Saga Vanir by nataly hurtado

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 Saga Vanir by nataly hurtado
Summary:

Intensa y apasionada historia de amor



Categories: LITERATURA Characters: Ninguno

Generos: Romance

Advertencias: Lemon

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 26 Completed:Word count: 104279 Read: 1485 Published: 12/01/2013 Updated: 13/01/2013
Summary:

Intensa y apasionada historia de amor



Categories: LITERATURA Characters: Ninguno

Generos: Romance

Advertencias: Lemon

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 26 Completed:Word count: 104279 Read: 1485 Published: 12/01/2013 Updated: 13/01/2013 Capítulo 1 by nataly hurtado

NO LE gustaban los días nublados, los detestaba. Desde hacía más de una semana, el clima amenazaba con la llegada de un terrible huracán. Faltaban siete días para luna llena, la noche del solsticio de verano se acercaba y en Cataluña la tradición llamaba a todas las personas que creían en  las  historias  de  magia  y  brujas  a  que  salieran  a  la  calle,  encendieran  las  hogueras  y  se inventaran todo tipo de hechizos y encantamientos para traer prosperidad y felicidad a sus vidas.

Eileen se acercó  a la  cristalera de su habitación, que dejaba ver unas bellísimas vistas de Barcelona, y alzó la mirada al cielo. Su huskie siberiano blanco de tres meses se acercó a ella y le rascó la pierna con su patita.  Eileen  lo miró, lo cogió en brazos y sonrió mientras masajeaba digitalmente la coronilla de Brave y volvía a  mirar  las soberanas nubes. Por el amor de Dios, estaban casi en pleno verano y el tiempo acechaba amenazador  como en invierno. Vaya con el cambio climático... Todo el mundo hablaba de ello como si tal cosa, pero nadie entendía muy bien cuáles iban a ser sus consecuencias.

El 23 de junio se celebraría la verbena de San Juan, su fiesta favorita y, de seguir así el clima, iba a estar pasada  por  agua. Desde pequeña sentía adoración por esa celebración, para ella era realmente especial, y ni siquiera  podía explicar de dónde provenía su fascinación. En ese día la gente compraba las tradicionales cocas de San Juan. Algunas eran de piñones, otras de crema o de cabello de ángel. El techo estelar se inundaba de fuegos artificiales, habría música por doquier y la noche más corta del año se convertiría en la más larga para muchos jóvenes y no tan jóvenes que buscaban  diversión,  música  y  alguien  con  quien  revolcarse  en  la  arena  de  las  playas  del Mediterráneo  para  luego  alcanzar  juntos  y  confundidos  —muchos  gracias  al  alcohol—  el amanecer.

Estaba más ilusionada por la llegada de esa festividad que por la de su cumpleaños. Faltaban dos días para que ella cumpliera veintidós años. Veintidós años. Un escalofrío recorrió su columna vertebral erizándole los pelos de la nuca y borrando la sonrisa que había aparecido divertida en sus labios. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos y logrando entrar en calor de nuevo.

Dio media vuelta para dirigirse a su cama, no sin antes pararse enfrente de su tocador e inspeccionar su cuerpo y su cara. Dejó a Brave en el suelo y él se fue directo a morder un ratón de peluche, su juguete particular.

Eileen llevaba un pijama de short y camiseta de tirantes finos, ambas partes de color blancas. Su piel  bronceada  vestía un cuerpo sencillamente perfecto. Un cuerpo estilizado , sin ápice de grasa y de largas y moldeadas piernas. Pero no era el cuerpo lo que más llamaba la atención de ella, sino su rostro.

El rostro que aparecía en el espejo era la reencarnación del embrujo y la atracción. Una larga y lisa cabellera  azabache caía por debajo  de sus esbeltos hombros. Las cejas del mismo color, perfectamente  arqueadas  y  sexys.  Sus  ojos  eran  de  un  color  azul  grisáceo  que  a  veces  era imposible de definir, enmarcados por unas largas y espesas pestañas negras que de lo extensas y rizadas que eran tocaban casi sus pómulos, estos altos y ligeramente tintados de un rosa pálido. Su nariz fina y elegante. Sus labios gruesos dibujaban un arco perfecto y volvían locos de deseo a sus compañeros de universidad. Más de uno había intentado probarlos, sin mucho éxito.  El inferior algo más relleno que el superior pedía a gritos que lo mordieran y lo succionaran hasta decir basta.

Con una sonrisa, recordando a sus amigos, que más de una vez borrachos hasta las cejas le habían pedido un beso por compasión, alzó la barbilla y deslizó su dedo índice por el pequeño y gracioso  hoyuelo  que  la  dividía.  Su  amiga  Ruth  le  había  mencionado  que  tener  un  hoyuelo dividiéndote la barbilla significaba belleza y armonía física. No sabía si era cierto, pero éxito tenía, no había duda.

 

4

 

Acariciándose ese peculiar rasgo, pensó en su madre. ¿Habría tenido ella esa marca? Puesto que no llegó a conocerla, no lo sabía.

Debió de ser hermosísima, porque a su padre no se parecía en nada, de eso estaba segura. A lo mejor no  conseguía encontrar ningún parecido con él porque Mikhail siempre estaba de mal humor, con el ceño fruncido  y la mirada ensombrecida. Tal vez si el hombre se relajara más cuando estaba con ella... Imposible. Desechó esa idea al instante. No iba a engañarse, ella debía de ser  calcada  a  su  madre.  El  no  tener  ninguna  foto  ni  recuerdo  de  ella  le  hacía  difícil  sacar conclusiones, pero su intuición le decía que así debía de ser.

Su madre... Cuánta falta le había hecho durante esos casi veintidós años que estaba a punto de cumplir. Mikhail le había contado que Elena murió dándole a luz. Las cosas se complicaron, perdió mucha sangre debido a los desgarros. La hemorragia la dejó seca, le había dicho sin pizca de tacto su padre. Eileen tardó un tiempo en descubrir el significado de la palabra hemorragia. Con cinco años ya había aprendido a leer perfectamente, así que  tomó un diccionario y con sus delicadas manitas buscó por la H lo que eso quería decir. Cuando entendió que al nacer ella su madre sangró tanto que nadie pudo detenerlo se echó a llorar desconsoladamente y la aflicción le duró meses. Se  iba  a  sentir  culpable  durante  toda  su  vida  y  si  no  era  así  su  padre  ya  se  encargaría  de recordárselo.

Tú la mataste. Tú fuiste la culpable.

Eileen ensombreció la mirada recordando las palabras que su padre había tenido más de una vez hacia ella. Inspiró hondo.

—Serás mi padre y todo lo que quieras —susurró mirando fijamente al espejo, —pero eres un cabrón de los grandes.

Tras la muerte de su madre, Mikhail había quemado y eliminado cualquier fotografía, vídeo o imagen que  pudiera recordar a su mujer. Ignorando y siendo indiferente a si su hija alguna vez hubiese querido tener un recuerdo de ella.

Por supuesto que ella quería tener uno y no sólo uno, sino miles de recuerdos de la mujer que le dio a luz. Pero él se lo había privado, lo mismo que muchas otras cosas igual de importantes como el cariño, el amor y el calor de una familia. Aunque sólo fuesen dos. Ella y él.

Jamás le había demostrado que la apreciaba, jamás escuchó un te quiero, hija. Si bien era cierto que no le faltaba de nada materialmente, tenía todo lo que quería. Trabajaba en la empresa de su padre como vínculo de relaciones  externas. Tenía un muy buen sueldo con el que permitirse cualquier capricho sin necesidad de pedir nada a  nadie. Ella se había pagado la universidad y también su coche, un BMW Z4 descapotable de color azul eléctrico que la tenía fascinada.

Sabía hablar varios idiomas, como el español, catalán, inglés, ruso, chino y francés. Su padre tenía una  empresa de materiales y productos para salas de operaciones y hospitales, así que necesitaba a alguien que  pudiese comunicarse  a nivel comercial con todo el mundo. Lo más novedoso, lo más nuevo, Mikhail lo creaba y lo vendía. Tocaba desde instrumentación quirúrgica hasta  fórmulas  de  nuevas  vacunas.  Ella  era  la  encargada,  mediante  sus  enlaces, de  recibir y distribuir las sustancias y los aparatos.

