Dark souls (Unknown) by lan_uchiha

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 Dark souls (Unknown) by lan_uchiha
Summary:

Elizabeth Stemper es una chica que tiene un esquema claro: terminar el colegio, ir a la universidad y tener todo el éxito que siempre ha deseado al salir de su pueblo natal, pero todo está a punto de cambiar con extraños sucesos que comienzan a irrumpir su vida junto con un extraño vecino que al parecer sabe más de lo que aparenta.



Categories: ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Drama, Fantasía, Romance

Advertencias: Ninguno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 14 Completed: No Word count: 79557 Read: 7145 Published: 07/01/2012 Updated: 12/06/2012
Summary:

Elizabeth Stemper es una chica que tiene un esquema claro: terminar el colegio, ir a la universidad y tener todo el éxito que siempre ha deseado al salir de su pueblo natal, pero todo está a punto de cambiar con extraños sucesos que comienzan a irrumpir su vida junto con un extraño vecino que al parecer sabe más de lo que aparenta.



Categories: ORIGINALES Characters: Ninguno

Generos: Drama, Fantasía, Romance

Advertencias: Ninguno

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 14 Completed: No Word count: 79557 Read: 7145 Published: 07/01/2012 Updated: 12/06/2012
Story Notes:

Como mencioné, tenía ganas de hacer un original... así que aquí está =) ojalá les guste =)

Story Notes:

Como mencioné, tenía ganas de hacer un original... así que aquí está =) ojalá les guste =)

Capítulo 1 by lan_uchiha
Author's Notes:

Primer capi... espero les guste!

Author's Notes:

Primer capi... espero les guste!

                        CAPÍTULO 1

 

            No todos los días cumples 18 años ni das la prueba de acceso para entrar a la Universidad. Tener la edad legal para beber y además salir de la casa era algo que tarde o temprano llega a la vida de todas las personas, pero para Elizabeth Stemper eran dos cosas que se juntaban éste año y no de la forma más grata.

            Como toda adolescente pasó la mayor parte de sus últimos años en el colegio peleándose con su madre sobre si le daba o no dinero, permisos y cuestiones relacionadas con el orden y limpieza de su habitación, por lo que añoraba de sobremanera emigrar a una ciudad más grande que el pequeño pueblo en emergencia en el que había nacido, pero ahora que estaba ad portas de lograr el anhelado sueño, no sabía si realmente estaba lista para todo ello.

            El examen de admisión era mañana, al igual que su dieciochoavo cumpleaños, pero como solía sucederle en la mayor parte de los eventos por los que había pasado en su vida, no se sentía preparada.

            Prácticamente no había pegado un ojo la noche anterior, pero a eso de las 3 de la mañana, finalmente se rindió de contar ovejas y abrió por última vez los párpados, preguntándose cuan nerviosa y tonta podía ser alguien frente a un examen. Se respondió así misma suspirando y apretando los dientes.

-          No es cualquier examen, es el examen.

Despertó al día siguiente apenas sintió el movimiento de su madre en el baño preparándose para ir al trabajo. El despertador aún no sonaba, pero tenía más que claro que era cosa de minutos para que la ensordeciera con los pitidos agudos que la enloquecían.

Se remeció levemente bajo las sábanas y cuando se decidió por abrir más los ojos y sacar el primer pie de la cama, notó que frente a ella había un paquete de color blanco, adornado con una cinta de color amarillo, de la cual se afirmaba una pequeña tarjeta que mostraba unos globos y un bebé en la portada. Estiró el brazo hacia ella, la abrió y comenzó a leerla.

 

"A veces no puedo creer como has crecido durante todos estos años, con o sin mi ayuda. Espero haberte dado la sabiduría suficiente para todo lo que se viene... vas a volar fuera de casa mi pequeño pajarito y créeme, no podría estar más feliz al saber que vas a cumplir tus sueños, estoy orgullosa Liz y te deseo lo mejor en ésta nueva etapa de la vida.

Te amo

Mamá"

 

Sintió un ligero apretujón en el corazón y tomó el paquete para comenzar a abrirlo. Sacó una caja blanca con una raya de plumón negro, envuelta en scotch, el cual desprendió curiosa para ver que se hallaba en el interior. Observó algo anonadada la caja de color café que tenía ahora en sus manos. Pesaba quizás medio kilo, pero se sentía muy liviana. Tenía los bordes tallados exquisitamente y cincelados con gran experticia, terminando en ángulos redondeados y oscuros. Al abrirla pudo ver una figura de un ángel en el centro, un espejo al frente y tres cajoncitos a cada lado, los cuales tenían tallados garabatos en latín. Se detuvo unos segundos a observar la figura. De alguna forma esta parecía sonreírle. Negando con la cabeza sobre su absurda imaginación, abrió el primer cajón y encontró el resto del regalo de su madre: un billete de 100 dólares. Cerró el cajoncito con una sonrisa de oreja a oreja y luego fue abriendo los cinco que quedaban, resolviendo que el dinero no había sido el único regalo que había escondido su madre ésta vez. En el último cajón yacía un pequeño anillo, de color plata, con una roca de color blanco en el frente, estilo solitario. Le pareció extraño, pero agradable, que su madre le obsequiara una joya, no porque nunca lo hiciera, sino que había aprendido a no hacerlo después de las incontables veces que Elizabeth los había perdido ya fuese sacándoselos para lavarse las manos, ducharse o cualquier actividad que implicara agua. Meredith ya tenía por seguro que las joyas no eran compatibles con la despreocupación de su hija.

Escuchó de pronto la puerta del baño cerrarse, lo que la hizo guardar el regalo de una vez y salir corriendo para ducharse.

Sabía que como en cada cumpleaños, su madre prepararía un buen desayuno, sobre todo ahora que tenía la prueba de admisión y necesitaba más energía que nunca.

Puso su iPhone a todo volumen mientras corría el agua arrastrando el shampoo de su cabello y tarareó completa la canción Radioactive, para finalmente aplicarse la capa final de bálsamo con olor a frutas que tanto le encantaba. Cortó la ducha y fue por la toalla, extendiendo la mano hacia el lavabo. Comenzó por secarse los pies y afirmarse al sacarlos, ya que había pasado suficiente susto hace dos semanas al resbalar sobre la bañera. No le costó un golpe severo en el cráneo, pero si dos moretones enormemente feos sobre sus muslos y  rodilla, motivo por el cual había tenido que renunciar al traje de fiesta que había querido llevar a la graduación durante los 3 últimos meses, cambiándolo súbitamente por uno negro largo que le tapara los círculos morados que no quisieron desaparecer.

Caminó hacia el espejo negando con la cabeza. De todas formas no habría valido la pena, Mark tampoco la hubiese invitado ni le habría pedido que bailaran nada ese día.

Retándose mentalmente por recordar una idiotez como esa en un día tan importante, pasó la mano por el espejo y se lavó nuevamente la cara, para mirar hacia el frente. Sintió una extraña sensación en el estómago y se volteó de golpe al sentir u leve cosquilleo sobre su espina dorsal, botando la toalla en el impacto y golpeándose levemente el brazo con el lavabo. No había nada aparte del mueble metálico donde su madre colocaba los shampoos, jabones y artículos para la bañera. Podría haber sido una jodida araña y ella le tenía pavor a los insectos.

Suspiró y se colocó nuevamente la toalla, acariciándose levemente el brazo por el súbito impacto que éste había dado contra la blanca cerámica.

-          ¡Liz... - gritó su madre desde abajo - ...el desayuno está en la mesa cariño!

Fue a su pieza y se vistió con el atuendo que había elegido la noche anterior. No es que importara mucho, pero ésta vez sí se había preocupado de no sacar lo primero que encontrara.

