Batman by Frost87

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 Batman by Frost87
Summary:

"Dicen que la ciudad de Gotham se está muriendo, pero realmente murió hace mucho tiempo. En aquel callejón se dijo adiós a las esperanzas, a los sueños, al poder elegir... El camino había sido establecido.

Esta ciudad, cúspide del mal, se ha ganado que el infierno traiga a sus peores demonios a convivir entre nosotros. Pero eso se acabó... No mientras yo viva, no mientras yo pueda hacer justicia..."



Categories: BATMAN Characters: Ninguno

Generos: Accion/Aventura, Angustia, Ciencia Ficción, Drama, Fantasía, Horror, Misterio, Romance

Advertencias: Lenguaje Obsceno, Muerte de un personaje, Spoilers

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 27 Completed: No Word count: 63146 Read: 3160 Published: 05/12/2012 Updated: 02/06/2013
Summary:

"Dicen que la ciudad de Gotham se está muriendo, pero realmente murió hace mucho tiempo. En aquel callejón se dijo adiós a las esperanzas, a los sueños, al poder elegir... El camino había sido establecido.

Esta ciudad, cúspide del mal, se ha ganado que el infierno traiga a sus peores demonios a convivir entre nosotros. Pero eso se acabó... No mientras yo viva, no mientras yo pueda hacer justicia..."



Categories: BATMAN Characters: Ninguno

Generos: Accion/Aventura, Angustia, Ciencia Ficción, Drama, Fantasía, Horror, Misterio, Romance

Advertencias: Lenguaje Obsceno, Muerte de un personaje, Spoilers

Challenges:

Series: Ninguno

Chapters: 27 Completed: No Word count: 63146 Read: 3160 Published: 05/12/2012 Updated: 02/06/2013 Inicio by Frost87

El salón lo rodeaba un profundo silencio, como era habitual. Tan solo el golpe de los cubiertos contra el único plato servido en la mesa rompía aquel mutismo que caracterizaba a la gran sala. Uno de los hombres mas poderosos de la ciudad comía poco a poco, bocado a bocado, masticando e insistiendo repetidas veces en que los trozos a digerir fueran lo mas pequeños posible. Aquel adulto lleno de riqueza y fortuna agarró el pañuelo que se encontraba a su derecha, y suave y eficazmente se apartó los minuciosos restos de comida que se encontraban alrededor de su boca. Tras beber un poco de agua, apuntó con su mirada al final de la sala. Pese a los muebles, a la gran lampara que asomaba colgada en el techo, el no veía nada, solamente un lugar oscuro en el que no había ni movimientos, ni vida. La noche bañaba de manera fúnebre aquel salón donde hacía muchos años se oían risas y pasos por doquier.

 

  • Alfred, ¿puedes sentarte a mi lado?

  • Como usted desee, señor.

 

A su espalda, el mayordomo de la mansión se dirigió a la silla mas cercana a aquel hombre, tal como le había ordenado.

 

  • Alfred...

  • Si, ¿señor Wayne?

  • Me estaba preguntado, ¿Como ha llegado a esto...?

  • ¿Como ha llegado quien, señor?

  • La ciudad, Alfred, la ciudad. Recuerdo cuando era un niño que, pese a que nunca han sido siempre tiempos favorables aquí en Gotham, la ciudad permanecía en una estabilidad que le permitía asemejarse al resto. Pero ahora... Solo veo violencia y decadencia en las calles.

  • Señor, puede que la ciudad no haya cambiado, puede que usted lo haya hecho. La violencia y la decadencia de la que habla siempre han estado presentes tanto en Gotham como en el resto del mundo, pero en cambio usted, como cualquier otra persona, ha ido cambiando con el paso de los años, y algo de lo que no era consciente antes, ahora sí que lo es. Pero bueno, esta es solo mi opinión, señor...

 

Bruce suspiró resignado mientras dejaba la mirada perdida a un lado.

 

  • Dígame, ¿Se encuentra bien, señor Wayne?

  • Sí, tranquilo... - dijo Bruce mientras retomaba la cena.- Si bien es verdad que he estado durante todos estos días ansioso por esta noche, ahora que estoy aquí, en estos momentos, tan solo pienso que, bueno, que ya está hecho, está todo preparado y listo, justo donde quería las cosas...

 

Bruce y Alfred se miraron con pensamientos totalmente distintos, aunque ambos sonrieron. Mientras Bruce expresaba su alegría de aquella noche, Alfred escondía con su sonrisa, su malestar por los sucesos que iban a realizarse a continuación. Tras eso, Bruce dejó los cubiertos en el plato, en el cual aun quedaba medio filete de ternera, y se levantó.

 

  • La ciudad está podrida, Alfred.- Tras decir esto, Bruce apuntó con su mirada a los ojos de su mayordomo y prosiguió con una despedida.- Nos vemos antes del amanecer.

  • Muy bien, señor, ¿Le acompaño a...?

  • No hace falta.-interrumpió Bruce- Ya voy solo.

  • Como desee, señor.

 

Alfred se quedó en el salón mientras Bruce comenzó a caminar por los pasillos de la casa de manera tranquila, a paso constante. Para cualquier visitante que entrase en la Mansión Wayne, si comenzaba a indagar a través de la casa, seguramente podría llegar a perderse, debido a la cantidad de habitaciones contiguas que comprendían el edificio. Hasta Bruce, que se trataba de su propia casa, le costaba recordar a veces el camino a alguna habitación.

Los pasos golpeaban poco a poco el suelo, dejando un eco que resonaba y se comía el silencio del lugar, mientras el viento azotaba desde fuera a las ventanas y paredes del palacete. Allí, en las afueras de Gotham, de noche, cubierta por la oscuridad, la mansión Wayne se alzaba lujosa y elegante en mitad de la nada, rodeada de jardines sombríos y un escueto cementerio, adornado con un árbol viejo y gris.



De repente, un sonido. Súbitamente, aquel paraje se dejaba gobernar por el fuerte ruido de un motor rugiendo en la carretera. Un coche negro, lujoso, con los cristales tintados, salía del gran edificio y se deslizaba muy veloz por la carretera, acelerando de manera vertiginosa por el descuidado asfalto.

En el vehículo, Bruce conducía vestido con uno de sus mejores trajes, mientras no podía apartar la mirada de la carretera excitado por la velocidad y por el destino que tanto anhelaba. Tras unos kilómetros, ya comenzaba a entrar en los barrios de los exteriores, y poco a poco, aminoraba el paso para no destacar y poder observar a cada lado las calles. Una de las grandes calles de Gotham conocida como “La gran avenida” se encontraba muerta en los barrios marginales, los cuales eran dejados de lado por políticos, banqueros y empresarios del lugar. Pero Bruce sabía que era uno de los lugares que mas necesitaba ayuda, y donde las desgracias mas preocupantes de la metrópolis se sucedían noche tras noche, cuando la poca seguridad, realmente ineficaz e inútil, compuesta de los pocos policías de mínimo sentido de la justicia, abandonaba por completo la zona en manos de las mentes mas perversas de los bajos fondos.

 

Mientras lentamente las ruedas del automóvil rodaban por la carretera, atrayendo las miradas de todas las personas que se encontraban allí, Bruce comenzó a observar lo que había depositado antes de su salida en el asiento del copiloto. Amontonadas, unas vestimentas de tonalidades grises y oscuras formada de telas y cuero desgastado formaban un interés creciente en uno de los hombres mas ricos del país. El deseo de adentrarse en aquel disfraz le provocaron prisas en encontrar un sitio donde poder dejar el coche, aunque sabía que habían muchas posibilidades de tener que recorrer a pie el camino de vuelta, por encontrarse en “Los Altos”, como era conocida aquella barriada de manera irónica.

 

  • Oye, ¿que no puedes bajar un poquito la ventana o que?

 

Aquella intervención sorprendió tanto a Bruce, que frenó bruscamente el coche, asustando a la persona que se encontraba al otro lado de su ventana.

