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Aura violeta, el sueño del poder. por Kurenai de Kanda

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Notas:

¡El primer capítulo de mi fic! Yey. Espero lo disfruten, introduciré de a poco los personajes y las situaciones. Comenten sobre que les parecio, por favor. 

No sabía ni siquiera como es que se había metido en eso, una misión tan lejana a la Orden debía ser cosa de la división asiática, pero no, no había gente disponible en ese momento y lo más sencillo fue enviarlo a él. Al menos iba solo, no hubiera soportado la idea de viajar tanto tiempo con alguno de sus “colegas” a los que no soportaba por más de breves espacios de tiempo; además, la misión parecía sencilla, la recuperación de una inocencia no podía tardar más de un día, o eso pensaba él.
Así, luego del largo viaje, finalmente llegó a la aldea donde se suponía se encontraba aquel deseado poder. Su primera intención fue buscar un lugar donde pasar la noche y con suerte en el camino encontrar algún indicio de actividad poco común, si ahí había una inocencia seguramente ya habían comenzado a suceder cosas que nadie podría pasar desapercibidas. Con eso en mente se encaminó en busca de alguna posada que le diera asilo. No tardó mucho en hallar una vacía, el pueblo no era precisamente turístico, las posadas casi siempre tenían habitaciones vacantes si no es que estaban vacías completamente y servían más como comedores comunitarios.
Ya con aquel asunto arreglado, el espadachín se dedicó solamente a su búsqueda, con katana en mano paseaba por las angostas calles terrosas de aquel sitio, siempre vigilante a algún rumor o alguna plática que fuera de su interés. Aunque poco había de eso, se encontraba comúnmente escuchado sobre cosechas y pesca, sobre comerciantes y templos de oración, cosas que a él no le interesaban. ¿Es que acaso la inocencia no se había mostrado aún? ¿O tal vez debiese solo preguntar sobre algún incidente extraño? Sea como fuere a Kanda no se le daba eso de hablar con las personas, por eso prefería usar el elemento espía, aunque en ese lugar no le estaban dejando muchas posibilidades.
Ya entrada la noche y sumamente aburrido de las irrelevantes pláticas de los campesinos decidió cuestionar a la dueña de la posada en la que había alquilado habitación. Una anciana dulce, de esas que no parecían capaces de mentirle ni al diablo mismo.

— ¿Usted no ha notado algo extraño o fuera de lugar? ¿Gente actuando extraño o personas con habilidades extraordinarias?

Cuestionaba es pelinegro de la forma más amable que podía e intentando mantener una expresión serena en su rostro, que, la tardanza de respuesta de la anciana, no le ayudaba a mantener. Por su parte la mujer se tomaba su tiempo en dar una respuesta, no era una persona tonta, si alguien llegaba haciendo preguntas tan específicas, era obvio que sabían que iban a buscar, pero no sabían dónde hallarlo, así que la anciana debía ser astuta y responder de tal manera en que el extraño no se sintiese engañado, pero que tampoco le aclarara por completo sus dudas.

— Tal vez, lo que tú estás buscando jovencito, puedas hallarlo en el templo. Si quieres algo extraño o fuera de lugar, seguro ahí hallarás algo.

Culminó la mujer su discurso señalando por las ventanas una construcción sobre uno de los montes que rodeaban la aldea, a primera vista olvidaba, aunque para un ojo experto más vivo que el pueblo mismo.
El pelinegro agradeció la ayuda de la mujer con un gesto y sin mediar más palabras volvió a su habitación, ya en la mañana visitaría aquel sitio, después de todo era ya tarde y seguro no habría persona alguna que se tomara a bien una visita de ese tipo en medio de la noche. Sin embargo la anciana tenía otros planes, nada más ver que el extranjero entraba a la habitación ella salió de la posada y se encaminó de inmediato al templo, seguida solamente por el viento nocturno.
En la cima de ese pequeño monte se alzaba un templo al más puro estilo de los templos sintoístas, con la misma magnificencia y gloria que todos los templos alrededor de Japón; solo que este, tenía algo especial que ninguno de los otros poseía. En su interior no había monjes, ni siquiera sacerdotes, no había ni un solo hombre en los alrededores, en su lugar, el templo era llevado por mujeres, konoichi’s disfrazadas de sacerdotisas que no hacían sino cuidar del pueblo con sus conocimientos de las artes de pelea, venenos y antídotos. Ahí eran todas hermanas, todas llevaban un mismo apellido y todas luchaban por la misma causa; no obstante, de entre ellas, había una que lideraba, en el pueblo la conocían simplemente como Karasu, nadie sabía su nombre verdadero fuera del templo y los pocos que lo llegaban a saber, no veían más amaneceres. Fue ella quien recibió a la anciana, la joven se encontraba ya esperándola en el portal del arco torii que fungía como entrada al templo.
De inmediato se acercó a la mujer para darle un cálido abrazo, como si la conociera de toda la vida, y con esa misma familiaridad la cuestionó al percatarse de su rostro preocupado.

