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Boda de venganza por mr_sunrise

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Notas del fanfic:

 los personajes son propiedad de M. Kishimoto 

la historia pertenece a Lynne Graham

esa es la 2da historia con la letra b que pulico  (◉ω◉)

Notas:

(/◕ヮ◕)/ a leer

 

SASUKE Uchiha era un banquero que descendía de una antigua y aristocrática familia europea. Al abrir el informe del investigador privado sobre su escritorio, estudió la fotografía de cuatro personas sentadas a una mesa. El multimillonario griego Gaara Sabaku había invitado a cenar a Kizashi Haruno, el dueño británico de la cadena de hoteles Royale, a su mujer, Mebuki, y a la hija de ambos, Sakura.

 

Sakura, a la que los medios de comunicación apodaban Campanilla por su estatus de celebridad, su pelo rosado y sus proporciones de hada, llevaba lo que parecía ser un anillo de compromiso. Evidentemente, los rumores de compra de la empresa respaldada por una alianza familiar eran ciertos. Probablemente, el odio de Sabaku hacia la publicidad se debiera a la ausencia de un anuncio oficial, pero parecía sin duda que estaban planeando una boda.

 

Sasuke, conocido por su cerebro astuto y su búsqueda despiadada de beneficios, frunció el ceño. Su hermoso rostro se endureció y sus labios se apretaron. Su mirada oscura brilló de rabia y amargura porque se ponía enfermo solo de ver a Kizashi Haruno aun sonriendo y en lo más alto de su negocio. Por un instante se permitió recordar a la hermana que se había ahogado cuando él tenía trece años, y le dio un vuelco el estómago al recordar aquella pérdida que le había dejado solo en un mundo inhóspito. Su hermana era la única persona que verdaderamente lo había querido. Y el momento por el que había trabajado durante casi veinte años por fin se acercaba, pues Haruno parecía estar a punto de lograr el mayor de sus triunfos. Si Sasuke esperaba un poco más, su presa podría volverse intocable al convertirse en el suegro de un hombre tan poderoso como Gaara Sabaku. Aun así, ¿cómo había conseguido Haruno pescar un pez tan gordo como Sabaku? Aparte del hecho de que, en otra época, la cadena hotelera Royale hubiera pertenecido al abuelo de Sabaku, ¿cuál era la relación?

 

¿Serían los encantos de Campanilla, de cuyo cerebro se decía que era tan ligero como su cuerpo, la única fuente de la inesperada buena suerte de Haruno? ¿Sería verdaderamente la única atracción? Sasuke nunca había permitido que una mujer se interpusiese entre su inteligencia y él, y habría imaginado que Sabaku tendría el mismo sentido común. Sonrió con desprecio. Si se aseguraba de que se rompiese el compromiso, tal vez el pacto empresarial también se fuese al traste, y él se desharía por fin de Kizashi Haruno, que necesitaba desesperadamente un comprador.

 

Sasuke nunca había soñado que tendría que acercarse tanto a su enemigo para lograr la venganza que su alma tanto necesitaba, pero seguía convencido de que la crueldad de Kizashi Haruno exigía una respuesta de igual magnitud. ¿Acaso no debía ejecutarse el castigo de acuerdo con el crimen? No era el momento de ponerse exigente, pensó. No podía permitirse respetar esas barreras. No, solo le quedaba una opción: tendría que jugar sucio para castigar al hombre que había abandonado a su hermana y a su hijo nonato a su suerte fatídica.

 

Siendo un hombre que siempre había disfrutado de un enorme éxito con las mujeres, Sasuke estudió a su presa, Campanilla. Sonrió. En su opinión, se encontraba en la categoría de daño colateral. ¿Y acaso el sufrimiento no reforzaba el carácter? Con aquellos grandes ojos verdes, la hija de Haruno era innegablemente guapa, pero también parecía tan superficial como un charco, y no sería más que una virgen vergonzosa. Sin duda lamentaría la pérdida de un hombre tan adinerado como Sabaku, pero Sasuke se imaginaba que, al igual que su madre, tendría la piel de un rinoceronte y el corazón de una piedra, y se recuperaría deprisa de la decepción. Y si su experiencia con él le servía de algo, acabaría saliendo beneficiada...

 

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–No puedo creer que hayas accedido a casarte con Gaara Sabaku – confesó Karin, con sus ojos marrones llenos de preocupación mientras estudiaba a la joven.

