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ENAMORADA DE SU ENEMIGO (ShikaTema) por Yona

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Notas del fanfic:

Trilogia McCabe #3

 

 

El día de su primera boda la naturaleza había brillado en todo su esplendor. Hacía un calor insólito para ser enero, el ambiente era muy agradable y la suave brisa hacía ondear el pelo de la novia. Era como si el mundo entero se hubiese detenido para presenciar la unión de dos almas.

 

Temari Sabaku resopló, ganándose con ello que su futuro marido la mirase con una ceja enarcada.

 

¿Qué tiempo hacía el día de su segunda boda? Malo. El cielo estaba nuboso y soplaban vientos de tormenta provenientes del norte. Hacía frío y el aire congelado se colaba en el salón con ráfagas insistentes. Era como si el mundo entero supiera la incertidumbre que le causaba el hombre que tenía al lado y al que quedaría unida para siempre tras pronunciar los votos.

 

Un escalofrío le recorrió la espalda a pesar de que ambos estaban de pie frente a la enorme chimenea del castillo.

 

Shikamaru frunció el cejo y dio un paso hacia ella como si intentase protegerla del viento que levantaba las pieles que cubrían las ventanas. Temari no pudo evitar dar a su vez un paso hacia atrás y alejarse de nuevo de él. La ponía nerviosa y a ella eran muy pocas las personas que conseguían intimidarla.

 

El guerrero frunció todavía más el cejo y después centró toda su atención en el sacerdote.

 

Temari miró a su alrededor con la esperanza de que ninguno de los presentes hubiese presenciado el intercambio. A su pueblo no le gustaría ver que tenía miedo de su marido. Aunque se lo tuviera.

 

Sasuke Uchiha, el mayor de los hermanos Uchiha y el primer hombre con el que se suponía que iba a casarse, estaba de pie al lado de su hermano, con los brazos cruzados. Parecía ansioso porque la ceremonia terminase cuanto antes.

 

Naruto Uchiha, el hombre con el que casi se casó después de que Sasuke contrajese matrimonio con Sakura Haruno, también parecía impaciente y miraba constantemente la escalera como si fuera a echa

r a correr en cualquier momento. Era comprensible, porque la esposa de Naruto, Hinata, estaba en el dormitorio de ambos, en el piso de arriba, recuperándose de una herida que había estado a punto de acabar con su vida.

 

A la tercera va la vencida, ¿no?

 

El rey Tobirama no se había puesto en pie para la ocasión. Seguía sentado junto al fuego, mirando con aprobación cómo el sacerdote seguía adelante con los trámites necesarios. A su alrededor, y también sentados, estaban los lairds de los clanes vecinos. Todos habían acudido allí para presenciar la unión entre los Uchiha y los Sabaku, una alianza que se sellaría con el matrimonio de Temari con Shikamaru, el hermano más joven —y el último que quedaba soltero— de los Uchiha.

 

Era importante señalar que Shikamaru era el último candidato, porque si algo salía mal y también se estropeaba esa boda, ya no quedarían más Uchiha con los que poder casar a Temari, y a esas alturas el orgullo de la joven ya no podía soportar otro rechazo.

 

Desvió la vista del monarca al grupo de lairds y después hacia su padre y su cara de pocos amigos. El hasta entonces laird de los Sabaku estaba sentado unos metros separado del resto de los guerreros y en su rostro había una perenne mueca de amargura.

 

Por un instante, las miradas de padre e hija se encontraron y él le enseñó los dientes. Temari no lo había apoyado para que siguiera siendo laird. Probablemente había sido desleal de su parte, pero aunque no estaba segura de si Shikamaru Uchiha sería un buen laird, sí sabía que su futuro esposo era un buen hombre.

 

Se percató de que era el centro de todas las miradas y, nerviosa, devolvió la suya al sacerdote al darse cuenta de que se había olvidado de repetir sus votos. Como si no fuera suficiente con eso, además no tenía ni idea de lo que el religioso acababa de decir.

 

—Ahora es cuando dices que me obedecerás y que me juras lealtad sólo a mí y que me serás fiel hasta el fin de tus días —le susurró Shikamaru con voz ronca.

 

Las palabras le provocaron un escalofrío en la espalda y no pudo evitar fulminarlo con la mirada.

 

—¿Y qué me prometes tú a cambio?

 

Los ojos rojo pálido del guerrero le recorrieron el cuerpo y, cuando volvieron a detenerse en los de ella, cualquiera diría que no habían encontrado nada de su agrado. A Temari eso no le gustó, se sintió como si la hubiese rechazado.

 

—Tendrás mi protección y te trataré con el respeto y la estima que se merece una dama de tu alcurnia.

 

—¿Eso es todo? —susurró Temari con sarcasmo, aunque habría dado cualquier cosa por ser capaz de contenerse.

