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Little Witch Academia: The Last Dark Stars por The Last

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Notas:

*Algunos de los hechizos que aqui aparecen son dichos en latin. Solo para aclarar.

 

Capítulo 3: Estrellas caídas

 

 - ¿Este es el lugar? –Akko y el resto del grupo habían llegado al punto de ruptura de la línea: el lugar donde Franco había caído. Un árbol solitario adornaba una colina cubierta de hierba, en donde, a sus pies, se encontraba un bosque gigantesco de hojas verdes que parecía no tener final.

 - ¿Está segura de que es aquí donde aterrizo, profesora Ursula? –Amanda no estaba muy segura de los cálculos de la maestra. El nuevo no se encontraba en ningún sitio, aunque algunas de las ramas rotas indicaban que allí había habido alguien recientemente. Eso sí, parecía que ya no estaba en las cercanías. –Porque si estuvo aquí, de él no queda ni su sombra.

 - ¡Chicas, creo que encontré algo! –Akko señalaba unas marcas en el suelo que iban hacia el fondo del bosque –Son huellas. Unas son de  zapatos, pero las otras no sé de qué son.

 - Lobos. Son huellas de lobos –la profesora Ursula se veía preocupada por la idea de que tal vez no encontraran al nuevo precisamente vivo, o siquiera entero. Un escalofrió bajo por la espalda de todos los que estaban ahí presentes, excepto Jasminka, que estaba subiendo a un árbol cercano para alcanzar algo que se encontraba en lo alto de este.

 - Jasminka, ¿qué encontraste?

 Cuando bajo del árbol, mostro una bolsa de papas abierta. Casi todo el contenido se había desperdigado alrededor del árbol, aunque quedaban unas tres.

 - Esta es la bolsa de papas que Franco tiro fuera de la línea –Amanda tomo la bolsa, pensando de qué manera eso las ayudaría para poder encontrarlo. Y la idea llego –Akko, ¿puedes transformarte en lobo y seguir su rastro?

 - Puedo intentarlo –Akko empezó a concentrarse en el hechizo de transformación durante unos segundos - ¡Metamorphie…Faciesse!

 En el momento en que las pronuncio, su cuerpo empezó a cambiar, hasta transformarse en un lobo de pelaje café y ojos rojos.

 Empezó a olfatear la bolsa de frituras durante un rato, hasta que logro dar con el rastro. A pesar de que se mezclaba con el olor a tierra húmeda y a perro mojado, pudo diferenciarlo lo suficiente como para seguirlo.

 Pasaron varios segundos moviéndose de aquí para allá, dando vueltas y atravesando obstáculos. Por momentos parecía que aquella búsqueda no llevaba a ningún sitio. Pasaron varios minutos más, hasta que Amanda no pudo aguantarlo más:

 - ¡Akko, llevamos más de diez minutos dando vueltas en círculos!

 - No lo creo. Estoy segura que es por aquí. Creo que estas exagerando

 - ¡Hemos pasado el mismo maldito árbol sin hojas como cuatro veces! ¡Es evidente que no tienes idea de a dónde ir!

 - Eso…no es cierto.

 - Akko…

 Se hizo un silencio incomodo durante unos segundos.

 - ¡Okey, no sé adónde vamos! ¡Hace un rato que no sé a dónde vamos!

 - ¡¿Y por qué no nos contaste nada?!

 - Es que es algo extraño. Es como si de repente su rastro se cortara por un segundo y después fuera en varias direcciones. Como de repente se hubiera dividido en varios y  hubieran corrido en varias direcciones diferentes.

 - Espera, Akko. ¿Dices que es como si fuera en varias direcciones? –pregunto la maestra Ursula. Sus ojos denotaban que se estaba haciendo una idea de que estaba pasando.

 - Sí. Eso mismo.

 - Déjenme probar algo –la maestra Ursula saco su varita, y comenzó a recitar un hechizo. – Deshaz la ilusión. Que nuestros sentidos se aclaren. Que la verdad sea revelada. ¡Clairvoyance!

 Un gran haz de luz celeste rodeo el lugar. Todas cerraron los ojos, pensando que tal vez el hechizo había salido. Cuando el efecto paso, todo parecía  seguir igual que hace unos segundos. No entendían que era lo que había sucedido.

 - Bien Akko, ¿ahora sabes a dónde fue?

