente jugar con algo de semejante antigüedad, especialmente cuando hay de por medio magia tan poderosa -Advirtió Syrkail escuetamente.

El noble notó algo en su respuesta, algo que no había expuesto.

-Te guardas cosas, archimago -Declaró mirándolo suspicaz.

-Nada relacionado con lo que vos queréis saber, Grayan del Lago.

-Pero si con Namirielle. O con el Rey Oscuro. ¿De qué se trata?

El elfo suspiró, tomando asiento en el banco que él ocupara momentos atrás.

- ¿Entendéis esta guerra, los motivos que la han desatado?

-Por supuesto: Korsten atacó Sukjia porque el reino ayudó a Namirielle a escapar de su castillo con el valioso amuleto y le brindó cobijo. Quiere vengarse, castigar a aquellos que la ayudaron.

Syrkail sonrió débilmente ante su respuesta.

-Imaginaba que diríais eso… es lo más obvio dadas las circunstancias aparentes.

- ¿Existe alguna razón además de lo evidente? -Lo dudaba mucho pero estaba dispuesto a escuchar.

-Una que Liudenna y yo hemos estado barajando desde que regresamos a Norwen de la Isla de Jade, llevados ambos por lo ocurrido allí con Namirielle. Os recuerdo con pesar que vuestra prometida casi muere en ese lugar.

-Sí, me acuerdo -como para olvidarlo-. Korsten fue quien lo evitó, ¿No? A saber por qué motivo...

El elfo sonrió más.

-Uno muy elemental. El mismo por el que estamos en guerra, de hecho.



Namirielle abrió los ojos, despejándose perezosamente. No había soñado, tampoco sabía cuánto tiempo llevaba dormida. Lo primero que su somnolienta mirada captó fue un techo similar a lona marrón por el cual pasaba el sol de forma agradable, iluminando el entorno sin cegarla. Frunció el ceño, desubicada, e hizo ademán de incorporarse pero una mano se lo impidió: reconoció la oscura aura de Korsten.

-Mejor no te levantes. Te marearás -Le advirtió él.

Movió la cabeza, abarcando el entorno que la rodeaba con la mirada. Se encontraba en lo que parecía una tienda de campaña; aquella lona bajaba en paredes que formaban un cubo cuadrado alrededor, avistando a poca distancia una mesa escritorio con un candil y varios tarros encima, algunas cajas de madera cerradas en un rincón y el camastro ocupado por ella. El Rey Oscuro se sentaba junto a su lecho, en una silla de caoba ricamente tallada como el escritorio.

-Por fin despiertas. Empezaba a dudar de mis habilidades -Sonaba de buen humor, incluso sonreía ligeramente.

Namirielle parpadeó un par de veces, confusa en parte por el profundo embotamiento que aún la embargaba. Volvió a tratar de levantarse y esta vez él no se lo impidió. Un fuerte mareo la asaltó nada más estuvo sentada, todo a su alrededor girando violentamente.

-Uf… -Gimió tocándose la frente justo entre las cejas, donde sintió un pequeño martilleo.

-Te dije que no te levantaras -le recordó Korsten con un suspiro, y la joven empezaba a arrepentirse de no haberle hecho caso cuando él le tocó la frente; el dolor empezó a disminuir hasta lo soportable-. ¿Mejor?

-Sí… ¿Qué me ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevo dormida? -Se palpó el costado derecho, la tela negra acartonada por la sangre reseca que no se veía por el color. Al bajar la mirada y abrir la tela cortada al ser apuñalada descubrió que, además de no llevar vendaje alguno, su piel estaba tan lisa y nívea como siempre.

-La daga de Solrac estaba embadurnada en un veneno muy potente, has dormido durante un día entero con fuertes fiebres -reveló él, para gran sorpresa de Namirielle que no se había enterado del tiempo transcurrido ni de la gravedad de su estado-. Te he curado con mi magia, no tienes motivos para preocuparte por el veneno pero es normal que te sientas un poco débil tras la pérdida de sangre. Además, dudo que haya sido un sueño reparador con la fiebre y mi magia circulando por tu cuerpo -señaló, añadiendo-. No puedes moverte de la cama, al menos no hasta mañana, y tienes que alimentarte bien para recuperar fuerzas. Te conseguiré comida enseguida.

Iba a ponerse en pié pero la muchacha aferró la manga de su gabán negro, reteniéndolo en la silla.