 

Era evidente que le había tocado la peor parte del pastel. Sasuke Uchiha adoraba a su esposa, Sakura, y Naruto acababa de desafiar al mismísimo rey para quedarse junto a Hinata, la mujer que amaba... y dejar plantada a Temari en el altar.

 

Ella no estaba enfadada, quería mucho a Hinata y su amiga merecía ser feliz. Ver a un hombre tan fuerte y atractivo como Naruto declarar públicamente su amor por ella había llenado a Temari de emoción y alegría. Pero al mismo tiempo le recordó lo vacío y estéril que iba a ser su matrimonio. Shikamaru suspiró exasperado.

 

—¿Qué es lo que quieres exactamente, cielo?

 

Levantó el mentón al oír cómo la había llamado y lo miró con frialdad.

 

—Nada. Me basta con eso, pero me quedo sólo con el respeto y la estima, la protección no me hace falta.

 

—¿Eso crees? —Shikamaru enarcó una ceja.

 

—Sí, puedo protegerme sola.

 

Él se rió y un segundo más tarde también lo hicieron el resto de los hombres que había allí reunidos.

 

—Pronuncia los votos, cielo. No tenemos todo el día. Los soldados tienen hambre, hace casi dos semanas que esperan este festín.

 

Un murmullo de confirmación se extendió por el salón y, al oírlo, Temari se sonrojó. Era el día de su boda y nadie iba a meterle prisa. ¿A quién le importaba la comida o los estómagos vacíos de los soldados?

 

Como si se hubiese dado cuenta de que su prometida se estaba poniendo de mal humor, Shikamaru le cogió la mano y tiró de ella hasta que sus muslos se tocaron. Temari sintió cómo la musculosa pierna del guerrero le quemaba incluso a través del vestido.

 

—Padre —Shikamaru se dirigió respetuosamente al sacerdote—, ¿sería tan amable de recordarle a Temari lo que tiene que decir?

 

 

Ella fulminó a su futuro esposo con la mirada, mientras el sacerdote repetía los votos. Las lágrimas le escocían en los ojos a pesar de que no entendía por qué. Ella no estaba enamorada de Naruto, igual que tampoco lo estaba de Shikamaru. Era su padre el que había tenido la idea de casarla con un Uchiha, y los tres hermanos, igual que el rey, habían estado de acuerdo al instante.

 

Ella sólo era una pieza más en su tablero de juego, de la que se olvidarían de inmediato.

Suspiró y sacudió la cabeza. Era ridículo que estuviese tan triste. Podrían sucederle cosas mucho peores. Tendría que estar contenta. Había vuelto a reunirse con Hinata, la hermana de su corazón, y su mejor amiga estaba ahora felizmente casada, aunque le esperaba una larga recuperación. Y su padre ya no era el laird del clan.

 

Miró de nuevo al hombre y lo vio vaciando otra jarra de cerveza. Supuso que no podía culparlo por querer emborracharse, en cuestión de minutos, la vida tal como la conocía se desvanecería para siempre. Sin embargo, ella era incapaz de sentir el menor remordimiento.

 

Su clan podía llegar a ser grande, lo sería, bajo el liderazgo adecuado. Y ese líder nunca había sido el padre de Temari. Un hombre que había mancillado el nombre de Sabaku hasta llegar al extremo de que ahora tenían que pedir ayuda a otro clan más fuerte, y aliarse con él, para seguir adelante.

 

Temari cerró el puño derecho. Soñaba con devolverle al clan su antigua gloria. En convertir a sus soldados en un ejército indestructible. Ahora esa tarea recaería en Shikamaru y ella se vería relegada a ser una mera observadora... sin poder participar en el proceso tanto como deseaba.

 

Dio un respingo sorprendida al ver que Shikamaru se inclinaba para rozarle los labios con los suyos. Se apartó antes de que Temari pudiese entender qué había sucedido. Se quedó allí plantada, boqueando como un pez fuera del agua, y, levantando una mano temblorosa, se tocó la boca.

 

La ceremonia había concluido. Las doncellas, cargadas con bandejas repletas de comida que en su mayor parte provenía de la despensa del clan Sabaku, entraron en el salón para empezar a servir el banquete. Su padre había tenido que entregarles esa comida a los Uchiha después de perder una estúpida apuesta meses atrás.

 

Shikamaru observó a Temari un instante y después le señaló que caminase delante de él en dirección a la mesa presidencial. Ella suspiró aliviada al ver allí a Sakura acompañando a su marido. En medio de aquel mar de rostros desconocidos, la esposa del laird era como un rayo de luz. Un rayo de luz cansado, pero reconfortante de todos modos.

 

Sakura le salió al encuentro con una sonrisa en los labios.

 

—Temari, estás preciosa. Hoy ninguna mujer tiene ninguna posibilidad a tu lado.

