Fanfic Es
Fanfics en español

La Canción Del Rey Oscuro Y La Reina Blanca por Adriana Perez

[Comentarios - 1]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +

El vestido se le resbaló de las manos debido a la impresión. Boda. Aquella palabra resonaba en su mente, como un trombón martilleando sus oídos segundos después de ser pronunciada por Korsten. Tenía que ser una broma.

- ¿C-c-cómo has d-dicho? -Tartamudeó Namirielle, empezando a sudar.

El amago de sonrisa se acentuó más, al parecer nada sorprendido con la reacción de la joven.

-Boda -repitió pacientemente el Rey Oscuro-. Mañana al atardecer estaremos casados.

No podía dar crédito a lo que estaba pasándole.

-Pero, Korsten… -respiró hondo, llevándose las manos a la tiara para quitársela y volviéndose en su dirección. No estaba segura de cómo reaccionar, al menos no de forma positiva para su plan original pues salir corriendo no era la mejor opción para este-. ¿No es un poco rápido?

-De hecho vamos mal de tiempo. Si la ceremonia se hubiese celebrado ayer, mucho mejor.

-Pero… yo no te amo.

Su expresión no cambió en lo más mínimo. Nuevamente tampoco era una novedad para él.

- ¿Y? ¿Te lo he preguntado? -y al ver la creciente confusión en la joven, sonrió más-. ¿Acaso piensas que yo a ti sí? Ya tuvimos una conversación respecto al amor, conoces mi escepticismo al respecto.

Con mayor motivo no entendía su interés.

-Y si no sientes nada por mí, ¿Por qué quieres que nos casemos?

-Considéralo una unión conveniente -Fue la breve respuesta que ofreció el Rey Oscuro al respecto.

Más razones para no querer, Namirielle pensaba en el matrimonio como una unión de amor.

-Hay un problema -aventuró, en su mente naciendo una idea con la que tal vez pudiera librarse de tal destino-. Aún no tengo la edad suficiente para contraer nupcias -Lo cual no era cierto, pues la edad mínima era de dieciséis años y ella tenía uno más.

Korsten ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad.

-Di por hecho que tendrías dieciséis o diecisiete años, incluso dieciocho. En fin, ¿Cuándo los cumplirás?

-En verano -Mintió.

-Estamos en primavera, aún faltan un par de meses para su conclusión -Observó el Rey Oscuro, frotándose la barbilla con aire pensativo.

La muchacha lo miraba expectante, no sabiendo si sentirse aliviada o todo lo contrario. Decidió seguir hablando, convencerle de que era mejor posponerlo:

-Además es necesario que mi padre dé su consentimiento para la boda, y como él está muerto entonces ha de hacerlo mi tutora, Liudenna. Pero ella está en Norwen, es imposible que obtengamos respuesta para mañana -Concluyó, muy segura de su éxito.
Se acercó más a ella, sus ojos dorados fijos en los azules de la joven quien a duras penas contuvo el impulso de echar a correr.

- ¿Acaso piensas que necesito permiso? ¿Quién es la sacerdotisa del Templo Blanco para negarme algo?

Esbozaba un inquietante amago de sonrisa que no podía ser buena señal, su hermosa voz baja y peligrosamente sedosa, cuando era evidente que no le gustaba que le dijeran qué podía o no hacer. Intimidada, Namirielle retrocedió un paso.

-B-bueno… es mi tutora, así son las normas.

-El rey decreta las normas.

-Sigo siendo menor de edad -Argumentó, tratando de ganar tiempo. Eso sí que no lo podía cambiar por muy rey que fuera. Solo esperaba que no se enterase de su verdadera edad.

Aunque suponía que aquel impedimento sería suficiente para que cambiara de idea, Korsten sonrió ampliamente entonces y se encogió de hombros, desconcertándola aún más.

-No es mi problema, el nuestro no será un matrimonio común. Aunque no tengas la edad requerida, no hay ninguna norma que impida un casamiento siempre y cuando no haya consumación hasta dicha mayoría de edad.

-P-pero…

Él cortó sus incesantes tartamudeos con un gesto de la mano, poco interesado en lo que la muchacha tuviera que añadir al respecto.

-Cuando recupere mi imperio, soy consciente de que el pueblo no me querrá como rey e intentará sublevarse. Ahí es dónde encajas tú: la muchedumbre necesita un aliciente que la ayude a aceptar su nueva condición, y una reina que derroche pureza y bondad es más que suficiente para obtener la rendición absoluta, ¿Comprendes ahora mi interés en casarnos? Me eres de gran utilidad para aplacar al pueblo sin necesidad de recurrir a métodos menos ''delicados'' para lograrlo. En realidad es muy poco lo que pido de ti.

- ¿Y qué gano yo?

-Serás reina, ¿Te parece poco?

Lo dijo como si eso fuera cuanto importaba. Ella no quería ser reina, mucho menos vivir en ese lugar, tampoco le interesaba el poder; solo quería volver con su gente y recuperar su vida tal cual era antes de que toda aquella pesadilla comenzase. Pero no era tan inocente, sabía que nada volvería a ser como antes por mucho que lo deseara.

- ¿Qué pasaría si, por un casual, rechazase tu oferta de matrimonio? -Preguntó suavemente, desviando la mirada por la extensa y rica sala del tesoro, a la vez que lo observaba por el rabillo del ojo.

Silencio sepulcral por largos segundos. Namirielle no se atrevía a mirarlo a la cara, temía haberse equivocado drásticamente al plantear aquella pregunta.

-Confío en tu buen juicio para no hacerlo; de lo contrario las consecuencias serían nefastas para quienes tanto aprecias -un escalofrío la recorrió de cabeza a los pies, comprendiendo: no tenía elección, le estaba imponiendo las nupcias-. Acompáñame.

Lo siguió fuera de la sala, recorriendo pasillos y subiendo escaleras. Korsten se detuvo ante una puerta con un cisne labrado en la madera. La abrió, indicándole que entrase.

-Esta será tu habitación a partir de ahora.