 

  • ¿Vas borracho o es que eres un viejo senil?

  • Oh, perdona, perdona...

 

Bruce bajó la ventana, dando a sus ojos la imagen de la mujer que le hablaba de aquella manera tan confiada.

 

  • Oye guapo, podrás ser joven y rico pero a mí me tratas como a una señorita, ¿entiendes?

  • Lo siento, de verás. Es que me ha sorprendido. No esperaba encontrar una mujer tan atractiva nada mas llegar.

  • Bueno, veo que al menos tienes un poco de educación...

  • ¿Quiere subir al coche, bella dama?

  • Por supuesto, mi amor, por supuesto...

 

La actitud de aquella mujer cambiaba drásticamente mientras Bruce mostraba en su rostro una hipócrita sonrisa y apartaba el disfraz del asiento de al lado a la parte trasera del coche. Mientras la mujer “de la calle” se acomodaba en el vehículo, Bruce , que había tenido cuidado de no mostrar demasiado su cara en el rango de visión de la prostituta, comenzaba a acelerar e iniciaba una conversación en busca de lo único que le interesaba aquella noche.

 

  • La verdad es que estoy un poco alerta, ya que dicen que estas calles son un poco peligrosas...

  • Ni que lo digas ricachón, el otro día estaba mi prima, que tan solo tiene 14 años, jugando con un amigo en la calle, bueno, “jugando”, usted ya me entiende... Y en fin, que de repente apareció un desgraciado a intentar robarle ¡A la pobre niña! Menos mal que le enseñamos bien en casa y sacó enseguida la navaja.

  • ¿Una navaja? - dijo Bruce, haciéndose el interesado.

  • Por supuesto, Los Altos no es un lugar seguro para ninguna criatura, Dios lo sepa, y menos para una niña...

  • Ya veo... Y dígame, ¿sabe sobre un tal “Chacal”? Sale últimamente en la prensa... - mientras Bruce preguntaba, no paraba de dar vueltas por las pocas calles con una tenue iluminación que las farolas que aún aguantaban ofrecían por el barrio.

  • Sí, de hecho, este bar de aquí, “El doctor pulpo” es donde se junta el hijo de...

  • Oh, vale, vale, no se caliente, señorita...

 

De manera veloz, Bruce, mientras no apartaba su mirada del local que acababa de indicar la mujer, sacó un pañuelo de su traje y sin dar oportunidad a los reflejos de la prostituta, tapó por completo su boca y su nariz, haciendo que, al inspirar nerviosa y sobresaltada por aquella inesperada acción, quedase rendida en el asiento, cayendo en un profundo sueño de horas y horas de una noche que sería diferente a todas las demás.

 

El cloroformo, culpable de horas y horas de una oscuridad total en la mente de la concubina, parecía perder su efecto, y poco a poco comenzaba a recuperar la consciencia, mientras se daba cuenta que lo que le estaba despejando de aquel sueño que aún le arrastraba a cerrar los ojos eran unos fuertes gritos, los cuales oía tumbada en algún lugar. Por un lado la voz de aquel hombre rico que le había engañado para a saber que, por otra parte, una mujer.

 

  • ¿Pero que es esto, Bruce? ¿Y a que santo tienes tantos cortes y moratones en la cara? ¿¡Que te han hecho!?

  • Tranquila Leslie, todo está bien. Mira, a esta mujer solo la he dormido, por favor, encárgate de ella cuando se despierte.

  • ¡Pero tú no sabes la faena que...!

 

Poco a poco volvía a caer rendida al sueño, mientras la angustia de no saber que estaba pasando le dejaba de reconcomer durante aquellos segundos de poca consciencia con la realidad. Y como si solo hubiesen pasado unos segundos, al conseguir despertar otra vez, con toda su fuerza de voluntad, se inclinó fuertemente y miró a su alrededor, para evaluar su condición.

 

  • Menos mal... ¡Estoy viva!

  • Mujer, mujer, ¿quieres callarte? Que solo son las ocho de la mañana... - dijo una voz en su alrededor.

 

Poco a poco Diana, que así se llamaba aquella prostituta, comenzaba a conocer el lugar donde habitaba. Al principio, con una mirada rápida, tuvo la sensación de que se encontraba en un hospital, hasta que se dio cuenta de que las condiciones de la habitación eran bastante deplorables: seguramente no habría salido del barrio.

 

  • ¿A cuanto estoy de la iglesia de San Miguel?

  • A cuatro calles...

 

Mientras Diana se levantaba de lo que emulaba una camilla de hospital, se tocaba todo el cuerpo y se miraba mientras veía que estaba todo en orden.

 

  • Estás en mi clínica, idiota. Si quieres tomate un café y cuando puedas márchate a descansar a casa, tengo mucho trabajo que hacer.

 

A pesar de los muchos años que habían pasado por su cuerpo, la doctora Leslie Thompkins solo necesitaba una buena taza de café como bien sostenía en su mano, a pesar de dormir un par de horas, para afrontar todo el día. Diana, al ver que la única persona que habitaba la casa era aquella vieja gruñona, comenzó a estar mas tranquila. De repente tuvo que cerrar sus ojos, ya que desde una ventana de aquel viejo dormitorio había entrada con fuerza la luz del sol, dando al sitio una imagen alegre y acogedora. Diana se asomó a la ventana a mirar mientras Leslie se levantaba y comenzaba a caminar de un lado a otro de la casa. De fondo, sin que ninguna de las dos le prestase atención alguna, una pequeña radio enunciaba en un volumen bastante bajo las noticias del día...

 

  • … y seguimos con noticias de última hora. Según nos informan desde la comisaria de Gotham, ha aparecido hoy esposado y atado a una de las farolas de la calle Tony Ford, conocido como “El Chacal”, acusado, entre otros crimenes, de haber realizado varios robos durante este último mes. Por parte de la policía, el comisario Gillian Loeb ha anunciado que ofrecerá una rueda de prensa a las cinco de la tarde para informar con detalles sobre este incidente...

 

 

 

 

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“Es la primera vez que voy en avión, y al final no ha sido nada. En muchas películas siempre sale ese señor nervioso que conforme sube al avión le entran mareos, nauseas... Nada como la triste realidad, al final nada de nada. Recuerdo que mis padres fueron una vez en avión, creo que a Bélgica o Dinamarca... Eran felices. Eran buenos tiempos. Solo tenías que preocuparte por los exámenes, y por las chicas, nunca encontrabas a... bueno, mejor dicho, nunca te encontraba nadie. El mundo desde que es mundo ha funcionado así, ¿no? Siempre te buscan ellas, nosotros poco podemos hacer, por lo menos, la mayoría. Supongo que llegará pronto a la ciudad, espero que no tenga problemas en llegar con el pequeño Jimmy. Realmente, hacer viajar a una criatura de tan solo dos meses de vida no es una buena decisión... Ojalá Barbara me perdone pronto por esto, ya que aunque ella me regale una sonrisa de conformidad, se que no está a gusto... Y menos en la ciudad del crimen...”

 

Jim Gordon caminaba por el aeropuerto de Gotham mientras, en las grandes y cristalinas paredes de la infraestructura se bañaba en gotas y gotas de lluvia que no cesaba y que no paraba de ensombrecer aquel día. Jim veía en aquel fúnebre paisaje lo que parecía un reflejo de su autoestima. Si pudiese tan solo durante un minuto esconderse de todo el mundo, rompería a llorar con mera facilidad. Sin embargo, el no podía ser ese hombre, no podía permitírselo. Por Barbara, por el pequeño Jimmy, por que él era un policía, y tenía que ser fuerte, tenía que defender el significado de su profesión, ser un hombre de justicia, un hombre siempre al servicio de los demás.

 

  • ¿Jim Gordon?¿Hola?

 

Un policía bastante corpulento, con aires de superhombre, y con una sonrisa amable, apareció delante de Gordon, con gabardina y un paraguas plegado en la mano.