 

Aunque Karin era poco más alta que su hermanastra, y ambas tenían el mismo padre, Karin tenía una constitución muy distinta. Sakura parecía lo suficientemente delicada como para salir volando en una tormenta, pero Karin había heredado la melena castaña rojiza y la piel morena de su madre española, y tenía unas curvas impresionantes. Karin era hija del primer matrimonio de Kizashi Haruno, que había acabado en divorcio, pero Sakura y ella estaban muy unidas. Kizashi tenía una tercera hija llamada Tawny, resultado de una aventura extramarital. Ni Sakura ni Karin conocían muy bien a su hermanastra pequeña, pues la madre de Tawny había acabado muy resentida por el modo en que su padre la había tratado.

 

–¿Por qué no iba a hacerlo? –preguntó Sakura encogiéndose de hombros e intentando mantener la compostura. Le tenía mucho cariño a Karin y no quería que se preocupara por ella, así que optó por una respuesta despreocupada–. Estoy cansada de estar soltera y me gustan los niños...

 

–¿Cómo puedes estar cansada de estar soltera? Solo tienes veintidós años, y tampoco es como si estuvieras enamorada de Sabaku –protestó Karin observando a su hermanastra con incredulidad.

 

–Bueno... eh...

 

–No puedes estar enamorada de él. ¡Apenas lo conoces, por el amor de Dios! –exclamó Karin, aprovechando las dudas de Sakura. Aunque había visto a Gaara Sabaku solo una vez, pero su capacidad de observación y la posterior búsqueda en Internet sobre el magnate griego habían hecho que se diese cuenta de que era demasiado duro para su hermana. Sabaku tenía mala reputación con las mujeres, y era igualmente famoso por su naturaleza fría y calculadora.

 

Sakura levantó la barbilla.

 

–Depende de lo que quieras de un matrimonio, y lo único que Gaara quiere es a alguien que críe a los niños que han quedado a su cuidado...

 

Karin frunció el ceño al oír esa explicación.

 

–¿Los tres hijos de su primo?

 

Sakura asintió. Varios meses atrás, el primo de Gaara y su esposa habían perdido la vida en un accidente de tráfico y Gaara se había convertido en el tutor legal de sus hijos. Su futuro marido era un magnate poderoso, sardónico e intimidante que viajaba mucho y trabajaba más. Para ser sincera, y había pocas personas en su vida con las que se atrevía a ser sincera, se había sentido mucho menos intimidada por Gaara cuando este le había confesado que la única razón por la que deseaba una esposa era conseguir una madre para los tres huérfanos que tenía en casa. Era un papel que Sakura sentía que podía desempeñar.

 

Los niños, que tenían edades comprendidas entre los seis meses y los tres años, estaban actualmente al cuidado de los empleados. Al parecer, no se habían asentado bien en su casa. Tal vez Gaara fuese un hombre muy rico y poderoso, pero su preocupación por los niños la había impresionado. Dado que el propio Gaara era el producto de un pasado disfuncional, quería lo mejor para los tres niños, pero no sabía cómo lograrlo y estaba convencido de que una mujer triunfaría donde él había fracasado.

 

Por su parte, Sakura estaba desesperada por hacer algo para que sus padres estuvieran orgullosos de ella. La trágica muerte de su hermano mellizo Tom, a los veinte años había dejado un profundo vacío en su familia. Sakura adoraba a su hermano. Nunca le había importado que Tom fuese el favorito de sus padres, de hecho, a veces se había sentido agradecida de que los éxitos académicos de Tom hubiesen desviado la atención paterna de sus propios fracasos. Sakura había dejado los estudios en mitad de los exámenes finales porque le costaba hacerles frente, mientras que Tom había estado estudiando para hacer Empresariales en la universidad y planeaba ayudar a su padre en el negocio hotelero cuando se estrelló con su deportivo y murió en el acto.

 

Por desgracia para ellos, el carisma y el éxito de su hermano era todo lo que sus padres habían deseado y necesitado en un hijo, y desde su muerte la pena había hecho que el peligroso temperamento de su padre se descontrolara con mayor frecuencia. Si en cierta manera Sakura era capaz de compensar a sus padres por la pérdida de Tom, entonces lo haría. Al fin y al cabo, ella se había pasado la vida luchando por la aprobación de sus padres sin ganársela jamás. Al morir Tom, ella se preguntó por qué el destino lo elegiría a él en vez de a ella como sacrificio. A veces, Tom la había alentado para que sacase más partido a su vida, insistiendo en que no debía permitir que las opiniones desfavorables de su padre le influyeran tanto. El día del entierro de Tom, Sakura se había prometido a sí misma que, en honor a la memoria de su hermano, en el futuro aprovecharía cada oportunidad e intentaría lograr que sus padres fueran felices de nuevo. Y era una pena que toda la educación de Sakura hubiera ido orientada hacia ser la esposa perfecta para un hombre rico, y que la única manera que tuviera de complacer a sus padres fuera casándose con él.