Bajó las escaleras con sus jeans gastados, zapatillas blancas y para arriba una polera de algodón a rayas blancas y verdes con cuello en V, más una pañoleta de color verde algo más claro, la cual tapaba parcialmente el cuello de la chaqueta beige que traía sobre los hombros.

Meredith caminó hacia ella y le dio un enorme abrazo, para luego besarle la frente y ofrecer una amplia sonrisa.

-          Ya eres una mujer... - profirió con orgullo - ...una hermosa e inteligente mujer.

Liz no pudo más que sonreír de vuelta y sentarse en la mesa. De alguna manera las palabras de su madre retumbaban en su oído y sentía como si aquello fuera más un peso que una virtud.

Comenzó a darle su primer bocado al tazón con cereales, cuando su celular vibró sonoramente sobre la madera de la mesa. Dio una risotada al leer el mensaje de su mejor amiga.

"¡Felicidades! Al fin tendrás edad para emborracharte y acostarte con tíos en un motel de mala muerte... está prohibido quedarse en casa el día de tu cumpleaños, así que no hagas planes con la almohada hoy, te veo más tarde"

Meredith la observó levantando una ceja. Liz se limitó a lanzar una carcajada.

-          Susan parece no rendirse... - sonrió la mujer - ...ya tiene planes para hoy, ¿no?

-          Me ha dicho toda la semana que el peor pecado es quedarse en casa el día de mi cumpleaños y ha sacado en cara incontables veces que éste será nuestra última salida antes de la universidad.

-          ¿Todavía quiere psicología?

-          Ya no está tan segura... - respondió Liz con un deje de molestia bien disimulada - ...ahora parece que está pensando en arquitectura.

Meredith negó con la cabeza y siguió con el desayuno. Liz por su parte trató de terminar bien el suyo.

Una vez terminados ambos platos, fueron hacia la entrada, tomando una la cartera y la otra su mochila de paño aguamarina para subirse finalmente al Clio. Solían repetir ese viaje todas las mañanas.

El viaje no tardó más de diez minutos y ya en las puertas del colegio, Elizabeth comenzó a sentir esa comezón en el cuello, característica de los nervios que solían invadirla cuando estaba a punto de dar un examen oral.

-          En la guantera hay una barra de chocolate blanco... - indicó su madre luego de abrazarla y besarle la mejilla - ...por si acaso.

Liz agradeció y bajó del auto ondulando las manos hasta que la vio desaparecer en la esquina. Se encaminó hacia la puerta principal donde grupos de estudiantes de último año reían, gritaban o hasta comentaban temas tan triviales que parecía que lo que venía no fuese demasiado importante.

No pudo evitar sentir un deje de envidia cuando pasó por el lado del grupo de Caroline Parker, no porque ellas fueran las chicas populares, ni porque ella fuera la chica que había estado con Mark toda la noche de la graduación, sino más bien porque el tema de conversación de ellas, más que la prueba o el futuro que se les vendría encima, era sobre cómo iban a celebrar esa noche el examen.

Se sintió levemente agobiada por sus propios pensamientos ¿es que acaso a nadie le importaba tanto como a ella? O quizás todos tenían más posibilidades o eran menos exigentes consigo mismos, o quizás, simplemente, los demás podían permitirse fallar, mientras que ella necesitaba y quería esto tanto, que si no lo conseguía, probablemente se iba a deprimir de por vida.

Sintió de pronto unos brazos que la rodeaban torpemente y la levantaban del suelo. Con un codazo, se desprendió del agarre y miró hacia el supuesto agresor. Detrás de ella, un chico alto de ojos cafés y cabello castaño se apretaba el abdomen.

-          ¡Mierda, George! - exclamó al ver a su amigo.

-          Feliz cumpleaños... - dijo este sonriendo con una mueca.

-          ¡Joder! - exclamó Susan con una risotada - ...qué diablos ¿nunca aprendes?

-          Lo siento, creí que quizás en éste cumpleaños podría no recibir un golpe... - bufó el chico con falso enfado.

-          Perdona Georgie, soy medio torpe... - intentó disculparse la chica.

El chico no hizo más que saludarle con un abrazo y los tres comenzaron a reir, pero la risa fue interrumpida por el timbre que indicaba que debían encaminarse a los salones.

El primero en separarse fue el castaño, que tras ingresar por la puerta, levantó el dedo pulgar en señal de suerte hacia el par de amigas. Luego le siguió Sue y finalmente Liz.

La sala se encontraba atiborrada de gente y sólo quedaban dos asientos en las partes vecinas a un amplio ventanal a mano derecha. Liza ingresó camino a ellos, pero la voz del profesor McGaunal la detuvo.

-          ¿Va a algún lado señorita Stemper?

Liza lo miró con la cara totalmente colorada al ver que toda el aula volcaba su mirada sobre ella. No sabiendo que responder, no pudo más que sentir con la cabeza. ´

-          Entonces ¿podría tener la amabilidad de dejar su mochila en la entrada al igual que el resto de sus compañeros?

Dirigió la mirada hacia la muralla y encontró, en efecto un grupo de bolsos, carteras y mochilas, en una especie de cerro en la entrada.

Abrió la mochila con prisa y buscó el lápiz grafito y la goma, para luego colocarse en uno de los asientos desocupados. Sobre la mesa, descansaba un librillo de hojas de roneo, dentro del cual descansaba un formulario blanco, lleno de números y círculos, donde en la parte más superior se mostraban las letras de la A a la E. No era algo nuevo, había hecho ensayos antes, pero se sentía extremadamente diferente. Podía sentir que en esas 100 preguntas, descansaría el resto de su vida.

El segundo timbre que anunciaba el comienzo de la prueba dio inicio y entonces un chico ingresó apurado al salón, saludando al profesor con una sonrisa y mirando a través del aula en busca de único asiento desocupado que quedaba. El corazón de Elizabeth dio un brinco al ver el rostro de Mark sonreírle de forma casi automática, para sentarse detrás de  ella. El chico sacó un lápiz de su bolsillo y de forma despreocupada le pinchó el hombro y le saludó.

-          Hey ¿tienes goma Liz? - preguntó en voz baja mirando la que tenía sobre la mesa.

Ella no pudo más que sonreír y en un acto medio torpe partió la suya por la mitad y se la entregó, mientras el profesor daba las instrucciones.

-          Gracias y suerte... - dijo el guiñándole con el ojo derecho y volteándose sin más hacia su prueba.

-          Tienen 3 horas y media ¡comiencen! - exclamó McGaunal una vez finalizado el discurso.

Liz abrió la primera hoja y se encontró frente al primer título: Matemáticas... ¡cómo odiaba matemáticas!

Leyó el primer problema en forma lenta y pausada, como había ensayado todo éste tiempo, mientras tarareaba alguna canción en su cabeza, pero había un sonido que la distraía más que la jodida música que colocaba su madre cada vez que le daban los ataques por hacer la limpieza de la casa. El ligero golpe del lápiz de Mark sobre la mesa la comenzaba a volver loca.

-          Concéntrate Liz... concéntrate... - repitió para si misma.

El sonido no cesó.

Una hora más tarde, llevaba terminada la ficha de matemáticas, pero quedaban sólo 2 horas y media y aún toda la de lenguaje, ciencias y aptitud.

Se distrajo unos minutos mirando por la ventana. Tener a Mark tan cerca no era un factor que había tenido en cuenta durante los ensayos y estaba tomando un efecto totalmente negativo en su avance. Se distrajo observando la gente que pasaba detrás del muro verde del patio trasero del colegio, pero particularmente se detuvo en un tipo que sonreía extrañamente hacia ella, de una forma que se le hacía ligeramente desagradable. Parpadeo rápidamente y devolvió la vista hacia la ficha que tenía en frente al escuchar un fuerte goteo sobre ésta. Era sangre.