Namirielle le echó un vistazo, curiosa. Era más grande que su cuartucho-prisión actual, se trataba de una habitación de verdad; el color predominante era el azul, con muchos muebles de esquicito acabado y un gran espejo en una esquina. Varias alfombras aparentemente suaves cubrían el suelo de piedra alrededor de la gran cama de aspecto cómodo.

- ¿Te gusta? -Preguntó él, al ver que no decía nada.

Lo miró por el rabillo del ojo. ((Como si te importase mi opinión sobre la alcoba, o sobre cualquier otra cosa)). Pensaba, pero al volver su atención a la habitación tuvo que admitir para sí misma que era preciosa.

-Mucho -Acabó respondiendo un poco distraída, pensando en todo lo que se le estaba viniendo encima.

El Rey Oscuro asintió con la cabeza, conforme.

-Solrac traerá tus escasas pertenencias. Ponte cómoda. Cenaremos un poco tarde, puedes terminar de habituarte a tus nuevos aposentos mientras tanto.

La dejó sola, tras lo cual Namirielle se sintió más libre de actuar con naturalidad.

Lo primero que hizo fue acercarse a la cama y coger uno de los almohadones de color azul, abrazándolo en busca de amparo. Todo se había descontrolado de manera imprevisible ((¿Boda? ¿No podía traerme a su castillo para matarme, quizás? Ni siquiera me ama, no le importo en absoluto, solo necesita de alguien que convenza a la gente para no intentar rebelarse a su reinado ¡Como si él solo no los aterrorizase bastante ya!)). Se decía en su fuero interno una y otra vez, afligida con su suerte.

La situación no podía ser peor, ni siquiera su falsa carencia de mayoría de edad lo había hecho cambiar de idea. No quería ni imaginar qué pasaría si se enterase de que le había mentido, seguro que acababa con un severo castigo. Y por lo que ella sabía, los castigos del Rey Oscuro eran peores que la más dolorosa muerte imaginable.

Había esperado disponer de mucho tiempo para ganarse su confianza, pero la inminente boda se lo restaba: solo contaba con un día para hacerse con el amuleto, pero, ¿Cómo? Las cosas sucedían demasiado rápido para idear un plan. Si esa noche no lo conseguía, desconocía qué sería de ella. Porque además de apoderarse del amuleto, tendría que huir lejos de allí para evitar ser desposada.

Suspiró, mentalmente agotada. Todo se dificultaba.

Unos golpecitos en la puerta la trajeron de vuelta al presente. Se levantó de la cama, acercándose a la puerta y descubriendo, para gran sorpresa suya, que podía abrirla. Al otro lado estaba Solrac, en su regazo unas ropas dobladas que ella reconoció enseguida como las mismas con las que había llegado al castillo.

-Esto es tuyo -comentó escuetamente el anciano brujo, entrando y dejando su carga sobre el baúl a los pies de la cama azul. Se volvió para mirarla, sus ojos negros serios e infranqueables-. ¿Y bien? ¿Has pensado lo que vas a hacer? -Le preguntó, bajando la voz.

Namirielle se mordió el labio inferior. Lo último que necesitaba era presión.

-Tengo que conseguirlo esta misma noche, pero aún no sé cómo.

-Niña tonta -Escupió entre dientes, sacudiendo la cabeza para sí negativamente.

La joven frunció el ceño.

-No soy ninguna niña tonta -Se defendió.

-Lo eres mientras no demuestres lo contrario -repuso-. ¿Cómo vas a quitárselo esta noche? ¿De veras piensas que te dará la oportunidad, siquiera? Yo llevo aquí mucho más tiempo y aún no he logrado su confianza. Si intentas algo con tanta premura fallarás y el castigo será la muerte: porque tú serás una niña tonta, pero el Rey Oscuro es bastante inteligente.

Namirielle no pudo evitar sonreír. Ciertamente el brujo no contaba con la confianza de Korsten, no había más que ver su falta de información.

-Oh, vaya, ¿No te lo ha dicho?

- ¿Decirme, qué? -Preguntó, inquieto ante su tono cantarín.

Su sonrisa se acentuó, irónica.

-Mañana celebramos nupcias.

Silencio absoluto. Solrac la miraba como si le hubiese dicho que la habitación estaba plagada de abejas asesinas escondidas tras los muebles; una mezcla de horror y sorpresa imprevista.

-Supongo que he de darte la enhorabuena -Dijo entre dientes, de pronto intranquilo.

-Muy gracioso, especialmente dado que todo esto es culpa tuya. Yo no quería romper el sello que lo mantenía fuera de este mundo, ni siquiera sabía quién era él hasta que tú y tus amigos me obligasteis a liberarlo y matasteis a Jaridia.

-Oh, deja de lamentarte como una chiquilla estúpida. Por mucho que llores y supliques tu suerte será la misma.

-No voy a suplicar, Solrac: tengo que salir de aquí antes de mañana. Y tú debes ayudarme.

Bufó.

-Ya te lo dije antes, niña tonta: si hago lo más mínimo por sacarte de aquí en contra de sus deseos, me castigará. Valoro mi vida.

-Tú me hablaste de un ''hechizo'' para hacerle dormir, la idea fue tuya. Podrías colaborar un poco, ¿No? -Le reprochó la muchacha, dejándose caer en la silla ante el tocador y mirando desecha su reflejo en el espejo. Su pálido rostro mostraba claramente la incertidumbre e inquietud respecto a lo que se avecinaba.

Solrac, observándola en silencio, se acercó por detrás dejando caer sus huesudas y afiladas manos sobre los delgados hombros de la joven, que lo miró interrogante.

-Cuéntame… ¿Qué motivos te dio Korsten para una boda tan repentina? A mí no me avisó de ello, jamás me comentó nada. Su interés resulta bastante inesperado, cuanto menos.

Namirielle se lo relató lo mejor que pudo, lo cual fue un poco difícil porque debido a la fuerte impresión que la noticia le causó apenas recordaba las palabras exactas que él le dijo.

