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Déjame Seducirte por jahate

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Notas:

Hola! Regreso luego de 9 años :) 


Es mi primera historia, nunca pude terminarla hasta esta cuarentena :) 


Es un hermoso recuerdo que deseo compartir con ustedes.

PARTE I ¿El destino, mi aliado o enemigo?


Capítulo 1: Poseída


Hoy pronosticaba ser un día fatal, el peor de mi existencia -empezaría el bachillerato-; lo admito, tal vez esté exagerando. La verdad es que durante mis cortos diecisiete años de vida, el destino y los astros han confabulado en mi contra -por lo menos en el amor. ¡No he dado mi primer beso aún!-, ¿acaso hoy podía cambiar mi suerte?


No lo creo, después de todo soy una chica desafortunada. Un claro ejemplo son las dos últimas semanas de mi vida; éstas me han dejado recuerdos de algo que jamás pensé vivir: el divorcio de mis padres. ¿Cómo podría describir lo que sentí? Una agonía, o más preciso, un calvario. Lástima que ni estos o cualquier otro adjetivo parecido, son suficientes como respuesta. Si bien ya no soy una niña, todavía no he madurado lo necesario para poder lidiar con problemas de grandes. Pero yo, arrogantemente, no admitía esta verdad; tuve que golpearme fuerte contra la pared para aceptarlo.


¿Qué fue lo que me cambió? Pues, tomar la decisión más difícil de toda mi vida: elegir entre mis padres, decidir a cuál de ellos prefería. No he dejado de pensar en cuán crueles fueron al exigirme algo así, sin embargo, en aquellos momentos eso no importaba; mis sentimientos no cambiarían la realidad. Al comprenderlo, pude decidir como una adulta: elegí permanecer al lado de mi madre.


Para mi desgracia, ella no tuvo mejor idea que mudarse a su país natal y alejarme así, de todo lo que yo amaba. A pesar de conocer sus motivos; hubo momentos en los que me arrepentí de haberla elegido, es más, llegué a decirle que la odiaba. Mi excusa: ser una adolescente inmadura, por ende, egoísta.


Con los días me resigné y opté por aceptarlo, incluso fui capaz de apoyarla. Necesitaba alejarse totalmente de mi padre para evitar más dolor. Pues ella no quiso separarse; fue él quien se lo pidió - por ello no lo elegí a él-.


Hace una semana las aguas se habían calmado entre nosotras; mi madre y yo volvíamos a ser amigas. Lamentablemente, se empeñaba en que no lo fuéramos -o eso parecía-, había decidido matricularme en el bachillerato. Talvez parezca que estoy chalada, por enojarme porque me inscriba en la escuela. Sin embargo, tengo una justificación razonable - aunque no se lo esperen-. En mi país natal, la escuela se terminaba en el quinto año de la secundaria; en cambio, en mi nuevo hogar te obligaban a hacer un año más. Anticipándome a esta situación, yo rendí y aprobé las pruebas universitarias, por lo que no requería hacer ese dichoso año adicional.


-¡Estás loca! Mamá, no sé si lo recuerdas, pero yo ya terminé el colegio -dije rodando los ojos, en señal de indignación.


-Ya te expliqué, es para que hagas el bachillerato; así te será más fácil adaptarte a la universidad -me contestó con suma naturalidad, hecho que me exasperó más.


-Madre, no sé si lo recuerdas, pero yo ya pasé las pruebas universitarias -Respiré hondo- Yo no necesito ningún periodo de adaptación -le contesté. Trataba de evitar un ataque de rabia por el bienestar de mi salud.


-Mi amor, es por tu bien, aún eres muy chiquita -me explicó, en un inútil intento de calmarme. Si hay algo que yo no he soportado jamás, es ser tratada como una niña; y ella lo acababa de hacer.


La miré con irritación gruñendo audiblemente antes de gritar.


-¡Ya no tengo cinco años! -hice puños lo más fuerte que pude, hasta el punto de lastimarme. Furiosa y echando chispas, corrí a encerrarme en mi habitación. Estampé la puerta al cerrarla y ahí lloré; derrame lágrimas amargas, llenas de impotencia. ¡Como deseé ser mayor!


***


Hoy, como mencioné antes, fue mi primer día de clases; debo admitir que estuvo lleno de sorpresas y desconciertos. Siendo franca, no fue tan malo como imaginé, tal vez termine disfrutando el bachillerato.


Esta mañana, llegué temprano a mi nueva escuela; probablemente es hermosa, pero mi coraje no me permitió apreciarla. Al llegar, lo primero que hice fue dirigirme a la secretaría, necesitaba conocer mi horario y mi respectiva aula.


Empecé con clase de lengua. ¡Qué asco! No es que no me guste la materia -ya lo dije antes- es sólo que mi enojo no me va a dejar disfrutar nada durante un par de días. En esta clase conocí a una chica muy amable, ¿Cómo es que se llamaba? Sí, ya recuerdo: Sandra.


