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Saga El Despertar 3: Diosa por chloe_moony

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Notas:

Hola!!

La verdad es que es una buena manera de empezar un libro ^^ En esta adaptación habrá más recuerdos de las anteriores Sakura's a lo largo de la historia, veremos un poquito de sus historias pero sobre todo de la Helena de Troya.

Muchas gracias por los comentarios y las visitas y disfruten de su lectura!!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 2

 

Con la esperanza de que explotara, TenTen tenía la mirada fija en el metrónomo que había sobre el órgano que estaba tocando. Pero no lo hizo. Inspiró profundamente, esperó un compás y volvió a sumergirse en la música de Bach. Diez oscilaciones del péndulo más tarde, la joven empezó a gruñir con la mandíbula apretada y a sacudir los puños en el aire para evitar golpear las teclas. Lanzar improperios a un instrumento era una ofensa imperdonable para ella. Pero los metrónomos eran harina de otro costal...

—Tienes suerte de ser una antigüedad —le dijo al órgano, como si quisiera informarlo de lo cerca que había estado de convertirse en una montaña de astillas.

Dejó la mente en blanco y volvió a empezar. Esta vez permitió que Bach hiciera todo el trabajo y, durante varios compases, disfrutó del arte escondido entre la complicada matemática de la fuga. Aquello era felicidad pura. Disfrutó de ese momento de éxtasis hasta que el ruido de un cronómetro la interrumpió. TenTen deslizó los dedos sobre el teclado causando un estruendo que tan solo un gigantesco órgano de más de cien años podía producir.

—¿De verdad? —musitó hacia el suave resplandor de la ventana Tiffany, que estaba por encima de su cabeza.

Ni siquiera aquel hermoso mosaico de colores, que le iluminaba el rostro de una forma celestial, fue suficiente para calmarla. Justo cuando estaba a punto de conseguirlo, había tenido que parar. Se contuvo las ganas de soltar palabrotas en una iglesia y echó un vistazo al reloj. Ya eran las ocho de la mañana. Caray. Su hora de ensayo había terminado y, para colmo, tenía que ir caminando a su primera clase del día. Hacía un frío glacial. Los primeros rayos de sol empezaban a despuntar por el horizonte, más allá del campus universitario. TenTen se tapó con todas las capas de franela y lana que solía llevar para ocultar su espectacular figura y se dirigió hacia los matorrales cubiertos de hielo que marcaban el inicio de su «atajo». A decir verdad, era un atajo bastante largo, pero estaba alejado del camino habitual y, por lo tanto, no había posibilidad de encontrarse con nadie. No buscaba amigas porque le gustaba estar sola. De hecho, eso no era del todo cierto. Detestaba la soledad, pero confiaba más en ella que en la gente.

—Te he visto tocando —comentó un jovenzuelo con voz musical.

A TenTen se le escapó un grito y enseguida se dio media vuelta. Se topó con un chico hermoso, alto, fuerte y con el cabello rizado, cuya tez parecía centellear bajo la luz de la fría mañana de noviembre.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó sin perder la calma.

Deslumbrada por el sol, parpadeó varias veces para escudriñar los alrededores en busca de otra persona. Wellesley College era una universidad femenina situada en la zona más aristocrática, tradicional y conservadora  del estado de Massachusetts. A menos que fuera un profesor o un guardia  de seguridad, no le estaba permitido adentrarse hasta allí sin una placa de visitante.

—Tienes mucho talento —añadió, acercándose un poco más.

—Así que me has visto, ¿eh? —dijo dando un paso hacia atrás, pues no se sentía cómoda con la situación que estaba viviendo— ¿Cómo has podido verme en la capilla? Estaba sola.

El desconocido soltó una sonora carcajada que quedó suspendida en el aire como si de una campanada se tratara.

—No estaba en la capilla, por supuesto. Te vi a través de ese ventanal.

—¿A través de la vidriera de colores?

—Eres preciosa, te encontraría en cualquier lugar, da igual donde te escondas. Desprendes una luz radiante; tanto que incluso apostaría a que brillas en la oscuridad.

A juzgar por su expresión, no parecía estar mintiendo. No la miraba de forma lasciva ni grosera, pero seguía aproximándose poco a poco, lo que intimidaba a TenTen. Además, era evidente que prefería mantener una distancia prudente. Cuando estuvo lo bastante cerca, se percató de que había algo extraño en la mirada de aquel chico, algo claramente animal. Recordó el resplandor que se colaba por la vidriera e imaginó cómo la había visto. Ahora sabía a quién o, mejor dicho, a qué se estaba enfrentando. Le invadió una sensación de  miedo que la obligó a recular varios pasos.

—¿Piensas huir de mí? —preguntó el joven, abatido, como si ya le hubiera sucedido infinidad de veces en el pasado.

—¿Me perseguirías? —contestó TenTen utilizando una voz seductora e hipnótica que enloquecería a cualquier mortal. Necesitaba ganar tiempo, quizá si le convencía para que la siguiera por el camino se encontraría con alguien dispuesto a ayudarla.

—Por supuesto que sí —susurró con los ojos ardientes. Había despertado su interés, pero, por desgracia para ella, no estaba hipnotizado— Solo aquellos que huyen de mí merecen que les dé caza.

«¿No se da cuenta? —pensó con esa hilaridad que solo ocurre en las circunstancias más desesperadas— Me he pasado toda la vida atemorizada por tentar a un chico, y acabo aquí, en una universidad para chicas, asaltada por un desconocido.»