— ¡Obāchan! Hace mucho que no subes hasta aquí. ¿Ha pasado algo?

La anciana negó con suavidad, la verdad las cosas en el pueblo no habían podido estar mejor. Tenían un comercio seguro, no había ladrón que se atreviera a poner un pie en el lugar e incluso el jefe de la prefectura se iba con cuidado con la gente de la zona. Sin embargo la aparición repentina del espadachín encendió la alerta de la señora, quien, respondió con la voz baja y calma, como si creyera que alguien más pudiera escucharla.

— Llegó un extranjero hoy, preguntaba por cosas extrañas, por gente extraordinaria. — hizo una pausa y miró los ojos curiosos de la chica pelinegra. — Le dije que si buscaba algo así, debía venir aquí.

— Ya veo, hiciste bien obāchan. Lo sacaré de aquí tan rápido que seguro dejará sus cosas en el camino.

La chica hablaba con seguridad, misma que le trasmitió a la mujer de inmediato, pues esta sonrió. Volvió a abrazar el delgado cuerpo de la joven y sin despedirse dio media vuelta dispuesta a irse, aunque se detuvo a los pocos pasos.

— Es un hombre alto, usa una cola de caballo y gabardina negra; lleva además una katana. Tu madre hubiera preguntado esas cosas.

Siguió entonces su camino, dejando a la chica un tanto molesta por haber pasado por alto aquellos detalles, sin embargo decidió no tomarle demasiada importancia y volvió al templo a planear lo que harían la mañana siguiente.
El sol apenas y se asomaba, cuando Kanda ya estaba dando los primeros pasos en las faldas de la colina que le había indicado la anciana la noche anterior; quería acabar pronto y marchar de vuelta a la orden y tal vez, con suerte tener acción de verdad y no niñerías de búsquedas como esas. Subió a ritmo rápido hasta el arco torii, ahí se vio forzado a detenerse, una niña vestida como sacerdotisa impedía el paso.

— Apártate mocosa, debo entrar a este lugar.

Mustió un molesto Kanda que miraba despectivamente a la infante; por su parte ella no hacía amago de moverse y se limitaba a mirar al espadachín sin dirigirle palabra alguna, cosa que evidentemente molestaba al exorcista quien, en última instancia, decidió pasar de largo, cosa que probaría ser su peor error.
Kanda caminó un pequeño trecho antes de encontrarse de frente a la edificación, que a simple vista parecía abandonada. Entró al templo, con la idea de que, cualquier cosa que el buscador hubiera percibido debía hallarse ahí y de cierto modo, era así.
A espaldas del espadachín se encontraba oculta una joven de largos cabellos negros azulados, tez clara, ojos grandes de color violeta y labios delgados. Seguía al exorcista entre las sombras, tras los arboles del cercano bosque que rodeaba aquel templo. Como buena kunoichi había aprendido el arte del sigilo y espionaje, el acercarse a su presa sin que esta si quiera se percatara de ella. Lentamente se acercaba, la distancia entre ella y el confundido espadachín se hacía más corta, de un momento a otro, sin decir más, se abalanzó sobre él, con su brazo izquierdo rodeó rápidamente el cuello del chico, mientras que su diestra se ocupaba de tomar con firmeza la muñeca de la mano ajena, halándola hacia atrás, como en una palanca; en adición el pie derecho de la joven se posó sobre la pantorrilla del pelinegro; dejando a este incapaz de moverse.

— ¿Quién eres y que buscas aquí? ¿Quién te envió?

Cuestionaba la kunoichi al molesto exorcista que buscaba soltarse de ese agarre sin conseguirlo.

— Preguntaré de nuevo ¿Quién eres y que buscas? Más te vale responder si no quieres que esto termine mal.

Kanda había quedado perplejo, ¿Cómo es que no había visto venir a la chica? Peor aún ¿Cómo es que no era capaz de soltarse de un agarre como esos? Era solo una chica después de todo, más baja que él y más delgada, ¿Cómo era posible que lo tuviera inmovilizado de esa manera? Con todo y eso no pensaba decirle nada, hasta donde sabía podría ser una ladrona o peor, podría trabajar para el Conde. Así que solamente guardó silencio. Para la chica era evidente que aquel espadachín tenía experiencia y no se doblegaría ante unas simples palabras, así que, aún dubitativa optó por el plan b.

