La Noche de Bodas by jaja_chan

 

 

 

La Noche de Bodas by jaja_chan
Summary:

El día de su boda, Sakura y Sasuke se habían separado. La ruptura alcanzó los titulares de los periódicos, pero nadie sabía por qué no se había consumado su matrimonio.


Sakura se había jurado que nada la convencería de compartir la cama de Sasuke, pero sabía que su hermano le debía una fuerte cantidad de dinero... Sasuke le propuso un trato: se olvidaría de la deuda si Sakura consentía en irse a vivir con él.


Entonces, Sakura se encontró con un nuevo dilema: era la ex mujer de Sasuke y su amante... y pronto sería la madre de su hijo.

 


 


Es la adaptacion de un libro del mismo nombre de Lynne Graham.


 


Categories: LITERATURA Characters: Ninguno
Generos: Drama, Romance
Advertencias: Lemon
Challenges:
Series: Ninguno
Chapters: 23 Completed:Word count: 43826 Read: 5736 Published: 18/12/2012 Updated: 13/01/2013
Summary:

El día de su boda, Sakura y Sasuke se habían separado. La ruptura alcanzó los titulares de los periódicos, pero nadie sabía por qué no se había consumado su matrimonio.


Sakura se había jurado que nada la convencería de compartir la cama de Sasuke, pero sabía que su hermano le debía una fuerte cantidad de dinero... Sasuke le propuso un trato: se olvidaría de la deuda si Sakura consentía en irse a vivir con él.


Entonces, Sakura se encontró con un nuevo dilema: era la ex mujer de Sasuke y su amante... y pronto sería la madre de su hijo.


 


Es la adaptacion de un libro del mismo nombre de Lynne Graham.


 


Categories: LITERATURA Characters: Ninguno
Generos: Drama, Romance
Advertencias: Lemon
Challenges:
Series: Ninguno
Chapters: 23 Completed:Word count: 43826 Read: 5736 Published: 18/12/2012 Updated: 13/01/2013
Story Notes:

Lo siento la borre por error, pero ya esta aqui toda completa... Y acorregi los errores que habia con el cap 1...Lastima perder las 564 lectura que tenia  :(

Story Notes:

Lo siento la borre por error, pero ya esta aqui toda completa... Y acorregi los errores que habia con el cap 1...Lastima perder las 564 lectura que tenia  :(

Capítulo 1 by jaja_chan
Author's Notes:

Lo siento la borre por error, pero ya esta aqui toda completa...

Author's Notes:

Lo siento la borre por error, pero ya esta aqui toda completa...

Mientras la nieve se convertía en una cega­dora neblina blanca, los limpiaparabrisas se es­forzaban por mantener parte del cristal limpio. Por fin, la estrecha carretera serpenteante empezó a as­cender. Sakura cambió la marcha rogando por que las llantas se pegaran al suelo en la traicionera y deslizante carretera.

 

El empleado de la gasolinera la había advertido de que sería una locura internarse en la carretera del lago con aquella nevada, pero Sakura nunca había hecho mu­cho caso a los consejos de nadie. Y su obcecada resolu­ción de llegar hasta la aislada casa de Madara estaba bas­tante enraizada en la culpabilidad. Su prometido, Sasori, se había ofrecido a ir con ella como apoyo moral, pero ni así se había atrevido ella a enfrentarse a aquella prueba.

El pequeño coche se deslizó lentamente hacia atrás y Sakura apretó los dientes e intentó avanzar de nuevo. Ya casi había llegado. La casa se erigía en lo alto de la co­lina que daba al lago. Ya habían pasado más de cuatro años, pero todavía recordaba la brumosa vista de las tie­rras de pastos que rodeaban al lago. La expresión se le endureció y apretó los dedos alrededor del volante. También recordaba la forma servil en que había inten­tado seguir a Sasuke fuera de la habitación cuando lo ha­bían llamado. Madara la había retenido mirándola casi con lástima al ver su cara de ansiedad.

— No lo persigas, querida. Sólo pondrías alas en sus pies. No puede atrapar a un pájaro salvaje y meterlo en una jaula.... Sasuke no es un animal domesticado. Todo esto es nuevo para él. No le presiones.

Pero ella no le había escuchado. No había visto, no había sido capaz de concentrarse en nada salvo en su de­sesperada necesidad de estar cerca de Sasuke. Y cuanto más se alejaba Sasuke, más presionaba ella sin saber en­tonces, ni siquiera sospechar, que el corazón de Sasuke nunca podría ser suyo. Sakura llevaba ahora el anillo de otro hombre, pero el recuerdo todavía le atenazaba el estómago y le producía temblores en las piernas cansa­das haciendo que apretara de forma involuntaria el pie que tenía en el acelerador.

Se le escapó un grito de miedo cuando el coche se deslizó hacia un lado con violencia y después se salió de forma forzada de la carretera. El corazón se le desbocó hasta que por fin el coche se detuvo con los focos ilumi­nando una vasta extensión de agua oscura a pocos me­tros de distancia. Tragando con fuerza, intentó dar mar­cha atrás, pero los neumáticos giraron en el suelo resbaladizo y el coche se quedó donde estaba.

Por fin, se desabrochó el cinturón de seguridad y sa­lió al frío azote del viento. Subiría la colina a pie. ¡Dios bendito, podría haberse matado!

El coche podría haber seguido avanzando y el lago era muy profundo.
Agarró su bolso de mano temblando de forma con­vulsa mientras el viento le lanzaba nieve contra la cara y le lanzaba el pelo contra los ojos. Se levantó la capucha de su ligera cazadora y cerró el coche. Eran poco más de las ocho. El ama de llaves de Madara ni siquiera la esperaba y ahora Sakura tendría que pedirle una cama para pasar la noche.

«Estúpida, estúpida», se castigó a sí misma mientras empezaba a ascender por la colina. ¿Por qué había evi­tado acudir al funeral para después conducir todo el ca­mino hasta Lake District sólo para recoger la antigua va­sija que Gaara le había dejado y poner flores en su tumba? Su hermano, Naruto, se había quedado asom­brado cuando se había enterado de que no acudiría al fu­neral y lo que después le había confesado habla dejado a Sakura cargada de irracional culpabilidad.

 

—¿La oportunidad perfecta.., y no la aprovechas?~ la había condenado Naruto con incredulidad— . ¡Pero Sasuke estará allí! Podrías hablar con él entonces.

— No, Naruto... —había rogado su mujer, Hinata, con los ojos empañados en lágrimas-. Ese no es el problema de Sakura. Es nuestro.

—¿Te sentirás así cuando nuestros hijos no tengan un techo donde dormir? —había preguntado Naruto con el es­trés de tantos meses reflejado en su delgada cara juve­nil—. ¿Qué le costaría a Sakura ceder un poco? Yo lo ha­ría... pero ni siquiera me dejaría acercarme a él.

Ahora la nieve era más espesa y crujía bajo sus pies helados. Sin ganas de pensar en los problemas econó­micos de su hermano, Sakura se metió las manos conge­ladas en el bolsillo y empezó a subir la colina. La oscura silueta de la casa se recortaba justo donde desaparecía la carretera y se sintió débil de alivio al verla. No se veían luces. En una noche tan mala como aquella una anciana estaría caliente y metida en la cama sin duda.

El viento gélido traspasaba con crueldad su ropa poco adecuada para aquel tiempo cuando Sakura apretó el antiguo timbre de campana. Un par de interminables minutos después, llamó de nuevo y aún más aprisa por tercera y cuarta vez. El pánico se adueñó de ella cuando miró a las ventanas oscuras en busca de una acogedora luz de bienvenida.

Había supuesto que el ama de llave se quedaría en la casa al menos una semana más. Pero quizá ni siquiera viviera en la casa. Mientras se le ocurría esa posibilidad por primera vez, se hubiera abofeteado por haber ac­tuado por suposiciones. Podría congelarse y morir si intentaba pasar la noche en el coche. Ni siquiera había metido una manta de viaje. Cuando había salido de casa después de comer, brillaba un sol espléndido y no había prestado la mínima atención a las predicciones meteoro­lógicas.

