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Un niño perdido. por Gabo97

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Notas del fanfic:

Es una historia situada siete años después del Día Prometido.

Notas:

Mustang ha ido a Ciudad del Este, donde sabe que se encuentra su más valiosa subordinada, con intenciones de hacerla volver, sin embargo, antes se encuentra con un pequeño problemita.

Andaba por las calles de la Ciudad del Este sin ningún rumbo.

  Bueno, en realidad si tenía uno, pero no se atrevía a caminar hacia él.

  Parecía un niño. Las piernas le temblaban y no dejaba de estrujarse las manos. Incluso se había peinado el rebelde cabello azabache hacia atrás ¿Para qué demonios había hecho eso? Ella lo conocía de todas la maneras, no había necesidad de dar buena impresión en ese momento… aún si habían pasado cinco años.

  Suspiró agotado.

  Llevaba exactamente cinco años y trece días aguantando las ganas de ir a buscarla y rogarle perdón. Cinco años de no soportar la vida.

  No sabía si era orgullo o miedo, pero lo cierto era que ni siquiera se había atrevido a preguntar por ella, o mencionarla en voz alta. Se sentía tan herido con su partida, que prefirió sumirse en su amargura a admitir cuánto la extrañaba.

  Y ahora, tras cinco años de completa separación, había tomado la iniciativa de ir a buscarla.

  Sabía exactamente donde se encontraba. De hecho, unos minutos atrás había estado frente a ese lugar, indeciso de tocar la puerta, y finalmente, había desistido de hacerlo. Ahora se encontraba caminando en círculos por toda la Plaza Central.

  ¿Qué se supone que debía decirle después de tanto tiempo? “Hola, ¿recuerdas cómo te dejé ir hace cinco años? Bueno, pues he venido a pedirte… a rogarte que regreses” pero no, era demasiado torpe, tonto… no le sorpendería que ya se hubiese olvidado de él... 

  Todavía recordaba aquella mirada. Aquellos ojos caoba... lo habían perseguido a lo largo de todo ese tiempo.

  Paró en seco y se cubrió el rostro con una mano.

  “¡Estúpido! Eso es lo que eres, un completo idiota” se repetía en su mente, al recordar sus propias palabras.

  No sabía cómo reaccionaría ella si lo miraba de nuevo a los ojos. Peor aún, no sabía cómo reaccionaría él.

  Seguramente que ya estaba con alguien. Ella había mencionado a una persona muy importante… tal vez incluso ya estaba casada… las ideas comenzaron a abrumarlo de inmediato.

No. No podía si quiera imaginarla en brazos de otro… era inaceptable, inconcebible. Su Reina no podía pertenecerle a nadie más.

  Sin poner mucha atención y demasiado ajetreado por su propia imaginación, se dejó caer en una de las banquitas del parque, suspirando sonoramente, inclinándose sobre sus rodillas con la cabeza baja.

  Quería verla. Había cancelado todos sus planes –que no eran poca cosa– para poder encontrarse con ella, pero no tenía las agallas de mirarla a los ojos nuevamente. No tenía las agallas de aparecerse en la puerta de su casa para ofrecerle disculpas.

  Se quedó en aquella posición por unos segundos, intentando aclarar su mente cuando de pronto unos sollozos cercanos atrajeron su atención.

  Giró levemente la cabeza hacia su izquierda y se encontró con una pequeña sentada a su lado, que se cubría los ojos con la manga de su delicado suéter rosado.  No se había dado cuenta que estaba ahí cuando decidió sentarse, por lo que se sorprendió.

  Unas espesas y gruesas lágrimas se deslizaban por las tersas y rosadas mejillas de la niña, acompañadas de sonoros sollozos que se esforzaba por contener.