Alzó la mano súbitamente y al notar que el profesor McGaunal no levantaba la vista hacia ella, se levantó y lo miró.

-          Señor McGaunal, necesito ir al baño... por favor... - explicó caminando hacia adelante y tapando su rostro.

El hombre sin levantarse de la silla la detuvo al instante de un grito, pero al ver el rostro de Elizabeth manchado con sangre, no hizo más aspaviento que indicarle la puerta seguido de un "apresúrese".

Estando más cerca del gimnasio, corrió hacia los baños que se encontraban detrás de las graderías y se apresuró en ingresar y echar a correr el agua. No sabía bien si era el stress del momento o el súbito ejercicio, pero sentía que la cabeza le apretaba demasiado. Estiró el brazo hacia el expendedor de papel y lavó su nariz rápidamente inclinándose hacia el lavabo, pasando a mojar toda su cara.

-          ¿Porqué hoy? - pensó con enojo - ¡¿porqué hoy mierda?!

Nuevamente sintió una presión sobre su cráneo. Sacó un par de toallas de papel y se limpió la cara para mirar hacia el espejo. El sangramiento había cesado. Se giró de vuelta para la sala, notando un enorme graffiti sobre una de las puertas: "ya vienen". Genial... otro afiche de las estúpidas animadoras.

Ingresó a la sala bajó la mirada furibunda de la gran mayoría de sus compañeros y se sentó. Levantó la vista para observar el reloj. Habían pasado 15 minutos. 15 minutos perdidos...

Se sumió de lleno en la hoja de lenguaje y ciencias, dejándole sólo 30 minutos para la parte de aptitud. Era la que más le costaba.

Abrió la primera la página y leyó el título de lo que sabía leería en esa prueba. Sólo una pregunta, clara y concisa, referente a lo que ella esperaba de su futuro en la universidad a la que iba a postular: Columbia.

Lo había repasado cien mil veces en su cabeza ¿Por qué quiero ir a Columbia? Decir que porque es una de las instituciones más prestigiosas del país no bastaba y ella lo tenía más que claro, así que sacando su lápiz comenzó a escribir el párrafo de 1 hoja y media que tantas veces había memorizado. Iba terminando la penúltima estrofa del manuscrito que había reproducido tantas veces en su cabeza, hasta que la voz del señor McGaunal la interrumpió.

-          Suelten los bolígrafos señores, hemos terminado.

Y con la misma calma con la que había pronunciado su sentencia, se levantó de la silla exigiendo con la vista que todos soltaran sus lápices. Lis desesperó en terminar la última línea, pero el profesor retiró su lápiz de forma acelerada negando con la cabeza. Se sintió pequeña e impotente. Sin más, se levantó del asiento, con un mar de palabras atragantadas en las yemas de sus dedos que no había podido escribir. Tomó casi automáticamente su mochila y apretó un puño odiando su propia nariz por haberle quitado los 15 minutos más decisivos e importantes de su vida.

En la salida la esperaban Susan y George, una con cara de felicidad extrema y el otro con la de no saber que mierda estaba pasando.

-          ¡Fue casi una iluminación Liz! - saltó de felicidad - ...por primera vez creo que no la he jodido monumentalmente.

-          Las tres horas más cortas de mi vida... - siguió George - ...no sé ni siquiera que leí, esto es peor de lo que había pensado.

-          ¿Y tú? - sonrió Susan - preguntaron eso que tantas veces recitabas ¿lo hiciste no?

Liz se quedó callada y miró hacia el suelo cruzándose de brazos en un gesto nervioso.

-          Si... ha ido bien... - mintió.

George le sonrió y Susan la tomó del brazo encaminándose hacia la salida. Al parecer era la única que se sentía triunfante después de todo.

Caminaron un par de cuadras en las que Susan comentaba una y otra vez lo feliz que se sentía éste día. Sentía que había estado finalmente en la misma sintonía que algún examen de los que había dado. George por su parte, no tenía idea que mierda iba a pasar y Liz, que era la que más había preparado todo esto, comenzaba a sentir una angustia creciente al creer que podía perder todos sus sueños y aspiraciones si fallaba. De pronto, sonó un beep del celular de Susan y ésta se detuvo de improviso.

-          ¡No puede ser! - exclamó.

Liz la observó confundida y Georgie rodó los ojos. La chica levantó su teléfono y se los mostró a ambos, esperando, claro, una respuesta bastante más efusiva o al menos similar a la de ella.

-          No vamos a ir... - siguió caminando George dejando un par de metros atrás a su par de amigas, pero se detuvo al instante al notar que ninguna le seguía el paso.

Susan, enfurecida miró a Liz, la cual simplemente dirigió la vista al suelo. Lo que menos quería era actuar de mediadora como solía hacerlo, pero al parecer la colorina nuevamente dejaba el silencio en sus manos a espera de que dijera algo. George, notando esto, retrocedió un poco y molesto enfrentó a la portadora del teléfono.

-          ¿Y qué vamos a hacer con lo que teníamos planeado? ¿eh? - negó con la cabeza - ...es el cumpleaños de Liz, no el día otra de las estúpidas fiestas de fin de año en casa de Mark Turner.

-          Fiestas a las que, por cierto, nunca nos invitan... - replicó Susan mirándolo con molestia - ¿qué no sabes lo colgada que estuvo Liz los últimos cuatro años por Mark?

Liz no pudo sino más que enrojecer como un tomate, apartándose el cabello de la cara y decidiendo al fin ser parte de la conversación.

-          No creo que sea buena idea... - negó - ...en esas fiestas siempre termina yéndose algo de las manos ¿o acaso olvidas el video que hundió a la pobre Britany en youtube?

Susan recordó con compasión la grabación que las odiosas amigas de Caroline habían subido a la red de la pobre y dulce Britany. Por alguna razón, había decidido ir a esa fiesta y por otra muy mala se había emborrachado hasta más no poder, terminando abrazada del lavabo llena de pasta de dientes y rayas de plumón que la denigraron totalmente el resto del semestre. Su entrada a Yale había sido confiscada luego de eso y la caída de su moral la obligó a optar por algo más cercano y menos presuntuoso.

-          ¡Oh, vamos Liz! Ahora somos todos adultos, nadie va a andar colgándose del brazo de nadie ni haciendo el ridículo en el balcón de la casa de Mark - trató de persuadir.

-          Ella no quiere ir ¿cuál es la idea? - insistió George que estaba completamente en contra de ir a ese lugar.

-          Aquí dice expresamente "ven con todos tus amigos a celebrar el fin de una era", ustedes son mis amigos y éste si es el fin de una era  - insistió, pero los interlocutores permanecieron en silencio y Susan pareció ofuscarse aún más - ¿qué acaso no quieren tener un recuerdo impreso sobre su fin de año antes de la universidad?

Liz de inmediato pensó que quería que su recuerdo fuera ir a la universidad. Recordó el examen y se volvió a sentir angustiada.

-          Además, no es que llevarte a la taquería y escuchar a unos mariachis fuese a ser demasiado, te íbamos a dar tequila y te terminarías emborrachando de cualquier forma - rio dándole un golpecito a Liz - ...pero aquí... - comenzó a cantar - ...va a estar Maaark.

Recordó de inmediato la escena en la sala, la goma y la sonrisa. Se sintió tonta. Debería haberse rendido hace años con eso, pero Mark seguía siendo el chico perfecto y amable que ella recordaba.

-          Yo prefiero la taquería... - opinó George levantando la mano en signo de democracia.