 

Los niños que estaban en la casa londinense de Gaara le habían llegado al corazón. Ella había sido una niña infeliz, así que sabía cómo se sentían. Al ver aquellos rostros tristes había sabido que por fin podría cambiarle la vida a alguien.

 

Tal vez Gaara no la necesitara personalmente, pero esos niños sí, y estaba convencida de que podría triunfar en su papel de madre. Era algo que podría hacer, algo que se le daría bien y que significaba mucho para ella.

 

Y sobre todo, cuando había accedido a casarse con Gaara, su padre la había mirado con orgullo por primera vez en su vida. Nunca olvidaría ese momento, ni la aceptación y la felicidad que había experimentado. Su padre le había sonreído y le había dado una palmadita en el hombro en un gesto de afecto.

 

–Bien hecho –le había dicho, y ella no cambiaría ese momento ni por un millón de libras. Sakura también estaba convencida de que aquel matrimonio con Gaara le proporcionaría libertad, cosa que nunca había tenido. Sería libre principalmente de su padre, cuyo temperamento había aprendido a temer, pero también libre de las expectativas opresivas de su madre, libre de los interminables días de compras relacionándose con la gente adecuada, libre de hombres egoístas que solo querían acostarse con ella. Era una libertad que, con suerte, le permitiría por fin ser ella misma por primera vez en su vida.

 

–¿Y qué ocurrirá cuando conozcas a alguien a quien sí puedas amar? – preguntó Karin.

 

–Eso no va a ocurrir –declaró Sakura con determinación. Ya le habían roto el corazón cuando tenía dieciocho años y, tras haber experimentado aquella desilusión, no había vuelto a sentirse atraída hacia ningún hombre.

 

–Tienes que haber superado ya lo de Sasori Akasuna –dijo Karin.

 

–Tal vez es que he visto a demasiados hombres comportarse mal como para creer en el amor y en la fidelidad –argumentó Sakura con un brillo cínico en sus grandes ojos verdes–. Si no van tras el dinero de mi padre, van detrás de una noche de pasión.

 

–Bueno, tú nunca has tenido eso –resaltó Karin, consciente de que, a pesar de que los medios de comunicación insinuaran que Sakura había tenido una larga lista de amantes, su hermanastra parecía inmune al encanto de los hombres que conocía.

 

–Pero ¿quién iba a creérselo? En cualquier caso, a Gaara no le importa. No me necesita en ese sentido... –Sakura jamás hubiera pensado en compartir lo aliviada que se sentía por aquella falta de interés. Su reticencia a confiar en un hombre lo suficiente como para tener intimidad sexual era un hecho demasiado privado para compartirlo, incluso con la hermana a la que tanto quería.

 

Karin se quedó quieta, con una expresión de angustia en la cara.

 

–Dios mío, ¿estás diciéndome que has accedido a tener uno de esos matrimonios abiertos?

 

–Karin, no podría importarme menos lo que Gaara haga, siempre y cuando sea discreto. Y eso es exactamente lo que desea: una esposa que no interfiera en su vida. Le gusta tal cual es.

 

Su hermana la miró con mayor desaprobación que nunca.

 

–No funcionará. Eres demasiado emocional para meterte en una relación así tan joven.

 

Sakura alzó la barbilla.

 

–Hemos hecho un trato, Karin. Él ha dicho que puedo vivir en Londres con los niños y que, siempre y cuando no trabaje a jornada completa, puedo seguir llevando el negocio de Tsunade.

 

Desconcertada por esa información, Karin negó con la cabeza y adoptó una expresión más crítica.

 

Los padres de Sakura simplemente se habían reído cuando su tía Tsunade murió y le dejó a su sobrina su pequeño, aunque exitoso, negocio de diseño de jardines, Floración Perfecta. Los Haruno se habían burlado de la idea de que su disléxica hija pudiera llevar algún tipo de negocio, y mucho menos uno que requiriera unos conocimientos específicos. Su padre había ignorado el hecho de que, en los últimos años, Sakura, que compartía con su tía el amor por los espacios abiertos bien cuidados, hubiese tomado varios cursos de paisajismo. Se había desencadenado una tremenda tempestad en casa de los Haruno cuando Sakura se enfrentó a sus padres y, no solo se negó a vender su herencia, sino que insistió en interesarse más de cerca por el día a día del negocio.

 

–Quiero... necesito controlar mi propia vida –le dijo Sakura con cierto tono de desesperación.