 - A ver – Akko olfateo el aire buscando el rastro – ¡Es por aquí! Pero no lo entiendo. Hace un momento el olor que seguía estaba por cada rincón del lugar.

 - Un hechizo de ilusión. El que se usó hace que el sentido del olfato sea engañado creando un olor falso que es dispersado en la dirección que el usuario desee. Lo que acabo de usar es un hechizo de revelación. Se le llama “clairvoyance”. Se usa para anular un hechizo de ilusión.

 - Clere… ¿qué? – a Akko no le quedaba claro como pronunciarlo.

 - Clerevoyans. Esa es su pronunciación.

 La maestra Ursula, si bien no parecía destacar de entre las otras maestra brujas, he incluso algunas veces pareciera ser algo torpe y tener un “corazón de pollo” en algunas situaciones, esto no quitaba que supiera una variedad de hechizos de lo más variopintos e increíbles, tanto los que Akko ya había visto, como los que todavía no había mostrado. Aunque teniendo en cuenta que desde que abandonó su antiguo nombre de Chariot Du Nord para llamarse Ursula Callistis, habían transcurrido varios años, no era descabellado pensar que en medio de ese periodo había aprendido muchos tipos de hechizos y conocimientos mágicos.

 Una vez esclarecido el camino a seguir, lo único que le quedaba a Akko era seguir el rastro, (esta vez el de verdad) hasta que finalmente terminaran encontrando al nuevo, para por fin, después de muchos rodeos, llevarlo a la Academia. 

 

 

 - Entonces déjame ver si entendí. Tu familia, (o sea los aquí presentes) son los guardianes de este bosque –dijo Franco a su arboleado acompañante.

 - Exacto.

 - Y lo que protegen es una fuente de energía, que es la que da vida a este bosque y a todos ustedes, la cual si cae en las manos de las personas equivocadas, podría tener consecuencias terribles.

 - Cierto.

 - Bueno, viendo como es el ser humano promedio, no me extraña en absoluto. Sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de idioteces y sin sentidos que he tenido que soportar de la boca y mano de los tarados que gobiernan nuestros países durante los últimos años.

 - Me alegra que lo entiendas.

 - Por cierto…

 - ¿Qué pasa?

 - No es por ser un pesado, pero ¿puedes decirles a tus amigos que me bajen, por favor? Se me está subiendo la sangre a la cabeza y me estoy empezando a marear.

 Franco se encontraba colgando boca abajo, amarrado por unas raíces muy largas que de repente cobraron vida y lo suspendieron en el aire. Resulta que cuando habían logrado llegar al lugar en donde se encontraban los guardianes del bosque, estos no lo habían recibido de  buena manera exactamente. De hecho, apenas lo vieron, entre todos lo rodearon, acusándolo de haber secuestrado a su compañero, y como medida de contención, usaron sus raíces para sujetarlo de los pies y colgarlo cabeza abajo.

 - En serio, no creo poder permanecer más tiempo así.

 - No sé si podre convencerlos.

 - Escúchame. Si sigo así más tiempo, voy a terminar vomitando todo lo que comí esta mañana. Y créeme, ni tu ni ellos querrán ver eso.

 - ¡Este bien! –exclamo bastante exasperado. Parecía que le desagradaba la idea de ver a un humano vomitando. Bueno, a nadie le gusta ver a alguien vomitar, así que tenía sentido. –Lo intentare, pero no prometo nada.

 Se dio la vuelta, y comenzó a conversar con uno de los que parecía uno de los guardianes más a viejos de ellos. Su cuerpo estaba cubierto por algo de musgo, de algunas partes salían ramas de las que brotaban hojas verdes y sanas,  la luz que emitía de su interior era verde musgo: un poco más apagado que el del resto, y era un poco mas alto que su acompañante, por no decir que gran parte de los que estaban ahí, en altura, solo le llegaba a los hombros.

 Resultaba imposible escuchar lo que estaban hablando, o pensando. Parecía como si pudieran bajar la intensidad de sus pensamientos, y así que lo que sea que estuvieran discutiendo, solo quedara entre ellos dos. Cuando parecía que por fin habían terminado de hablar, todos los presentes miraron en la dirección de Franco, expectante de lo que sucedería a continuación, de cuál sería el veredicto final.

