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La leyenda del dragón dormido por Lady_Fairy

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Notas del fanfic:

El título de momento es un poco improvisado, así que espero que sea correcto, no se me da para nada bien poner nombres y todo eso. Lo mismo digo del resumen, pero ya lo cambiaré cuando se me ocurra algo. Acepto ualquier tipo de sugerencia :)

Bueno, es la primera vez que escribo algo sobre Fairy Tail y, ya puestos, es la primera vez que escribo algo sobre algún anime o manga así que lo siento mucho si tengo fallos y espero que me corrijáis.


 

Notas:

Aquí el primer capítulo, espero que os guste ^.^ Acepto sugerencias, recomendaciones... etc. Como es la primera vez que escribo algo así no estoy segura de si los sufijos en los nombres están bien... creo que sí, pero vamos, toda recomendación es buena. 


Por cierto, ¿alguien podría decirme cómo se puede poner más de un subgénero o más de una advertencia? Es que lo estoy intentando y no hay forma. 

Ariadne se despertó sobresaltada. Había tenido un mal sueño de nuevo. Cerró los ojos e intentó acompasar su respiración, concentrándose en recordar de qué se trataba. Pero nada, todos sus esfuerzos eran inútiles. Tan solo tenía la impresión de una vaga sensación de dolor y miedo, mucho miedo, pero no era capaz de poner palabras al cuerpo del sueño. Con un suspiro cansado contempló el techo, consciente de que no podría volver a dormirse. 
 
De pronto lo recordó; hoy era el día. El día por el cual llevaba preparándose tanto tiempo. Pero en lugar de sentirse llena de determinación e incluso emoción como cabría esperar, sentía un dolor sordo en el pecho, hueco. Un dolor que no sabía identificar. Siguió mirando el techo unos instantes más antes de decidir que lo mejor sería ponerse en marcha, no quería seguir aplazándolo. Eso solo le traería mas dolor. 
 
Se levantó con pasos mecánicos y comenzó a vestirse. No necesitaba muchos preparativos para lo que iba a hacer y, en realidad, tampoco concienciarse demasiado. Se puso las botas y comenzó a atarlas pensativa. ¿Qué haría? ¿Dónde iría? ¿Dónde la aceptarían? 
 
Un ruido la sacó de sus cavilaciones. Levantó la cabeza rápidamente y soltó los cordones de la bota que estaba atando, para ponerse en una posición defensiva. Se relajó un poco al ver a un niño pequeño que le era conocido, sin embargo tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para situarle un nombre a aquel rostro. Samuel Moss, hijo de los taberneros del pueblo. 
 
 —Escuché que te ibas. —susurró el pequeño, sin atreverse a mirar a Ariadne a la cara. 
 
 —Supongo que habrá fiestas con mi partida. —farfulló ella de malos modos. Se estaba desquitando con el niño, sabía que no estaba bien pero tampoco le importaba demasiado. Odiaba a todos en el pueblo y ese odio era recíproco. Tras dedicarle una última mirada cargada de frialdad, volvió a concentrarse en sus botas. 
 
Cuando el silencio comenzó a prolongarse, Ariadne se hartó de fingir que se ataba los cordones y alzó la mirada, para descubrir con sorpresa que Samuel estaba llorando. No supo qué hacer, nunca había intentado tratar con niños pequeños y ese en particular debía odiarla ya que sabía que sus padres se lo habían inculcado a conciencia. 
 
 —No... no llores... —pidió acercándose con inseguridad. Había visto el asco reflejado en la mirada de sus padres cada vez que ella se acercaba a alguno de ellos e incluso una vez le gritaron por tocar accidentalmente al pequeño, por eso se sorprendió cuando Samuel se abalanzó sobre ella y se abrazó a su cintura, haciéndole perder el equilibrio y tirándola al suelo. Apoyó la cabeza en su pecho mientras lloraba con más ímpetu. —¿Qué pasa? —preguntó Ariadne desconcertada. 
 
 —No te vayas. —pidió el niño. —Te prometo que seré bueno contigo, no me importa si mi padre se enfada. Seré bueno, no te vayas. 
 
 —¿Qué? —susurró. No estaba entendiendo absolutamente nada. 
 
 —El pueblo sería aburrido sin ti. —reconoció finalmente el niño separándose de ella para poder hablar mejor. —Mis padres te tienen miedo, por eso te odian, pero a mi me pareces increíble. Quiero llegar a ser un mago tan fuerte como tú algún día, pero si te vas no podrás enseñarme. 
 