 

Ella se sonrojó al oír el halago. A decir verdad, a Temari le daba un poco de vergüenza haberse casado con el mismo vestido que llevaba el día de su casi boda con Naruto. Tenía la sensación de que estaba muy arrugado y se sentía poco arreglada y nada especial. Pero el tono sincero de Sakura le dio ánimos y la hizo sentirse más segura de sí misma.

 

La joven le cogió las manos con intención de reconfortarla un poco más.

 

—¡Oh, tienes las manos heladas! —exclamó—. Tenía muchas ganas de presenciar el enlace, espero que aceptes mis disculpas.

 

—Por supuesto —afirmó Temari con una sonrisa sincera—. ¿Cómo está Hinata hoy?

 

La mirada de Sakura pareció un poco menos preocupada.

 

—Vamos, sentémonos para que puedan empezar a servir y te lo contaré.

 

Temari se enfadó consigo misma al notar que buscaba con la mirada el gesto de aprobación de su recién estrenado marido. Apretó los dientes y se dirigió a la mesa, sentándose al lado de Sakura. No llevaba ni cinco minutos casada y ya se estaba comportando como una tonta sin cerebro.

 

Aunque, a decir la verdad, Shikamaru le daba miedo. Naruto no. Y Sasuke tampoco la había intimidado.

 

Pero el hermano menor la asustaba.

 

Confió en que sentarse al lado de Sakura le diese un momento de respiro antes de que Shikamaru fuese a su encuentro, pero no tuvo esa suerte. Su esposo apartó la silla que había justo al lado de la suya y se sentó tan cerca que todo su muslo quedó pegado al de ella.

 

Sería de muy mala educación —y todo el mundo se daría cuenta— si se apartaba y se acercaba más a Sakura, así que Temari optó por ignorar a Shikamaru. No podía olvidar que ahora él tenía todo el derecho del mundo a tratarla con esa familiaridad. Al fin y al cabo, estaban casados.

 

Se quedó sin aliento al comprender que esa noche Shikamaru intentaría reclamar sus derechos maritales. De hecho, sólo podía pensar en la noche de bodas y en la importancia que se le daba al acto de perder la virginidad. Todas las mujeres hablaban de ello en voz baja cuando los hombres no estaban presentes.

 

El problema era que Temari siempre estaba con hombres y que ella nunca hablaba a escondidas de nada. A Hinata se la habían llevado de su lado mucho antes de que Temari sintiese curiosidad por esos asuntos.

 

Debido a la preferencia que su padre sentía por las jovencitas y dado que prácticamente se había pasado toda la vida preocupada por proteger a Hinata de él, Temari sentía arcadas sólo de pensar en el mero acto de la copulación. Y ahora se había casado con un hombre que contaba con... Bueno, seguro que él contaba con muchas cosas y, que Dios la ayudara, Temari no tenía ni idea de en qué consistían.

 

La vergüenza le tiñó las mejillas. Podría preguntárselo a Sakura. O a alguna de las mujeres del clan Uchiha. Todas eran extremadamente generosas y habían sido muy amables con ella. Pero preferiría esconderse debajo de la mesa a confesarles lo ignorante que era respecto a esos menesteres.

 

Temari podía blandir una espada mejor que muchos hombres. Sabía luchar. Era rápida y podía ser implacable cuando la provocaban. No era delicada ni se mareaba al ver sangre.

 

Pero no tenía ni idea de cómo besar.

 

—¿No vas a comer? —le preguntó Shikamaru.

 

 

Ella levantó la vista y vio que la mesa estaba lista y que le habían servido la comida. Su esposo había tenido el detalle de cortarle un trozo de carne y colocarlo en su plato.

 

—Sí —susurró.

 

A decir verdad, estaba hambrienta.

 

—¿Prefieres agua o cerveza?

 

Temari nunca bebía, pero en un día como ése pensó que sería una buena elección.

 

—Cerveza —dijo y esperó a que Shikamaru le llenase la copa. Fue a cogerla, pero él se le adelantó y la sorprendió probándola antes.

 

—No está envenenada —sentenció, antes de deslizar la copa hacia ella.

 

Temari lo miró atónita sin comprender qué acababa de suceder.

 

—¿Y si lo hubiese estado?

 

Él le tocó la mejilla. Sólo una vez. Fue una caricia afectuosa, probablemente no podría definirse como cariñosa, pero fue agradable y reconfortante.

 

—Entonces no te habrías envenenado ni habrías muerto. Ya hemos estado a punto de perder a una Uchiha por culpa de un acto tan cobarde y no voy a correr el riesgo de que vuelva a suceder.

 

—Pero ¡eso es ridículo! —exclamó boquiabierta—. ¿Acaso crees que si hubieses muerto tú habría sido mejor?

