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Despierta! por Lagunamov

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Notas del fanfic:

Oneshot, un relato breve que presenté a un concurso. Espero que os guste. ¡Comentad lo que os ha parecido por favor! :)

– ¡Despierta, novato! –con un sobresalto volví a la realidad desde mi sueño y me quedé mirando, atónito, a mi superior, que me miraba desde arriba, serio.


– ¡Sí, mi señor! ¡Lo lamento! – articulé, aún confuso por el brusco despertar.


– ¿Sabes, novato? Debería mandarte al calabozo o a las cuadras a limpiar –aunque seguía serio, veía un brillo malicioso en sus ojos.


– ¡Sí, mi señor! ¡Es lo que merezco! –dije, con la sumisión propia del ejército.


– Deja de asentir y sonreír como un loco, o como una muchacha deseosa, novato –dijo sonriendo de una forma que me confundió bastante– ¿una noche dura, muchacho?


– La verdad es que sí –suspiré, con una mezcla entre alivio y resignación. Apenas había dormido, el libro de Transformación me había hipnotizado.


– Será mejor que le digas a tu chica que no te robe tanto tiempo –rió él.


     Supongo que a mi edad debería andar con alguna chica, pero mis libros eran los que me robaban todo el tiempo. Muy a mi pesar, sonreí a mi superior mientras este se reía. Tras unos segundos, me dio una palmada en el hombro que resultó bastante dolorosa, dada no sólo la fuerza del hombre sino del peso de la armadura. Dándome la vuelta, proseguí oteando el horizonte más allá de las murallas mientras mi superior continuaba su ronda.


     Hace poco había encontrado el libro (si, encontrado, no me miréis así) bajo una tabla suelta de la biblioteca de mi tío-abuelo. Paseaba por la sala repleta de libros, extasiado como siempre por la cantidad de volúmenes que guardaba ahí, cuando tropecé con una tabla y casi me di de bruces contra el suelo de no ser por la estantería a la que conseguí agarrarme. Una vez que recuperé el equilibrio, me volví para ver qué demonios había pasado. Y ahí estaba, una tabla que, sin saber cómo, se había salido de su sitio. Me acerqué con miedo, ya que si no se podía reparar, las consecuencias recaerían en mí.


     Nada más lejos. Esa tabla parecía ser una trampilla de un compartimento en el suelo (con la de tiempo que he pasado en esta biblioteca, y nunca me he dado cuenta de ello. ¡La de cosas que puede haber ocultas entre estos antiguos muros!). A pesar de que mi conciencia me estaba gritando que volviera a colocar la tabla en su sitio, yo metí la mano en el compartimento sin pensar. Tras tantear el fondo unos instantes, mis dedos toparon con las ásperas cubiertas de un libro. Ahora sé que era un libro, pero entonces sentí como si una mano me atenazase la garganta y saqué la mano como un rayo, presa del pánico. Tras un momento de nerviosismo observando si tenía alguna picadura o algo similar, recuperé un poco la compostura y volví a meter la mano. Por supuesto, de nuevo mi conciencia se puso a gritarme, esta vez con cierto tono de histeria.


     Cuando de nuevo toqué la cubierta del libro, sentí de nuevo la sensación de opresión en la garganta, pero continué palpando, cada vez más seguro de que se trataba de un tomo. A pesar de que era una pregunta obvia, no se me ocurrió hasta mucho después, cuando ya llevaba un rato ojeando el grueso libro: ¿Por qué estaría escondido ahí? Todavía ahora me ronda la cabeza de cuando en cuando, sobre todo a altas horas de la madrugada, mientras leo con entusiasmo los largos hechizos y valoro sus posibilidades. Cuando lo saqué del compartimento secreto, me pareció un libro enorme. Era de una piel áspera al tacto y muy envejecida, y en la portada aparecía una figura humanoide, una especie de lobo, un árbol antiguo y algo que parecía ser un esqueleto, todo interconectado por flechas llenas de complejas filigranas.


