GEN 11-1 by Winston Freeman

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 GEN 11-1 by Winston Freeman
Summary:

Osonlaf Nurdlac es enviado por encargo del emperador de la Hispania a dar respuesta a una carta enviada de Reges Civitas, la capital del Tahuantinsuyu, hace 20 años.



Categories: ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Universo Alternativo

Advertencias: Ninguno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 2 Completed: No Word count: 3424 Read: 59 Published: 30/04/2012 Updated: 03/05/2012
Summary:

Osonlaf Nurdlac es enviado por encargo del emperador de la Hispania a dar respuesta a una carta enviada de Reges Civitas, la capital del Tahuantinsuyu, hace 20 años.



Categories: ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Universo Alternativo

Advertencias: Ninguno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 2 Completed: No Word count: 3424 Read: 59 Published: 30/04/2012 Updated: 03/05/2012
Story Notes:

La Torre de Babel

1 Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras.

2 Y cuando los hombres emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí.

3 Entonces se dijeron unos a otros: «¡Vamos! Fabriquemos ladrillos y pongámolos a cocer al fuego». Y usaron ladrillos en lugar de piedra, y el asfalto les sirvió de mezcla.

4 Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».

5 Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo,

6 y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua.

7 Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».

8 Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad.

9 Por eso se llamó Babel allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra.



Génesis 11. Versículo 1

Story Notes:

La Torre de Babel

1 Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras.

2 Y cuando los hombres emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí.

3 Entonces se dijeron unos a otros: «¡Vamos! Fabriquemos ladrillos y pongámolos a cocer al fuego». Y usaron ladrillos en lugar de piedra, y el asfalto les sirvió de mezcla.

4 Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».

5 Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo,

6 y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua.

7 Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».

8 Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad.

9 Por eso se llamó Babel allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra.



Génesis 11. Versículo 1

Los Runapumas (Parte 1) by Winston Freeman
Author's Notes:

Correguido algunos errores (04/05/12)

Author's Notes:

Correguido algunos errores (04/05/12)

Bajé del avión. No me dejaron ver nada alrededor del aeropuerto. Miré al cielo y me cubrí los ojos por el radiante sol que me quemaba mi todavía más tostada tez. El terno oscuro que llevaba me empezó a parecer una pesada armadura, pero tenia que mantener la compostura, por lo menos, hasta que me dieran las instrucciones. De pronto, los soldados de la Nueva Portugal me rodearon inmediatamente y me “escoltaron” hasta el helicóptero de partida. Una vez al frente de la puerta, antes de entrar, los soldados se detuvieron y anunciaron la llegada del comandante Ricardo de Souza. Debía tener unos 25 años, aunque era bastante más alto que el resto de los soldados; de ojos verdes, nariz respingada y cabello rubio ondulado que me hacia recordar mucho a mi hermanastro vasco en La Hispania. Detrás de él estaba el helicóptero, que tenia en la cola el mismo logo circular que el de su uniforme. En su contorno podía leerse Exército Novo Portugal.



-Encomendero Osonlaf Nurdlac, este helicóptero le llevará a Reges Civitas, en la costa central del Tahuantinsuyu tal como fue encargado por el gobernador. Una vez que usted haya entregado el mensaje a la capital, usted llamará desde este teléfono satelital para ir a recogerlo. ¿Está usted conforme?



Solo pude acertar a asentir y coger el teléfono que me estaba dando. Vi el aparato por un momento. Era demasiado grande para que quepa en el bolsillo del pantalón de terno, pero lo suficientemente pequeño para guardarlo en el bolsillo del saco. Escuche que las hélices empezaron a girar. Levante la mirada y vi que el general De Souza aun seguía allí. Se me acercó al oído por temor a que no le escuchase por el ruido de las hélices y me dijo:



-Si pierde el teléfono, usted esta solo.