 

—Temari, acabo de jurar delante de Dios que voy a protegerte. Eso significa que estoy dispuesto a arriesgar mi vida por ti y por los hijos que vamos a tener algún día. Hay una víbora oculta entre nosotros que ya ha intentado envenenar a Sasuke una vez y ahora que tú y yo estamos casados, ¿se te ocurre una manera más eficaz de poner punto final a la alianza entre nuestros clanes que matándote?

 

—También podrían querer matarte a ti —se sintió obligada a señalar.

 

—Sí, supongo que es una posibilidad. Pero si muere la única heredera de los Sabaku, entonces tu clan se desmoronará y a Madara Akatsuki le resultará mucho más fácil conquistarlo. Tú eres el factor clave de esta alianza, Temari. Tanto si quieres creerlo como si no, sobre tus hombros recae una gran responsabilidad. Te garantizo que no va a resultarte fácil.

 

—Ya lo sé, nunca había pensado lo contrario.

 

—Chica lista.

 

Shikamaru jugueteó con el borde de la copa antes de acercarla más hacia Temari. Entonces la levantó solícito y la llevó a los labios de ella, igual que haría cualquier recién casado con su esposa durante el banquete de bodas.

 

—Bebe, Temari, se te ve exhausta. Y estás nerviosa. Pareces tan tensa que es imposible que estés cómoda. Bebe un poco e intenta relajarte. Nos espera una tarde muy larga.

 

Shikamaru no le mentía.

 

Temari se pasó horas sentada, presenciando un brindis tras otro. Brindaron por los Uchiha y por la nueva heredera del clan. Sasuke y Sakura eran los felices padres de una recién nacida que iba a heredar una de las porciones de tierra más grandes y estratégicas de toda Escocia.

 

Brindaron por Naruto y Hinata. Por la salud de ésta. Y después empezaron los brindis por su matrimonio con Shikamaru. En algún momento, el tono de los brindis degeneró y pasaron a centrarse en la reputación de Shikamaru como buen amante, hubo incluso un par de lairds que apostaron sobre cuánto tiempo iba a tardar Temari en quedarse embarazada.

 

A ella le pesaban los párpados y no estaba segura de que sólo se debiese a lo eternos que se le estaban haciendo esos brindis. Le habían llenado la copa más veces de las que era capaz de recordar y la había vaciado otras tantas, haciendo caso omiso de lo encogido que se sentía el estómago y de las vueltas que le daba la cabeza.

 

El laird Uchiha había decretado que, a pesar de la multitud de temas pendientes que tenían por resolver y de la infinidad de decisiones que debían tomar cuanto antes, esa noche sólo iban a celebrar el enlace de su hermano pequeño.

 

Ella sospechaba que la responsable de eso era Sakura y pensó que ésta no tendría que haberse tomado tantas molestias. En lo que a Temari respectaba, no había nada que celebrar.

 

Miró a Shikamaru y vio que estaba apoyado contra el respaldo de la silla, observando aburrido al resto de los comensales. Insultó a un hombre cuando éste hizo una insinuación de muy mal gusto sobre su hombría, y Temari se estremeció y dejó la mente en blanco para ver si así lograba olvidar el comentario.

 

Bebió un poco más de cerveza y dejó la copa encima de la mesa con tanto ímpetu que ella misma se asustó. Nadie pareció darse cuenta, algo que probablemente se debía a que había muchísimo ruido.

 

La comida empezó a desdibujarse delante de ella y sólo pensar en llevarse nada a la boca, a pesar de que Shikamaru le había cortado la carne en pequeños trozos, le revolvía el estómago.

 

 

—Temari, ¿estás bien?

 

La pregunta de Sakura pronunciada en voz baja la sorprendió y la sacó de su estado de ensimismamiento. Entonces miró a su anfitriona y vio que ésta se duplicaba ante sus ojos.

 

—Me gustaría ver a Hinata —soltó de repente.

 

Si a la esposa del laird le pareció raro que quisiera estar con su prima el día de su boda, no lo manifestó.

 

—Si quieres, puedo acompañarte.

 

Temari suspiró aliviada y empezó a levantarse de la silla, pero Shikamaru la sujetó por la muñeca y tiró de ella hacia abajo con cara de pocos amigos.

 

—Me gustaría ir a ver a Hinata, ya que no ha podido asistir a la boda —le explicó ella—, con tu permiso, por supuesto.

 

Casi se atragantó con sus propias palabras.

 

Él se quedó observándola unos segundos y aflojó los dedos con que le rodeaba la muñeca.

 

—Puedes ir.

 

Sonó tan autoritario. Tan... marido.

 

A Temari se le encogió el estómago y se disculpó con el laird. Estaba casada. Dios santo, estaba casada. Se suponía que tenía que pedirle permiso a su esposo. Y que tenía que obedecerlo.

 

Le temblaban las manos cuando siguió a Sakura hacia la escalera. Caminaron en silencio con un hombre de Sasuke pegado a los talones, porque la esposa del laird no iba a ninguna parte sin escolta.