 -Suéltenlo –dijo el guardián con el que su acompañante había estado hablando.

 - Muchas gracias. Solo tengan cuidado al-

 Antes de que pudiera terminar su oración, las raíces que lo sostenían lo soltaron, haciendo que este cayera al suelo estrepitosamente, dándose un golpe en el hombro. El dolor que esto le causo hizo que se quedara unos segundos sujetándoselo con fuerza, mientras su cuerpo formaba un ovillo y se retorcía a causa del daño sufrido.

 - ¿Te encuentras bien? –le pregunto su arboleado compañero.

 - ¡Si, me encuentro perfectamente! ¡No es como si me hubiera dado un buen golpe en el hombro, y que eso duela un montón! Lo que pasa es que me gusta estar de esta manera, ya que me gusta sentir la tierra dándome en la cara.

 - ¡Oye, no soy un ser humano, pero se lo que es el sarcasmo!

 - Pues como siempre digo: si no quieres una respuesta sarcástica, ¡no hagas una pregunta estúpida!

 Estaban por continuar la discusión, hasta que el que había dado la orden de soltarlo, los interrumpió tosiendo” mentalmente”, si es que eso es siquiera posible.

 - No es que quiera interrumpir su conversación tan amena, pero me gustaría hablar un momento contigo.

 - ¿Conmigo? –pregunto Franco con algo de miedo. Comenzó a pensar que  tal vez lo habían descolgado para hacerle algo incluso peor, como convertirlo en abono para la tierra, o darlo de comer a los animales salvajes y los insectos.

 - No te preocupes, no te haremos nada de eso –dijo con serenidad y calma. Se asustó al ver que había adivinado lo que había pensado, hasta que recordó que desde que su acompañante le hizo ese hechizo, todos sus pensamientos salían a la luz para todos los guardianes de ese bosque. Se sintió avergonzado de saber que todos los que estaban ahí habían escuchado lo que su volátil mente había imaginado en ese momento.

 - Solo quería agradecerte, en nombre de todos los aquí presentes y de mi parte también, por haber rescatado a mi hija de aquellos lobos salvajes. Si no te hubieras aparecido en ese momento, lo más seguro es que nunca habría vuelto.

 - No se preocupe, yo solo hacia lo que tenía que… -se paró en seco, y comenzó a analizar con más cuidado lo que le había dicho– Un momento, ¡¿hija?! ¡¿O sea que…?!

 - Si, ella es mi hija, Sarah ¿Ella no te lo había dicho?

 - No, nunca. Ni siquiera había considerado esa posibilidad.

 - No me pareció necesario comentarlo –le contesto Sarah. Aunque parecía que expresara que no pasaba nada, lograba sentir que algo le molestaba.

 - ¿Qué te pasa que estas tan molesta? ¿Es por qué cuando nos encontramos pensé que eras un niño? Pues lo siento, pero la anatomía de tu raza no me dejaba claro cuál era tu género.

 - ¡No estoy molesta!

 - Pues si no lo estas, no te exaltes de esa manera. Y cuando lo digas mírame a los ojos, que si cruzas tus brazos de esa manera y miras en otra dirección, menos me voy a creer que no estas molesta.

 - ¡Que no lo estoy!

 - Bien, definitivamente esta conversación no nos llevara a nada. Me encantaría  continuar con este dialogo en el que yo doy razones más que válidas para creer que estas molesta, mientras tú lo niegas una y otra vez, pero tengo unas preguntas que hacerle a tu padre.

 Antes de que Sarah pudiera replicarle de vuelta, su padre le hizo una señal con la mano para que se calmara, a lo que ella solamente se cruzó de brazos y se alejó a apoyarse en un árbol que estaba a su derecha.

 - Disculpa a mi hija. No le gusta cuando notan lo que de verdad está pensando.

 - A ver, tampoco hacía falta fijarse mucho. Dejaba bastante en claro que estaba molesta.

 - Bueno, cambiando de tema, te agradezco lo que hiciste por Sarah. Últimamente no podemos salir de nuestro territorio sin terminar siendo atacados por las bestias que rondan por el bosque.

 - Sí. Ella comento eso cuando logramos escapar de los lobos.

 - En señal de gratitud, nos gustaría enseñarte nuestro hogar.