 

  • ¿Eres el agente Flass?

  • Oh, Jim, llámame Arnold, vamos a ser compañeros después de todo. Venga, sígueme, he traído el coche.

  • Esperaba poder ir a mi casa primero... - dijo Gordon, sin mucho interés.

  • Oh, claro Jim, no te preocupes. Acabas de llegar, tenemos tiempo para cualquier desvío.

  • Gracias...

 

Jim y Arnold salieron corriendo al descubierto hacía el parking del aeropuerto, esquivando los coches que lentamente circulaban amontonados, saliendo del lugar. Arnold le ofreció su paraguas a Gordon, pero este, utilizando su chaqueta como capucha, le negó el gesto con la cabeza mientras se lo agradecía y los dos apresuraban su marcha hacía el automóvil de Flass. Conforme llegaron y se pusieron los cinturones, el joven agente salió disparado con las sirenas puestas, haciendo que todos los coches se apartasen a su camino.

 

  • No estamos de servicio, ¿verdad? - preguntó Gordon.

  • No, pero así es mucho mas cómodo conducir por la ciudad, ¿no te parece?

  • Sino le importa, agente Flass...

  • Arnold, llámame Arnold – insistió el policía mientras aceleraba.

  • Bien, Arnold. Sino le importa preferiría que usase las sirenas cuando sean necesarias.

  • Pero se va mas rápido así, ¿no? Es mejor aprovecharse de lo que la vida te ofrece.

  • Insisto, agente Flass, no use las sirenas... - dijo Gordon con un tono tajante y seco mientras le penetraba con la mirada.

 

Arnold, viendo la reacción del policía, apagó las sirenas y se incorporó en el carril como un conductor más.

 

  • Ya está, agente Gordon... - le respondió Flass con el mismo tono para mostrar su desacuerdo.

 

A partir de ahí la tensión se mantuvo en el coche durante bastantes minutos, en los que Flass intentaba ignorar a Jim con la radio o pitando a los otros conductores, ya que, por culpa de la lluvia, el tráfico era masivo y en todas las avenidas los atascos eran continuos. A la media hora, Arnold bajó la ventanilla para saludar a un agente que, con chaleco reflectante y un tubo de luz, dirigía el tráfico en una avenida muy concurrida, en la que los coches parecía apelotonarse y parar en los carriles.

 

  • ¡Hombre Mike, cuanto tiempo, que pasa gordo!

  • “Cabroncete”, anda que no vives bien... ¿Que haces que no pones las luces y sales escopeteado de aquí?

  • Este es Jim Gordon, es nuevo, viene desde Chicago. Prefiere que respetemos las normas y vayamos como cualquier otro conductor, con “atasquitos” y esas cosas.

  • Oh, vaya, sí que es nuevo, sí.

 

Los dos agentes reían a carcajadas mientras Gordon solo podía mirar al frente callado, intranquilo por ver la poca seriedad con la que se tomaban el trabajo los que eran sus nuevos compañeros. Al mismo tiempo, el coche de atrás no paraba de pitar, mientras de la parte del piloto, un hombre que rondaría los cuarenta años no paraba de quejarse a pleno grito. Flass, harto, salió del coche, y sacando la placa y la pistola amenazó al conductor, el cual se calló y enseguida subió la ventanilla a regañadientes. Tras acabar la escena, Arnold al girarse para volver a su coche, vio como Gordon, con la puerta abierta y de pie, le observaba serio y con unos ojos que solo emanaban odio por la deplorable acción de su compañero de trabajo. Al verlo, Flass sonrió, mientras le miraba:

 

  • Vamos Jimmy, metete en el coche, que te estás mojando.

  • Esa sí que es buena, Flass. - dijo riendo el agente de tráfico.

 

Indignado, Jim subió al coche sin decir una sola palabra, mientras Flass se sentaba con una sonrisa chulesca en el coche y retomaba la marcha. Tras lo acontecido, utilizando las palabras justas, Gordon indicó a Flass como llegar hasta el edificio que sería su nueva casa. Mientras por un lado quería alargar el tiempo posible de su visita para no ver enseguida a Arnold, por otro sabía que tenía que llegar cuanto antes a la oficina en su primer día de trabajo. Sin embargo, al llegar, sin parar mucho en los detalles del piso, el cual estaba bien amueblado aunque albergaba muchos años en sus paredes, enseguida se percató de que Barbara aún no había llegado, así que dio una inspección rápida por todas las habitaciones para asegurarse, y sucesivamente bajó corriendo al coche de policía y Arnold y él fueron rápidamente a la comisaria, la que, para grata sorpresa de Jim, se encontraba a no más de diez minutos de su nuevo hogar. Tras subir las escaleras de la entrada principal, y cogiendo el ascensor hasta el segundo piso, nada mas llegar, Arnold le hizo una indicación de que esperase en un gran salón que se encontraba a mano derecha, donde varios policías, los cuales parecían agentes superiores del cuerpo, se encontraban leyendo montones de papeles en escritorios donde se encontraban amontonados documentos, archivadores, y objetos varios que creaban un caos y un desorden que solo los propietarios de dichas mesas podían manejar.

 

Enseguida Gordon, tras observar el panorama, se giró al oír pasos de la otra parte del pasillo. El agente Flass acompañaba a un hombre esposado.

 

  • Aquí está parte de tu nuevo trabajo, Jimmy.

  • ¿Y esto...?

  • Su nombre es Tony Ford, aunque también lo conocen como “El Chacal”. Me lo llevo abajo a que firme un par de papeles y a la calle. El comisario Loeb te dará los detalles. Nos vemos...

 

Flass se despedía mientras cerraba la puerta del ascensor con el criminal y él dentro. Gordon, extrañado por la situación, decidió esperar antes de sacar conclusiones y caminó hacía el despacho del comisario Gillian Loeb. Al entrar, Gillian se estaba atando una corbata con mucha prisa, nervioso, mientras observaba como su nueva visita, Jim, se adentraba en su oficina.

 

  • Hola agente Gordon, siéntate por favor.

  • Gracias...

  • Siento todo esto, pero me temo que nuestra presentación va a tener que ser rápida. En diez minutos me he citado con la prensa, porque...¿Son las cinco y veinte, no?

  • Pues déjeme mirar mi reloj... Bueno, son menos veinte mejor dicho...

  • ¿¡Las seis menos veinte!? ¡Joder! Mire, no tengo tiempo, pregunte a alguien en el primer piso sobre su mesa y coja el dossier que hay encima de mi mesa, en él está escrito todo lo que respecta al caso que le he asignado. Mañana vuelva y concretaremos todos los detalles. ¡Nos vemos!

 

El comisario, mientras se ponía una americana gris con suma velocidad y se peinaba con las manos los pocos pelos que adornaban su cabeza, salía disparado del despacho mientras dejaba a Jim atónito, notando poca seriedad en las formas de llevar las cosas por parte del que sería a partir de ahora su nuevo jefe. Viendo que no se podía cambiar la situación, cogió el dossier que había en la mesa y comenzó a hojearlo, cuando la puerta se volvió a abrir. Una mujer que rondaría la treintena, rubia y bastante atractiva entró lentamente mientras saludaba y mostraba una ligera sonrisa. Durante unos segundos, Gordon no pudo evitar una sonrisa al tener ante sus ojos a una mujer tan guapa.

 

  • Supongo que es usted el agente Gordon...

  • Sí, soy yo. Usted es...

  • Soy la sargento Sara Essen.

 

Tras presentarse, Sara entró a la habitación y le dio un apretón de manos a Gordon. Después, Sara se dirigió a la puerta otra vez.

 

  • Según tengo entendido es nuevo y por lo que me han dicho los inspectores que hay ahí fuera el comisario Loeb no ha estado ni un minuto con usted.

  • La verdad es que sí. Me ha dado trabajo y se ha ido a una rueda de prensa.