La luz matinal volvió a bañar a la extraña criatura, cuya silueta se veía demasiado real a contraluz, como si fuera una imagen en cuatro dimensiones. TenTen sabía que ese efecto óptico no se debía al sol de otoño. Su madre la había advertido de la posibilidad de algo parecido, pero ella jamás creyó que pudiera llegar a pasar.

—¡Hola, TenTen! —la saludó una compañera.

Era una chica sumamente alegre que había conocido hacía, más o menos,  un mes, en la presentación de los estudiantes de primer curso. Y, desde ese mismo día, había tratado de evitarla. Guiñó el ojo a TenTen y al chico que la acompañaba. La seguía un grupito de chicas charlatanas que se quedaron mudas al ver que TenTen estaba con un chico.

—¿Vienes a clase?

—Hola... ¡Temari! —exclamó, recordando el nombre de su compañera en el último momento— ¡Quiero ir con vosotras!

El hermoso joven dedicó una triste sonrisa a TenTen mientras el puñado de universitarias se acercaban para recogerla. Entonces se dio media vuelta y salió disparado hada el lago Waban.

—¿Adónde ha ido tu amigo? —preguntó Susan, perpleja.

 —No es mi amigo —contestó TenTen, mucho más tranquila, mientras cogía de la mano a Susan— Tenemos que avisar a la seguridad del campus ahora mismo.

 

—¡Puedo darle una descripción! —graznó una de las chicas de la pandilla de Susan, con el cabello oscuro y reluciente y la tez canela.  Después, añadió—: ¡Debía estar helándose, porque solo llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta de manga corta!

—Tenía el pelo castaño y rizado, y estaba muy bronceado. Como un surfista de las playas de Malibú —añadió otra, más regordeta y con la cabellera lisa como una plancha. Soltó el comentario como si no pudiera contener su exuberancia.

—Parecía tener la piel muy suave. ¡Como un delfín! —bromeó la chica de piel canela a su compañera. Y entonces las dos empezaron a desternillarse de la risa mientras seguían babeando por el tipo que había asaltado a su compañera.

TenTen puso los ojos en blanco. Siguió oyendo comentarios del mismo estilo por parte del resto de las testigos, a las que también podía llamar «groupies», a juzgar por la forma de describir al asaltante. Y entonces cayó en la cuenta de que no podían dar otro tipo de respuesta. Solo eran humanas.

Después de pasar dos horas con el equipo de seguridad, relatando varias veces la experiencia y tras guiar a los guardias hasta el punto exacto donde había sido acosada, TenTen había aceptado de buen grado un dispositivo de control remoto que podía llevar en el llavero. Tenía un acosador oficial, un tipo que había logrado entrar en el campus sin un pase de visitante, y los guardias no estaban dispuestos a permitir que deambulara por el campus sin tomar ciertas precauciones. El control remoto funcionaba como un botón del pánico: si lo apretaba, el cuerpo de seguridad de la universidad acudiría en su busca al instante. Si por casualidad volviera a ver a su asaltante, tenía que pulsar el botón para pedir ayuda. TenTen se preguntaba si, llegado el momento, apretaría el botón, lo que pondría en peligro a toda la universidad, o si se enfrentaría a él a solas.

Aunque Susan y su grupo de amigas habían corroborado su historia, parecían algo confusas. TenTen había repetido palabra por palabra todo lo que el extraño le había  dicho,  pero  aquellas  chicas  parecían  dispuestas a entregar un riñón a cambio de que un bombón como ese les dijera algo parecido. La muchacha no podía sincerarse y decirles que aquello no era un romance. Los hombres siempre le habían dedicado ese tipo de palabras, pero nada tenían que ver con el amor. A lo largo de su vida, había asistido a colegios católicos solo para chicas y siempre había intentado huir de todo hombre que quisiera perseguirla, aunque eso no parecía detenerlos. También había escapado de muchísimas mujeres que, cegadas, la acosaban día y noche. Después de aquel horrible episodio en séptimo curso, cuando su mejor  amiga había tratado de besarla en medio de la clase de Historia de la hermana Mary Francis, jamás había vuelto a tener amigas. Se había impuesto la norma de mantenerse alejada de la gente. Lo hacía por su propio bien. Los de su especie eran demasiado peligrosos para los mortales.

Después de varias clases, logró zafarse de Susan y de su séquito. Sin embargo, cuando TenTen dejó claro que prefería estar a solas, Susan la miró con una mezcla de preocupación y añoranza, lo cual la hizo sentir un tanto culpable. Aquella era una chica guapa y popular, que, además, parecía buena persona. Precisamente por ese motivo TenTen no tenía más remedio que cortar esa relación de raíz. No quería hacer daño a una persona tan fantástica como Susan por el mero hecho de tener una amiga. Se merecía algo más que eso.

Pasadas las nueve de la noche, TenTen salió de su clase de Astronomía y se dirigió al colegio mayor, situado más allá del estanque Paramecium. Le picaba la nariz. Sacó la mano del bolsillo, soltando el control remoto por un segundo, y de repente notó un brazo fuerte y robusto contra el pecho.

—Corre —le susurró al oído-— Me encanta acecharte.

