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Saga El Despertar 1: Predestinados por chloe_moony

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Notas del fanfic:

Bienvenidos al primer libro de la saga El Despertar:  Predestinados, perteneciente a Josephine Angelini. Espero que os guste y lo disfruteis.


Como casi todos mis fic, es SxS


Disfruten de la lectura!


 


Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Notas:

Primer capítulo de Predestinado!!

¿Cómo están? Aquí les traigo el primer capítulo de la nueva adaptación. Espero que les guste y disfruten mientras la leen tanto como yo lo hice!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenece.

Capítulo 1


 


—Pero  si  me  compraras  ahora  un  coche,  podría  ser tuyo cuando acabara el instituto, dentro de un par de años. Estaría   prácticamente nuevo —dijo  Sakura con optimismo.


Desafortunadamente, su padre no era tan fácil de engañar.


—Saku, solo porque el estado de Massachusetts crea que los adolescentes de dieciséis años pueden conducir… —empezó Kizashi.


—Casi diecisiete —le recordó Sakura.


—…no significa que esté de acuerdo —finalizó. Kizashi llevaba ventaja, pero ella se resistía a darlo todo por perdido.


—Ya sabes que el Cerdo solo aguantará un año más, dos como mucho — insistió Sakura refiriéndose al viejo Jeep Wrangler que su padre conducía y que sospechaba que podría haber estado aparcado en el castillo donde se firmó la Carta Magna—. Piensa en todo el dinero en gasolina que nos ahorraríamos si compráramos un híbrido, o incluso un coche eléctrico, papá.


—Ajá… —fue todo lo que dijo su padre. Ahora sí había perdido definitivamente.


Sakura Haruno refunfuñó para sí misma y desvió la mirada hacia la verja del transbordador que la iba a llevar de nuevo a Nantucket. Un año más se repetía la misma historia; iría al instituto en bicicleta y en noviembre, cuando la capa de nieve fuera demasiado gruesa, se vería obligada a pedirle a alguien que la llevara o, peor aún, a coger el autobús. Con solo pensarlo le daban escalofríos, de modo que intentó quitarse ese recuerdo de la cabeza. Algunos de los turistas que habían ido a pasar el Día del


 Trabajo1  a la isla la observaban con detenimiento, lo cual era bastante habitual. Intentó mirar hacia otro lado de la forma más sutil y discreta que pudo. Cuando se miraba en el espejo, lo único que veía era lo básico: dos ojos, una nariz y una boca, pero todas las personas que no eran de la isla tendían a quedarse embobadas, incapaces de apartar la vista de Sakura, lo cual le resultaba tremendamente molesto.


 Por suerte para ella, la mayoría de los turistas que la acompañaban en el transbordador estaban ahí por las vistas y el increíble paisaje de la isla a finales de verano, y no para inmortalizar su retrato. Estaban tan decididos a  admirar  esa  belleza  que  parecía  que  se  veían  obligados  a exclamar «oohhh» y «aahhh» ante cada maravilla del océano Atlántico, aunque Sakura no lograba comprenderlo. En su opinión, crecer en una isla diminuta era una lata, todo un fastidio, y no veía el día de irse a la universidad y salir de esa isla, de Massachusetts y de toda la costa Este de los Estados Unidos. No es que despreciara su vida familiar, de hecho, se llevaba a las mil maravillas con su padre. Su madre los había abandonado cuando ella no era más que un bebé, pero Kizashi enseguida aprendió a prestar la cantidad exacta de atención a su hija. No merodeaba a su alrededor constantemente, aunque siempre estaba allí cuando le necesitaba.


Aunque en esos momentos estaba resentida por la discusión sobre el coche, sabía que no podría tener un padre mejor.


—¡Hola, Saku! ¿Qué tal va ese sarpullido? —preguntó una voz familiar.


Era Ino, la mejor amiga de Sakura. Apartaba de su camino a los  turistas, vacilantes e inseguros por el movimiento de las olas, con unos empujones dignos de admiración y con una astucia verdaderamente artística.


Los excursionistas, de apariencia ridícula y algo bobalicona, viraban con brusquedad cuando ella pasaba por su lado, como si se tratara del quarterback de un equipo de fútbol y no de una delicada y diminuta chica con aspecto de elfo que se aguantaba con elegancia y delicadeza sobre unas sandalias de plataforma. Ino  serpenteó  con  relativa  facilidad  entre  los  diversos  traspiés y tropiezos que ella misma había ocasionado y se deslizó junto a Sakura, que estaba frente a la verja.