En el trabajo se dirigían la palabra lo justo. Por la mañana, en la empresa familiar y por la tarde en la universidad. Así era su vida desde hacía cinco años.

Estaba escasa de vínculo afectivo en su casa, no le había quedado más remedio que aprender a vivir con ello y tejer esos vínculos fuera de las paredes de su hogar, desde bien pequeñita.

En el colegio y en la universidad había hecho grandes amigos. Pero mantenía y mimaba a los de siempre, Ruth y Gabriel. Ellos eran sus dos pilares. Pilares no. Hermanos para ella, mejor dicho. Se conocían desde la escuela, eran inseparables.

 

 

5

 

Y luego estaba su médico, Víctor, que desde hacía cinco años, tras la muerte de su anterior doctor, el señor Francesc, llevaba el control a diario de su diabetes. Venía cada noche, controlaba su azúcar en la sangre y le suministraba insulina. Ella odiaba las agujas y su padre evitaba tener contacto íntimo con ella, así que tenía a su médico particular que la cuidaba, la pinchaba y luego se iba. La intimidad que compartían en su habitación, mientras le hacía la revisión médica les había hecho trabar una buena amistad.

La canción de Unwritten empezó a sonar distrayéndola de sus pensamientos. Se dio la vuelta dirigiéndose hacia el bolso Tous que había dejado colocado sobre la silla. Tomó el móvil exclusivo Motorola Dolce & Gabanna dorado y lo abrió al ver que ponía Ruth llamando. Le encantaban todas esas pijadas.

—Hello —dijo una voz al otro lado del teléfono. Era Ruth.

—Hola, loca.

—Tengo noticias que darte.

Eileen tomó asiento y se colocó las zapatillas de estar por casa en forma de conejo.

—Dispara.

—Gabriel y yo hemos decidido que no nos vas a dejar tirados todo el veranito mientras tú estás pendoneando en Londres. Eileen sonrió ante la expectativa.

—Ya sabes que yo no pendoneo —contestó acariciando las orejas del conejo.

—Puede que esa no sea tu intención, pero lo harás si nosotros dos te acompañamos.

—¿Vendríais conmigo en verano? —agrandó los ojos y levantó las cejas ilusionada.

—¿Tú qué crees? Alguien tiene que sacarte a los moscones indeseables de encima. Serías un cervatillo  rodeado  de  lobos.  Pero  no  te  preocupes,  nosotros  te  pervertiremos,  ejem...  Digo protegeremos.

Eileen se echó a reír. Cómo le gustaban sus amigos. Ruth era maravillosa, siempre le arrancaba alguna que otra sonrisa.

—¿Qué? ¿No dices nada? —le recriminó Ruth. —Nada como... Te quiero Ruth, es genial Ruth, eres un amor...

—Es fantástico. Y sí, te quiero mucho, bruja.

—Eso está mejor. ¿Está por ahí el Dr. Zhivago?

—No, todavía es pronto para que llegue.

—Dale mi teléfono, por Dios. Y yo te diré si es o no es gay.

—Eres una lagarta incorregible.

—Por eso me adoras. Te dejo, voy a entrar en un parking y no tengo cobertura. Mañana te llamo. —Ok. Besitos. —Besitos.

Con una sonrisa colgó el teléfono, lo dejó sobre la cama, recogió su cabello de satén y lo enroscó en un  moño mal hecho para dormir. Era una gran noticia saber que sus dos mejores amigos compartirían con ella unos días en Inglaterra. Miró su reloj digital de hombre Brail. Nunca le habían gustado los relojes de mujer.

El Dr. Zhivago, como lo llamaba Ruth, debía de estar al llegar.

Bostezó y se sentó esperando a Víctor. Dios, tenía unas ganas locas de pegarse la gran fiesta y celebrar su precoz  licenciatura en Pedagogía. Había sido la mejor de su promoción y necesitaba hacer alguna locura de las grandes. Ella tenía un máster en Calamidades.

Como  el  día  en  que  preparó  ella  misma  unas  tartas  con  marihuana  por  su  dieciocho cumpleaños y las repartió a toda la clase, incluido el profesor. Aquel día estaba en uno de los seis créditos de Educación para la  Sexualidad. Lo cierto es que la clase tomó un matiz muy literal

 

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cuando la subdirectora Martínez, que había entrado sólo a gorrear, se metió dos trozos de tarta ella sólita y más tarde empezó a lamerle la oreja al Dr. Jiménez, el encargado de impartir dicho crédito. A lamerle la oreja... En público. Eileen nunca pensó que la maría fuese afrodis íaca. Pues lo era. Y mucho por lo que pudo ver ese día.

O como el día, hacía ya dos años, en que el guapísimo pero memo de Gorka la había intentado sobar en la habitación de las tizas y los borradores. Sin duda, su queridísimo amigo Gabriel le había tomado el pelo al pobre chico, diciéndole que ella quería verlo en la habitación del magreo —más conocida como la habitación de las tizas. —Gorka había ido súper ilusionado. Por fin iba a poder tocar ese cuerpecito que tenía embelesado a media  universidad. Pues bien, ella sí que lo atizó bien. Lo cogió de los huevos, los apretó hasta casi tocar con los dedos la palma de su mano y luego lo lanzó contra la puerta, haciéndolo salir disparado y cayendo de espaldas en el  pasillo  más concurrido de la facultad.

Aquel día tuvo una discusión con Gabriel sobre lo que eran bromas de buen y de mal gusto. Aquella no había sido una de buen gusto ni por asomo. Gorka jamás le volvió a dirigir la mirada.

O como el día en que... Toc toc.

Eileen, se levantó de la silla y abrió la puerta de su habitación. Un chico de unos treinta años, ligeramente más alto que ella, rubio, de ojos negros y grandes le sonreía. La miraba con dulzura y esperando recibir permiso para entrar.

—Buenas noches, Eileen —la saludó con voz amable.

—Hola, Víctor —le respondió. —Entra. Se echó a un lado y lo dejó pasar.

—Hoy has llegado temprano —lo miró sonriendo.

—Sí —dijo él dejando la maleta negra sobre una de las mesitas de noche. —Hoy por suerte me he adelantado al tráfico —le sonrió.

En Barcelona, a hora punta, era imposible conducir por la ciudad sin verte inmiscuido en una caravana de tres cuartos de hora.

Eileen se sentó sobre la cama y le ofreció el brazo izquierdo. Había hecho ese gesto todas las noches desde los siete años y estaba llena de automatismos. Lo hacía con una gran naturalidad, ya no se sentía incómoda. Ni él tampoco.

—¿Cómo te has encontrado hoy? —le preguntó sacando de la maleta un medidor de tensión arterial. La miró esperando una respuesta.

—Como siempre. Perfectamente.

—¿No has sentido mareos, ni sudores fríos ni hormigueos?

—Nada —negó con la cabeza haciendo que algunos mechones azabache resbalaran por las sienes.

Víctor siguió su pelo rebelde con un deseo irrefrenable de ponérselo detrás de sus finas orejas. Carraspeó y volvió a concentrarse en su labor.

—Eso está bien —dijo con la voz algo ronca.

Eileen levantó una ceja y lo miró de soslayo. No era tonta. Sabía exactamente lo que provocaba en los hombres, y Víctor, aunque se esforzara en ser diplomático, no era inmune a sus encantos. Ella no pretendía llamar su atención. Nunca lo había pretendido. Pero sabía que lo hacía.

—Siempre  ha  sido  así  —le  dijo  intentando  relajarlo.  —Gracias  a  ti,  tengo  la  diabetes perfectamente controlada. Mi dieta está equilibrada, baja en grasas. Hago deporte a diario y cada noche me inyectas la insulina. Más control no puedo tener, ¿no crees? —sonrió. —Cada noche las mismas preguntas y las mismas respuestas.

 

 

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—Nunca se sabe, Eileen —rodeó su brazo con la cinta azul y lo presionó. Miró el medidor y sonrió conforme. —12/8. Estás...