  • Sí, bueno, el problema de todo esto es que, como nunca se hacen las cosas bien, ahora tendrá que excusarse por dar libertad a un ladrón como Tony Ford, en fin... Bienvenido a la policía de Gotham. Espero que no le importe, pero hoy estoy un poco estresada, así que disculpe si me muestro un poquito irascible...

  • No se preocupe, Sargento Essen.

 

Sara, al ver que a Gordon le costaba interactuar con ella, se acercó a él y le pidió el informe que tenía en sus manos.

 

  • ¡Ja! No me lo creo... O sea, que ahora Tony es la víctima... Y además te dan una grabación del interrogatorio en vez de hacer que lo interrogues tú... Joder, puto Gillian... Bueno, que vamos a hacer. Si quiere puede irse a casa y empezar mañana. -dijo Sara mientras le devolvía el archivador a Jim.

  • Preferiría empezar a trabajar ahora...

 

Sara se extrañó al ver la reacción de Gordon, pero contenta con su actitud, le invitó a ir a la planta baja para ver juntos el interrogatorio. Cuando llegaron abajo, mientras caminaban por la sala de recepción, la cual se encontraba en el centro del edificio y en la que los agentes iban andando de un destino a otro, mientras un policía entraba con un indigente arrestado, vieron a dos policías que hablaban entre ellos. Cuando se encontraban cerca los cuatro, Gordon no pudo evitar escuchar la conversación, para su decepción...

 

  • ¿Sabes? A Flass lo acaban de nombrar Sargento en la rueda de prensa.

  • ¿No jodas? Aunque tampoco me extraña...

 

Mientras se marchaban, Sara se giró mirándolos y con un rostro bastante molesto.

 

  • ¿Flass de sargento? Pero si es de lo más malo que tenemos en esta comisaria... Joder, aquí hay que hacer trampas para subir puestos, ¿no? De verdad...

 

Sara retomó la marcha mientras Gordon, siguiéndola, no pudo evitar esbozar una sonrisa, al ver que al menos había gente buena en el cuerpo de policía de Gotham. Tras caminar unos pasos por un pasillo, llegaron a una sala donde había un proyector, unas sillas, y un ordenador en la parte lateral de la habitación.

 

  • Aquí suelen reunirse los equipos por la mañana para analizar los casos en los que se encuentran trabajando, o simplemente para ver una película, o incluso la televisión... o incluso, una vez, cuando Flass no llevaba ni tres semanas aquí, invitó a unos chicos a ver porno. Increíble pero cierto...

  • Supongo que la gente joven es así, no piensa mucho las cosas – respondió Jim riendo mientras Sara preparaba el ordenador y metía un CD que había en el interior del dossier en el lector.

  • Gordon, no es serio, y punto. Somos policías, si nosotros no cumplimos las normas, ¿por que la ciudadanía debe hacerlo?

  • Tienes toda la razón...

  • Venga Jim, vamos a ver el video, a ver que podemos sacar en claro.

  • Sí, sí, vamos...

 

Sara se sentó al lado de Gordon mientras los dos observaban el video que se proyectaba en la pantalla del fondo. Nada más comenzar, se veía a Tony y de fondo se oía al comisario.

 

  • ¿Le ha interrogado el comisario? Que raro...

 

La sargento Essen no le encontraba mucho sentido que el jefe de la policía fuese a interrogar a un tipo como Tony, se supone que debía haberlo hecho un agente o un sargento, pero no él.

 

  • Bien, Tony, comencemos, ¿Por que se encontraba esta mañana a las seis de la mañana en la puerta principal de la comisaria de Gotham?

  • Tío, era de noche, y todas las noches salgo a tomarme algo, y yo estaba tan tranquilo en “El doctor pulpo”...

  • ¿Es eso un bar?

  • Sí, claro...

  • Está bien, continúe.

  • Pues eso, estaba en el bar cuando me entraron ganas de mear, y sin avisar un tipo, bueno, un tipo... la verdad es que no pude verle muy bien al principio, la cosa es que justo cuando terminé de mear y me cerré la cremallera, ese tío me cogió por detrás y me puso un pañuelo en la cara. Claro, yo reaccioné rápido y enseguida le metí un buen codazo en la tripa, con lo que conseguí apartármelo. Al darme la vuelta, vi que iba disfrazado.

  • ¿Disfrazado? ¿Como que disfrazado?

  • Si, no se, iba de negro y gris, y estaba ahí, callado. Supuse que iba como de súperheroe, por que llevaba una capa y en fin, era raro...

  • ¿Y no le dijo nada?

  • No, al principio estaba callado y en formación de ataque, ya sabe, con los puños preparados. Yo era más grande que él, bueno, yo soy grande, y soy fuerte, ya me ves, pero él se le veía también fuerte, así que nada, sin pensármelo le metí dos puñetazos en la cara, y vi que no reaccionaba, vamos, que no me pegaba ni nada, así que seguí lanzando puñetazos, pero los esquivaba, y de repente, me metió un puñetazo y es que ya no recuerdo mas...

 

Mientras seguía reproduciéndose el video, Gordon pudo notar como Sara comenzaba a roncar al lado suya, con la cabeza agachada. Intentando despertarla, Jim le tocó el hombro con el dedo, para ver si reaccionaba, sin embargo la respuesta de Sara fue bastante diferente, ya que inclinó la cabeza hacía su lado, apoyándola en el hombro de aquel hombre. Jim, al no querer molestarla, dejo que Sara siguiese durmiendo apoyada en su hombro, y acto seguido decidió seguir escuchando el interrogatorio mientras la sargento dormía plácidamente, dejando salir de su boca unos incómodos ronquidos. Sin duda, había sido el día mas extraño de Gordon en su vida como policía.

 

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  • ¡Conmigo no puede nadie, Matt!

  • Ah, ¿no?

  • ¡Por supuesto que no! Los policías cuando me ven se apartan. ¿Por que crees que no estoy en el trullo?

  • Cuidado con lo que haces Tony, cuidado con lo que haces...

 

El reloj acababa de anunciar las dos de la madrugada, pero en aquel bar daba igual el tiempo que pasase, todo se mantenía en el mismo estado. Las mismas paredes negras y tristes, el suelo sucio lleno de colillas y trozos de cristal, las mismas personas tomando un trago, solas, sin hablar, algunos grupos hablando mientras, de fondo, el sonido de una vieja radio entonaba la misma emisora con viejas canciones que nadie había escuchado, tan solo el dueño del bar, Matt Dickens, conocido en todos “Los Altos” por llevar el bar mas antiguo de toda la barriada, más de cuarenta años llevando a hombres y mujeres a la mala vida o a algo peor, la muerte. Él sabía que arruinaba a las personas, que las hundía en un pozo sin esperanza, atrayéndolas con sus copas de whisky,vodka, ron... a una adicción sin fin, sin embargo, ese era su negocio. Cada mañana que se acostaba siempre llegaba a la misma conclusión: Las personas deben tomar sus propias decisiones, y él tenía que trabajar para vivir. Mientras mostraba una sonrisa vestida en su cara como parte de su negocio, arrastró su anciano cuerpo por un lado de la barra, guardando la botella del alcohol que había servido a Tony Ford. El grandullón, se bebió el vaso de un trago, y dejándolo en la barra, tiró un par de billetes, con el cuál pagaba mas de doble de lo que había consumido. Tony comenzó a caminar por el bar, de camino a los servicios.

 

  • No quiero tu generosidad, Tony – dijo Matt, que no quería deberle nada a su cliente.