 

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En el sueño, Sakura nadaba entre delfines. Sin embargo, no se trataba de una emocionante inmersión en el mundo marino. El delfín en cuestión no daba volteretas ni chapoteaba con las aletas. Iba a la caza de una chica de su misma edad. La joven del sueño pretendía huir del delfín a nado, pero el cetáceo no cesaba en su intento de ahogarla, golpeándola con las aletas y la cola hasta verla sangrar. Intentaba nadar hacia una boya que se mecía en mitad de la nada. El mar estaba algo revuelto y, abriéndose camino entre las olas, la jovencita no dejaba de llorar y jadear. El delfín reemprendió su ataque, pero esta vez mostró dos brazos humanos en vez de aletas, que utilizó para inmovilizar a su presa.

Sakura abrió los ojos de golpe y se despertó con la respiración entrecortada. Sentía como si alguien le hubiera clavado un tornillo en mitad del pecho. La habitación estaba a oscuras. Se preguntaba cuántos días llevaría perdiendo y recuperando el conocimiento. Estaba algo confundida, pero recordaba a su madre limpiándole la sangre seca y el barro con una esponja húmeda, a Shizune ofreciéndole sopa con una cuchara y a Ino compartiendo una naranja con Hinata, que tenía la piel amoratada. Durante esos días no había podido olvidar la imagen de las cicatrices de Itachi y, al volver a pensar en ellas, sintió una punzada en el corazón. También le venían a la memoria otros recuerdos. Se acordaba de cosas que jamás le habían ocurrido, como atarse una toga (chitón, rectificó mentalmente; los griegos llevaban chitón, y los romanos, toga) o cardar lana. Sakura Haruno estaba convencida, sin miedo a equivocarse, de que jamás se había atado una toga ni había cardado lana en toda su vida, pero recordaba cómo hacerlo.

Esas extrañas «visiones» de Helena de Troya se confundían con recuerdos y, ahora que estaba despierta y consciente, estaba segura de que eran justamente eso, recuerdos. Pero ¿cómo era posible que avocara los recuerdos de otra persona? No conseguía explicárselo. Esas reminiscencias ajenas le resultaban estremecedoras, y lo único que deseaba era adivinar de qué  forma podía deshacerse de ellas.

—¿Saku? —murmuró Ino.

Sakura bajó la mirada y descubrió a su amiga asomando la cabeza por encima del diván que Hinata tenía a los pies de la cama. Por norma general, la joven dejaba la ropa tirada encima de aquel sofá, de modo que siempre había creído que era un lugar destinado a acumular ropa en vez de un asiento.

—¿Estás despierta de verdad o estás de visita momentánea? —preguntó Ino. Incluso bajo la luz débil de los primeros rayos del día filtrándose por la ventana, Sakura se percató de la preocupación que se reflejaba en el rostro de su amiga.

 —Estoy despierta, Risitas —confirmó Sakura, incorporándose en la cama— ¿Cuánto tiempo llevo desaparecida?

—Un par de días.

¿Solo dos días? Se le habían hecho eternos. Miró a Hinata, que seguía durmiendo y preguntó:

—¿Se va a poner bien?

—Claro —contestó Ino— Y Kiba también va a recuperarse en un periquete.

—¿Itachi? ¿Sasuke?

—Están todos bien; les dieron una tremenda paliza, pero mejoran día a día —la tranquilizó. Y en ese instante, apartó la mirada y frunció el ceño.

—¿Mi padre?

—Se ha despertado alguna que otra vez, pero solo unos segundos. Hina y Kiba están haciendo todo lo que pueden.

Esa no era la respuesta que habría querido escuchar. Asintió, con un nudo en la garganta. Su padre no era un vástago, así que estaba a merced de la muerte. Le costaría muchísimo recuperarse y volver a ser el mismo. Sakura apartó de su cabeza la idea de que su padre jamás lograra recuperarse, y volvió a la conversación con Ino.

—¿Y cómo estás tú? —quiso saber.

Su amiga de la infancia la miraba desolada, triste.

—Hecha polvo. ¿Y tú?

—Muerta de hambre.

Sakura apartó las sábanas y Ino enseguida se levantó para ayudarla. Tambaleándose, las dos amigas bajaron las escaleras para asaltar la nevera. Aunque era consciente de que debía comer todo lo pudiera para ayudar a su cuerpo a reconstruirse mientras se curaba, no podía quitar los ojos de  Ino.

—¿Qué pasa, Risitas? —preguntó en voz baja, después de tragar una cucharada de sopa de pollo— ¿Es por Kiba?

 —Es por todos vosotros. Esta vez, todos habéis salido heridos. Y sé que no es el final —aclaró Ino, que seguía triste— Se acerca una guerra, ¿verdad?

Sakura dejó la cuchara sobre la mesa.

—No lo sé, pero los dioses son libres de abandonar el Olimpo y volver a la Tierra. Y todo gracias a mí.

—No es tu culpa —la defendió Ino— Te engañaron.

—¿Y qué más da? Me engañaran o no, fracasé —dijo con total naturalidad— Dejé que Ares me acorralara, aunque ya me habían avisado varias veces de que algo iba a ocurrir.

Se sentía fatal, pero sabía que no podía permitirse el lujo de hundirse en la culpa, así que dejó la autocompasión a un lado. Si algo le habían enseñado sus viajes al Submundo era que ser pesimista, por muy justificado que estuviera, jamás ayudaba a solucionar ningún problema. Dejó a un lado esa idea, junto a otras que habían surgido de las conversaciones con Hades, y reanudó la charla con Ino.

—¿Los dioses han aparecido en algún sitio? ¿Han hecho algo?

De pronto, la imagen de un hermoso caballo pasó como un rayo por la mente de Sakura. Tenía las patas delanteras manchadas de sangre. Aquella visión le estremeció.