-No sé si exhibirme ante el pueblo le servirá de mucho, yo no sería capaz de convencer a nadie de que será un gran rey cuando eso es imposible, pero parece que así lo cree.

-Tranquila, él se ocupará de todo: tú solo tienes que mantenerte dócil y sumisa, lo cual deduzco que se te da muy bien -la muchacha entrecerró los ojos en respuesta, ofendida-. Oh, si el Rey Oscuro supiera cómo piensas… seguramente se llevaría un gran disgusto.

Aquello la desconcertó, ¿Disgusto? ¿Por qué? Desde el punto de vista de Namirielle, más bien se enfurecería con ella.

- ¿Por qué habría de disgustarse?

El anciano brujo esbozó una sonrisa lobuna.

-En el fondo es como un niño caprichoso, las cosas han de hacerse a su manera. El gran problema que padecemos todos es que ese ''niño'' es el hechicero más poderoso que ha pisado la tierra. ¿Te gustan los niños, Namirielle? Son encantadores, resbosantes de sueños frágiles…

- ¿A dónde quieres llegar, Solrac?

-Los niños necesitan el amor de una madre: la de Korsten murió siendo él muy pequeño, dudo que guarde algún recuerdo de ella. Tampoco obtuvo el de sus hermanos, estos le repudiaban porque lo veían distinto. Y su padre era el rey, no podía prestarle atención. Cuando creció y demostró grandes dotes para la estrategia militar tampoco obtuvo el reconocimiento de nadie: todos sentían celos, incluso su propio padre le negó dirigir sus tropas cuando no había nadie más cualificado, temía que su vástago fuese mejor comandante que él -hizo una pausa, evaluando la expresión de la joven-. Imagino, Namirielle, que tu niñez fue colmada de atenciones y amor. La suya aun siendo príncipe careció de cualquier tipo de afecto, lo cual no cambió a la edad adulta, acrecentándose entonces para acabar por convertirse en el hombre cruel e inmisericorde que tan bien conocemos todos.

Namirielle no sabía eso, y no podía menos que compadecerse del Rey Oscuro. Incluso podría comprender su forma de ser: tal vez ella misma sería igual de haber llevado una vida tan vacía de amor.

Solrac se inclinó para quedar a su altura, mirándola atentamente, sus dedos acariciando el cabello castaño claro de la muchacha de forma contemplativa.

-Eres muy hermosa, más de lo que puedas vislumbrar por ti misma -observó-. Korsten lleva toda su vida buscando una raschida: tú eres la encarnación de sus sueños, su gran obsesión ha sido encontrarte. En su interior tal vez albergue la posibilidad remota de que puedas darle un poco del cariño que jamás conoció pero que otros gozan hasta el derroche.

Namirielle se removió bajo sus manos, inquieta con el hilo de sus palabras. Solrac presionó sus hombros con más fuerza.

- ¿Vas a rechazarle por desear un poco de amor? Eso sería muy cruel por tu parte, niña tonta. Y temerario.

Ella sacudió la cabeza repetidas veces.

-No te creo, estás mintiendo. Según Korsten el amor no existe, es tan falso como tus palabras.

-Para él no existe, lo cual es perfectamente lógico, ¿Qué va a opinar del amor alguien que jamás lo ha sentido a lo largo de su extensa vida?

-Estuvo casado antes, me lo dijo. Dos veces, además.

Se echó a reír y la soltó, rodeándola hasta quedar frente a ella.

- ¿Cómo crees que llegó a casarse? Fueron matrimonios forzados con princesas extranjeras, el Rey Oscuro quería sus tierras y ninguna de ellas podía negarse por miedo a que sus reinos acabaran en ruinas. Pero no querían casarse con él, eso puedo asegurártelo; es más, tú tampoco deseas tal destino, por lo que entenderás perfectamente a esas pobres desdichadas. Y ninguna de las dos tuvo un final feliz, precisamente: la segunda se suicidó, la primera acabó reducida a cenizas por intentar desafiarlo.

La muchacha jadeó, impactada por tal revelación. ¿Suicidio? ¿Cenizas? ((¿Será esa la suerte que me depara el destino?)). Se preguntó en su fuero interno, aterrada.

-Por favor, déjame sola -Pidió, poniéndose en pié e indicándole la puerta con un ademán.

-Como quieras. Pero recuerda bien mis palabras: es como un niño, si no tienes cuidado podrías romperle el corazón y eso sería nefasto para ti. Su furia no tiene parangón. Tal vez deberías plantearte mejor qué hacer: casarte no es nada comparado con lo que te hará si te pilla robándole su posesión más preciada.

Y con eso, el anciano brujo abandonó la alcoba de color azul. Namirielle se sintió peor tras sus palabras, no eran nada alentadoras, la hacían dudar incluso más.

Sola otra vez, volvió a sentarse ante el espejo y respiró hondo varias veces para poder relajarse y pensar con mayor claridad. Sus emociones le dificultaban aquella tarea, porque si era verdad lo que Solrac contase sobre el Rey Oscuro, ¿Cómo podría ella negarle su afecto? No se casaría con él pero en la Isla de Jade sintió algo similar al cariño, lo cual terminó abruptamente al descubrir que la había manipulado desde el principio del viaje; o eso creía, porque en ocasiones dudaba que todo fuese mentira, también que aquella amistad se hubiera desvanecido completamente de su corazón.

Se aproximó a la puerta, probando a abrirla; para gran alegría suya esta lo hizo de nuevo. Dudaba que fuera accidental, tenía permiso para salir.

Asomó la cabeza al exterior, mirando a derecha e izquierda, descubriendo el lúgubre pasillo vacío y solitario. La tentaba buscar una salida pero no era tan tonta, sabía que acabaría metida en un buen lío si lo intentaba.

Como si los pies le pesaran al moverlos, lentamente salió fuera, caminando titubeante por los pasillos preguntándose a dónde la llevarían.