     De eso ya hace unos meses. Apenas he estudiado unos pocos cientos de páginas, y el libro sigue pareciendo enorme. Hasta ahora, he estudiado todos los hechizos a los que sé que podría darles cierta utilidad, aunque no he probado ninguno, y ardo en deseos de probarlo.


 


     Pero, ay de mi, en tiempos de paz es difícil que un soldado raso (miento, en mi caso, soy más bien un simple vigía) pueda demostrarse capaz en el combate, y ya ni hablemos del manejo de la magia. Pero…


     Un estrépito interrumpe el hilo de mis pensamientos. Giro la cabeza en dirección al estruendo, a tiempo para ver como mi superior y otro soldado caen hacia lados opuestos. El soldado aparecido chocó limpiamente contra la pared cercana, pero el teniente tropezó con una caja de virotes y cayó al suelo, con tan mala suerte que, al ir a apoyar un brazo para amortiguar la caída, este no pudo soportar el peso combinado del hombre y toda la armadura. El crujido del hueso sonó incluso por encima del grito del teniente y del chirrido de las placas de metal.


     El otro soldado implicado en el accidente estaba más pálido que un muerto para cuando llegué al lugar, y de inmediato le reconocí como Biggs. Sin pensar, le solté un manotazo en el hombro para que reaccionara, y le mandé corriendo a por un sanador, un druida, lo que encontrase. Una vez se hubo ido, me agaché junto al teniente, cuyos gritos cesaron en el momento en el que perdió la conciencia. Había quedado tumbado boca arriba, con las piernas elevadas apoyadas todavía en la caja de virotes. Con mucho cuidado, cogí ambas piernas con una mano mientras movía como podía la caja lejos del herido.


     Cuando reuní valor para mirar al brazo herido, vi que la malla del camisote no se había roto, pero sin embargo, de un punto a mitad del brazo sobresalía un feo bulto, que no podía ser otro que un fragmento hueso roto.


     Al instante me vino una idea a la cabeza: ¡podía poner en práctica lo que había aprendido! Sin pararme a pensarlo mejor, comencé a examinar la zona de la herida, pero con la capa de malla de acero y lana era difícil ver algo que no fuera el bulto y la sangre que empezaba a manchar de rojo el grisáceo tejido. La primera solución que se me ocurrió era, al menos, anestesiarle. Eso le calmaría y evitaría gritos, dejándome a su vez poder operar más tranquilamente.


     Con algo de nerviosismo, me concentré durante un momento y comencé a pronunciar un corto hechizo que desconectaría sus nervios sensitivos del brazo del resto del cuerpo de forma temporal. Debido a que se encontraba sumergido en el mundo sin dolor de la falta de consciencia, no tenia forma de saber si el hechizo había funcionado correctamente, así que tendría que arriesgarme.


     Con movimientos mucho más seguros de lo que esperaba de mí mismo, desenganché las mangas de malla del camisote y desgarré la manga con mi daga para poder trabajar con el brazo herido desnudo. Éste presentaba un aspecto peor de lo que pensaba: la carne se había desgarrado y una parte del hueso sobresalía, blanco y sanguinolento. Nunca había visto algo así realmente, las mayores… “heridas de guerra” que había visto antes habían sido siempre algún tajo desafortunado o los típicos raspones de la infancia, pero esto superaba todo aquello. A pesar de haberme puesto pálido como si el que estuviese perdiendo sangre fuese yo, trate de respirar profundamente para tranquilizarme y actuar deprisa.


     Conocía el tipo de hechizo, los gestos a realizar, las palabras. Todo vino a mi mente en cuanto conseguí que mi corazón dejase de galopar y que mi sangre circulase con normalidad. Fijé mis ojos en el hueso que sobresalía, intentando mantener el estado de calma y concentración necesarias para que el hechizo funcione. Empiezo a oír pasos apresurados a mis espaldas, pero no les doy importancia, seguro que es Biggs que vuelve con ayuda.


