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COMO CADA NOCHE. por YUKI ONNA-TIFA

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Notas:

Es mi primera historia en este genero, espero que disfruten este One- shot

Saludos

COMO CADA NOCHE.

 

Cada noche desde que podía recordar, Aiden era acostado por la criada en turno y arropado hasta las orejas; y cada noche como podía recordar, cada persona en la gran Mulberry House, se encerraba al escuchar la primera campanada de la media noche.

Para él estaba bien, nunca había tenido problemas con aquello; la regla era simple de recordar, nada de luces después de la primera campanada, nada de caminatas por los grandes corredores… nada de ruido. Desde que el pequeño Aiden tenía uso de razón, siempre había tenido problemas para conciliar el sueño, así pues, aun después de que lo abandonasen  en su habitación y hecho bultito debajo de los gruesos cobertores, jamás podía conciliar el sueño; y era aquello que ocurría después de la hora, lo que se lo impedía; sabia  por voces de sus criados que nadie, ni siquiera el velador se quedaban fuera de sus alcobas después de la primera campanada, y aun así él juraba escuchar risas ya entrada  la media noche; sabía que era improbable que alguien rompiera aquella norma, pues todos parecían aterrados al pensar quedarse solo un segundo después de aquella hora...

La risas… tan armoniosas, tan alegres le producían una profunda envidia, él, que nunca había conocido la alegría pese tener escasos 8 años, él, que jamás había reído con tanto ímpetu como aquellas misteriosas voces, y  él que nunca sabría lo que era una carcajada.

Aquella noche como siempre, y repitiendo el hartante  ritual, Aiden fue arropado y olvidado, y sus lamparillas de aceite fueron extinguidas, poco falto para que lo encerrasen con candados.

Sin en cambio aquella noche algo sería diferente, en lugar de esperar el alba para conciliar el sueño, Aiden rompería la regla de la gran casa, quería ver la razón de aquellas cantarinas risas, quería saber ¿por qué tanta alegría?, quería saber que tenían, que a él le faltaba. Después de todo aquello solo era una regla, y una regla rota si nadie se enteraba, no haría daño.

Cuando los pasos de la moza se aceleraron en el corredor, y el gran reloj principal marco la media noche, Aiden solo espero un poco, y cuando estuvo seguro que ya nadie quedaba, deslizo sus pequeños pies al frio piso de madera; descalzo como iba, el frio de otoño se coló en su pequeño cuerpo y el vaho de  su aliento se marcaba en la oscuridad. Con pasos trémulos y ansiosos, se dirigió al picaporte de su habitación y con su manecita abrió despacio la puerta.

Un pie fuera de la estancia y el otro aun en su habitación, era la  emoción, y su cuerpo temblaba con frenesí, no era el  frio de la estación era claramente su propia excitación,   por fin sabría la razón de aquella singular regla.  Cuando sus dos pies estuvieron fuera y se aseguro una vez más, que no  había nadie cerca, caminó hacia las enormes escaleras que llevaban al comedor.

 La casa era enorme, y así de noche y sin una chispa de luz Aiden sentía perderse; cuando hubo llegado al gran comedor  una corriente de gélido viento agito sus pijamas, pero aquello era normal, se dijo así mismo, era otoño debía hacer frio. Con prisa y algo de ansiedad se decidió moverse de aquel salón, pues las cantarinas voces no estaban allí; cuando giro en sí mismo una sonora carcajada retumbo, no era cantarina, no era alegre y sin duda alguna no era la que Aiden buscaba…

Su corazón acelerado, y su respiración agitada era todo lo que podía escuchar, la frívola carcajada se volvió a escuchar, un escalofrió recorrió lentamente su columna, y una película de sudor cubrió su frente.  

Aiden estaba paralizado sus pies enganchados en el piso no pretendían moverse, otra ventisca de helada recorrió el lugar, y desde la esquina a su espalda, escucho un jadeo tosco, una respiración enferma; tratando de controlar su cuerpo, el chiquillo corrió con torpeza atreves del gran comedor y así como su inconsciencia lo hacía moverse, su terror lo obligo a mirar hacia atrás. La luna iluminaba el pasillo, la fina plata  vestía el lugar, Aiden detuvo su carrera en seco, pues ahí al final del corredor  yacía una colosal figura, toda obscura en su inmensidad, la cosa extendió su brazo como queriendo alcanzar al niño, su jadeo enfermo volvió a escucharse y como  si jalasen el peso muerto de algo, se escucho al  arrastrarse. Con los ojos desencajados de terror, Aiden contuvo un grito y girando en sus talones corrió tan rápido como sus pulmones se lo permitían, corrió y corrió y para él fueron eternos minutos, ya ni siquiera sabía donde se hallaba; cuando su cuerpo exigió aire el chico freno, y agotado como estaba se derrumbo en sus rodillas. Miro atónito a su alrededor, la oscuridad era imponente y asfixiante, sus latidos acelerados sonaban con furia en sus oídos y su pelo se pegaba a su frente empapada, estaba aterrado, nunca lo había estado, Acaso ¿esta era la razón de la regla?... ni un sonido más se escucho; ni el jadeo, ni las risas, ni su corazón agitado; Algo no iba bien y él lo sabía, el pánico se apodero del niño y haciéndose ovillo en aquel piso desconocido, cubrió sus oídos con sus manos y rogo que el alba llegase pronto.