  • No te la doy, he puesto lo que he querido... Si sobra dinero y no lo quieres, dáselo a otro. Me voy a echar un meo... Todo sobre plantas: cuidados, tipos, trucos Todo sobre plantas

 

Tony, tras unas cuantos vasos de Bourbon y cubitos de hielo, caminaba ebrio con dificultad hasta poder llegar a un bidé sucio por la orina y la bilis de otros clientes. Al comenzar a mear, notó que a su alrededor no había ningún ruido, pero sin embargo algo no estaba yendo bien, algo fallaba. Comenzó a sentirse nervioso, así que comenzó a aligerar en el vaciamiento de su vejiga. Comenzó a sentirse mal, incómodo, por que era como si la habitación comenzase a oscurecer y a empequeñecerse, notando una asfixiante presión en su cuerpo. El bloqueo mental era cada vez mayor, y sin embargo todo estaba bien a su alrededor. Mientras terminaba de mear, la ansiedad le hacía respirar mas rápido y mas fuerte cada segundo, cuando, de repente, tuvo la señal que justificaba aquellas malas sensaciones.

 

  • Sí, Tony, estoy aquí...

 

Una voz susurrante y grave inundó toda la habitación. Sin poder pensar con claridad, y a mucha prisa, Tony se giró, aún con su miembro viril seguía al descubierto. Mientras aterrado, escondía con torpeza su pene, sus ojos muy abiertos apuntaban al ser que se encontraba enfrente suya: La figura de un hombre fuerte, musculoso, alto, grande, imponente, desafiante, bravo, vestido en un uniforme de tonalidades grises y oscuras, negras, con los ojos tapadas, pero una notable mirada que con mucha fuerza se mostraba en su rostro, del cual solo se podía ver sus labios que no mostraban ningún tipo de expresión, y el resto de su piel oculta en un extraño antifaz negro, con cuernos como el demonio, una capa negra, al igual que los guantes de cuero, y un torso marcado una tela gris, con el único dibujo de sus músculos bien entrenados. Aquel extraño y amenazante personaje hacía que Tony solo pensase en una palabra: peligro. Ese hombre, o eso creía que era debido a su constitución física, era un peligro, una señal de que nada iba bien y de que debía prepararse para lo peor. Tras unos segundos observándose el uno al otro, Ford no lo dudó, y apretó sus puños con extremada fuerza, dispuesto a atacar a aquella persona desconocida. Y allí, bajo aquel atuendo, ocultando su identidad, no se encontraba otro que Bruce Wayne, el cual, al ver como reaccionaba Tony, se preparó con las manos abiertas, mostrando físicamente a través de sus gestos intenciones de agarrar a su contrincante.

 

  • Maldito loco...

 

Mientras Tony maldecía en susurros a Bruce lleno de furia, lanzó dos puñetazos a la cara de Bruce, el cual, aún teniendo los suficientes reflejos para esquivarlo por completo, dejó que hubiese contacto en los ataques, para que Tony se confiase, aunque a cambio se llevó unas pequeñas marcas, debido a la fuerza que el delincuente poseía.

 

  • No se quien eres, pero está claro que no vamos a ser amigos... No con esas pintas... ¡Pareces un puto pirado!

 

Mientras Tony asestaba un buen golpe en la cara de Bruce, este último, al ver el siguiente intento con la mano derecha del delincuente, dándose cuenta de que no tenía otra alternativa, cerró su puño izquierdo, y enfocándose en su objetivo, arremetió contra Tony con una fuerza que, chocando justo en la parte de la cabeza en la que deseaba actuar, hizo desplomar de ipso facto al criminal en el suelo. Primero, por la fuerza del golpe, y después, por el efecto del mismo. Tras ello, Bruce agarró a Tony, lo cargó en su hombro como si de una bombona de butano se tratase, y acto seguido salió del lugar sin que nadie se percatase de su presencia.

 

Pasaron bastantes horas hasta que Tony comenzó a abrir sus ojos con una gran jaqueca que se emitía en dolores intermitentes, y un pequeño chichón que se mostraba en la parte superior de su cabeza, como un pequeño bulto asomando en el poco pelo que lucía. Aunque la luz no era muy fuerte, se adaptó con dificultad al entorno, y tras un minuto, pudo ver que se encontraba en un lugar en el cual ya había estado otras veces. Estaba en el calabozo de la comisaria.

A diferencia del resto de las celdas, él, como en todas sus visitas a aquel sitio, estaba solo. Nada mas ser consciente, dejó salir en su rostro una reacción de indiferencia, ya que no estaba nervioso, sino mas bien bastante tranquilo, se sentía como en casa.

 

  • ¿Dany?

  • ¡Quien habla...!

  • Ah, Lucas, eres tú. Soy Tony Ford, sácame de esta mierda...

 

Mientras el maleante miraba el suelo, el vigilante se acercó hasta la celda de Tony, mientras sacaba las llaves para abrirle la puerta.

 

  • Me lo han contado... ¿Tienes enemigos, Tony?

  • Que va, pero si todo el mundo me quiere por el barrio...

  • Anda, Tony, tira para arriba, que Loeb te espera.

 

Tras unos minutos, los dos llegaron al despacho de Gillian, el cual estaba firmando unos papeles y arreglando documentación. Al llegar, el comisario le ordenó al policía que le quitase las esposas a Tony y que se fuese, mientras al criminal le pidió que se sentase en una de las sillas. Tony se mantuvo callado y serio, sabiendo cual era su posición en aquel lugar y que debía mostrar respeto. Al cabo de unos minutos, tras hojear y escribir en algunas hojas, el comisario recogió todo lo que había en su mesa y apoyando sus brazos sobre la mesa, clavó su mirada en Ford.

 

  • Tony...

  • Comisario Loeb...

  • Dime Tony, ¿eres un buen chico?

  • Lo soy Gillian, si pudiese, me haría hasta policía, de hecho-

  • Dime, Tony – interrumpió el jefe de policía – ¿A que te dedicas?

  • Soy transportista, Gillian...

 

Tony se dio cuenta de que Loeb estaba bastante tenso e irascible, y que debía pensar bien las respuestas antes de pronunciarlas, para no provocar una mala reacción.

 

  • Exacto Tony, eres transportista. La gente dice que no, que robas por las calles, pero yo se que se equivocan, por que tu eres transportista. Y como eres transportista, tu no puedes estar por Gotham robando, ¿verdad? Ya que estás trabajando cuando ocurren esos robos. Estás a cientos de kilómetros... Así que, señor Tony Ford...

 

De repente, el comisario, que cada vez estaba subiendo mas su tono de voz, inclinó su cabeza, y cogiendo mucho aire, se calmó.

 

  • Sí, comisario...

  • Es igual Tony. Hoy he tenido un mal día, no he dormido bien además, no voy a pagarlo contigo.

  • Lo siento, comisario.

  • Escúchame, chico, puede que estés en la treintena y creas que la vida es difícil, pero créeme, la cosa cada vez se pondrá peor... Mas responsabilidades, mas faena, menos tiempo para ti... Joder, que puta vida la mía... Pero bueno, vamos a hacer una cosa, me da igual si te metiste anoche en líos o no, la verdad. Vamos a ir abajo, te voy a hacer yo mismo el interrogatorio para despejarme, luego haré el montaje del video, y después te llevaré al calabozo otra vez. Cuando sean las cinco subirás, repasaremos la coartada, cogerás tus cosas, y te largarás. ¿Ha quedado claro?

  • Sí, señor comisario.

  • Eso es, buen chico... Vamos a esposarte y a hacer la faena.

 

Como si se tratase de un guión establecido, debido a las tantas veces que había sucedido, Tony y Gillian interpretaron sus papeles de manera rápida durante la primera hora de la mañana, bajando hasta la sala de interrogatorios, donde Tony ocultaba en sus declaraciones cualquier signo de sus errores legales, y Gillian, tras grabarlo, comprobaba el video y quitaba cualquier indicio de culpabilidad. Tras eso, Gillian seguía con su trabajo mientras Tony se tomaba una buena siesta esperando a que lo echasen de allí. Así hasta que fueron poco más de las cinco, y otra vez el vigilante lo subía a la oficina del comisario y Tony firmaba los papeles debidos para salir del lugar. Sin embargo, a diferencia de otras veces, el comisario Loeb tenía interés debido a las anomalías con respecto a las anteriores “visitas” de Ford.