Llevada por el pánico, Sakura dio la vuelta a la casa. Era evidente que no había nadie dentro. Buscó en el suelo cubierto de nieve hasta encontrar un bulto que pa­recía una piedra. Con los dedos casi entumecidos, se quitó la cazadora para envolverse el brazo con ella, aga­rró la piedra con fuerza y se acercó a la pequeña ventana al lado de la puerta trasera. Inspirando con fuerza, lanzó el brazo con toda su fuerza y golpeó el cristal. Dio un paso atrás, se sacudió los cristales rotos de la cazadora y se la puso de nuevo.

Metió la mano con cuidado y corrió el cerrojo. Plantó las manos heladas en el alféizar y se alzó con un gemido de esfuerzo. Un grito de dolor se le escapó cuando se le clavó un cristal en la rodilla. Pero incluso inmovilizada al reconocer con exasperación su propia estupidez, sin­tió que algo grande avanzaba hacia ella en la oscuridad de la cocina.

Cuando un par de fuertes manos la levantaron en el aire, gritó con tanta fuerza que le dolió la garganta. En­tonces notó que golpeaba el suelo de cara y se quedó sin aliento por el impacto agitando las manos de terror al sentir un peso sofocante en la espalda.
Unos dedos fuertes le apresaron los brazos y la solta­ron con la misma rapidez.

Un murmullo de insultos en italiano asaltó sus oídos al mismo tiempo que la rodilla que le inmovilizaba la espalda se apartaba y se encendía la luz fluorescente que había en el techo.

 

—Madre di Dio... ¡Podría haberte roto todos los hue­sos del cuerpo! —gruñó Sasuke con tono de condena.

Tan conmocionada que fue incapaz de responder, Sakura clavó sus enormes ojos verdes en la alta figura masculina como si fuera una aparición.

Con una maldición sorda, Sasuke se agachó y deslizó sus esbeltas manos morenas por sus brazos y piernas con delicadeza. Sus facciones, asombrosamente atracti­vas, se contrajeron al fijarse en la sangre a través de las mallas desgarradas. Terminó su examen antes de apar­tarse.

Sakura seguía sin poder moverse. Cerró los ojos lentamente con la intención de volver a abrirlos para com­probar si aún se encontraba allí, pero el roce impersonal de las manos de Sasuke todavía flotaba como un beso de fuego en su piel helada impidiéndole todo pensamiento racional. Habían pasado cuatro años desde la última vez que lo había visto, desde aquella aciaga noche en que se había ido de su lado para irse con su prima Karin. La parálisis cedió y empezó a temblar de forma incontrola­ble con una mezcla de conmoción y horror ante su apa­rición.

—¿A qué diablos estabas jugando? —Sasuke se inclinó y la levantó en brazos como si no pesara más que una pluma—. ¿Y qué estás haciendo aquí a estas horas de la noche?

Sakura se mordió la lengua sintiendo el sabor agri­dulce de la sangre en la boca seca. El dolor la ayudó a controlar el nudo que tenía en la garganta y el ácido pi­cor de los ojos. Pero no se parecía en nada al dolor que recordaba. Aquel había sido un dolor como el de un cu­chillo emponzoñado clavado con una cruel puñalada, que le había enseñado que lo peor estaba aún por llegar, que la mente humana podía sufrir tanta agonía como el cuerpo.

Sasuke la estaba posando en una silla y, distraída, pensó en el excéntrico desagrado que le había producido a Gaara cualquier tipo de comodidad. Sin calefacción central, las ventanas abiertas de par en par en invierno, y ni una sola pieza de mobiliario aparte de las impres­cindibles. Cuando había entrado en aquella casa por pri­mera vez como la prometida de Sasuke para que le pre­sentaran a su anciano tío abuelo, Madara, Sakura se había sentido como si hubiera retrocedido en el tiempo.

Escuchó un rasguido cuando Sasuke desgarró más la tela de la malla para echar un vistazo a su rodilla. Con un respingo, apretó la espalda contra el respaldo rígido y clavó la vista en la morena cabeza inclinada de Sasuke. La luz del techo producía en su pelo negro una iridis­cencia como de seda negra.

—Te haré daño cuando te saque el cristal —le informó él sin rodeos levantándose con fluidez para acercarse a la desnuda salita que comunicaba con la cocina.

Sakura miró al vacío haciendo un esfuerzo por recu­perar el control de nuevo. De su aristocrática madre in­glesa, Sasuke había heredado aquella profunda reserva, el innato pragmatismo y aquella glacial autodisciplina. Pero la otra rama de sus antepasados era ardientemente italiana.

Bajo el hielo ardía el fuego, pero ella nunca había en­cendido aquel fuego ni experimentado el ardor de sus llamas. Su corazón y su precioso cuerpo nunca habían ardido por ella como ella había ardido por él. Traición, rechazo y una insoportable humillación.., todo eso ha­bía sufrido en sus manos.

Sintió un fuerte temblor. Sasuke volvió con un cuenco con desinfectante y el agudo olor le revolvió el estómago. El cruzó la habitación dominándola con su tamaño y presencia, con movimientos armónicos. El si­lencio no parecía molestarle. Si su aparición podía ha­berle sorprendido, todavía no había dado señales de ello... y qué profundamente irónico era el hecho de no haber acudido al funeral de Madara para evitarlo y aca­bar en una situación mucho más íntima con él.

 

En un abrir y cerrar de ojos, Sasuke extrajo el cristal, limpió la sangre y le puso una tinta. Para un hombre que había realizado viajes por los sitios más peligrosos de la tierra, un corte en una rodilla debía de ser una insignifi­cancia. O la inesperada llegada de una ex mujer. Pero también era cierto que ella nunca había sido la mujer de Sasuke, no su mujer de verdad; al día siguiente de la boda, la había dejado en ridículo ante todos los medios de comunicación.

Cuando Sasuke se incorporó de nuevo, clavó en ella sus impasibles ojos negros enmarcados por unas pes­tañas de ébano.

—Pensé que eras un ladrón. Siento haberte dado un susto.., pero, ¿tienes que mirarme como si fuera una co­bra a punto de atacar?

Sakura bajó los párpados y se sonrojó. Oyó al fondo el tintineo del cristal y vio una copa de coñac delante de ella. Levantando una mano temblorosa, la alcanzó. El coñac dejo un rastro de fuego en su garganta. Conmo­cionada, todavía seguía conmocionada.

—¿Te das cuenta de que todavía no has pronunciado una sola palabra? —masculló Sasuke con controlada paciencia.

Sakura se humedeció los labios resecos con la punta de la lengua.

—Me has dejado casi sin aliento...

En cuanto las palabras salieron de sus labios, la piel le ardió de vergüenza y deseó que se la tragara la tierra.

Aquellas habían sido las palabras exactas que había usado cuando le habla confesado por primera vez lo mu­cho que lo amaba, desvelando lo que él nunca había des­velado incluso después de haberla pedido en matrimo­nio. Sasuke nunca decía mentiras, pero era un consumado maestro de la evasión.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? Estaba dormido, pero desde luego, el motor de un coche me habría des­pertado.

Sakura dio otro sorbo de coñac intentando aplacar sus nervios desatados.

—El coche resbaló en la carretera y subí la colina a pie. Pensé que el ama de llaves de Madara todavía esta­ría aquí.

—¿Estás de broma? Desde hace treinta y tantos años la señora Mac sube cada mañana en su vieja bicicleta. Madara no hubiera aguantado tener a nadie aquí. Era un fanático de su intimidad. Ella comía en la cocina y él aquí. Sólo hablaban cuando era imprescindible.