Tenía que reconocer que aquel lugar era interesante. La intrigaba cuán grande sería, qué ocultaría cada recoveco. Un castillo así debía contener muchos secretos, especialmente de su dueño ((si lo exploro podría saber más sobre Korsten. A lo mejor tengo otras opciones además de quitarle su amuleto)). Meditaba en su fuero interno mientras se movía por los pasillos, subía escaleras y abría puertas. Halló algunas estancias vacías y polvorientas, similares a la que ella ocupase hasta recientemente, otras rebosante de un lujo que su imaginación jamás hubiera podido concebir de no verlas con sus propios ojos, multitud de objetos exóticos y extraños que despertaban su curiosidad adornando cada rincón enigmáticamente.

Era como un juego, incluso empezaba a encontrarlo divertido a medida que iba explorando, intrigada ante su siguiente descubrimiento. Canturreaba entre dientes una melodía, mientras caminaba por los pasillos y curioseaba en alguna que otra habitación misteriosa. De nuevo olvidó su cometido, perdiéndose en el entretenimiento como una niña, lo cual le levantó notablemente el ánimo. Igual que aquella tarde en los jardines con Korsten, distraerse le venía bien después de tanta inquietud.

Dio con unas nuevas escaleras, un tramo más largo y ancho que otros que había hallado previamente, y se disponía a subir cuando alguien la agarró por detrás férreamente. Al volverse vio que se trataba de Jaspe, quien la sujetaba por un brazo con sus escuálidas manitas.

- ¡No vayas por ahí! -gimió, una vocecilla apenas audible debido a su bajo volumen para no ser escuchado-. Arriba están los aposentos del amo, ¡Está prohibido acercarse!

Namirielle asintió una vez, retrocediendo con una mirada recelosa en dirección a lo alto de los escalones.

-Es peligroso que vagues sola por el castillo -Señaló el duende.

-La puerta estaba abierta, supuse que tenía permiso de tu amo.

-Y así será, pero el castillo es engañoso. Puede llevarte a cualquier sitio, normalmente sitios malos o a donde el amo desea. Me pondría muy triste si te ocurriera algo -Le confesó, conmoviéndola.

Sonrió con ternura al pequeño duende. Sí, conocerlo a él era lo mejor que le estaba pasando en el siniestro castillo del Rey Oscuro.

-Te estaba buscando -le dijo Jaspe, de súbito recordando su propósito-. Oh, no tienes ni idea de qué acabo de descubrir… escuché al amo hablar con su brujo sobre ti. Hablaban de boda.

Ella asintió.

-Sí, ya lo sé, Jaspe. Korsten quiere desposarme para que ''apacigüe'' al pueblo, lo cual todavía no acabo de entender muy bien, pero bueno…

- ¡No! ¡Eso es lo que quiere que tú pienses! -aquí la joven se agachó, quedando a su misma estatura y mirándolo atentamente-. Namirielle, no solo estaréis unidos en matrimonio si aceptas: le entregarás tu voluntad. No es una ceremonia nupcial, es un ritual de posesión. Tienes que salir de aquí cuanto antes.

Ahogó una exclamación. Eso no se lo había contado Korsten, él había hablado de una boda, nunca de semejante ritual. Rememoró lo que la Madre Blanca le había contado sobre el vínculo que los unía, cómo se completaba dicha conexión.

-Eso es lo que él quería desde el principio, por eso me trajo aquí -comprendió la muchacha de súbito-. Libre soy un peligro para sus planes, pero si me somete… -aquí le faltaba algo a su razonamiento, y se mordió los nudillos de una mano mientras intentaba discernirlo-. ¿Qué gana si me somete, además de erradicar mi amenaza? ¿No es más fácil matarme?

Jaspe se rascó la cabeza, intentando ayudarla pero aún menos capaz de dar con la respuesta. Al parecer, sea lo que fuese que anduviera en mente del Rey Oscuro, solo él lo sabía.

-No importan sus motivos, debes marcharte.

-Ojalá pudiera.

-El hechizo para dormir -le recordó-. Hazlo. Las raschidas son capaces de cualquier cosa, estoy seguro de que funcionará. Yo conozco el castillo, puedo indicarte cómo salir sin ser vista -Namirielle abrió mucho sus ojos azules como el mar, animada al saberlo-. Pero el amo debe dormir, de lo contrario no podré ayudarte. Él controla todo, yo solo soy su creación. Pero si duerme, la magia que aquí habita dormirá también, incluido su ejército.

Lo pensó largo y tendido. Escuchando al duende sin duda aquella era la solución a todos sus problemas. Pero aún tenía una duda.

-Es un hechicero muy poderoso, para lograrlo necesitaría una magia mayor. Yo no poseo ninguna sin mi libro y no lo tengo aquí. No creo que logre adormecerlo solo con el sonido de mi voz.

Las puntiagudas orejas de Jaspe bajaron en picado, su moral descendiendo también. No era el único.

- ¿Seguro que no puedes hacerlo? A lo mejor si te esfuerzas...

Namirielle negó con la cabeza. No era una hechicera como Korsten o Syrkail, jamás había hecho nada mágico hasta que el hermoso libro de las raschidas llegó a sus manos y empezó a descubrir sus dones. Lo único raschida que poseía de verdad era la voz y esta no podía hacer conjuros, de hecho ella aún estaba descubriendo cómo usar el poder del libro.

-Parece que de una forma y otra acabaré siendo la marioneta de tu amo -Se resignó, bajando la cabeza y desviando la mirada.

Tal vez esa era la decisión que la vidente había predicho: elegir entre ser un títere o no, salvar a su gente o dejarla morir si se rebelaba ((¿Y qué me garantiza que si acepto alguien estará a salvo? Mi voluntad será la suya, ya no querré nada más que lo que él desee que quiera, ¿Puede su palabra ser suficiente después de lo mucho que me ha engañado?)). No podía saberlo con certeza y reflexionar al respecto de poco serviría.

Una melodía llegada del otro extremo del pasillo atrajo su atención. Parecía una flauta, pero no podía asegurarlo pues se oía muy tenue desde donde estaban.

- ¿Qué es eso?