 

Cielos, ¿acaso Shikamaru daba por hecho que ella también iba a dejar que la manejasen tan fácilmente? Temari se ahogaba sólo con pensar que no iba a poder ir a ningún lado sin un acompañante respirándole en la nuca.

 

Llegaron a la puerta del dormitorio de Hinata y Sakura llamó con los nudillos con suavidad.

Naruto abrió y ésta habló en voz baja con el que ahora también era el hermano político de Temari.

 

Él asintió y se apartó.

 

—No os quedéis demasiado. Se cansa con facilidad.

 

Temari observó de reojo al que habría podido convertirse en su marido y no pudo evitar compararlo con su hermano menor, el hombre con el que finalmente se había casado.

 

Era innegable que los dos eran grandes guerreros, aunque, sin saber muy bien por qué, Temari pensó que probablemente preferiría estar casada con Naruto. No parecía tan... frío como Shikamaru. Ni tan indiferente. Ni muchas otras cosas.

 

Temari era incapaz de determinar el motivo, pero había algo en los ojos de su marido que la asustaba y la desconcertaba, que la hacía sentir como si fuese la presa de un animal hambriento. Shikamaru la hacía sentirse pequeña, indefensa... femenina.

 

—Hola, Temari —la saludó Naruto—, felicidades por tu matrimonio.

 

Bastaba con mirar a los ojos del hombre para saber que aún se sentía un poco culpable y, aunque ella no le guardaba ningún rencor, al fin y al cabo, el guerrero no había podido evitar enamorarse de Hinata, todavía le dolía que la hubiese humillado dejándola plantada ante el altar.

 

—Gracias —murmuró.

 

Esperó a que Naruto pasase por su lado y entonces entró en el dormitorio.

 

Hinata estaba recostada en una gran cantidad de almohadas. Se la veía pálida y tenía la frente arrugada por el cansancio, pero le sonrió a Temari cuando sus miradas se encontraron.

 

—Siento haberme perdido tu boda —le dijo.

 

Ella le sonrió a su vez y se acercó a la cama. Se sentó en un extremo para no molestarla, y entonces le cogió la mano.

 

—No tiene importancia, yo apenas me acuerdo.

 

Hinata intentó reírse, pero el dolor le transformó el semblante.

 

—Tenía que verte —susurró Temari—, hay algo... Necesito pedirte consejo.

 

Su prima abrió los ojos sorprendida y miró a Sakura, que estaba detrás de Temari.

 

—Claro. ¿Te parece bien que se quede? Es de toda confianza.

 

Ella miró indecisa en dirección a la otra mujer.

 

—Tal vez podría ir a buscaros algo de beber —sugirió Sakura—, así tendréis un ratito para hablar a solas.

 

—No, espera —suspiró Temari—. A decir verdad me irá bien escuchar también tu opinión. Al fin y al cabo, Hinata hace poco que se ha casado.

 

Un leve rubor tiñó las mejillas de ésta y Sakura se rió.

 

—Entonces pediré que nos suban algo de beber y así podremos hablar tranquilamente. Tienes mi palabra de que nada de lo que digas saldrá de esta habitación.

 

Temari la miró agradecida y acto seguido la esposa del laird se dirigió a la puerta para darle instrucciones a Kiba, el guerrero que las había acompañado.

 

—¿Cómo de gruesa es la puerta de esta habitación? —le preguntó Temari a Hinata en voz baja.

 

—Te aseguro que no se oye nada desde el otro lado —le contestó la joven, con un brillo especial en los ojos—. Dime de qué quieres hablar.

 

Temari esperó a que Sakura volviese junto a ellas y entonces, sintiéndose como una tonta por ser tan ignorante, se lamió nerviosa el labio inferior.

 

—Del lecho matrimonial.

 

—Ah —dijo Sakura, comprensiva.

 

—Pues sí, ah —asintió Hinata.

 

Temari soltó exasperada el aliento.

 

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué se supone que tengo que hacer? No sé nada de los besos ni de la pasión ni... de nada. Yo solo sé utilizar la espada y luchar.

 

Sakura la miró compasiva y la burla abandonó por completo su mirada. Cubrió la mano de Temari con una de las suyas y se la estrechó cariñosa.

 

—No hace mucho tiempo, yo estaba igual que tú estás ahora y les pedí consejo a las mujeres más ancianas del clan. Te aseguro que fue una experiencia esclarecedora.

 

—Sí, yo también he pasado por esto —reconoció Hinata—. Ninguna de nosotras ha nacido enseñada y tampoco hemos tenido una madre que nos lo haya explicado. —Miró a Temari compasiva

—. Asumo que tu madre nunca habló de estos temas tan delicados contigo.

 

Su prima sorbió por la nariz.