     En el punto álgido de mi concentración, sintiendo como el flujo de magia inunda mi cuerpo. Desde luego, no es un truco cualquiera ni un hechizo de primerizo. Las palabras comienzan a salir de mi boca, en un tono monocorde pero apasionado, pero es una voz que retumba y que difícilmente reconozco como mía. Los pasos se han detenido, pero nadie ha dicho nada. Al menos, no he oído nada, y tampoco me importa en este momento.


     Delante de mis ojos, y como resultado del hechizo en progreso, veo como el brazo empieza estirarse lentamente hasta que el hueso empieza a volver a su sitio. Escucho como los fragmentos de hueso se rascan y chirrían entre ellos hasta que aquel que quiso escapar de su lugar vuelve a encajar con su otra mitad. A la vez que el hueso encaja, puedo incluso notar como la sangre deja de fluir, la carne comienza de nuevo a crecer y el músculo a soldarse. Unos instantes después, no queda ni la cicatriz donde antes había una fea herida.


     El hechizo finaliza, mi cuerpo se desprende casi a regañadientes de esa dulce, hermosa y cálida corriente de magia. Me encuentro con que mis músculos están repentinamente agarrotados, incluso aquellos que jamás pensé que podría llegar a utilizar hasta este punto. Suspiro de cansancio, pero también es de alivio. El teniente ya no sangra, todo parece estar en su sitio.


     Unos suaves aplausos a mi espalda me sobresaltan. Había olvidado que Biggs había vuelto con la ayuda que le había mandado a buscar. Me giro y mis ojos se abren como platos y todo mi cuerpo empieza a temblar: Biggs ha traído a mi tío-abuelo Frederik y a la muchacha que siempre le ayuda.


 


– Ti… tío –consigo articular.


– Menuda sorpresa.  –Dice mi tío-abuelo. Sonriendo, pero con unos ojos inexpresivos e insondables, no sé si suspirar de alivio o echarme a temblar– Volvía por fin a casa cuando este soldado me ha avisado de que había una emergencia. No veo peligro alguno para ese hombre.


– ¡Vaya! –Exclama Biggs, asombrado– no sabía que supieses utilizar la magia.


– Yo tampoco –oigo murmurar a mi tío. Acto seguido levanta la cabeza y, con un brillo en los ojos que me hace estremecer, dice: – es bueno tener algún aprendiz de mago entre los soldados.


     Se acabó el muro, se acabaron las guardias, la pesada armadura. El teniente estaba recuperado cuando despertó, y Biggs le informo de lo ocurrido. Gracias a esto, el teniente me recomendó para que entrase a la escuela de magos del ejército. Esta recomendación hubiera pasado en parte desapercibida si no fuera por la carta que envío mi tío-abuelo, uno de los hechiceros más influyentes de la ciudad, al cátedra de la escuela. He sustituido la armadura por una hermosa túnica rojo sangre, las largas guardias por igualmente largas noches de estudio en la biblioteca, rodeado de libros enormes y polvorientos y pergaminos llenos de apretadas frases y complicados hechizos.


     El aprendizaje mágico me resulta incluso más duro que la época que pase como soldado raso, ya que no sólo es el cuerpo el que sufre las inclemencias de maestros y compañeros, sino que también he de exprimirme los sesos con toneladas de datos sobre propiedades mágicas, fechas, nombres de personas, lugares, plantas… Pero merece la pena. Nunca había sido tan feliz como inmerso en todas estas cifras, imágenes y palabras, con el olor permanente del incienso y los vapores de todo tipo que emergen de las estanterías repletas libros, pergaminos y tarros.


 


     Guerra.