—No hemos oído nada —comentó Ino encogiendo los hombros— Al menos, nada que pueda relacionarse con la cólera de los dioses.

—¿Qué ha visto Konan?

—Nada. No ha avanzado ninguna profecía desde que os trajeron a los tres a casa.

Sakura frunció los labios, perdida en sus pensamientos. Justo cuando los vástagos más necesitaban un oráculo, este se quedaba mudo. Así era como funcionaba el drama griego. Sabía que las cosas eran así, pero no podía evitar sentirse molesta. Tenía que haber una razón que explicara por qué Konan no podía predecir el futuro. «Porque es irónico» había dejado de ser una respuesta válida para Sakura.

—¿Saku? —la llamó Ino, un tanto espantada— ¿Puedes detener a los dioses?

 —No lo sé, Risitas —admitió mirando a su mejor amiga. Estaba pálida, seguramente por el miedo, y era obvio que no había pegado ojo en toda la noche— Pero si alguno intenta hacernos daño, me enfrentaré a él con todas mis fuerzas.

Ino sonrió y por fin pudo relajarse un poco.

—Acábate la sopa —la amonestó de repente.

Sakura se rio disimuladamente y obedeció sin protestar. Sabía que esa era la forma de Ino de asumir su habitual papel de jefa, así que, de modo diligente, cogió la cuchara sin dejar de pensar en los dioses. Quizá no estaban destruyendo ninguna montaña, pero eso no significaba que no estuvieran merodeando por la tierra. Después de miles de años encerrados en una cárcel, estarían ansiosos por regresar a este mundo, pero ¿dónde estaban? Los vástagos se sentían débiles, necesitaban recuperarse después de los últimos días, y, por si fuera poco, estaban repartidos por toda la Tierra. Si los dioses querían enfrentarse a ellos, ahora era  el  momento idóneo para atacar. ¿A qué estaban esperando? Sakura seguía tomando sorbos de sopa cuando se percató de que su amiga la miraba atentamente.

—¿Qué pasa? —preguntó con la boca llena.

—No has cogido la cuchara —respondió Ino sin pestañear— Has alargado la mano y se ha deslizado hacia ti.

Sakura echó un vistazo a la cuchara e intentó recordar cómo la había cogido. Solo se acordaba de haber extendido la mano, de nada más. Dejó de nuevo  la cuchara sobre la mesa y extendió la mano. Pero no ocurrió nada.

—Creo que deberías volver a acostarte, Risitas —aconsejó con una sonrisa dubitativa.

—Sí, puede que tengas razón —acordó Ino, aunque no parecía muy convencida.

Cuando Sakura por fin se acabó aquel copioso desayuno, su amiga la acompañó hasta el cuarto de baño para darse una ducha. Mientras se limpiaba los restos de sangre y barro, Ino se quedó sentada sobre la bañera, embadurnándose de crema hidratante las piernas. No quería dejar a Sakura a solas, por si volvía a marearse o perder el conocimiento.

—¿Estás segura de que no necesitas ayuda? —preguntó por enésima vez.

 —Sí, estoy segura —respondió con una sonrisa mientras se secaba con la toalla— Francamente, me siento muy bien.

—En realidad eres la más fuerte, ¿verdad?

Sakura rehuyó la mirada de su amiga. Aunque Ino y ella se habían duchado juntas millones de veces después del entrenamiento y ninguna jamás había mostrado el más mínimo gesto de timidez, de repente Sakura se sintió desnuda. No quería que Ino la considerara una especie de..., en fin, una semidiosa. Era más que su mejor amiga. Era como su hermana, y  odiaba que le recordaran que había una diferencia abismal entre ambas.

—¿Por qué dices eso? —preguntó algo tensa. Ino apretó los labios antes de contestar.

—Deberías echar un vistazo a los chicos en cuanto acabes.

—A mi padre el primero —confirmó Sakura.

Ino la ayudó a vestirse y después dejó que Sakura se apoyara en ella para cruzar el pasillo. La puerta estaba abierta, así que enseguida atisbó  el cuerpo de Kizashi en la cama, y a Shizune sentada en una silla, a su lado. Los dos estaban adormilados. Su padre había perdido tanto peso que se negaba a creer que era él. Se repitió varias veces que debería estar agradecida porque seguía con vida, pero el aspecto enfermizo de Kizashi le impedía sentir cualquier otra cosa que no fuera miedo.

Avanzaron varios pasos hasta llegar a la habitación de Neji. Desde el pasillo, Sakura oyó varias voces masculinas al otro lado de la puerta. Daba la sensación de que todos estaban allí dentro. Llamaron a la puerta y, al entrar, comprobaron que Neji había trasladado a Kiba y a Sasuke al cuarto donde descansaba Itachi. De repente, Sakura tuvo otra visión, o recuerdo, o lo que fuese. Todos los hombres dormían en una tienda en mitad de un campamento polvoriento, justo a los pies de la gran muralla de Troya. Sacudió la cabeza y la visión se esfumó.

—¿No sois un poco mayorcitos para una fiesta de pijamas? —bromeó Ino. A los chicos les hizo gracia la broma.

—Estaba harto de correr pasillo arriba y abajo para comprobar que estaban de una pieza, así que decidí mover todas las camas a esta habitación —reconoció Neji con las mejillas sonrojadas.