 

  • Bueno Tony, antes, cuando hemos bajado, creía que habías sido atacado por, no se, lo típico, alguien que se defendía o que te estabas quitando algún rival, pero veo que no. ¿Realmente ha pasado lo que me has dicho o te lo has inventado? No te he preguntado por que quería hacer el interrogatorio rápido y pasar del tema, pero... bueno, dime, ¿era verdad?

  • Claro comisario. Ayer solo quería beber tranquilo, tengo bastante dinero y por “Los Altos” no parece que se acerque nadie, excepto en fin, los de siempre...

  • Te refieres a chicos de la mafia, ¿no?

  • Exacto. Está todo bien por el barrio. La gente sabe que no puede meterse conmigo, y de hecho ahora algunos hasta me plantan cara, la verdad es que es de risa, comisario

 

Tony comenzó a reírse mientras Gillian observaba hacía un lado, pensativo.

 

  • Vale, Tony, dame un momento...

 

Pasaron bastantes minutos mientras el ladrón estaba quieto en su silla y el policía, de manera veloz, iba escribiendo en el teclado de su ordenador, imprimiendo hojas y cambiándolas por las que había en un dossier que se encontraba en la mesa. Tras pasar el tiempo, se oyó un par de golpes en la puerta, a lo que Gillian invitó a la persona al otro lado de la sala a entrar. Era Arnold Flass.

 

  • ¡Hola jefe!¡Hola Tony! - entró alegre y risueño el joven policía.

  • ¡Que grande eres Flass! - le dijo Tony mientras se levantaba para darle un abrazo.

  • Arnold, escuchame, han atacado a Tony.

  • Algo me habían dicho. ¿Que hacemos entonces, jefe? - dijo Flass poniéndose serio.

  • Yo tengo que dar una rueda de prensa ahora mismo, así que coge a Tony y arregla el papeleo. Vamos a darle el caso al nuevo, para que esté entretenido.

  • Vale, está justo ahí fuera.

  • ¿Y como se llamaba?

  • Jim Gordon. Parece un tipo legal, pero supongo que la vida en Gotham le cambiará...

  • Vale, bueno, me da igual como sea, dile que entre y yo le asignaré el caso y me iré a hablar con la prensa.

  • Pues no hay nada mas que decir, me llevo a Tony entonces.

  • Sí, rápido, que tengo prisa.

 

Flass, de manera veloz, le puso las esposas a Tony, y cogiéndolo del hombro y las esposas, se puso detrás de él y comenzaron a andar. Saliendo del despacho, Arnold se despidió de Gordon mientras se despedía de él bajando por el ascensor. Al llegar abajo, los dos se metieron en una pequeña sala, Flass lo liberó y entre los dos firmaron los papeles que la policía necesitaba para tener todo en regla. Una vez hecho, Flass y Tony se despidieron.

 

  • No me imagino a nadie que sea mas fuerte que tú. Bueno, nadie menos yo, claro – dijo riendo el agente Flass.

  • Joder, Arnold, en serio, si lo encuentro lo mato.

  • Espera, espera, Tony. Mira, tienes demasiadas acusaciones, ya que no te tapas la cara a la hora de ir robando por las calles.

  • Pero bueno, ese es el plan, ¿no? Así la gente me coge miedo y asustamos al barrio.

  • Exacto, ese es el plan, asustar a la gente. Eres nuestro hombre, Tony, y te necesitamos como un caudillo en “Los Altos”.

  • ¿Caudi-que?

  • Es igual Tony. Pero una cosa. Quédate un tiempo en casa, ¿vale? No hagas ruido. La prensa esta metiendo sus narices en lo que haces, y no pueden descubrir nuestro plan. Así que considéralo unas vacaciones. Y si ves que hay alguien que se pone a robar, ya sabes, le paras los pies.

  • Menos a la gente de la mafia...

  • Eso es, Tony. Así todos estamos en paz. La mafia hace lo que tenga que hacer, y tú te dedicas a que ellos y nosotros seamos los únicos que manejamos esta ciudad.

  • Vale Flass, está claro.

  • Muy bien Tony. Por cierto, hoy me van a hacer sargento.

  • Ah... - dijo Tony demostrando poco interés.

  • Felicítame o algo, ¿no?

  • Sí, sí, felicidades, felicidades...

 

Justo cuando Tony se giró para marcharse, y el policía recogía todo el papeleo, el ladrón se giró para dirigirse a Flass.

  • Flass...

  • Dime Tony.

  • Si me encuentro a ese tío... ¿Puedo matarle?

 

Arnold, antes de responder, esbozó una amplia sonrisa en su cara.

 

  • Tony... Me da igual. Puedes matar a quien te de la gana. Al fin y al cabo esta ciudad es nuestra.

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Existe un lugar en Gotham que, oculta en la superficie, se esconde en una gran oscuridad y la cual se encierra para no ser accesible a nadie, excepto a la persona a la que le pertenece. Pues es un lugar escondido en el hogar del hombre mas triste de la ciudad, en la que solo había hasta hace poco tiempo atrás miles de pequeñas y inofensivas criaturas amantes de la noche, y en la que ahora, entre sus grandes y laberínticos caminos, se han instalado creaciones fabricadas por la mano humana, la cual nunca había podido manipular lo que la naturaleza había fabricado durante milenios. El hombre que la hacía como propia, Bruce Wayne, no había bautizado aquel recóndito lugar, la cual no se trataba de otra cosa que de una cueva subterránea.

 

  • Pasa demasiado tiempo en el sótano, señor Wayne.

 

Alfred bajaba por unas escaleras que provenían de una puerta situada en una habitación cerrada con llave en la mansión. Consigo traía una bandeja con café y pastas, esperando ayudar a su jefe, ya que veía que se encontraba enfrascado navegando entre ordenadores y un monitor táctil que había colgado en la pared, los cuales se encontraban en funcionamiento en mitad de aquellas paredes rocosas y aquella oscuridad de la cueva.

 

  • Estoy bien, Alfred, pero ahora tomaré un poco de café, gracias.

  • Es brasileño, señor. Un regalo de...

  • Vale, vale, lo tomaré. Déjalo en la mesa.

 

Alfred observó sorprendido la única mesa que había en mitad del lugar, aunque estaba llenas de papeles, carpetas y dossiers.

 

  • ¿Aparto todo esto, señor?

  • Sí, Alfred... ¡No, no, espera! Ya lo aparto yo...

 

Bruce, vestido con sus vestiduras nocturnas, comenzó a recoger algunas cosas, dándole espacio a Alfred para dejar la bandeja.

 

  • ¿Su traje tiene un nombre? Si es que acaso es un traje....

  • No tiene nombre, Alfred, y no es un traje, es un uniforme. Solo soy un agente más.

  • ¿Y para que un uniforme?

  • El otro día lo vi claro, Alfred. Hasta ahora, me disfrazaba y me maquillaba para luchar en la calle como un hombre normal, sin embargo, no provocaba el respeto que provoco ahora.

  • No quisiera molestarle, pero no creo que ir de carnaval infunda respeto, señor...

  • Haré caso omiso al comentario, Alfred. - dijo Bruce molesto con su mayordomo.

  • Mis disculpas, señor. No deseaba enojarle.

  • Alfred, no es un juego. Llevo años preparándome, y con Tony lo note, vi lo que había en sus ojos.

  • ¿Y que había señor?

  • Miedo, Alfred, miedo. Los criminales se disfrazan y se ocultan bajo mascaras y demás harapos para desconcertar, para infundir confusión y miedo. Este uniforme es lo que quiero expresar a mis enemigos.

  • ¿Y es?