  El hombre, que seguía inclinado sobre sus rodillas se fijó mejor en ella: era pequeña, de unos cuatro años. Tenía un hermoso cabello rubio, cortado hasta la barbilla. Vestía un lindo vestido blanco con un suéter rosa claro y sus ojos estaban cubiertos por las mangas de éste, en un intento por detener las lágrimas.

  Usualmente no le gustaban los niños y prefería no interactuar con ellos, pero en aquella ocasión, se conmovió inexplicablemente ante la escena. Aquella pequeña parecía tan asustada y confundida como se encontraba él mismo en aquellos momentos.

  Soltando un suspiro, sacó un pañuelo bordado de la bolsa interior de su saco y se lo tendió sin decir una palabra.

  La niña pudo percibir el movimiento y bajó un poco el antebrazo para mirar la mano tendida de aquel hombre, que ni siquiera se había vuelto de lleno hacia ella.

  Aún algo agitada por los sollozos, la chiquilla miró al pañuelo y luego al individuo que se lo tendía con cierto recelo.

  —Anda— dijo él, con una leve sonrisa, pero sin mirarla completamente —Parece que te hace falta.

  La pequeñita se limpió los residuos de lágrimas con la manga de su suéter y sorbió ligeramente con las mejillas enrojecidas. Luego negó suavemente con la cabeza, con la mirada baja. Parecía un poco avergonzada —Se lo agradezco— pronunció la niña, con un tono de voz encantador y un poco tímido que resonaron con calidez en los oídos de él —Pero mi mamá me ha dicho que no acepte cosas de desconocidos.

  La fluidez y mesura con que se expresó la rubiecita, causaron una empatía inmediata con el hombre pelinegro, que sonrió ligeramente divertido. Nunca había escuchado a alguien tan joven expresarse de manera tan propia.

  —Ya veo— susurró en un suspiro, retirando el pañuelo, regresándolo a la bolsa interior de su saco, e incorporándose en la banca para quedar con la espalda un poco desparramada sobre el respaldo, en una postura más relajada.

  La linda damita a su lado quedó en silencio, únicamente respirando entrecortadamente por su llanto anterior. Parecía recelosa por la presencia de aquel extraño. Intentó contener el llanto para no llamar la atención de éste.

  Él, por su parte, la miraba de reojo, preguntándose qué podría estar haciendo alguien de su tamaño tan solitaria en el parque de una ciudad así de habitada e insegura.

  Luego, sin contener la curiosidad, la observó mejor.

  Mantenía la vista fija en la gente que pasaba frente a ellos, intentando controlar un llanto incipiente. Sus pequeños bracitos y piernitas estaban tensos. Al contemplarla con mayor atención pudo ver sus ojos; eran muy grandes y brillantes, y contrastaban con lo claro de su piel y su cabello, ya que eran profundamente negros, enmarcados por gruesas, rizadas y oscuras pestañas.

  Algo en aquel precioso rostro le resultó vagamente familiar. Tal vez su nariz respingona o la forma tan familiar que tenía su mentón… viéndola no pudo evitar pensar en una versión más infantil de la mujer a la que había ido a visitar…

  Sacudió la cabeza para alejar esas ideas, pensando que su obsesión con aquel tema lo llevaban a ver cosas donde no estaban.

  Paseó su mirada por los alrededores en busca de algún adulto con quien pudiese estar la párvula pero no halló nada. Y la pequeña tenía una expresión aterrada y desesperada.

  Suspiró con resignación ante su propio interés — ¿Puedo preguntar la razón de tu llanto? — inquirió sonriéndole lo más amistosamente que pudo.

  La niña lo miró, un tanto avergonzada con sus labiecitos tensos, mirándolo con sus negros ojos llenos de lágrimas.

  —Entiendo. Supongo que tu mamá también te ha dicho que no hables con desconocidos— suspiró alzándose de hombros. —Por cierto ¿En dónde está ella? — quiso saber el hombre, volteando de un lado a otro.