—Estoy bien. ¿Te he dicho ya que como siempre? —arqueó las cejas. Víctor negó con la cabeza mientras hacía esfuerzos por no darle la razón. —La diabetes es caprichosa a veces.

—Pero no conmigo, por suerte. Dudo que haya alguien que esté tan vigilada como yo.

La miró directamente a los ojos y se quedó en silencio. Eileen lo miró incómoda y enseguida intentó desviar su atención. Él se dio cuenta de su encantamiento y tomó de la maleta el medidor de azúcar. —Dame tu dedo índice —la tomó de la mano.

—No, pínchame en otro —le dejó el dedo anular. —Éste ya lo tengo muy dolorido.

Cada  dos  semanas  cambiaba  de  dedo  de  la  mano.  La  máquina  del  control  de  azúcar  la acribillaba sin compasión.

Víctor tomó la gota de sangre roja y espesa que salió de la yema del dedo y la colocó sobre una tira blanca, que estaba encajada a un aparato digital.

—Tu nivel de glucosa es normal —miró a la pantalla digital del medidor. —Muy bien —guardó los aparatos en el maletín y sacó una ampolla y una jeringuilla. Clavó la jeringuilla en el frasco y extrajo el líquido. Con una pequeña presión del pulgar y unos toquecitos sobre el extremo de la jeringa expulsó el aire.

Eileen se pellizcó la pierna derecha y esperó a que Víctor le clavara la aguja en la poca carne que conseguía retener entre sus dedos. Tenía las piernas tan fuertes que no había carne flácida por ningún lado. Las clases de natación, defensa personal y spinning eran las responsables de su tonificación muscular.

Él le pasó un pequeño algodón y luego la pinchó. Eileen siseó arrugando la nariz.

—Hoy te ha dolido —Víctor extrajo la aguja con rapidez.

—No ha sido nada —sonrió mientras se frotaba ligeramente el muslo. Una vez guardó todo en la maleta, Víctor se relajó.

—¿Y bien? —la miró agrandando los ojos. —Felicidades por tu licenciatura...

—Gracias —contestó. Se levantó y caminó hacia una gran nevera que tenía empotrada en la pared, en el otro extremo de la inmensa habitación. —¿Lo de siempre? —lo miró por encima de la puerta de la nevera.

—Sí, por favor.

Eileen tomó una cerveza para él y para ella un agua con gas. Se sentó a su lado.

—¿Cómo vas a celebrarlo? ¿Ya has pensado algo? —arqueó las cejas repetidamente. —El 21 de junio es tu cumpleaños, ¿no?

Ella asintió con una sonrisa. El siempre se acordaba.

—Creo que lo celebraré todo en la verbena de San Juan —bebió de la botella de Vichy.

—Recuerda que no puedes emborracharte —le recomendó mientras bebía de un solo sorbo media cerveza.

—No me hace falta beber para pasármelo bien —frunció el ceño. —Ya lo sé. Sólo te lo advierto. Tu padre me ha puesto a tu cuidado. —Eres mi doctor, no mi niñera, Víctor.

—Soy tu doctor y debes obedecerme, Eileen —replicó en el mismo tono que ella. —Tu salud y mi vida corren peligro si decidieras hacer alguna de tus locuras. Tu padre es...

—Mi padre —le cortó ella— se puede guardar sus recomendaciones y sus amenazas donde le quepan —volvió a beber otro sorbo.

 

 

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¿Amenazas?, pensó Víctor. Mikhail no amenazaba. Procedía directamente. Era un hombre sin escrúpulos.

—Bueno —la miró de reojo. —Se preocupa por ti, ¿no?

—No seas cínico —se echó a reír. —Confieso que no entiendo la obsesión que tiene en mi integridad física, pero yo, como persona, no le he importado jamás. Lo único que le agradezco es la posibilidad que me ha dado para estudiar y el hecho de que me deje vivir bajo su mismo techo. Más como una inquilina que como su hija, claro está. Nunca me ha abrazado, ¿sabes? —su voz se tiñó  de  resentimiento.  —Ni  una  sola  vez  —añadió  dolida.  Frunció   los  labios  y  dijo  con determinación. —Pero en unas semanas voy a arreglar mi situación —un brillo  esperanzador apareció en su mirada.

Víctor tensó la espalda y la miró a los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Me marcho de Barcelona —se recogió un mechón de pelo que le caía por la cara. —Me largo de aquí y de su control. —¿Cómo? —En avión.

—No, eso no... Que ¿por qué?

—El director de la facultad se puso en contacto conmigo. Me han ofrecido llevar a cabo un proyecto en  Inglaterra con las futuras promesas en el campo de la pedagogía. Se trata de un proyecto ambicioso y pionero en Europa. Intentaré crear junto con un grupo de psicopedagogos bases y nuevos métodos de enseñanza para un nuevo sistema de educación primaria. Podríamos revolucionar el sistema educativo obsoleto —lo miró esperanzada. —Es genial...

Víctor ensombreció la mirada y apretó la mandíbula.

—¿Lo sabe Mikhail?

—¿Cambiaría algo si lo supiese? —alzó una ceja. —No, no lo sabe —miró al frente con seriedad reprimiendo la  alegría que su proyecto le hacía sentir. —No puedes mantenerlo en secreto —la miró con severidad. —Es tu padre.

—Sabes lo que pasaría si se lo dijese —por supuesto que lo sabía. No la dejaría irse.

—Mira, ya sabes que no estoy de acuerdo en cómo te trata. Pero aun así...

—Ya lo tengo más que decidido. El billete está comprado. Me esperan para septiembre, pero quisiera  estar  en  Londres  con  antelación.  Me  gusta  mucho  la  ciudad  y  no  me  vendría  mal aclimatarme antes. El veinticinco de junio sale mi avión.

—Deberías decírselo —recomendó levantándose con urgencia y recogiendo el maletín. —Soy tu médico, ¿quién te controlará allí? Tienes miedo a las agujas, la sangre te marea y...

—Allí habrá médicos también —Eileen se levantó con él. Tiró la botella de cristal en su basura ecológica y lo  señaló con el dedo. —Si le dices algo, dejaré de hablarte —lo miró extrañada de arriba abajo. —Y por cierto... ¿a dónde vas con tanta prisa?

—Hoy no me puedo quedar mucho rato más. Tengo cosas que hacer —se abrochó los botones de las mangas de la camisa. Eileen reprimió una sonrisa juguetona.

—¿Has quedado? —su sonrisa se ensanchó. —¿Vas a jugar a médicos con una doctora?

—Por   Dios,   Eileen...   —resopló   rindiéndose   ante   ella.   —¿Cuándo   dejarás   de   intentar emparejarme?

—Eres mi amigo, tienes treintaidós años y no has tenido pareja nunca desde que te conozco —

lo miró divertida. —Me preocupo por ti y por tu descendencia.

—Yo también podría decir lo mismo de ti —replicó. —Nunca te he visto con ningún chico en particular —dijo entre comillas. —Y no me sirven esos perritos falderos que te siguen babeando y humillándose por todos lados. Tú tampoco has tenido novio nunca. Gabriel es el único chico que

 

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te acompaña, pero él sabe muy bien que eres sólo algo platónico. ¿Qué me dices a eso? ¿Cuándo vas a lanzarte?

—No hay hombres que me interesen —frunció los labios intentando parecer enfadada.

—¿Mujeres?

—No soy lesbiana. Pero a este paso... Ya no le hago ascos a nada —soltó una carcajada.

A ella le gustaban los hombres. Lo sabía desde que vio a Keanu Reeves en Speed o a Adam García, el tío bueno de Coyote Ugly. Le gustaban morenos, de eso estaba segura. Era cierto que nunca se había sentido atraída por nadie y en cuanto algún chico intentaba coquetear con ella lo rechazaba. Eso sin mencionar, que no le gustaba que la tocasen mucho. Obviamente era virgen y no le importaba porque ella creía que entregarse a alguien era  algo muy serio y si ella debía hacerlo se aseguraría de que fuese con alguien especial. Por Dios, tenía que dejar de leer a Lisa Kleypas.

—De todos modos —Eileen siguió pinchándole, —yo estoy en la flor de la juventud —se cruzó de brazos y lo inspeccionó de arriba a abajo. —Tú...