— Supongo que no cooperarás, ya lo esperaba. Entonces creo que deberían ser nuestras espadas las que hablen por nosotros.

Nada más decir eso, el cuerpo de Kanda fue empujado hacia el suelo del patio del templo, a la par, la kunoichi desenvainó su katana, se puso en guardia frente al exorcista y esperó a que él hiciera lo mismo. Nunca había sido de las que atacaban a traición, su orgullo se lo impedía.
Kanda se levantó, en su rostro se notaba la molestia que toda aquella situación le había ocasionado, ¿Qué se creía aquella mujer? Ni siquiera la conocía y ya estaba amenazándolo con el filo de su espada, seguramente algo estaba buscando proteger y él lo encontraría sin duda. Imitó los movimientos de la joven vestida de negro, solo que él en ningún momento desenvainó su mugen, como siempre, suponía que ella no sería contrincante para él.

— Adelante, si quieres morir, ataca.

La voz del exorcista resonó, segura y altiva como siempre; no fue necesaria una segunda invitación cuando la chica de inmediato se lanzó sobre él, golpeando hábilmente con su katana y evitando con elegancia los ataques que Kanda dejaba caer con fuerza sobre ella. A decir verdad la chica se sentía humillada por el hecho de que esa persona ni hubiese desenvainado su espada, ¿es que acaso la subestimaba? de ser así le demostraría que ese exceso de confianza terminaría por ser lo que le asegurara la derrota.
Estaban peleando en terreno plano, eso no favorecía a la chica, ella estaba entrenada para correr entre arboles y atacar desde angulos diferentes, por mucho que gustara de ellas, las peleas frente a frente no eran lo suyo y se notaba al momento de ver que en aquella pelea era más lo que defendía de lo que atacaba, debía cambiar la situación si quería alzarse con la victoria.
Comenzó entonces a guiar sus ataques, de manera que estos obligaran a Kanda a retoceder o a seguirla, poco a poco fueron internandose en el bosque, donde la chica creía que tendría la ventaja sobre la situación. De inmediato los arboles se convertieron en su escudo, las ramas altas su impulso para atacar desde las alturas y el pedregoso terreno un arma extra. Kanda era bueno, sin duda, pero no estaba tan familiarizado como ella con el lugar, eso evidentemente lo había puesto en desventaja. Repentinamente la chica saltó sobre él con toda la intención de clavar el filo de su katana en la cabeza del exorcista, pero este fue rápido y pudo bloquear el ataque, que se había convertido más en un estira y afloja, ella empujaba su espada, el espadachín repelía, pero ninguno se alejaba; tal vez hubieran podido seguir así por más tiempo, pero el destino caprichoso tenía otros planes.
De la nada un disparo se escuchó cerca de ellos, ambos bajaron la guardia para buscar el origen de aquel estruendoso sonido, no tuvieron que esforzarce demasiado, nada más alzar la vista notaron un montón de akumas que los rodeaban. La kunoichi se quedó en blanco, con la mirada perdida en aquellas deformes cosas, sin embargo Kanda actuó rápido y de inmediato buscó acabar con esos monstruos.


— Malditas cosas, pensé que no regresarían.


Susurró la chica aún abrumada por todo aquello, suspiró, envainó su katana y tomó ambos sais que llevaba escodidos entre sus ropas, los sujetó fuertemente, uno con cada mano y comenzó a recitar.

Yume kaese          Devuelveme mi sueño,
    karasu no samasu  cuervo! La niebla empaña,
    kiri no tsuki          la luna que veo al despertar.

Sus manos entonces despidieron un extraño brillo violeta, casi parecido al de una nebulosa, brillante y hermoso, con el que ambas armas se vieron envueltas. Kanda no se había percatado de nada de eso, él solo estaba concentrado en erradicar esas cosas, por eso mismo fue sorpresivo que repentinamente, de la copa de uno de los arboles saltara grácilmente la chica y encajara uno de sus sais en un akuma cercano, ese mismo sai encajado sirvió como impulso para que columpiara su cuerpo y saltara hacía otro akuma repitiendo aquella acción.
Por unos momento el exorcista se quedó pasmado ¿era ella a quien había venido a buscar? ya lo descubriría después, ahora mismo era vital acabar con esos monstruos y la ayuda de la chica no le cayó nada mal, gracias a ella la tarea fue más rápida y, aunque seguramente Kanda no lo admitiría, era bastante hábil.

—Así que posees una inocencia. Menos mal que no te maté.