 - No sé si tengo tiempo. Tengo que llegar a la Academia Luna Nova para el recibimiento de los nuevos ingresados dentro de… -se puso a mirar su reloj. De repente, su expresión era de seriedad. Se quedó varios segundos sin mover ni un musculo de su cuerpo, con la mirada clavada en su reloj.

 - ¿Qué pasa?

 - Ya empezó.

 - ¿El qué?

 - La ceremonia. La hora de inicio paso hace cinco minutos.

 Pasaron cerca de un minuto sin que nadie objetara palabra alguna. Durante ese rato, Franco se fue a sentar cerca de un árbol cercano para pensar en que hacer a continuación. Bajo un sauce llorón, siendo más específicos y valga la coincidencia que ello conllevaba. Paso el rato, hasta que Sarah interrumpió sus pensamientos acercándose a él.

 - Oye, no te pongas así. Seguro que terminan encontrándote. Además, mira el lado positivo. Ahora que no tienes que preocuparte por llegar a la ceremonia, puedes visitar nuestro hogar.

 Franco se paró, pensando en lo que le Sarah le había dicho. Tenía razón. Aunque no le agradaba la idea de no llegar a la ceremonia, al menos no tenía que preocuparse por llegar a tiempo. Además, seguro que cuando llegara a la academia, si le explicaba a la directora lo que había pasado, de seguro le daba un pase a ello. De seguro Amanda y Constanze ya habían ido a academia para pedir ayuda y así lograran encontrarlo. Lo único que le quedaba por hacer, era esperar.

 Volvió a mirar a Sarah. Cuando la miro con más cuidado, pudo notar que le llegaba a los hombros en cuanto a altura. Se preguntaba cuál sería la edad de ella y de su padre, así como del resto de los suyos.

 - Tengo quince años –le dijo Sarah

 - ¿Qué? –por un momento le extraño que supiera la pregunta que se había hecho, hasta que recordó cómo funcionaba la comunicación entre ellos –Ah cierto, el hechizo. Pues aprovechando que tendré que quedarme un rato más por aquí, ¿qué te parece si me enseñas los alrededores mientras tú y tu padre me hablan sobre su gente?

 Al hacerle esa pregunta, pudo notar como ella soltaba una risa contenida.

 - Justo lo que estaba pensando.

 

 

 - Hace mucho tiempo, cuando la magia se encontraba en cada rincón del planeta, cuando los seres humanos peleaban con hachas y espadas, los tuyos nos conocían por un nombre casi olvidado en los anales de la historia: “spriggans”

 Sarah y su padre decidieron acompañar a Franco hasta la aldea que estos ocupaban junto a los suyos, mientras ella le contaba la historia de su pueblo. Los arboles eran mucho más frondosos que los anteriores. La luz se filtraba en forma de pequeños rayos de luz que traspasaban las copas de los arboles  a través de pequeñas aberturas de estos, mientras se escuchaba al viento susurrar en las alturas. Las casas de los spriggans estaban formadas en su totalidad por hojas, las cuales funcionaban a modo de techo y paredes, mientras la ramas de los arboles eran inexplicablemente gruesas, del tamaño de una viga. Se podía ver a spriggans yendo de aquí para allá, hablando o caminando, riendo o jugando. Un grupo de spriggans más pequeños que Sarah, que a ella le llegaban a la mitad de las piernas, fueron corriendo directo hacia ella.

 - Sarah, nos contaron que te perdiste en el bosque, y que te persiguieron los lobos ¿Te encuentras bien? – a los pequeños se les podía sentir realmente acelerados al hablar, mientras intentaban hacer preguntas sin ninguna clase de orden o sentido, haciendo difícil entender lo que habían dicho después.

 - Estoy bien. Afortunadamente cuando los lobos me volvieron a encontrar, me encontré con este humano que me ayudo a escapar.

 - Oye, tengo nombre, ¿sabes?

 - ¿Y cuál sería ese nombre, se puede saber?

 - Me llamo Gianfranco Garay. Franco para los amigos.

 - Bueno, me encontré con Franco que me ayudo a escapar, ¿ahí sí?

 - Mucho mejor.

 Cuando volvieron su mirada hacia el grupo de niños, estos tenían su mirada fija en Franco. Ni siquiera se movían. Parecían hipnotizados. Él no sabía si lo estaban mirando a el, o estaban mirando algo que estaba detrás de él.