-          Es el cumpleaños de Liz... - aclaró Susan - ...solo su voto vale zopenco.

George se molestó y miró a Susan con rabia.

-          Pues bien Liz... es tu decisión - sentenció Susan.

Elizabeth dio un largo y tendido suspiro. Como odiaba decidir por los demás.

-          Está bien... iremos a lo de Mark.

Susan saltó hacia ella y George relajó el ceño tratando de aceptar la decisión rodeándola en gesto de afecto. Liz no pudo más que recibir el abrazo de ambos y sonreír. No podía ser tan mala idea.

End Notes:

espero me den su opinión!

End Notes:

espero me den su opinión!

Regresar al índiceCapítulo 2 by lan_uchiha
Author's Notes:

se borró :/

Author's Notes:

se borró :/

CAPÍTULO 2

 

            En realidad no lo había hecho por ella. De ser por lo que le apetecía se hubiese quedado encerrada en su habitación todo el resto del día con los audífonos a todo dar para tratar de creer que éste día no había pasado, que el examen no había sido un fiasco producto de la súbita rinorragia que le había arruinado la mañana.

-          Estúpida nariz… - pensó y se lanzó nuevamente sobre la cama.

Después de un largo almuerzo con su madre se sentía exhausta y comenzaba a cuestionarse si era realmente adecuado salir cuando se sentía echa trizas. Para empeorar la situación, Meredith había convidado a la señora Krevitziel para la cena. No es que ella fuera una mujer desagradable ni mucho menos. Era una ancianita bastante simpática, pero tenía una mente demasiado optimista y conocía a Elizabeth y a su madre desde que se había mudado al vecindario, por lo tanto estaba al día con todas las buenas nuevas de la familia cada vez que la convidaban a cenar, así que era de esperarse que la cena estuviera cargada de preguntas sobre su futuro en Columbia y todas las menudencias de la vida que se avecinaba sobre ella.

-          ¡Dios mío! – suspiró Liz mirándose al espejo antes de bajar a ayudar a su madre - ¿porqué éste día no termina nunca?

Bajó las escaleras tomándose el cabello en tomate y fue a la cocina a ayudar a su madre. Meredith se encontraba sacando algo del horno, mientras la sartén arrojaba un leve chirrido junto a un aroma a aceite con especias.

Dejó el recipiente de vidrio sobre un mueble y dirigió la mirada hacia su hija.

-          ¿Y bien? – miró hacia el plato recién sacado del horno - ¿qué te parece?

Liz analizó un par de segundos lo que tenía frente a ella. Parecían unas papas asadas con crema de tarro y cilantro encima, como una especie de decoración.

-          Huele bien mamá – limitó a decir.

No quería parecer demasiado entusiasmada o sino su madre probablemente le haría tragar la fuente entera en señal de agradecimiento. Y no es que no le gustara como cocinaba, al contrario, pero recordaba demasiado bien su cumpleaños pasado en el cual le cocino un pavo relleno sobre el cual opinó “exquisito, me muero por comerlo”, y en efecto casi murió luego de que su madre le sirvió prácticamente el pavo entero ya que bajo su propio entendimiento, Liz estaba muriendo por comerlo todo. Desde ese momento se limitó a no opinar sobre deseos que tuviesen que ver con la comida.

El sonido del teléfono salvó a Liz de más preguntas sobre la cena.

-          ¿Puedes contestar cielo? – pidió Meredith tomando una ensaladera – debe ser la señora Krevitziel.

Camino hacia el teléfono y en efecto era ella. Con su dulce voz luego de preguntar muchas veces cómo había estado su día pidió que le pasara a su madre por favor. Liz se limitó a llevar el inalámbrico a la oreja de ella y fue por un poco de jugo mientras Meredith terminaba la conversación.

-          Necesito que pongas otro plato Liz… - pidió su madre con amabilidad - …coloca el plato de Mickey en el que comías cuando pequeña – recordó con melancolía.

-          ¿Es un intento de que no crezca? – preguntó la chica con una sonrisa tratando de evadir la tristeza aparente de Meredith, la cual despaviló de inmediato.

-          No querida, Katerina vendrá con su nietecito… - sonrió la madre con ternura - …espero el pequeño no sea tan mañoso para las comidas, quizás debería prepararle un huevo o…

-          Estará bien mamá, de chica que habría devorado todo és… - y se detuvo al instante, pero ya era tarde.

Su madre le había escuchado y probablemente tendría que comer también los restos del plato del pequeño Krevtziel.

Mientras llevaba el plato y su vaso con jugo a la mesa, sintió algo frío en la espalda, dejando caer parte del líquido sobre su polera junto al plato. Volteó con un ligero escalofrío, pero al igual que en la mañana, no había nada. Quizás los años comenzaban a marcar que sería víctima de demencia senil a temprana edad.

Dejó el plato sobre la mesa junto a los cubiertos y fue de inmediato a cambiar su ropa y arreglarse un poco. Después de todo, gracias a la comilona a la que la sometería su madre junto a un trozo de torta para celebrar sus muy felices 18 años, no tendría tiempo ni para intentar verse no tan ella. No era que no se arreglara, el problema es que nunca se esmeraba en hacerlo.  Incluso Susan, que no era gran fan de las compras ni nada por el estilo, parecía ponerle más esfuerzo a su apariencia. Suspiró un segundo y se miró en el espejo. Ella no era nada especial. Tez blanca, pelo castaño claro con ondas, nariz levemente respingada pero no lo suficientemente fina como para darle un aspecto de muñeca de porcelana y por último, dos enormes pares de ojos de un color extraño producto de la mezcla de café con verde. Se miró por última vez y negó con la cabeza.

-          Nada especial… - se dijo a si misma.

Sacó del closet la única polera que tenía que se acercaba más a un motivo de fiesta y unos pantalones ajustados hasta el tobillo que se había comprado hace un par de semanas. Pensó en zapatos, pero la idea rebotó en su mente. No tenía nada elegante ni sofisticado, sólo zapatillas, unas sandalias y unas alpargatas de tela color negro a rayas blancas que solía usar en los veranos. Optó por las últimas pues combinaban con la polera blanca y se miró nuevamente. Cepilló su cabello durante un par de minutos, lo suficiente para desenredarlo, pero no demasiado. Las ondas y el friz más un buen cepillado sólo le daba un estilo aleonado que odiaba demasiado.. Tomó una cinta y se hizo una coleta alta, para terminar con 4 gotas de perfume sobre su cuello. Suficiente. Era lo mejor que podía hacer. Pensó, por último, en ir a sacar algo de maquillaje a la habitación de su madre, pero se arrepintió, colocó el anillo que le había regalado en la mañana y bajó. Iba pisando el último escalón cuando sonó el timbre. Meredith apareció tras el umbral de la cocina y fue a abrir.

-          Coloca el jugo y la sal, el resto está todo listo – sonrió – te ves preciosa.

Elizabeth fue en busca de lo pedido por su madre y se dirigió al comedor. Todo estaba preciosamente arreglado e incluso había un par de globos en una de las esquinas.

-          ¡Liz! – gritó su madre. Recopilatorio de partituras para aprender a tocar la flauta dulce de forma progresiva Partyflauta: Partituras para flauta dulce

Caminó rápido y finalmente cuando llegó se quedó con la boca abierta.

-          ¡Feliz cumpleaños mi niña preciosa! – le abrazó Katerina mientras le entregaba un pequeño obsequio.

Liz sonrió medio confundida y miró al acompañante de la señora Krevitziel confundida.

-          Él es mi nieto… Ian… - indicó hacia el lado derecho.