Jaspe se retorció las manos en gesto nervioso, mirando con sus ojos verdes a cada rincón.

-El amo -Respondió en tono temeroso, intranquilo ahora.

Aquella música parecía una señal venida para indicarle qué hacer a continuación.

-Me pregunto dónde estará tocando…

- ¡No vayas! -la sujetó del brazo nuevamente, preocupado por la joven-. No le gusta que lo interrumpan cuando toca, se enfadará…

Ella tomó sus manitas, más pequeñas que las suyas, sonriéndole tranquilizadoramente.

-No temas por mí, no me pasará nada.

El duende tenía dudas al respecto pero la dejó ir igualmente, inquieto mientras la veía alejarse por el pasillo.

Namirielle poseía dos dones: uno era encontrar agua, el otro una gran sensibilidad para la música que muchas veces resultaba más que peligroso para su seguridad, como cuando escuchó cantar a Korsten por primera vez. Supo que iba por buen camino cuando el sonido de la flauta comenzó a sonar más fuerte en sus oídos. Se estaba acercando.

Las etéreas notas de la flauta sonaban con una nostalgia que calaba hondo en el pecho de Namirielle. Habría seguido aquella melodía hasta el fin del mundo, envuelta en ella como si fuera una manta.

Vio una puerta entreabierta ante sus ojos, de la cual provenía la música, y la empujó un poco para ver. Dentro estaba todo en penumbra, apenas iluminado por velas esparcidas por la estancia de altas columnas. Namirielle entró procurando no hacer ruido, entrecerrando los ojos mientras se adaptaba a la escasa iluminación del lugar.

Aquella estancia tenía forma cuadrada, desprovista de mobiliario alguno a excepción de los candelabros que levitaban en el aire acompañados por una orquesta de flautas, laúdes, violines y otros muchos instrumentos que no vislumbró hasta más tarde pero escuchaba unirse a la solitaria flauta original en un coro sinfónico delicioso para los sentidos.

En el centro de la sala vio a Korsten de perfil a ella, sentado en lo que parecía un trono. Namirielle se acercó sigilosamente, ocultándose tras una de las altas columnas de negra piedra mientras lo observaba con curiosidad. Parecía sumido en sus pensamientos y la joven se preguntó cuales serían, ¿Tal vez meditaba sobre el ritual de posesión que iba a realizar mañana? ¿Era posible que sintiera remordimientos por engañarla? Dudaba que su corazón pudiera albergar algo que no fuese oscuro y retorcido.

La música se apagó paulatinamente, quedando la sala en silencio.

- ¿Namirielle?

Al escucharlo pronunciar su nombre se asomó por un lado de la columna, dejando atrás cualquier intento de sigilo pero sin alejarse demasiado del sitio. El Rey Oscuro la miró, sorprendido al parecer.

- ¿Por qué te escondes?

-Yo… no quería molestarte -Musitó. Esperaba que no se enfadase como Jaspe le había advertido que haría.

Una de las comisuras de sus labios tiró hacia arriba en un amago de sonrisa.

- ¿Por qué ibas a molestarme? -ella no dijo nada-. Me alegra que hayas venido. No te quedes ahí, acércate.

Así lo hizo, mirando nerviosamente de un lado a otro y sentándose en el primero de los dos escalones que conducían al trono, el cual apreció entonces que estaba hecho de acero negro ribeteado de oro. Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, que dada su curiosidad no era otra cosa que una pregunta, respecto a la estancia en la cual se encontraban.

-Es la sala del trono, en efecto -corroboró Korsten-. Pero yo la uso a veces como sala de música. Me ayuda a pensar.

- ¿Y en qué pensabas ahora?

- ¿Querías algo, Namirielle? -Desvió la cuestión.

Buena pregunta, tanto que no tenía respuesta.

-Mañana estaremos casados -pudo contener el impulso de dejarle bien claro que ya sabía la verdad, que no existía ninguna boda-. ¿Estás seguro de que es eso lo que quieres? Afirmas que no me amas, ¿Qué clase de matrimonio será el nuestro, entonces?

-Uno mucho más sencillo que en el caso de haber amor, te lo aseguro. El amor es un inconveniente muy problemático.

-No estoy de acuerdo contigo en eso. Y, con amor o sin él, tarde o temprano querrás un heredero y no seré yo quien te lo dé -Declaró muy seria, tajante al respecto.

Para sorpresa de la muchacha, Korsten se echó a reír ante aquello. Ella lo miró con el ceño fruncido, preguntándose qué le había hecho tanta gracia.

-Los herederos dan muchos problemas cuando se es inmortal, pues nunca les llega el día de heredar y empiezan a urdir planes muy molestos. Puedes estar tranquila, dulce lirio, no es un hijo lo que exigiré de ti.

-Sin embargo, un matrimonio no es válido hasta que sea consumado -Observó, inquieta al imaginarlo, temblando internamente porque sin voluntad no podría negarse a nada que él quisiera. Más motivos para escapar del castillo antes de que las falsas nupcias tuvieran lugar.

El Rey Oscuro alzó sus ojos dorados hacia los instrumentos que levitaban en el aire. Parecía reflexionar al respecto.

-Tal y como dictan las leyes en estos casos, esperaremos a tu cumpleaños. O podríamos postergarlo indefinidamente -agregó, algo que Namirielle no esperaba oír-. Si estuviese buscando una amante, elegiría a alguien que no se desmayara en cuanto la bese. Más que nada porque sería una amante muy, muy aburrida -Declaró con cierta diversión en su cadenciosa voz.

La muchacha bajó la cabeza y se miró las manos, cohibida, notando el calor en sus mejillas. Sí, eso era probablemente lo que sucedería en la hipotética noche de bodas.

-Pero en tal caso, nuestro matrimonio nunca sería válido, ¿Para qué casarnos, entonces? -Aunque la realidad era que ninguna boda iba a celebrarse, pero no entendía sus argumentos a la hora de convencerla.