—Oh —exclamó irritado. —Cierra ya esa boquita que tienes, ¿quieres, bonita?

—Sólo bromeaba —alzó los brazos suspirando. —Eres un hombre que está de buen ver.

Víctor se echó a reír y la dejó por imposible. La besó en la mejilla y se apresuró a abrir la puerta y salir de su habitación.

—Víctor —le dijo más seria. —He confiado en ti. Sólo lo sabes tú, Ruth y Gabriel. No lo dirás,

¿verdad?

—No  lo  diré.  Confía  en  mí.  Aunque  bien  podrías  haberme  mencionado  algo  antes  —le recriminó. —Si soy tu amigo y tanto me quieres... —dramatizó.

—Ni siquiera yo lo sabía. Me lo ofrecieron y acepté sin pensarlo. Me cuidaré, lo prometo —

cruzó los dedos. —No tendrás que preocuparte por mí y además seguiremos en contacto.

—Eileen, eres mi amiga. Me preocuparé por ti estés donde estés. Pero ten cuidado. Si tu padre se entera de  esto  cerrará el aeropuerto de Barcelona para que no salgas de aquí  —comentó pasándose la mano por el pelo dorado. 

Regresar al índiceCapítulo 2 by nataly hurtado

—Él no es alguien que puedas sortear a tu antojo.

—Pero no se enterará, ¿verdad? —deseaba una confirmación por su parte.

—No, cariño. No por mí. Eileen le sonrió.

—Gracias.

—Gracias a ti por la cerveza. Te veo mañana —tiró la lata a la basura. Le guiñó un ojo y se fue. No, él no la  traicionaría. Lo que le preocupaba era que, en el fondo, sabía que Víctor tenía

razón.

Mikhail no la quería. Sin embargo la trataba como a una posesión. Tenía a gente vigilándola constantemente  y  ella  era  lo  suficientemente  aguijada  para  darse  cuenta  de  esa  vigilancia. Controlaba cada uno de sus pasos, revisaba sus llamadas de teléfono, sus cuentas email. Y además lo hacía sin ningún disimulo.

No, su padre no la quería como a una hija, pero su comportamiento maníaco-obsesivo para con ella tampoco era normal. Haría lo posible por escapar de él. Lo que hiciera falta. Después de San Juan se iría.

Con ese pensamiento y observando cómo la lluvia empezaba a salpicar las ventanas se metió en la cama. Apretó el botón del interfono empotrado en la pared.

—Daniel —habló al micrófono.

—Sí, señorita —respondió la voz al otro lado.

 

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Daniel era el guardia de seguridad de la entrada.

—¿Se ha ido ya el señor Víctor?

—Sí, ahora mismo ha salido del recinto, señorita.

—Bien, gracias.

Dejó de apretar el botón del interfono y cortó la comunicación. Se acomodó la almohada y clavó su mirada al techo de la habitación. Un sueño súbito, dulce y profundo amenazó con cerrar sus  ojos.  Un agradable  cosquilleo  recorría  sus  piernas  y  los  brazos, de  repente, se  tornaban pesados. En un suspiro, le llegó el sueño profundo que rozaba la inconsciencia. Como cada noche, caía dormida al instante.

 

 

 

 

La mansión estaba casi a oscuras. Sólo unas luces permanecían encendidas y él podía ver, a tenor de la luz que  salía por las ventanas, qué habitaciones eran. Empezaba a llover con fuerza, pero a Caleb no le importaba mojarse.

No podía creer que por fin, después de diecisiete años, vengaría la muerte de su mejor amigo, Thor. Y mucho  menos entendía que todos y cada uno de los pasos por detener a su asesino le llevaran a la zona del Tibidabo, en la montaña de Collserola de Barcelona.

Barcelona  no  era  un  lugar  muy  frecuentado  por  los  suyos.  Era  una  ciudad  preciosa, encantadora,  cosmopolita y diseñada para la cultura, el ocio y la diversión. Pero, por lo que él sabía, no era un cónclave vanir. La luz y la vida diurna de esa ciudad no podía ser cómoda para uno de los suyos.

Posiblemente esa era la razón por la que el hijo de puta de Mikhail había instalado su hogar allí. No podrían perseguirle en ese entorno, por lo menos no durante mucho tiempo. Pero él no iba a estar mucho tiempo. Iba a  entrar, interrogarlo y mutilarlo en un abrir y cerrar de ojos. Iba a hacerlo sufrir y a darle donde más le dolía.

La  mansión  que  tenía  enfrente  era  un  palacio  envuelto  por  pinares,  rodeado  por  un espectacular  jardín.  La fachada construida de  piedra estaba cubierta por esgrafiados de  gran originalidad y colorido, sin caer en la redundancia.

Observó cómo en la fachada oeste había dos torres. Una de esas torres sería la habitación de su próxima víctima.

Allí estaba ella, fría y distante, terriblemente hermosa. ¿Cómo algo tan bonito podía albergar tanta maldad? No la había visto nunca a menos de un metro. Sin embargo, aquella pose, aquella piel que se antojaba suave y dulce al gusto y su figura estilizada no podían dar cabida a la duda. Era un bombón. Un bombón relleno de ácido.

Cuando ella desapareció de la ventana Caleb inspeccionó con sus ojos de color verde eléctrico lo fantasmagórica que podría llegar a ser esa casa, si no fuese por los focos de colores azulados y amarillos  que  la  iluminaban.  Mikhail  tenía  que  haber  ganado  mucho  dinero  a  costa  de  las carnicerías y de los experimentos a los  miembros  su raza a tenor del poderío que mostraba a simple vista su vivienda.

Su hija y él se habían hecho ricos. Su hija Eileen era la Relaciones Públicas de su empresa. Estaba en contacto con todos los proveedores. Se encargaba de pedir los aparatos, así como las herramientas y las drogas  necesarias para proceder con los cuerpos de su clan. Como habían hecho con su amigo.

Eileen,  en   realidad,   se   limpiaba   las   manos,   porque   ella  no   trataba  con  las   víctimas directamente, para eso ya estaba su padre. Perra. No sabía a quién odiaba más, si a la princesita de hielo que tiraba la piedra y escondía la mano o al asesino sin escrúpulos.

 

11

 

A su mente volvieron las imágenes de Thor mutilado. En uno de los brazos descuartizados que encontraron en aquel contenedor vieron un sello que ponía Newscientists, una empresa destinada a la investigación científica. Siguieron el rastro durante años y no les fue fácil por la cantidad de empresas y corporaciones tapaderas que impedían ver el origen real de esa fundación.

En aquel momento, allí plantado, chorreando de pies a cabeza por la lluvia, ya sabía que uno de los accionistas mayoritarios de aquella empresa era el hombre que vivía en la mansión que tenía enfrente.

Mikhail Ernepo. Uno de los culpables del asesinato de Thor. Uno de los muchos que tenían que pagar por la persecución a la que se veían sometidos los vanirios.

Iba a disfrutar de lo lindo con él y con su hija, pensó mientras se pasaba la lengua por los labios. Cuando descubrieron que Mikhail tenía a su hija trabajando con él no se podían imaginar que ella fuese tan apetitosa. Sin duda, iba a saborear a ese bocadito hasta que le suplicara que parase, y bien sabía que no iba a ser ni gentil ni educado con ella.

Las luces de la llegada de un coche iluminaron por décimas de segundo la zona de bosque donde él estaba escondido. Acechando. Protegió sus ojos alzando la mano.

Del Honda Civic negro salió un chico rubio, no más alto que él, con un maletín negro.

—Según nuestras investigaciones —dijo una voz penetrante tras él, —su nombre es Víctor y trabaja para Mikhail. Visita a su hija cada noche.

Caleb miró hacia atrás y saludó con un gesto de barbilla a Samael. Era de su misma estatura, uno noventa. Tenía el pelo largo, castaño oscuro, con un mechón blanco en el lado izquierdo. Sus ojos eran de un color gris pálido y su rostro frío y duro como el granito causaba respeto a los que le conocían, y temor a los que no. Noticias sobre la sierra de cadiz y sus pueblos, información local sobre covid19 coronavirus Noticias de la Sierra de Cadiz

—¿Son... pareja? —preguntó Caleb mirando fríamente a Samael.