 «Héctor, el Protector», pensó Sakura. No podía soportar estar lejos de sus hombres cuando estaban heridos, ya fueran generales imprescindibles, como Eneas, o simples soldados de infantería. Por esa razón, todos los hombres de su ejército le veneraban y estaban dispuestos a seguirle hasta la muerte.

Movió de nuevo la cabeza y pestañeó varias veces para olvidar aquellos recuerdos. Ni siquiera eran suyos.

—No puedo creer que estés caminando —dijo Itachi a Sakura.

Los gritos de pánico de Itachi habían provocado un arranque de energía momentáneo. Tanto Sasuke como él seguían confinados en la cama, recuperándose. Aún se sentían muy frágiles, a diferencia de Sakura, y el esfuerzo de salvar a Kizashi había consumido a Kiba. Ninguno de los tres era capaz de sentarse sin sentir un dolor indescriptible.

—Solo he venido a poneros los dientes largos, chicos —se burló Sakura.

Quería disimular lo preocupada que estaba por todos ellos. Ino se acercó a Kiba y, de forma automática, Sakura se encaminó hacia la cama de Sasuke. En el último momento se dio cuenta de lo que estaba haciendo y cambió de dirección para sentarse junto a Itachi. Sasuke la observaba con una expresión tensa, contenida. Era evidente que intentaba ocultar sus verdaderos sentimientos. Sakura tragó saliva y esquivó su mirada. En esta vida eran primos, se recordó una vez más, a pesar de lo que había visto en sus sueños.

Tomó la mano de Itachi y empezó a sentirse mejor. El vástago le sonrió con ternura, y Sakura no pudo evitar sentir un hormigueo en el  estómago. Quería a Itachi, pensó mientras la invadía una agradable sensación de calidez. ¿Qué importaba que se mareara cada vez que estaba cerca  de Sasuke? De todas formas, no podía pasarse la vida sintiendo vértigos cada dos por tres.

—¿De qué estabais hablando? —preguntó con tono animado.

Tenía la esperanza de que algún día Sasuke no se pusiera pálido cada vez que la veía cogiendo la mano de Itachi. Por un segundo, le pareció ver un destello de algo tóxico y verdoso bajo la piel de Sasuke. Parpadeó y acto seguido apartó la mirada. Deseaba que hubiera sido una mala jugada de su ojo amoratado.

 —Charlábamos de estrategias. Los vástagos necesitan un plan, y rápido — respondió Neji, con gesto serio— Estamos débiles. Divididos. Es el momento perfecto para atacarnos.

Sakura suspiró y dejó escapar una risa amarga.

—Estaba pensando justo lo mismo.

Neji la miró con aprobación. Quizá, después de todo lo ocurrido, el vástago había instruido a otro soldado para sus filas.

—Pero no nos han llegado noticias. Hasta donde sabemos, los dioses siguen en el Olimpo —repitió Ino, que tenía el ceño arrugado de preocupación.

Desde la cama, Kiba la estrechó entre sus brazos.

—Naruto ha averiguado algunas cosas. Ahora vendrá a contárnoslas —informó Kiba, y, dirigiéndose a su hermano, añadió—: Por cierto, ¿dónde está?

—Con Hinata —contestó Neji. Por su tono de voz, parecía algo irritado, pero enseguida cambió— Va a verla quince veces al día.

—No son quince veces —objetó Naruto mientras entraba en la habitación. Con un brazo sostenía el cuerpo débil de Hinata y bajo el otro llevaba su iPad— Diez. Como máximo.

Sakura tuvo que mirarle dos veces para reconocerle. Durante los últimos meses, le había visto ponerse en forma. También se había dado cuenta de que su inocente amigo de la guardería se había convertido en un tipo popular por el que todas babeaban, aunque ella jamás podría mirarle con esos ojos. La simple idea de verlo así le resultaba asquerosa. Pero esto era distinto. Estaba electrizante.

—¿Cómo estás, hermanita? —le preguntó Neji a Hinata, pero ni siquiera él era capaz de dejar de observarle de arriba abajo.

Fuera cual fuese el cambio, Neji también lo había notado, sin duda.

—¡Puaj! —gimió cómicamente antes de dejarse caer sobre su hermano mayor— Como una mierda.

—¿Una mierda? —repitió Itachi, como si no pudiera creerse que Hinata hubiera pronunciado la palabra.

—Masticada, tragada, vomitada y de nuevo masticada —aclaró con una sonrisa de oreja a oreja.

 —¿Cómo estás? —murmuró Naruto, dirigiéndose a Sakura, mientras el resto se reía a carcajadas por la burda analogía de Hinata. Y entonces, como si alguien hubiera chasqueado los dedos, Naruto volvió a ser el de siempre.

—Estoy bien —respondió dándole unas suaves palmaditas en la mano.

—¿Seguro? —insistió.

Sakura supuso que se estaba refiriendo al ojo magullado. La confrontación con Ares le había dejado una cicatriz azul en el iris del ojo derecho. Le habían asegurado que parecía un relámpago, pero aún no había tenido tiempo de comprobarlo. Había tenido que ocuparse de asuntos más importantes y urgentes que mirarse al espejo.

—Sí, estoy bien —aseguró una vez más— Aunque estaría mucho mejor si Hina dejara de darme patadas mientras duerme.

—Eh, al menos yo no ronco —bromeó Hinata al escuchar la queja.

—¡Las dos roncáis! —intervino Ino, que se moría por meter baza en la conversación— Es como compartir habitación con un par de tíos.