- ¿Por qué? -Quiso saber ella, mirándolo detenidamente.

Enarcó una ceja.

- ¿Por qué, el qué? -Sabía perfectamente a qué se refería Namirielle, ambos lo sabían, pero no lo dejó entrever.

La joven sonrió.

- ¿Por qué tomarte tantas molestias por mí? ¿Qué más daba si moría?

-Sabes que quiero el libro, pero lamentablemente solo una raschida puede leerlo. Y dado el inmenso poder que alberga, creo que es un motivo considerable para mantenerte viva un poco más, ¿No te parece, dulce lirio?

Ella rió entre dientes, sacudiendo la cabeza para sí ante el pragmatismo de su respuesta. Aunque no podía esperarse otra cosa del Rey Oscuro.

-Creo que lo hiciste porque en el fondo, y a pesar de todo, somos amigos -Repuso la muchacha.

-Yo no tengo amigos, Namirielle.

El buen humor que teñía su exquisita voz segundos atrás fue suplido por un tono cortante ya conocido por la joven, pero esto no la desanimó. De manera espontánea Namirielle alargó los brazos, rodeándole los hombros en un abrazo inesperado.

-Gracias por curarme.

Korsten no respondía a su abrazo, inmóvil como una estatua. La joven empezaba a arrepentirse de haberlo hecho cuando sintió los dedos de él ascendiendo por su espalda con lentitud, un escalofrío recorriéndola con el suave toque.

-… De nada.

Namirielle se apartó un poco, mirándole. Estaban muy cerca y la muchacha se sintió rara de pronto, su atención captada íntegramente por la presencia de Korsten tan próxima y aquellos poco comunes ojos dorados. Era como si el tiempo se hubiera paralizado. La joven intentó decir algo, cualquier cosa, pero se le había cerrado la garganta, un cosquilleo singular extendiéndose de su estómago al resto del cuerpo. Él la contemplaba sin parpadear, sus pupilas pequeños puntitos negros en medio de un océano de oro líquido. Apenas centímetros los separaban, podían respirar el mismo aire, sus labios casi rozándose tenuemente… pero en ese momento el Rey Oscuro se puso en pié.

-Fuera hay un soldado apostado. Si necesitas cualquier cosa él te lo conseguirá; no puedes salir de aquí -le dijo escuetamente, encaminándose a la salida de la tienda-. Volveré más tarde.

Namirielle no dijo nada, petrificada en el sitio. Iba necesitar un buen rato para asimilar lo que había estado a punto de ocurrir, y dado el fuerte mareo que se apodero de ella en ese momento, era mejor que se acostara primero.

Fue consciente del paso del tiempo por cómo la luz se filtraba a través de la lona cambiando de tonalidad y brillo. Tal vez fuese ya mediodía pero para ella las horas eran siglos; se aburría y acababa de darse cuenta de lo incómodo que era aquel camastro, duro como una piedra bajo su espalda. Y no cesaba de pensar.

Se sentó despacio y sacó las piernas de debajo de la manta cubriéndola. Al principio todo se movió a su alrededor, pero fueron breves segundos. Sentada al menos no le dolían los huesos por estar tanto tiempo tumbada en tan incómodo lecho.

Pero el aburrimiento permanecía. Después de un rato y tras comprobar que los mareos no regresaban, intentó ponerse de pié. Las piernas le flaquearon por un momento pero la sostuvieron, lo que la animó a dar un paso y luegi otro más. La labor curativa de Korsten había sido impecable, lo cual sorprendía a la joven dado cómo acostumbraba a usar su magia habitualmente.

El macuto que llevara consigo al Paso Oeste con una muda de ropa limpia y el libro de nácar permanecía junto al camastro. Tenía la esperanza de que el libro estuviese allí guardado, junto con el resto de sus cosas. Leer la distraería.

Miró dentro, sus manos palpando el interior; estaba todo, menos su preciado libro. Previsiblemente el Rey Oscuro lo había escondido en otra parte, dejándola indefensa sin su poder. No pudo evitar que aquello la molestase, y mucho. No era justo.

Aunque su idea original era quedarse en la tienda descansando como le había indicado él, se encaminó a la salida con paso ligero. Al abrirla casi chocó con el gigantesco soldado guardián; le sacaba casi dos cabezas y eso que Namirielle era alta, tan corpulento como un árbol y armado con una lanza puntiaguda.