—Puede que lo sean. Él la visita todos los días. Cada noche.

—De todos los que hay en esa casa —la mirada de Caleb se tornó determinada mientras volvía a mirar al frente, —además de su hija, ¿quiénes más están al corriente de sus acciones?

—No sabría decírtelo —hizo una mueca con los labios. —No creo que los sirvientes estén informados sobre lo sádico que es su patrón.

—Nos encargaremos de Mikhail y de su hija Eileen. Sólo de ellos —advirtió. —Él nos llevará hacia las técnicas  que usan para investigarnos  —apretó la mandíbula— y ella hacia todos los contactos y proveedores que están implicados.

—¿Investigaciones? Eso suena muy suave para describir lo que hacen con nosotros, ¿no crees? Nos abren en canal, nos sacan las entrañas y nos matan como animales. Somos seres inmortales, Caleb, pero ellos se encargan de arrebatarnos la inmortalidad cuando nos degollan y nos arrancan el corazón.

Caleb apretó los puños con rabia. Debía relajarse si no quería verlo todo rojo antes de tiempo. Cuando cogiera a  Mikhail iba a arrancarle el corazón, las uñas, los ojos, no sin antes haberle despellejado vivo y... no. No. Los  ojos sería  lo último. Mikhail tenía  que ver antes lo que  le esperaba a su hijita querida. A ella la iba a atar a... Detuvo su mente. Sus músculos se tensaron, la boca se le hizo agua. De repente no podía pensar, sólo sentir. ¿De dónde venía ese repentino olor que todo lo inundaba?

Samael tensó la espalda y escudriñó la zona con la mirada. Él también lo olía.

Caleb movió las aletas de la nariz y cerró los ojos, dejándose llevar por ese éxtasis súbito. Era un olor peculiar, un perfume que como una droga se le subía a la cabeza y ponía en alerta todos sus sentidos.

—Olía a tarta de queso y frambuesas. Recién hecha.

 

12

 

—Por los dioses... —fue lo único que se atrevió a decir. —¿Quién huele así?

Sintió cómo los colmillos luchaban por alargarse y las pupilas de sus ojos se dilataban hasta límites insospechados. Debía controlar sus instintos básicos. Se miró la entrepierna. Oh, no. Tenía una erección de  campeonato. La cubrió con su mano y presionó para  relajar ese órgano sin cerebro, tan impetuoso, caliente y difícil de controlar.

—¿Viene de la casa? —preguntó Samael con los colmillos completamente desarrollados y los ojos negros.

—Es un olor a mujer —dijo Caleb volviendo a inhalar. —¿Quién huele así? —repitió.

—Una mujer muy apetitosa —se relamió.

—Céntrate, Samael —le ordenó. —¿Están todos en su posición? —tenía que quitarse ese olor de las fosas  nasales. Le dolía la ingle horrores y esos pantalones téjanos oscuros, aunque eran anchos, no ayudaban a sofocar el dolor. Ya buscaría a la fuente de aquel perfume embriagador.

—Están preparados para recibir nueva orden.

—Bien. Esperaremos —dijo agradecido cuando ese olor desapareció.

¿Habría alguna sirvienta en la mansión que pudiese nublar sus sentidos así? Nunca antes había sentido nada igual. Olido nada igual. Sacudió la cabeza, esperando borrar esa extraña sensación.

Esperaron un rato más en silencio, parados, ocultos, expectantes como dos tigres al acecho. Veinte minutos después salió el chico rubio de nuevo. Parecía tener prisa mientras se acicalaba el pelo con las manos.

—Caramba... La ha abierto de piernas, se la ha tirado y ya puede volverse a su casa —dijo

Samael entre susurros. —Ha sido muy rápido, ¿no crees, Caleb?

Caleb lo miró de reojo y sonrió.

—Dime, ¿cuál va a ser tu venganza hacia ella, Cal? —le preguntó Samael alzando una ceja.

—Sea la que sea —miró de nuevo al frente y siguió con los ojos a Víctor. —Te aseguro que no voy a ser tan rápido. Durará —gruñó para sus adentros.

—Hagas lo que hagas déjanos verlo. El resto también queremos darle su merecido.

—No —dijo Caleb tajante.

—¿La quieres sólo para ti?

—Quiero humillarla y castigarla tanto como tú. Pero dijimos que tú te encargarías de Mikhail. No está en nuestra naturaleza maltratar de ese modo a una mujer. Pero haré lo que tenga que hacer para obtener la información.

—Así que no lo está, ¿eh? ¿Ni siquiera a una que está colaborando en la exterminación de los nuestros?  —lo  miró  con  furia.  —Esa  ramera  también  ha  colaborado  en  el  asesinato  de  mi hermano, Caleb. Thor era algo mío. También quiero mi parte del plato...

—Bien.  Primero  tú  irás  a  por  Mikhail.  Yo  iré  a  por  Eileen  —miró  hacia  la  ventana  de  la habitación de ella. —Cuando me haya desahogado con ella, haremos un intercambio de parejas.

Por supuesto no pensaba hacerlo, pero si eso bastaba para aplacar a Samael... La chica iba a tener suficiente castigo con lo que él le iba a hacer y aunque el odio que sentía por ella y por su padre era muy grande tampoco  permitiría usar con ella los mismos métodos de reducción que Newscientists utilizaba con los suyos.

Samael tomó aire y lo exhaló, relajando la espalda y la tensión de su cara. —Bien. Eso me gusta más.

Otro coche llegaba al recinto. Un BMW negro. El chófer salió y abrió la puerta a un hombre alto y corpulento, de media melena blanca, nariz aguileña y barba recién afeitada.

Caleb y Samael se pusieron alerta. Era Mikhail.

 

13

 

El ambiente se espesó hasta tal punto que era difícil respirar. Podía palparse el odio a gran escala que emanaba de los dos cuerpos ocultos entre los pinos.

Víctor salió a su encuentro. Se dieron un fuerte apretón de manos e intercambiaron algunas palabras.

—¿Qué hay de él? —preguntó Samael mirando a Víctor. —¿Nos lo cargamos también?

—Veremos...  —respondió.  —De  momento  tenemos  a  dos  piezas  que  pueden  llevarnos  a muchos sitios. Pero puede que más adelante lo necesitemos.

Caleb  que  estaba  a  casi  trescientos  metros  de  distancia,  agudizó  el  oído  y  escuchó  la conversación.

—...Está bien, en su habitación —dijo Víctor.

—¿Todo normal? —preguntó Mikhail con interés.

—Como siempre —miró el reloj de su muñeca. —Tengo prisa, Mikhail. Hasta mañana. Mikhail lo siguió con la mirada hasta que el Honda Civic se fue.

Caleb los estudió a ambos. Por el lenguaje no verbal que pudo observar no tenían una buena relación. Parecía que Mikhail lo coaccionaba de algún modo, se percibía la falta de confianza entre ellos.

Mikhail  dirigió  la  mirada  a  los  pinares  y  con  sus  ojos  negros  inspeccionó  el  perímetro. Inmediatamente entró cojeando en la casa.

—Samael —dijo Caleb sin perder de vista al cojo. —Avísalos a todos para que estén preparados. En cuanto entre Mikhail, entraremos nosotros. Diles que en media hora tengan los coches en la salida.

Samael asintió y se alejó para llamar por el transmisor que tenía pegado a la oreja.

Caleb  inspiró  profundamente  mientras  dejaba  que  su naturaleza  fluyera  como río de  lava ardiente. Los ojos se le oscurecieron como la noche. Los colmillos blancos y brillantes se alargaron hasta rozar el labio inferior.  Cualquiera que lo viera, aunque seguía siendo salvajemente bello, saldría corriendo.

No se iba a sentir orgulloso de lo que iba a hacer. Su misión era proteger a los humanos, no acecharlos. Sin embargo, ni Eileen ni Mikhail podían llamarse humanos para él. Ellos habían sido responsables del asesinato de su  mejor amigo. Ellos, junto con el resto de las sociedades que capturan a personas con extrañas mutaciones genéticas sólo para la investigación y la explotación de sus facultades, como los vanirios, estaban exterminando su raza. No iban a quedar impunes, no lo iba a permitir. Sobre todo porque la humanidad también debía librarse de  individuos como ellos, y él y los de su clan habían sido elegidos para proteger a la humanidad.