 - ¿Qué pasa? ¿Es que tengo algo en la cara?

 Seguían sin contestar.

 - Oigan, ¿están bien?

 - ¿Eres un humano? –pregunto uno de los niños sin quitarle la mirada de encima.

 - No, soy un ave fénix. ¿No les acaba de decir Sarah lo que soy?

 En cuanto termino de hablar, los pequeños se acercaron a él casi de manera instantánea, de manera que no hubo tiempo de reacción.

 -¡OIGAN!  ¿¡QUE LES PASA!?

 -¿De dónde vienes? ¿Cómo conociste a Sarah? ¿Cómo es el lugar de dónde vienes? ¿Es verdad que los humanos duermen y comen para tener más energía? –todas esas preguntas vinieron de golpe, mezclada junto con otras que resultaron inaudibles entre todas las demás.

 -Ya cálmense. No es momento de responder preguntas que no vienen al caso. Ya, vuelvan a jugar –el padre de Sarah aparto a los niños, agarrando a Sarah y a Franco del brazo sacándolos de allí. –Lo siento, Franco. Los más jóvenes no han visto o escuchado casi nada de los humanos, así que ya te puedes percatar del porqué de su comportamiento.

 - No importa. Creo que podría haber respondido todas sus preguntas sin problemas –Franco miro hacia atrás, para ver que les había pasado a los pequeños spriggans, y se percató de algo que le hizo taparse para que no lo vieran reírse –Por cierto, ¿te percataste de que los niños no se han ido y que nos vienen siguiendo?

 A pesar de que ya se habían alejado de donde se habían estado, era evidente que los niños los venían siguiendo desde una distancia lo suficientemente prudente para que no fuera muy evidente, aunque su forma de ir en grupo para esconderse al lugar más cercano era un poco penosa.

 Sin hacer mucho caso a ello, continuaron caminando hasta que llegaron a una casa que se diferenciaba de las demás. Era más grande, se encontraba en el suelo y no en la copa de algún árbol, y las ramas y el árbol que le daban forma eran muy viejas. Tenía pequeños símbolos tallados, probablemente hace mucho tiempo. En su mayoría eran puntos pintados de blanco conectados por líneas, que a primera vista no parecían significar nada en específico, pero cuando Franco se acercó a ver más de cerca, pudo notar que estas formaban las constelaciones del firmamento, repartidas por toda la madera. Estaban todas. O más bien, casi todas. De entre todas, faltaba una, la cual Franco conocía muy bien de parte de su abuela: la Osa Menor.

 - Entra. Queremos que conozcas a alguien –el padre de Sarah señalo hacia la puerta de la casa. Era bastante grande, y no se lograba ver nada desde afuera hacia adentro.

 Cuando estaba dentro, sintió que alguien los estaba vigilando desde el fondo de la casa. A pesar de la oscuridad que había dentro, sus ojos pudieron notar una silueta grande y encorvada, sentada sobre el suelo.

 - Papa, hemos vuelto –le respondió el padre de Sarah a la extraña silueta.

 - Veo que Sarah está de vuelta. Ya estaba pensando en mandar a algunos de nuestros mejores hombres a buscarte – dijo una voz débil y calmada. De repente, el lugar fue iluminado por varias luces amarillentas que emanaban de capullos de flores sin abrir. Con la cantidad de luz que había en el ambiente, se podía ver al ser que estaba hablando con ellos. Era un spriggan, pero era diferente al resto: estaba encorvado, una gran cantidad de hojas verde oscuro cubrían su cabeza y espalda hasta llegar al suelo, iba apoyado en un bastón de madera enroscado y retorcido, su cuerpo se notaba agrietado  y viejo, y la luz verde de su cuerpo era tenue y apenas se notaba.

 - ¿Quién es él? –pregunto Franco.

 - Es el líder de nuestro pueblo, el spriggan que vivió la época dorada de la magia, y también mi padre –al padre de Sarah se le podía notar un gran respeto en sus palabras. Se arrodillo ante el sin siquiera dudarlo, pero aquel spriggan tan antiguo movió la cabeza en señal de negación.

 - Cris, sabes que yo soy tu padre. Tales formalidades son innecesarias entre nosotros.

 - Lo sé. Sé que eres mi padre, pero por sobre todo eres nuestro líder.

 - Bueno, levántate, y dime, ¿cómo encontraron a Sarah?