 

–Claro que sí –llena de compasión al advertir las lágrimas en los ojos de Sakura, Karin le estrechó las manos–. Pero no creo que casarse con Gaara sea la manera de conseguirlo. Vas a cambiar una prisión por otra. Él tendrá los mismos planes que tus padres. Por favor, piensa otra vez en lo que estás haciendo. No me gustó ese hombre cuando lo conocí, y no confiaría en él.

 

Mientras se alejaba conduciendo de la casa especialmente adaptada que Karin compartía con su madre inválida, Sakura tenía muchas cosas en la cabeza.

 

Sabía que no tenía mucho sentido casarse con la esperanza de obtener una nueva vida, pero estaba convencida de que, como renombrado empresario por derecho propio, Gaara sería mucho más tolerante y comprendería mejor que sus padres su deseo de llevar su propio negocio. Tal vez incluso se alegrara de tener una esposa con intereses propios, que no buscase su atención, y sus padres al fin estarían orgullosos de ella; orgullosos y satisfechos de que su hija fuese la esposa de un hombre tan importante. ¿Por qué Karin no comprendía que ese matrimonio era una situación ventajosa para todos ellos? En cualquier caso, Sakura no podía imaginarse enamorada de nuevo. Un matrimonio de conveniencia era mucho más su estilo, pues el amor volvía tontas a las personas.

 

Su madre, para empezar, estaba casada con un hombre que flirteaba regularmente con otras mujeres. Mebuki, antigua modelo sueca con un pasado pobre, idolatraba a su marido, así como el estilo de vida y el estatus social que le había proporcionado al casarse con ella. No importaba lo que Kizashi Haruno hiciera o la frecuencia con la que perdiera los nervios, porque Mebuki siempre lo perdonaba o se culpaba a sí misma por sus defectos. Y a puerta cerrada, los defectos de su padre daban mucho más miedo de lo que cualquiera podría haber imaginado, pensó Sakura.

 

Poco después aparcó frente al vivero de Floración Perfecta. Rob, el gerente que su padre había contratado, estaba en el despacho y se levantó con una sonrisa cuando la vio entrar.

 

–Estaba a punto de llamarte. Tememos un posible encargo del extranjero.

 

–¿De dónde? –preguntó Sakura sorprendida.

 

–De Italia. El cliente ha visto uno de los jardines que tu tía diseñó en la Toscana y, al parecer, ha quedado impresionado.

 

Sakura frunció el ceño. Habían tenido varios clientes potenciales que se habían echado atrás al descubrir que su tía ya no vivía.

 

–¿Qué ha dicho al saber que mi tía murió?

 

–Le he dicho que tú haces diseños con el espíritu del trabajo de Tsunade, aunque con un enfoque más contemporáneo –explicó Rob–. Aun así seguía interesado en invitarte allí, con todos los gastos pagados, para hacer el diseño. Según creo es un promotor inmobiliario, ha reformado una casa y quiere un jardín acorde. Creo que es un negocio que podría darte mucho dinero, y quizá sea la oportunidad que estabas esperando.

 

Rob le pasó un cuaderno para que viera los detalles que había apuntado. Sakura vaciló antes de estirar el brazo y aceptar el cuaderno. Por guardar las apariencias echó un vistazo a la hoja, pero fue incapaz de leerla. Siendo disléxica, leer siempre le suponía un desafío, pero interpretar la escritura manual siempre le resultaba más difícil que leer la letra de imprenta.

 

–Santo cielo, qué oportunidad –comentó.

 

–Perdona, se me había olvidado –dijo Rob, que enseguida se dio cuenta de lo que pasaba, pues Sakura había tenido que contarle lo de su dislexia para trabajar con él. Él se encargaba de lo que ella no podía. Le quitó el cuaderno y le relató los detalles.

 

Mientras hablaba, Sakura permaneció rígida e incómoda, porque le horrorizaban los momentos en los que no podía disimular su minusvalía y sus compañeros tenían que hacer esfuerzos por ella. Recordó los días en los que su padre la etiquetaba con la palabra «estúpida» mientras se quejaba de sus pésimos resultados escolares. En su cabeza, la gente normal podía leer, escribir y deletrear sin problemas, y odiaba ser diferente. Pero sobre todo odiaba tener que admitir sus problemas ante los demás.

