La nueva campeona by ScaryWR

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 La nueva campeona by ScaryWR
Summary:

One shot basado en el juego online World of Warcraft



Categories: VIDEOJUEGOS Characters: Ninguno

Generos: Fantasía, Universo Alternativo

Advertencias: Lenguaje Obsceno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 1 Completed: No Word count: 3839 Read: 76 Published: 27/07/2013 Updated: 27/07/2013
Summary:

One shot basado en el juego online World of Warcraft



Categories: VIDEOJUEGOS Characters: Ninguno

Generos: Fantasía, Universo Alternativo

Advertencias: Lenguaje Obsceno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 1 Completed: No Word count: 3839 Read: 76 Published: 27/07/2013 Updated: 27/07/2013 Capítulo 1 by ScaryWR
Author's Notes:

Un trozo de una historia que posiblemente haga más adelante xD

Author's Notes:

Un trozo de una historia que posiblemente haga más adelante xD

           El Caballero de la Muerte sintió el previo escalofrío que acompañaba a su voz. Cerró  sus ojos ocultos tras una capucha de tela gruesa negra y esperó, con la mente completamente en blanco, a que él la llenara con sus frías palabras.

Kijoter…tu rey requiere tu presencia. Ven rápido a las Cámaras Heladas.

Tengo una tarea que te resultará… interesante.

          ¿Había oído bien? ¿El Rey Exánime llamándole con un deje de diversión en la voz? Frunció el ceño desconcertado y algo inquieto. No era común que le ordenara ir a verlo de esa forma y eso provocaba temor en el muchacho. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza ahora?

Deja de merodear por los muros de Corona de Hielo compadeciéndote y ven ante mí.

Ahora.

          Su voz volvió a ser la misma de siempre. Dura, seca y que dejaba entrever que si se retrasaba por algún mínimo motivo, ordenaría a alguno de sus preciados tenientes, Marwyn o Falric, que le cortaran algún miembro de su cuerpo muerto y se lo dieran de comer a los necrófagos como castigo. La visión de carecer de un brazo, una pierna o viendo lo retorcidos que eran esos perros arrogantes,  de sus partes íntimas, le hizo estremecerse de arriba a abajo y un sudor frío le bajó por la espalda acentuando su temor.

          Se apresuró a responder al rey para hacerle entender que lo estaba escuchando, aunque eso él ya lo sabía muy bien.

Si, mi señor.

            Los susurros de aquel al que servía cesaron de proyectarse en su cabeza, entonces, el elfo de sangre abrió los ojos y comenzó a adentrarse de nuevo en los muros de Corona de Hielo. Mientras avanzaba con paso lento, se preguntó qué clase de retorcida misión le encomendaría el Rey Exánime esta vez. Asesinar cruzados escarlata, cargarse a algún alto señor argenta, o tal vez observar mientras una manada de necrófagos devoraban una aldea entera de humanos, orcos o… elfos.

        Siendo o no un Caballero de la Muerte era fácil adivinar los designios del Rey de los Muertos. En su misteriosa mente siempre daba vueltas la misma orden: Mátalos a todos. A Kijoter no le molestaba estar día tras día ensartando las cabezas de los vivos en su hojarruna hambrienta, porque hacer eso le reavivaba por entero y a su vez hacía crecer sus ansias de poder. Y eso le gustaba. El ansia de poder y sangre era algo que todo Caballero de la Muerte al servicio de Arthas sentía fuertemente, pero en el caso de Kijoter ese ansia era mucho mayor. Y por eso era su favorito. Pero por supuesto, él siempre estaría detrás de los lameculos de Marwyn y Falric. Grandes cabrones… Pensar en ellos le revolvía las entrañas. Muchos de sus hermanos dirían que les tenía envidia, pero claro, ¿quién no tendría envidia de estar sentado al lado de su oscuro creador…? ¿De probar uno de esos dones que daba como recompensa por su ciega lealtad? La meta de Kijoter era superar a eso dos sobrevalorados tenientes, retarlos en un combate, humillarlos con la verdadera muerte y ganarse el honor de ser la mano derecha del Rey Exánime.