—¡Risitas! Ya veo que tú también has ido a comprar cosas para la vuelta al cole —saludó Kizashi mientras señalaba las abarrotadas bolsas de Ino.


Ino Yamanaka, alias  Risitas,  era  tan  excepcional  que  incluso  podía  resultar intimidante. Cualquiera que  echara  un  vistazo  a  su  frágil y quebradiza            silueta y a sus rasgos asiáticos sin reconocer un espíritu luchador   innato corría el riesgo de sufrir terriblemente a manos de una oponente a menudo demasiado subestimada. El apodo era su cruz personal. La llamaban así desde que era un bebé. En defensa de sus amigos y su familia, cabe decir que resultaba imposible resistirse a ese mote. Ino tenía, sin duda alguna, la mejor risa del universo. Jamás forzada ni estridente, era ese  tipo de carcajada que hace que cualquiera que esté alrededor sonría tímidamente.


—Desde luego, queridísimo padre-de-mi-mejor-amiga-para-siempre — respondió Ino. Abrazó a Kizashi con un cariño genuino, ignorando por completo el hecho de que había utilizado el apodo que ella tanto detestaba—. ¿Podría tener unas palabras con tu hija en privado? Siento ser tan grosera, pero es un asunto confidencial, top-secret. Te lo diría… — empezó Ino.


—Pero entonces te verías obligada a matarme —concluyó Kizashi, sabiamente. Se alejó arrastrando los pies hacia un puesto de comida rápida, donde compró un refresco azucarado aprovechando que su hija, que siempre controlaba todo lo que comía, como si se tratara de una  policía alimentaria, no miraba.


—¿Qué te has comprado? —preguntó Ino. Agarró rápidamente las  bolsas de Sakura y empezó a revolver el interior—. Unos tejanos, una chaqueta de punto, una camiseta y ropa… ¡Guau! ¡Te has ido de compras de ropa interior con tu padre!


¡Bah!


—¡No es que tenga elección, la verdad! —se quejó Sakura mientras le arrebataba la bolsa repleta de ropa interior—. ¡Necesitaba sujetadores nuevos! De todas formas, mi padre se esconde en la librería mientras me las pruebo. Pero créeme, incluso a sabiendas de que está en la otra  punta de la calle, comprar ropa interior es insoportable —admitió al fin algo ruborizada y sonriendo con timidez.


—No puede ser tan bochornoso. Y no nos engañemos, tú tampoco vas a comprarte algo sexy. Por el amor de Dios, Saku, si te vistes igual que mi abuela —comentó Ino mientras sujetaba un par de braguitas blancas de algodón.


Sakura  le  arrancó  de  las  manos  esas  bragas  de  abuelita  y  las  metió  de nuevo  en  el  fondo  de  la  bolsa  mientras  su  mejor  amiga  esbozaba su magnífica sonrisa.


—Lo sé, soy tan pazguata que creo que se ha convertido en algo vírico — replicó Sakura, perdonando así las burlas de su amiga, como siempre—.


¿No te asusta que pueda contagiarte y te transformes en una perdedora como yo?


—Para nada. Soy tan formidable que me considero inmune. De todas formas, los pazguatos sois los mejores. Sois todos deliciosamente corruptibles. Y me encanta ver cómo te ruborizas cada vez que menciono tu ropa interior.


De repente, dos parejas que querían fotografiarse se entrometieron entre las dos amigas. Ino, valiéndose de los balanceos de la cubierta, empezó a dar codazos a los turistas que entorpecían su camino con tan solo uno de sus movimientos de equilibrio de ninja. Tambaleándose a trompicones y riéndose sobre el «mar picado», ni siquiera advirtieron que Ino los había rozado. Sakura jugueteaba con el colgante en forma de corazón del collar que siempre llevaba y aprovechó la oportunidad para encorvarse ligeramente hacia la verja y estar más a la altura de su amiga.


