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A.M.L.P. por Eyinus

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Era la hora de cenar en la casa de la familia Zajec. El jefe de la familia, un investigador que se llamaba Dragomir, su esposa Ljiljana, que trataba con la arqueología, y su unico hijo Vilibald, apasionado de aviones de papel, estaban comiendo los žganci y la salchica de Carniola y viendo el canal BRIO, donde se iba transmitiendo la serie Ley y orden. Cuando llegó la publicidad, Dragomir aprovechó para ir a la bodega para tomar otra botella de Terrano del Carso que había traído consigo desde Italia y continuar la que había acabado de beber. Cuando volvió, vio la publicidad del concierto de Siddharta que pronto tendría lugar.

"Quisiera ir a este concierto", dijo sirviéndose un trago. "Espero que no tendré que trabajar ese día. Hoy ya no hay muchas bandas como esta".

"La hija del cantante es mi amiga", lo apoyó su hijo. "Ciertamente estará en el concierto".

"Tan mejor", el padre estuvo de acuerdo. "Entonces charlarás con ella, si habrá tiempo".

"Quizás antes del concierto", observó Vilibald.

"Quizás. Y tú ¿qué dices, Ljiljana?"

"¿Yo? Pues, para decir la verdad, no me apasiono mucho de música rock", dijo la esposa de Vilibald. Tenía treinta años, pero por su capello negro y su traje rojo mostraba veinte y cinco. "Si queréis, id a este concierto".

Tan pronto como acabó de hablar, la publicidad terminó. A Dragomir le gustaban mucho las series policíacas y eso no era causado por su profesión, sino más bien al revés. Por supuesto, los tres comentaban lo que veían, pero Dragomir tenía, si se puede decir, una mentalidad que le permitía comprender mejor lo que pasaba, mientras que Ljiljana y Valebald (quien por supuesto sólo hablaba de vez en cuando) simplemente comentaban las aparencias.

"Me acordé de algo", dijo de repente el niño.

"¿De qué?"

Vilibald se levantó y volvió después de unos minutos con un libro de cuentos de hadas en su mano y lo puso sobre la mesa. Dragomir empezó a hojearlo, evidentemente sin haber visto ni el título ni la portada (pero normalmente no hacía así).

"Este libro", siguió Vilibald, "me lo prestó Nora el mes pasado. Yo prometí devolverselo en estos días, pero todavía no tuve la posibilidad. Temo que pensará que me olvidé".

"No lo pensará", Dragomir lo tranquilizó, "por ahora pon el libro donde podrás estar seguro de no olvidarlo, y en el día del concierto lo tomarás contigo".

"¿Tengo que disculparme con Nora por no hacerlo a tiempo?"

"Si quieres, pero no pienso que sea necesario".

"Bueno", dijo Vilibald. Se dirigió hacia su cuarto y puso este libro lejos de los otros, y después regresó al comedor.

"Nunca se preocupó tan mucho", observo Ljiljana. Su voz mostraba miedo.

"¿Nuestro hijo? No importa, cariño", la tranquilizó Dragomir. "Por ejemplo, hace algún tiempo le pedí a mi amigo... sería mejor decir un conocido... le pedí no importa cuántos euros. Le prometí devolver el dinero antes de... no importa qué día. Bueno, no lo vi nunca más. O mejor dicho, lo vi una vez o dos, pero sólo fue un caso, no tuve tiempo para dete..." Dragomir se calló. Se dio cuenta de cuánto absurda podía hacer esa palabra y se corrigíó: "molestarlo".

"¿Ni siquiera te llamó?" preguntó Ljiljana, sorprendida.

"Quizás una vez o dos, no comunicamos mucho, vivimos en ciudades diferentes. ¿Sabes qué tan incómodo es hablarle de la deuda en estas condiciones, y también por teléfono?"

"Entonces es difícil, y tú eres el único en esta casa quien puede encontrar una salida".

"La habría encontrado", dijo Dragomir y luego alejó la mirada. Probablemente fue atraído por algo más interesante. "Si no tuviera nada que hacer, habría encontrado una salida".

"¿Qué quieres decir,  que si no tuvieras nada que hacer? No creo que haya tan muchos problemas en nuestro país".

"Yo tampoco", contestó Dragomir, "hasta que me digan que..." No logró terminar la oración, porque exactamente en aquel momento se oyó un ruido ensordecedor. Cuando el ruido cesó, Dragomir añadió:

"Sabéis, yo no soy ni Sherlock Holmes ni el comisario Montalbano. Necesito tiempo para llegar a los hechos y siempre puede que en realidad no fue así".

"Entonces, yo tampoco nunca estoy segura de mis descubrimientos", dijo Ljiljana sin alterarse.

"Hiciste bien", dijo Dragomir a su hijo, "en acordarte del libro. Si Nora se hubiera acordado de él antes de tí, y quizás hubiera querido leerlo un poco, habría empezado a buscarlo, no lo habría encontrado, y entonces..."

"Habría pensado haberlo perdido?"

"O que se lo robaron. No te preocupes. Hiciste bien... por la mitad". Vilibald comprendió que su padre se refería al hecho de que tenía que devolverle el libro a Nora.

"Pero tarde o temprano se habría acordato de harberme prestado el libro a mí".

"Si, pero veo cuánto te preocupes, y esto significa que comprendes qué tan caro es el libro para ella. Pero no vale la pena, porque el mes próximo su padre dará un concierto y nostros iremos".

"¿No hará mucho tiempo? Si me ha prestado ese libro hace un mes".

"Así sólo hará dos meses", concluyó el padre. "Si tienes miedo de perder su amistad, si te importa mucho, siempre lleva ese libro contigo, o... no sé... Por ahora dejemos que permanezca mi propuesta".

"Al menos debería funcionar", pensó Vilibald. Ya quería ir a la cama.

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