Elizabeth saludó y quedó observándolo perpleja ¿Qué no era un niño pequeño? Aquel chico que tenía frente a sus narices distaba mucho del tipo de kínder garden que había imaginado en su cabeza. Ian medía por lo menos metro ochenta, tenía el cabello oscuro con unos intensos ojos azules, delimitados por largas pestañas que no hacían más que intensificar su mirada. De estructura corporal fuerte, permanecía erguido sonriendo educadamente, preguntándose por qué tenía que ir a esa estúpida comida cuando tenía cosas más importantes que hacer, pero no podía decirle que no a su abuela ese día. Sabía que su visita sería más que corta y que darle un pequeño gusto a Katerina, no iría en contra de sus principios. Bajó la mirada hacia la chica que parecía estar de cumpleaños y se sintió ofuscado. No entendía porque le observaba como si viniera de otro planeta.

Meredith sonrió al adivinar la confusión en la cabeza de su hija.

-          Es el nieto mayor de la señora Krevitziel… - explicó - …así que vamos a tener que sacar tu plato de Mickey.

Ian no pudo sino más que soltar una risa al imaginar que alguien a esa edad siguiera comiendo en platos de Disney. Liz se avergonzó de inmediato y fue hacia la cocina a sacar un plato normal, para cambiarlo de inmediato. Trató de pensar que esa no sería una noche de momentos embarazosos, sino todo lo contrario. En un par de horas, estaría en una fiesta de verdad y podría hablar con Mark, sin que la tonta de Caroline estuviese colgándose de él en todo momento. Después de todo, al menos en las fiestas solía dejarlo tranquilo.

Cuando estuvieron todos sentados en la mesa, su madre empezó a repartir los platos. Sentada a su lado, sonreía a los invitados, mientras la señora Krevitziel hacía halagos sobre la apetitosa apariencia de la comida que habían servido. Como era de esperarse, Meredith le dio una ración proporcional a la de un elefante.

-          Y bien Ian… - comenzó Meredith - … ¿de dónde es que vienes?

El chico dejó un cubierto sobre la mesa y sonrió a la mujer.

-          Nueva York… - sonrió - ...trabajo y estudio allí.

-          Estudia Filología… - continuó Katerina - …es un chico muy esforzado – elevó su rostro hacia ambas con orgullo - …incluso le han ofrecido trabajo éste verano con unos arqueólogos en Centroamérica, pero como vez ha preferido venir a casa de su abuela durante el receso.

Ian sonrió a su abuela y Liz analizó el gesto. No parecía tan convencido de su decisión, pero era de esperarse. Greenwitch no era una gran metrópoli ni mucho menos. Era una ciudad, casi al límite de ser un pueblo, que llamaba la atención por el lago Silverscape y las leyendas urbanas que atraían más que nada a turistas. Probablemente nunca lo iba a comprender.

-          Liz irá a la universidad éste año… - explicó su madre.

-          ¿Cómo te ha ido en el examen? – preguntó Katerina - …has estado trabajando tan duro.

-          Bien… supongo… - sonrió la chica levemente e Ian la miró analizando el gesto.

-          No suena muy convincente… - dudó - …por el contrario.

Elizabeth se sintió irritada.

-          Puede que no sea suficiente para entrar a Columbia, a eso me refiero, quizás si postulo a cualquier otra en Nueva York, sería seguro, después de todo, es más fácil salir seleccionada en otra parte.

Meredith dio un leve codazo a su hija en señal reprobatoria. No entendía porque Elizabeht adoptaba siempre esa actitud defensiva con la gente de su edad.

-          Ian fue solicitado por Harvard… - miró Katerina a su nieto con dulzura - …pero su horizonte siempre fue la Universidad de Nueva York.

-          No todos somos un prototipo Ivory League ¿no crees? – habló a Elizabeth quien se mantuvo en silencio ésta vez.

Liz comenzó a sentirse fuera de humor e incómoda.

-          Es genial tenerte con nosotros Ian… - habló de pronto Meredith notando el cambio de ánimo en el rostro de Elizabeth - ¿habías estado antes en Greenwitch? -

-          No había tenido el placer… - contestó.

-          Oh por Dios, ¡qué sínico! – pensó Liz – para ser mi cumpleaños, no he tenido el honor de elegir a los invitados.

Entonces miró hacia el reloj y supo que en cualquier momento sonaría el timbre anunciado la llegada de George o Susan. Su presentimiento no estuvo lejos de la realidad pues a los 15 minutos el primer din-don se manifestó en el comedor.

-          ¡Justo a tiempo para la torta!

Meredith se echó hacia atrás y comenzó a recoger los platos. Katerina hizo un esfuerzo por levantarse, pero Ian sostuvo el brazo de su abuela y ayudó a la madre de Liz, mientras tanto, la cumpleañera, corría a todo lo que daba para ir por el picaporte. Abrió con prisa y encontró a George con una enorme sonrisa y un pequeño y delgado paquete rectangular entre sus manos. La chica saltó a los brazos de su amigo y éste la elevó, sin recibir por primera vez un codazo sorpresa.  Lo llevó hacia la cocina donde su madre comenzaba a sacar la torta del refrigerador, mientras un desconocido colocaba los platos bajo el agua. George la miró de reojo y Liz susurró “invitado no deseado”. El recién llegado, aguanto una risotada y fue a saludar a Meredith con un abrazo, para luego extender la mano hacia Ian que la recibió con despreocupación. Liz caminó hacia el comedor, donde Katerina la observaba con una enorme sonrisa.

-          Ya eres toda una mujer Elizabeth – pronunció sintiéndose casi parte de la familia.

Liz tomó los dos paquetes que tenía y se estaba preparando para abrir uno, cuando se madre la interrumpió.

-          Falta Susan querida… no te lo perdonaría – entonces Liz dejó ambos sobre la mesa - …además, te recuerdo que aún no has nacido, casi sales al día siguiente – rió – te faltó solo un minuto.

-          Desde el comienzo fue complicada – rió George y recibió el codazo del que se había salvado en un principio.

El timbre dio el segundo aviso de la noche y una apurada Elizabeth fue al encuentro de su segunda invitada.

Aparecieron ambas tras unos minutos en el comedor, tomadas del brazo y una cargando un paquete envuelto en papel crepé con una cinta amarilla.

Al verlas, Meredith tomó los fósforos y encendió las velas. Al segundo, su madre, sus amigos y la señora Katerina sonrieron y comenzaron a entonar el cumpleaños feliz, a excepción de Ian que se sentía completamente fuera de lugar en ese ambiente tan hogareño y desconocido para él. Su último cumpleaños lo había pasado solo, tras una mesa, bebiendo de una botella de cerveza y pensando porque las cosas habían cambiado tan radicalmente en su vida. Cuando se mudó a Nueva York, creía que tendría la vida perfecta, pero a medida que sucesos inexplicables fueron ocurriendo a su alrededor, se dio cuenta que había algo que no estaba bien, hasta que finalmente, no pudo seguir haciendo oídos sordos.

El aplauso de todos y la sonrisa de Liz lo sacó un poco de los recuerdos que comenzaba a rememorar y observó como la chica soplaba las velas, tomando su largo cabello hacia atrás para no ensuciarlo con la blanca crema.

Era el momento preferido de Liz en cada cumpleaños: pedir los tres deseos. Mientras expulsaba el aire a través de su boca pensó en las cosas que más añoraba en su vida: ir a Columbia, salir excepcional y encontrar un trabajo magnífico que llenara todas sus expectativas. Y es que era más que un deseo, había estado toda la vida preparándose para ello. Estaba segura que desearlo no era suficiente, pero aún así, solo por ese instante quiso creer que el aire que emergía de su boca aquella noche en su dieciochoavo cumpleaños daría el empujoncito final al destino.