Por desgracia para la tímida Sakura, era una adolescente llamativa, puesto que medía más de metro ochenta, y subiendo. Había rogado a Jesús, a Buda, a Mahoma y a Vishnú para dejar de crecer, pero todavía notaba esos dolorosos calambres que le recorrían los músculos de los brazos y piernas cada noche. Se prometió a sí misma que si alcanzaba los dos metros escalaría la verja de seguridad del faro de Siasconset y se lanzaría desde la cima al vacío. Las dependientas de las tiendas de ropa siempre le recordaban la suerte que tenía, pero lo cierto era que no lograba encontrar unos pantalones que le sentaran a la perfección. Sakura ya se había resignado a la idea de   que si quería comprarse unos tejanos asequibles que fueran lo bastante  largos tendría que escoger unos de varias tallas más grandes, pero si prefería que no se le cayeran, no tendría más remedio que pasar frío en los tobillos. Sakura estaba bastante segura que las vendedoras «perversamente celosas» no iban por ahí con los tobillos congelados.


O enseñando el culo.


—Ponte derecha —ordenó de forma automática Ino al ver que su mejor  amiga se encorvaba.


Sakura obedeció de inmediato. Su amiga estaba obsesionada con eso, algo que solía atribuir a su madre japonesa, extremadamente correcta, y a su abuela, que siempre lucía un kimono y que incluso era aún más correcta.


—¡De acuerdo! Vayamos al grano —anunció Ino—: ¿recuerdas aquella gigantesca y millonaria parcela propiedad de un jugador de los New England Patriots?


—¿La que está en Sconset? Claro que sí. ¿Qué ha pasado? —preguntó Sakura mientras se imaginaba la playa privada de aquella mansión. Al recordar que su padre jamás ganaría bastante dinero para comprar una casa cerca del mar, la muchacha se sintió aliviada.


Cuando no era más que una niña, Sakura estuvo a punto de ahogarse y, desde ese mismo instante, se convenció, en secreto, de que el océano Atlántico estaba decidido a asesinarla. Siempre había preferido no compartir esa pequeña paranoia con nadie…, sobre todo porque seguía siendo una pésima nadadora. A decir verdad, era capaz de mantenerse a flote durante varios minutos, pero le desagradaba sobremanera aquella sensación. Al final, siempre se hundía como si de una piedra sólida se tratara, sin importar sus esfuerzos por agitar los pies e independientemente de la cantidad de sal marina que contenía el océano.


—Al fin se ha vendido a una familia muy numerosa —informó Ino—. Puede que se trate de dos familias. No sé muy bien cómo va la cosa, pero supongo que los dos padres son hermanos. Los dos tienen hijos, así que imagino que deben de ser primos, ¿verdad? —comentó Ino arrugando la frente—. Bueno, da igual. Lo importante es que sea quien sea quien se ha mudado allí tiene un montón de niños. Y todos rondan más o menos la misma edad. De hecho, hay un par de chicos que irán a nuestro mismo curso.


 —Y  déjame  adivinar  —interrumpió  Sakura  del  todo  inexpresiva—,  has echado las cartas del tarot y has visto que los dos se van a enamorar perdidamente de ti y que tarde o temprano se enzarzarán en una pelea de vida o muerte por tu amor.


Ino le atizó una suave patada en la espinilla.


—No, tonta. Hay uno para cada una.


Sakura  se  acarició  la  pierna,  para  fingir  que  le  había  hecho  daño.  Pero  aunque su amiga le hubiera golpeado con todas sus fuerzas, jamás sería lo bastante fuerte como para dejarle un moretón.


—¿Uno para cada una? Eso es demasiado poco dramático para ti, Ino — bromeó Sakura—. Es demasiado sencillo. No me lo creo. ¿Qué te parece esto? Las dos nos enamoramos del mismo chico, o del chico equivocado, o del que jamás nos amará, y entonces tú y yo nos enfrentamos a un duelo a vida o muerte.


—¿Se puede saber a qué viene tanto parloteo? —preguntó con dulzura Ino mientras contemplaba sus uñas, fingiendo así no entender los comentarios de Sakura.


—Por favor, Ino, eres demasiado predecible —explicó Sakura entre carcajadas—. Cada año desempolvas esa baraja de cartas que compraste en Salem aquella vez que fuimos de excursión y siempre predices que algo asombroso y alucinante nos va a ocurrir. Pero cada año lo único que me asombra y alucina es que no hayas caído en un coma de aburrimiento antes de Navidad.


—¿Se puede saber por qué te resistes a creerlo? —protestó Ino—. Sabes que en algún momento nos ocurrirá algo maravilloso. Tú y yo somos demasiado fabulosas para ser normales y corrientes.


Sakura se encogió de hombros.