 

Pero el bochorno de Sakura se disipó y fue sustituido por el entusiasmo ante la posibilidad de poder desarrollar un proyecto creativo. Aparte de los proyectos en los que había trabajado con Tsunade, su experiencia hasta la fecha abarcaba solo pequeños jardines creados con un presupuesto restringido. Un proyecto grande era justo lo que le faltaba a su currículum y, si lo desarrollaba bien, sería el impulso que el negocio necesitaba para dejar de depender de la reputación de su difunta tía. Además, si hacía el viaje, tanto Gaara como su familia se darían cuenta de lo en serio que se tomaba su trabajo. Tal vez así su familia dejaría de referirse a su empresa como su pasatiempo.

 

–Llámale y encárgate de los detalles –le ordenó a Rob–. Volaré allí lo antes posible.

 

Dejó a Rob y se fue a supervisar el progreso de sus dos proyectos actuales. Descubrió que uno iba bien, y el otro estaba parado debido a unas cañerías que habían aparecido en un lugar muy inoportuno. Sakura tardó en tranquilizar al cliente y en encontrar a un contratista que se ocupara del problema, así que eran más de las seis cuando regresó a su apartamento, situado en casa de sus padres. Habría preferido una mayor independencia, pero no quería dejar a su madre sola con su padre, y sabía que Kizashi Haruno hacía más esfuerzos por controlar su temperamento cuando su hija estaba cerca.

 

Su mascota, un conejo de interior llamado Fluffy, la recibió correteando entre sus pies. Sakura le dio de comer y le acarició la cabeza. A los diez minutos de su regreso, Mebuki Haruno, una mujer hermosa y muy delgada que no aparentaba sus cuarenta y tres años, fue a visitar a su hija al apartamento.

 

–¿Dónde diablos has estado durante toda la tarde? –preguntó su madre con impaciencia y, al oír aquel tono, Fluffy regresó corriendo a su conejera.

 

–He estado en el vivero, y tenía que supervisar algunos proyectos...

 

–¿El vivero? ¿Proyectos? –Mebuki puso una cara como si Sakura hubiese dicho una palabra malsonante–. ¿Cuándo vas a dejar esa tontería, Sakura? El vivero solo puede ser un pasatiempo. El verdadero negocio de tu vida está en organizar tu boda; hay que hacer pruebas de vestido, hablar con los del catering y con los de las flores. Y eso solo es el principio...

 

–Creí que teníamos un organizador de bodas que se ocuparía de eso – respondió Sakura–. Yo estoy disponible para cualquier cita...

 

–Sakura –dijo Mebuki con exasperación en la voz–, no seas más estúpida de lo necesario. Una novia debería tener un papel más activo en su propia boda.

 

«No seas más estúpida de lo necesario» era un comentario que seguía haciéndole daño, como un cuchillo que se deslizara por su piel, pues Sakura aún recordaba sus años de escuela como una pesadilla. Su fracaso en aquella época seguía resultándole vergonzoso.

 

–Es más tu boda que la mía –dijo finalmente, pues no podía importarle menos todo aquello.

 

Mebuki se llevó la mano a la cadera y se quedó mirando a su hija con rabia.

 

–¿Qué significa eso?

 

–Que a ti te importa ese tipo de cosas y a mí no. No estoy siendo maleducada, pero tengo otras cosas en qué pensar aparte de si llevaré perlas o cristales en el velo. Y a Gaara tampoco creo que le importe. No te olvides de que es su segundo matrimonio –le recordó Sakura.

 

En mitad de la disputa, Rob llamó a Sakura para preguntarle cuándo podría volar a Italia, y la mantuvo en línea mientras hacía la reserva para dos días más tarde. Demasiado impaciente como para esperar a que Sakura le devolviese toda su atención, Mebuki se marchó furiosa del apartamento.

 

Sola de nuevo, Sakura suspiró aliviada. Al menos en Italia podría olvidarse de la histeria de la boda. A su madre solo le importaban las apariencias. El hecho de que Sakura no hubiese aparecido en las columnas de sociedad con una interminable lista de novios había ofendido durante años a su madre, que se había deleitado con las escapadas nocturnas de Tom. Pero Mebuki estaba decidida a que la boda de su hija fuese el acontecimiento más sonado de la temporada.

 

A veces a Sakura le maravillaba que tuviera tan poco en común con sus padres. Aun así, la hermana soltera de su padre y ella se habían llevado estupendamente. Tsunade y ella habían disfrutado de la tranquilidad de un jardín hermoso, y habían compartido un estilo práctico y sin adornos en el resto de facetas de su vida. La muerte de su tía, que había tenido lugar pocos meses después del accidente de su hermano, había dejado a Sakura devastada. Tsunade siempre había tenido tan buena salud que aquel repentino ataque al corazón había sido una sorpresa terrible.

