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Todo mago tiene un boggart por Raggeka

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Notas del fanfic:

Disclaimer: nada de este fic me pertenece, yo sólo lo tomo prestado para divertirme un rato.

 

Este es mi segundo fic. Espero que os guste. Es un one-shot que no tendrá continuación y completamente independiente de mi otro fic. Espero que os guste.

 

¡Comentad!

Todo mago tiene un boggart

 

 

Harry Potter despertó, sudoroso y gritando.

 

Acababa de soñar con Voldemort de nuevo, estaba muy contento. Por lo visto —y lo poco que recordaba— había interrogado a alguien del que Harry no tenía idea del nombre, y había obtenido información muy relevante.

 

Lo peor era ese horrible dolor en la cicatriz: punzante, insistente. Ya no podía más, iba a ver a Dumbledore. Necesitaba uno de aquellos discursos suyos tan tranquilizantes y reveladores. Sólo él podría ayudarlo. Sus amigos hacían todo lo que podían por él y además tenían sus propios problemas.

 

Se levantó de su cama en la Torre de Gryffindor, teniendo cuidado de no despertar a ninguno de sus compañeros de habitación, y se dirigió a su despacho. Caminó por los pasillos del colegio, importándole poco o nada que fueran las dos de la mañana. Estaba muy acostumbrado a merodear a deshoras por el castillo.

 

Llegó por fin hasta la gárgola que custodiaba la puerta. Sabía lo que se avecinaba. A probar con dulces:

 

—¡Varitas de Regaliz! —probó—. ¡Grageas de Todos los Sabores! ¡Diablillos de Pimienta! —cualquiera que lo hubiera visto lo hubiera tomado por loco—. ¡Meigas Fritas! ¡Helado Levitatorio!

 

Con esta última contraseña, la gran estatua se movió para dejarle paso. Se halló frente a la ya bien conocida puerta de roble. Tocó tres veces. Nadie le respondió.

 

Le pareció muy extraño. Recordaba con claridad el momento en el que en su quinto año Dumbledore les había abierto la puerta en camisa y gorro de dormir a él y a sus amigos, tras el ataque al señor Weasley.

 

Volvió a llamar. Tampoco nadie dio señales de vida, pero entonces…

 

Un ruido seco y claro. Como si alguien se hubiera desplomado, y luego, gritos. Esa voz era inconfundible para Harry. Su director estaba gritando, quizá pidiendo ayuda.

 

Sacó su varita —que había tomado la costumbre de llevar siempre consigo— y apuntó a la cerradura.

 

—¡Alohomora! —nada sucedió.

 

Decidió no andarse con rodeos. Su profesor necesitaba ayuda, sus gritos seguían escuchándose. Apuntó esta vez a la puerta y gritó con determinación:

 

—¡Bombarda!

 

La maciza y antigua puerta estalló en mil pedazos, perdiendo toda su imponencia y majestuosidad en tan solo una décima de segundo. Harry atravesó sus restos sin mirar atrás y entró en la sala.

 

Lo que vio lo dejó estupefacto.

 

Albus Dumbledore estaba de espaldas a él, gritando como un poseso, pero parecía que no había nada ni nadie atacándole. Cruzó la habitación, rodeándola para situarse en un ángulo en el que pudiera ver mejor el rostro de su director.

 

Su boca se abrió. Dumbledore estaba enfrente de una niña… un cadáver.

 

Consiguió entender los gritos del profesor, que a aquellas alturas ya se habían convertido en sollozos desesperados.

 

—A-ariana… ¡Lo sabía! ¡Yo fui… yo lo hice!

 

Harry se fijó bien en el cadáver. Tendría catorce años como mucho. Tenía el rubio pelo desparramado por el suelo, y sus azules ojos, tan parecidos a los de su director, estaban abiertos de par en par, en una mueca de asombro y dolor. Parecía tan indefensa, tan frágil…

 

—¡No! ¡Por favor! ¡Vete! ¡No debí relacionarme con él, lo sé!

 

El joven Potter volvió a la realidad al oír los nuevos gritos. ¿Qué había sucedido? ¿A qué se debía el inusual trastorno de Dumbledore? ¿De dónde había salido aquel cuerpo? ¿No habría sido…? Desechó esos horribles pensamientos, no debía dar rienda suelta a su imaginación tan fácilmente, y tenía que mantener la cabeza fría para intentar resolver el problema.

 

—¡Fue todo por mi culpa! ¡Nunca debí conocer a Gellert!

 

Sin darse tiempo a pensar de quién se trataría ese tal Gellert, se acercó a la niña y se colocó frente a ella. De pronto, su cuerpo comenzó a cambiar…

 

Después de una décima de segundo, y sin apenas darse cuenta, no estaba situado frente a una niña muerta. Se encontraba ante un hombre de rostro pálido, ojos de serpiente y sin nariz; con unas manos blancas y totalmente desprovisto de pelo capilar y facial.

 

Entró en pánico. ¿Cómo…? ¿Qué…? No podía reaccionar, le era imposible.