  Los ojos de la niñita rebosaron de lágrimas hasta romper nuevamente en un llanto afligido y entrecortado. Se llevó sus manitas a los ojos para remover sus grandes lágrimas. —Mamá…— susurró entre sonoros sollozos, haciendo un puchero que conmovió a aquel frío individuo, quien volvió a tenderle el pañuelo, con una mirada conciliadora, comprendiendo el por qué de la tristeza de la pequeña.

  Ella miró el pañuelo, luego al hombre, que le sonrió lo más amablemente que pudo, como indicándole que podía tomarlo, lo cual hizo lentamente, con algo de recelo, respirando violentamente debido a los sollozos que inevitablemente emitía su cuerpecito.

  —Entonces te has perdido— dijo él, con un suspiro de fastidio, sabiendo que ahora se estaba metiendo en un gran problema. Como si no tuviera suficientes por sí solo.

  Al escuchar estas palabras, el llanto de la niña acrecentó. —Mamita— chilló por lo bajo, ésta vez utilizando el pañuelo para enjuagarse las lágrimas.

  El pelinegro lo consideró.

  Podía marcharse, olvidar a aquella niña y seguir con su camino, pero no le parecía correcto dejar a una pequeña sola por ahí. Por otro lado, podía esperar con ella a que su madre la encontrara o, la última, y la más complicada: ayudar activamente a que esa pequeña se encontrara con su madre.

  Suspiró con fastidio ante su propia solidaridad y miró a los negros ojos de la chiquilla.

  —Ya, ya. No llores ¿te parece si hacemos un trato? — propuso él, extendiendo su mano ante la mirada un tanto perpleja de la niña.

  — ¿U… Un trato? — inquirió su infantil vocecilla, entre lágrimas y sollozos.

  El hizo cara de pocos amigos. No era como si tuviera demasiado tiempo, además, tenía que regresar mañana por la tarde a casa y todavía ni siquiera había visto a la persona con la que deseaba hablar… pero en fin, después de todo, si su meta era proteger al país, debía empezar por cosas pequeñas ¿no?

  —Estoy muy solo desde que llegué a Ciudad del Este, y me gustaría una acompañante, además no he comido y ya me muero de hambre ¿Quieres acompañarme? — preguntó, intuyendo que probablemente la niña estaría hambrienta.

  Los ruidos en el estómago de la pequeña la delataron de inmediato, haciéndola bajar la mirada con las mejillas rojas como tomates.

  —A cambio te ayudaré a encontrar a tu mamá.

  Esto último hizo que el semblante asustado de la rubiecita cambiara por completo. — ¿Usted me ayudaría?

  Él asintió con la cabeza, con expresión seria —Si. Es lo que llaman intercambio equivalente. Para recibir algo, debes dar algo del mismo valor.

  La niña lo miró con sus ojitos negros brillándole esperanzados. —P…pero… mamá seguro se enfadará si me ve con… además… ella— las lágrimas no le permitieron continuar hablando y el hombre observó como la pequeña se limpiaba tímidamente la cara con el pañuelo.

  —No llores, no llores— repetía él con tono perezoso —Sólo iremos a comer y la buscaremos, no tiene por qué enterarse que te ayudé ¿está bien? Será un secreto.

  Tranquilizándose un poco, la párvula asintió, enjuagándose las lágrimas.

  Al verla con detenimiento, el joven hombre no pudo evitar sonreír. Algo en aquella niñita lo hacía sentirse… feliz, -cosa extraña, ya que nunca había sido bueno con los niños, mucho menos amable- ya que de alguna manera la comprendía. Sola, triste, desesperada y con ganas de ver a la persona que más amaba en el mundo… si, esa situación le hacía recordar la propia.

  —Bien, si vamos a hacer un trato comencemos por presentarnos— propuso él, girándose para quedar de frente a la niña — ¿Cuál es tu nombre?

  La niña inhaló para contener los sollozos, y, limpiándose los ojos pronunció en voz bajita —Elizabeth, me llamo Elizabeth.