Todos se rieron a costa de Hinata y Sakura. A esta le llamó la atención que el mero hecho de estar juntos pudiera hacerles tan felices; se sentían a salvo y cómodos en compañía de los demás, como si lo hubieran hecho miles de veces. Pero nadie podía ignorar por qué estaban allí, así que el ambiente festivo y alegre enseguida se disipó.

—Bueno, ¿y qué has descubierto sobre los dioses, Naruto? —preguntó Itachi, siempre tan sensible a los cambios de humor— ¿Te has enterado de algo?

—Sí. Se han producido algunos... ataques —respondió el joven a regañadientes.

—¿Qué significa eso? —preguntó Ino.

Naruto encendió el iPad y empezó a deslizar hábilmente los dedos por la pantalla. Todos se agruparon a su alrededor para leer los titulares de los periódicos.

—Hace un par de días, encontraron el cuerpo de una mujer en la cima del Empire State, en Nueva York. El cadáver mostraba cortes propios de garras gigantescas.  Y esta  mañana  han  hallado  a  una  joven  pisoteada  por un caballo en una playa del Cabo Cod. A las dos las habían violado antes de asesinarlas.

Neji le arrebató el iPad para cerciorarse de la información.

—Es un periódico sensacionalista —dijo con cierto recelo— Según el artículo, los testigos de Nueva York aseguraron haber visto a un enorme pájaro que sobrevolaba la ciudad con una mujer en sus garras.

—Un águila. Era un águila —corrigió Sakura en voz baja, conteniendo un escalofrío. Todos se quedaron mirándola, atónitos, como si esperaran una explicación— Es solo una corazonada, pero últimamente he tenido sueños muy raros, una especie de visiones extrañas, por decirlo de algún modo —admitió.

Se encogió de hombros en un intento de quitar hierro al asunto de los recuerdos. Hasta que entendiera el mensaje de las visiones, prefería restarle importancia.

—¿Cuándo empezaron? —preguntó Sasuke, alarmado.

Sakura se estrujó los sesos para recordar cuándo había sido la primera vez que los había visto con armadura.

—En Halloween —respondió al fin. Miró a Itachi y añadió—: ¿Recuerdas que me olvidé de todo durante un segundo después de tocar el agua de aquel río?

—Quería evitar pronunciar el nombre del río Leteo, por pura superstición. Lo último que deseaba era volver a olvidarse de todo.

—Ajá —respondió Itachi con una sonrisa. Sakura no pudo ocultar una risita algo nerviosa al rememorar cómo se habían abrazado después de olvidar quiénes eran. La dulce mirada de Itachi le hizo suponer que él también estaba recordando ese momento. Pero, de repente, su rostro se ensombreció— Ni siquiera recordabas tu propio nombre.

—En fin, cuando recuperé la memoria, sentí que tenía la cabeza demasiado llena —suspiró Sakura, frustrada— No puedo explicarlo, pero, ahora, en cada sueño aparecen imágenes inverosímiles.

—¿Y viste un águila? —preguntó Naruto.

—Sí, ¿por? ¿En qué estás pensando, Naruto? —dijo señalando con la barbilla  el iPad y los artículos sobre las mujeres asesinadas.

—Sé que estos artículos parecen palabrería sensacionalista, pero la mitología griega contiene historias de mujeres llevadas por dioses disfrazados de animales. Creo que el águila es Zeus, y el caballo, Poseidón —aclaró él.

 —Naruto, yo también puedo transformarme en un caballo —intervino Itachi con gesto de disculpa— Todos los miembros de la casta de Atenas pueden.

—¡Anda ya, Itachi! —exclamó Sakura.

—¿Qué pasa? Yo puedo convertirme en un delfín —dijo Kiba como si tal cosa.

—¡Tú alucinas! —gritaron Ino y Sakura al mismo tiempo. Kiba no pudo reprimir una ruidosa carcajada.

—Algunos vástagos pueden modificar su forma humana hasta el punto de adoptar el cuerpo de los avatares animales de sus dioses —aclaró Neji, a quien sorprendió que Sakura no conociera ese talento— ¿Cómo es posible que no lo supieras?

—Nadie me lo dijo, ¡y nunca he sido capaz de hacer eso! —chilló. Y, girándose hacia Itachi, preguntó—: ¿Por qué no me lo contaste?

—No es que sea un talento especialmente útil —se disculpó con los hombros encogidos— Piénsalo un poco. ¿Cuántos caballos ves trotando por las ciudades hoy en día?

—Tiene razón —dijo Kiba con una risa ahogada— Y, para colmo, cuando recuperas tu cuerpo, estás desnudo. Intenta explicar eso, ¡ja! He de reconocer que ser un animal es una gozada, pero no es muy práctico, la verdad.

—Sí, pero... —balbuceó Ino—. ¡Oh, Dios mío!

—Qué injusto. A mí me tocan los talentos más deprimentes, como descender al Infierno o tener unas pesadillas indescifrables, y tú puedes convertirte en un delfín —protestó Sakura con un mohín antes de lanzar un cojín a Kiba.

—Bueno, bueno —terció Naruto. Levantó las manos para captar la atención de los  demás  y  volver  a  centrarse  en  el  asunto  que  los  ocupaba— Pero, ¿cuántos vástagos pueden convertirse en un águila tan grande como para llevar a una mujer?

—Ninguno —espetó Neji— De acuerdo, Naruto. ¿Qué crees que está ocurriendo?