Era una respuesta más completa de la que ella había esperado. Captó el leve rastro de dolor en la profunda voz de Sasuke por el acento italiano que se acentuaba con las emociones, el único barómetro que ella había te­nido para saber lo que ocurría dentro de él. Sakura in­clinó la cabeza sabiendo que, aparte de Karin Kanato, la única otra persona en el mundo que había estado cerca de Sasuke había sido Madara.

—Llamé al timbre de la puerta.

—Lleva años sin funcionar.

—No vi ninguna luz...

—No había ninguna encendida. Supongo que habrás venido a recoger tu herencia en persona...

—Le dije al abogado que vendría antes, pero... pero me surgió un imprevisto.

 

Bajó la vista hacia la malla desgarrada y su rodilla al aire con aquella infantil tirita y se sintió tonta y torpe, como siempre se sentía en presencia de Sasuke y sin creer todavía que estaba allí con él. Y aún peor, tomando parte en una conversación trivial entre dos personas que se habían separado con la más violenta enemistad y que nunca se habían vuelto a ver.

—Me temo que has desperdiciado el viaje —dijo Sasuke con suavidad haciéndola levantar la cabeza—. La vasija no está aquí. Te la han enviado por correo.

Sakura se sonrojó de nuevo cargada de intensa inco­modidad por lo que implicaban sus palabras.

—Pareces una muerta resucitada. Te sugiero que te des un baño —murmuró Sasuke.

Sakura tomó la invitación como una vía de escape y se levantó al instante.

—Sí, estoy bastante mojada y helada. El cuarto de baño está arriba, ¿verdad?
—¿Sabes llegar tú sola? —preguntó él tras ella mientras encendía la luz del recibidor iluminando la estrecha escalera.

—Sí, gracias —murmuró ella antes de salir volando.

La primera a la izquierda al llegar a lo alto, recordó. También recordó aquel día, antes de casarse, en que se había escabullido escaleras abajo y se había quedado es­cuchando frente a la puerta del estudio de Madara. El an­ciano había suspirado y había dicho:

—Ella es tan dulce e inocente como un cachorro de labrador, Sasuke. Una chica de campo con el rubor toda­vía en las mejillas. Puedo entender la atracción, pero, ¿tiene la menor idea de en lo que se está metiendo y tú la paciencia de mantener el rumbo?

—No, si escucha detrás de las puertas como los sir­vientes —había murmurado Sasuke abriendo la puerta de par en par para sorprenderla con las mejillas sonrojadas y la mirada de culpabilidad— Contesta por ti misma, cara. ¿Tienes el valor de aceptarme?

Regresar al índiceCapítulo 2 by jaja_chan

Sasuke Uchiha pertenecía a una de las más impor­tantes dinastías financieras italianas. A los dieciocho años había heredado una cuantiosa fortuna. Se lo ima­ginó ahora abajo mientras se llenaba la bañera. Los ajus­tados vaqueros negros marcando sus larguísimas pier­nas, el jersey de color crema acentuando su piel olivácea y el lujurioso pelo negro resaltando sus magnéticos ojos oscuros.

¿Qué estaba haciendo en la pequeña casa desange­lada de Madara? Sasuke tenía sirvientes para hacérselo todo, media docena de lujosas residencias diseminadas por todo el globo y una vida aristocrática que le resul­taba tan natural como para otros respirar. Temblando, se quitó la ropa mojada y se sumergió en el agua caliente.

Quizá, si lo pidiera con mucha fe, Sasuke habría de­saparecido para cuando ella terminara de bañarse.

Cobardía... completa cobardía... Pero le producía te­rror exponer sus emociones a un hombre que ocultaba las suyas con tanto éxito. Tenía que ser educada y dis­tante pero lo que realmente deseaba era gritar: ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué te casaste conmigo para volver con ella?
Pero ya tenía miedo de saber la respuesta. Después.... cuando todo había pasado... sólo entonces había empe­zado a sospechar el verdadero significado de los suaves susurros que una vez había escuchado. La comprensión había llegado tarde, demasiado tarde para evitar todo el dolor que había padecido. La joven chica de pueblo ino­cente, ciega y confiada estaba enamorada hasta el alma.

 

Con una brusca llamada, la puerta del cuarto de baño se abrió y Sakura giró la cabeza horrorizada.

—Pensé que podía venirte bien algo caliente y seco para ponerte.

Con un gesto gracioso, Sasuke dejó un par de prendas dobladas en la silla de al lado de la puerta.

—¡Sal de aquí! —gritó Sakura horrorizada levantado los brazos para tapar sus redondos senos mientras se sumer­gía más en el agua sintiéndose gorda y fea y pensando en Karin con repentina angustia, esbelta como una gacela.

La puerta se cerró y Sakura salió apresurada del baño. Se secó y se miró en el pequeño espejo que había sobre el lavabo. El pelo revuelto del color de las hojas de los arboles le caía por los hombros enmarcando su cara en forma de corazón y sus ojos del color verde esmeralda. Era una chica del montón. Había tenido suerte de que Sasuke la reconociera. El día de su boda llevaba el pelo rubio y muy corto, como un chico. Intentando estar guapa para Sasuke con la turbadora presencia de Karin al fondo, había tomado medidas desesperadas y extrañas en ella.

Los pantalones de Sasuke y el jersey le estaban enor­mes. Después de atarse los vaqueros a la cintura, se dio varias vueltas a las perneras. El jersey verde le llegaba hasta las rodillas y tenía los zapatos tan empapados que no se los podía poner de ninguna manera. Parecía la re­fugiada de algún desastre natural.

Cuando bajó, la sala estaba vacía. Colgó la ropa mo­jada en el respaldo de una silla y puso los zapatos al lado del fuego. Desde el estudio de la puerta de al lado oyó el débil sonido de un cajón al cerrarse y se fue a la cocina. En la ventana rota ya había un cartón impidiendo que entrara el viento gélido. Prepararía un café. Eso era civi­lizado. No demostraría ni el dolor, ni el odio, ni la amar­gura. Imitaría la sublime indiferencia de él aunque le costara la vida.

Pero, ¿qué había de su hermano Naruto y del maldito crédito? Cuatro años atrás, poco después de su boda, Sasuke le había hecho a Naruto un préstamo. Su hermano había usado el dinero en convertir el pequeño inverna­dero de su abuelo en un moderno centro de jardinería, pero el año anterior había tenido pérdidas y no había po­dido pagar la cuota del préstamo. Los banqueros de Sasuke se habían negado a darle más tiempo para devol­ver aquellos pagos y ahora le amenazaban con embar­garle el negocio y la casa.

Hasta ese momento, Sakura se había negado a inter­ceder por su hermano ante Sasuke. Naruto se estaba aga­rrando a un clavo ardiendo en su inocente convicción de que su hermana podría hacer un milagro para salvarle a él y a su familia. Sakura no tenía deseos de despertar fal­sas esperanzas o, para ser sincera, de tirar por tierra su orgullo para nada, porque estaba segura de que Sasuke no prestaría oídos a nada que ella dijera. Sin embargo, encontrándose bajo el mismo techo que él, sabía que no podría volver a mirar a la cara a su hermano si no hacía al menos un intento de persuadir a Sasuke de que la es­cuchara.

Empujó la puerta del estudio. Sasuke estaba de pie mirando por la ventana con una expresión sombría Sakura hubiera deseado dejarle a solas. Su sensual boca se endureció y sus ojos se clavaron primero en la ban­deja con tazas de café que ella llevaba y después en su cara sonrojada.

 

—La respuesta es no —dijo con helada claridad.

—No sé de qué estás hablando.

Pero Sakura sintió con horror que sí lo sabía.

—Cuando mientes, te lo noto en los ojos. Solía pensar que era increíblemente dulce.

La cínica carcajada la hizo estremecerse y le tembla­ron ligeramente las manos mientras posaba la bandeja sobre la mesa victoriana que medio llenaba la habita­ción repleta ya de estanterías. Sakura se dio la vuelta para irse.

—Siéntate, Sakura —Sasuke dio la vuelta a la silla gira­toria con determinación y ella vaciló.

—Mira, yo...

