Déjame Seducirte por jahate
Summary:

Hoy pronosticaba ser un día fatal, el peor de mi existencia - lo admito, tal vez esté exagerando-. Pero la verdad es que durante mis diecisiete años de vida, el destino y los astros han confabulado en mi contra -por lo menos en el amor. ¡No he dado mi primer beso aún!-, ¿acaso hoy podía cambiar mi suerte?

-Quizás- pensé al ver esos ojos grises perfectos. Hoy me vengaría de mi maldita suerte, me cansé de ser una cobarde. Solo puedo alegar que perdí la razón, es la única explicación para mis actos. Porque caminé hacia aquel desconocido y solo me detuve a la distancia precisa para robarle ese beso que tanto añoraba.

-Déjame seducirte- dije sin pensar al romper el beso. Por un segundo él quedó pálido, perdió toda expresión. Me sentí victoriosa, pero su asombro duró tres latidos. De repente, su expresión cambió y me dio esa sonrisa de lado tan suya.

-Inténtalo

Sus palabras sellaron nuestro destino, el reto había sido aceptado.


Categoras: ORIGINALES Personajes: Ninguno
Generos: Romance
Advertencias: Lemon
Desafio:
Serie: Ninguno
Captulos: 2 Finalizado: No Numero de palabras: 3042 Leido: 635 Publicado: 09/04/2020 Actualizado: 13/04/2020

1. Capítulo 1: Poseída por jahate

2. Capítulo 2: ¿Quién soy yo? por jahate

Capítulo 1: Poseída por jahate
Notas de autor:

Hola! Regreso luego de 9 años :) 


Es mi primera historia, nunca pude terminarla hasta esta cuarentena :) 


Es un hermoso recuerdo que deseo compartir con ustedes.

PARTE I ¿El destino, mi aliado o enemigo?


Capítulo 1: Poseída


Hoy pronosticaba ser un día fatal, el peor de mi existencia -empezaría el bachillerato-; lo admito, tal vez esté exagerando. La verdad es que durante mis cortos diecisiete años de vida, el destino y los astros han confabulado en mi contra -por lo menos en el amor. ¡No he dado mi primer beso aún!-, ¿acaso hoy podía cambiar mi suerte?


No lo creo, después de todo soy una chica desafortunada. Un claro ejemplo son las dos últimas semanas de mi vida; éstas me han dejado recuerdos de algo que jamás pensé vivir: el divorcio de mis padres. ¿Cómo podría describir lo que sentí? Una agonía, o más preciso, un calvario. Lástima que ni estos o cualquier otro adjetivo parecido, son suficientes como respuesta. Si bien ya no soy una niña, todavía no he madurado lo necesario para poder lidiar con problemas de grandes. Pero yo, arrogantemente, no admitía esta verdad; tuve que golpearme fuerte contra la pared para aceptarlo.


¿Qué fue lo que me cambió? Pues, tomar la decisión más difícil de toda mi vida: elegir entre mis padres, decidir a cuál de ellos prefería. No he dejado de pensar en cuán crueles fueron al exigirme algo así, sin embargo, en aquellos momentos eso no importaba; mis sentimientos no cambiarían la realidad. Al comprenderlo, pude decidir como una adulta: elegí permanecer al lado de mi madre.


Para mi desgracia, ella no tuvo mejor idea que mudarse a su país natal y alejarme así, de todo lo que yo amaba. A pesar de conocer sus motivos; hubo momentos en los que me arrepentí de haberla elegido, es más, llegué a decirle que la odiaba. Mi excusa: ser una adolescente inmadura, por ende, egoísta.


Con los días me resigné y opté por aceptarlo, incluso fui capaz de apoyarla. Necesitaba alejarse totalmente de mi padre para evitar más dolor. Pues ella no quiso separarse; fue él quien se lo pidió - por ello no lo elegí a él-.


Hace una semana las aguas se habían calmado entre nosotras; mi madre y yo volvíamos a ser amigas. Lamentablemente, se empeñaba en que no lo fuéramos -o eso parecía-, había decidido matricularme en el bachillerato. Talvez parezca que estoy chalada, por enojarme porque me inscriba en la escuela. Sin embargo, tengo una justificación razonable - aunque no se lo esperen-. En mi país natal, la escuela se terminaba en el quinto año de la secundaria; en cambio, en mi nuevo hogar te obligaban a hacer un año más. Anticipándome a esta situación, yo rendí y aprobé las pruebas universitarias, por lo que no requería hacer ese dichoso año adicional.