     Jamás había pensado que esto ocurriera alguna vez. Siempre, durante toda mi vida, he pensado que era un país seguro, una ciudad segura. En absoluto. Ayer llegaron mensajeros que proclamaban que el enemigo se hallaba a tan solo unos días de marcha de los muros. Solo tenemos unas noches para prepararnos. Mi tío-abuelo, junto con el resto de magos y hechiceros poderosos de la ciudad (que realmente no son tantos) se encargará de las defensas mágicas de envergadura y de la construcción de un puñado de golems de guerra.


     Los herreros martillean todo el día para fabricar suficientes puntas de flecha y hojas de espadas y lanzas. Los encantadores imbuyen de propiedades mágicas todos los objetos de que son capaces, e incluso los más novatos participan. Se ha llamado a todo hombre y mujer capaz de manejar un arma al castillo. Incluso a las pequeñas bandas de truhanes se les ha dado una oportunidad de servir a su ciudad como tropas de hostigamiento.


     Los soldados están descansando y concentrándose. Los necesitaremos a pleno rendimiento el día de la batalla. Nosotros no descansamos, sino que estudiamos nuestros libros de magia, deberemos tener el mayor número posible de hechizos preparados el día del enfrentamiento.


 


     No se equivocaban los mensajeros. Hoy ha llegado un explorador con el caballo echando espuma por la boca por el agotamiento, ya que en cuanto vio los estandartes del enemigo dio media vuelta y forzó a su caballo todo lo que pudo. Los generales ya organizan a las tropas, atestando las murallas de arqueros, desplegando las tropas de hostigamiento por el campo, y asignándonos a cada uno de los magos del ejército a un pequeño grupo de hombres para que sirvamos de apoyo mágico. Antes de partir, nos mandaron reunirnos con nuestro maestro, pero en lo que habitualmente ha sido nuestra clase, estaba mi tío-abuelo Frederik acompañado de su ayudante y un pequeño diablillo que se cuelga tranquilamente de las antorchas de la pared. Cuando estamos todos dentro, nos mira despacio a todos y cada uno de nosotros y dice:


 


– Sé que pensáis que no estáis preparados –comienza– pero estaréis de acuerdo conmigo en que habéis tenido unos maestros buenos y poderosos, y que no habéis sufrido más de lo que cualquier otro aprendiz de mago suele hacerlo –risas nerviosas por nuestra parte. Frederik nos mira, ahora más serio y con un gesto decidido– Estáis bien preparados, y de vosotros depende el sobrevivir a la batalla de hoy.


– ¡Sí, Maestro! –contestamos los aprendices al unísono.


– Solo recordad –continúa– entre magos no se aplica el dicho de la supervivencia del más fuerte. No subestiméis los hechizos menores que habéis aprendido, en muchos casos es mucho más ventajosa la astucia que la potencia. –una nueva pausa, en la que Frederik nos observa, y veo un pequeño brillo de orgullo cuando sus ojos se detienen en mí. Su diablillo vuelve a su hombro como si su amo le hubiera dado una orden, y su ayudante le coge suavemente de la túnica– Tan sólo me queda desearos buena suerte, y espero veros vivos al final del día a todos.


 


     Unas palabras susurradas y un pequeño dibujo hecho en el aire con una mano es lo último que vemos antes de que los tres se desvanezcan en un pequeño destello azulado. Sé que ha ido a su lugar junto con los demás hechiceros, y nosotros debemos hacer otro tanto. De forma apresurada, pero tan ordenadamente que seriamos la envidia de unos monjes, salimos del edificio de los aprendices hacia el grueso de las tropas de la ciudad, donde cada uno de nosotros se coloca a la izquierda de su oficial al mando.


     A mi me han asignado a mi antiguo teniente, Hatcher, que ahora es capitán. Desde el incidente en la muralla podría decirse que nos hemos hecho amigos, aunque todavía, cada vez que me ve, inconscientemente se toca el brazo que le curé, pero me sonríe. Ahora sucede igual, solo que el ambiente es más tenso.