-Quiero salir, ¿Podrías apartarte un poco, por favor? -Pidió con la poca calma que le quedaba. Estaba cada vez más molesta.

Ni se inmutó. La muchacha lo empujó un poco, intentando obtener espacio, pero fue imposible moverlo un solo centímetro y él acabó por darse la vuelta y arrastrarla dentro, volviendo a salir y cerrando la tienda a su paso. Namirielle se dejó caer sobre el camastro con un resoplido de irritación, pero se levantó poco después con una idea en mente. Se asomó fuera otra vez, comprobando que el guardia seguía allí.

-Trae a Korsten -Le pidió procurando que sonara como una orden severa, lo cual era fácil con lo enfadada que estaba ahora mismo.

Pero nuevamente fue ignorada. Supuso que aquello no entraba dentro de lo que el Rey Oscuro le tenía permitido ordenar.

-Tengo frío, ¿Podrías tráeme una manta? -Volvió a intentarlo.

Esta vez se movió, echando a andar con paso pesado, dejando libre la salida. Namirielle no desaprovechó la oportunidad, abandonando la tienda rápidamente.

Se encontraba en un claro del bosque, donde a su alrededor había un montón de soldados revisando sus armas o formando un anillo junto a una gran fogata, pero ni rastro de Korsten y la tienda que ella ocupaba era la única.

-Estupendo… -Masculló entre dientes, cruzándose de brazos.

Optó por sentarse en el tronco caído colocado ante la fogata y esperar. Un soldado que estaba cociendo una brocheta de carne de ciervo ante el fuego la miró, ofreciéndole la brocheta tras unos segundos. Namirielle se le quedó mirando no sin sorpresa.

- ¿Para mí? -el soldado sacudió la brocheta bruscamente, casi asustándola, pero solo le indicaba que la cogiera y ella lo hizo con una media sonrisa forzada-. Gracias… supongo -Trató de ocultar el asco que le producía aquella carne más cruda que hecha: tenía de todo menos buena pinta, pero al darle un mordisco se percató de que, aunque no fuese una delicia, su sabor era mejor de lo que aparentaba.

El sonido de los cascos de un caballo atrajo su atención. De la foresta que rodeaba el claro emergió el Rey Oscuro sobre un caballo negro como la noche.

- ¿Qué estás haciendo aquí fuera? -preguntó a la muchacha, mientras desmontaba-. Creo que dejé bastante claro que no debías moverte de la cama, mucho menos salir de la tienda.

-Te estaba buscando, ¿Dónde está mi libro, Korsten? -Fue directa al grano, pinchando la brocheta en la tierra y poniéndose en pié.

Él sonrió un poco, al parecer divertido con la cuestión.

-Te daré una pista: está en el último sitio al que irías voluntariamente.

-Deduzco que ese sitio es tu castillo. No hay lugar peor en el mundo.

-Mi castillo equivale a demasiado espacio para buscar algo tan pequeño en comparación, ¿No te parece, dulce lirio? Abarcas mucho con esa afirmación.

-Basta de juegos. Devuélvemelo -Reclamó.

-Me temo que no, ¿Crees que ya he olvidado nuestro pequeño enfrentamiento en el Paso Oeste? ¿O que desconozco lo que hiciste allí con mis soldados? No puedo permitirte poseer el libro, no hasta que me pertenezca tu voluntad. Ese día dispondrás de todo tipo de libertades -Aseguró.

-Claro, porque no tendré la opción de oponerme a ti -replicó la muchacha, cruzándose de brazos cada vez más molesta y harta-. Por muy peligrosa que sea con el libro, tú tienes magia todo el tiempo mientras que yo no. Es injusto, la balanza está desequilibrada para mí.

-No tienes motivos para inquietarte. Mientras no te quites el anillo mis soldados no te harán daño, te protegerán siempre.
Lo miró largamente, sintiéndose desconsolada, además de muy vulnerable.

- ¿Y qué me protegerá de ti?

Ante aquella cuestión, el Rey Oscuro suspiró.

-Podría haberte matado hace mucho tiempo y sin embargo no lo he hecho. Incluso te curé cuando podía quedarme mirando cómo te desangrabas mientras el veneno llegaba a tu corazón; hubiese sido lo más fácil del mundo, bastante más que sanarte con mi magia. Aunque supongo que eso no aplacará tu miedo.