—En mi opinión, los dioses están actuando tal y como solían hacer antes de encerrarlos  en  el  Olimpo:  corretean  de un  lado  a otro  y, por  el  camino, abusan de mujeres mortales. La única diferencia es que ahora no dejan a ninguna víctima con vida.

—Ajá... —murmuró Neji, satisfecho con la explicación— No quieren correr ningún riesgo.

—No, no esta vez —respondió Naruto.

—¿De qué riesgos estáis hablando? —exigió saber Hinata.

—En cada capítulo en que un dios aparecía con apariencia de toro, de cisne o como una lluvia dorada ante una mujer, nueve meses después nacía un vástago —explicó Neji, señalándoles a todos— Nunca fallan.

Sasuke ignoró por completo el comentario algo subido de tono de su primo y miró a Sakura.

—¿Qué más había en esas visiones?

—¿Te refieres a otros animales? —titubeó ella— Siempre nos veo a nosotros, ¡y estamos casados!

Se le había escapado la última frase, pero, afortunadamente, se había callado a tiempo. Sin embargo, la torpeza de Sakura no le pasó desapercibida a Sasuke, que la miraba con ojos entrecerrados. Sabía que Sasuke la sometería a un interrogatorio incómodo y vergonzoso.

—He visto un águila, un delfín y un caballo —continuó antes de que Sasuke pudiera lanzar la primera pregunta.

Le conocía como la palma de su mano y sabía que lo único que había conseguido era retrasar el interrogatorio. Sasuke no se olvidaría de ese tema tan fácilmente y, puesto que era un descubre-mentiras, solo tenía dos alternativas: o contar la verdad, o quedarse callada. Mentirle no era una opción, lo que le molestaba sobremanera.

—Y el delfín es Apolo, ¿a que sí? —adivinó Ino, tras levantar la vista de la pantalla del iPad.

—El delfín, el lobo, el ratón y el cuervo eran avatares animales de Apolo — contestó Hinata.

Ino les mostró el artículo que había estado leyendo sobre el extraño asalto en Wellesley College. Todos agacharon la cabeza para leerlo. Una chica, cuyo nombre no aparecía en el periódico, había sufrido graves heridas tras el ataque de un  jovencito castaño la noche  anterior.  Al parecer,  la chica no se amilanó y se enfrentó al asaltante hasta que la seguridad del campus respondió a la alarma silenciosa que, entre golpes y puñetazos, logró activar. El agresor se escapó bajo circunstancias «sospechosas». El Departamento de Policía de Wellesley estaba buscando pistas y consideraba al atacante como una persona extremadamente peligrosa. Al parecer, varios testigos del equipo de seguridad aseguraban haber visto al agresor salir volando al percatarse de que estaba rodeado. La chica se estaba recuperando en un hospital local.

—Os presento al delincuente oficial. —Ino deslizó los dedos por la pantalla táctil del iPad para mostrar un dibujo a lápiz del agresor. Era una copia casi exacta de Neji.

—Oh. Lo que faltaba —dijo Neji con cara de póquer.

—¿Qué significa esto? —preguntó Hinata, muerta de miedo— No vendrán a buscar a Neji, ¿verdad?

Pero nadie sabía la respuesta.

—Conozco varios lugares donde podrías esconderte unos días —ofreció Itachi— No son muy agradables, pero la gente que vive allí no tiende a recordar las caras.

Aturdida, Sakura escudriñó el rostro de Itachi mientras se preguntaba de qué lugares estaba hablando. Y, en ese preciso instante, todo tipo de imágenes sórdidas le vinieron a la mente. Por más que lo intentara, no conseguía imaginarse a Itachi viviendo en un cochambroso albergue para vagabundos o en un cuchitril repleto de ladronzuelos. Aunque, en realidad, era la única persona a la que había conocido que había estado familiarizada con ese mundo. Una vez más, se quedó pensando en la infancia tan horrorosa que había sufrido el pobre Itachi y en si alguna vez abriría su corazón y le explicaría algo de esa época. No pudo evitar preguntarse cómo  se había hecho esas cicatrices.

—Gracias, hermano. Pero no pienso abandonar a mi familia otra vez — respondió Neji, agradecido.

Itachi asintió con la cabeza mientras que Hinata empezó a sacudirla con vehemencia.

—No, Neji. No —dijo con una nota de pánico en la voz— Acabas de regresar. No estoy dispuesta a permitir que alguien venga a casa y  te arrastre hasta una cárcel miserable.

 —No pasa nada —respondió él. Se acercó a su hermana y le dio unas suaves palmadas sobre el hombro— Nadie sabe que estoy en la isla. Todos creen que sigo estudiando en Europa. Me esconderé aquí, en casa. Y todo irá bien.

Hinata pareció creer las palabras de su hermano, pues enseguida se calmó y le regaló un tremendo abrazo. Al mismo tiempo, Naruto y Neji intercambiaron una mirada de complicidad; Naruto le estaba prometiendo en silencio que cuidaría de su hermana si le ocurría algo. Por alguna razón que desconocía, Sakura pudo percibir todas las emociones que irradiaban Naruto y Itachi. Parecían tan reales como las pinceladas de colores sobre un lienzo. Nerviosa, parpadeó varias veces para deshacerse de esas imágenes.

—Pero ¿qué diablos...? —exclamó Itachi de repente. Dio un respingo y sacó a Sakura de su aturdimiento. Al darse media vuelta descubrió que Konan  se había subido a hurtadillas a la cama y, tras reconocerla, se relajó.