     El potente rugido del Gran Cuerno de Guerra rasga el aire. Los vigías ya deben ver los estandartes enemigos. Cuando se extingue el sonido, el silencio nos envuelve, y siendo que la tensión ha desaparecido, reemplazada por un sentimiento más profundo, un ansia que nos hace dejar de temer la inminente batalla, nos hace desearla. Deseamos que todo comience ya, y sabemos que saldremos victoriosos. Miro a Hatcher, que me mira con una sonrisa y un profundo brillo asoma a sus ojos. Todos nos sentimos igual.


     En el silencio en el que está sumida la ciudad, casi podemos oír los pasos del ejército enemigo. De nuevo el silencio se rompe. Están levantando los bloqueos de la Gran Puerta y bajando el puente levadizo. Saldremos fuera, la ciudad tiene que resistir lo máximo posible. El capitán Hatcher y yo nos miramos y asentimos levemente. Él levanta su mano y el resto de la tropa cuadra su posición. Es hora de marchar.


 


Te veo tranquilo, Traspiés –me sobresalto, pero enseguida reconozco a mi tío Frederik, que me está hablando mentalmente. Sonrío ante el viejo apelativo que usaba conmigo.- Estoy orgulloso de ti, hijo.


Gracias, tío Frederik –pensé, sabiendo que me oiría– pero no es tranquilidad lo que siento realmente…


Lo sé –casi le vi sonreír cuando me interrumpió– sé que lo harás bien. Te he observado, y he visto como has aprovechado ese tomo de Transformación. Nunca tuviste madera de soldado.


–Sólo puedo decir… –notaba como enrojecía– Gracias, Tío.


–Te dejaré dármelas si sobrevives. –respondió. Noté que iba a cortar la conexión– Mucha suerte, Traspiés.


     Y aquí estamos. Toda la soldadesca de la ciudad se haya concentrada a las afueras de la muralla. El enemigo se acerca y aquí estamos nosotros para hacerle frente. Un zumbido persistente nos avisa de que llegan mensajes con órdenes, y tanto el capitán como yo nos giramos para ver llegar a los escarabajos, con un delgado pergamino atado en el lomo. Hatcher levanta la mano para que su escarabajo aterrice, y con la otra mano coge el pergamino, que se desata solo en cuanto el capitán lo toca.


     Hatcher lee atentamente el pequeño pergamino con el ceño fruncido. Son las órdenes de despliegue de su unidad. Todavía está leyendo cuando oigo un nuevo zumbido, más bajo ya que es un solo escarabajo el que viene hacia aquí. Hacia mí. Sorprendido, imito a Hatcher y recojo el pergamino. Al abrirlo y leerlo, noto como la sangre huye de mi rostro.


     Las ordenes son claras: en cuanto vea una oportunidad, he de infiltrarme entre las filas enemigas para acabar con el oficial al mando y sus más inmediatos lugartenientes. Me deseaban suerte… y que vuelva vivo. Llevaba el sello del Gremio de Magos y de la Corona. Concentrándome para no pensar en exceso en las órdenes recién recibidas, enrollo de nuevo el pergamino con mucho cuidado y con una palabra, le prendo fuego dentro de mi puño. Al instante, del pergamino solo quedan cenizas.


     Suena de nuevo el Gran Cuerno de Guerra.


     El Rey también está aquí. Él, como nosotros, defenderá a su pueblo de los invasores. A una, todos los capitanes levantan su espada. Todos los magos, al igual que yo, comienzan a recitar todos los conjuros de protección que pueden sobre los soldados: protección frente a las flechas, mayor agilidad, mayor fuerza… los más avanzados incluso imbuimos las armas con algún elemento natural o las cubrimos de veneno.


     Demasiados hechizos en poco tiempo, muchos comenzamos a acusar el cansancio propio del abuso de la magia. Nuestras tropas están protegidas.


     Y el enemigo ahí delante.