Me ofreció pasar el receso juntas, fuimos a la cafetería. Moría de hambre, no había desayunado porqué según yo: "estaba castigando a mi madre", cuando en realidad el único que sufría era mi pobre cuerpo.


Escogí cualquier cosa llena de carbohidratos y muchas calorías -total, siempre fui flaca y un poquito más de carne no me vendría mal-. Me senté frente a mi nueva amiga, ella me contaba sobre su vida. En algún punto de la conversación, dejé de escucharla, un ángel en la fila de la cafetería había capturado toda mi atención.


Era alto, muchísimos más que yo -aunque eso lo supera cualquiera. Yo, la que aún sueña llegar al metro sesenta. Sí, soy un piojo-. Llevaba puesto el uniforme escolar, le quedaba como a los dioses; la camisa blanca con los dos primeros botones sin abrochar; el pantalón gris bien puesto, ¡Dios, qué buen culo! -lo siento, tengo una obsesión con los traseros-.


Devoré con los ojos su cuerpazo; luego me centré en su rostro: tenía dos luceros grises, nariz perfecta, cabellera castaña -ni corta ni larga, sólo divina-. Me enamoré de inmediato. Sí, fue amor a primera vista. No es que yo sea una chica superficial que sólo se fija en la apariencia, para mí lo que importa es lo de adentro. Por supuesto que ni mi madre me cree eso. A quién engaño, el amor me entra por los ojos.


Me sumergí en un estado de inconsciencia mirándolo, pensando que al fin el destino y los astros estaban a mi favor. Pasó un buen rato, en el que yo me encontraba babeando sobre la mesa, hasta que mi querida Sandra me sacó del mágico ensueño.


-Nena, ¿tú también?... -me preguntó señalando con la mirada al hombre de mis sueños- créeme él está fuera de tu alcance.


Hey! Sé que no soy una diva, pero no necesitabas ser tan directa -rió al oírme, yo no le vi lo gracioso.


-El problema no eres tú, es él -su respuesta solo me fastidió, no era una buena excusa en absoluto. Notó mi escepticismo, por lo que se acercó a mi oído y me susurró lentamente -. Él es gay.


¿Gay? ¡Por dios!, fui tan tonta al pensar que el destino estaba a mi favor - me dije a mi misma y sin notarlo en aquel momento, todas aquellas semanas anteriores de stress emocional me quebraron y perdí la razón. Mi siguiente pensamiento, lo demuestra - ¡No importa! ¡Gay mi trasero!, hoy me vengaría de mi maldita suerte. Ya me cansé de ser una cobarde.


-No me importa - Sandra me miró con reproche, para luego asombrarse al verme caminar hacia él. Avancé a pasos agigantados, probablemente toda la cafetería estaría viéndome, pero mi mente solo lo contemplaba a él. Sentí los pies pesados cuando lo alcancé, no podía moverme. Para mi fortuna, él no se había percatado de mi presencia. Talvez para mi infortunio, pues fue esa indiferencia la que encendió una chispa en mi interior. Di dos pasos más en su dirección, me detuve a la distancia precisa para robarle ese beso que tanto añoraba. Él estaba tan sorprendido que no pudo decir nada.


-Déjame seducirte- solté sin pensar al romper el beso. Aún ahora no puedo creer mi osadía: mi primer beso no me lo dieron, lo robé.


Por un segundo él quedó pálido, perdió toda expresión. Me sentí victoriosa, pero su asombro duró tres latidos. De repente, su expresión cambió y me dio esa sonrisa de lado, tan suya.


-Inténtalo


No pensé más allá del momento, por lo que, al oír sus palabras todo el coraje se me escurrió de las manos. Afortunadamente, soy increíble manteniéndome imperturbable - por lo menos, los primeros cinco segundos -. Escuche mi corazón latir en mis oídos, mientras evaluaba mis posibles rutas de escape. Durante toda la escena la cafetería se mantenía en silencio, hasta que un par de carcajadas fingidas me devolvieron el coraje perdido.


-Niña, no sabes dónde te has metido -me habló el dueño de la estrepitosa risa. No era mi ángel, era el chico detrás de él quien se atrevió a reírse de mí, privilegio que no le concedo a nadie. Repito: ¡A nadie!


-¿Y tú quién te crees para reírte de mí? -le pregunté con furia, mientras las lágrimas se arremolinaban por salir. Las aguantaría, él no era digno de verlas.


-¿Yo? -preguntó señalándose con un dedo-. Yo soy tu rival -me dijo mientras mordía el lóbulo derecho de "Mi ángel".


-Si ese es el caso, entonces prepárate -le advertí, para girar de inmediato sobre mis talones y llegar los más pronto posible al baño. Una tormenta se avecinaba por mis ojos negros.


No sé que me pasó hoy, definitivamente estaba poseída.


 

Notas finales:

¿Qué les pareció? Su opinión es muy importante para mi, espero saber de ustedes.

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