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Ojos de serpiente por Fabulator

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Luces brillantes, euforia y alcohol, un casino en las primeras horas de la noche con adultos de variada edad tentando su suerte. Fichas, mesa, tres juegos. Dos primeras apuestas de novato, la cantidad mínima. La mesa de dados estaba lista, él también.


 


Ojos de serpiente en la última jugada, su vida no valía nada ¿por qué no jugarla al azar? Daba igual, la suerte ya estaba echada; al menos si ganaba haría algo bueno al final.


 


Respira hondo y dice la cifra, agita los dados con los ojos cerrados. Tres, dos, uno; solo hay una oportunidad. Dos manchas blancas golpeando contra la mesa.


 


El tiempo se congela y va todo a cámara lenta. Sesenta minutos para el gran final. Ojos de serpiente en los dados, miradas exaltadas. Recoge todo y se va.


 


No hay júbilo en su mirada pese a los gritos de alegría y aplausos que escucha a su alrededor. Está solo entre desconocidos, callado entre el alborozo; recoge el premio y se va.


 


Dinero en efectivo, todo en una bolsa de deporte. Llega a casa cabizbajo y sube peldaño a peldaño las escaleras, despacio y apoyándose en el pasamanos. Cada rellano descansa, la bolsa pesa mucho y el cuerpo le falla. Cada rellano sonríe, piensa en un rostro que hace años no ve.


 


“¿Me podrá perdonar?” No hay respuesta, solo esperanza, llega a casa. El parqué rechina a cada paso, forcejea con la puerta y entra.


 


Recoge sus bienes más preciados y los lleva al salón, colocándolos a su alrededor, espectadores de una obra. Abre la botella de Bourbon y la saborea mientras se recrea en la escena. Vacía el primer vaso y mira el fondo. Todo por culpa del alcohol, de su debilidad, su adicción.


 


Un ruido de cristales rotos, el yeso se rompe dejando a la vista una pared podrida de humedad, un tabique viejo, descuidado durante años. “Nunca más”.


 


Relee la carta y la deja encima de la bolsa de deporte, se sube a la silla y coge el móvil. Es el mismo número de siempre, ella no sabe que él lo tiene. Marca, buzón de voz y sus últimas palabras. Pasa la soga por el cuello y se asegura de que resista. Salta.


 


Dos horas después llega ella, la policía le deja pasar e identifica el cuerpo. Es él, ha muerto. Ha tenido suerte, se rompió el cuello en la caída, no hubo sufrimiento. En un sobre de evidencias tienen una carta para ella, es su letra escrita con pluma, esa caligrafía que apenas se entiende.


 


“Verónica, sé que no he sido nunca un buen padre, siempre fui un alcohólico y un vago, y entiendo que corrieras en cuanto pudiste. Nunca he podido hacer nada bueno por ti, hasta ahora. Es tuyo, te lo dejo todo; al menos ahora podré ofrecerte lo que nunca supe conseguir, lo que nunca pude darte. Sé feliz, disfruta, compra a tus niños esos regalos que nunca les pude dar, cómprate un piso. Y aunque sé que no lo merezco, espero que me perdones. Te quiero, Papá.”


 

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