-¡Estás loca! Mamá, no sé si lo recuerdas, pero yo ya terminé el colegio -dije rodando los ojos, en señal de indignación.


-Ya te expliqué, es para que hagas el bachillerato; así te será más fácil adaptarte a la universidad -me contestó con suma naturalidad, hecho que me exasperó más.


-Madre, no sé si lo recuerdas, pero yo ya pasé las pruebas universitarias -Respiré hondo- Yo no necesito ningún periodo de adaptación -le contesté. Trataba de evitar un ataque de rabia por el bienestar de mi salud.


-Mi amor, es por tu bien, aún eres muy chiquita -me explicó, en un inútil intento de calmarme. Si hay algo que yo no he soportado jamás, es ser tratada como una niña; y ella lo acababa de hacer.


La miré con irritación gruñendo audiblemente antes de gritar.


-¡Ya no tengo cinco años! -hice puños lo más fuerte que pude, hasta el punto de lastimarme. Furiosa y echando chispas, corrí a encerrarme en mi habitación. Estampé la puerta al cerrarla y ahí lloré; derrame lágrimas amargas, llenas de impotencia. ¡Como deseé ser mayor!


***


Hoy, como mencioné antes, fue mi primer día de clases; debo admitir que estuvo lleno de sorpresas y desconciertos. Siendo franca, no fue tan malo como imaginé, tal vez termine disfrutando el bachillerato.


Esta mañana, llegué temprano a mi nueva escuela; probablemente es hermosa, pero mi coraje no me permitió apreciarla. Al llegar, lo primero que hice fue dirigirme a la secretaría, necesitaba conocer mi horario y mi respectiva aula.


Empecé con clase de lengua. ¡Qué asco! No es que no me guste la materia -ya lo dije antes- es sólo que mi enojo no me va a dejar disfrutar nada durante un par de días. En esta clase conocí a una chica muy amable, ¿Cómo es que se llamaba? Sí, ya recuerdo: Sandra.


Me ofreció pasar el receso juntas, fuimos a la cafetería. Moría de hambre, no había desayunado porqué según yo: "estaba castigando a mi madre", cuando en realidad el único que sufría era mi pobre cuerpo.


Escogí cualquier cosa llena de carbohidratos y muchas calorías -total, siempre fui flaca y un poquito más de carne no me vendría mal-. Me senté frente a mi nueva amiga, ella me contaba sobre su vida. En algún punto de la conversación, dejé de escucharla, un ángel en la fila de la cafetería había capturado toda mi atención.


Era alto, muchísimos más que yo -aunque eso lo supera cualquiera. Yo, la que aún sueña llegar al metro sesenta. Sí, soy un piojo-. Llevaba puesto el uniforme escolar, le quedaba como a los dioses; la camisa blanca con los dos primeros botones sin abrochar; el pantalón gris bien puesto, ¡Dios, qué buen culo! -lo siento, tengo una obsesión con los traseros-.


Devoré con los ojos su cuerpazo; luego me centré en su rostro: tenía dos luceros grises, nariz perfecta, cabellera castaña -ni corta ni larga, sólo divina-. Me enamoré de inmediato. Sí, fue amor a primera vista. No es que yo sea una chica superficial que sólo se fija en la apariencia, para mí lo que importa es lo de adentro. Por supuesto que ni mi madre me cree eso. A quién engaño, el amor me entra por los ojos.


Me sumergí en un estado de inconsciencia mirándolo, pensando que al fin el destino y los astros estaban a mi favor. Pasó un buen rato, en el que yo me encontraba babeando sobre la mesa, hasta que mi querida Sandra me sacó del mágico ensueño.


-Nena, ¿tú también?... -me preguntó señalando con la mirada al hombre de mis sueños- créeme él está fuera de tu alcance.


Hey! Sé que no soy una diva, pero no necesitabas ser tan directa -rió al oírme, yo no le vi lo gracioso.


-El problema no eres tú, es él -su respuesta solo me fastidió, no era una buena excusa en absoluto. Notó mi escepticismo, por lo que se acercó a mi oído y me susurró lentamente -. Él es gay.