-Será válido porque nadie tendrá la ocurrencia de ponerlo en duda, mucho menos pedir pruebas -Aseguró con sarcasmo, su breve risotada baja y profunda llenando la sala del trono.

En eso Namirielle le daba la razón. Más que nada porque la gente estaría demasiado asustada como para atreverse a decir algo.

-Ahora me siento mucho mejor -No pudo evitar ironizar, dado que lo que él pretendía en realidad era apoderarse de su voluntad, la joven no sabiendo qué era peor.

Korsten enarcó una ceja.

- ¿No me crees?

-Claro que sí -otra ironía, más suave y endulzada con una sonrisa-. El gran Rey Oscuro no requiere de herederos ni de reina, porque vivirá eternamente y su poder no tiene rival. Lo cual me hace volver a preguntarme qué quieres de mí.

-Ya te lo dije.

-Al pueblo le dará igual lo que yo diga o haga, si los tiranizas como ya hiciste en el pasado -Replicó.

-El pueblo te amará -dio como respuesta a aquella cuestión, confundiéndola-. ¿No te gusta tanto el amor? ¿Acaso no aspiras a ser amada por quienes te rodean? A mí me temerán y odiarán en silencio, pero tú obtendrás su devoción.

Bajó la cabeza, mirándose las manos con frustración. Ganarse el afecto de tanta gente era algo a tener en cuenta, y nada fácil de lograr. Pero seguía sin ser lo que ella buscaba en cuanto a amor.

- ¿Por qué no tocas algo? -Propuso, mirándolo con interés.

Como respuesta, los instrumentos comenzaron a tocar por sí solos una melodía popular.

-Me refería a hacerlo por ti mismo -se corrigió, al ver que no la había entendido-. ¿Sabes tocar alguno de ellos sin usar magia?

Enarcó una ceja, mirándola con soberbia.

-Elige cual quieres que toque y lo haré.

La muchacha asintió, estudiando cada instrumento flotando, concretamente uno.

-Mi padre tocaba el laúd -Recordó, un poco nostálgica.

-Debió ser un gran músico para enamorar a una raschida -Comentó él.

-Eso creo. Yo tenía cinco años cuando murió, apenas me acuerdo de cómo sonaba su música.

Un laúd bailó en el aire hasta el Rey Oscuro, tomándolo y deslizando sus dedos sobres las cuerdas, notas subiendo y bajando para el entretenimiento de Namirielle quien se balanceaba ligeramente siguiendo el ritmo de la melodía. Escuchaba con atención, una parte de su mente deleitándose, la otra pensando en cómo lo haría dormir. Tal vez debió preguntar más a Solrac al respecto.

Y entonces él empezó a cantar, un suave ronroneo que la congeló en el sitio. A su mente volvió la primera vez que escuchó aquella voz de barítono atrayéndola a su castillo, absorbida por el misticismo de las notas ondeando en el aire hacia sus oídos. Era sorprendente que un ser carente de corazón como Korsten pudiera poseer una voz de tal belleza.

La joven se llevó una mano al cuello, clavando las uñas en la piel blanda como intento de distracción, resistiendo a duras penas el impulso de taparse los oídos. No podía permitirse el escucharlo cantar, acabaría olvidando cuál era su cometido, ya lo estaba olvidando. Si quería hacer las cosas bien tenía que conseguir que se callara, antes de que se perdiera en su encanto.

Como si unos hilos invisibles la movieran, se puso en pié mirando a Korsten que cantaba a la vez que tocaba; sus ojos dorados la invitaban a acercase, cosa que la muchacha hizo. El encanto de su voz y la sugerente cadencia aun sin palabras empezaban a hacer mella en ella; no había más que ver la hipnotizada expresión de sus ojos azules, olvidando su misión y quién era él. Pero tampoco le importaba, solo existía la música, eso era cuanto necesitaba ahora.

Se apoyó en el respaldar del trono de acero y oro, su mente más embotada según la música se deslizaba por sus oídos. Los dedos del Rey Oscuro tocaban las cuerdas diestramente y Namirielle puso una mano sobre la de él, lo cual casi le cuesta un acorde. Korsten dejó de cantar y la miró dubitativo, su música fluyendo deliciosa por la estancia como si nada. La joven aprovechó que no cantaba ahora para unir su voz al solitario laúd, prosiguiendo con su melodía sin palabras.

No supo cómo pero cuando empezó a cantar sintió algo en su interior romperse, libre. Su mente se desprendía del encanto en la voz del Rey Oscuro, mientras él la miraba de forma completamente distinta ahora; sus ojos dorados vidriosos e incapaces de apartarse de los labios de la muchacha, fascinado porque un sonido tan perfecto y puro pudiera brotar de ellos, apenas conteniendo las lágrimas debido al gran sueño que en aquel momento se cumplía. Llevaba mucho tiempo anhelando escuchar el canto de una raschida.

Namirielle mantenía su mirada, alterando la melodía, su voz subiendo y bajando vertiginosamente en una muestra de virtuosismo fuera de lo terrenal, apoderándose de Korsten con cada nota. La muchacha sabía lo importante que para él era escucharla, podía ver el deleite en sus ojos, el mismo que ya había visto y sentido en otros; podía hechizarle para que durmiera si tan solo seguía cantando, su instinto se lo decía claramente. Aunque no tuviese el libro de nácar consigo era capaz de tal hazaña, se sentía segura de poder hacerlo. Porque era hija de una raschida, su voz magia pura y cuanto requería para hacer lo que quisiera.

Se sentó en uno de los reposabrazos del trono y con los dedos acarició suavemente el rostro de Korsten, recorriendo unas finas líneas de expresión alrededor de sus ojos, ignorando cualquier malestar que la oscuridad dentro de él pudiera causarle. Comenzó una conocida canción de cuna que desde pequeña cantase a su amiga Jaridia cuando no podía conciliar el sueño:

 



Escucha las notas en la noche; sonidos del mar, susurros del viento en la hojarasca. Cierra los ojos y escucha en los sueños su música efímera, un mundo ilusorio y etéreo. Paz y quietud en el bosque hasta el fin de los tiempos tendrás. Duerme y escucha el violín, la flauta, el laúd. Todos en armonía hasta el fin de los tiempos. Si no cierras los ojos no verás la verdad. Si no abres el corazón, no sentirás lo que es cierto. Escucha con atención, en la brisa hallarás el canto del árbol.