 

Sakura se vistió con esmero para viajar a Italia. Eligió una falda y una chaqueta de algodón de color caqui, a juego con una camiseta de color caramelo y unos zapatos de tacón bajo. Se recogió el pelo con una pinza y apenas se aplicó maquillaje, temerosa de que su juventud y su aspecto actuaran en su contra con el cliente. Al fin y al cabo, nadie sabía mejor que una chica a la que a los catorce años habían calificado de tonta que las primeras impresiones contaban mucho. Pero, al mismo tiempo, al bajarse del avión en Pisa, supo que su hermano, Tom, habría estado orgulloso de ella por aferrarse a sus convicciones en lo referente a Floración Perfecta y por dejar claro que se tomaba en serio su negocio.

 

Un chófer la recibió en el aeropuerto y la condujo hasta un lujoso coche negro con aire acondicionado. El magnífico paisaje rural de laderas neblinosas y pueblos medievales sirvió para calmarle los nervios tras una diferencia de opinión de último minuto con su madre, que había puesto objeciones al darse cuenta de que Sakura se marchaba a Italia a pasar el fin de semana.

 

–¿Y qué pensará tu prometido de esto? –había preguntado Mebuki.

 

–No tengo ni idea. No he sabido nada de él en las dos últimas semanas, pero le he dejado un mensaje en el contestador para decirle que estaría fuera – había respondido Sakura amablemente, pues Gaara no tenía por costumbre mantener el contacto regularmente con ella, y ella entendía que él viese su matrimonio, que tendría lugar en tres meses, como una unión más práctica que personal.

 

–Es un hombre muy ocupado –había dicho Mebuki en nombre de su futuro yerno.

 

–Sí, y no siente la necesidad de tenerme controlada –había señalado Sakura–. Y tú tampoco deberías. Hace mucho que dejé de ser una adolescente.

 

–No es que seas la más brillante del mundo, y ya sabes lo peligrosamente impulsiva que puedes llegar a ser...

 

Al recordar aquel comentario mientras atravesaba las colinas toscanas, Sakura se sintió triste. Solo una vez en su vida había sido peligrosamente impulsiva, y había pagado el precio de aquel error de cálculo. Incluso cuatro años después, aún se estremecía al recordar la humillación que Sasori Akasuna le había hecho pasar. Había madurado muy deprisa después de aquella traición, pero aunque nunca hubiese vuelto a ser tan tonta, sus padres seguían recordándoselo a cada instante.

 

El coche se desvió de la carretera y Sakura centró su atención en el lugar al que se dirigía. Se incorporó en su asiento y miró por la ventanilla. El camino se volvió inclinado. Si la casa estaba sobre una colina, como parecía probable, el jardín tendría unas vistas maravillosas. Al ver el viejo edificio de piedra iluminado por el sol de última hora de la tarde, un escalofrío de placer recorrió su cuerpo.

 

Diseñar algo para un individuo que poseyera una propiedad tan hermosa sería un gran desafío creativo, y le entusiasmaba la idea.

 

Cuando el chófer sacó su bolsa de viaje del maletero, la puerta principal se abrió y apareció una mujer de pelo oscuro y unos treinta y tantos años.

 

–¿Signorina Haruno? Bienvenida a la Villa di Sole. Soy Catarina. Trabajo para el signore Uchiha. Llegará aquí en breve. ¿Qué tal su vuelo?

 

Al entrar en el amplio vestíbulo con suelos de piedra caliza, Sakura sonrió y dejó su bolsa. Era evidente que la casa recientemente reformada estaba vacía, y comenzó a preguntarse dónde pasaría la noche. La mujer le mostró la propiedad.

 

Con más de ciento cincuenta años de antigüedad, la villa había sufrido una elegante modernización. Era una conversión asombrosa en todos los aspectos. Habían ampliado las habitaciones y añadido opulentos cuartos de baño, así como grandes superficies de suelo de piedra natural. También había sistemas de calefacción e iluminación de última tecnología que proporcionaban un nivel de lujo que impresionaba hasta a Sakura.

 

Catarina fue incapaz de responder a sus preguntas en referencia a los terrenos. No tenía ni idea de lo que su jefe quería hacer con el jardín, ni de cuál sería el presupuesto.

 

–El signore Uchiha tiene un gusto muy exigente –resaltó mientras Sakura admiraba las vistas de las colinas cubiertas de viñedos y olivares.

 

Un gusto exigente y mucho dinero para permitírselo, estaba pensando Sakura cuando oyó el motor de un coche en la parte delantera de la casa. Catarina se excusó con una disculpa y, poco después, Sakura oyó los pasos en el recibidor.