¿Gay? ¡Por dios!, fui tan tonta al pensar que el destino estaba a mi favor - me dije a mi misma y sin notarlo en aquel momento, todas aquellas semanas anteriores de stress emocional me quebraron y perdí la razón. Mi siguiente pensamiento, lo demuestra - ¡No importa! ¡Gay mi trasero!, hoy me vengaría de mi maldita suerte. Ya me cansé de ser una cobarde.


-No me importa - Sandra me miró con reproche, para luego asombrarse al verme caminar hacia él. Avancé a pasos agigantados, probablemente toda la cafetería estaría viéndome, pero mi mente solo lo contemplaba a él. Sentí los pies pesados cuando lo alcancé, no podía moverme. Para mi fortuna, él no se había percatado de mi presencia. Talvez para mi infortunio, pues fue esa indiferencia la que encendió una chispa en mi interior. Di dos pasos más en su dirección, me detuve a la distancia precisa para robarle ese beso que tanto añoraba. Él estaba tan sorprendido que no pudo decir nada.


-Déjame seducirte- solté sin pensar al romper el beso. Aún ahora no puedo creer mi osadía: mi primer beso no me lo dieron, lo robé.


Por un segundo él quedó pálido, perdió toda expresión. Me sentí victoriosa, pero su asombro duró tres latidos. De repente, su expresión cambió y me dio esa sonrisa de lado, tan suya.


-Inténtalo


No pensé más allá del momento, por lo que, al oír sus palabras todo el coraje se me escurrió de las manos. Afortunadamente, soy increíble manteniéndome imperturbable - por lo menos, los primeros cinco segundos -. Escuche mi corazón latir en mis oídos, mientras evaluaba mis posibles rutas de escape. Durante toda la escena la cafetería se mantenía en silencio, hasta que un par de carcajadas fingidas me devolvieron el coraje perdido.


-Niña, no sabes dónde te has metido -me habló el dueño de la estrepitosa risa. No era mi ángel, era el chico detrás de él quien se atrevió a reírse de mí, privilegio que no le concedo a nadie. Repito: ¡A nadie!


-¿Y tú quién te crees para reírte de mí? -le pregunté con furia, mientras las lágrimas se arremolinaban por salir. Las aguantaría, él no era digno de verlas.


-¿Yo? -preguntó señalándose con un dedo-. Yo soy tu rival -me dijo mientras mordía el lóbulo derecho de "Mi ángel".


-Si ese es el caso, entonces prepárate -le advertí, para girar de inmediato sobre mis talones y llegar los más pronto posible al baño. Una tormenta se avecinaba por mis ojos negros.


No sé que me pasó hoy, definitivamente estaba poseída.


 

Notas:

¿Qué les pareció? Su opinión es muy importante para mi, espero saber de ustedes.

Capítulo 2: ¿Quién soy yo? por jahate

—Lorena, sé que estás adentro, ¡sal! —Sandra tocaba insistentemente la puerta del baño donde me escondía. Me encontraba sentada sobre el retrete con las rodillas flexionadas, abrazando mis piernas, necesitaba estar lo más pequeña posible: quería desaparecer.

—¡No estoy! —Contesté haciendo un puchero.

—Lore, no seas infantil. Por favor, sal —noté hastío en su voz, como una madre hablando con su hijo de preescolar.

—¡No voy a salir!, quiero desaparecer —mi voz se quebró al hablar, rogué por que no lo notase.

—¿Estás llorando? —¡Rayos! Si lo notó.

—Déjame sola ¡Soy una estúpida! ¿Viste el escándalo que arme?

—Sí, sí lo vi. Por eso estoy aquí. Dale, nena, sal —me rendí, necesitaba un hombro amigo. Abrí la puerta ysalté encima de ella, casi perdió el equilibrio al recibirme.

—Tranquila, enana —me abrazó fuerte y acarició el cabello delicadamente.

—¿Por qué eres tan buena conmigo? Si recién me conociste hoy— pregunté ocultándome en su pecho. Soltó una risita boba y se llevó una mano a la nuca.

—Porque me gustas —contestó mientras me palmeaba el trasero. Instintivamente di un brinco hacia atrás.