            El otrora elfo de sangre, hijo y sucesor del Señor Regente de Quel’thalas, Lord Themar Theron, suspiró ampliamente envalentonado de repente ante la idea de acabar personalmente con esos dos. Sonrió arrogantemente, pues sabía que cuando llegara el día, tenía muchas posibilidades de matarlos a sangre fría a ambos. Rozó con la punta de los dedos  la empuñadura de su hojarruna y le prometió en silencio que algún día, no muy lejano pensó, probaría la carne de sus hermanos oscuros. Esas palabras parecieron calmar a la espada, que brillaba con un halo de oscuridad alrededor de su hoja impaciente por la sangre de algún vivo. Kijoter sintió también como su fuerza aumentaba y esa necesidad tan bienvenida de mirar a los ojos a algún  idiota de la Horda o la Alianza mientras moría desangrado por su espada. Alzó la vista pensativo hacia el oscuro pasillo que llevaba a las estancias de su maestro. Tal vez su rey le permitiría invadir algún campamento de elfos al anochecer para saciar su sed…

           Sumido en sus cavilaciones, llegó por fin ante las puertas abiertas de las Cámaras Heladas. Antes si quiera de entrar percibió una presencia y una fuerza oscura que lo incitaba a adentrarse en la estancia. Él le estaba esperando. Kijoter tragó saliva inquieto, pues aunque llevaba años sirviendo al Rey Exánime, nunca podría encontrarse calmado ante su imponente figura. El muchacho aspiró y soltó el aire lentamente obligándose a serenarse. No le podía dejar ver su temor, ya que sería su perdición. El Rey Exánime jugaba con el miedo que infundía a los demás y le sería muy divertido torturar con ello a uno de sus preciados Caballeros de la Muerte. Mucho más si el sujeto en cuestión era Kijoter…

            Con paso firme se adentró en la estancia y como siempre, la energía malévola de la Agonía de Escarcha flotando en el centro de la sala y la imponente estructura de metal negro del Trono de las Sombras, le sobrecogió. Por supuesto no lo mostró de ninguna manera. En su rostro se había formado una mueca fría y aburrida que pensaba mantener en todo momento. Dio un paso hacia el trono y con una mirada rápida escudriñó  los grabados que adornaban el suelo de hielo de la sala. Siempre le parecerían los mismos que había contemplado una vez en la planta exterior de Entrañas, los mismos que estuvieron en la poderosa Lordaeron, los mismos que el príncipe Arthas pisó en su otra vida…

           La visión de esos dibujos en las salas de su señor le hacían pensar en los rumores que circulaban entre los humanos de Ventormenta. Esos que había escuchado de hombres esperanzados en las tabernas, que creían que su adorado e idolatrado príncipe Arthas despertaría de la pesadilla en la que pensaban que estaba sumido y volvería para salvarlos a todos.  Alguna vez pasó por la mente del elfo que la fortaleza de su rey flaqueaba y que añoraba aunque fuera un poco sus días como humano, pero no lo creía posible del todo, ya que cuando le veía castigar a sus hermanos y organizar esas enormes masacres la idea le parecía demasiado estúpida. Entonces recapacitaba y se reía de los humanos por pensar que pudiera suceder y de él mismo por barajar la posibilidad.

-          Siempre te quedas absorto frente a esos… simples dibujos, Kijoter. ¿Debo entonces ordenarle a Gargelus  que coloque unos iguales en tus habitaciones?

           El repentino comentario burlón hizo que el Caballero de la Muerte diera un brinco y dirigiera la vista sobresaltado hacia el alto del trono. Su maestro se encontraba sentado, como acostumbraba a hacer, en la estructura de metal negro y piedras de saronita sin pulir  a la que llamaban Trono de las Sombras. Su armadura de pesadas placas grisáceas resplandecía levemente con las tenues luces de la sala y le daba un aspecto más mortífero del que ya poseía, advirtió Kijoter.