 

 

 

 

Lanzó un grito al aire. Calma. Necesitaba calmarse o no iba a disfrutar de la tortura. Tal y como habían visualizado, había un guardia en la entrada, dos guardaespaldas en el interior de la casa y tres pastores alemanes cercando el jardín.

Él podía comunicarse con los animales, aquel había sido su don otorgado, así que los perros estaban más que controlados. Sólo hacía falta reducir al guardia y a los dos armarios que vigilaban la seguridad interna de padre e hija.

Sonrió con malicia. Iba a ser fácil. Con gesto sereno, cogió impulso sobre sus piernas, los músculos se flexionaron y dio un salto por encima de los pinos. Su media melena negra ondeaba al viento, enmarcando un rostro  felino y lleno de convicción. Se preparó para aterrizar sobre la cabina del guardia de seguridad.

 

 

14

 

Mikhail ordenó a la sirvienta que le ayudaba a quitarse el abrigo empapado, que le trajera un bourbon. Cada noche más de lo mismo.

Llegaba de los laboratorios, después de revisar tomas y tomas de sangre que se comportaban ante él como libros cerrados. Se sentaba en el sofá y se tomaba una copa.

¿Qué era científicamente hablando lo que hacía que esos monstruos tuvieran un ADN tan sumamente complejo? No podía dar con la solución y el no poder controlar las cosas lo enfurecía.

Se recostó sobre el sofá de piel marrón del amplio salón. El suelo del salón era de parquet oscuro. Una gran alfombra con motivos árabes decoraba la zona de estar. Cuatro figuras de piedra estaban colocadas estratégicamente en cada esquina de la sala. Figuras de guerreros de terracota, en posición de larga y eterna vigilia.

La sirvienta, rechoncha, rubia y de mejillas rosadas, le trajo el bourbon en una elegante copa de cristal, dejándola sobre la mesa de marfil blanca. Con un tímido asentamiento de la cabeza se fue dejándolo solo.

Mikhail tomó la copa entre sus dedos y observó el líquido ambarino removerse mientras la movía en círculos. Estaba cerca de conseguir algo. Los años pasaban y la larga espera debía llegar a su fin. Tenía que dar con el eslabón perdido, aquella diferencia entre ellos y los humanos.

Tomaba su primer sorbo cuando oyó unos ruidos extraños en el jardín. Se levantó del sofá con la mirada recelosa y apretó el comunicador plateado que había sobre la mesa.

—¿Daniel? —preguntó esperando respuesta. —¿Va todo bien? No se oía nada. No hubo ninguna contestación.

Mikhail dirigió la mirada al amplio ventanal que daba al jardín. No parecía haber nadie. Y los perros... ¿Por qué demonios no ladraban los perros?

—Jorge, Louise —gritó a los dos guardaespaldas para que acudieran a su lado.

Inmediatamente  dos  torres  humanas,  de  talla  XXXL,  se  colocaron  detrás  de  Mikhail.  Eran gemelos. Calvos, morenos y con muy malas pulgas.

—¿Qué ocurre, señor? —preguntó uno de ellos.

—No puedo contactar con Daniel. Uno de vosotros que vaya a ver si funciona su comunicador. Jorge, que era ligeramente más alto, salió del salón en busca de Daniel. Al llegar al jardín vio

tres cuerpos tirados en el suelo. Con el ceño fruncido se acercó a los bultos inanimados. Eran los

pastores alemanes.

Se agachó a inspeccionarlos. No parecía que estuviesen heridos. Parecían... parecían dormidos.

¿Cómo era posible? Alzó la mirada para localizar la cabina de Daniel. Lo que vieron sus ojos lo asustaron. No había nadie en la cabina, no había ni rastro de Daniel.

De  repente  oyó  pasos  tras  de él.  Una  presencia  grande  y  poderosa.  Se  giró con cuidado, temeroso de  hacer movimientos bruscos. Enfrente de él, un hombre de espaldas anchas, de su misma altura, pero más corpulento y con más pelo lo miraba con gesto frío y divertido.

—¿Buscabas esto? —dijo Caleb tirando a sus pies el cuerpo inconsciente de Daniel.

Jorge abrió los ojos con consternación mientras que Caleb se cruzaba de brazos y le sonreía. Daniel tenía un golpe muy feo en la cabeza.

El guardaespaldas miró a Caleb, lo miró a la boca para advertir no sin sorpresa que de sus labios caía un ligero hilo de sangre. Caleb se había cortado a sí mismo con sus colmillos, pero el humano creería que había mordido a su compañero.

 

 

 

 

15

 

Sus colmillos eran largos y afilados y su mirada negra con una aureola verde más clara de lo que ningún humano había visto jamás. Daba a entender que ese ser era letal. Y que él era el culpable del estado letárgico del guardia de seguridad. ¿Un vampiro?

Nervioso volvió sobre sus pasos a avisar a Mikhail de lo que pasaba, pero Caleb lo cogió de la pechera y lo alzó a medio metro del suelo.

—¿A dónde crees que vas?

—Por... por favor... dé-déjeme libre...

Caleb miró al hombre tembloroso y pálido que agarraba sus muñecas con fuerza.

—Muy bien —sonrió chasqueando la lengua. —Si eso es lo que quieres...

Con una fuerza sobrehumana lo lanzó a más de veinte metros de distancia, por encima de los árboles. Se oyó un golpe seco, un hueso roto y seguidamente un rugido de dolor. Caleb miró hacia donde lo había lanzado.

Utilizó su visión nocturna para ver como el cuerpo de Jorge, poco a poco, perdía el color del calor corporal. Se había quedado inconsciente.

Hizo un gesto con la cabeza a Samael para que entrara a buscar a Mikhail. De entre los árboles, corriendo a la velocidad del viento, Samael se dirigía hambriento a la casa. Mientras él se ocupaba de Mikhail y lo retenía Caleb iría a por la princesita.

Acto seguido miró hacia la torre donde estaba la habitación de Eileen. Volvió a impulsarse sobre sus talones  y  voló hacia el balcón. Cayó a cuatro patas y se dirigió a abrir la ventana. Allí estaba ella. Dormida.

EILEEN INTENTABA salir del trance en el que se hallaba. Su sueño tan profundo no le permitía abrir los ojos,  pero luchaba para ello. Algo no iba bien. Sentía que la estaban observando. Que alguien la llamaba, que la incitaba a que saliera de la cama.

Caleb intentaba despertarla con su mente. Intentaba meterse en su sueño y sacarla de all í. Debía convencerla, atraerla hasta él, pero no era fácil entrar en su cabeza.

Eileen sintió una amenaza, una punzada en el corazón. Debía despertarse. ¿Por qué no podía hacerlo? Sacó  fuerzas de la flaqueza e intentó levantar los párpados. Imágenes borrosas de su habitación aparecían ante ella como sombras fantasmales. Empezó a ser consciente del sonido de la lluvia, del viento que acariciaba su rostro. ¿Viento? Intentó abrir más los ojos y dirigió su mirada a la ventana. Estaba abierta.

Intentó aclarar su vista y un sudor frío se concentró en sus manos. ¿Qué hacía la ventana abierta? Antes de dormirse estaba cerrada. Se sentía aturdida.

Hacía años que no se despertaba en la noche. Su sueño duraba desde que se acostaba hasta que sonaba el despertador. Nunca se había desvelado.

Se incorporó y tocó el parqué de la habitación con los pies. Lo palpó buscando sus zapatillas de conejo, miró su  reloj y le dio al botón de alumbrar para ver la hora. No hacía más de veinte minutos que había caído rendida en la cama. Abrió los ojos, despierta del todo finalmente.

Se levantó y entonces vio algo que la dejó petrificada. Había un hombre oculto en las sombras de la habitación. Un hombre con las piernas y los brazos abiertos vigilaba como un animal que va en busca de su presa. Y a sus pies, Brave, su amado perro, estaba tumbado de espaldas con las patas para arriba, durmiendo plácidamente. Estaba  durmiendo, ¿no? Asustada volvió a mirar al hombre. Ese tipo chorreaba de pies a cabeza. El corazón de Eileen palpitaba alocadamente en su pecho y su respiración se descompasó.