 

—En cuanto me crecieron los pechos me dejó de lado.

 

—¿Te han crecido los pechos? —le preguntó Hinata, levantando ambas cejas.

 

Ella se sonrojó y bajó la vista hacia su escote. Hacia su escote plano. Si Hinata, o cualquiera, supieran lo que se escondía debajo de aquellas vendas... Su esposo pronto lo averiguaría, a no ser que ella encontrase la manera de consumar el matrimonio completamente vestida.

 

—No es tan difícil, Temari —le sonrió Sakura—. Los hombres hacen casi todo el trabajo y al principio es mejor así. Cuando aprendas cómo funcionan las cosas, entonces ya podrás llevar las riendas.

 

—Naruto es un amante maravilloso —confesó Hinata con un suspiro.

 

Sakura se sonrojó y se aclaró la garganta.

 

—Yo no miento si digo que al principio creía que a Sasuke no se le daba demasiado bien. En nuestra noche de bodas, tuvo que darse mucha prisa, porque nos atacaba el ejército de Madara Akatsuki. Pero te aseguro que más tarde se encargó de compensarme y vaya si lo consiguió. Con creces.

 

Temari miraba alternativamente a una y otra mujer, sintiéndose más incómoda por momentos. Ambas tenían la mirada perdida y les cambiaba la voz cuando hablaban de sus esposos. Ella era incapaz de imaginarse a sí misma reaccionando así por Shikamaru. Él sencillamente era demasiado... duro. Sí, ésa era una buena descripción.

 

Una llamada en la puerta interrumpió la conversación y las tres damas se quedaron en silencio. Sakura le dio permiso al desconocido para pasar y Kiba entró en el dormitorio, mirándolas con desaprobación.

 

—Gracias, Kiba —le dijo Sakura cuando éste dejó la jarra y las tres copas en la mesilla de noche que había junto a la cama de Hinata—. Puedes retirarte.

 

El guerrero frunció el cejo y salió de la estancia. Temari miró a Sakura preguntándose cómo era posible que ésta aceptase un comportamiento tan insolente por parte de uno de los hombres de su marido, pero la joven se limitó a sonreírle satisfecha y a servir el vino en las copas.

 

—Sabe que no tramamos nada bueno y lo está matando no poder decir nada.

 

Sakura le dio una copa a Temari y después colocó con cuidado otra en la mano de Hinata.

 

—Supongo que me servirá para calmar un poquito el dolor —comentó ésta.

 

—Lo siento, Hinata. ¿Prefieres que nos vayamos? No quiero que te encuentres peor por mi culpa

—dijo Temari.

 

Su prima bebió un sorbo de cerveza y se recostó en las almohadas con un suspiro.

 

—No, estaba a punto de volverme loca por no poder salir de estos aposentos. Me gusta tener compañía. Además, tenemos que quitarte ese miedo que tienes a tu noche de bodas.

 

Temari vació la copa y extendió el brazo en dirección a Sakura para que volviese a llenársela.

Tenía el presentimiento de que aquella conversación no iba a gustarle.

 

—No tienes nada que temer —la tranquilizó Sakura—. Estoy convencida de que Shikamaru sabrá cuidarte. —Arrugó la nariz—. Da gracias de no tener un ejército pisándote los talones. Yo no tengo demasiado buen recuerdo de mi noche de bodas.

 

Temari notó que le bajaba toda la sangre de la cabeza.

 

—Cállate, Sakura. No estás ayudando —la riñó Hinata.

 

Sakura le dio unas palmaditas a Temari en la mano.

 

—Todo saldrá bien, ya lo verás.

 

—Pero ¿qué se supone que tengo que hacer?

 

—Dime qué sabes exactamente —propuso Hinata—. Será mejor que empecemos por ahí.

 

Temari cerró los ojos avergonzada y vació la copa.

 

—Nada.

 

—¡Cielo santo! —exclamó Sakura—. Yo era bastante ignorante, pero al menos las monjas de la abadía se aseguraron de que conociera los principios básicos.

 

—Creo que lo mejor será que seas sincera con Shikamaru y le digas que tienes miedo —sugirió Hinata—. Diría muy poco de él que no se preocupase por los temores de una doncella. Sólo con que sea la mitad de buen amante que Naruto, te aseguro que no tienes de qué preocuparte.

 

Sakura se rió ante esas palabras y Temari extendió el brazo para que su anfitriona volviese a llenarle la copa.

 

La última persona del mundo a la que quería contarle que tenía miedo a la noche de bodas era a Shikamaru. Seguro que se reiría de ella. O, peor aún, seguro que la miraría con aquella indiferencia que la hacía sentirse tan... insignificante.

 

—¿Me dolerá? —se obligó a preguntar.

 

Sakura apretó los labios mientras lo pensaba y Hinata frunció el cejo un segundo.