Finalmente llegaron los aplausos y Liz observó a todos bajo la tenue luz y se detuvo de golpe al ver una sombra en la ventana. Se echó hacia atrás de golpe y dio un grito, pasando a llevar su mano con la punta de la mesa.

-          ¿Qué pasa? – preguntó Meredith observándola con preocupación.

Elizabeth volvió a mirar con disimulo y optó por fingit con una sonrisa. No había nada y al parecer, ella necesitaba lentes.

Su madre, algo más tranquila, convidó a todos a servirse un trozo de torta, a lo que los chicos aceptaron con una sonrisa y se sentaron mientras Liz comenzaba a abrir los regalos. Ian, algo hastiado de la situación se excusó para ir al baño.

Al abrir el primer paquete de George, dio un salto de emoción. Era un DVD del último concierto de su banda favorita: The Traps. Susan se lo quitó para comenzar a verlo, mientras ella abría el segundo paquete: era una chaqueta negra de mangas cortas con un corte en V en el cuello. Liz la miró sonriendo agradecida.

-          Te irá perfecto con el atuendo de hoy – le dio un golpecito a George en el costado – seguro vas a anotar.

Elizabeth se sonrojó e ignoró el comentario, para mirar el último paquete. Era pequeñito y tenía una pequeña cinta azul de envoltura. Levantó la vista hacia la señora Krevitziel y ella le hizo un gesto para que lo abriera. Comenzó con cuidado y pronto encontró en el interior un pequeño collar con un colgante de circonio y una pequeña esfera roja en el centro. No sabía que decir.

-          Era de mi madre, luego fue mío y te lo entrego a ti… - habló con afectuosa voz – nunca tuve hijas ni tampoco tengo nietas, así que creí que luciría bien en ti.

Elizabeth se levantó a darle un abrazo, mientras Susan miraba el regalo con asombro. El collar era bonito, pero lo que más llamaba su atención era el colgante. De forma rectangular y bordes plateados, pese a la antigüedad que marcaba, se veía fino y bastante caro para ser un simple regalo, pero eso no era lo único que hacía que lo sostuviera y observara tanto. La extraña bola de color rojo al medio, era tan intensa que parecía casi expandir calor. Era como si alguien hubiese atrapado una bola de fuego dentro de un cristal.

-          Es precioso - sonrió su madre con la bandeja desde la puerta – se va a ver genial cariño.

Mientras Meredith sirvió los platos, Ian volvió a la habitación, observando el lugar como quien espera que sucediera algo, pero al parecer, el chico se había perdido de lo divertido. Aunque la verdad, poco le importaba.

            Pasaron un buen rato conversando con la señora Kravitziel sobre el futuro, la universidad y finalmente Susan recalcó los planes que tenían para la noche. Las dos mujeres mayores concordaron en que la juventud debía salir a celebrar. El trío de amigos se levantó de la mesa y cuando Liz se dispuso a introducir el primero de sus brazos dentro de la chaqueta, su madre dijo las palabras que ella no hubiese querido escuchar.

-          ¿Por qué no llevan a Ian? – Meredith miró al chico - …no es un buen panorama para un chico de su edad quedarse bebiendo té con dos mujeres de nuestra edad.

Susan abrió los ojos como plato y George trató de aguantar una carcajada al ver el rostro de su amiga blanco como un papel. Necesitaba una excusa y una rápida. Podría haber dicho “es con invitación”, pero su madre no estaba al tanto de que irían a la casa del lago de Mark, la cual era famosa por las escandalosas fiestas de las que murmuraban las señoras en el supermercado: “supiste que la hija de Meredith Stemper…”, ¡oh, no! Prefería omitir ese detalle, después de todo no llegaría tarde. Miró de inmediato a Susan, esperando que ella abriera la boca, pero la colorina se quedó tan muda como George. Nuevamente ella tenía la pelota. Pensó rápido unos segundos, pero no pudo pensar en nada y al ver el rostro de la señora Krevitziel, optó por colgarse de una falsa sonrisa.

-          Si él quiere… - comenzó a decir Liz, mirándolo a esperas de la única luz de esperanza que podía imaginar en ese momento: que para Ian no fuese una posibilidad compartir con ellos.

El chico guardó silencio. Por supuesto que no quería ir. Estaba cansado, más bien agotado, por el viaje y todas las malditas imágenes que había recibido durante el día. El viaje en avión debió haber sido un agrado, pero por el contrario, había sido un maldito infierno. Los flashes habían comenzado en sueños hace un mes, pero los últimos días había sido más que un suplicio. Sudaba cuando sentía el dolor y más aún cuando escuchaba los gritos. Esa había sido una de las principales razones por las que había ido a casa de su abuela. Necesitaba la paz. La añoraba. Y en un lugar tan pequeño como ese, podía estar libre al menos de todas las cosas con las que tenía que enfrentarse a diario, además, si salía sin dar aviso, estaba seguro que tomaría un par de días en que diesen con su paradero.

-          Vamos Ian… - sonrió su abuela - …una anciana puede cuidarse sola una noche.

Miró a Liz y no le costó demasiado descifrar lo que pensaba en aquel momento. Era más que obvio que la chica no estaba mínimamente interesada en que el saliera con su grupo de amigos, pero la verdad, le importaba un carajo. Si había alguien que le interesaba en aquel momento, era su abuela, después de todo, era lo único que le quedaba.

-          Qué más da… voy – pronunció mirando a Elizabeth.

Susan lo observó de forma extraña y luego corrió los ojos hacia Liz que parecía iba a echar chispas. George, intentando calmar los ánimos, dio un aplauso y se fue a despedir de Meredith y Katerina, dándole una palmadita en el hombro al par de amigas.

Meredith parecía encantada porque llevaran a Ian al igual que Katerina que los observó con una sonrisa hasta que desaparecieron por la puerta.

Los chicos se subieron al jeep de George y una entusiasmada Susan se robó el asiento de copiloto, dejando a una molesta Elizabeth en el asiento trasero, cruzada de brazos, con la vista pegada en la ventana. Se abrochó el cinturón y dio un largo suspiro.

No iba a ser la gran cosa. Se la iba a pasar genial. Miró de reojo a Ian que parecía absorto de su presencia en aquel momento. Ni siquiera lo conocía bien, de hecho, llevaba menos de 3 horas con él, pero aún así, le caía como patada en el estómago.

Entonces, el sonido de la radio hizo que dejara de mirar a Ian, que en ese momento se giró hacia ella.

-          Para ponernos en onda… - rió Susan.

Ambos, en el asiento trasero, miraron por las ventanas, mientras el camino comenzó a pasar rápido a través de los vidrios, mientras Susan parecía disfrutar de sobremanera la letrilla, tarareando con excesivo entusiasmo el coro de una canción de los Beatles.

Cuando llegaba el día lunes y Elizabeth comenzaba a escuchar el murmuro de Caroline y sus amigas sobre la fiesta de Mark, cerraba sus oídos pensando lo estúpidas que eran y lo exageradas que podían llegar a ser, pero a medida que se acercaban por el camino, pudo sentir que se le crispaba el vello de los brazos al ver la cantidad de autos estacionados y las luces que salían del muelle.

-          ¿No era una fiesta en la casa de Mark? – preguntó George con ironía.

-          El lago y el muelle son como el patio de su casa… - contestó Susan emocionada – los aperitivos son en la casa, pero a las… - miró su reloj – …once con cincuenta de la noche, el cocktail ya es en la playa.

George rodeó los ojos y continuó con el jeep, hasta un espacio que había entre un auto blanco con unas pegatinas de preservativos y otro amarillo deportivo, con una muñeca rosada colgando.