A su pesar, Ariadne sonrió con tristeza. Sabía de sobra que el miedo que sentían hacia ella las personas del pueblo había degenerado en odio. La temían por su magia, en ocasiones inestable, y teniendo en cuenta las extrañas circunstancias en las que apareció y que se trataba de un pueblo algo escéptico, estaba algo justificado.
 
 —No puedo seguir viviendo en un lugar que me odia... 
 
 —De verdad que lo siento. —interrumpió el niño alzando la voz. —Te he estado observando... yo... ¡Yo quería que fueras mi amiga! —acabó exclamando. Eso era toda una revelación para ella, pero si se paraba a pensarlo con frialdad, el niño siempre solía revolotear a su alrededor, aunque siempre que ella daba muestras de percatarse de su presencia salía corriendo. —en realidad te admiro mucho, aunque te tratamos mal has intentado ayudarnos siempre que ha habido una crisis y nunca te has quejado cuando te han despreciado por ello. Eres valiente y te preocupas por lo demás. Cuando sea mayor quiero ser como tú. 
 
Ariadne notó como empezaban a escocerle los ojos, signo inequívoco de que iba a romper a llorar. Había aparecido en el pueblo cuando era pequeña, inconsciente, llena de heridas y sin más recuerdos que su nombre. Al principio la gente del pueblo, reacia pero servicial, había tratado sus heridas y la habían alimentado, con la esperanza de que sus recuerdos regresaran. Pero ella estaba envuelta en un halo de magia destructiva, o al menos eso parecía. No podía controlarla y cuando se alteraba un poco solía causar destrozos y heridos a su paso. La gente del pueblo creía que estaba maldita y por tanto comenzaron a apartarse de ella. Ese miedo degeneró en odio y la pequeña acabó creciendo en el desprecio y la soledad. Sin embargo, y aunque nunca lo reconocería abiertamente, no olvidaba que le salvaron la vida y que la cuidaron durante un tiempo, así que intentaba compensarles. Pero ya no podía aguantar más, por mucho que se esforzaba en ayudar, su magia cada día era más inestable y la gente más reacia a acercarse a ella. 
 
 —Mi magia... —empezó con un susurro, mirándose las manos. —es peligrosa y no la puedo controlar muy bien Samuel. Necesito entrenarme para que no se descontrole y tengo que ganarme la vida de alguna forma. Tal vez si me uno a algún gremio encuentre un mago fuerte que acepte entrenarme y conseguiré dinero haciendo misiones. —en realidad no tenía demasiada fe en esas expectativas, pero necesitaba escucharse decirlo para convencerse.
 
 —Quiero ser un gran mago como tú, Ariadne-san. —replicó el niño, obstinado. 
 
Ariadne contempló unos instantes al pequeño, comprendiendo que era inútil intentar hacerle entrar en razón. Sin embargo, sonrió y abrazó al pequeño, era reconfortante sentirse necesitada y querida por una vez en la vida. Eso le daba nuevas alas y metas en la vida. El pequeño le estaba abriendo la puerta a un futuro más brillante, un futuro en el que la gente podría quererla como él lo hacía y por eso le perdonó. 
 
 —Escucha Samuel-san, ahora tengo un lazo que me ata a este pueblo, ¿verdad? Me haré más fuerte, controlaré la magia y entonces te buscaré en todos los rincones de éste recóndito mundo y te haré mi pupilo, ¿qué te parece? 
 
El niño le dedicó una sonrisa brillante y amplia, mientras asentía y le deba un fuerte abrazo. Por primera vez en mucho tiempo, Ariadne sintió algo que le oprimía el pecho y no era dolor. Sonrió, se le hizo extraño ya que no sonreía de verdad en años. 
 
 —Ahora tengo que irme. —susurró, con fuerzas renovadas para comenzar su viaje. —Quien sabe, quizás escuches hablar de mi en el futuro. 
 
Samuel asintió con un trémula sonrisa. Ariadne, consciente de que no podía seguir posponiendo su viaje se separó del niño, se cargó el pequeño macuto al hombro y se marchó sin mirar atrás. Alzó el brazo y lo sacudió suavemente para despedirse.
 
 —Nos vemos Samuel-kun. —dijo tras pensárselo unos segundos. 
 
Un largo viaje le esperaba y no podía permitir que los turbios recuerdos del pasado entorpecieran su futuro, no olvidaría su promesa, pero no iba permitir que interfiriera en los caminos que se abrían ante ella. Se permitió unos instantes para cerrar los ojos y fantasear, dibujando una pequeña sonrisa en sus labios. Los días venideros le parecían llenos de luz, ella también tenía derecho a ser feliz, ¿no?
 
Notas finales:

Bueno, ¿qué os parece?

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