Con esa advertencia, el comandante me dio unas palmadas en la espalda, como diciéndome que ya era hora de partir. Subí, me ajusté al asiento e inmediatamente el helicóptero tomo vuelo.



La cabina era pequeña, sin ventanas y una puerta la separaba del cuarto del piloto. El aire que pasaba por las rejillas del helicóptero no era suficiente para soportar el calor. Me desajusté un poco la corbata y, para distraerme un rato porque no tenía un paisaje que ver, saqué la carta que me encargó enviar el emperador de la Hispania. El sobre era de un papel caro con una elegante inscripción que decía “Hispaniae Imperivm” y, al reverso, un pequeño sello en cera del escudo imperial de la Hispania. Era un trabajo simple, tan solo entregar la carta al gobernador de Reges Civitas, quedarme en los glamorosos hospedajes de los diplomáticos para después volver al imperio. Era mi recompensa después de trabajar tan duro desapilando papeles en la oficina de asuntos públicos del emperador. Unos papeles eran casos de escudos familiares, otros de los antiguos anexos del imperio que aún reclamaban ayuda aunque ya se habían independizado hace siglos, pero casi todos eran papeles viejos, reclamos vánales al estado que normalmente iban a la trituradora; pero un día me llegó al escritorio un archivador fechado de hace veinte años. Lo abrí y pase las paginas cuidando de que no se rompiera aquel frágil papel de los tiempos de la maquina de escribir.



Los papeles eran de la capital del imperio del Tahuantinsuyu, Reges Civitas. No había nada interesante más que unos reportes de los típicos crecimientos y declives económicos en los que siempre estaba la republica. Estaba a punto de tirar todos los papeles a la trituradora de una vez hasta que me encontré con la última página. No eran cifras puestas en fila en una tabla de frecuencias como los otros papeles, sino una carta formal. La carta era escrita por el mismísimo gobernador del Tahuantinsuyu y decía que la república no solo iba a retribuir al país todos los bienes expropiados durante la independencia, sino que también iban a estar en mutua alianza militar, tal como lo habían hecho los de la Nueva Portugal. No era de extrañar que el departamento de administración mezclara los documentos, pero este era un error fatal que una carta diplomática que debió llegar hace veinte años recién se haga conocer. Saque el documento del archivador y lo coloque suavemente dentro de una mica. Casi de inmediato y un poco nervioso, cogí el teléfono y llame al emperador. Le comenté de como había encontrado la carta entre los archivos estadísticos de la república. Me pidió que, antes de que pudiera contarle algo más, que fuese a su oficina.



Me levanté del asiento y fui hacia el ascensor. Coloque la llave de acceso dentro de la ranura y apreté uno de los botones que llevaban a la oficina del emperador. Subí 6 pisos hasta llegar a la oficina. Hubo una leve sacudida en el ascensor y las puertas se abrieron. La oficina era algo pequeña, pero tanto las paredes como el amoblado estaban cargados de demasiadas imágenes, como las de una iglesia barroca. El emperador estaba sentado en su escritorio escribiendo algo. El sudor corría por su pálida piel y deslizaba los lentes que tenia que acomodar cada segundo para poder ver lo que escribía. Detrás de él, un televisor pegado a la pared mostraba su imagen como si fuera un cuadro.  Su imagen proyectada inspiraba respeto, con un traje lleno de medallas, una rama de olivo como corona y una mirada que parecía ver tu conciencia. Al darse cuenta de mi presencia, se levantó. En ese momento el emperador no se veía como el retrato detrás de él, pero seguía imponiendo autoridad con su voz. Se acercó a mí, se trató de peinar con las manos, se acomodó de nuevo los lentes y, algo ansioso, me dijo:



-Dime Osonlaf, de nuevo, ¿Por qué esta carta no estaba en su lugar?

-Debieron confundirlo mientras archivaban los papeles en la oficina de administración, Excelencia – Le dije

-Y, ¿de que año es esa carta?