-No te temo a ti -y era cierto, para su propio asombro. También Korsten parecía sorprendido por la declaración-. Temo lo que eres capaz de hacer.

Después de pronunciar aquellas palabras Namirielle bajó la mirada, dándole la espalda y caminando hacia el tronco donde se sentase anteriormente. Apenas había dado unos pocos pasos cuando notó la mano de él sujetando su antebrazo izquierdo con suavidad, deteniéndola.

-Tengo un regalo para ti -Anunció con aire enigmático.

La curiosidad era inevitable en ella pero logró contenerse. El enfado ayudaba mucho en esto.

-Salvo que sea mi libro, no lo quiero -Afirmó, sin mirarlo.

- ¿Estás segura? No sabes lo que es, podrías llevarte una grata sorpresa, ¿No sientes curiosidad? -Trató de tentarla, y la muchacha debía admitir que lo lograba.

- ¿Qué es? -Acabó preguntando entonces, mirándole por encima del hombro.

-Lo sabrás muy pronto. Ahora regresa a la tienda y no vuelvas a salir -Indicó, empujándola gentilmente en dicha dirección.

Se soltó, creando distancia entre ambos.

-Ya he descansado bastante. Me marcho -Sentenció seria.
Korsten rió ante aquello.

- ¿A dónde, dulce lirio? Porque sin el libro es imposible que salgas de aquí si yo no lo permito. Además, por tu seguridad y tras lo ocurrido con Solrac, es mejor que te quedes conmigo una larga temporada.

Siempre imponiendo su voluntad, forzándola a lo que no quería. Era el colmo.

- ¡No te corresponde decidir lo mejor para mí! Es más, ¡Ni siquiera te importa lo que pueda pasarme! -le gritó, histérica y dolida-. ¿No es eso lo que dices siempre, que el amor no existe? ¿Qué solo es una ilusión irreal? -recordó amargamente-. No existe una sola persona en este mundo que te inspire compasión ni el más mínimo sentimiento, ¡Nada en absoluto!

Sonó un trueno en el aire y el cielo se tornó gris plomizo, en el acto descargando lluvia sobre el claro del bosque y el improvisado campamento en su centro. Aquello solo aumentaba el agobio de Namirielle.

-No te molestes, la lluvia no me hará entrar en la tienda.

Él enarcó una ceja.

-Yo no he sido -Afirmó.

-Mentira. Haz que cese.

-No puedo.

-Claro que puedes. ¿No afirmas que todo te es posible mediante la magia? ¿Que no hay nada que no puedas conseguir? Vamos, demuéstralo -Lo retó airadamente, su ánimo por los suelos. Se sentía más triste que enfadada, llorando interiormente aunque una parte de ella no sabía por qué motivo en concreto se sentía así.

La lluvia caía copiosa, empapándolos en poco tiempo. Namirielle empezaba a tiritar, el vestido negro pegándosele al cuerpo como una segunda piel. Se abrazó con un estremecimiento, mirando al Rey Oscuro que estaba tan empapado como ella. Era la primera vez que lo veía mojándose, otras veces usaba algún tipo de hechizo para evitarlo.

-Hay cosas que ni siquiera la magia o el oro pueden conseguir -Dijo él entonces, cogiéndola por sorpresa con aquella afirmación, especialmente dado el tono apagado de su voz.

-El Paso Oeste cayó -rememoró, temblando ligeramente-. ¿Qué ha ocurrido en Sukjia desde entonces? -Preguntó, y aunque un día es poco tiempo para grandes novedades ella temía su respuesta.

La miró largamente, pensativo.

- ¿Quieres verlo? No es agradable -la muchacha frunció el ceño, bastante insegura de si quería o no, pero finalmente asintió con la cabeza-. Acércate.

Lo hizo. Korsten alzó una mano y cientos de gotas de lluvia se detuvieron en el aire, en pequeñas burbujas flotantes que se fundieron formando una tan grande como un balón. Namirielle no despegaba la mirada de todo aquello, fascinada.

-Te gusta, ¿Verdad? -Comentó él sonriendo ligeramente ante su expresión, encontrando muy entretenida la curiosidad de la joven.

Logró apartar los ojos de la burbuja, centrándose.

- ¿Y ahora qué?

-Podrás ver Sukjia por ti misma sin movernos de aquí en ningún momento -le aseguró, señalando la circunferencia flotante-. Aunque preferiría no tener que herir tu sensibilidad innecesariamente -Advirtió por última vez.

