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Jungla de Asfalto: DEPREDADOR por Clowdown

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ADVERTENCIA

Jungla de Concreto es parte de una gran saga de ciencia ficción en proceso que está en desarrollo desde que tengo 14 años.

Hay varias formas de ubicarla. 

Por orden cronológico, Jungla de Concreto es el primer libro de la trilogía PREDATOR, protagonizada por el detective Schaefer, hermano de Alan 'Dutch' Schaefer.

Y aunque no es necesario leer una para entender la otra, pues ambas funciones como novelas independientes, se complementan todas juntas dentro de la saga y muchas cosas se entrelazan directamente, como el misterio de la desaparición de Dutch.

Por orden de publicación el orden sería algo así: Tras el rastro del cazador (Predator #2) - Amnesia (Alien #1) - Jungla de Concreto  - Ciudad Cero (AvP crossover)

Este Xenoverse seguirá creciendo, de hecho hay acontecimientos desde aquí, que se relacionan directamente con las tramas de futuras historias como AlienvsPredator: Tercera Guerra Mundial y AlienvsPredator vs Terminator. 

Espero que puedan disfrutar leyéndola tanto como yo disfruté escribiéndola. 

 

PRÓLOGO

VERANO EN NEW YORK

 

El calor era terrible.


Abrumado por la asfixiante temperatura en el interior del auto, salí detrás de Schaefer, que llevaba la sobaquera exhibiendo el arma; me pasé un pañuelo en la frente para limpiarme el sudor que no paraba de escurrir.


Miré mi reflejo en el parabrisas, por el rabillo del ojo. Ya no estoy en forma como antes, incluso las dietas que empezaba y no toleraba ni un día entero, ni el usar la caminadora de Shari me había ayudado a superar el límite de las dos tallas.


Seguía teniendo cuello, no como Loza, de informática, pero mi barriga pesaba cada vez más, y la edad no ayudaba.


Volví mi atención resignado al detenido que los dos policías de paisano sacaban del edificio departamental, tenía los bóxers y la camiseta grasienta salpicada de sangre fresca.


Vecinos de los edificios aledaños y un par de transeúnetes miraban la escena. Una mujer le cubrió los ojos a su hijo cuando la camilla de los forenses con la víctima salió detrás del homicida.


Tartamudeaba algo, que la mujer se la pasaba todo el tiempo viendo repeticiones en la televisión, comiendo hot dogs, bebiendo cerveza rancia y los gatos, el tipo odiaba a los gatos.


Las personas simplemente explotaban con el calor.


Era mil veces peor que el verano del 87'. Con toda esa contaminación y el concreto hirviendo a todas partes, ni siquiera los poetas podrían haber encontrado bellea en ese disco anaranjado e incandescente.


Yo no era ningún poeta. La ciudad ardía, y yo con ella.


Incluso cuando salía la luna, era sofocante. Teníamos dos y hasta tres homicidios en cada turno. Anoche habíamos acudido a un tiroteo de zabandijas.


Ambos preferíamos estar en el departamento de narcóticos, pero todo se calentó después de que Schaef arrojó al idiota del Cartel de Medellín desde el techo de su apartamento en el Lado Este.


A muchos no les gustó, especialmente a esos idiotas de los noticieros que alegaban sobre los derechos humanos.


Habíamos conseguido ese día una lista con todos los peces gordos de la ciudad, desde el Bronx hasta Brooklyn.


—Me pidió que viera los programas con ella... Y... Algo estalló... En mi cabeza...


«Se nota», pensé y miré a Schaefer.


El capitán nos había trasladado al Escuadrón de Homicidios agitando su varita mágica porque pensaba que era cuestión de tiempo para que nos cayeran encima con el fin de silenciarnos.


Subieron la camilla a la ambulancia y en cosa de cinco minutos estábamos de vuelta en el auto, en dirección a la estación.


Esa fue la tarde en la que todo comenzó.


Rutinaria, anaranjada, y con un tipo ensangrentado hasta los huesos quejándose de su esposa muerta.
Primero recibimos la llamada por la radio.


—¿Qué diablos quieres, Bernie? —pregunté, porque Schaefer iba al volante.


—Su sospechoso de anoche —tosió con su característica pedantería—, tienen que escucharlo.


—¿Dijo algo sobre los gangs de Lamb?


—Lo siento, Rasche, pero no podemos hablar de esto por la radio. McComb no ha vuelto a la comisaría así que yo me apresuraba si fuera ustedes.


—Entendido, Bernie. Vamos para allá.


—¡Oye, Rasche! ¿Ricky Schaefer no ha lanzado a nadie de un quinto piso hoy, verdad?


Bernie nunca olvidaba un asunto. Era de esa clase de personas que se sientan a tu lado en el colegio y repiten el mismo chiste hasta el cansancio, y llora si le acercas el puño a la cara.


A Schaefer no le gustaba que lo llamaran por el diminutivo de su nombre.


Él no era como yo, oh no, Richard Schaefer era unos veinte centímetros más alto que yo, rubio, y sus idas al gimnasio lo coronaban como el policía más musculoso de la estación. Sus ojos azules parecían no parpadear jamás.


Me veía por el retrovisor cuando nos detuvimos en un semáforo.


Llegamos a la base y depositamos al loco del día en prisión preventiva (menuda estupidez), le tomaron unas cuantas fotos y subimos a la sala de interrogatorios en el ascensor.


Por mí hubiera usado las escaleras pero...


—¡Schaefer, Riggins! —nos saludó Bernie cuando las puertas se abrieron frente a nosotros.


Era pelirrojo, demonios, nunca imaginé que lo extrañaría después de su asesinato a manos de esos bastardos...