 

Lord Voldemort se levantó del suelo y se acercó a él. Harry no podía moverse de la impresión. Cuando el mago tenebroso sacó su varita, él retrocedió situándose detrás de Dumbledore, que seguía gritando sin percatarse de nada. Harry no se dio cuenta de que parecía un niño asustado delante de Voldemort, y que le acabaría dando caza de todos modos. Aquello sólo era una forma de alargar unos segundos su vida.

 

Pero cuando el Señor Tenebroso quedó justo delante del aterrorizado Dumbledore, se volvió a transformar en aquella niña. A aquellas alturas, Harry ya estaba muy confundido. Se dio la vuelta en un acto reflejo y vio detrás suyo un armario. Era el que guardaba el Pensadero. Se encontraba completamente abierto.

 

Haciendo todo el acopio de sus fuerzas y coraje, se colocó frente a su profesor, como protegiéndolo. El boggart se transformó en su mayor temor otra vez. Temblando, pensó en algo divertido. ¿Pero qué podría quedar divertido en el mago más temerario de todo el mundo mágico?

 

Con su varita en la mano, apuntó al rostro del mago, al que Dumbledore gritaba sin cesar, y exclamó:

 

—¡Riddíkulo!

 

Ante sus ojos, El-que-no-debía-ser-nombrado se transformó. Ahora, tenía una gran panza que hacía que su túnica le aprisionara y de su cabeza había nacido un pelo en forma de cresta, de color rojo.

 

Al Niño que Vivió no le hacía demasiada gracia, dadas las circunstancias, pero hizo un esfuerzo y lanzó una sonora carcajada, bien falsa para quien la hubiera oído.

 

Sin embargo, el boggart explotó.

 

Decidió entonces encargarse de su profesor. Le gritó en el oído, sin reacción aparente, y luego de un rato probando diferentes cosas, acabó diciendo, apuntándolo con su varita:

 

—¡Aguamenti!

 

De ella salió un chorro de agua, que dio de lleno en el rostro del anciano. Sin embargo, este reaccionó.

 

—¿Qué…? ¿Harry…?

 

—¿Profesor? ¿Se encuentra usted bien?

 

—¿Sí… demasiadas emociones —parecía un viejo frágil e indefenso, pensó Harry.

 

—¿Qué le ha pasado? ¿Por qué le ha afectado tanto ese boggart?

 

—Hacía años que no veía mi boggart, Harry. Y todo el mundo tiene uno. Ese boggart fue una sorpresa encontrármelo y no me lo esperé, así que no pude reaccionar correctamente y sucumbí al miedo —explicó el anciano profesor, sin levantarse del suelo.

 

—Profesor, ¿por qué mi boggart ya no es un dementor?

 

—Harry, aprendiste a vencer el miedo a los dementores hace mucho tiempo. Ahora tu miedo es más fuerte y late más en tu alma, así que por lo tanto es más fácil dejarte dominar por él. Has sido valiente al conseguir darte cuenta de la situación, pero recuerda que el Voldemort real no explotará con un sencillo encantamiento como si tal cosa.

 

—Lo sé, profesor, gracias —entonces recordó algo—. ¿Profesor?

 

—¿Sí?

 

—¿Quién era ella?

 

—Buenas noches, Harry. Por favor, cierra el armario antes de salir.

 

Harry pensó que aquella no era una forma común en su director en evadir conversaciones, así que dedujo que se trataba de un tema muy delicado. Mientras, el profesor se levantó y se sentó detrás del escritorio, se secó con su varita y cogió un grueso tomo de la mesa. Lo abrió por lo que Harry supo que era una hoja al azar. Se levantó él también y se dirigió hacia el armario.

 

Vio la vasija de nombre Pensadero en uno de los estantes. EN otro, se encontraba uno de sus extraños instrumentos plateados, que disparaba un humo azulado. En el tercer estante, en un marco de plata, vio el retrato de una niña rubia de ojos azules. Se movía, como cualquier retrato mágico. Reconoció a la ocupante enseguida.

 

Al darse cuenta de que la miraban, la muchacha le brindó una luminosa sonrisa. Harry se la quedó mirando y pensó que aquella pobre chica no tenía derecho a morir tan joven. Como nadie.

 

Cogió la fotografía con cuidado, teniendo precaución de que Dumbledore no se percatara de ello. Le dio la vuelta y leyó, en su parte trasera, la siguiente inscripción:

 

«Para Al, ten un recuerdo bonito de mí. Lo he pintado yo. Con cariño, Ariana».

 

Luego, vio que en una esquina de la misma cara del cuadro alguien había escrito en letra muy pequeña: «Ariana Dumbledore, 1885-1899».

 

Harry decidió que ya era hora de marcharse. Cerró el armario y salió de allí. Lo único que tenía claro de todo aquello era que esa noche no dormiría, pensando en la mayor debilidad de su profesor. Porque Harry ni se había planteado que las tuviera, ni había pensado en qué vería Albus Dumbledore al abrir un armario abandonado.

 

 

Notas finales:

Bueno, creo que tengo fics mejores, la verdad.

 

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

 

¡Un beso!

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