Pero ella estaba dispuesta a verlo todo, apretando los dientes con incertidumbre. La burbuja le mostró una imagen de las calles del reino: supo que era Sukjia por el singular brillo tornasolado de la piedra rosada con la que estaban construidas. Vio una plaza vacía de sus gentes, soldados de negra armadura recorriéndola. Algunas casas estaban calcinadas o derrumbadas sobre sí mismas como no lo hubieran estado cuando la muchacha llegó a Sukjia. Pero lo que más marcó a Namirielle fueron las pilas de hombres, mujeres y niños que llenaban la plaza, a los que un soldado se dirigía antorcha en mano para prenderles fuego; debían ser treintenas los muertos allí amontonados, muchas treintenas.

Los ojos de la joven brillaban por las lágrimas agolpándose en ellos, incapaz de entender tanta muerte y destrucción mientras la burbuja acuosa seguía mostrándole el resto de ciudades, aldeas, y regiones del reino que habían sufrido el paso del ejército del Rey Oscuro. Sangre manchaba la rosada piedra, cadáveres por doquier. No vio ningún ser vivo, desconocía cuál había sido el balance de supervivientes y tampoco preguntó a Korsten, era demasiado pesada aquella cuestión y se sentía tan deprimida, las lágrimas corriendo en silencio por sus mejillas, que tampoco articuló palabra.

Él suspiró al verla así.

-Te dije que no sería agradable -le recordó-. ¿Por qué insistir en conocer una verdad que no deseas saber? ¿Para qué sufrir en vano?

Lo miró entre las lágrimas que emborronaban su visión.

-No tienes corazón, eres un monstruo… -Musitó con voz rota.

-Sí, sí, ya lo sé -cortó con un ademán, aburrido-. Lo que no entiendo es por qué te sorprende tanto, ¿Qué esperabas, niña?

-Me curaste, pensé que éramos amigos, ¡Esperaba que eso significara algo bueno!

- ¿De verdad eres tan ingenua?

La frialdad y falta de empatía en él eran tan desoladoras… a Namirielle le dolía a pesar de que en efecto era lo único que podía esperar del despiadado Rey Oscuro. Respiró hondo, armándose de valor para formular la siguiente pregunta:

- ¿Mi primo sigue vivo?

-Sukjia solo puede tener un rey -Fue su vaga respuesta.

- ¡Basta de evasivas! -casi gritó impacientándose, deseando que respondiera claramente por una vez en su vida en lugar de marearla con palabras-. Si no me he roto con lo que he visto podré soportar la muerte del único familiar que me queda. Por favor, dímelo. Si no soy tu amiga, si solo soy parte de tu colección de trofeos y artículos peculiares, poco debe importarte responder ¿No?

La miró pensativo, parecía buscar las palabras adecuadas aunque ella no tenía ni idea de por qué razón se demoraba tanto.

-Mientras sufrías las fiebres mis tropas tomaron el Castillo de Luz, inutilizando en el proceso cualquier medida de contraataque posible por parte de las escasas tropas sukjianas resistentes a mi avance. Tu primo aún vive, permanece encerrado en las mazmorras por ahora -Le explicó finalmente.

Al menos no era tan terrible como había temido.

- ¿Qué vas a hacer conmigo? -Esa era la otra gran cuestión.

-Por el momento te mantendré cerca, hasta que me ocupe de Solrac. Luego volverás a mi castillo -y añadió, enarcando una ceja-. Hay una guerra ahí fuera, es peligroso que una muchacha recorra el bosque sola.

Ella sonrió un poco, levantando la mano izquierda luciendo el anillo de plata y obsidiana.

-No tengo razones para temer a tus tropas.

-Los objetos encantados pueden dejar de estarlo en cualquier momento.

Namirielle alzó las cejas.

- ¿Eso es una amenaza? -Inquirió, aunque se mantuvo muy tranquila.

-Una advertencia, más bien-recalcó con cierta diversión-. Lejos de mí no puedo garantizar tu seguridad, lo mejor que puedes hacer por ti misma es quedarte.

- ¿Mientras tus tropas destrozan Sukjia? No pienso hacerlo -replicó, cruzándose de brazos y dirigiendo sus ojos azules hacia el cielo con fingida expresión reflexiva-. Pero ya que tienes tanto interés en mí y en el libro de las raschidas, quiero negociar: me quedaré contigo por el momento si sueltas a Erlian -Propuso.