—Siéntate- dijo de nuevo con una autoridad innata en su tono de voz.

Sakura se encogió de hombros.

—Bien.

Sasuke apoyó una de sus esbeltas caderas contra el borde de la mesa y bajó la vista hacia ella, demasiado cerca para su tranquilidad.

—¿Cómo averiguaste que estaba aquí?

Sakura parpadeó confusa.

—No tenía la más remota idea de que estuvieras aquí.

—¿Por qué has hecho un viaje de varios cientos de ki­lómetros para recoger una vasija cuando el abogado te había dicho que te la enviarían? —preguntó Sasuke con sequedad.

Sakura bajó la cabeza y contempló el enorme agujero de la alfombra.

—Quería dejar unas flores en su tumba.

El silencio se alargó.

—No te creo, Sakura. Tu hermano ha intentado repeti­das veces ponerse en contacto conmigo. Y ahora, a las tantas de la noche, apareces en el umbral de mi puerta.

—¡En el de la puerta de Madara! —la rabia y el dolor se mezclaron al notar por donde iban sus sospechas—. Si quieres saberlo, me negué a hablar contigo cuando Naruto me lo pidió porque sabía que no serviría de nada y no veía motivos para ponerme en ridículo sólo para que tú te divirtieras.

—Le puedes decir a tu hermano que ha tenido mucha suerte de que no le haya denunciado por fraude. Y, lo creas o no, esa generosidad se debe a nuestra antigua re­lación.
Sakura se levantó, tropezó contra el borde de la ban­deja y el café se derramó.

—¿Fraude? —repitió con incredulidad—. ¿De qué dia­blos estás acusando a Naruto?

Sasuke apartó la bandeja para dejarla a salvo a un lado. Bajó la vista hacia su cara enfadada y entrecerró los párpados.

—¿Sasuke?

Sakura alzó la mirada con debilidad hacia sus som­brías facciones. Tenía unos pómulos altos, una aristo­crática nariz y una boca jugosa y apasionada como el pecado. El corazón le dio un vuelco. Casi enferma de vergüenza ante su respuesta al magnetismo animal de él, bajó la cabeza de nuevo.

—Lo que estoy diciendo es que le hice un préstamo comercial en términos extremadamente generosos y no esperaba que se gastara los intereses en renovar y am­pliar su casa y en comprarse un Mercedes.

Sakura se quedó con la boca abierta y se sentó de nuevo despacio.

—Pero la casa es parte de la propiedad... y el Merce­des lo ha vendido hace un par de meses —murmuró con inseguridad—. ¿Es fraude usar el dinero de esa manera?

—Sí —confirmó él con frialdad—. Como empresario, Naruto no está cumpliendo su acuerdo y yo no tengo in­tención de perder más dinero.

Y si he decidido no de­mandarle, es para no atraer la atención de la prensa que tanto me desagrada.

 

Su frialdad inhumana la hizo temblar. Sakura se mor­dió la parte interior del labio invadida por una gran debilidad mientras retorcía el anillo de Sasori en el dedo como si fuera un talismán. Ella había creído sincera­mente que Naruto no había malgastado el dinero que evi­dentemente era parte del préstamo. Nadie le había con­tado aquel vergonzoso detalle.

—Supongo que debió dejarse tentar... con todo ese di­nero —susurró con un poco más de fuerza—. ¿Sasuke?

—No me avergüences, Sakura. No tengo tiempo para nadie que intente engañarme. Naruto usó ese préstamo como si fuera su cuenta corriente y ha seguido dejando deudas por todas partes. Si los problemas le hubieran surgido por otra causa, yo hubiera renegociado el prés­tamo, pero sólo un tonto tira su dinero y yo no soy nin­gún tonto.

Después de asimilar su tono de absoluta resolución, a Sakura no le hubiera sorprendido descubrir que Sasuke pasara por encima de ella como si fuera un felpudo. Ella se sentía como si lo fuera. Una intensa mortificación la embargaba y su distanciamiento era horriblemente hu­millante. Era como si para él nunca hubieran tenido una relación.

Sasuke había comprendido su error antes de que la tinta del contrato matrimonial estuviera siquiera seca. Desesperada por devolver el daño de la forma que fuera, Sakura había intentado alegar adulterio para el divorcio, pero había recibido una orden de anulación porque el matrimonio no había sido consumado. La prensa amari­lla se había regodeado en aquella escabrosa revelación y los abogados de él la habían aplastado y habían des­truido por completo su autoestima: «Sasuke repudia a la novia frígida», habían sido los humillantes titulares.

—¿Cuándo te has prometido? —preguntó Sasuke con increíble brusquedad.

Como si estuviera en un sueño, Sakura bajó la vista hacia el pequeño solitario tan nuevo que todavía no se había acostumbrado. Había pertenecido a la madre de Sasori.

—Mira a ver si te gusta llevarlo —había sugerido Sasori con timidez.

Ni la pasión ni el romance habían tenido nada que ver en su amistad. Pero en ese momento, y de forma in­soportable, estaba recordando el otro caro anillo de compromiso de esmeraldas que Sasuke le había regalado y los sentimientos que había despertado en ella enton­ces... su salvaje excitación, el júbilo y la bendita oleada del amor. El estómago se le encogió ante el recuerdo y se levantó.

—¿Dónde voy a dormir? —preguntó sin rodeos.

—La puerta de enfrente al subir las escaleras —respon­dió Sasuke con una voz tan suave como la seda.

Sakura llegó hasta la puerta.

—¿Quién es tu prometido?

Ella no volvió la cabeza.

—Lo viste una vez, pero no creo que te acuerdes de él. Se llama Akasuna no Sasori.

—¿El coadjutor de tu padre? —preguntó Sasuke con incredulidad.

—Lo conozco desde hace mucho tiempo y es una per­sona muy especial —se defendió con resentimiento Sakura—. Buenas noches, Sasuke. Solucionaré lo del co­che a primera hora de la mañana. No está averiado, pero necesitaré una grúa.

—Dios bendito. ¿Piensas casarte con un hombre al que llamabas Pato Donald?

Sakura cerró la puerta tan fuertemente que el portazo resonó.

Sasori... No estaba en casa cuando había intentado llamarlo por teléfono antes. Debería llamarlo para de­cirle dónde se encontraba. Echó un vistazo a su alrede­dor en el recibidor. No recordaba haber visto nunca un teléfono. Miró en la sala y volvió con desgana al estu­dio. Resistió la tentación de llamar y abrió directamente la puerta.

 

Sasuke se volvió con los ojos brillantes como carbo­nes ardientes y una expresión como si le hubieran dado un puñetazo.

—Dios mío, ¿qué quieres ahora?

Sakura se quedo helada ante su repentina rudeza.

—Estaba buscando un teléfono.

—Madara los desconectó cuando lo ingresaron en el hospital.

—¿Podría usar tu móvil?

Sasuke exhaló el aliento casi como un silbido.

—¿A quién tienes que llamar?

—A Sasori.

La mano de Sasuke se detuvo a medio camino de la mesa donde descansaba el móvil y, entonces, con una suave y heladora carcajada, se lo puso con descuido en las manos.

—Cuando quieras —dijo con la cara totalmente inexpresiva. Salió de la habitación.

Sasori contestó después de sonar unas diez veces. Sakura le contó lo que pasaba y dónde estaba y él sólo emitió sonidos afirmativos.

—¡Sasuke está aquí también! —explotó con innecesaria fuerza.

—Me alegro de que no estés allí sola con este tempo­ral —admitió Sasori después de una breve pausa para pensarlo—. ¡Supongo que a un hombre que ha escalado el Everest no le detendrá un poco de nieve en su puerta! Así te podrá ayudar con el coche.

Sakura apretó los dientes.

—De alguna manera, no me imagino a Sasuke empu­jándome el coche, Sasori. ¿No crees que estás siendo un poco insensible?

La tensión asomó a su voz.

