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Al ritmo de mis balerinas por Liraz97

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Notas del fanfic:

No me he muerto, luego de un desalentador problema con mi ultimo fanfic publicado aqui, subire alguna que otra cosa, pero estare mas activa en wattpad. Pero esta es mi cuna y nunca la abandoranre.

Viajar a países extranjeros siempre fue un honor para ella, significaba que en aquel enorme mundo de la expresión física ella era reconocida.

Pero las largas horas en un avión hacían congelar sus piernas a pesar de lo gruesas que eran.

Había visitado a China y Corea del Sur, pero nunca Japón. Al menos, sabía lo básico del idioma.

–Muchas gracias– dijo la morena al recibir sus maletas por un empleado del aeropuerto.

Habían pasado más de 12 horas, incluso, se había colocado calentadores de tobillos para que estos no se terminarán por sentir adoloridos.

Arrastró la maleta hasta las zonas donde estaban los taxis.

Pronto vio a un chico de pelo rizos, de un color claro y unas gafas enorme sostenido un enorme cartel con su nombre, Ester.

Se acercó a prisa, más para sentir el desentumecer de su cuerpo que para llegar rápido.

Se acomodó el cabello rizado corto tras las orejas, estaba todo alborotado, entre vinos y dormir en el vuelo era lo mínimo que podía sucederle a su pelo.

–¿Johnny cierto? – cuestionó en inglés, a lo cual este asintió.

Era de aspecto europeo, algo que ella no esperaba.

–Soy parte del departamento de intercambios de la academia, mi familia vino a vivir a Japón hace unos años– se explicó mientras abría la puerta del auto.

Ella entró tumbándose boca arriba en el asiento de atrás.

Miro sus piernas y con un movimiento de gracia estiró estas para que alcanzarán su rostro para poder abrazarla.

Se quejó, todo su cuerpo despertó un instante por aquello.

Sintió como subían sus maletas en la parte trasera del auto y como posteriormente el joven de las gafas subía, encendía el auto y lo arrancaba.

–Primero iremos a la academia, su vino está en el suelo del asiento posterior.

Agradecía que no fuera muy conversador, ella estaba con migraña del agotamiento.

Tomó la botella, mientras destapaba esta repasaba mentalmente lo que le habían pedido.

Dar emoción a la danza del estudio en auge de Opera de Tokio.

-. -. -. -. -. -.

Por los pasillos de la academia de baile que subía su prestigio en Japón, se encontraba ansioso caminando de aquí para allá uno de sus bailarines principales, y es que,  Yuu Kanda aún no creía como lo había reprochado el director.

"Necesitamos que el público sienta la obra".

Aquella frase retumbaba por su cabeza sin parar.

¿Aquel hombre había perdido la cabeza? Si su danza era la más pulcra que vería en todo ese país.

Se miró al espejo del salón de ensayos; este era enorme, ocupaba una pared en todo su ancho y largo. Un lugar pulcra mente pintado e iluminado, pisos de madera clara, las barras de apoyo para las prácticas puestas en su lugar.

Y el apoyado en una de estas, el japonés de ojos rasgados llevaba atado su largo pelo azul oscuro en una cola baja - este le llegaba hasta la mitad de la espalda- y aquellos ojos rasgados sólo presentaban incomodidad. Aquel leotardo negro como la noche hacia justicia a su figura esculpida por los años de disciplina.

Llevaba 5 años dirigiendo las presentaciones del área de Ballet Clásico, y si bien las entradas iban cayendo año tras año el aún no entendía por que sucedía aquello.

Con pulcritud se alejó de la barra para realizar un entrechat, un salto en que se intercambian los pies en el aire a tal velocidad que pareciera solo lo realizó dos veces pero en realidad fueron 4, sus manos se mantenían a sus costados, su rostro serio. Otro más de este y luego dos saltos a compás de una música que no estaba.

Presentó colocando ambos brazos por encima de la cabeza, para seguir con un arrastre en puntillas de los pies por el piso, para dar paso a unas pirouette, un giro fuerte sobre su propio eje en que su pierna se extendía y se recogía para ayudar a la mecánica del giro.

Aquellos giros firmes sobre su pie derecho con los brazos de nuevo la cabeza, uno, dos, tres que acabaron con la gracia de dejar una rodilla derecha flexionada adelante y la pierna izquierda extendida sin cambiar la posición de los brazos.

Miro su reflejo, inconforme de no entender por qué no veía que faltaba allí.

Alguien entró sin previo aviso. Era el director.

–Espero no interrumpirte – era este un hombre de origen chino, contratado por la Federación del país, usaba unos lentes cuadrados y su cabello azul oscuro era corto, hasta la nuca –pero ella ya está aquí.

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