 - Mi hija fue encontrada por el humano que nos acompaña, y nos la trajo de vuelta. En señal de agradecimiento, le estamos mostrando nuestra aldea.

 - Me gustaría saber con detalle que fue lo que sucedió, aunque ya habrá tiempo para eso –el abuelo de Sarah miro a Franco con sus verdosas y apagadas cuencas –Tu debes de ser el que ayudo a mi nieta en el bosque. Dime cuál es tu nombre.

 - M-Mi nombre es Gianfranco Garay, señor –al decirlo, se paró recto y firme haciendo el saludo militar –Es un honor conocerlo.

 - Cálmate, chico. No hacen falta esas formalidades. Te agradezco lo que hiciste. Aunque me pregunto, ¿cómo un humano como tu pudo haber llegado a un sitio tan alejado como este? Nuestro bosque está a muchos kilómetros de cualquier asentamiento humano.

 - Creo que tendré que explicarle que fue lo que paso. Y a ustedes dos, creo que les debo la misma explicación.

 Así, Franco le conto a los tres como tenía planeado llegar a la Academia de Luna Nova, como tuvo problemas para cruzar la ruta que lo llevaría hasta su destino, como conoció a Amanda y a Constanze, como por un error estupido termino cayendo fuera de la línea, y como termino encontrando a Sarah en los límites del bosque. Y de paso hablaron sobre la raza a la que pertenecía Sarah y su historia.

 - Interesante, chico. Y yo que pensaba que solo quedaba magia en nuestro bosque. Parece que aún queda magia en esa academia y su vieja piedra filosofal. Aunque no tan vieja como yo.

 - Espere, ¿cómo sabe que la academia tiene la piedra filosofal? Nunca le dije eso.

 - Chico, estuve allí cuando pusieron esa gigantesca piedra verde. Cuando la magia empezó a debilitarse, crearon esa piedra de la misma energía que usa nuestro pueblo. Si no lo hubieran hecho, ten por seguro que no hubiera sobrevivido durante tantos años.

 - Señor, no es por sonar inapropiado, pero ¿cuál es su edad?

 - ¡Franco! –Sarah empujo a Franco con su codo, con una expresión de molestia en su cara.

 - Tranquila, Sarah. Supongo que lo preguntas ya que Cris dijo que viví durante la época dorada de la magia, ¿me equivoco?

 - Pues sí, ya que me cuesta creer que algún ser en este planeta pueda vivir tantos años.

 - Veras, mi vida tan prolongada se debe a mi conexión con la fuente de energía de nuestro pueblo: el agua cristalizada.

 - ¿Y el “agua cristalizada”, que sería?

 Entonces el abuelo de Sarah, se levantó con esfuerzo del suelo, haciendo crujir sus piernas de viejo árbol, como si no las hubiera movido en mucho tiempo, y comenzó a andar hacia la entrada de la gran casa de hojas y madera.

 - Sígueme.

 Cuando se encontraron afuera, junto a Sarah y su padre, se dirigieron hacia una especie de cueva que tenía su entrada cubierta de raíces de árboles en los bordes. Estas parecían extenderse por todas las dirección, y se podía ver que en su interior brillaba una sustancia verde brillante, como si todo el bosque fuera un cuerpo humano, y esas raíces fueran las venas que transportaban la sangre.

 El abuelo de Sarah, a pesar de su edad, se movía bastante rápido con su bastón de madera retorcido, aunque se notaba que le costaba cada paso que daba. Sarah y su padre no dejaban de mirarlo con preocupación, temiendo que talvez que al hacer eso se estuviera lastimando físicamente.

 Mientras entraban en el interior de la cueva, nadie pronuncio palabra alguna, seguramente por respeto a aquel lugar, que parecía ser sagrado, ya que en sus paredes se podían ver las mismas constelaciones que estaban en la casa del anciano. Y al igual que en ese lugar, faltaba la constelación de la Osa Menor. Aquello no parecía alguna clase de error. Era como si tuvieran alguna razón para no ponerla junto con las demás.

 Cuando llegaron al fondo de la cueva, Franco se quedó mirando durante un rato lo que se encontraba frente a él: una gran bóveda subterránea que se extendía varios metros de longitud, con una fuente de piedra que era la mitad de grande que el lugar, que contenía un líquido verde y brillante. Todo el lugar emanaba una gran cantidad de energía mágica, como si tuviera vida propia.