  • La figura de un murciélago. No se si trabajabas aquí, pero cuando era pequeño, recuerdo que me caí en un pozo que conectaba con esta cueva. Era pequeño, y mi padre, sin dudarlo, bajó a por mí para sacarme. Sin embargo, abajo, mientras esperaba que me rescatasen, los vi, escondidos. Los murciélagos, que se encuentran escondidos, observando desde la oscuridad, revolotean a la mas mínima presencia, haciendo que las personas nos sobresaltemos al no poder controlar su vuelo, cuando son criaturas que no te harían daño. Es lo que quiero provocar a la hora de hacer justicia, necesito el miedo de mi parte, Alfred...

  • Es una buena historia, señor, y un buen planteamiento. Pero realmente creo que ya hay gente a la que le pagan para que la ciudadanía cumpla con la ley.

  • Si hablas de la policía me temo que te equivocas, Alfred.

 

Mientras Alfred y Bruce charlaban, este último se tomaba el café de un buen sorbo mientras volvía a los ordenadores.

 

  • Desde que dejé a Tony en la puerta de la comisaria, no pasaron ni doce horas hasta que volvió a estar suelto. Han pasado dos semanas, y desde entonces no ha vuelto a aparecer. Está claro que tiene algún trato con la policía.

  • O no hay pruebas suficientes para encerrarle, señor.

  • Por otro lado – prosiguió Bruce ignorando a su mayordomo – han desaparecido dos niñas en West Park en las últimas semanas. He estado viendo las grabaciones de las cámaras que tengo instaladas por diferentes sitios, pero no encuentro nada. Necesito colocar mas vigilancia.

 

Mientras Bruce seguía repasando sus investigaciones en voz alta, Alfred recogía la bandeja y volvía a la mansión.

 

  • Luego está la mafia. – seguía hablando solo Bruce – La red de drogas que hay en las calles de Gotham es demasiada extensa, hay demasiado trabajo. Necesito hacer algo con eso también. Y en la emisora de radio de la policía solo se oyen a holgazanes y corruptos... Y ese Jim Gordon que me busca, se nota que es nuevo en la ciudad, aunque parece que posee bastante experiencia, ha conseguido relacionar a Diana conmigo...

 

Mientras pensaba en voz alta, Bruce se palpó la cara, mientras notaba que, aunque había tomado café, sus ojos no podían mantenerse abiertos debido a las pocas horas de sueño que llevaba en su cuerpo, sobretodo después de llevar mas de un día sin dormir. Viendo que lo necesitaba, se acercó a un sofá que, solitario, en mitad de aquella nada oscura y fría, tenía al lado un par de mantas que seguramente Alfred habría colocado intencionadamente.

 

  • Gracias Alfred... - dijo Bruce sonriente mientras se tapaba y se acomodaba en el mueble.

 

Mientras tanto, a unos pocos kilómetros de allí, en mitad de la noche, Sara Essen y Jim Gordon se tomaban un café de maquina, mientras hacían la vigilancia nocturna en la comisaria de Gotham. Aunque solo habían pasado dos semanas, Sara y Jim se habían cogido bastante confianza, debido a que los dos no se adaptaban a la vida en la comisaria al tener maneras distintas de pensar respecto a sus compañeros de trabajo. Además, en el caso de Tony Ford, Sara había pedido ser asignada junto a Jim, a lo que Gillian, importándole mas bien poco las acciones de la sargento, aceptó sin pensarlo.

Y allí, en la recepción, los dos policías bebían mientras el frio los encogía en sus abrigos y solo las risas de una agradable conversación les calentaba lo suficiente para poder pasar la noche.

 

  • … y de repente, ¡la vitrocerámica estaba en llamas! - dijo en tono chistoso el agente.

  • Ay, por favor, que torpe... - reía Sara mientras acercaba su café a su cara.

 

Nada mas sonreír, como ya había pasado muchas veces, al mirarse fijamente el uno al otro, el silencio se apoderaba de ellos. Estar juntos estaba pasando de ser una buena noticia a algo deseado, y en el ambiente comenzaba a haber una tensión la cual Jimmy intentaba evitar sacando temas superficiales.

 

  • Bueno, Sara, ¿Cuales fueron tus mejores vacaciones?

  • Bueno, la verdad es que vivo con mi madre y mi hermana, y las tres siempre aprovechamos todos los veranos para hacer una escapada a Canadá.

  • Oh, Canadá. Me gusta, es un país bastante tranquilo.

  • Sí, la verdad es que disfruto cuando estoy allí. Además, vamos allí aprovechando que tenemos algunos tíos y primos.

  • Que bien...

 

La conversación que había comenzado hace unas horas desde que empezase el turno de noche, prosiguió una hora mas hasta que, de repente, la emisora de la policía sonó.

 

  • A todas las unidades, un incendio en “Los Altos”. Ahora mismo estamos el detective Ross y los agentes Doyle y Nash, por favor, necesitamos refuerzos. Hemos avisado a los bomberos, pero aquí nadie aparece. Repito, necesitamos ayuda, han sido atrapados una familia en el edificio que actualmente en llamas.

 

Jim y Sara observaron con gran preocupación la emisora mientras escuchaban la trágica noticia. Sin embargo, su responsabilidad era mantenerse allí parados haciendo la guardia. Pero, debido a su sentido de la justicia, Gordon, harto de hacer los recados mas simples, se levantó, miró a Sara, y sin mediar palabra cogieron las llaves de un coche y encendiendo las sirenas salieron disparados al lugar donde transcurría la acción.

 

Nada mas llegar, vieron que, para su decepción, seguían solo los tres policías que habían dado la noticia allí parados. Sara les conocía. Primero saludó al detective Ross, un hombre negro que rondaría los sesenta años y que se estaba estirando los pocos pelos blancos que le quedaban en la cabeza desesperado.

 

  • Joder Sara, aquí nadie aparece. Gracias por venir, de verdad.

  • Tranquilo Albert.

  • No me puedo tranquilizar, ¡yo vivo a solo una manzana de aquí! Conozco a todos, tanto a los que estamos aquí abajo viendo el suceso como a los que están atrapados. ¡Y los putos bomberos han desaparecido! ¡No se puede contactar con ellos!

  • Decíais que les habíais avisado... - dijo extrañada Sara.

  • Sí, pero solo por mensajes, sin embargo, nadie contesta. ¡No se que coño pasa!

 

Al detective Ross le podía la presión, y sin aguantar más, se sentó en el suelo, respirando fuertemente. Sara intentaba calmarle mientras Gordon observaba a unos metros, intentando ver como podía resolver aquel embrollo. Por un lado, el edificio en llamas, con cada una de sus ventanas expulsando fuego. Por otro, la gente, gritando de miedo, rodeaba el edificio, mientras los dos agentes, Doyle y Nash, intentaban convencer a los demás de que se alejasen para que no les pasase nada, mientras miraban impotentes que no podían darle la vuelta al problema. Y todos con un mismo pensamiento: La familia que se encontraba allí seguramente ya habrían sucumbido al poder de las llamas...

 

  • Hay que entrar... - susurró Jim.

 

Justo cuando comenzó a caminar hacía el edificio pensando como podría introducirse en el edificio, de repente, sin que nadie se lo esperase, un gran ruido sobresaltó a la multitud. La gente estaba anonadada, costándole asimilar lo que estaban viendo. La puerta del portal salió disparada por unos metros, mientras una gran masa negra salía veloz de la finca. Como si de una rosa floreciendo se tratase, aquella masa se abrió mostrando en su interior a una mujer y un hombre adultos y dos niños que, con leves quemaduras en su piel, tosían tras salir del corazón del incendio. Y aquella masa negra se esclarecía en un manto, el cual servía de capa a un hombre vestido de manera extraña y siniestra. Bruce Wayne había salvado las vidas de los últimos habitantes atrapados en el edificio.

 

  • Mirad, los ha salvado ¡Es un héroe! - gritó un niño de entre la muchedumbre.

 

Mientras todos exclamaban de asombro, Bruce, no queriendo ser conocido, salió disparado del sitio, corriendo hasta su automóvil, el cual se encontraba escondido en un callejón a pocas manzanas de allí. Mientras corría, Nash y Doyle, atónitos, cogían unas mantas del coche y arropaban a la familia salvada y Ross, Sara y Gordon, no podían moverse, boquiabiertos al presenciar aquella hazaña.