—Yo soy feliz siendo normal y corriente. De hecho, creo que mi mundo de vendría abajo si, para variar, predijeras algo que se cumpliera.


Ino inclinó la cabeza hacia un lado y clavó la mirada en su amiga durante unos instantes. Sakura se despeinó de tal manera que los mechones de cabello le taparon el rostro. Odiaba que la contemplaran fijamente.


 —Lo sé. Pero para serte sincera no creo que «normal y corriente»   funcione contigo —confesó Ino con aire pensativo.


Sakura cambió de tema en un abrir y cerrar de ojos. Estuvieron charlando sobre los horarios de clases, de atletismo y de si deberían o no cortarse el flequillo. Ella deseaba un cambio, pero Ino se oponía en rotundo a que Sakura tocara su maravillosa cabellera rubia con unas tijeras. De repente, las dos amigas se percataron de que estaban merodeando muy cerca de lo que la gente denominaba la «zona de pervertidos» del transbordador, así que de inmediato retrocedieron a toda prisa.


Las dos detestaban esa zona, aunque Sakura era mucho más susceptible. Le recordaba a aquel tipo repulsivo y espeluznante que estuvo persiguiéndola durante todo un verano, hasta que un día desapareció, sin más. En vez de sentirse aliviada al saber que jamás volvería a encontrárselo, tenía la vaga sensación de haber hecho algo mal. Jamás se lo había confesado a Ino, pero, en un momento dado, cuando se acercó a ella saltó una especie de relámpago muy brillante y pudo percibir el inconfundible hedor de cabello quemado. Después, el tipo desapareció sin dejar ni rastro. Cada vez que pensaba en aquel episodio de su vida, se estremecía, pero intentaba tomárselo con humor, como si aquello hubiera sido una broma pesada. Se obligó a esbozar una sonrisa y permitió que Ino la arrastrara hacia otra parte del transbordador. Cuando llegaron al muelle, Kizashi se unió a ellas y los tres desembarcaron. Ino se despidió y prometió que, si podía, iría a ver a Sakura al trabajo al día siguiente, lo cual era bastante improbable, teniendo en cuenta que era el último día de las vacaciones de verano.


Sakura trabajaba unos días a la semana para su padre, que era copropietario de una de las tiendas tradicionales de la isla, de esas de toda la vida. Además del periódico matutino y de una taza de café caliente y humeante, la tienda también ofrecía caramelos de sal marina, golosinas por un penique, caramelos y dulces que ocupaban jarras de cristal y cordones de regaliz que vendían en el astillero. Siempre había flores  frescas recién cortadas, tarjetas de felicitación elaboradas a mano, regalos divertidos y trucos mágicos, cachivaches típicos para los turistas y una nevera con alimentos básicos, como leche o huevos.


Unos seis años atrás, la tienda había expandido sus horizontes y había adquirido Shizune’s Cake’s. Desde entonces, el negocio subió como la espuma. Shizune Kato era simple y llanamente una maestra de la repostería. Con cualquier cosa era capaz de hacer una tarta, un pastel, un panecillo,   una galleta o una magdalena. Incluso las verduras menos apetecibles, como las coles de Bruselas o el brócoli, sucumbían a las artimañas de Shizune para convertirse en un relleno de cruasán que causaba furor. A sus treinta y pocos años seguía siendo creativa y astuta.


Cuando se asoció con Kizashi modernizó la parte posterior de la tienda y  convirtió en un paraíso para los escritores y artistas de la isla. De   alguna forma se las había arreglado para conseguir un resultado que no incluía el «factor esnob». Shizune era extremadamente cuidadosa y siempre procuraba que todos aquellos que apreciaran la repostería y un buen café, desde  altos ejecutivos hasta poetas, pasando por los trabajadores isleños y los tiburones empresariales, se sintieran cómodos sentados en su mostrador leyendo el periódico. Sabía perfectamente cómo conseguir que todo el mundo se sintiera bienvenido. Sakura la adoraba.


Cuando Sakura fue a trabajar al día siguiente se encontró a Shizune intentando colocar una entrega de harina y azúcar. A decir verdad, Shizune era muy blandengue.


—¡Saku! Gracias a Dios que has llegado. ¿Podrías ayudarme…? — balbuceó mientras señalaba los sacos de veinte kilos.