     Son muchos más que nosotros, y la mayoría parecen más peligrosos. No son humanos. Las filas enemigas cuentan con muchos pequeños demonios, sátiros, centauros, e incluso hombres topos de las profundidades u hombres lagarto de los lejanos bosques. Oigo un murmullo de sorpresa y consternación en la red telepática que los magos hemos tejido para transmitir órdenes y dirigir mejor la batalla. Al menos no parece haber dragones, y dad gracias,oigo decir a uno de los grandes hechiceros, Xet, creo recordar. No hay tiempo para más pensamientos fútiles. Ya están aquí.


 


     Pronto me encuentro profundamente sumergido en el calor de la batalla. La heterogeneidad de criaturas parece más un inconveniente que una ventaja. Es un ejército enorme, pero está muy desorganizado. Sólo entre la espada del capitán Hatcher y mis hechizos de ataque hemos de haber eliminado a un par de cientos de enemigos. La noche está a punto de caer, pero aún no he visto una oportunidad de cumplir mi misión.


     Durante la batalla, he notado como se apagan las conciencias de varios de mis compañeros magos. Los conocía a todos, pero no hay tiempo de llorar las pérdidas.


     En un pequeño intérvalo de descanso Hatcher me toca el hombro, y señala a una lejana colina. Ahí están. Los dos únicos humanos de todo el ejército enemigo, vestidos con túnicas y murmurando entre ellos. También están rodeados de dos centauros y dos sátiros, aunque eso no debería suponer demasiado problema. Mientras trazo un plan rápido, noto como los centauros y los sátiros se miran con cara de pocos amigos, y como los dos magos están demasiado ocupados con sus hechizos y planes.


     Llamo a Biggs con un gesto. Era un muchacho flacucho como yo cuando me convertí en aprendiz, sin embargo ahora es el más grande de los soldados. Y un buen amigo. Cuando está a mi lado, le señalo al montículo donde se encuentran los magos y su escolta y él me sonríe, asintiendo.


     Con unos polvos de uno de mis saquitos, y con una larga frase murmurada, el mundo se agranda alrededor. Noto nuevos olores, nuevos matices y colores aparecen en mis ojos. Un gigantesco Biggs me recoge con sus grandes pero delicadas manos y con la tremenda fuerza de sus brazos lanza mi cuerpo de ardilla hacia el enemigo.


     En pleno vuelo, cuando ya estoy cerca de mi objetivo, abro todo lo que puedo mis patas y planeo sobre la batalla. Un miedo atroz atenaza mis miembros cuando aterrizo suavemente sobre el lomo de uno de los centauros. Éste lo nota, y gira el torso, alerta. Un tremendo alivio me llena por dentro cuando veo que me sonríe con su fea cara. Los centauros no pueden detectar la magia, y además son amantes de la naturaleza.


     Con un tremendo impulso, salto del lomo del centauro una fracción de segundo antes de que unas enormes garras se claven en el lugar donde me hallaba. Los centauros no detectan la magia, pero los sátiros sí. Yo contaba con ello.


     En sólo unos segundos, los cuatro escoltas yacen en el suelo, desangrándose de las heridas que se han infligido entre ellos. Y los magos ni se han inmutado.


     Todavía con algo de precaución me sitúo detrás de los magos y cancelo mi hechizo de polimorfismo. Estos se dan la vuelta, sorprendidos de la intromisión. Antes de que les dé tiempo a defenderse, agarro sus túnicas por el cuello y lanzo el único hechizo para el que me quedan fuerzas, pero que siempre fue mi favorito. Justo cuando estallan en llamas, algo muy grande y duro me golpea en la nuca y todo se vuelve negro.


 


– ¡Despierta, chaval! ¡Final de trayecto! –un enorme guardia de seguridad me mira enojado. Creo que me ha dado una sonora colleja para despertarme.


     Me levanto para irme, y me percato de los jirones de tela chamuscados que sostengo entre mis manos. Sonrío ampliamente. Misión cumplida, pienso mientras subo las escaleras del metro.

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