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Cuarenta segundos por Fabulator

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Un viernes cualquiera por la mañana. Sabía que tendría una sorpresa preparada, pero no conseguía averiguar cual. Mi cumpleaños estaba cerca, y mi mejor amigo intentaría sorprenderme. Habíamos quedado a las diez en su casa, listos para desayunar. Hasta las tres de la tarde no probaríamos bocado, realmente no sentimos hambre hasta que nos pusieron la comida delante.

Eran las doce de la mañana cuando despegamos. Estábamos vestidos con aquellos monos amarillos que poca protección brindaban frente a la aventura que nos esperaba; dos minutos de consejos y advertencias, de reglas básicas para la supervivencia o al menos para prevenir un par de piernas rotas en el aterrizaje. 

El ruido era ensordecedor, íbamos nueve en la cabina, apretujados de mala manera y con adrenalina en las venas. Mil metros, dos mil. Quince minutos de subida sin saber qué decirnos y difícilmente  disfrutando el paisaje. Una frase no dejaba de repetirse en mi mente “cualquier accidente o fallo, incluso la muerte, es responsabilidad del usuario”. Hubo que firmarlo si queríamos saltar.

A tres mil metros veíamos ya la curvatura de la tierra, era imposible distinguir nada que no fuesen las planicies y los campos de cultivo, el hangar desde el que partimos era un puntito brillante, exactamente igual que un grano de arena en el desierto.

Tres mil quinientos, no sé si hacía frío o calor, ya poco importaban los arneses. ¿Realmente estaba tan loco como para hacer esto 

Cuatro mil metros de altura, miradas cómplices de los monitores y últimos preparativos. Abrieron la puerta.

Nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida, jamás aquella sensación de cercanía a la muerte. “No voy a gritar, no es para tanto, son solo cuarenta segundos…”

Grité con fuerza hasta vaciar los pulmones, y es que fue imposible contenerme. La sensación de abandono ante el vacío era demasiado fuerte, no había nada a mis pies salvo el duro suelo que me invitaba con toda la fuerza de la gravedad.

Solo fueron veinte segundos de terror, veinte segundos en los que alcanzamos la velocidad máxima y en los que solté todo el miedo en un alarido de terror. En cuarenta segundos de caída libre recorrimos dos mil quinientos metros, llegando a los doscientos kilómetros por hora, pero una vez que pasado el susto de la aceleración, el terror termina.

Paz, ya todo daba igual, estaba cayendo, pero no había marcha atrás. Si morías daba igual, no te ibas a enterar. Piruetas y giros me hacían sentir como las aspas de un ventilador, luego el tirón del parapente al abrirse y seguridad. Aún podías partirte las piernas y podía cerrarse el paracaídas con una ráfaga de viento, pero lo peor ya había pasado. Nunca he sentido tal paz y abandono, jamás tal libertad.

Hoy tengo ya veintiún años, he nadado con tiburones, recorrido las galápagos y me he adentrado en parte del amazonas durante dos semanas, pero mi mayor experiencia fueron aquellos cuarenta segundos en los que rocé la muerte con los dedos.

 

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