 

Levantó la mirada justo cuando un hombre apareció en el umbral y se quedó sin respiración. La luz del sol entraba por las ventanas y se reflejaba en su pelo negro, al tiempo que realzaba sus rasgos clásicos y una boca maravillosamente modelada. Era increíblemente atractivo y darse cuenta de eso le dio miedo; era extraño que ella tuviera una reacción tan fuerte e inmediata a un hombre.

 

–Una reunión de negocios se ha prolongado. Siento haberla hecho esperar, signorina –murmuró suavemente.

 

–Llámame Sakura. ¿Y tú eres...? –Sakura intentaba no quedarse mirándolo.

 

Advirtió el temblor de su voz y esperó que él no se diera cuenta. Extendió la mano.

 

–Sasuke Uchiha. Así que tú eres la sobrina de Tsunade –remarcó él, observándola desde detrás de aquellas pestañas increíblemente largas, que habrían parecido femeninas en un rostro menos masculino. Le estrechó la mano y después se la soltó, pero el roce con aquellos dedos largos y bronceados le produjo un estremecimiento–. Perdona que te diga que no te pareces mucho a ella. Si no recuerdo mal, ella era una mujer más bien alta...

 

Sakura controló su sorpresa.

 

–¿Conociste a Tsunade?

 

–Yo vivía en el Palazzo Barigo con la familia de mi tío cuando tu tía rediseñó el jardín –explicó Sasuke, y se fijó momentáneamente en que no llevaba anillo de compromiso. ¿Se lo habría quitado?

 

Al dejar clara la relación con la mujer que le había enseñado casi todo lo que sabía, Sakura se tranquilizó y una sonrisa relajó la tensión de su rostro.

 

–Es un jardín maravilloso, y en todos los libros de diseño...

 

Sasuke tuvo que admitir que, cuando sonreía, pasaba de ser excepcionalmente guapa a exquisitamente hermosa. Las fotos no mentían, pero tampoco contaban toda la verdad. Con la luz del sol, su melena brillaba como si fuera plata pulida, su piel de terciopelo parecía perfecta y aquellos ojos, de un verde esmeralda bajo unas cejas arqueadas, resultaban tan inusuales como preciosos. Se recordó a sí mismo que le gustaban las mujeres altas, morenas y con curvas. Ella era pequeña y delgada como una cinta. Sus curvas delicadas apenas llenaban la camiseta y la falda, pero también resultaba una mujer increíblemente femenina. En cuanto a la boca, carnosa y rosada, cualquier hombre fantasearía con algo así.

 

Sasuke respiró profundamente e intentó controlar el torrente de libido que sentía en la entrepierna. No había imaginado que resultaría tan atractiva al verla en persona.

 

–¿Has salido ya al jardín? –preguntó Sasuke.

 

–No. Catarina estaba enseñándome la casa cuando has llegado. Es impresionante –recalcó Sakura, siguiéndolo con la mirada mientras pulsaba un botón y una pared de puertas de cristal comenzaba a deslizarse en silencio para permitir la entrada a la terraza. Él se movía con la elegancia silenciosa de una pantera al acecho; con aquellos hombros anchos, esas caderas estrechas y unas piernas largas y elegantes bien definidas por el traje gris de diseño. A Sakura le costaba trabajo apartar la atención de él. Era uno de esos hombres que dominaban una habitación solo con entrar en ella. Incluso en una multitud habría resaltado con su altura y su sofisticación.

 

–El jardín debería complementar la casa con mucho espacio exterior para las visitas –le dijo.

 

–Veo que hay una piscina –señaló ella, y vio que la instalación debía de tener por lo menos cincuenta años, abandonada como un horrendo centro de mesa en mitad del jardín descuidado.

 

–Quiero que coloques otra que la reemplace, pero en una ubicación donde no sea la principal atención.

 

Sakura intentó no parecer angustiada al saber que la pesadilla de cualquier paisajista, la piscina, tendría que figurar en el diseño. Al fin y al cabo, todo trabajo tenía sus dificultades, y había espacio de sobra para colocar una piscina.

 

–Tengo que preguntarte una cosa. ¿Esta va a ser tu casa? ¿Vivirá aquí una familia?

 

–Tú procura que el jardín tenga un atractivo universal –le aconsejó él con rostro impasible.