Aquello pareció ser de su entero entretenimiento, no había más que ver el brillo de diversión en sus ojos dorados y la media sonrisa que adornaba sus labios.

-Oh, dulce lirio… Yo no negocio con nadie, mucho menos cuando puedo obtener lo que quiero sin que nada ni nadie me lo impida. Tampoco estás en condición de negociar la libertad de tu primo.

-Seguro que hay algo que pueda ofrecerte a cambio -Insistió alegremente la joven, convencida de ello.

-No tientes a la suerte, Namirielle -le sugirió enigmático-. Deberías volver a la tienda. Perdiste mucha sangre, seguro que te sientes débil. Debes guardar reposo.

Tenía que admitir que no le faltaba razón. Estaba agotada, como si se hubiera pasado horas enteras corriendo sin cesar y estuviera a punto de desplomarse por el esfuerzo.

- ¿Por qué tanto interés en el libro? ¿No te basta tu propio poder? -Preguntó con curiosidad. Era una cuestión que se había planteado muchas veces en su cabeza, pero nunca se la formuló a él directamente.

El Rey Oscuro sonrió.

-Si te quedas puede que acabes descubriéndolo por ti misma.

Tiró de las faldas que se arremolinaba alrededor de sus piernas molestamente por culpa de la lluvia, echando a andar hacia el bosque con paso ligero.

-No vas a aprovecharte de mi curiosidad para convencerme -Espetó mientras se alejaba, aunque más bien se lo decía a sí misma en el intento de no caer en tan tentadora trampa.

Korsten la observó marchar sin mover un dedo para detenerla, lo cual sorprendió y alivió a la muchacha que tanto ansiaba perderse en la húmeda foresta y estar sola.

Pero la quietud del bosque no le proporcionó consuelo, intuía que nada lo haría. Pensaba en su primo, en Sukjia, en sus amigos y en qué sería de su vida en adelante. No solo se veía con la inquietud de qué le depararía el futuro; ni siquiera sabía ya qué deseaba para ese futuro incierto, todas sus expectativas se desmoronaban como arena. Y en medio de su caos espiritual estaba el Rey Oscuro, contemplándolo todo con sus calculadores ojos indescifrables.

Detuvo su avance, perturbada. No debía pensar en Korsten ahora, pero no estaba ciega ni era tonta. Sabía que su extraña relación con él suponía un camino incierto que desconocía a dónde la llevaba y cómo terminaría, debía cortarlo de raíz pero una parte de ella deseaba seguir adelante. Y cuanto más tiempo pasaba a su lado, más terreno ganaba aquel deseo alimentado por la fascinación que le inspiraba; cuanto más intenso era su deseo de saber más, mayor era la fascinación apartándola de todo lo demás en el mundo, atraída como una abeja por el polen de forma irrefrenable. Pero, ¿Por qué? Tenía que existir una razón.

-Me sorprende que no te haya encerrado en algún lugar a dónde solo él pueda acceder -Le llegó una ronca voz masculina entre la maleza.

Giró en redondo, buscando. Solrac emergió de detrás de un viejo árbol.

-Deberías marcharte -le sugirió la muchacha, manteniendo la calma-. Korsten puede venir en cualquier momento y tú no quieres eso, ¿Verdad?

El brujo se echó a reír ante la seguridad impresa en sus palabras.

-Niña tonta de remate… ¿Por quién le has tomado? El Rey Oscuro no es ningún caballero de brillante armadura, no te socorrerá a cada segundo que el peligro aceche. De hecho es solo cuestión de tiempo que se aburra de ti y él mismo te mate, muy poco tiempo.

-Lo importante es que ahora le intereso más viva que muerta, lo cual no puedo decir de ti -Repuso sin titubear ni dejarse asustar, eso era lo que el brujo buscaba.

Solrac se llevó las manos a los escasos cabellos blancos que tenía, tirando de estos en gesto desesperado.

-No me lo recuerdes -gruñó, malhumorado al pensar en hasta qué punto todo se había torcido-. Soy demasiado viejo y no viviré muchos años, además él me tiene en su punto de mira por haber dañado a su preciosa princesa del agua y la música. El amuleto no será nunca mío, lo asumo. Todo esto lo acepto bien, era de esperar. Pero me niego a ver cómo se desvía de su plan de conquistar Sukjia solo porque haya perdido la cabeza por una estúpida chiquilla como tú.