-Hace veinte años que no tiene respuesta

-¿¡Veinte años!? – Dijo el emperador, enfurecido.

-Si señor – Traté de mantener la compostura y me pasé la lengua por los labios – Pero puede que aún tengamos una oportunidad de hacer valer la voluntad del gobernador a pesar del tiempo y…

-Eso no es posible Osonlaf – Dijo, interrumpiéndome, el emperador.

-Pero señor, la república del Tahuantinsuyu está en una gran posición económica dentro del bloque sur de américa. Los porcentajes de ingresos, los recursos intactos que les sobran, una economía libre de impuestos que se mantiene por la donación voluntaria de sus habitantes… ¡todo es viable para hacer este tratado!



El emperador, después de lo que dije, me miró como si quisiera ver un cuadro dentro de mis ojos. Soltó una leve risita para luego acercarse a la puerta y cerrarla. Volvió a donde estaba, cruzó los brazos y miró al suelo como si estuviera pensando.



- Dime… ¿Alguna vez has viajado al Tahuantinsuyu?

- No señor, nunca me ha interesado. Además, he escuchado que el permiso para ir a ese país es muy difícil de obtener… solo ciertos individuos tienen esa oportunidad.

- ¿Y porque nunca le ha interesado, Osonlaf?

- Porque quiero seguir pensando que la sociedad del Tahuantinsuyu es perfecta.



El emperador me miró extrañado.



- Pero, ¿no seria mejor que lo comprobara por usted mismo?

- Quizás, pero si viajo a esa ciudad temo descubrir que no es tan perfecta como creo que es ahora. Prefiero creer lo que me dicen las noticias sobre la ciudad.

- ¿Te refieres a estas noticias? – El emperador cogió el control que estaba en su bolsillo y cambió la imagen del retrato que estaba en la pantalla por las noticias del día. El emperador dio justo con un noticiero donde estaban pasando un reportaje sobre la prosperidad en la que estaba el Tahuantinsuyu, aparentemente todos con una economía estable y tranquila. Niños en terno iban a trabajar, tomados de la mano, con sus padres. El flujo del transito, la central de oficinas y la limpieza de las calles mostraban una sociedad a la que todo gobernador quisiera dominar. De pronto, salió un anuncio de la misma ciudad, de la ciudad más hermosa de América del sur, ciudad que, alguna vez, habíamos dominado. El emperador apagó el televisor – Todo es mentira. No sabemos nada del Tahuantinsuyu desde hace veinte años.



En ese momento se me vinieron bastantes preguntas. Traté de disimular lo sorprendido que estaba con una cara de indiferencia. Tras un corto silencio, le pregunté de la manera más sobria posible:



- ¿Y que pasó hace veinte años, Excelencia?

- No lo se



Su respuesta me dejo insatisfecho, aunque no me atreví a preguntarle por qué no lo sabia o porque no se había tomado la molestia en averiguarlo, pero me limite a hacer la pregunta mas obvia.



- ¿Y porque los medios engañan a la gente con noticias de Reges Civitas?

- Me pagan por hacerlo

- ¿Quién le paga?

-Muchacho, haces muchas preguntas – me dio unas palmadas en el hombro y me miró fijamente – Es conveniente no saber algunas cosas. Aunque creo que ya sabes bastante.



El emperador se fue a su escritorio y se sentó en su silla giratoria mientras buscaba algo dentro de los cajones. Yo aun seguía parado pensando aun porque ocultaban lo que pasaba en el país y como podían viajar las personas que conseguían el permiso de entrar al Tahuantinsuyu si había personas que hasta se vanagloriaban de haber estado allí. Entonces, ¿los viajes eran mentira al igual que los hermosos paisajes de la sierra, el largo rio de la selva o su sociedad perfecta? Todos mis pensamientos fueron interrumpidos por un golpe que dio el emperador a su escritorio.