—Me gustaría que no me hubieras hecho esa pre­gunta, Sakura. Y también desearía que no estuvieras tan disgustada —Sasori suspiró—. Es una reacción exage­rada después de tanto tiempo. Deberías ocuparte de arreglar tus diferencias con él. Cutscenes

—¿Arreglar mis diferencias? —repitió Sakura aluci­nada.

—Sería infinitamente más inteligente que continuar enfadada —la aconsejó Sasori con su infinito candor—. Deja el pasado donde pertenece, Sakura. Te sentirás mu­cho mejor si lo haces y si hicieras un esfuerzo especial por perdonar a Sasuke...

Sakura se llevó la mano a la boca sin atreverse a ha­blar.

—Supongo que la idea te horrorizará, pero sincera­mente creo que un acto de perdón resolvería el problema —continuó Sasori con determinación—. Da un paso más, Sakura y te dará la paz mental que necesitas.

Por primera vez, Sasori la había decepcionado. ¡No comprendía el tormento que estaba sufriendo! Verse en­frentada a Sasuke de nuevo, ser tratada con su inhumana indiferencia la estaba desgarrando. Habría podido so­portar la rabia, el desprecio y la hostilidad con más faci­lidad, pero aquella falta de respuesta daba la impresión de que ella sólo había sido un molesto estornudo en su vida, un error rápidamente olvidado después de haberle roto el corazón. Se sentía estúpida, obsesionada con un hombre que la había abandonado con un deseo contra el que todavía luchaba todos los días con todo su aliento.

En su rápida salida del estudio, casi tropezó contra Sasuke.

—¡Toma! —exclamó lanzándole el teléfono móvil con un gesto febril de rechazo antes de subir las escaleras de dos en dos con los ojos cargados de lágrimas de rabia y odio hacia sí misma.

 

Regresar al índiceCapítulo 3 by jaja_chan

En una tempestad de tormentosas emociones, Sakura encendió la lámpara de la mesilla al lado de la enorme cama victoriana. El cabecero de ca­oba labrada llegaba casi hasta el techo y sospechaba que tenía más de un colchón.


Un pequeño fuego ardía en la chimenea de la pared de enfrente. ¡Qué amable por parte de Sasuke dejarle la habitación que pensaba ocupar él mismo! ¡Que conside­ración tan repentina!


Agarrando la bolsa con mano temblorosa, la dejó en­cima de la cama. ¿Perdonarle? Se quitó los pantalones y tiró del jersey hacia arriba y entonces, penosamente, se lo llevó a la cara para olerlo. El leve aroma de él la en­volvió como una peligrosa droga adictiva. Se odió a sí misma por ello y lo odió a él por ejercer aquel poder evocador sobre ella después de tanto tiempo. Tiró el jer­sey a un lado horriblemente avergonzada de su falta de control. Naturalmente, a Sasori no le preocupaba que estuviera allí sola con aquel hombre. Sasuke podría te­ner una peligrosa reputación con las mujeres, pero Sasori, y de hecho todo el mundo, sabía que la única mu­jer de la que Sasuke había mantenido las manos apartadas era ella. Incluso cuando habían estado prometidos, nunca había intentado seducirla.


Profundamente humillada, Sakura se metió desnuda en la gran cama y se sumergió en lo que parecían capas y capas de plumas. ¡Pensar que en aquella época había es­tado ingenuamente agradecida por lo que había creído una muestra de respeto por parte de Sasuke! Pero simplemente él no la había deseado lo suficiente. Y también era posible, aunque se retorcía ante la sospecha, que hubiera tenido otra forma de satisfacer sus necesidades sexuales.


Oyó unos pasos ligeros en el piso de abajo, el suave crujido de la puerta del baño y enterro la cabeza en la al­mohada. La tentación la asaltó y se resistió. Sasori te­nía razón. ¿Cómo podía avanzar si no podía superar aquella vergonzosa fascinación por un hombre que le había dado el corazón a otra mujer hacía tanto tiempo? Y aquella mujer podía no ser su mujer o ni siquiera su amante, pero seguía reteniendo a Sasuke con más segu­ridad que los barrotes de una prisión.


Sakura retrocedió con un grito cuando sintió que tira­ban hacia un lado de la ropa de cama con la que se había tapado. La lamparilla volvió a encenderse y quedó momentáneamente cegada por la luz.


—¿Qué diablos...?


Sasuke estaba reclinado contra los almohadones como un tigre indolente a su lado. El suave brillo de la lámpara iluminaba sus poderosos músculos pectorales y el vello de su torso.


Sintió una contracción en la parte baja del vientre y de repente se sintió paralizada de incredulidad.


—Esta es la única cama de toda la casa —le informó Sasuke con suavidad.


—No... no puede ser —susurro Sakura con debilidad.


—Madara tenía horror a que los visitantes pudieran quedarse a pasar la noche y la otra habitación no tiene siquiera una silla —dijo Sasuke estirando las largas pier­nas—. Y abajo sólo hay sillas de madera. En una noche tan fría como ésta, no estoy preparado para pasar toda la noche sentado esperando a que amanezca.

 


Sakura tiró de la sábana y se tapé hasta los hombros.


—¡Vas a compartir esta cama conmigo!


El enarcó una ceja.


—¿Por qué será que estoy experimentando un fuerte sentido de haber vivido esto ya?


Irritada por su comentario, Sakura empezó a sonro­jarse al comprender.


—Sí... la noche de bodas que nunca tuvimos —prosi­guió Sasuke con el mismo tono vacío de emociones—. To­das aquellas semanas y semanas de anticipación y enton­ces... Nada. Fue algo así como un anticlímax, querida.


A Sakura le dio un vuelco el corazón. Recordó aque­lla noche en un relampagueo involuntario, su fría y si­lenciosa furia cuando ella intentó encerrarse en la habi­tación, la rabia histérica de ella y sus lágrimas. Con un brusco movimiento defensivo, desvio la cara intentando apartar con fiereza aquel recuerdo de su mente.


—Si te das la vuelta, me levantaré para vestirme de nuevo. A mí no me importa pasar la noche en una silla— dijo con rigidez esperando avergonzarlo para que lo hi­ciera él.


—¿Que me dé la vuelta? —repitió Sasuke con incredu­lidad—. Sakura, ¿tienes quince años o veinticuatro?


Al sonrojarse de nuevo maldijo su piel tan blanca y apretó los dientes.


—No llevo nada puesto.


—Ni yo tampoco, pero no soy tan orgulloso como para imaginar que un vistazo a mi piel desnuda te incite a una lascivia insaciable.


—¡No te rías de mí!


—Dio, cara... —murmuró Sasuke como un tigre indo­lente echado al sol


—¿Tienes miedo de que no pueda controlarme a la vista de un cuerpo femenino des­nudo?


—Por supuesto que no, pero...


—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?


Sakura apretó la ropa de la cama.


—No podemos dormir en la misma cama. No estaría bien.


—¿Y quién lo va a saber?


—¡Yo lo sabría! Ese no es el asunto. El asunto es que...


—Que tienes más miedo que una pequeña puritana. ¿Qué crees que voy a hacer? ¿Abalanzarme sobre ti en cuanto se apaguen las luces?


Enferma de mortificación, Sakura aparto la mirada de sus ojos, que brillaban como el oro puro.


—No.


—O quizá sea que no te fías de ti misma. ¿No seré yo el que corro peligro? —preguntó Sasuke aún con más se­quedad.


—No seas ridículo.


Sakura se encontró sumergiéndose más en la cama poco a poco hasta reposar la cabeza en la almohada de nuevo. De repente, el embozo a su lado se corrió hacia adelante. Por el rabillo del ojo, capto su larga espalda dorada al salir de la cama. La puerta se abrió y Sakura giró de medio lado agradecida de que se fuera, pero al instante sintió una desesperada decepción.


Cerró los ojos con fuerza, aterrada al notar que ya no tenía ningún control sobre sus emociones.


Una prenda aterrizó sobre su pecho.


—¿Qué?