  Los ojos del hombre se abrieron ligeramente al escuchar aquel nombre.

  Elizabeth. Precisamente tenía que llamarse Elizabeth. Era como si el destino le estuviera jugando una mala pasada. Se dedicó una media sonrisa burlona a sí mismo y luego una gentil a la pequeña —Con que Elizabeth. Es un nombre bonito— opinó.

  Elizabeth se ruborizó un poco y bajó la mirada.

  — ¿Qué edad tienes, Elizabeth? — preguntó. No podía tener más de cuatro años.

  —Cuatro años, señor— respondió, no sin antes hacer una cuenta con sus pequeños dedos.

  —Vaya, si que eres joven. ¿Cómo es que viniste a dar aquí? ¿Quieres contarme?— inquirió él con voz amable –lo más amable que su propio tono le permitió–.

  Las lágrimas acudieron de nuevo a los ojos de la pequeña, que intentó a toda costa evitarlas—Es que… estaba jugando en el jardín de mi casa con una pelota que me regaló mi abuelito, pero cuando la pateé se salió y… como la puerta estaba abierta pues…— no pudo contenerse más y comenzó a sollozar nuevamente, grandes lágrimas deslizándose por su rostro nuevamente—Mi mamá estaba en la cocina y no se dio cuenta… pero cuando vi… ya estaba muy lejos de casa…— otro sollozo interrumpió su relato —Y entonces había mucha gente y… y no sabía dónde estaba, por eso caminé aquí. Mi mamá y yo siempre venimos aquí a pasear al perro…— rompió en llanto nuevamente —Y ya pasó mucho tiempo y mi mamá no ha venido por mí…

  Tomando el pañuelo, se secó las lágrimas nuevamente, sorbiendo y con la cara roja.

  El hombre suspiró.

  Era una suerte que no tuviera hijos. Imaginaba la zozobra de la pobre mujer que era su madre al no verla en casa.

  —Ya, ya, no llores. Encontraremos a tu mamá antes de que te lo imagines. Ahora vamos, cumple tu parte del trato.

  La niña lo miró —Es que…

  —Vamos, supongo que debes tener hambre. Otro sonido en el interior de Elizabeth reveló la respuesta. Él sonrió divertidamente —Anda, te aseguro que no tardaremos.

  Elizabeth asintió apenada.

  —Entonces ¿Tenemos un trato? — reafirmó él, tendiéndole una de sus anchas y grandes manos a la pequeña, que la miró y luego volvió su rostro a los ojos de él.

  —Espere… usted no me ha dicho su nombre ni cuántos años tiene— replicó, con ojos inocentes y voz queda.

  El hombre soltó una carcajada y se presentó, inclinándose caballerosamente —Mi nombre es Roy Mustang— dijo con voz orgullosa, irguiéndose con pose gallarda —Y tengo muchos más años que tú, si es lo que querías saber.

  Elizabeth sonrió tímidamente y estrechó la enorme mano de Roy con la suya, diminuta y suave —Está bien. Tenemos un trato, Señor Mustang.

  De esa manera se levantaron. Primero el pelinegro, seguido por la pequeña rubia, que se aferró a su mano.

  Fue de esa manera que Roy percibió su nerviosismo, ya que temblaba ligeramente. Sin embargo, la calidez que desprendía la pequeña mano de Elizabeth lo hizo sonreír inconscientemente.

  Por alguna razón, el estar con esa pequeña lo hizo sentir cómodo… natural.

Notas finales:

Bueno, pues este fue el capítulo 1. Espero les haya gustado. Iré subiendo más capítulos a lo largo de las semanas.

Dejen sus comentarios, por favor. ¿Qué les pareció? ¿Les gustó? ¿No les gustó? Las opiniones son muy válidas y valiosas para mí.

Sayonara, hasta el próxima, capítulo.

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