-¡Lo encontré!



Lo que alzaba en la mano junto a su sentencia era el sello del escudo de la Hispania que llevaban todas las cartas de asuntos oficiales.



-Muchacho, se te será encargado una misión importante: llevarás esta carta a Reges Civitas como una respuesta afirmativa al documento que me acabas de dar. Un avión te llevará a Nueva Portugal, donde se te darán más indicaciones.



¡BAM!



El estruendo me devolvió a la realidad. El helicóptero estaba cayendo en picada. La puerta se desprendió. Me sujeté de una barandilla. Pude ver por la gran abertura que aun estábamos en la selva. El humo venia de la cola. Aun seguíamos cayendo. Sujetado a la barandilla, me acerqué a la cabina del piloto. La puerta estaba abierta.



-¡Medé!, ¡medé!, ¡medé! ¡Fogo aliado... do bandeiras!, ¡queda livre!



El piloto trababa de evitar perder el control del helicóptero mientras seguía gritando esas palabras de las cuales solo entendía el llamado de ayuda. Se dirigió hacia una meseta para no estrellarse en la selva virgen. Los números en el tablero iban bajando. Escuché una segunda explosión. Vi atrás: la cola cayó. Estábamos apenas a tres metros del suelo, dando vueltas. El piloto trataba de tomar de nuevo el control, pero fue inútil. El helicóptero cayó de costado, me golpee la cabeza y quedé inconsciente. Horoscopos y tarot para el amor y para los signos del zodiaco Horoscopos y tarot de amor

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Author's Notes:

¡Ya está la segunda parte!, ¡gracias a todos por leer!

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¡Ya está la segunda parte!, ¡gracias a todos por leer!

Una gota. Otra gota. Me toqué la cabeza. Una mezcla de agua y sangre. Abro los ojos. Brillo. Sol. Ninguna nube gris en el cielo ¿Pero como, si está lloviendo? Volteo la cabeza. Un rostro completamente amorfo, traspasado por un trozo de metal y empapado en sangre. Grité y me arrastré por el suelo mojado con mucho miedo. Luego de aquel susto pude recuperar la conciencia y me di cuenta, por su traje, que era el piloto. Estaba sentado en posición fetal, pensando sobre mi situación mientras miraba el cadáver del piloto. La lluvia seguía cayendo y limpiaba cada vez más la sangre de su rostro. “desearía que con el agua se discurriera también su horrible rostro” pensé. De pronto, la lluvia se detuvo. El sol brillaba con más intensidad. Para no achicharrarme, me levanté y exploré un poco alrededor de donde habíamos caído. Para mi fortuna, el piloto se estrelló en la cima de la meseta y así tenia un panorama de los alrededores. Hasta donde alcanzaba mi limitada vista estaba rodeado en un mar de arboles que parecían hablarme con el suave movimiento de sus hojas. El cielo era estereotípicamente azul, como aquellos paisajes que hacen los niños a los cinco años.



Me volví hacia el lugar donde nos estrellamos. Desafortunadamente, el helicóptero quedó tan deformado como el rostro de su piloto. El vehículo había dejado un rastro de tierra y, a juzgar por los trozos de metal quemado, se había incendiado. Debido al impulso de la explosión, un pedazo de las hélices debió salir disparada y, de esta manera, dio con el rostro del piloto. Entré a la cabina en donde yo estaba sentado. El asiento estaba chamuscado. Empecé a recordar. La caída de la cola. Las vueltas. El grito desesperado de auxilio que el piloto mandaba por radio. Radio. Radio. En eso recordé: ¡El teléfono! Lo busqué dentro del bolsillo del saco, pero no estaba. Desesperado, empecé a rodear toda la meseta con la ciega esperanza de que el teléfono siguiera aun intacto. Lo encontré al pie de una roca, a unos pasos del helicóptero. El teléfono parecía intacto pero, al levantarlo, me di cuenta que solo era la carcasa frontal. Lleno de frustración, lo tiré al suelo.