—Una camiseta, querida.., y yo también me pondré algo encima —explicó Sasuke con un mortificante tono irónico.


Era un inesperado compromiso y Sakura sabía que no debía aceptarlo. Pero la perspectiva de quedarse morada de frío en aquella habitación gélida de abajo era poco tentadora. Metió la prenda bajo las sábanas y se retorció para ponérsela por la cabeza y estirarla sobre las cadeza. La cama se hundió bajo el peso de Sasuke cuando se echó de nuevo. Sakura permaneció rígida como una co­lumna de mármol sabiendo que cada átomo de sentido común que le quedaba la apremiaba a que saliera de allí corriendo, pero sin mover un dedo ahora que estaba de­centemente cubierta.

 


Una puritana. Bueno, quizá lo fuera. La acusación le dolía, pero sinceramente no podía negarla.


Sakura no recordaba a su padre. Había muerto cuando ella era un bebé y su madre se había casado con el reve­rendo Kakashi Hatake dos años más tarde. Su padrastro había sido muy estricto. Sakura se había criado en un ho­gar muy reprimido donde la vista de la piel desnuda se tomaba como una indecencia y donde cualquier referen­cia a la intimidad física entre un hombre y una mujer se ligaba a la procreación.


Sasuke carecía de tales inhibiciones, pero a él no le había enseñado los hechos de la vida una madre a la que todo le parecía impúdico. Ni le habían dicho que la obligación de una mujer era aguantarlo aunque no le gustara. Y cuando Sakura había contado con todo su candor que se sentía en la gloria en los brazos de Sasuke, su madre la había mirado con disgusto como di­ciendo que no había nada glorioso en el último acto de intimidad.


Incómoda con el derrotero sexual de sus pensamien­tos, se dio la vuelta intentando con esfuerzo no sentir el calor que emanaba del cuerpo masculino tendido a su lado. Era como una prueba, se dijo a sí misma. Una prueba de si había madurado algo desde aquella anula­ción. En otro tiempo, Sasuke parecía haber sido la res­puesta a todos sus sueños juveniles y ella se había com­portado como una adolescente embelesada hasta que había llegado el dolor y la humillación y había tenido que despertar a la cruda realidad.


Y sin embargo, nunca había conseguido olvidarlo. Los recuerdos la acosaban.., él la acosaba. La sensación de amarga pérdida todavía la acompañaba. Y sin em­bargo, ¿qué había perdido en realidad? Entonces, ¿cómo podía seguir atrayéndola? Su aspecto tenía mucho que ver con ello, se dijo a sí misma con creciente desespera­ción. Era increíblemente duro ser indiferente ante un hombre atractivo como un pecado al que había amado con toda su pasión.


Sasuke se removió y ella se puso tensa.


—Sólo estamos tú y yo y el temporal fuera —murmuro él casi con deleite.


Sakura suponía que estaba disfrutando del pequeño desafío que le había proporcionado el mal tiempo. Y aún le hubiera gustado más estar allí fuera. Madara le había contado una vez que él necesitaba enfrentarse a las du­ras condiciones físicas del medio ambiente porque sólo allí encontraba el genuino desafío.


Así que Sasuke se había lanzado a hacer submari­nismo en aguas plagadas de tiburones o había viajado hasta lo más profundo de las selvas de Indonesia en ex­ploraciones científicas disfrutando de los descubrimien­tos desde muy temprana edad. Pero eso era lo que hacia para divertirse, un leve alivio del reto aún más duro de mantener a la empresa Uchiha Investments Inc. en lo más alto. Por eso, ahora que lo pensaba, era extraordi­nario encontrarlo en las profundidades invernales de Lake District aparentemente sin hacer nada.

 


—¿Qué has venido tú a hacer aquí? —susurró de re­pente.


—Madara me ha dejado la correspondencia familiar de medio siglo para que la clasifique y quería ver la casa por última vez antes de venderla.


Sakura enterró la mejilla en la almohada deseando no haber empezado la conversación y poder dormirse.


—Y ahora, por tu propio bien, me alegro mucho de haberlo hecho.


—¿Por mi bien? —preguntó ella sin saber si había oído bien.


—Estás cometiendo un gran error con Sasori.


Desconcertada y enfadada por aquella afirmación fría y medida, Sakura se quedó inmóvil mirando al techo con tensión.


—Tú no lo conoces y no es asunto tu...


—Él completará el trabajo que empezó tu padrastro. Estarás horneando bizcochos y sonriendo cuando lo que sentirás será ganas de gritar para el resto de tus días...eso si no acabas derrumbándote bajo la presión de vivir una mentira porque no estás enamorada de él.

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Sakura inspiró con fuerza.

—¿Y cómo diablos lo sabes tú?

—¿Y quién podría saberlo mejor? —masculló Sasuke con indignante frialdad—. En otro tiempo estuviste loca por mí. Todo pasión, celos y posesión... como un cartu­cho de dinamita esperando por una cerilla bajo ese falso aspecto calmado que mantienes. Una mezcla peligrosa­mente volátil pero con una considerable promesa de ex­citación, solía pensar yo.

—¿Cómo te atreves a hablarme así?

La voz le tembló de censura e incredulidad mientras se incorporaba sobre un codo.

—Cuidado —la advirtió Sasuke con pereza entrece­rrando los ojos brillantes ante su cara sonrojada de furia antes de posar la vista en el cuello de la camiseta que se le había resbalado por el hombro—.

Estás enseñando algo de piel desnuda.

Sakura se alzó el cuello de un rápido movimiento y se incorporé de nuevo.

—Me gusta mucho Sasori.

—Hace falta más que eso para mantener un matrimo­nio. Sin embargo, estoy seguro de que tu padrastro lo aprobará. Estará en su elemento con un yerno al que pueda manipular y dirigir.

—Sólo porque tú no le cayeras bien..,

—Sasori es demasiado viejo para ti y no puede tener ni la más remota idea de lo que tú necesitas.

—Deja de hablar de mí como si fuera una estúpida—Sakura lo miró con rabia apretando los puños—. Yo con­fío en Sasori. ¡Lo conozco! Y él nunca me decepcio­nará ni me engañará.

—¿Y yo sí lo hice? ¿Es eso lo que crees?

Sakura se paralizó como si la hubiera golpeado. El si­lencio pesaba.

Era como estar atrapada en un oscuro tú­nel escuchando el amenazador rugido de un tren acercándose. Al tropezar con la mirada oscura de Sasuke, el estómago se le encogió y bajó los párpados. De alguna manera, se habían metido en un terreno muy peligroso. Debilitada ahora y petrificada por el remolino emocio­nal, empezó a echarse de nuevo.

—Estoy cansada... Voy a dormirme.

—¿Crees que voy a decirte buenas noches y bonitos sueños? —Sasuke se deslizó acortando el espacio entre ellos de un rápido movimiento

 

—Escúchate a ti misma. Estás hablando como una niña bien educada deseando las buenas noches a sus padres.

—Sasuke... esta estúpida conversación ya ha ido de­masiado lejos.
Sasuke la miró con una sonrisa y deslizó un dedo ha­cia su brillante melena derramada por la almohada.

—Pero si yo todavía no he empezado, querida.

Sakura parpadeó con completo asombro. Aquella de­vastadora sonrisa que le había encogido el corazón, tan rara y tan preciosa en otro tiempo, los dedos jugando con su pelo... Se le borraron todos los pensamientos ra­cionales.

—¿Empezar qué?

—Si te has olvidado de lo que había entre nosotros, necesitas que alguien te lo recuerde —murmuro Sasuke con suavidad mientras bajaba su arrogante cabeza mo­rena.

Sakura frunció el ceño confusa y clavo los ojos en él con inseguridad.