- ¿A qué viene tanto rencor hacia Sukjia, Solrac? ¿Qué te ha hecho el pueblo sukjiano para que desees esta guerra? -Podía percibir su odio, uno tan grande que la hacía estremecer.

Él esbozó una torva sonrisa.

-Te lo diré; tu tío, el difunto rey Taikos, me rechazó como archimago del reino hace quince años. Prefirió a esa elfa engreída. Los elfos están muy sobrevalorados, ¿Sabes?

- ¿Y por eso liberaste a Korsten del sello? ¿Para que atacase Sukjia y así vengarte? -No podía concebir tamaña mezquindad por tan poca cosa.

-Es un buen motivo pero no lo suficiente -desechó con un ademán desdeñoso-. En cambio, el poder que podía obtener si conseguía arrebatarle la inmortalidad y hacerme con su amuleto... oh, el sueño de todo aquel que practica la magia -dio un paso adelante, su semblante oscureciéndose mientras clavaba en ella sus ojos negros-. Por tu culpa ya no será posible. El Rey Oscuro acabará conmigo en breve, sí, pero me consuela saber que tú ya estarás muerta para entonces.

Del suelo brotaron ramas que crecieron como poderosas hiedras llenas de espinas que serpentearon hacia Namirielle. Ella se apartó retrocediendo para esquivarlas, pero una de las ramas se enredó en su tobillo haciéndola tropezar y caer dolorosamente al suelo, momento en que el resto empezó a enrollarse por sus piernas a gran velocidad, trepando hasta su cintura y brazos mientras la joven luchaba por liberarse. Las espinas se clavaron profundamente en su piel pero estaba tan concentrada en el forcejeo que no sintió dolor alguno, tampoco vio a Solrac acercarse siniestramente daga en mano; la misma daga que ya había sido teñida con su sangre anteriormente, alzándola cuando estuvo sobre ella con clara intención de matarla aunque fuera lo último que probablemente haría en su vida.

Una oscura figura se abalanzó sobre el brujo, tirando de este para alejarlo de Namirielle y derribándolo fácilmente. Era uno de los soldados del ejército del Rey Oscuro, y no estaba solo; otros más lo acompañaban, Korsten entre ellos.

-A ti quería yo verte, Solrac -dijo de buen humor el recién llegado-. Sabía que lo intentarías de nuevo en cuanto surgiera la ocasión… pero me sorprende que seas tan estúpido como para atreverte con tanta premura. Un grave error que te costara la vida -su mirada de oro líquido se desvió hacia la muchacha, acercándose a ella-. ¿Estás bien? -Le preguntó.

Namirielle asintió ligeramente con la cabeza, sus ojos azules en Solrac forcejeando con los soldados que lo redujeron con suma facilidad.

- ¡Matadla! -bramaba el anciano brujo, su cara roja por el frenesí mientras miraba a Korsten con ansiedad-. ¡Acabad con ella ahora o será vuestro fin!

- ¿Por qué no coges esa daga tuya y te cortas los dedos de la mano izquierda? -Sugirió el Rey Oscuro entonces.

El brujo dejó de forcejear, muy quieto mirando a su señor con ojos vidriosos. Korsten entonó una delicada melodía con las mismas palabras, su oscura voz cadenciosamente deslizándose por los oídos de Solrac que recuperó la daga con movimientos lentos y torpes.

Namirielle, cautivada por la bella melodía, logró apartar la mirada de los labios del Rey Oscuro para ver, horrorizada, cómo el brujo cortaba los dedos de su propia mano izquierda uno a uno. Y no gritó, su semblante en blanco mientras lo hacía sin queja alguna, la sangre manando abundante.

-Basta -Musitó la muchacha, empezando a marearse por tan espantosa visión.

-Ahora dirige la hoja a tu garganta y cercena la yugular -Continuó Korsten, su expresión una de casi deleite mientras no perdía detalle de tan macabra escena, ignorándola.

Namirielle lo vio alzar el cuchillo, dispuesto a ello e incapaz de resistirse al hechizo tejido por aquella voz de barítono. La joven se puso en pié tambaleante, caminando hacia el Rey Oscuro y agarrándole del brazo con manos temblorosas, haciendo que él la mirase.

-Por favor, ya es suficiente -le r

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