Sentenció con dureza el espadachín una vez el último akuma fue vencido, ganandose una mirada de odio por parte de la joven y también que esta apuntara ambos sais al cuello de Kanda.

—Tal vez tú no me has matado, pero yo aún tengo el deber de matarte a ti.

El rostro del exorcista se mostró impasible y con cautela apartó esas armas. Maldecía de nuevo en su cabeza haber sido llamado para esa misión. Ahora debía reclutar a una loca que quería matarlo por quien sabe que razón. Alzó su vista a la chica, quien a pesar de no haber vuelto a empuñar sus armas, lo miraba con desconfianza. Kanda suspiró, no le quedaba de otra más que hablar con ella y esperar que entendiera todo lo que iba a decirle.

—Soy Yu Kanda, un exorcista enviado a recoger una inocencia reportada en los alrededores de la zona. Y dado que esa inocencia está dentro de ti, debo llevarte a la central conmigo. 

A pesar de la cara de seriedad que el espadachín ocupaba, era claro que aquellas palabras podrían sonar fantasiosas para cualquiera, esperaba ya que la chica se burlara o lo llamara loco y volviese a empuñar contra él sus armas, pero las cosas resultaron diferentes. La mirada de la joven era seria, tranquila, casi como si asimilara cada palabra que salía de la boca del otro. Cuando la última palabra fue dicha, la kunoichi guardó sus sais, asintió y sin decir más caminó de vuelta al templo, esperando ser seguida por ese hombre.
Caminaron en completo silencio, cosa que Kanda agradecía, no hubiera soportado que lo llenara con preguntas. Cuando volvieron al templo, en el patio de este ya los esperaban un montón de chicas, todas vestidas como sacerdotisas que de inmediato rodearon a ambos; todas habían visto a aquellos seres y contrario a lo que el exorcista había visto en sus viajes todas parecían sumamente tranquilas luego de encontrarse con esos adefesios. Eso no pasó desapercivido para Kanda, que se sentía cada minuto más inquieto entre la compañía de esas mujeres. ¿Es que eso era frecuente en ese lugar?.

—Llevenló a una de las habitaciones y vigilenlo.

La voz de la lider resonó de improviso, a la par que con rapidez despojaba a Kanda de su mugen, cosa que evidentemente lo sacó de balance, sin embargo no se resistió, suponía que en ese punto la chica tenía las de ganar, contaba con superioridad numerica, además de que conocía bien el terreno. Así que finalmente se dejó llevar.
Se encontró prontamente dentro de una habitación grande y a decir verdad bastante acogedora, claro, si olvidabamos el hecho de las chicas custodiando la entrada y el que su mugen se encontrara quien sabe donde. Suspiraba y caminaba por la habitación denotando su molestia y hartasgo de esa situación. Quería salir pronto de ahí y en ese punto no le importaba que fuera con la inocencia o sin ella.
Del otro lado del templo, la pelinegra se encontraba arrodillada frente a un altar en que resaltaba una caja larga de madera, parecía rezar, aunque su voz era tan suave que no eran más que susurros en el viento lo que se escuchaba.

—No pensé que fuera verdad todo eso madre, aún luego de las cosas que vi contigo e incluso de las incontables veces que tuve que eliminar a esos monstruos. No pensé que realmente fueran a llevarme.

La joven se notaba triste, sus ojos acuosos y su voz entrecortada lo demostraban. Dejar todo lo que había conocido hasta ahora, su pueblo, su gente, sus hermanas. No lo quería, ni una sola parte de ella quería eso, pero no podía simplemente esconderse como hace años su madre lo había hecho, era su destino y debía enfrentarlo. Fue por eso que salió de esa habitación con la frente en alto cargando entre sus manos esa larga caja de madera, fuera, un grupo de chicas la esperaban, de inmediato la abrazaron. Todas sabían lo que sucedería después.
La kunoichi, seguida de sus hermanas fue entonces a la habitación donde se encontraba Kanda, no tenía caso posponer más todo eso.


—Puedes llamarme Kurenai. Es hora de irnos.


Kanda no dijo nada, al menos ahora sabía el hombre de esa mujer que por tanto le había hecho pasar. Pasó de largo, tomó en el camino su mugen que llevaba una de las otras mujeres y se puso al frente de la nueva recluta, esta ni se inmutó tampoco, no estaba de animos como para pelear, solo dejó que el pelinegro se adelantara mientras ella se despedía de las que hasta ese día habían sido su familia.

Notas finales:

Kurenai es una kunoichi fuerte! eso de mantenerle un combate a Kanda no cualquiera. Y yo se que Kanda quedó impresionado aunque no lo diga. 

Dejen revews por favor.

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