-          Seguro te estacionaste entre el mujeriego de Kevin y la estúpida de Beatrice.

El grupo se bajó de golpe y se miraron los unos a los otros. Susan, que esperaba que alguien dijera algo, optó por mirar a Liz.

-          Es tu noche querida, tú debes dar el primer paso.

Elizabeth, pensando que su amiga estaba exagerando, caminó delante del grupo, tratando de ocultar al máximo el bombeo de su corazón. Se sentía como una estúpida novata, pero no podía hacer nada al respecto.

A medida que se acercaba a la casa, podía escuchar la música tratando de escapar de los vidrios y a su vez retumbando también en la playa. Respiró hondo y fue a tocar la puerta, decidida a no mostrarse como una niña pequeña o, más bien, como la preocupada Elizabeth. Después de diez golpes, nadie atendió la puerta. Tanto George como Susan se cruzaron de brazos y se mostraron agotados. Elizabeth, afirmándose en la puerta, se sintió rendida y miró hacia el frente, dando a entender que necesitaban ideas, pero en eso, pudo ver a Ian caminar por el lado hacia un par de árboles.

-          ¡Hey! – le gritó - ¿a dónde vas? – preguntó molesta.

Lo único que le faltaba es que el tío desapareciera y luego su madre la culpara por no haberle prestado atención al nieto de su vecina, o peor, que lo encontraran ahogado en el lago y tuviese que pasar el resto del verano testificando en la policía, apareciendo en los periódicos y… ¡oh, no! Eso mancharía su certificado de antecedentes para ir a Columbia.

-          ¡Espera! – le volvió a gritar, corriendo hacia él.

Susan y George la siguieron con rapidez y cuando finalmente la alcanzaron, miraron a Ian con una sonrisa.

-          Creo que es más fácil llegar a la playa, por la playa ¿no creen? Después de todo con el volumen de la música van a echar raíces esperando a que les abran.

-          Pero… - iba a contrariar Liz respecto a lo inadecuado que era entrar sin autorización a una propiedad ajena.

-          ¡Es una buena idea! – exclamó Susan, pensando en que al parecer no había sido tan mala idea traerlo.

Sin volver a dirigirles la palabra Ian se paró frente a una enorme reja de hierro y afirmó un pie en el cerrojo. Si iba a salir, al menos iba a tratar de divertirse. No había andado todo el camino para quedarse mirando una puerta como estúpido. Asegurándose con el brazo que la reja sostenía su peso, se afirmó en la parte superior con un brazo, luego pasó el otro y en un par de segundos pasó ambas piernas sobre el fierro, para de un salto encontrarse al otro lado.

-          ¿Quién sigue? – preguntó como si aquello fuera de lo más normal.

-          Sí que eres ágil… - acotó Susan tratando de imitar el acto, con un resultado bastante más lento y precario - ¡no puedo! ¡está muy alto!

George le afirmó un pie y le ayudó a elevarse lo suficiente para alcanzar el fierro más alto, teniendo especial cuidado con el equilibrio, pues al parecer, Susan pesaba bastante más de lo que demostraba. Cuando la chica fue capaz de sostener con ambos brazos la parte más alta, logró pasar una pierna con algo de temor y pudo mantener el equilibrio suficiente. Miró hacia el frente donde una enorme fogata y gente bailando reflejaba la fiesta que se estaban perdiendo. Finalmente observó a Ian, quien le ofreció una mano y le ayudó a bajar. Con una subida de adrenalina, dio un grito de felicidad y caminó hacia la playa, demasiado entusiasmada de participar del evento.

-          Ve tu Liz, yo te ayudo – dijo George a su amiga – soy más alto así que me las podré arreglar solo.

No quiso decir que desde un comienzo la reja le había parecido apoteósicamente alta para pensar siquiera en saltarla, pero no era como si tuviera opción. Quedarse sola llamando a la puerta, ya no era una opción. No cuando todos parecían entusiasmados en llegar de una vez. Dio un suspiro lo suficientemente profundo antes de colocar el primer pie. George le sonrió y le ayudó a levantar el que había quedado en el suelo, a modo de darle un impulso suficiente como para que pudiera alcanzar la parte más alta de la reja. Su pierna derecha tiritó levemente producto del esfuerzo y cuando finalmente sostuvo ambos brazos sobre el helado metal, sintió como George levantara ahora ambos pies en el aire, para darle el último impulso. Parecía la estúpida pirámide de una porrista. Seguro a Caroline no le costaría nada algo como aquello. Cuando sintió que estaba lo suficientemente estable, pasó una de sus piernas y se afirmó del metal con ambas manos.

-          Ya casi Liz, ahora solo da un buen salto – exclamó George desde un lado.

Entonces lo sintió. Una fría y extraña brisa que le caló hasta el más ínfimo hueso de su cuerpo. Las hojas de los árboles comenzaron a moverse hacia el lago y de pronto, sintió que el tiempo se detenía. El sentido del viento cambio y la brisa apuntaba hacia las montañas, dejando en el camino suaves hojas que caían hacia el suelo. Y de pronto el frío que sentía comenzó a transformarse en miedo. Un rostro pálido en la oscuridad le sonreía, pero no de una forma amigable, sino por el contrario. Sintió que comenzaba a temblar cada músculo de su cuerpo y un líquido tibio comenzó a salir de su nariz. Levantó la vista hacia la luna y por unos segundos le pareció de un color rojo vinoso. Escuchó una diabólica carcajada y sus ojos se humedecieron. Abrazo su propio brazo con el otro y perdió el equilibrio. Entonces, el viento se detuvo.

-          ¡Liz! – la voz de George la hizo volver la vista hacia su amigo, mientras se inclinaba rápidamente hacia el lado contrario.

No fue lo suficientemente rápida. Había perdido el equilibrio en tan solo unos segundos. Volvió la vista hacia el bosque, pero sólo había oscuridad y de pronto, ésta misma la cubrió.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

            En realidad no lo había hecho por ella. De ser por lo que le apetecía se hubiese quedado encerrada en su habitación todo el resto del día con los audífonos a todo dar para tratar de creer que éste día no había pasado, que el examen no había sido un fiasco producto de la súbita rinorragia que le había arruinado la mañana.

-          Estúpida nariz… - pensó y se lanzó nuevamente sobre la cama.

Después de un largo almuerzo con su madre se sentía exhausta y comenzaba a cuestionarse si era realmente adecuado salir cuando se sentía echa trizas. Para empeorar la situación, Meredith había convidado a la señora Krevitziel para la cena. No es que ella fuera una mujer desagradable ni mucho menos. Era una ancianita bastante simpática, pero tenía una mente demasiado optimista y conocía a Elizabeth y a su madre desde que se había mudado al vecindario, por lo tanto estaba al día con todas las buenas nuevas de la familia cada vez que la convidaban a cenar, así que era de esperarse que la cena estuviera cargada de preguntas sobre su futuro en Columbia y todas las menudencias de la vida que se avecinaba sobre ella.

-          ¡Dios mío! – suspiró Liz mirándose al espejo antes de bajar a ayudar a su madre - ¿porqué éste día no termina nunca?

Bajó las escaleras tomándose el cabello en tomate y fue a la cocina a ayudar a su madre. Meredith se encontraba sacando algo del horno, mientras la sartén arrojaba un leve chirrido junto a un aroma a aceite con especias.

Dejó el recipiente de vidrio sobre un mueble y dirigió la mirada hacia su hija.

-          ¿Y bien? – miró hacia el plato recién sacado del horno - ¿qué te parece?

Liz analizó un par de segundos lo que tenía frente a ella. Parecían unas papas asadas con crema de tarro y cilantro encima, como una especie de decoración.