El hombre dio un paso hasta que la luz que se colaba por la ventana lo alumbró. Aquel hombre, vestido  completamente de negro, que se había colado en su habitación estaba rodeado por el aura más poderosa que había sentido en su vida.

¿Qué hacía ella hablando de auras? ¿Qué sabía ella de eso? Sacudió ligeramente la cabeza, esperando que la imagen viril desapareciese de enfrente de ella, esperando en vano que fuese un sueño. Sin embargo, hacía años que no soñaba, desde su diabetes.

Más nerviosa todavía, comprobó que él se le acercaba.

Era enorme, ese cuerpo lo ocupaba todo, comía su espacio vital de un modo escandaloso. Lo miró a la cara. Por el amor de Dios, era lo más hermoso que había visto en su vida. Tenía el pe lo largo, del color del azabache,  ligeramente ondulado  y le caía  sobre su rostro. Los mechones goteaban agua y resbalaban por su cara, siguiendo cada uno de sus estilizados rasgos.

Su cara... Jesús. Esa cara era pura sensualidad. Una promesa que escondía una dulce virilidad en su expresión, aunque nunca imaginó que los adjetivos dulce y viril pudiesen conjuntar. Los ojos verdes más increíbles del mundo, la nariz perfecta, los labios gruesos, un hoyuelo en la barbilla. Como ella. El de él mucho más pronunciado.

Un calor inesperado empezó a recorrer su estómago.

Tragó saliva. Caleb la miró de arriba abajo. Había respondido a él. A su llamado. La tenía enfrente, con su tez bronceada, los mechones de su pelo caían sobre su cara y por detrás de la nuca. Su pecho se alzaba agitadamente como si

Regresar al índiceCapítulo 3 by nataly hurtado

hubiese corrido un maratón. Su delicioso pecho, prieto y firme. Mmm... Qué ganas tenía de morderlo y succionarlo. La miró fijamente a los ojos. Era dulce y aunque le doliera admitirlo, preciosa. Con excitación miró su boca.

Enahi se humedeció los labios sabiendo que él estaba mirándole la boca. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no salía corriendo de la habitación y gritaba para que la ayudaran? Había un hombre, un dios pagano de la belleza. Estaba a solas con ella en su dormitorio... ¿Por qué no podía moverse?

Intentó dar órdenes a sus extremidades, pero éstas no la obedecían. ¿Cómo había entrado y burlado todos los sistemas de seguridad que el paranoico de su padre había puesto en torno a la casa?

Alfonso siguió su lengua y rugió por dentro. Era dulce, sí. Y atrevida también.

—Ven —le dijo Alfonso con la mirada fija en su boca.

Enahi se quedó estática en su lugar. ¿Qué pasaría si se movía? Tenía la sensación de que ese extraño de atractivo demoledor, podría hacer lo que quisiera con ella. Bueno, con ella y con quien le diera la gana.

Alfonso volvió a darle un empujón mental. ¿Por qué no respondía ella? Seguramente había sido Mikhail. Mikhail le había enseñado a protegerse de ellos. La había instruido a erigir barreras mentales para que las ondas no pudieran llegar a ella. Mientras pensaba eso, un músculo se tensó en su barbilla.

Enahi logró dar un paso atrás. Empezaba a temblar.

—Ven —repitió él.

Su voz era melosa y cautivadora. Pero no podía ir. Él era un extraño, y aunque era capaz de ver la excitación en sus increíbles ojos, excitación por ella, había algo vengativo en su mirada y aquello la asustó, aunque ella era consciente también de su propia excitación. Qué descabellado era sentirse excitada por un hombre que no conocía y que además parecía no tener buenas intenciones. Qué diablos... Es que además se había colado en su casa.

—No —susurró cubriéndose inconscientemente el cuello. —¿Quién eres? Sal de mí...

En un abrir y cerrar de ojos, Alfonso se abalanzó sobre ella, la agarró de los hombros y la aprisionó contra la pared. El golpe fue duro y ella gimió de dolor. Le dolía la espalda, pero eso era lo de menos... ¿Iba a hacerle daño de verdad? ¿La iba a matar?

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella con voz temblorosa.

Alfonso la agarró del pelo y con un tirón violento la obligó a echar la cabeza hacia atrás. Enahi gritó. Un fuerte dolor le subía por el cuello. Seguramente le había dado un tirón muscular. Era un salvaje y ella estaba a solas con él.

—Chist...—susurró Alfonso a un centímetro de su boca sin soltarle el pelo.

Qué bonita era. Y qué mala. Inclinó la cabeza hacia su cuello. Inspiró hondo mientras sentía las convulsiones de los temblores de Enahi. Sí. Olía su miedo y su pánico.

Las manos de Enahi intentaron empujarlo.

—No me toques —dijo él bajando la mirada a sus manos y apartándolas de un manotazo. Volvió a tirarle del pelo. Enahi le golpeó el pecho con fuerza.

—Suéltame, hijo de pu*ta . Brave, Brave, despierta —gritó esperando que su huskie la socorriera. Por fin reaccionaba. Sintió que las lágrimas se le acumulaban en la garganta.

—Cállate —pegó todo su cuerpo al de ella y con una sola mano le tomó de las muñecas y las pegó a la pared por encima de su cabeza. —¿Tienes miedo? —le preguntó mirándole fijamente a los ojos. —No puedes gritar, no puedes pedir ayuda. Nadie vendrá a ayudarte, ramera, así que no pierdas el tiempo.

¿Ramera? ¿Ramera?

—¿Has matado a mi perro? —preguntó ella ahogando un sollozo.

—Tu perrito está dormido —inhaló su perfume de nuevo, rozando con su nariz la vena carótida que corría bajo la piel de su cuello, siendo consciente de cada una de las partes de su esbelto cuerpo. ¿Por qué le daba explicaciones? Sintió como su pene se ponía más duro que una roca. Presionó su ingle a la de ella.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —lo miró desafiante, mientras intentaba apartar ese roce íntimo de ella. Quería alejarse de la hoguera humana que parecía el cuerpo del hombre.

Caramba. La chica tenía agallas pensó Alfonso. Había que bajarle los humos.

—¿Qué quiero de ti? Déjame pensar... —con la mano libre le acarició la garganta, la clavícula y el canalillo de los pechos.

Enahi apretó los labios y sintió como los ojos se le humedecían. Apartó la cara para tomar aire y para impedir que él la viera llorar. ¿Cómo podía pasarle eso a ella? Alfonso se sintió victorioso ante su vulnerabilidad.

—Vaya —con descaro le agarró de la camiseta y la desgarró hasta dejar sus pechos desnudos. —Esta ropa de pu*ta  no es muy buena. Se rompe con facilidad —tiró de la camiseta con una sonrisa cínica.

—La única pu*ta  que se pone ese tipo de ropa es tu madre —Enahi intentó forcejear con él. Quería liberar sus muñecas pero la agarraba tan fuerte que no dudaba que iba a aplastarle los huesos, o como mínimo, a dejarle moratones.

Alfonso la miró de arriba abajo y sonrió con malicia. Incluso semidesnuda, tenía atrevimiento y orgullo.

—Alguien debe enseñarte algunos modales, Enahi. Pero no te preocupes, yo te enseñaré a someterte.

Enahi palideció al escucharle decir su nombre.

—¿Cómo sabes quién soy? ¿Quieres dinero? ¿Quieres...?

—Tú no me puedes ofrecer nada —le dijo él al oído. —No quiero nada de ti.

Enahi comprendió que todo aquello ya había sido premeditado. Su padre era un hombre millonario y poderoso, podía ser víctima de algo tan horrible como aquello. Secuestro, extorsión, manipulación, robo...

—¿Y mi pa... padre? —preguntó esta vez sin poder detener las lágrimas.

—Lo tenemos abajo. No llores —dijo fingiendo pena por ella. —Pobrecita...

Volvió a embestirla con la ingle. Un calor fulminante recorría todo su cuerpo, y él recorrió con la mirada el de ella, de la cabeza a los pies.

