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Kagome, la decisión más difícil. por RuaroM

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Kagome no podía estar más feliz. Sango y Miroku vivían ocupados y dedicados a sus pequeños hijos, e Inuyasha y Kagome vivían en perfecta armonía. Y es que la felicidad se había asentado  a su alrededor como algo tan natural, que nadie notó esa aura de malignidad que incrementaba poco a poco.

Un día, en el que el calor era tan bochornoso Kagome propuso ir al río a nadar, las gemelitas de apenas dos años se emocionaron muchísimo ante la idea y convencieron a su madre de ir; por lo que, dejaron al bebé con la anciana Kaede y todas partieron emocionadas.

Inuyasha y Miroku habían ido a cumplir con un compromiso de su nuevo negocio para liberar a las casas de malos espíritus, en el que les iba muy bien, claro, gracias a las habilidades de manipulación del monje.

Las gemelas, Emi (bendecida con belleza) y Aimi (Amor bello) chapoteaban alegremente, Sango las vigilaba y Kagome completamente en paz flotaba en el río. Luego de un rato, salieron para comer unas rebanadas frescas de sandía, las niñas jugaban a ver quién lanzaba más lejos las semillitas.

Justo en ese momento el cielo claro se transformó en tormenta, pero nada tenía que ver con cuestiones naturales. Cuatro poderosos demonios con la apariencia de humanos hermosos eran los responsables.

La esencia maligna era ya demasiado intensa como para pasarlo por alto, ambas mujeres se pusieron de pie, a la defensiva. Con un gesto suave pero imperioso Sango les ordenó callar a las gemelas. La bruma iba directo a la aldea, su aldea. La aterradora sensación de Sango fue indescriptible, su bebé estaba con una anciana solamente, pero no podía conducir a sus gemelas a semejante peligro. Kagome hubiera dado cualquier cosa en ese momento por un arco y flechas.

Cuando, procedente de esa nube de obscuridad cayó una bola de fuego cerca de ellas, corrieron al bosque para ocultarse. La bola de fuego era una atractiva mujer-demonio, su larga cabellera roja al viento parecía una llama ardiendo. Su voz dulce y melodiosa les erizó todo el cuerpo.

-          Huele a humano – saboreó - ¡qué suerte! Dos postrecitos.

La mujer olfateó para encontrarlas. Sango se debatía en qué hacer, finalmente, se decidió.

-          Kagome – dijo con gravedad – cuida de mis hijas, por favor.

El gesto de la exterminadora dejó boquiabierta a Kagome, comprendió en el acto lo que su casi hermana pretendía hacer.

-          Sango yo lo haré – repuso resuelta -  escapa tú con las niñas, yo la distraeré.

-          No entiendes Kagome, no hay tiempo – Sango entregó a sus hijas con dolor evidente – no estamos armadas y esa mujer es poderosa, no permitiré que toque a mis hijas.

-          ¡Ellas querrán a su madre!

-          ¡Morirán! Moriremos todas si no me haces caso – Sango se preparó – Kagome, vete a tu época… y no regresen hasta que vaya Inuyasha por ustedes.

Kagome vio a Sango alejarse con impotencia, las niñas ya empezaban a llorar. No había tiempo, las cargó a ambas con esfuerzo, pero corrió con toda su energía hasta el pozo, no sabía cuánto resistiría Sango. Justo al saltar vio en el cielo una bola de fuego que caía en su dirección.

Llevó a las niñas de la mano a su casa, con el rostro crispado. Al verla su madre hizo muchas preguntas preocupada, Kagome no escuchó nada; entregó a las gemelas y subió a su habitación para encerrarse.

Se abandonó a un llanto de dolor y rabia, ¿Por qué había sucedido? ¿Por qué? Se sentía tonta y culpable, si tan solo hubiera llevado el maldito arco, si ella se hubiera sacrificado en vez de Sango. Pero sabía que no había otro modo de salvar a las gemelas, Sango solo había actuado como una madre.

Al caer la noche, Kagome pensó que ya había esperado a Inuyasha lo suficiente, tal vez aún podría ayudar en algo, tal vez Sango no había perecido. Consiguió un arco y flechas, y tras una casi inaudible petición a su madre para que cuidara un momento a las gemelas, salió.

Salió del pozo con cuidado, y ante la claridad de la noche pudo vislumbrar humo y fuego procedente de la aldea, corrió aterrada. La visión era más cruda estando ahí, no había casas en pie, no había una sola persona, solo escombros, y dolor y pérdida en el aire.

Gritó el nombre de sus amigos en todas direcciones, recorrió la aldea, buscó bajo las ruinas y no encontró nada. Sintió un nudo en la garganta, comenzó a sollozar, luego ya al borde de la histeria gritó y gimió desconsolada.

Cayó una lluvia que apagó los rastros del incendio, pero ella, derrotada en el suelo no se movió. Cuando sus lágrimas se agotaron gritó de nuevo, el nombre de su amado Inuyasha, el nombre de Sango, de Miroku, de Shippo y Kaede, sin respuesta alguna, solo el vacío intolerable de la soledad.

No había dormido, pero dedicaría todo el día a buscar a sus amigos, no podía rendirse, jamás lo haría.

Continuará…

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