Desde ese preciso instante tan solo sabía una cosa: estaba solo.



Grité. Pateé descontrolado al aire y levanté algo de polvo. “mejor hubiese muerto”, pensaba. Cogí una piedra y la lancé hacia el vacío del gran ejercito de arboles. Cuando seguí la roca con la mirada, hasta que se perdió en lo profundo del mar verde que parecía extenderse hasta el infinito, vi un delgado hilo de humo que venia de esa misma dirección. Necesitaba algo para ver más de lejos. En eso recordé: el piloto. Busqué en el cuerpo inerte, tratando de no mirarle el rostro. Encontré un encendedor, una cantimplora y unos binoculares. Todo estaba intacto. Pude ver, en la lejanía, un rio y un conjunto de casas. Civilización. De ahí podría pedir ayuda para volver a la Nueva Portugal e informar sobre el accidente, pensé. Por supuesto, iba a tener que escribir un informe acerca de esto. Informe que estará ese mismo día en el despacho del gobernador. Informe. Documento. Importante. ¡La carta!, ¡aquella carta por la que estaba ahí en primer lugar! Busqué en mis bolsillos y noté, con gran alivio, que aun la tenia.



El sello estaba algo deforme (seguro por el calor de la explosión), pero más allá de eso, la carta estaba intacta.



Camine en círculos por la meseta. Esta vez, buscaba un extremo de la meseta no tan inclinado por donde bajar antes de que el delgado humo desapareciera. De repente, entre unas ramas, encontré un sendero escondido. Aunque la bajada era un poco empinada pude caminé por ahí. La altura ya no me provocaba temor después del accidente. El sendero seguía por la selva. Apenas pisé el sendero que continuaba por la espesura de la selva, me maravillé con lo alto que eran los arboles y los débiles haces de luz, producto de la espesura de los arboles. Escuchaba como un eco los sonidos de animales de las que tan solo me podía imaginar su forma. Mientras caminaba, me di cuenta que el sendero se volvía cada vez más y más fangoso. Me costaba demasiado caminar. Aunque ya no tenia corbata, sentía una presión en el cuello, como si alguien me estuviese ahogando. El traje me pesaba cada vez más. Saqué la carta del bolsillo de mi saco y lo guardé en el bolsillo del pantalón. Colgué el saco en mi hombro y me desabroché más la camisa para seguir caminando. Limpiaba los zapatos cada cierto tiempo para seguir caminando. Mis labios estaban casi partidos. Mi saliva estaba tan espesa que el fango en el que estaba hundiéndome. Estaba empezando a balbucear incoherencias mientras los labios se me pegaban poco a poco.



Por fin vi que, al final del sendero, la luz del sol se hacia mas fuerte. Empecé a escuchar el paso del agua, lo que significaba que ya estaba cerca del rio. Con todas las fuerzas que aun tenia, corrí hacia allá y, mirando al suelo para que no encegarme con la luz del sol, sumergí mi cabeza en el agua. La sensación era deliciosa. Mientras bebía el agua pude sentir como una sensación de frescura recorría todo mi cuerpo. Mi garganta. Mi estomago. Mis brazos. Mis piernas. Me sentía vivo otra vez. Llené la cantimplora con un poco de agua. El delgado humo aun no se desvanecía del todo, pero estaba al otro lado del rio y no había manera de cruzar sin que me llevara la corriente. Ahora, lleno de una nueva vitalidad, bordeé el rio para encontrar una manera de llegar al origen del humo. Mientras caminaba, iba por la sombra que daban los arboles para no tostar más mi piel con el sol.



¡Splash!