 

Sakura se sintió un poco tonta. Era natural pensar que, si iba a vender la villa, cosa lógica si se trataba de un promotor inmobiliario, no tendría ni idea de quién acabaría siendo el dueño. Cuando empezó a bajar los escalones gastados, se le resbaló el pie y él la agarró del codo para estabilizarla. El ligero aroma de una colonia cítrica se le metió por la nariz. Cuando llegaron abajo, Sasuke la soltó, pero Sakura seguía siendo consciente de su proximidad, de su altura y de la fuerza de su cuerpo, por no hablar de la inconfundible aura de masculinidad.

 

Necesitaba las medidas del jardín, todo tipo de detalles, pero Sasuke Uchiha no parecía el típico cliente paciente, que estaba encantado de echarse a un lado y esperar mientras ella tomaba notas. Sakura tendría que controlar sus ganas de empezar a trabajar hasta su próxima visita. El jardín ascendía hasta la linde del bosque y se mezclaba con las sombras oscuras que proyectaban los árboles. Pero la vista abierta hacia el sur era poco menos que imponente.

 

Sasuke vio su cara iluminarse al apreciar la vista de las colinas con el sol, que empezaba a descender y que bañaba los árboles con su luz dorada. Su expresión habitualmente cautelosa se volvió alegre. No se parecía en nada a lo que había esperado; ni flirteaba, ni se reía como una tonta. Y, si aquel traje tan sencillo que llevaba era algo habitual en ella, tampoco sería cara de mantener. Tampoco llevaba maquillaje, lo cual era aún más inusual para un hombre acostumbrado a las mujeres florero, que preferían dar una imagen altamente sofisticada para su beneficio.

 

Cuando Sakura se volvió hacia él, sus ojos jade brillaban ante el desafío que se le presentaba. En unos parajes tan hermosos, aquel era el trabajo de sus sueños.

 

–¿Cuánto terreno tiene este lugar?

 

La pureza de su rostro, iluminado con el entusiasmo de una niña, hizo que Sasuke se quedara mirándola. Per amor di Dio, pensó, era absolutamente perfecta.

 

Aquel pensamiento tan poco habitual en él le sobresaltó.

 

–Todo el terreno que puedes ver pertenece a la casa. En otra época fue una gran finca agrícola –explicó–. Podrás volver mañana para explorarlo. Pondré un vehículo a tu disposición.

 

Sakura se encontró con unos ojos de un negro brillante y la agudeza de una flecha. Ojos penetrantes y muy sexys rodeados de pestañas negras, y bendecidos con un impacto extraordinario. Se le puso el vello de punta. Se le secó la boca y sintió un vuelco en el estómago.

 

–Gracias, eso me será de mucha ayuda –respondió, luchando por controlar lo que estaba sintiendo, y se acordó de Sasori y del dolor y la humillación.

 

–¡Prego! –dijo Sasuke, y la acompañó de vuelta hasta la puerta.

 

En el vestíbulo, Sakura se agachó para recoger su bolsa del suelo.

 

–Yo me encargo –dijo él, y se adelantó a recoger el equipaje.

 

Ella lo siguió fuera y se quedó a su lado mientras cerraba con llave.

 

Después abrió la puerta de un Lamborghini negro que esperaba fuera, metió su bolsa dentro y se echó a un lado para dejarla pasar.

 

–¿Dónde me alojaré? –preguntó ella mientras se subía al asiento del copiloto, y se alisó nerviosamente la falda cuando esta se le levantó ligeramente por encima de las rodillas.

 

–Conmigo. Tengo una casa de campo al final de la colina. Será un lugar apropiado para ti –Sasuke no podía dejar de pensar en aquellas rodillas y aquellos muslos, y en lo mucho que disfrutaría separándole las piernas.

 

¿En qué diablos estaba pensando? Cualquiera habría pensado que estaba desesperado por tener sexo, lo cual no podía estar más lejos de la verdad. Sasuke incluía el sexo en su agenda como si fueran reuniones de negocios. Tenía amantes en más de una ciudad europea; mujeres discretas y sofisticadas que sabían que no debían esperar un compromiso duradero por su parte. No había escenas emocionales ni malentendidos en su vida, y así era como le gustaba. No había reconstruido su vida desde la nada permitiéndose debilidades de carácter. No esperaba nada de las personas ni confiaba en ellas. Si no había expectativas, tampoco había decepciones. Había aprendido a no preocuparse por las mujeres, y sobre todo a no amarlas. La vida le había enseñado que aquellos a quien quería seguían con sus vidas, morían o lo traicionaban. Después de tales experiencias, estar solo le dolía más aún, pero era más seguro no sentir nada por nadie. Aquel credo le había sido de gran utilidad, y le había hecho pasar de la pobreza extrema a la vida de un millonario, que parecía ganar más dinero a cada año que pasaba.

 

 

 

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