—¿Has estado ahí todo el tiempo? —preguntó Ino, un tanto incrédula. La pequeña se encogió de hombros, pero no musitó palabra.

—Me da unos cinco sustos de muerte al día. Os lo juro, es como un gato, no hace ningún ruido —dijo Itachi. Y después, girándose hacia Konan, añadió—: Sigue así y no tendré más remedio que ponerte un cascabel alrededor del cuello, como a un gato desobediente —amenazó con una mirada severa. Acto seguido, en vez de apartarla o sugerirle que se fuera, la cogió en brazos y la acomodó sobre las almohadas para incluirla en la conversación.

—Bueno, una cosa está clara: alguien debe ir en busca de esa chica y traerla aquí lo antes posible —apuntó Itachi, refiriéndose a la víctima citada en el artículo.

Todos asintieron.

—Esperad. ¿Por qué? —preguntó Sakura sin ocultar su sorpresa.

—Esa chica ya no está a salvo en el mundo mortal. Apolo todavía no ha acabado con ella —respondió Kiba.

Sakura miró a su amiga en busca de una respuesta más detallada, pero Ino, que parecía igual de perpleja que ella, no tenía ni idea.

—Apolo nunca permite que una de sus víctimas se escape —intervino Sasuke. Al parecer, detestaba admitir que descendía de alguien tan despreciable y repugnante— Cuando deseaba a una mortal, la perseguía, a pesar de que ella le rechazara. Allá donde huyera, la seguía. No era capaz de rendirse y dejarla marchar.

—A menos que la chica suplicara a una diosa que la convirtiera en un árbol, o en un cuerpo de agua, o en cualquier cosa que Apolo no pudiera violar —agregó Naruto, irritado— ¿Nunca te has preguntado por qué la casta de Tebas, descendiente de Apolo, tiene tantos miembros?

—Todos los dioses eran unos malditos violadores que no mostraban piedad por sus víctimas —soltó Neji con una mueca— Por eso tenemos que encontrar un modo de encerrarlos. Otra vez.

Itachi, Sasuke y Sakura intercambiaron miradas afligidas; los tres eran conscientes de que la liberación de los dioses se había producido por su culpa. De manera fortuita, se habían convertido en hermanos de sangre en  el enfrentamiento contra Ares, uniendo las cuatro castas.

—Esperad un momento, no os estaba echando la culpa —empezó Neji en un intento de disculparse, pero Itachi esbozó una sonrisa y posó una mano sobre el hombro de su nuevo amigo.

—Ya lo sabemos.

—Pero, aun así, fue culpa nuestra —recordó Sakura— Los dioses siempre nos han acorralado para obligarnos a escoger entre lo malo y lo peor, pero somos nosotros quienes caemos continuamente en sus trampas. No  permitiré que vuelva a ocurrir.

Sasuke la miró preocupado, pero antes de poder enumerar por enésima vez todos los peligros que implicaba un orgullo desmedido, Sakura cambió de tema.

—Y bien, ¿quién quiere venir conmigo a buscar a esa chica?

—Tú no irás —espetaron Sasuke y Itachi al mismo tiempo.

—Sí, sí iré —respondió Sakura— Vosotros dos no podéis ni manteneros en pie, y Neji no debe mostrarse en público. ¿Quién más puede ir?

—Te acompañaré, Saku —intervino Ino, adelantándose a Sasuke y a Itachi— No os preocupéis, chicos; no le quitaré ojo de encima. Si le da un síncope y se desmaya, me pondré debajo para que no se parta la crisma.

—Y yo —añadió Hinata.

 —Todavía estás muy débil —riñó Kiba, que miraba a su melliza con desaprobación.

—Y anoche un dios atacó a esa pobre chica. Estoy convencida de que las heridas son tan profundas y salvajes que no podrá moverse sin un sanador. Supongo que ahora mismo lo último que quiere es que un tipo le ponga las manos encima, así que no podemos contar contigo —replicó Hinata a su hermano.

—¿Así que Larry, Moe y Curly se ocuparán del rescate? —dijo Neji rascándose la frente, como si le doliera el cerebro, y refiriéndose al grupo cómico de Los Tres Chiflados.

—Muy gracioso —opinó Sakura, que se sintió insultada. Neji la miró con ademán serio.

—¿Qué tal tus rayos?

Sakura extendió la mano y, casi de inmediato, creó una esfera de energía. La bola crepitaba por la energía comprimida en su interior y, tras unos segundos, empezó a desprender olas de calor en la habitación.

—Mejor que nunca —contestó con la ceja levantada— Casi no tengo que esforzarme para reunir toda esa energía.

—Bien —acordó Neji. Ahora que sabía que Sakura podía depender a sus acompañantes, por fin se relajó— Seguramente, Apolo estará merodeando alrededor del hospital, así que tened los ojos bien abiertos.

—Lo haré, aunque no creo que se atreva a acercarse demasiado a mí después de lo que le hice a su hermanastro —presumió.

Sakura echó un fugaz vistazo a la bola de energía eléctrica y recordó cómo, tras momentos de salvaje tortura, había electrocutado a Ares antes de encarcelarlo en el Tártaro. Le tranquilizaba saber que había vencido a un dios. Cuando por fin levantó la vista, se percató de que todo el mundo la observaba con detenimiento.

Cerró la mano y sofocó el rayo.

Notas finales:

Y aparece TenTen!!!

Y esto es todo por hoy, espero que les haya gustado y nos leemos el sábado!!

 

Abrazos virtuales!!

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