Tenía unos ojos espectaculares, oscu­ros con reflejos dorados, enmarcados por aquellas espe­sas pestañas y con una intensidad que la tenían atrapada. No podía creer que fuera a besarla, porque, ¿para qué iba a hacer tal cosa? Y entonces lo hizo. Aquella boca sensual se pegó contra la de ella como en un sueño, así que cuando tomó sus suaves labios entreabiertos y des­lizó con erotismo la punta de la lengua, Sakura se quedó sin defensas ante la devastadora carga de excitación que la sacudió.

Aturdida, intentó apartarlo. Estiró la mano y se en­contró con un musculoso hombro tan suave como el sa­tén pero infinitamente más tentador.

Por un instante su mente peleó contra su cuerpo di­ciéndole que no... que no era correcto, que no estaba permitido... y sin embargo sus dedos se clavaron en la cálida piel morena, tocando, casi apretando en un movi­miento de negación pero sin llegar a realizarlo. Y en cuanto lo hizo supo que estaba perdida. Para Sakura, el tiempo se había detenido.

Sasuke deslizó un largo brazo bajo ella y la atrajo ha­cia él para dejar que su lengua se enterrara más entre sus labios con apasionada demanda.. Un gemido convulso se escapó de los labios de ella mientras él le hacía el amor a su boca. Ella se apretó contra él con el pulso re­tumbando en sus oídos.

—No hay comparación, ¿verdad querida?

La ronca y casi helada carcajada le produjo un esca­lofrío pero todo lo que supo fue que era una gloria estar en sus brazos. Sus dedos temblorosos se enterraron en la lujuriosa seda de su pelo negro en la base del cuello.

—¿Sasuke? —murmuro luchando por recuperar la razón.

La masculina mano se deslizó por la curva de su seno que sólo estaba contenido por el fino algodón. Sakura ce­rró los ojos con fuerza cuando sus pezones se erizaron como duras crestas quitándole el aliento y la voz al mismo tiempo. Poseyendo su boca con renovada ansia, Sasuke enterró los dedos en el ancho escote de la cami­seta y tiro de ella hacia abajo.

Mientras sus manos firmes abarcaban sus inflama­dos senos, Molly se sintió consumida por una exquisita agonía. Sus dedos flotaron sobre sus pezones erizados haciéndola tensarse hacia él con un gemido de miedo ante el poder de aquella sensación. Su boca siguió la fina columna arqueada de su cuello dejando un rastro ardiente de besos en su carne trémula antes de capturar una sensible cresta rosada con áspera resolución

 

Sakura gimió mientras clavaba los dedos en sus hom­bros.

Su lengua giró y jugueteé con erótica experiencia an­tes de meterse la inflamada punta entre los dientes chu­pando con ardor mientras ella se retorcía y gemía des­bordada por la sensualidad y el horror. Un fuego líquido ardió y se derramó de forma insoportable entre sus pier­nas temblorosas. Cuando Sasuke movió su atlético cuerpo para saborear el otro pezón, le entreabrió las piernas con la rodilla y con delicadeza la apretó contra el colchón.

—Dios..., tienes el cuerpo más exquisito y sexy... —en­tonó con voz espesa deslizando las manos con aprecio bajo la generosa curva de sus caderas antes de sumer­girse de nuevo en sus labios.

Cuando los largos dedos se introdujeron entre la hú­meda mata de rizos rosados que guardaban el vértice de entre sus piernas, Sakura se puso rígida y lanzó un ge­mido cuando él encontró su lugar más secreto. Salvaje­mente fuera de control desde ese momento en adelante, Sakura se retorció con impotencia en una cascada de pa­sión, atormentada por las sensaciones y jadeante entre cegadoras oleadas de creciente éxtasis.

Sasuke la apretó cuando ya se encontraba en la cresta del placer. Durante un segundo, él pareció vacilar y ella abrió los ojos captando la desnuda satisfacción marcada en sus oscuras facciones antes de abrirle las piernas y penetrarla con una sola sacudida. El dolor y el placer se mezclaron en el grito amargo y dulce que provocó aque­lla poderosa invasión antes de que él lo ahogara con su boca de nuevo en una tormentosa posesión.

Era salvaje; no se parecía a nada que ella hubiera imaginado siquiera. Una pasión desbordante la sacudió ahogando aquella punzada de dolor. Deseaba, necesi­taba, ansiaba cada urgente movimiento de su duro y ca­liente cuerpo sobre el de ella. Sakura estaba volando hasta el sol con cada fibra de su ser, quemándose de desesperada necesidad. Sasuke se sumergió en ella más y más aprisa, arrastrándola cada vez más arriba hasta que el fiero ardor y la aún más fiera necesidad colisionaron dentro de ella en una estremecedora descarga de alivio.

El universo seguía dando vueltas cuando Sakura abrió los ojos de nuevo. Una bruma de desconocido placer sensual la mantenía paralizada por completo. Los bra­zos de Sasuke seguían apretados alrededor de ella. El alzó la rizada cabeza morena y bajó la vista hacia ella sin mover un músculo de su morena cara impenetrable.

—Gracias —dijo sin ninguna expresión—. Has sido todo lo que yo esperaba que fueras.

De un solo movimiento, Sasuke liberó a Sakura de su peso y salió de la cama. Completamente relajado, se estiró. En tormentoso silencio se puso un par de calzoncillos negros y alcanzó los vaque­ros con completa frialdad.

Sakura se incorporó con torpeza y lo miró. Se aclaro la garganta y murmuro con inseguridad:

—¿Sasuke?

—Dormiré en la silla de abajo ahora -explicó él mien­tras se abrochaba la cremallera.

—¿Qué?

No entendía nada. Sakura estaba demasiado agitada como para pensar con claridad.

Regresar al índiceCapítulo 5 by jaja_chan

Sasuke deslizó los brazos por una camisa de seda, se la abrocho y se puso un jersey negro. Entonces se acercó al borde de la cama y curvo sus largos dedos alrededor de uno de los barrotes labrados. Examinó su rígida fi­gura tendida en el centro fijándose en su pelo salvaje­mente revuelto, en sus ojos neblinosos y en sus labios inflamados.

 


—Dios... He esperado tanto tiempo para verte así—confió con suavidad.


Esa vez, Sakura sintió su fría amenaza.


—Y me lo has puesto tan condenadamente fácil que debería avergonzarme por haberme aprovechado de una virgen confiada... pero no estoy avergonzado —afirmó Sasuke sin la menor culpabilidad mientras observaba cómo ella palidecía—. Ya pagué por este placer hace cua­tro años cuando me casé contigo. ¿Te acuerdas todavía?¿De la ceremonia de la boda, Sakura? ¿Te acuerdas alguna vez de las promesa que hiciste entonces? ¿Y todavía te acuerdas de cómo hiciste tus maletas esa misma noche para salir huyendo a casa de tus padres?


Sakura estaba temblando, todavía demasiado conmocionada por lo que había permitido que pasara entre ellos.


—¿Es... estás diciendo... que has decidido hacerme el amor deliberadamente?


—Hacer el amor es lo que habrías tenido si hubiera sido en nuestra noche de bodas —respondió Sasuke con ironía—. Esta noche has tenido sexo.


Conmocionada por aquella descripción de la intimi­dad que hablan compartido, no pudo contenerse.


—Pensé que te habías dejado llevar.., como yo.


Un inesperado y leve rubor tiñó los fuertes pómulos de Sasuke, pero enarcó una ceja con cinismo.


—¿Crees de verdad que eso es probable?


Sakura se sonrojó con violencia. Apoyo los hombros contra las rodillas dobladas. ¿Cómo se podría haber imaginado ni por un momento que Sasuke podría haber reaccionado ante su atractivo sexual inexistente? Y, por supuesto, un hombre de su experiencia, simplemente no se rendiría a la tentación como un impetuoso adoles­cente sin control.


Pero la mera idea de que Sasuke se hu­biera metido en su cama con aquella frialdad calculada con el único propósito de hacerle perder la virginidad la hacia sentirse enferma.


—No lo entiendo —confesó alterada sin querer enten­der pero sabiendo que necesitaba saber por qué Sasuke habría decidido hacerle aquello.