-          Hoy te distraes con facilidad, Caballero de la Muerte. – Su voz volvió  resonar y se expandió como cristales resquebrajándose por todo el lugar.  - ¿Hay alguna razón para ello?

-          No hay nada que me atormente, salvo las ganas de liderar un ataque en vuestro nombre contra los humanos esta noche, mi señor.

            Kijoter no alzó la mirada de los pies cubiertos por unas botas de piel de garrafantasma  del rey. Nunca se atrevía a mirarlo a la cara, que sabía que estaba detrás de un yelmo coronado por agujas negras  amenazador, si él no se lo ordenaba primero.

            La risa grave y seca del Rey Exánime golpeó a Kijoter de lleno. No se esperaba una reacción a sí. Eso lo hizo temerlo más, pero no retrocedió. Apretó los dientes, pues debido a su orgullo no le gustaba que se rieran de él. Claro está no podía hacer nada contra su maestro.

-          Eres casi la perfección como Caballero de la Muerte, Kijoter. – El rey apoyó ambos brazos sobre los respaldos del trono de saronita y se recostó mientras seguía hablando. – Pero aún te faltan pequeñas cosas para ser como Falric y Marwyn.

-          Soy perfectamente capaz de superar a esos idiotas...  – Kijoter endureció la voz en un arrebato de ira, pero inmediatamente palideció ante su contestación - … mi señor.

-          Soy consciente de que algún día lo harás, Kijoter, pero aún tienes muchas cosas que pulir. – Arthas pasó por alto el tono que había empleado el Caballero de la Muerte e hizo crujir los nudillos a través de sus guantes de cuero negro y placas. – Posees una de las más grandes ansias de sangre y muerte de entre mis subordinados y un control excepcional de tu hojarruna, pero aún quedan resquicios de vida en tu interior.

-          Estoy completamente entregado a la muerte y a vos, mi señor. – Dijo Kijoter  con voz neutra de nuevo. No podía permitirse que su rey pensara que añoraba la vida o se podía dar por muerto.

-          Yo soy la muerte, muchacho. Y sé que aún hay días en los que piensas en los tuyos. Justamente esos pensamientos son los que te impiden avanzar entre mis filas, Kijoter.

-          No veo por qué tiene que pensar eso, mi rey. Los únicos deseos que tengo para con mi gente son de venganza. Quiero verlos a todos muertos bajo mis pies. – replicó Kijoter enérgicamente. – Te entregaré sus cabezas personalmente.

             Todo lo que había dicho era completamente cierto. Se moría de ganas de adentrarse en Lunargenta después de muchos años y pasar por cuchillo a todos aquellos que le habían llamado inútil, a todos esos elfos arrogantes que le menospreciaron y  a su querido padre. A él le tenía preparado un destino completamente distinto que le haría desear no haberse deshecho de su hijo por débil aquel día. Cómo le gustaría ver su cara al verlo enfrente suya, emanando el poder que había adquirido y blandiendo su feroz espada… Ese deseo casi superaba al de vencer a los tenientes de su rey, pero éste tampoco se quedaba atrás.

-          Noto tu ira, tu odio en su contra, pero sé que cuando llegue el momento, tu espada vacilará. – Le reprochó el Rey Exánime.

              Kijoter se quedó helado al escucharla las palabras de su señor. Él pensaba que no era capaz de asesinar a su raza, a su familia. También le creía débil. El peso de los muros de Corona de Hielo pareció cernirse sobre los hombros del elfo. El ansia y poder que antes le embargaban desaparecieron tras oír esa frase de los labios del rey.

-          No quiero débiles bajo mi mando, Kijoter. Pero tú tienes potencial y con mi supervisión no me fallarás. ¿Verdad?

-          Si… mi señor. – Se obligó a responder el muchacho abatido.

