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Mundo azucado por Faith Morrison

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Notas del fanfic:

Es la primera vez que publico en Internet (nunca lo habia hecho por miedo al plagio), siempre escribo pero todo está guardado en mi precioso pen-drive. ¡Es hora de arriesgarse! Ademáss he estado sufriendo de bloqueos y no son nada agradables, si los comentarios ajenos me ayudan, pues seguiré publicando.

 Es un tema bastante fuerte. Personalmente no sufro o he sufrido esos trastornos, pero me he informado muy bien y la idea estuvo reboloteando en mi mente hasta que la volqué en papel. Todas las criticas son bienvenidas, sean libres de contactarme.

Disfruten!

Notas:

Un capitulo cortisimo, los demas tal vez sean mas largos. Acepto todo tipo de criticas que me ayuden a ser mejor cada día, pero si me insultas yo también lo haré (porque soy inmadura).

Planto mis pies firmes en el suelo. Respiro hondo, cierro los ojos y levanto los brazos como si fuera a tocar el cielo.

Como si eso fuera posible para mí.

Lentamente, despego los talones y luego los empeines. Quedo de puntillas y no me conformo. Me elevo más, solo sosteniéndome con  los dedos gordos de los pies.

Me mantengo así por casi 9 segundos, según llego a contar, y desfallezco en piso soltando el aire en un fuerte gemido.

Esto esta mal. Todas mis compañeras lo hacen y yo antes podía hacerlo, podía sostenerme en esa posición por mucho tiempo.

Esto es horrible. Tantos sacrificios y ni siquiera puedo soportar mi propio peso. ¿Por qué no está funcionando?

El frío del piso se siente bien contra mi mejilla, así que me quedo inmóvil, desparramada en el suelo. Me siento débil y cansada, mi estomago no ha dejado de gruñir en los últimos días y no lo soporto. Traté de acallarlo en uno de los descansos comiendo un pastelillo, pero no debí hacerlo porque solo empeoré el dolor.

Me siento y abrazo mis rodillas. Ya no queda casi nadie en el estudio, mamá esta acomodando cosas en su oficina. Tal vez deba decirle que ya quiero irme…

—Te exiges demasiado. —Una voz masculina interrumpe mis pensamientos. Levanto la cabeza.

William Petersen tiene la espalda apoyada en los espejos, a metro y medio de mí. Es uno de los tres únicos varones que asisten a la clase de mi mamá y comparte algunas clases conmigo en la escuela también, pero nunca hemos hablado.

Es alto y delgado, lleva puesto un jean y una camiseta blanca que se adhiere a su pecho. Las ondas de su cabello castaño claro están húmedas y desordenadas, talvez hay terminado de darse una ducha.

Es una bofetada en la cara, un enviado directo de mi infierno personal para recordarme que la belleza existe y yo estoy lejos de alcanzarla.

— ¿Qué? — No me estoy exigiendo demasiado, el problema es que no me exijo lo suficiente. Tengo que seguir esforzándome.

—Te harás daño— ¿Él qué sabe? Me tiende la mano y tira de mí para levantarme.

Con el rápido movimiento todo mí alrededor se sacude y me tambaleo. Sostengo la barra para no caer.

— ¿Te sientes bien? —dice, apenas lo escucho sobre el pitido de mis oídos.

—Sí— le respondo débilmente y me encamino hacia los vestidores con una mano aún en la barra.

Doy unos pasos, pero mi vista se llena de luces blancas y los bordes se ponen negros, las piernas me flaquean. Entonces, el suelo se eleva y me golpea el rostro.

— ¡Charlotte!­— grita alguien y todo se vuelve oscuro.

 

(…)

 

—Charlotte… Charlotte, despierta… Vamos, despierta.­—Dice una voz a mi lado.

Parpadeo tratando de enfocar. Hay un techo blanco. Vuelvo la cabeza a un lado y me encuentro con los ojos cafés de William, detrás de él hay espejos y una barra dorada. Todavía estoy en el estudio de ballet.

—Oh, gracias a Dios. Ya me estaba asustando.

Me ayuda a sentarme poniendo una mano en mi espalda. Me llevo las manos a la cabeza, me palpitan las sienes.

— ¿Qué…?—digo— ¿Cuánto tiempo…?

—Te desmayaste, estuviste inconciente diez minutos.

Suspiro. Me siento horriblemente cansada.

— ¿Sabes donde está mi mamá? Quiero irme a casa. —Odio este lugar.