Enahi sentía que su mirada la abrasaba. Se sentía acorralada, agraviada, asustada... Pero esos ojos que la miraban dejaban una marca de fuego sobre su piel. ¿Qué le estaba haciendo? Ella forcejeó y colocó una pierna entre las de él, para luego ascender la rodilla en un golpe seco y duro.

Alfonso aulló y cayó de rodillas poniendo las dos manos sobre su entrepierna. Ella corrió a cuatro patas para socorrer a Brave mientras las lágrimas caían por sus mejillas sin ningún control. Parecía que su perrito estaba muerto, le preocupaba que no se despertase.

—Brave, bonito —le susurró abrazándolo contra su pecho. Necesitaba el calor de su amigo para sentirse fuerte. —Bonito, abre los ojos para mí. No me dejes...

Alfonso se alzó tras de ella y la vio mecerse para delante y para atrás con su perro en brazos. Podría haber huido, pero prefirió escoltar a Brave. Eliminó los pensamientos de su mente, ésos que podían hacerle creer que ella podía demostrar lealtad y sumisión a un simple huskie siberiano. Alfonso rugió como un animal salvaje y dejó que los colmillos tomaran su forma depredadora.

—Enahi.

Ella dejó de mecerse. Tenía miedo, mucho miedo por lo que le pudiera hacer. No entendía nada. No sabía si era un simple ladrón o alguien que llevaba espiándolos durante mucho tiempo para preparar un golpe. ¿Y si era simplemente un psicópata violador? Pero no podía ser sólo eso. La miraba con odio y resentimiento, como si ella le hubiera hecho algo horrible. Pero eso era imposible. Nunca se había llevado mal con nadie, ni había hecho daño a nadie.

Sintió como una mano fuerte se cernía sobre su cabeza y cerraba el puño sobre su cabello. Volvió a tirar de ella hasta alzarla. Ella intentó clavarle las uñas en las muñecas, pero el monstruo no respondía al dolor.

La lanzó de nuevo contra la pared, esta vez con más fuerza. Ella se quedó sin respiración por el impacto y luchaba por conseguir que una bocanada de aire entrara a sus pulmones.

Alfonso miró como sus pechos se bamboleaban. La tomó de la barbilla antes de que cayera al suelo, y la obligó a que lo mirara, aunque ella luchaba con fuerzas para evitarlo.

—Mírame —le exigió con aquella voz seductora.

Ella sintió un calor súbito que la invitaba a obedecer. Aquella voz era sexy, seductora. Seguro que si le pedía que tocara la flauta mientras pintaba un cuadro con los pies, ella lo haría a ciegas. Temblando obedeció y deseó al instante no haberlo hecho nunca.

Su rostro no había cambiado mucho, pero a su boca le habían salido unos colmillos más puntiagudos y largos que los de Brave, y su mirada, había dejado de ser bonita y cruel, para convertirse en una mueca llena de oscuridad y pecado. Era la boca de un depredador. Pero, aun así, no dejaba de parecerle hermoso.

¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué era él?

—Ya sabes lo que soy —contestó él casi leyéndole la mente. —Tú y tu padre nos dais caza, así que no te hagas la inocente. Enahi no podía cerrar los ojos. Tenía que ver aquel espectáculo para cerciorarse de que era real.

—No sé de qué me estás hablando —susurró ella con los ojos anegados de lágrimas.

—¿Así que no sólo eres cómplice de asesinato, sino que también eres una mentirosa?

—No sé de qué me estás hablando —volvió a gritarle a un suspiro de su cara. Observó bien sus dientes y sus ojos. —No creo en los va... vampiros. °Y seas lo que seas, psicópata asqueroso, no sé qué quieres de mí. Y si qui... quisieras algo, no obtendrías nada trata... tratándome así.

¿Se estaba encarando con él? Alfonso volvió a cogerle las muñecas y a sostenerlas contra la pared, sobre su cabeza.

—Me da igual cuanto te resistas. Al final voy a ser tan duro contigo que serás tú quien pidas clemencia. Lo revelarás todo —su voz cortaba como una espada. —Habéis matado y perseguido sin tregua a los míos. Los sometéis a todo tipo de experimentos, los rajáis, los mantenéis con vida para luego torturarlos y ver cómo responden a vuestros ataques.

—Creo que te... te confundes de persona —las rodillas se le doblaban, los dientes le castañeteaban y estaba a punto de desmayarse. —Mira, porque no te vas y hacemos co... como si nada de esto hubiese pasado... Yo no... no... di... diré nada.

—Pu*ta  cobarde —le dijo con asco. —Te diré lo que voy a hacer contigo. Primero, vamos a subirte al coche que hay abajo esperando. Te llevaremos con un avión privado a Londres. Ahí te llevaré a una sala con cristales en todos lados— echó un vistazo a sus dulces pechos y a sus rosados pezones. Dios, sí que estaba bien formada. Sin poder evitarlo, le abrió las piernas con las suyas y se colocó entre ellas. Presionó su erección entre las piernas de ella, levantándola un centímetro del suelo mientras que con la mano libre, cogió con dureza un pecho. Era tan suave y esponjoso...

—No... Por... Por favor... Para —sollozó intentando cerrar las piernas.

Alfonso la miró a la cara. Sentía el calor de su entrepierna como una invitación. Quería desgarrarle el short y hacer con su cuerpo cosas prohibidas en algunos estados. Ella estaba sonrojada, las mejillas las tenía húmedas de llorar, y un leve sudor cubría su cuello haciéndolo brillar. Brillaba para él. Su mirada quitaba el aire, aun teniendo los ojos llenos de lágrimas. Y aquella boca...

El animal que llevaba dentro estaba a punto de saltar a devorarla en todos los aspectos. Pero debía de esperar. Todavía no.

Con el dedo índice y el pulgar, agarró un pezón y lo frotó esta vez con más delicadeza. Hacía un momento le había agarrado el pecho con violencia, y ahora estaba haciendo que se excitara.

—Mírate, Enahi —le susurró lamiendo el lóbulo de su oído.

Ella respiraba entrecortadamente. ¿Era eso una especie de caricia?

—Escúchame —prosiguió mientras le acariciaba el pecho, intentando calmar su ansia por, para qué iba a negarlo, poseerla ahí mismo. —Te encerraré conmigo en esa habitación de cristales. Tu padre estará mirando. Los míos estarán mirando. Te ataré a la cama, te desnudaré y jugaré contigo de las maneras más inverosímiles que hayas imaginado jamás, hasta que cantes todo lo que sabes. Y lo más vergonzoso será que tu padre estará presente para ver como su tierna hija, se corre conmigo tantas veces como yo quiera y verá cómo lo traiciona sintiendo placer con alguien como yo. Algo que odiáis.

Enahi no podía creer lo que le decía. ¿Cantar el qué? ¿La iba a poseer en público?

—Eres un monstruo —lo miró a la cara sin amilanarse. —Mátame ahora. Mátame, por favor —le suplicó acongojada.

Lejos de parecer una chica tonta y acobardada, Enahi estaba demostrando mucho coraje en una situación límite como esa. Alfonso hizo negaciones con la cabeza.

—No —contestó evaluando el peso de su pecho con la mano. —Tienes que pagar Enahi. ¿Mostráis clemencia ante los míos cuando están indefensos en vuestras salas de operaciones? —la despreció con la mirada. —No.

—Esto tiene que ser un error —dijo débilmente. Esa mano la estaba marcando a fuego. —Deja de tocarme así —gritó furiosa.

Alfonso levantó una ceja desafiándola. Abrió la boca. ¿Qué iba a hacer?

Le contestó inmediatamente cuando posó la boca sobre el pezón del pecho derecho.

Enahi se sacudió. Se sintió humillada y avergonzada por lo que le estaba haciendo. Pero sintió más vergüenza cuando un calor húmedo y palpitante se concentró en su entrepierna. Contrariada, se derrumbó y se echó a llorar sin control. La lengua de Alfonso jugueteaba con su areola sonrosada y endurecida por las caricias. La lamía en círculos y la succionaba como si fuese un bebé. Soplaba el pezón y lo enfri

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