—Ya está, lo tengo. No tires de la esquina así o te harás daño en la espalda —advirtió Sakura mientras se apresuraba a detener los jalones en vano de Shizune. Alzó el primer saco y lo colocó fácilmente sobre su hombro—. ¿Por qué no te ha ayudado Louis con esto? ¿No trabajaba esta mañana? — preguntó Sakura, aludiendo a uno de los trabajadores que también tenía el turno de mañana.


—¿Cómo lo haces? Dios, ojalá fuera tan fuerte como tú —deseó Shizune—. El pedido llegó después de que Louis acabara su turno. He intentado aparcarlo hasta que llegaras tú, pero un cliente casi se tropieza y lo mínimo que podía hacer era fingir que iba a mover esos malditos sacos.


—¡Menuda tragedia! —exclamó Sakura mientras se dirigía caminando hacia su puesto de trabajo.


Abrió el saco y vertió un poco de harina en un envase de plástico que Shizune tenía en la cocina. Mientras la joven apilaba con sumo cuidado el resto del pedido en el almacén, Shizune le sirvió una limonada rosa burbujeante. A  Sakura le encantaba ese refresco típico de Francia, uno de los muchos lugares desconocidos que se moría por visitar.


—Lo que me resulta extraño no es tu asombrosa fortaleza, teniendo en cuenta tu delgadez. Lo que me tiene alucinada —dijo mientras troceaba unas cerezas y unos tacos de queso como tentempié para Sakura—, es que parece que nunca te cansas. Jamás te he visto jadear ni sudar. Ni siquiera con este calor tan sofocante.


—Sí que jadeo —mintió Sakura.


—Suspiras, que es distinto.


—Sencillamente tengo los pulmones más grandes que los tuyos.


—Pero al ser más alta, necesitarías más oxígeno, ¿o no?


Brindaron con sus respectivos vasos y probaron la deliciosa limonada, olvidando aquella conversación. Shizune era un poco más bajita y regordeta que Sakura, aunque eso no la convertía en una mujer rechoncha en absoluto. Cuando la veía, le venían a la cabeza las palabras «rellenita» y «curvilínea», lo cual venía a ser lo mismo que «curvas sensuales». Sin embargo, jamás lo mencionó, pues temía que Shizune se lo tomara mal.


—¿Te reúnes con el club de lectura esta noche? —quiso saber Sakura.


—Así es. Aunque dudo que alguien quiera debatir sobre Kundera —admitió Shizune con una sonrisita mientras hacía tintinear los cubitos de hielo de su copa.


—¿Por qué? ¿Cotilleos calentitos?


—Recién sacados del horno. Se ha mudado una familia más que numerosa a la isla.


—¿A ese lugar de Sconset? —preguntó Sakura.


Al ver que Shizune asentía, la joven puso los ojos en blanco.


—¡Vaya, vaya! ¿Qué ocurre? ¿Son demasiado buenos como para mezclarse con nosotros? —se burló Shizune mientras sacudía el agua condensada de su copa y salpicaba a Sakura.


 Ella  soltó  un  chillido  y  después  dejó  sola  a  Shizune  para  que    pudiera telefonear a un par de clientes. Cuando acabó las transacciones, regresó y retomó la conversación justo donde la había dejado.


—No es eso. Simplemente creo que no es tan raro que una familia tan numerosa adquiera una propiedad de esas dimensiones. Sobre todo si piensan quedarse por aquí al menos un año. A decir verdad, eso es mucho más sensato que el hecho de que una pareja anciana y adinerada compre una casita de verano tan gigantesca que incluso se pierdan de camino al buzón.


—Tienes razón —acordó Shizune—, aunque pensé que mostrarías más interés por la familia Uchiha. Si no me equivoco, te graduarás con alguno de sus hijos.


De forma inesperada, Sakura se levantó mientras el nombre Uchiha seguía retumbando en su cabeza. Aquel nombre no significaba absolutamente nada para ella, pero en algún rincón de su cerebro, la palabra «Uchiha» resonaba sin cesar.


—¿Saku? ¿Adónde vas? —preguntó Shizune.


Sin embargo, antes de que Sakura pudiera contestar, los primeros miembros del club de lectura empezaron a llegar, ansiosos y preparados para una sesión de especulación salvaje.