—La señora Parker se fue antes de que te desmayaras—parece confundido por mi pregunta.

—¿Qué? —digo débilmente, el pánico llega retardado, proceso la idea con lentitud.

—Sí, me pareció raro que se fuera sin ti, pero pensé que tal vez te ibas sola a casa.

Me demoro en asimilar lo que dice. Por supuesto que no me voy sola, esto es el centro de la ciudad­ a las ocho de la noche, y tengo 16 años.

—Genial—Sonrío sin una pizca de humor y me llevo las manos a la cara. Quiero llorar. ¿Tan poco importo que es la cuarta vez que me olvidan? No debería sorprenderme.

—No te preocupes, puedo llevarte si quieres. Mi auto está afuera.

Lo miro. Mi casa está a veinte minutos de aquí y no tengo dinero suficiente para un taxi. No creo que mamá vuelva a buscarme. Ojala lo haga, ojala entre y encuentre el estudio vació y piense que me raptaron o que estoy perdida, como las madres normales hacen. Ojala se ponga histérica y llame a mi celular, dejaré que suene sin atenderle. Claro, eso suponiendo que ella se preocupe por mi ausencia, cosa que no creo.

 —Está bien— asiento.

Me levanto con ayuda de William, me mareo y él me sostiene.

—¿Quieres cambiarte antes de salir? —pregunta y no comprendo hasta que me miro. Aún traigo las mallas y el tutú.

—Sí — él todavía me rodea con un brazo y se lo agradezco infinitamente, dudo que pudiera caminar sin ese punto de apoyo.

Entro en el vestuario  y me pongo un jean y un sweater verde. A pesar de todo el dolor que siento, sonrió al notar como baila el jean en mi cintura, ya no se ajusta a ella o a mis piernas y es una de las cosas favorables que recompensan mi desconsuelo. Por fin siento que lo que hago está dando frutos. Ya era hora de hacer algo bien.

Salgo un poco más estable y satisfecha. William tiene un hombro apoyado en la pared, del otro cuelga un bolso azul en el que supongo tiene su ropa, y en su mano hay un paquete de Cheetos recién abierto.

Lo extiende hacia mí, ofreciéndome, y el olor artificial del queso me golpea  la nariz. Doy un paso hacia atrás y trato de respirar por la boca para calmarme, pero ya me siento enferma.

Algo material trepa por mi garganta y vuelvo a entrar precipitadamente al vestuario. Corro y entro al primer cubículo que encuentro. Vomito lo poco que hay en mi estomago, por lo menos esa basura ya no estorba en mi cuerpo.

William me aparta el cabello para que no se ensucie. Lo veo sacarse una de las tantas pulseras que adornan su muñeca y con ella lo amarra.

Yo estoy arrodillada y me aferro los bordes del inodoro. Las arcadas contraen violentamente mi abdomen, pero no tengo nada más para devolver.

Miro la tapa del inodoro mientras trato de normalizar mi respiración. Estoy aturdida y me avergüenza que William me haya visto en esta situación. Me refiero a que él va a mi escuela, comparte clases conmigo y trata con los demás alumnos del estudio de ballet; mañana puede aparecerse y tranquilamente decir: “¡Oigan! ¡A que no saben que sucedió ayer al salir de ballet! ¡Vi vomitar a Charlotte Parker, la hija de la profesora!” y como soy totalmente invisible, no sabrán de quien habla, entonces dirá: “Sí, la loca del cabello rosa!” Incluso puede exagerar la historia si quiere y decir que le vomité encima, o mejor aún, puede decir que me vio meterme los dedos en la boca y devolver comida, me hará quedar como una enferma desequilibrada, lo que probablemente no está para nada lejos de la realidad. Puede que los chismosos relacionen mi delgadez con eso e invadan mi vida…

Me sorprende lo tranquila que estoy al pensar en estas posibilidades, cualquier persona normal se alteraría al darse cuenta de que personas malintencionadas puedan difundir  cosas sobre ella, pero me han hecho de todo, soy indiferente.

Me levanto y enjuago los restos de bilis con agua  del grifo. Me pregunto por qué William está aquí. No hemos hablado nunca, no me conoce, no lo conozco, somos extraños, y sin embargo ha visto más que cualquier persona cercana a mí.

—El auto está en el estacionamiento. —solo dice, puedo escuchar una pizca de incomodidad en su voz, como si no supiera que más decir en este momento, y no lo culpo.

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