 

 

Como obedeciendo a su canción, los demás instrumentos empezaron a tocar en el aire para ella. La joven rozó con sus dedos los párpados de Korsten, que los cerró dócilmente, relajándose como un niño sin oponer resistencia al sueño que lo invadía con cada palabra cantada por ella. Namirielle lo observaba con avidez, la emoción recorriendo sus venas, apenas controlando el éxtasis ante lo que estaba consiguiendo. Sus ojos azules se deslizaron por el rostro tranquilo del Rey Oscuro hasta su cuello, avistando una cadenita de oro sobresaliendo por el borde de su camisa blanca. Su amuleto tendría que estar ahí.

Pero aún no podía cogerlo, era demasiado pronto, debía ser paciente y no actuar precipitadamente, no ahora que estaba tan cerca de lograr su fin.

Korsten hacía un rato que no tocaba el laúd, aparentemente dormía, pero ella siguió cantando acompañada de la orquesta que sobrevolaba la sala del trono. Los instrumentos ahora flotaban en el aire debido al poder en la voz de la muchacha, sus dedos acariciando la marcada mandíbula del Rey Oscuro sin perder de vista la cadena que era su objetivo. Iba bajando lentamente por su cuello, con mucho cuidado, queriendo llegar ya a la cadena pero tomándose su tiempo por miedo a que abriera de nuevo los ojos y la pillase.

Su canción ya había concluido, pero Namirielle siguió canturreando una suave melodía junto a su oído para que continuara durmiendo. Empezaba a ponerse nerviosa, era un milagro que la voz no le fallase o le temblaran las manos a apenas unos centímetros de la cadena que ya casi podía tocar.

Cuando lo hizo dio un respingo brusco; los eslabones de oro le habían dado calambre. Un quejido se escapó de su boca, pero por suerte Korsten seguía dormido y ella rápidamente retomó su cántico sin palabras y volvió a intentarlo, preparada ahora para la extraña reacción de la cadena.

Dolía tocarla pero muy cuidadosamente fue recorriendo la sencilla cadena hasta dar con el broche, abriéndolo y sacándola por el cuello de su camisa blanca, descubriendo lo que colgaba de la cadena: un simple medallón sin joyas de ningún tipo, lo cual la sorprendió un poco. Parecía un pedazo de vulgar hojalata con forma oval, nada acorde para un rey tan orgulloso. Pero no la engañaba, ella podía percibir nítidamente el torrente de magia negra venido de aquel objeto viejo y carente de valor; contenía más poder del que la muchacha habría imaginado nunca. Era inconcebible que un hombre como Korsten tuviese tanto poder a su disposición.

Aún tarareando para sí fue separándose de él muy lentamente, procurando tocar solo la cadena de eslabones de oro y no el colgante cargado de magia negra ponzoñosa para ella. Dejó su asiento en el antebrazo del trono y retrocedió paso a paso sin hacer ruido, siempre con los ojos puestos en la figura durmiente, el corazón latiéndole vertiginosamente hasta alcanzar la puerta entreabierta y salir de la sala.

Cuando estuvo fuera respiró hondo, parpadeando varias veces mientras sacudía la cabeza ante lo extraño de la escena acontecida minutos atrás. Bajó la mirada hasta el amuleto y sonrió para sí, satisfecha de su gran triunfo.

Arrancó un trozo de tela de la manga de su vestido y lo envolvió en ella, guardándolo en el corpiño azul y apresurándose por los pasillos. No tardó en darse cuenta de que los corredores ya no estaban encantados, de modo que cada cual llevaba en una única dirección. Mejor, así podría escapar con mayor facilidad.

Torciendo por un pasillo a punto estuvo de chocar con una figura de negros ropajes, lo cual la sobresaltó. Cuál sería su alivio al reconocer a Solrac.

-Me has asustado -Se llevó una mano al corazón, jadeando.

-La magia del castillo se ha apagado y el ejército duerme, por lo que deduzco que nuestro estimado rey también dormirá, ¿Tienes el amuleto?

Asintió, enseñándoselo. Los ojos oscuros del brujo relucieron con anhelo ante la visión de la baratija de hojalata.

-Lo has hecho muy bien, pequeña -la felicitó, sonriendo como un gato-. Tu misión ya ha terminado, ahora yo me ocuparé del amuleto.

Alargó una mano hacia el colgante para tomarlo, pero Namirielle lo atrajo hacia sí negando con la cabeza.

-Prefiero tenerlo yo. Es un objeto demasiado peligroso.

-Precisamente por ello he de ser yo quien lo custodie, un experimentado brujo entendido en artes oscuras. No te preocupes, lo cuidaré bien -Aseguró.

La muchacha lo miró largamente, intranquila. Algo le decía que no debía acceder.

-Ahora que Korsten duerme y su magia no afecta al castillo, tienes que ayudarme a salir. Me lo debes.

-Entrégame el amuleto y te ayudaré.

- ¿Por qué tanto interés por él? Solo es una baratija -Le restó importancia Namirielle, percibiendo su necesidad.

No respondía, al parecer inquieto. La joven advertía lo mucho que le costaba dejar de mirar el colgante en su mano: lo deseaba, empezaba a verlo más que claro.

-Me convenciste de hacer esto por una razón, ¿Verdad?

-Eso no es asunto tuyo. Si quieres salir de aquí, haz lo que te digo y entrégamelo -Insistió, perdiendo la paciencia a litros.

Dio un paso adelante pero Namirielle retrocedió, alejando de su alcance la mano que contenía el amuleto.

- ¿Qué interés puede tener un brujo como tú en una baratija?