 

  • Sara... - se dirigió Jim a su superior – creo que es el hombre que andamos buscando...

 

Tras la huida de Bruce y los cuidados de los afectados, media hora después, apareció la prensa, después los bomberos, y finalmente mas coches policías. Ross enfadado no paraba de gritar a sus otros compañeros y al jefe de bomberos mientras estos intentaban calmarle y justificar un retraso inexcusable. Sara y Jim, sabiendo que no debían estar allí, cogieron el coche de policía con el que habían venido y volvieron a la central. En el camino, los dos se mantuvieron en silencio, Gordon enfrascado en sus pensamientos y Sara, viendo que el agente se encontraba así, conducía callada mientras miraba a Jim de reojo, hasta que este último comenzó a hablar.

 

  • Cuando estaba en Chicago, tenía un objetivo, y no era otro que hacer de mi ciudad la mas segura del mundo. Que mis seres queridos, mis amigos, mi gente, mi tierra natal, fuese un lugar tranquilo y estable para todos... Cuando vine aquí, no pude evitar inculcarme la misma meta. Por Barbara y el pequeño Jimmy, pero... Creo que es imposible.

  • Jim – dijo de manera contundente la sargento – si ese es tu objetivo, ten por seguro que te apoyaré con todas mis fuerzas, pues no existe compromiso mas noble y justo que ese. Aunque estemos en la peor ciudad del mundo, debemos hacer justicia.

 

Dándole apoyo con sus palabras, Sara, con un rostro decidido y serio, miró fuertemente a Gordon mientras le cogió la mano fuerte y la apretó para que se diese cuenta que no estaba solo, a lo que él, sonriendo, aceptó el apretón, mirándose por unos segundos con complicidad y confianza.

Regresar al índiceEllas by Frost87

Era otro día mas por Los Altos. Diana caminaba con la compra en una vieja bolsa cogida entre sus brazos mientras disfrutaba de aquella mañana cálida. Finalmente, tras unos minutos, llegaba a una de sus primeras paradas: La clínica de Leslie Thompkins. Nada mas entrar, Leslie, que no acostumbraba a dormir, se encontraba con un rostro cansado tomando una taza de café, mientras oía la radio.

 

  • En la pasada madrugada, ocurrió un singular hecho que muy pocas veces se dan en el mundo. Una persona sin identificar sacaba de un edificio en llamas a una familia que se encontraba atrapada ya que la policía ni los bomberos llegaron a tiempo para poder sofocar el incendio que consumió todas las pertenencias de los habitantes del lugar. Según las declaraciones de los vecinos que se concretaron allí, aunque todo ocurrió muy rápido, coinciden en que posiblemente fue un hombre y la mayoría lo consideran ya un héroe. Algunos le han bautizado como Blackman, debido a sus ropas negras. Seguiremos informando próximamente...

  • Con que Blackman, ¿eh? -dijo irónica Leslie.

  • Parece que tenemos un héroe en nuestras calles – dijo Diana mientras dejaba las bolsas en la mesa del salón.

  • Un pobre iluso, eso es lo que es... - dijo la médica enfadada. - El pasado a veces puede atraparte consigo para el resto de tus días... Pobre imbécil...

 

Diana, al ver que la doctora Thompkins pensaba en voz alta, prefirió no pregunta e ir guardando la compra en los respectivos lugares donde correspondía cada alimento. Diana llevaba desde su fugaz secuestro visitando todos los días a la doctora, mientras por las noches seguía ofreciendo placer por dinero al igual que muchas chicas de aquella barriada. Al principio Leslie se había mostrado reacia, haciendo ver a Diana que no quería que le ayudase a base de gritos y malos gestos, pero poco a poco se iba ablandando a las agradables visitas de aquella joven. Tras guardar todo en su sitio, Diana comenzó a prepararse un café con leche y se sentó junto a Leslie.

 

  • ¿Como te ha ido la noche? - preguntó amablemente Diana.

  • ¿Como quieres que vaya? Tengo que quitarme todos los drogadictos a patadas, e incluso hay uno que insistía demasiado, hasta que ayer le metí dos buenos golpes con el palo del mocho, y se me puso “¿No me pones unos puntos?”, menudo idiota...

 

Diana comenzó a reírse de aquella anciana cascarrabias. Tras unos minutos charlando, las dos se fueron al sofá a ver la televisión, aunque lo único que hacían eran debates para Leslie demasiado superficiales o concursos que no era del gusto de ninguna de las dos. Finalmente, la doctora dejó la televisión en un canal donde emitían una vieja película de amor. Mientras el amor florecía entre los actores, y Diana se iba enganchando mas y mas a la trama, Leslie cayó rendida y se quedó dormida. Como ya había pasado varias veces, la joven sabía que no podía dejarla dormir mas de una hora, o sino se despertaría echándole la bronca por dejarla descansar tanto. Sin embargo, Diana creía que para la doctora eran necesarias aquellas siestas improvisadas, así que, para no ganarse una buena bronca, esperó casi una hora hasta despertar a la médica. Nada más despertarla, Diana se despidió y se marchó, ya que quería parar en otro sitio antes de irse a su casa y dormir toda la tarde para estar preparada en su labor nocturna. Tras caminar un par de calles, llegó a un edificio que parecía resquebrajarse con solo mirarlo. Subiendo hasta el segundo piso, dio un par de golpes a la puerta, dándose cuenta de que dicha puerta ya se encontraba abierta. Y allí estaba: Una mujer alta, de pelo negro, corto, con un pecho esbelto, unas curvas tentadoras que hacían que todos los hombres tuvieran que parar para poder disfrutarla con la mirada, creando las imaginaciones mas lujuriosas y calientes de sus vidas, con esa mirada y ese rostro que mostraba una mujer fuerte, independiente, que no necesitaba de nadie para resolver su vida. Selina Kyle, la gran Selina, admirada por todas las mujeres y deseada por todos los hombres, conseguía sobrepasar cada noche las fantasías de sus clientes. Era la mas buscada, la mas codiciada entre las amantes de alto coste de entre todas las calles de Gotham. Su sola presencia hacía que Diana titubease los primeros segundos al dirigirse a ella:

 

  • Hola Selina...

  • Ah, sí eres tú, Diana... - sonrió Selina mientras tenía una gata acariciando en sus manos, y otras dos le ronroneaban en las piernas.

  • Pasa, pasa – prosiguió. - ¿quieres tomar algo? ¿un café? ¿vino?

  • Oh, no, gracias.

 

La casa estaba totalmente desordenada, llena de ropa y trastos por todo el suelo. Diana tenía que esquivar a cada paso todo tipo de prendas y objetos para no pisar nada, aunque en algunos momentos ni lo podía evitar. Y gatos, muchos gatos. Aquellos felinos merodeaban toda la casa, dejando su pelo y sus maullidos gobernar cada una de las habitaciones. Sin embargo, Selina se lo podía permitir, ya podía llenarse la casa de pura mierda, que muchos hombres se mancharían con ella por tan solo disfrutar una noche con la popular concubina. Por allí, además de los gatos, una joven pelirroja, menor de edad, hacía compañía a la prostituta. Conforme salió de una de las habitaciones al pasillo, saltó a dar un abrazo a Diana.

 

  • ¡Holly! - gritó de alegría Diana agarrando fuerte entre sus brazos a la adolescente.

  • ¡Hace días que no te veo! - le respondió.

 

Tras unos efusivos abrazos, Selina, que se encontraba mirando por la ventana a la calle, puso mala cara, y enseguida se giró, caminando hacía las dos.

 

  • Debes irte – dijo tajante Selina.

 

Ante aquella reacción, las dos, muy extrañadas, no sabían que estaba pasando, sin embargo, al no ser la pri

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