El pronóstico de Shizune era cierto. La insoportable levedad del ser no podía competir con la llegada de los nuevos vecinos, sobre todo desde que el hervidero de rumores había desvelado que se mudaban desde España. Aparentemente, eran de Boston, pero se habían trasladado a Europa hacía tres años para poder estar más cerca de su familia. Sin embargo, ahora habían decidido, de forma repentina, volver al continente americano. La parte «de forma repentina» era lo que había causado más sensación entre los isleños. La secretaria de la escuela había insinuado a algunos de los miembros del club de lectura que habían matriculado a los niños fuera del plazo establecido, así que prácticamente tuvieron que sobornar al colegio además de acordar todo tipo de pactos especiales para poder enviar su mobiliario de forma que llegara a tiempo. Al parecer, la familia Uchiha había abandonado España a toda prisa y todo el club de lectura estaba de acuerdo en que, sin duda, se habrían peleado con sus primos.


 Lo único que Sakura sacó en claro de todo aquel chismorreo fue que la familia Uchiha era muy poco convencional. Estaba formada por dos padres que eran hermanos entre sí, su hermana menor, una madre (el otro hermano era viudo) y cinco criaturas. Y todos vivían bajo el mismo techo. Por lo visto, aquella familia era elegante a rabiar, hermosa y acaudalada. Sakura ponía los ojos en blanco cada vez que escuchaba ciertos episodios de todas aquellas habladurías que enaltecían al clan Uchiha a  dimensiones míticas. De hecho, no podía soportarlo.


Trató de permanecer detrás del mostrador para así ignorar los alborotados murmullos, pero era imposible. Cada vez que oía mencionar a un miembro de la familia Uchiha por su nombre, sentía una especie de atracción, como  si alguien hubiera gritado ese nombre en voz alta, lo cual la fastidiaba sobremanera. Salió del mostrador y se dirigió hacia la estantería donde estaban colocadas las revistas y comenzó a ordenarlas, simplemente para  mantener las manos ocupadas. Pero incluso así, no podía evitar oír los chismes del club de lectura, cuyos miembros ahora se mostraban escandalizados tras descubrir que Konan, de tan solo trece años, asistiría a un curso por encima del que le correspondía. Al parecer, era  una niña excepcional y brillante, pero, en general, el club de lectura no aprobaba que los niños pudieran adelantar un curso, probablemente porque ninguno de sus hijos jamás lo lograría.


«No les gusta estar separados —pensó Sakura—. Es más seguro si están juntos. Esa es la verdadera razón de por qué Konan ha adelantado un curso.»


No tenía la menor idea de dónde había extraído esa conclusión, pero sabía, sin duda alguna, que era la verdad. También sabía que debía alejarse lo más posible de aquellos chismorreos o en cualquier momento empezaría a gritar a todos los amigos y amigas de Shizune. Necesitaba estar ocupada, distraerse.


Mientras sacaba brillo a las estanterías y llenaba los tarros de caramelos, hacía una lista mental de los hijos de la familia Uchiha. «Neji es un año mayor que Kiba y Hinata, que por cierto son gemelos. Sasuke y Konan son hermanos y primos de los otros tres.»


Cambió el agua de las flores y telefoneó a algunos clientes.


 «Neji no asistiría al primer día de clase porque aún estaba en España con su tía Pandora, aunque nadie del pueblo conocía el motivo.»


Sakura se enfundó un par de guantes de caucho que le llegaban hasta el hombro, un delantal hasta los pies y empezó a escarbar en la basura para separar todo lo que se podía reciclar.


«Sasuke,  Kiba  y  Hinata  estarán  en  mi  mismo  curso.  Así  que   estoy rodeada.»         


Se dirigió hacia la parte trasera de la cocina y puso en marcha el lavaplatos industrial. Barrió y fregó el suelo y finalmente empezó a contar el dinero.


«Sasuke, qué nombre tan estúpido. ¿A quién se le ocurre? Llama demasiado la atención.»


—¿Saku?


—¡Qué! ¡Papá! ¿Acaso no ves que estoy contando? —replicó


Sakura al mismo tiempo que golpeaba las manos contra el mostrador con tal dureza que un puñado de monedas saltaron. Kizashi alzó las manos en un gesto apaciguador.


—Mañana es el primer día de instituto —le recordó en su tono de voz más cariñoso.


—Lo sé —respondió ella con la mirada vacía. Inexplicablemente, todavía estaba molesta, pero intentó con todas sus fuerzas no pagarlo con su padre.


—Son casi las once, cariño —dijo Kizashi.