—McComb todavía no llega —salimos detrás de él y lo seguimos, llevaba un par de documentos bajo la axila y ese ridículo traje de monigote que seguro había tejido su madre.


El aire acondicionado no funcionaba en ese piso.


—¿Ya nos dirás qué fue lo que dijo? —cuestioné ante la negativa de Schaefer por hablar hoy.


—Espera un poco —sonrió—, no me digas que el viejo Rasche Riggins ha llegado hasta donde está sin paciencia.


Nunca entendimos su sentido del humor, ni Schaef ni yo. En cambio, todo mundo hubiera sido capaz de dejar lo que estaban haciendo, aunque fuera de vida o muerte, por escuchar una de sus anécdotas.


O éramos muy amargados, o el resto eran muy idiotas.


Llegamos con el sospechoso, estaba del otro lado del cristal, y fingía poder ver a través de él.


Como dije, la noche anterior hubo un tiroteo en un edificio, y habíamos atrapado a un pillo que intentaba alejarse caminando tranquilamente.


Era él, Lionel sin apellidos, ni identificación, ni antecedentes.


Era solo un adolescente. En el fondo me preguntaba si ya habría cumplido los veintiuno.


Bernie entró con nosotros.


—Y bien... —dijo haciéndose en rudo con una mano en la cadera— ¿Tienes algo que decir?


Pero Lionel sólo se agachó, y no abrió ni los ojos. Podría jurar que esa noche lo vi llorar. Llevaba una camiseta de los Bulls de Chicago, tenía varias pulseras artesanales en los brazos y el tatuaje de un rayo a los Harry Potter. Sus ojos eran inusualmente verdes.


Se drogaba, y se notaba a leguas.
Aunque insistió, lo amenazó, y gritó, Bernie no consiguió sacarle nada.


Decepcionado, nos miró con las mejillas rojas y le propinó una bofetada a Lionel.


Si McComb no hubiera llegado tal vez podríamos haberle sacado algo. 
Cuando nos fuimos, Schaefer se despidió de Bernie —pues se quedaba de turno hasta media noche— y éste lo tomó como burla, pero no. Yo conocía a mi amigo, y era una despedida empática.


Salimos, subimos al auto y desconectamos la radio por un instante. Esta vez yo conducí hasta que el letrero de Bruno & Bud's Bakery apareció frente a la luna delantera. Como de costumbre, nos turnábamos para ir. Un día cada quien.


Me tocaba a mí.


—¿Quieres un panecillo? —pregunté husmendo en mi billetera.


—No, gracias —dijo Richard sacando el codo por la ventana, sacó su cartera del bolsillo y me entregó los billetes—. Que no le escupa al descafeinado.


Sonreí y bajé en dirección al local. Las luces de la calle estaban todas encendidas, un par de mujeres en top fumaban a un lado de la puerta hablando sobre un noséqué que había violado a alguien nosécuándo.
Entré haciendo sonar la campana, dentro había tres mesas ocupadas y una vacía, en la barra una de las empleadas nuevas me saludó.


Nadie prestaba atención al televisor. Me recargué de  la barra mientras esperaba.


—Peter Weyland se reunió hoy con su madre Yutani en la nueva sede de Industrias Weyland-Yutani para conmemorar el aniversario luctuoso de Charles Bishop Weyland en un viaje vacacional a la Antártica.


Dejé de prestar atención cuando empezó ese programa nocturno de Los Más Buscados. 


—¿Quiere panecillos para los dos?


Asentí. Aunque Schaefer no quería, de ese modo yo podía comer, y doble.


Cuando salí del local cargando la bolsa de papel y los dos vasos, él estaba recargado del coche mirando fijamente el cielo, con aire distante, perdido. Tenía las mangas de la camisa subidas casi hasta los codos, se había quitado la sobaquera y con la cabeza levantada se alcanzaban a ver retazos de una barba.


—¿Para qué consume la gente esos narcóticos? —pregunté caminando hacia él—. Si con solo una taza de café de Bud se puede sentir igual de mal, yo creo que... —ni siquiera me miró, no entendía—. Oye, la Tierra llamando a Schaefer. Sé que todo el día hasta estado callado pero... —llegué a su lado— ¿Qué demonios estás mirando?


Me miró fijamente y a la bolsa con panecillos.


—Las estrellas. —dijo.


—Sí, claro —observé también el cielo, sin nubes—. Se ven preciosas con tanta contaminación. —devolvió la mirada al cielo—. Basta, me estás poniendo nerviosio.


Entonces dijo algo que tampoco entendí.


—Hay algo diferente en ellas.
En eso, sonó mi teléfono móvil, le di la carga y entramos rápidamente al auto. Era Bernie y suspiré de cansancio antes de descolgar.


—¿Qué quieres ésta vez, Bernie?


Pero él no respondió, quien lo hizo fue nuestro chico: Lionel.


—...eron ellos, no fueron ellos —exhaló, por lo visto Bernie lo había conseguido—. Lo que vi no era humano, y comenzó a matar a todos como si fueran animales... Estaba oscuro y había muchos disparos pero sé lo que vi, y era un cuerpo traslúcido, un fantasma o algo así, maldición...


Lionel jadeó agotado, estaba asustado, y no lo culpo.


—¿Contento, señor?


—Claro que sí, muchacho. —afirmó Bernie, notablemente acercándose el teléfono.


Obviamente no le creí, el jovencito era un criminal juvenil, casi seguro iba a dar afirmativo en el anti-doping y sus padres inexistentes jamás llegarían. Pero Schaefer parecía considerarlo, no sé bien por qué y no se lo pregunté jamás.


¿Cómo iba a distinguir yo el pequeño cambio en la ubicación de las estrellas? ¿Quién se hubiera imaginado que una maldita nave alienígena estaba sobre los rascacielos aquella noche?


Al menos yo no.

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