Sakura contempló sus largos y bien formados dedos contra la madera, los nudillos ligeramente blancos.


—Me parece increíble que no lo entiendas —admitió él con el acento italiano más pronunciado—. Ahora, ¿por dónde empezamos? Quizá el deseo de venganza naciera cuando me encontré amenazado por la policía por haber intentado perseguir a mi esposa huida.


—¿Policía? —repitió ella alzando la cabeza con asom­bro.


—Tu padrastro los llamó. Me acusaron de escándalo público. No creo que fuera culpa mía que los paparazzi acamparan a la entrada de la casa de tus padres o que se volvieran locos cuando yo llegué... de alguna manera, me echaron la culpa a mí.


La frialdad de su acusación y el gesto cínico le indi­caron a Sakura lo furioso que se habla sentido con la ex­periencia.


Sakura se había enterado de la visita que él había he­cho a su casa, pero no sabía nada de la policía. Y ni si­quiera la fuerza física la hubiera persuadido entonces de volver a su lado, aunque lo cierto era que no se encon­traba en casa de sus padres. No era tan ingenua como para recurrir a la simpatía de su padrastro ni de su ma­dre cuando su matrimonio había salido tan horrenda y públicamente mal.

 


—El deseo de venganza podría haber muerto en cuanto me convencí de que aquello era lo mejor que po­día haber pasado —continuo Sasuke con brutal sinceri­dad—. Pero fue lo que le hiciste a mi prima, Karin, lo que nunca pude perdonar ni olvidar.


—¿Karin? —repitió Sakura con asco al pronunciar aquel nombre.


—La prensa la destrozó. Sus amigos dejaron de lla­marla. Karin, la devoradora de hombres, la bruja pro­miscua que se suponía le había robado el novio a Sakura, la pobre novia mártir... así la retrataron. ¿Y por qué? Sólo porque tú les contaste a los periodistas una serie de asquerosas mentiras.


—¡No lo hice! —protestó Sakura conteniendo un so­llozo y desviando la mirada.


No había sido ella la que había hecho las declaracio­nes, aunque sabía quién lo había hecho. Furiosa por Sakura, Ino, su mejor amiga, le había hecho aquellas confidencias a un periodista ansioso. Sakura no le había dado permiso para hacerlo, pero no podía negar que ha­bía experimentado una satisfacción amarga cuando la prensa había crucificado a Karin por su papel en la ruptura de aquel matrimonio.


—Y le diste carnaza a todo el circo de los medios —la condenó Sasuke apartándose de la cama.


—No, eso lo hiciste tú —contradijo Sakura con voz tré­mula mientras doblaba la cabeza contra las rodillas—. Lo hiciste cuando te fotografiaron saliendo de casa de Karin al amanecer en tu noche de bodas.


—Tú eras mi mujer. Tenía derecho a esperar un poco de confianza —dijo Sasuke desde la chimenea.


Sakura apenas podía absorber lo que le estaba di­ciendo porque estaba devastada por la cruel realidad de lo que subyacía bajo su seducción. Ella nunca había aceptado que Sasuke pudiera ser tan brutal como le ha­blan dibujado y sólo en esos momentos se daba cuenta de que, en los años posteriores a la anulación, hasta le había excusado por el daño que le había causado. En al­guna parte de su inconsciente había empezado a creer que quizá se habría casado con ella en un intento deses­perado por romper su relación con Karin, pero que ella no lo había consentido.


—Tuviste lo que te merecías —murmuró con dolor—. Exactamente lo que te merecías. Llegué a pensar que quizá no habías podido remediarlo, pero lo de ahora me ha demostrado lo contrario. Yo confié en ti y fui una es­túpida, pero prefiero cruzar por la vida siendo una estú­pida antes que convertirme en una persona fría y sin sentimientos.


—Dios, sin sentimientos nunca —interrumpió Sasuke con énfasis desde la puerta—. Pero la venganza es un plato que se toma mejor frío y realmente no podía tragar la idea de que te casaras con Sasori. Lo que he hecho era lo que me correspondía por mi noche de bodas. Bueno, si él te acepta ahora, hazle saber que fuiste mía antes.


Sakura se estremeció de disgusto. Sasuke volvió a mi­rarla con los ojos brillantes de desafío. No sentía nin­guna vergüenza de los primitivos sentimientos que acababa de expresar y esa fue otra revelación para Sakura. Cuatro años atrás, se había casado sin saberlo con un salvaje sin principios y había creído que Sasuke era el epítome de la frialdad y el control.

 


Cuando la puerta se cerró, se quedó mirando a las brasas. Las llamas habían muerto como la falsa pasión y pronto sólo quedarían las cenizas. Sasuke sólo la había seducido por pura venganza. De repente, Sakura agrade­ció no estar enamorada de Sasori y que él no lo estu­viera de ella.


Sasori quedaría decepcionado, pero no herido, cuando le devolviera el anillo. Le había propuesto el compro­miso el fin de semana anterior y le había pedido que lo pensara con mucho cuidado antes de darle la respuesta final. Sakura había pasado la noche anterior despierta y se había puesto el anillo por la mañana con la idea de comunicarle su decisión cuando volviera del viaje. Pero ahora eso parecía haber pasado en otra una vida y Sasuke acababa de destruir lo que hubiera podido tener con Sasori. Estaba profundamente avergonzada de su debili­dad física. Una mujer que podía sucumbir con tanta fa­cilidad al atractivo sexual de un hombre, no tenía derecho a considerar siquiera una relación seria con otro.


Una aventura barata de una noche. Eso era lo que ha­bla hecho de sí misma. ¡Y hasta se había atrevido a cul­parla de lo que Karin había sufrido!. Pero claro, ella había atacado a la mujer que él amaba. De hecho, esa noche Sasuke le había enseñado lo que era el verdadero odio. Pero lo que todavía le parecía increíble era que Sasuke la culpara a ella de romper su matrimonio y que cuestionara su lealtad y confianza. Porque, histérica o no en su noche de bodas, ella había dejado sus senti­mientos bastante claros...


—¡Si vas con ella, no estaré aquí cuando vuelvas! —le había dicho incapaz de dar crédito a que un hombre pu­diera salir por la puerta dejando a una esposa llorosa y disgustada para irse con otra en su noche de bodas.


Y Sasuke había hecho su elección sin vacilar. Si ha­bía ido en su busca después de aquello..., bueno, ya ha­bía sido demasiado tarde. Cuando Sakura había visto aquella foto de él saliendo de la casa de Karin al ama­necer, se había enfrentado a la humillante prueba pú­blica de que él había pasado toda la noche con su prima y ya no había querido volver a verlo nunca. La agonía de la traición había sido terrible.


Y sin embargo, habían empezado su relación de forma tan prometedora, admitió dolida luchando contra los recuerdos porque lo último que le hacía falta ahora era sufrir por el pasado distante. Pero de alguna manera, la tentación de recordar un pasado más feliz fue irresis­tible.


Ella había conocido a Sasuke en una de aquellas tar­des calurosas estivales en las que cualquier acto físico parecía un esfuerzo exagerado. Bajaba con su bicicleta por la colina con la cesta llena de huevos de la tienda del pueblo cuando un deportivo negro había aparecido frente a ella. Sus frenéticos movimientos para esquivarlo la ha­bían hecho aterrizar de cabeza en el arcén. Cuando en­focó la vista, Sasuke estaba saliendo del coche y la estaba ayudando a liberarse de los hierros lanzando exclama­ciones al ver sus arañazos y disculpándose.


Una lánguida voz femenina había emergido del co­che deportivo.


—Pregúntale dónde viven los Henderson...


—Siento que te hayas caído de la bicicleta, pero debe­rías haber mirado por dónde ibas —Sakura se había dado la vuelta para mirar a la peli roja con helada reprobación—Venías conduciendo como una loca.


Por un instante, Sasuke y Karin habían permane­cido hombro con hombro y cuando Sakura los había observado por primera ve

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