Shizune salió de la trastienda para comprobar de dónde provenía todo ese ruido.


—¿Aún estás aquí? Lo siento muchísimo, Kizashi —se disculpó Shizune, perpleja—. Sakura, te dije que cerraras con llave y te fueras a casa hace un par de horas.


Ambos se quedaron mirando fijamente a Sakura, que ya había colocado cada factura y cada moneda en su lugar.


—Me distraje —respondió Sakura de forma poco convincente.


 Después de lanzar una mirada de preocupación a Kizashi, Shizune relevó a la joven en el recuento de monedas y los envió a ambos a casa. Todavía aturdida, la chica se despidió con dos besos e intentó explicarse cómo había perdido las últimas dos horas de su vida. Kizashi acomodó la bicicleta de su hija en el maletero del Cerdo y puso en marcha el coche sin pronunciar una sola palabra. Le echó varios vistazos de camino a casa, pero hasta que aparcó el  en el garaje no se decidió a hablar con ella.


—¿Has cenado? —le preguntó con cierta dulzura mientras arqueaba las cejas.


—No… ¿Sí? —respondió de modo dubitativo.


Lo cierto es que no tenía la menor idea de qué ni cuándo había comido por última vez. Lo único que recordaba, y de forma muy vaga e imprecisa, era que Shizune le había preparado un plato con cerezas.


—¿Estás nerviosa por el primer día de clase? El penúltimo año de instituto es muy importante.


—Supongo que sí —comentó Sakura algo abstraída de la conversación.


 


Kizashi observó a su hija y se mordió el labio inferior. Tomó aire antes de hablar.


—He estado pensando que quizá deberías hacerle una visita al doctor Cunningham y pedirle unas pastillas para esa fobia, ya sabes, esa en que la gente se angustia cuando está rodeada de multitud de personas… ¡Fobia social! Ese es el nombre —exclamó al recordarlo—. ¿Crees que podrían ayudarte?


Sakura esbozó una tierna sonrisa mientras jugueteaba con el colgante de su collar.


—No lo creo, papá. No tengo miedo a los desconocidos, sencillamente soy tímida.


Sabía que mentía. No solo era tímida. Cada vez que se erguía y llamaba la atención, aunque fuera de manera fortuita, sentía un dolor horrible en el estómago, similar a los retortijones típicos de la menstruación o a la tortura de una gastroenteritis.  Sin embargo, antes se quemaría el cabello con una cerilla que confesárselo a su padre.


—¿Y no te importa? Ya sé que nunca me lo pedirías, pero ¿necesitas ayuda? Porque creo que tu timidez te está reprimiendo… —anunció Kizashi, empezando así la discusión de siempre.


Pero Sakura enseguida le cortó.


—¡Estoy bien! De verdad. No deseo hablar con el doctor Cunningham y  quiero tomar ningún tipo de medicación. Lo único que me apetece es entrar en casa y comer algo —dijo apresuradamente mientras salía de la furgoneta.


Su padre la observó con una pequeña sonrisa mientras ella descargaba su bicicleta, pasada de moda y muy pesada, del portaequipajes del todoterreno para después apoyarla en el suelo.


Tocó el timbre del manillar con garbo y desenvoltura y le dedicó una  amplia sonrisa a su padre.


—¿Lo ves? Estoy la mar de bien —afirmó.


—Si supieras lo difícil que es para una chica de tu edad hacer lo que tú acabas de hacer, entenderías a lo que me refiero. Tú no eres como las demás, Sakura. Lo intentas, pero no lo eres. De hecho, eres idéntica a ella.


Por enésima vez, Sakura maldecía a aquella madre que no lograba recordar y que le había roto el corazón a su padre. ¿Cómo alguien era capaz de abandonar a un tipo como su padre sin tan siquiera despedirse? ¿Sin dejar una fotografía para que pudiera  recordarla?


—¡Está bien, tú ganas! No soy como las demás, soy especial, al igual que lo es todo el mundo —bromeó Sakura, que estaba ansiosa por subir el ánimo a su padre. Al pasar junto a él, empujando su bicicleta, le dio un suave golpe con la cadera y añadió—: Bueno, ¿qué tenemos para cenar? Me muero de hambre y esta semana te toca a ti pringar en la cocina.

Notas finales:

Y esto es todo por hoy! 

Espero que les haya gustado y nos leemos el miércoles con el siguietne capítulo!!


Abrazos virtuales!!

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