- ¡No es una baratija! -bramó, harto-. Una niña tonta como tú no lo comprendería nunca, ¿No percibes su poder? La tierra nunca ha visto un hechicero como el Rey Oscuro, nadie jamás ha obtenido vida eterna. Ese es un secreto que esperaba compartiera conmigo si le servía bien… pero tenías que venir tú a fastidiarlo todo -esbozó una mueca de odio que la hizo estremecerse-. Si no estuvieras aquí Korsten me prestaría atención y valoraría mi lealtad.

Namirielle retrocedió con cada palabra suya, comprendiendo cuales habían sido sus intenciones desde el principio.

-Pero ahora no le necesito, solo el amuleto es importante -prosiguió el brujo-. El problema era que yo jamás podría conseguirlo. Pero tú eres tan inocente y cándida, Korsten jamás esperaría que intentases robarle, mucho menos que conocieras la existencia de su preciada posesión -sonrió torvamente-. Qué fácil fue meter en tu mente el plan para que lo hicieses ¡Ahora cumpliré todos mis sueños! -una bola de fuego se formó en la palma de su mano, iluminando el pasillo con su fulgor-. Es mejor que me lo des ahora, Namirielle.

-Antes se lo devolvería -Repuso, sin amedrentarse.

Solrac rió por su ocurrencia.

- ¿Devolvérselo, dices? No seas ilusa, niña tonta: Korsten te matará por esto. De hecho harías bien en dármelo deprisa, porque no dormirá eternamente, ¿De verdad crees que te perdonará algo así? Nadie jamás se ha atrevido a robarle su amuleto, no es precisamente misericordioso.

La joven se mordió el labio inferior. Estaba jugando con fuego, Korsten la mataría en cuanto descubriese lo ocurrido sin darle oportunidad de excusarse o pedir clemencia. Empezaba a lamentarse por haber hecho caso al anciano brujo.

La bola de fuego salió dispara de su mano. Namirielle se agachó, alejándose corriendo por donde había venido, sin rumbo pero esperando ser capaz de dejarlo atrás. Él la siguió, dispuesto a obtener lo que tanto codiciaba.

Una segunda bola de fuego dio con el muro a su lado, muy cerca de su cabeza, y la muchacha corrió más deprisa sujetando la falda de su vestido azul con una mano, la otra aferrando el envuelto amuleto contra su pecho.

- ¡Namirielle! -La llamaron desde el final del pasillo.

Vio a Jaspe junto a una puerta, sacudiendo una mano de un lado a otro para llamar su atención, la otra sujetando un candil. Namirielle se apresuró hacia allí, pasando por la puerta que el duende cerró y bloqueó con una tabla de madera antes de que Solrac llegase. La joven jadeó, recuperando el resuello.

-Ese brujo me ha engañado, quería quedarse con el amuleto de Korsten. Nadie debe tenerlo.

Jaspe la apresuró por unas escaleras descendentes hasta algún lugar muy por debajo del castillo.

- ¿A dónde vamos? -Le preguntó ella curiosa, mirando hacia atrás cuando escuchó un fuerte crujido de madera: Solrac no tardaría en alcanzarlos.

-El castillo cuenta con túneles subterráneos, secretos para todos salvo el amo y algunos sirvientes -le explicaba el duende a gran velocidad, agitado-. El brujo no los conoce, no podrá seguirnos por allí.

- ¿Y a dónde conducen esos túneles?

La miró brevemente, una amplia sonrisa iluminando su semblante.

-Al bosque.

La joven se la devolvió. Por fin sería libre.

Se dieron prisa por el corredor, bajando más escaleras hasta lo que parecía un sótano. Jaspe le tendió el candil a Namirielle y se arrimó a una pared, pegando una de sus puntiagudas orejas a esta y palpando la superficie de piedra con una mano. Se escuchó un chasquido y el duende se apartó justo cuando la pared se abría, descubriendo un pasadizo secreto.

-Deprisa -La apremió, recuperando el candil y adentrándose por la entrada en penumbra. Antes de proseguir su camino cerraron la abertura, quedando la pared como si nada hubiera ocurrido.

El pasadizo era estrecho, oscuro y húmedo. Jaspe conducía a Namirielle iluminando el camino con la luz del candil, sin dudar cuando en más de una ocasión toparon con bifurcaciones en múltiples direcciones. La muchacha dedujo que en efecto conocía bien los túneles.

Algo silbó muy cerca de su cabeza. Jaspe gritó que se tirase al suelo, y rápidamente ella lo hizo justo cuando una docena de flechas cruzaban el espacio dónde ambos estuvieran de no haberse agachado. Namirielle contuvo el aliento.

-Lo había olvidado: los túneles están provistos de trampas cada cien metros -Comentó el duende, con un suspiro de alivio pues había faltado muy poco.

Ella abrió mucho los ojos. No era algo que debiera olvidarse, precisamente.

- ¿Tendremos que pasar por esto más veces?

-No si contamos bien. Cuando estemos cerca del siguiente punto-trampa podemos desactivarlas, hay un mecanismo oculto que lo permite… pero solo el amo conoce la posición de todos -Añadió un poco preocupado por ello.

Siguieron avanzando, con más precaución ahora pero sin ralentizarse demasiado. Namirielle miraba hacia atrás de vez en cuando, casi esperando ver a Solrac tras ellos. Pero a sus espaldas solo encontraba oscuridad, ni rastro del brujo, lo cual era bueno.

Cuando alcanzaron los próximos cien metros, Jaspe tanteó en el suelo junto a una esquina hasta dar con una manivela oculta que hizo girar. Se oyó un chasquido, la señal que el duende esperaba.

-Desactivado -informó a la muchacha, que le dio luz en todo momento para que pudiese encontrar el mecanismo-. Ya queda poco para alcanzar la salida.

- ¿Cuántos metros?

-Otros cien, más o menos.

Asintió, pasándole el candil con las manos heladas por el nerviosismo. Cien metros para la libertad. No pudo evitar sonreír, ansiosa por acabar el angosto trayecto y estar al aire libre de nuevo.

Usted debe login (registrarse) para comentar.