Como invocadas por el miedo ajeno, las cantarinas risas sonaron con nitidez, perfectas y alegres, ajenas al terror de Aiden, recordando el inicio de aquella odisea, el pequeño se levanto con furia del piso… Eran aquellas maltitas risas y su recordatorio de una alegría falsa y de una felicidad ficticia, las que lo habían llevado ahí… y ahora con descaro se burlaban de su suplicio.

Caminó guiado por el sonido y su envidia, aquel miedo se había apagado de momento no había nada mas en el que no fuera ira, ¡Dios! Apenas era un niño, un niño infeliz, y atormentado, un niño que prefería  ser acosado por aquella espantosa sombra, a seguir escuchando un segundo más aquellas estúpidas risas. Cuando sentía que aquellas emociones colapsarían en el, al fin las encontró. Eran tres niñas rubias tan perfectas, tan hermosas, y tan alegres… que pena.

-¡CALLAOS, YA!- Grito con su furia contenida Aiden, a las tres jovencitas que lo ignoraban, mas cuando el grito se apago con el eco, las jovencitas lo miraron tan fijamente que de nuevo al chico se le erizo la piel. Como cascaras vacías y sin vida las figuras encantadoras se deslizaron al piso, y de cada una se libero una obscura figura…

Con malicia las tres espectrales sombras rieron a carcajadas, y extendiendo un brazo largo y podrido, una de ellas acaricio al muchacho. Con el alma en su garganta y paralizado por completo, Aiden observo aquellos macabros rostros, no había nada en ellos, no había nada que no fuera oscuridad, no había nada que no fuera infinita obscuridad.

De una boca que no podía ver una de ellas susurro a su oído- Dos…-, y soltándolo, Aiden aprovecho aquel segundo de libertad y huyo.

Corrió ahora hasta lo que parecía ser su cocina, jadeante tembloroso y muy asustado, Aiden replegó su espalda a la gran pared de loza blanca, estaba fría pero no importaba él buscaba el control de su desbocado corazón, y el quicio de sus nervios; miro entonces la alacena entre abierta y dispuesta, metiendo su pequeña mano a ella, saco una vela, era vieja, pues la cera ya estaba amarilla y se veía usada, pero era algo, pues en aquella oscuridad en algún momento se volvería loco.

Se escuchaba a lo lejos de nuevo, el arrastrar de un cuerpo; con sus manos temblorosas se aferro asi mismo y escondiéndose dentro de la alacena espero; las negras figuras se arrastraban con sus pútridos brazos y con sus cabezas sin rostro buscaban sin éxito, cuando una de ellas se irguió, Aiden se sintió nada… Aquella cosa era envolvente y asfixiante como la oscuridad, era desoladora como su propia soledad y terriblemente avasallante. Cuando se hubieron marchado el muchacho quiso regresar a su habitación para deshacer así su falta; aferrando la vela en sus manecitas, y mirando con cuidado el lugar, subió deprisa las escaleras, abrió el picaporte de su puerta y encerrándose en la seguridad de su habitación; se metió en los edredones de su cama para mitigar el frio.

Ya se disponía a cerrar sus ojos y olvidar aquella amarga pesadilla,  cuando el jadeo enfermo soplo su nuca; con desesperación Aiden encendió su pequeña vela, deseaba asustar a las sombras, deseaba convencerse de que no había nada, mas cuando la luz ilumino su estancia la colosal sombra yacía a su lado y esta vez con voz clara y potente dijo- Tres…- Sin aviso tomando su pie, arrastro al niño por el pasillo; Aiden gritaba con llanto y suplicaba lo ayudasen, alguien debía oírlo, pero nadie salió a su auxilio; incluso cuando pasaron por la alcoba de sus padres , tuvo la esperanza de que lo salvaran que le dijeran que no era real, pero nada de aquello sucedió. Aun con la vela en la mano y arañando la madera para detener el avance solo consiguió que su pequeña fuente de luz se resbalara en medio del enorme corredor. Sus gritos cada vez mas desgarradores se fueron apagando conforme la pequeña luz de la vela caída se extinguía.

Tres eran las reglas que se debían respetar, como cada noche antes de la primera campanada que anunciaba la llegada de la obscuridad…

Notas finales:

Espero les haya gustado... espero sus comentarios :)

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