—¿Qué?— No me imagino la cara que puse, pero debió ser una muy ridícula. Ella no contestó, en su lugar, rió a carcajada limpia.

—Era broma, deberías de verte —confesó sin parar de reír.

—Si te sigues riendo de mí, recibirás un “señor” golpe —sonrió al escucharme, no me dio importancia. Se limito a secarse las lágrimas. Antes de hablar nuevamente ensanchó más la sonrisa.

—¡Mira que eres agresiva! —Mi nueva amiga hacía un supremo esfuerzo por no volver a reír; yo sólo puse mis brazos en jarra— Soy buena contigo, porque eres valiente.

 

Su comentario me desubicó, no comprendía a que se refería. Es decir, ¿Yo, valiente? Imposible, si soy cobarde de nacimiento. Toda mi vida me he dejado llevar por la corriente, haciéndome la dura, pero jamás luchando en realidad.

Demás está decir que he anduve ida resto del día, caminé a casa como una autómata —no entiendo como llegué entera, ni siquiera me percataba cuando cruzaba las calles—.

Hoy el rumbo de mi vida ha cambiado, estoy segura. Ya no soy la misma de antes, me pregunto: ¿Quién soy ahora? ¿Soy valiente? ¿Estoy huyendo de mi destino? ¿Existe el destino?

¡Dios! La cabeza me duele, ¿Por qué pienso tanto? Todavía soy una adolescente mantenida, para qué me planteo dudas existenciales. Definitivamente mi cerebro no da para más, mejor veo tele.

 

***

 

La semana ha transcurrido sin inconvenientes, parece la calma antes de la tormenta. Sólo espero que ese dicho no sea cierto. Los últimos cuatro días he tratado de pasar desapercibida y no encontrarme con Renato, mi ángel. Me entere de su nombre hace poco y también del resto de su biografía —sin censuras—: hijo único de un famoso escritor, talentoso en los deportes y los estudios. Alumno modelo, el hijo ideal. En resumen el hombre perfecto, pero gay.  Por otro lado, nunca ha tenido una novia — ni siquiera ha salido con una chica—. Admite abiertamente sus preferencias, y sale con hombres sin ningún pudor.

Toda esta información fue obtenida de su club de fans, una docena de chicas con las hormonas revueltas que adoran ver a dos hombres juntos —no estoy en contra de la homosexualidad, sólo detesto que tan buen partido no sea hetero—. Estas muchachitas neuróticas también sabían cuando fue su primera vez, con quien, el día, la fecha, la hora, cuanto duro y un millar de otros detalles morbosos. Preferí no preguntar más, eso sería meter el dedo a la llaga y yo no soy una masoquista—todavía—.

 

***

El fin de semana ha llegado, mi querida madre me ha informado de una cena a la que estoy obligada a asistir. Pues ella desea mostrar a su pequeña hija a un ex-novio, uno de sus tiempos de colegiala.

No me preocupe en alistarme demasiado: me puse mis inseparables converse negras, unos jeans desgastados celeste claro y mi polo negro favorita —adelante lleva escrito en letras rojas: “Tell your boyfriend to stop calling me”—.

—Cariño, apúrate. El taxi ya llegó.

—¡Voy! —Suspiré fastidiada — ¡Diablos madre! Aún sigo preguntándome porqué nunca aprendiste a manejar— hable al vació —, es tan incómodo no tener auto.

Bajé las escaleras con prisa, peinándome en el camino—en realidad desmarañando la jungla que tengo por cabello—, por lo menos luciría presentable —por cariño propio—, no deseaba parecer un mamarracho.

—Hija, no te podías arreglarte más —me reprochó al ver mi elegantísimo atuendo.

—Yo me veo divina. Además, si no me te parezco linda es tu culpa por hacerme así.

—Lorena, compórtate; lo digo porque mi amigo tiene un hijo churrísimo, pero por lo visto no te importa.

—Lo siento, madre, ya encontré al amor de mi vida y va a ser mío aunque él no aún no lo sabe.

—¿Así? Uhm... ¡Qué picara me saliste! ¿Por qué nunca me cuentas de ti? —Se quejó haciendo un puchero infantil.