Escuché un ruido muy fuerte. Volteé. Era el rio, pero no había nada. De pronto, vi a un pequeño pez saltar seguido de unos ruidos como de chasquidos. Una criatura, cubierta por la turbia agua del rio, sale a devorar aquel pez. Entonces es cuando mis ojos ven lo increíble: un delfín rosado. Tan solo lo había visto en los reportajes sobre la selva del Tahuantinsuyu. Gracias al sol su piel, empapada, lanzaba destellos y aumentaba su natural belleza. Después vi a otro detrás del que estaba “pescando”, un poco más pequeño. La pareja iba nadando en contra del rio pero, aun así, el más pequeño me vio, se paro sobre sus aletas y produjo un sonido entre chasquidos y silbidos. Levante la mano sonriendo, como para devolverle aquel saludo. Los dos delfines siguieron su camino yendo en contracorriente.



Caminé casi una media hora hasta que encontré un puente colgante. A pesar de que se veía muy frágil, decidí cruzarlo. El rio lo tambaleaba de aquí para allá, como si fuese una hoja de algún árbol moviéndose por el viento dentro de la espesura de la selva. Finalmente, lo crucé. Mire hacia el este: El delgado rastro de humo había desaparecido, pero encontré otro sendero que iniciaba en el puente. ¿Un animal salvaje hizo esto, quizás?, ¿Había otro camino que seguir? No. Continué, entonces, por el sendero con la fe puesta en que, quizás, haya en verdad algo al final del camino. Esta vez el sendero no era espeso e iba en línea recta. Caminé durante dos horas seguidas y cada vez me seguía maravillando más de aquellos animales que, pese a que mis ojos se deleitaban con aquellos brillantes colores, no me atrevía a tocar. Nada era isomorfo: arañas, hormigas, aves y otros animales se perdían entre diferentes tonalidades de colores chillones y entre las más exóticas formas que se me haría imposible describir en un lenguaje tan pragmático como este. Vi en el piso un rastro como de polvo blanco. Me agaché y jugué con aquello entre mis dedos. Se me hacia familiar. Me lo lleve a la lengua. ¿Sal?, ¡por supuesto! Por eso el camino no era fangoso. Esto no era el sendero de un animal. Adonde quiera que me guie, habrá civilización.



Fui avanzando y vi, de lejos a una persona que iba adelante, siguiendo el camino. Solo le pude ver la espalda: Era de una estatura mediana, de piel morena y cabello negro. Estaba vestido apenas por unos harapos que parecían hechos con piel seca de palmera. Con una bolsa en la mano iba regando de sal el camino.



-¡Eh!, ¡hola! - Grité



Volteó y pude ver su rostro. Su cabello era lacio y cubría parte de sus espesas cejas. Sus ojos, negros como el carbón, me miraron con sorpresa. Abrió la boca y pude ver que le faltaban algunos dientes.



-¡Yanapa!, ¡mayni!, ¡maya Runapuma! – Gritó



Tiró la sal al suelo y se fue, como huyendo, por el sendero. Lo perseguí. Corría muy rápido. La traspiración. El cansancio. Mi vista puesta en el. ¿Adonde iba?, ¿Qué estaba gritando? Por un momento mire a mi alrededor: Ya no habían muchos arboles y el cielo se hacia más claro. Volví mi mirada hacia el frente.



-¡Yanapa!, ¡yanapa!, ¡maya Runapuma!



Sus gritos se perdieron en mi mente. Se perdieron porque, en ese momento, no podía dar crédito a lo que mi vista estaba proyectando a mi cerebro. Era una ciudad sobre un rio, como la Venecia. A pesar de que las casas parecían chozas, los troncos que las sujetaban eran gruesos, como los brazos de Atlas. En ellos, había algunos dibujos extraños que no pude ver en ese momento.



¡Zooooom!



Sentí un peñisco en el cuello. Era un dardo. Vi alrededor. Todo nublado. Todo daba vueltas. Vuelta. Cai de rodillas. intenté levantarme: no podia. Se acercaban. cinco, seis. Cai rendido en la tierra.

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