 

—No es demasiado agradable, si te soy sincera. Al menos al principio, pero si el hombre sabe lo que hace, el dolor desaparece al cabo de poco y termina resultando muy placentero.

 

—Repito —se burló Sakura—, siempre y cuando no te persiga un ejército.

 

—Deja de decir lo del ejército —la reprendió Hinata exasperada—. No hay ningún ejército.

 

Entonces, las dos mujeres se miraron y se echaron a reír hasta que Hinata se quejó de dolor y se desplomó en las almohadas.

 

Temari se limitó a mirarlas y confirmó que eso del lecho matrimonial no estaba hecho para ella. Bostezó y, curiosamente, la habitación giró ante sus ojos. Notaba como si la cabeza le pesase una tonelada y cada vez le costaba más mantenerla erguida.

 

Se levantó del extremo de la cama donde estaba sentada y se dirigió hacia la puerta, molesta consigo misma por su cobardía. Se estaba comportando como una... bueno, como una mujer.

 

Para su vergüenza, cuando el frío viento de la noche levantó las pieles que hacían de cortina y le azotó el rostro, descubrió que en vez de ante la puerta, se había detenido frente a la ventana.

 

—Cuidado, Temari, ven por aquí —le dijo Sakura al oído.

 

Y la acompañó hasta una silla que había en la esquina del dormitorio, donde la ayudó a sentarse.

 

—Tal vez sea mejor que te quedes aquí un rato. No sería aconsejable que bajaras la escalera en este estado, y no queremos que los hombres se enteren de que hemos estado bebiendo.

 

Temari asintió. A decir verdad, se sentía un poco rara. Sí, sería mejor que esperase a que la habitación dejase de girar a su alrededor.

 

Shikamaru miró hacia la escalera por enésima vez y Sasuke se movió también impaciente. Temari y Sakura llevaban mucho tiempo fuera. La noche había avanzado y Shikamaru quería poner punto final al banquete de bodas.

 

Vaya banquete. Su novia había estado tensa y distante durante toda la ceremonia y al llegar al comedor se había sentado en silencio mientras los invitados hablaban a su alrededor.

 

A juzgar por su comportamiento, era obvio que a Temari todavía le gustaba menos que a él la idea de haber contraído matrimonio. Los dos habían accedido porque era su deber. Y ahora Shikamaru tenía el deber de consumar la unión.

 

Notó que se excitaba y el deseo que lo embargó lo pilló completamente desprevenido. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así por ninguna mujer. Aunque Temari siempre le había causado ese efecto.

 

Se había avergonzado de sí mismo por reaccionar con tanta intensidad ante la prometida de su hermano. Era desleal e irrespetuoso sentir ese deseo quemándole las entrañas.

Pero no importaba lo mucho que se maldijese, bastaba con que viese a la joven para que su cuerpo volviese a la vida y ardiese de lujuria.

 

Y ahora Temari era su esposa.

 

Volvió a mirar hacia la escalera y entonces buscó con la vista el consentimiento de Sasuke. Había llegado el momento de que fuese en busca de su mujer y se retirase a sus aposentos.

 

Su hermano asintió y se puso en pie. Que el monarca siguiese sentado y disfrutando de la velada no parecía tener importancia. Sasuke se limitó a anunciar que la celebración había llegado a su fin y que los allí presentes harían bien en acostarse.

 

Volverían a reunirse por la mañana y entonces empezarían las negociaciones. Sasuke tenía que reclamar el legado que le correspondía a su hija y debían prepararse para la inminente guerra contra Madara Akatsuki.

 

Shikamaru siguió a su hermano hacia la escalera, donde los estaba esperando Kiba.

 

—Lady Uchiha se ha retirado a sus aposentos hace una hora para despertar y amamantar a la pequeña —le explicó a Sasuke.

 

—¿Y mi esposa? —preguntó Shikamaru con voz ronca.

 

—Todavía está en el dormitorio de Hinata. Naruto está en los antiguos aposentos de ella, pero está perdiendo la paciencia y quiere volver a su habitación.

 

—Puedes decirle que Temari se irá dentro de un minuto —aseveró Shikamaru, dirigiéndose hacia la puerta.

 

Llamó, pero sólo porque era la habitación de Hinata y no quería sobresaltarla. Era un insulto hacia él que Temari se hubiese pasado allí tanto rato, sin participar en los festejos de su boda.

 

Entró en cuanto oyó que su cuñada le daba permiso.

 

Suavizó la expresión al ver a Hinata todavía malherida recostada en las almohadas. Parecía estar a punto de caerse de la cama y corrió a ayudarla. Bastaba con mirarla a los ojos para ver que estaba exhausta y se quejó de dolor cuando él la ayudó a sentarse mejor.

 

—Lo siento —masculló el guerrero.

 

—No pasa nada —dijo la joven con una leve sonrisa.