-          Bien, ahora pasemos a tu siguiente misión. – Kijoter se irguió de nuevo, dispuesto a olvidar aquellas palabras hirientes y a complacer a su rey para hacerlo cambiar de opinión sobre él. Le demostraría que no titubearía cuando llegara el momento. – Estuviste presente durante el patético asalto que realizaron las fuerzas en conjunto de la Alianza  y la Horda a nuestras puertas hace días y sabes lo que ocurrió. – El elfo asintió observando el suelo y curioso de repente por saber más acerca de su misterioso cometido. Tipos de lenguaje Tipos de lenguaje

-          Aplastamos sus esperanzas y les demostramos el poder de la Plaga, por eso no nos volverán a molestar pasado un tiempo…

-          Los masacramos sí, pero no entiendo que desea de mi ahora. – A riesgo de ser castigado por interrumpirlo, Kijoter habló expresando su confusión.

             La batalla que se había librado hacía a apenas unos días en la Puerta de la Cólera, dónde todas las razas vivas habían desafiado a Rey Exánime y a su plaga, había terminado en completo desastre para la Horda y la Alianza. Los ejércitos del Rey de los Muertos los masacraron sin piedad, matando indiscriminadamente a todos los soldados que caían en sus garras, o al menos hasta que entraron los Renegados en combate…

              Decir que fue una victoria plena para la Plaga era mentira, pero su rey no parecía tolerar pensar otra cosa. Hacía mitad de la batalla, justo cuando las esperanzas de los humanos y demás razas eran pisoteadas, hicieron acto  de presencia los no-muertos de Sylvanas Brisaveloz, diseminado un extraño compuesto verde que se propagó por el aire llevándose por delante tanto a los vivos como a los muertos. El Rey Exánime, Kijoter  y algunos de sus hermanos oscuros escaparon a duras penas,  pero hubo otros que no tuvieron tanta suerte, como el veterano de Orbaz Malasangre y el Alto Señor Bolvar Fordragón de la Alianza.  El elfo los vio caer desde los altos muros de Corona de Hielo y también a otros muchos ahogados y descompuestos por la mortífera creación de los malditos renegados.  Casi sintió pena por la muerte de Orbaz, había sido su instructor y torturador en alguna ocasión, pero era su hermano en la muerte. En silencio, mientras contemplaba desde lo alto los cadáveres de sus hermanos, juró que vengaría todas sus muertes.

-          La sucia pero eficaz jugada de los renegados trajo muchas muertes no deseadas en nuestras filas, pero también en las de nuestros enemigos.  Sylvanas ha hecho una maniobra estúpida al matar a los suyos,  le costará su autoridad en la Horda y eso nos beneficiará a nosotros...  – Arthas hizo una pausa, volvió a crujir los nudillos y cambió de tema. – Ordené a Darion que recogiera los cadáveres y ahora están siendo evaluados para ascender como mis campeones.

-          Se refiere a que…

-          Algunos podrán llegar a ser como tú y tus hermanos, Kijoter, Caballeros de la Muerte. Pero claro está, solo los que den la talla a mis ojos.

            Kijoter no se sorprendió demasiado. Su rey hacía lo mismo después de cada batalla, alimentaba con  las almas de los asesinados a la temida Agonía de Escarcha, recogía los cuerpos tal cual estuvieran de la arena de combate y ordenaba a otros Caballeros de la Muerte que probaran a sus nuevas creaciones para ver si eran aptos para concederles el don de la inmortalidad.

-          Por desgracia, esta vez solo hemos encontrado uno con esperanzas entre los débiles y cobardes que hemos rescatado. – La voz del rey cambió de matiz otra vez mientras hablaba de este sujeto. A Kijoter le parecía que tenía el mismo tono orgulloso que utilizaba con Marwyn y Falric. Inconscientemente comenzó a odiar a esa nueva adquisición que tan buena le parecía a su maestro. – Tiene mucho potencial pero parece que está arraigada a la vida y no quiere escuchar nada más.

-          ¿Por qué simplemente no lo deja morir? – Kijoter se encogió ante la mirada que le echó el rey. Intentó arreglarlo apresuradamente, pues no quería enfadarlo por nada del mundo. – Si es insubordinado, traerá problemas, solo digo eso, mi rey.

-          No los causará, porque tú serás quién le haga olvidar la vida y la instruya.