-          Huele bien mamá – limitó a decir.

No quería parecer demasiado entusiasmada o sino su madre probablemente le haría tragar la fuente entera en señal de agradecimiento. Y no es que no le gustara como cocinaba, al contrario, pero recordaba demasiado bien su cumpleaños pasado en el cual le cocino un pavo relleno sobre el cual opinó “exquisito, me muero por comerlo”, y en efecto casi murió luego de que su madre le sirvió prácticamente el pavo entero ya que bajo su propio entendimiento, Liz estaba muriendo por comerlo todo. Desde ese momento se limitó a no opinar sobre deseos que tuviesen que ver con la comida.

El sonido del teléfono salvó a Liz de más preguntas sobre la cena.

-          ¿Puedes contestar cielo? – pidió Meredith tomando una ensaladera – debe ser la señora Krevitziel.

Camino hacia el teléfono y en efecto era ella. Con su dulce voz luego de preguntar muchas veces cómo había estado su día pidió que le pasara a su madre por favor. Liz se limitó a llevar el inalámbrico a la oreja de ella y fue por un poco de jugo mientras Meredith terminaba la conversación.

-          Necesito que pongas otro plato Liz… - pidió su madre con amabilidad - …coloca el plato de Mickey en el que comías cuando pequeña – recordó con melancolía.

-          ¿Es un intento de que no crezca? – preguntó la chica con una sonrisa tratando de evadir la tristeza aparente de Meredith, la cual despaviló de inmediato.

-          No querida, Katerina vendrá con su nietecito… - sonrió la madre con ternura - …espero el pequeño no sea tan mañoso para las comidas, quizás debería prepararle un huevo o…

-          Estará bien mamá, de chica que habría devorado todo és… - y se detuvo al instante, pero ya era tarde.

Su madre le había escuchado y probablemente tendría que comer también los restos del plato del pequeño Krevtziel.

Mientras llevaba el plato y su vaso con jugo a la mesa, sintió algo frío en la espalda, dejando caer parte del líquido sobre su polera junto al plato. Volteó con un ligero escalofrío, pero al igual que en la mañana, no había nada. Quizás los años comenzaban a marcar que sería víctima de demencia senil a temprana edad.

Dejó el plato sobre la mesa junto a los cubiertos y fue de inmediato a cambiar su ropa y arreglarse un poco. Después de todo, gracias a la comilona a la que la sometería su madre junto a un trozo de torta para celebrar sus muy felices 18 años, no tendría tiempo ni para intentar verse no tan ella. No era que no se arreglara, el problema es que nunca se esmeraba en hacerlo.  Incluso Susan, que no era gran fan de las compras ni nada por el estilo, parecía ponerle más esfuerzo a su apariencia. Suspiró un segundo y se miró en el espejo. Ella no era nada especial. Tez blanca, pelo castaño claro con ondas, nariz levemente respingada pero no lo suficientemente fina como para darle un aspecto de muñeca de porcelana y por último, dos enormes pares de ojos de un color extraño producto de la mezcla de café con verde. Se miró por última vez y negó con la cabeza.

-          Nada especial… - se dijo a si misma.

Sacó del closet la única polera que tenía que se acercaba más a un motivo de fiesta y unos pantalones ajustados hasta el tobillo que se había comprado hace un par de semanas. Pensó en zapatos, pero la idea rebotó en su mente. No tenía nada elegante ni sofisticado, sólo zapatillas, unas sandalias y unas alpargatas de tela color negro a rayas blancas que solía usar en los veranos. Optó por las últimas pues combinaban con la polera blanca y se miró nuevamente. Cepilló su cabello durante un par de minutos, lo suficiente para desenredarlo, pero no demasiado. Las ondas y el friz más un buen cepillado sólo le daba un estilo aleonado que odiaba demasiado.. Tomó una cinta y se hizo una coleta alta, para terminar con 4 gotas de perfume sobre su cuello. Suficiente. Era lo mejor que podía hacer. Pensó, por último, en ir a sacar algo de maquillaje a la habitación de su madre, pero se arrepintió, colocó el anillo que le había regalado en la mañana y bajó. Iba pisando el último escalón cuando sonó el timbre. Meredith apareció tras el umbral de la cocina y fue a abrir.

-          Coloca el jugo y la sal, el resto está todo listo – sonrió – te ves preciosa.

Elizabeth fue en busca de lo pedido por su madre y se dirigió al comedor. Todo estaba preciosamente arreglado e incluso había un par de globos en una de las esquinas.

-          ¡Liz! – gritó su madre.

Caminó rápido y finalmente cuando llegó se quedó con la boca abierta.

-          ¡Feliz cumpleaños mi niña preciosa! – le abrazó Katerina mientras le entregaba un pequeño obsequio.

Liz sonrió medio confundida y miró al acompañante de la señora Krevitziel confundida.

-          Él es mi nieto… Ian… - indicó hacia el lado derecho.

Elizabeth saludó y quedó observándolo perpleja ¿Qué no era un niño pequeño? Aquel chico que tenía frente a sus narices distaba mucho del tipo de kínder garden que había imaginado en su cabeza. Ian medía por lo menos metro ochenta, tenía el cabello oscuro con unos intensos ojos azules, delimitados por largas pestañas que no hacían más que intensificar su mirada. De estructura corporal fuerte, permanecía erguido sonriendo educadamente, preguntándose por qué tenía que ir a esa estúpida comida cuando tenía cosas más importantes que hacer, pero no podía decirle que no a su abuela ese día. Sabía que su visita sería más que corta y que darle un pequeño gusto a Katerina, no iría en contra de sus principios. Bajó la mirada hacia la chica que parecía estar de cumpleaños y se sintió ofuscado. No entendía porque le observaba como si viniera de otro planeta.

Meredith sonrió al adivinar la confusión en la cabeza de su hija.

-          Es el nieto mayor de la señora Krevitziel… - explicó - …así que vamos a tener que sacar tu plato de Mickey.

Ian no pudo sino más que soltar una risa al imaginar que alguien a esa edad siguiera comiendo en platos de Disney. Liz se avergonzó de inmediato y fue hacia la cocina a sacar un plato normal, para cambiarlo de inmediato. Trató de pensar que esa no sería una noche de momentos embarazosos, sino todo lo contrario. En un par de horas, estaría en una fiesta de verdad y podría hablar con Mark, sin que la tonta de Caroline estuviese colgándose de él en todo momento. Después de todo, al menos en las fiestas solía dejarlo tranquilo.

Cuando estuvieron todos sentados en la mesa, su madre empezó a repartir los platos. Sentada a su lado, sonreía a los invitados, mientras la señora Krevitziel hacía halagos sobre la apetitosa apariencia de la comida que habían servido. Como era de esperarse, Meredith le dio una ración proporcional a la de un elefante.

-          Y bien Ian… - comenzó Meredith - … ¿de dónde es que vienes?

El chico dejó un cubierto sobre la mesa y sonrió a la mujer.

-          Nueva York… - sonrió - ...trabajo y estudio allí.

-          Estudia Filología… - continuó Katerina - …es un chico muy esforzado – elevó su rostro hacia ambas con orgullo - …incluso le han ofrecido trabajo éste verano con unos arqueólogos en Centroamérica, pero como vez ha preferido venir a casa de su abuela durante el receso.

Ian sonrió a su abuela y Liz analizó el gesto. No parecía tan convencido de su decisión, pero era de esperarse. Greenwitch no era una gran metrópoli ni mucho menos. Era una ciudad, casi al límite de ser un pueblo, que llamaba la atención por el lago Silverscape y las leyendas urbanas que atraía

Dark souls (Unknown) by lan_uchiha

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