 

—Vengo a buscar a Temari. —Frunció el cejo al ver que su esposa no estaba presente.

 

—Está allí —le dijo Hinata, señalando la esquina con el mentón.

 

Shikamaru se dio media vuelta y, para su sorpresa, descubrió a Temari sentada en una silla, completamente dormida, con la boca abierta y la cabeza apoyada en la pared. Escudriñó el dormitorio y se fijó en la jarra de cerveza y las copas vacías.

 

Suspicaz, se acercó a la jarra y vio que ya no quedaba ni una gota de líquido. Entonces, volvió a mirar a Hinata, que tenía los ojos abiertos como platos, y a Temari, que ni siquiera había movido un músculo. Recordó también que durante el banquete su esposa había bebido y apenas comido.

 

—¡Estáis borrachas!

 

—Tal vez —farfulló Hinata—. Oh, está bien, lo estamos.

 

Shikamaru negó con la cabeza. «Tontas inconscientes.»

 

Caminó hacia Temari pero la suave advertencia de Hinata lo detuvo:

 

—Sé cariñoso con ella, Shikamaru. Tiene miedo.

 

Él observó a la mujer desmayada en la silla y se volvió despacio hacia su cuñada.

 

—¿Por eso ha hecho esto? ¿Se ha emborrachado porque me tiene miedo?

 

Hinata arrugó la frente.

 

—No te tiene miedo a ti exactamente, aunque supongo que también hay parte de eso. Shikamaru, Temari no... no sabe... ignora... no tiene...

 

 

Se detuvo y se sonrojó de pies a cabeza.

 

—Sé a qué te refieres —la interrumpió él, también incómodo—. No te ofendas, Hinata, pero este asunto sólo nos concierne a nosotros dos. Voy a llevármela de aquí, y tú tendrías que estar descansando, en vez de bebiendo cantidades indecentes de alcohol.

 

—¿Te han dicho alguna vez que eres demasiado estricto? —se quejó ella.

 

Shikamaru se agachó y deslizó los brazos por debajo del pequeño cuerpo de Temari para levantarla. Le sorprendió ver que apenas pesaba y le gustó la sensación de tenerla sujeta de ese modo. Era... agradable.

 

Se dirigió a la puerta y ordenó a voces a Kiba, que estaba de pie al otro lado, que abriese. En el pasillo, se encontró con Naruto, que lo miró confuso e intrigado.

 

—Ocúpate de tu propia esposa —le dijo con brusquedad—. Seguro que ya ha perdido el conocimiento.

 

—¿Qué? —exclamó Naruto, preocupado.

 

Shikamaru hizo caso omiso de la angustia de su hermano y siguió caminando hacia su dormitorio. Abrió la puerta con el hombro y, con cuidado, tumbó a Temari en la cama. Suspiró y dio un paso atrás para observarla.

 

Así que la pequeña guerrera estaba asustada. Y para huir de él se había emborrachado hasta perder la conciencia. Eso distaba mucho de ser un cumplido, pero supuso que no podía culparla. Él tampoco había sido... Bueno, él no había sido muchas cosas.

 

Negó con la cabeza y empezó a desnudarla hasta dejarla sólo con la ropa interior. Le temblaban las manos cuando alisó la camisola de lino por encima del cuerpo de Temari.

 

No podía verle los pechos. Era una mujer delgada, de busto poco desarrollado. Tenía un cuerpo musculoso y bien torneado, muy distinto al de las mujeres que Shikamaru había visto antes.

 

Se moría de ganas de levantarle aquella prenda y desnudarla del todo. Tenía derecho a hacerlo.

Ella era su esposa.

 

Pero no fue capaz.

 

También podría despertarla y exigirle que cumpliese con sus obligaciones maritales, pero de repente, se dio cuenta de que quería que los ojos de Temari brillasen con el mismo deseo que él sentía. Quería oírla suspirar de placer. No quería que estuviese asustada.

 

Sonrió y se apartó de la cama. Seguro que al día siguiente, cuando se despertase, a Temari le dolería la cabeza, y seguro que se preguntaría si había pasado algo durante la noche.

 

Tal vez la conciencia de Shikamaru le impidiese aprovecharse de ella y exigirle lo que le pertenecía por derecho, pero eso no implicaba necesariamente que su esposa tuviese que saberlo.

 

Se tumbó en la cama, a su lado, y los tapó a ambos con las pesadas pieles. El perfume del pelo de Temari le llegó a la nariz y el calor que desprendía su cuerpo lo atraía sin remedio.

 

Soltó una maldición y se dio media vuelta hasta quedar tumbado de costado, mirando en dirección contraria.

 

Para ponérselo todavía más difícil, Temari murmuró dormida y se pegó a su espalda. Su pequeño y cálido cuerpo se fundió con el suyo de tal modo que Shikamaru no pegó ojo en toda la noche.

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