              Kijoter se quedó estático al oír la orden de su rey. ¿Él se encargaría de adiestrar a novatos? ¿Aquello iba en serio? ¿El favorito del rey iba a enseñar a un estúpido novato que probablemente muriera en días? Eso  no era lo que quería. Kijoter ansiaba masacrar elfos, maldita sea. Moría por salir fuera de Corona de Hielo y arrasar los campamentos de los vivos. ¿Por qué le privaba de ese simple placer?

               En seguida perdió su autocontrol y alzó la vista como nunca había hecho para negarse directamente  a los ojos de su maestro. Él le estaba observando con calma, esperando a que se doblegase y aceptara sin contemplaciones la tarea. Kijoter apretó los puños y se atrevió a trabar la mirada con aquel ser que lo era todo para él. Sus ojos brillaban intensamente con una tonalidad azul y penetraban en la oscuridad que prácticamente reinaba en la sala. Le aguijonearon todo el cuerpo y Kijoter sintió dolor y terror con solo mirarlo. El arrepentimiento llamó a su puerta. Soltó todo el aire que curiosamente había estado conteniendo en un prolongado jadeo y bajó la vista tembloroso. Diablos, estaba hecho un manojo de nervios. El miedo que había sentido al contemplar esos ojos de hielo sin permiso, le había mostrado el mismísimo abismo.

-          Tú también eres insubordinado, Kijoter. Pero confío en que superarás esta estúpida etapa junto con ella. – Hizo una pausa y prosiguió levantándose de su cómodo asiento. – Mi futura campeona.

             No tuvo falta pronunciar ninguna orden, las puertas contiguas al Trono de las Sombras se abrieron con un estrépito y por ellas aparecieron Darion Mograine, el Alto Señor de la Plaga, uno de los Caballeros de la Muerte más cercanos al Rey Exánime y una chica, una… elfa de sangre.

             Los ojos de Kijoter no podían estar más abiertos tras su gruesa capucha. Su suerte no podía ser peor. Encima de rebajarse a instruir a un jodido novato, tenía que cargar con una elfa de sangre y por encima, una mujer. Esto sin duda era una prueba del retorcido sentido del humor de su maestro…

           Darion tenía cogida por el antebrazo a la chica, quién alzaba la barbilla desafiante y escrutaba todo el lugar son sus grandes ojos violetas. No parecía nada asustada, ni mucho menos intimidada por estar frente al Señor de los Muertos. Todos los iniciados se encogían en sí mismos, incluso Kijoter, cuando estaban por primera vez ante el Rey Exánime. Kijoter pensó que ya lo haría con el tiempo, si es que sobrevivía…

-          Justo a tiempo Darion. – El Rey Exánime bajó unos cuantos escalones de hielo y se acercó a ellos. La elfa pareció entonces sobresaltarse a causa de la cercanía del maestro y  se giró bruscamente para verlo.  Abrió los ojos como platos al percibirlo  su lado y se intentó alejar arañando la mano enguantada de Darion para soltarse. – Tanta energía… la vida aún se aferra a ella.

-          Cuando pase una semana con Zurai, nada excepto la muerte podrá estar cerca suya, mi señor.

-          Es cierto lo que dices, pero Zurai no se ocupará de la elfa, si no que lo hará Kijoter. – Arthas daba vueltas alrededor de su nueva adquisición evaluándola con la mirada tras su poderoso yelmo. Darion abrió la boca para replicar sorprendido, pero solo observó al Caballero de la Muerte con expresión neutra. – Pueden aprender muchas cosas juntos. Él sabrá doblegarla. ¿Verdad?