—¡Caray! Quita esa cara tan poco tierna que no te queda. Ya estás vieja —eso es mentira, a mi madre siempre se le ve hermosa, a veces la envidio. Me tuvo muy joven, a los 17 años, y a pesar de eso su silueta no cambió. Toda su vida fue una chica diez y lo sigue siendo; tiene cabello castaño ondulado, le cae hasta el cuello; sus ojos verde esmeralda y su pequeña nariz respingada. A eso súmenle su cuerpo de infarto.

En cambio yo, salí a mi padre. Cabello negro, ojos negros, enana y flaca. Lo único que heredé de mi madre fueron sus rizos divinos —en mi caso, greñas diabólicas—  y las caderas anchas. Es decir, soy una flaca con curvas. Sin embargo, el atributo de mi cuerpo que más me gusta es: mi trasero. Porque todo lo que no saqué de senos lo saqué de nalgas. Por lo demás, soy una más del montón.

—Muchachita, viejos son los trapos. ¡Más respeto!— me reprendió con ojos amenazadores enseñándome su índice izquierdo. Clara, mi madre, es súper buena onda, mientras no se metan con su edad. Creo que todas las mujeres son así, luego de cumplir los treinta.

Oka, oka. Ahora si nos vamos —le contesté en el umbral de la puerta, rodó los ojos y suspiro resignada. Hace mucho entendió que en ocasiones tratar de razonar conmigo es inútil.

Fue un viaje muy corto y cuando digo muy corto, lo digo en serio.

—Mamá, sólo eran cuatro cuadras ¿No crees que pudimos caminar?

Nop —contestó moviendo un índice hacia ambos lados—. Se me arruinaba el peinado.

La miré incrédula, puede ser tan... tan ella a veces. Vio en mis ojos, reprobación; pero ni lo tomó en cuenta, encogió los hombros con desgano y camino hasta la puerta sin dignarse a esperarme.

—¡Aich! ¿No me podías esperar? —Le pregunté agitada, mientras ella tocaba la puerta.

—No, tenía miedo que se me pase tu amargura.

Bufé con ganas, ella se limitó a sonreír. Al rato, un hombre, rubio y muy guapo, nos abrió la puerta. Es lo que yo llamo “viejo sexy”. Si éste es el ex de mi madre, ella sí que tenía buen gusto.

—¡Clara! —Saludó dándole un cariñoso abrazo, demasiado para mi gusto.

—¡Marco! —Exclamó mi progenitora sin ocultar su alegría, le dio un beso en cada mejilla y él respondió de la misma manera. Se olvidaron completamente de mi existencia. Llamé su atención carraspeando un par de veces.

—¡Oh! Cielo, olvide presentarte — se disculpó muy apenada, es simplemente linda ¡Aich! Como quisiera ser como ella —. Marco, te presento a mi hija Lorena. Saluda, cariño —terminó la frase dirigiéndose a mí.

—Hola, señor —le contesté secamente forzando una sonrisa.

—Hola, querida. Eres idéntica a tu madre —me halagó tratando de ser amable, pero yo no me parezco a ella ni por asomo.

—Si me lo dicen todo el tiempo —respondí con todo el sarcasmo dentro de mi ser.

Tuvimos una cena muy amena, no puedo negarlo. Marco es una persona súper divertida, nos mantuvo entretenidas casi toda la noche. No nos permitía irnos, según él porque deseaba que conozcamos a su dichoso hijo, uno que no aparecía. Evidentemente su verdadera razón era pasar más tiempo con mi adorada madre.

El ambiente empezó a ponerse inquietantemente empalagoso, yo sé cuando sobro en un lugar. Me excusé para ir al baño. Marco me indicó como llegar, yo permanecería en el allí el mayor tiempo posible, mas me empecé a impacientar.

—Ya fue suficiente. Si no aprovecharon su oportunidad, allá ellos.

Salí del baño, pero me compadecí a mitad de camino, les daría un ratito más de tiempo. Creí que nada malo podía pasar en ese corto tiempo. Me quedé meditando en el recibidor balanceándome sobre mis talones, oí el chirriar de la puerta, probablemente sea el dichoso hijito de Marco.

La curiosidad me mataba, cómo sería aquel muchacho, se parecerá a su padre o sería aun mejor. Giré todo el cuerpo, y me crucé con esos ojos grises que me roban los sueños.

—¿Qué haces tú aquí? —me cuestionó con tono severo.

Notas:

 

Cuénteme que les pareció :)

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