           Kijoter observó por segunda vez a la elfa, tratando de mantener la cabeza fría para servir bien  su maestro, pero por alguna razón, le resultó imposible hacerlo. La mirada de la chica se cruzó entonces con la suya y aspiró violentamente. Diablos, esos ojos tan intensos  le recordaron a los de su rey… Frunció el ceño y apartando ese pensamiento recorrió su cabello blanco, probablemente de otro color en vida ya que el abrazo de la muerte  arrasa con todo lo vivo en uno mismo, un ejemplo claro era el antaño dorado cabello de Kijoter que ahora era más oscuro que la sangre de un vrykul. Al escrutar su pálida piel, los dedos de Kijoter temblaron sobre la empuñadura de su hojarruna y se descubrió a si mismo queriendo tocarla, sentirla contra su propia piel. Algo le decía que al hacer eso le recordaría como era la vida…

      Espantado ante esos extraños y completamente inapropiados pensamientos retiró la mirada y se aclaró la garganta. Arthas le estaba mirando fijamente y sabía que intuía que algo le pasaba. Darion también tenía su habitual mirada perspicaz puesta en el elfo. Diablos, tenía que aprender a controlarse mejor.  Gruñó molesto y avanzó hacia la elfa. Con movimientos bruscos le alzó la barbilla y ella le siseó en silencio.

-          A partir de ahora conocerás el verdadero abrazo de la muerte, Caballero de la Muerte. Sentirás sus fríos brazos rodeándote y te entregarás gustosamente a ellos sin vacilar. – Kijoter hablaba mirando fijamente sus ojos luminosos, mientras ella fruncía el ceño confusa ante sus palabras. – Servirás al Rey Exánime en todo lo que te ordene y te sacrificarás por  él, ¿entendido? Ya no interactuarás con nadie de los vivos, solo vivirás para empuñar tu futura hojarruna en sus cuerpos sangrientos. – Kijoter hizo una pausa para coger aire y seguir su discurso, que esperaba complaciera a su rey. – A partir de ahora eres uno de los nuestros, hermana. Bienvenida al más delicioso de los infiernos.

            Darion le miraba sorprendido sin pronunciar palabra. Estaba claro que no le creía capaz de afrontar y aceptar la situación. Pero a Kijoter no le preocupaba lo que pensara Mograine, tan solo buscaba la aprobación de su maestro, que en estos momentos estaba en silencio, observándolo críticamente.

-          Parece ser que por fin has aceptado tu cometido, Kijoter.  – Arthas caminó hacia el centro de la estancia y recogió a la Agonía de Escarcha que había contemplado la escena flotando desde allí arriba. El Rey Exánime acarició su hoja con el gesto más dulce que Kijoter le había visto realizar, y se volvío hacia ellos de nuevo. -  Me alegra no tener que matarte aún.

               El Caballero de la Muerte tragó saliva aliviado. Había actuado bien esta vez y no había defraudado de momento a su señor. Podría disfrutar de su no-vida algún tiempo más. El Rey Exánime se detuvo frente a la elfa, quién se estremeció lentamente, advirtió Kijoter. Parecía ser que su presencia ya la afectaba, pero no demasiado, porque le seguía aguantando la mirada sin remordimientos.

-          Zaphyrice, La Sombra Carmesí, La Asesina del Cielo; - Ella no se sorprendió al oír su nombre de los labios del rey, le siguió observando cautelosamente. Inconscientemente  Kijoter admiró  su valentía al estar frente a un ser tan poderoso como su maestro y no mostrar ni un ápice de miedo. – Tantos títulos para una mortal, pero al final solo uno te describirá tal y como serás; Zaphyrice, La Campeona de la Plaga.

            La elfa de sangre no dijo nada, tan solo apartó la mirada bruscamente y soportó con valentía como el Rey Exánime la observaba. Kijoter frunció el ceño al advertir que la mirada de su maestro de detenía más de lo necesario en ella. ¿Le estaría hablando mentalmente? No podía creerlo, su maestro nunca se dignaba a hacerlo con los inicados, solo y exclusivamente lo hacía con unos pocos elegidos como Kijoter. Qué esa recién llegada hubiera captado la atención de su rey tan fácilmente, le ponía enfermo. Seguro que se convertiría en alguien tan lamentable y estúpido como Marwyn y Falric. Su lista de gente a la que cargarse se estaba ampliando considerablemente y para colmo, su hojarruna le recordó que necesitaba sangre de inmediato.

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