 - Esto es el tesoro más grande de nuestro pueblo, la fuente de vida de nuestra gente, y nuestra responsabilidad –el abuelo de Sarah tenía su mirada fija en aquel liquido verde brillante mientras se lo decía –Te quiero mostrar algo.

 Levanto el bastón que llevaba con su mano, apuntando a la fuente, y pronuncio un hechizo: “Levitation”. Entonces, algunas gotas del líquido de la fuente comenzaron a flotar en el aire. Movió su bastón hasta unos recipientes de piedra que se encontraban a un lado de la gran habitación, sobre un bloque de piedra que servía como una mesa primitiva. Con un movimiento de su bastón, hizo que las gotas se separaran, para caer cada una en su propio recipiente.

 - Sarah, sabes que hacer –cuando su abuelo le dijo eso, Sarah se fue hacia los recipientes, tomo una de las gotas con sus dedos, y Franco vio como paso de ser líquido a ser una piedra redonda y pequeña. No era más grande que una canica común y corriente, y en su interior fluía una energía luminosa y verde, la misma energía de la fuente.

 - Eso es… -Franco tenía las palabras que iba a decir, pero no creía que lo que tenía frente era lo que estaba pensando.

 - Una piedra filosofal –Le interrumpió el abuelo de Sarah – Incluso separada de la fuente, puede emitir energía por su propia cuenta. Por supuesto no es tan grande como la que tienen en la academia, pero es suficiente como para que una bruja pueda usar magia constantemente.

 Sarah le puso un enganche metálico en la parte superior que lo cubría a la mitad, y comenzó a atar la piedra filosofal en un hilo negro que lo atravesaba por un agujero que tenía el parte de arriba, dejándolo hecho una especie de collar, con la piedra filosofal como si fuera una piedra preciosa. Lo tomo del hilo, se acercó a Franco, y se lo puso en su mano derecha.

 - ¿Por qué me lo dan?

 - Es en agradecimiento por lo que hiciste –el abuelo de Sarah parecía que iba en serio, a pesar de que a Franco le costaba creerse de que le estuvieran entregando algo así.

 Por un lado le parecía increíble tener una piedra filosofal en sus manos, y a pesar de que no fuera del mismo tamaño que la de la academia, le fascinaba. Le recordó cuando su abuela, de niño, le hablo de la piedra filosofal y cómo funcionaba. Pero por otro lado pensaba en la responsabilidad que conllevaba llevar eso con él. No solo por su procedencia, sino por lo que simbolizaba: el regalo de un pueblo más antiguo de lo que él podía imaginar. Entonces tomo su decisión.

 - Señor, es un honor para mí recibir esto de su parte. Muchas gracias –dijo mientras se ponía el colgante alrededor de su cuello.

 - No es nada, joven. Es lo menos que puedo darte.

 - Franco, ¿no se te olvida algo? –le pregunto Sarah, con un tono algo molesto.

 - Cierto. Señor Cris, gracias por contarme tanto sobre su pueblo. Se lo agradezco.

 - De nada, Franco.

 - ¿No te olvidas de otra cosa? –Sarah parecía más molesta que antes.

 - No creo. Ya le agradecí a todos los que debía, así que no me falta nadie.

 - ¿¡Es que te lo tengo que decir directamente o eres tonto!?

 - Que no, que es broma. No te pongas así –Franco paso su brazo por el hombro de Sarah mientras sonreía –Gracias por el collar, Sarah. Lo cuidare con mi vida.

 - Ya pensaba que tendría que gritártelo a la cara para que te enteraras.

 Cris y el abuelo de Sarah se pusieron a reír de buena manera. Sarah tampoco se pudo contener, he intento aguantarse la risa.

 Mientras ellos se reían, Franco diviso de manera casual algo al fondo de la bóveda de piedra. No lo podía identificar a esa distancia, así que se acercó a ver que era. Cuando se acercó lo suficiente, vio que se trataba de dos piedras, que tenía un tamaño lo suficientemente grandes como para hacer un esfuerzo para llevar una de ellas uno mismo. La que estaba a la derecha era blanca. Parecía cuarzo. Tenía marcadas puntos pintados de verde y líneas negras que formaban la constelación faltante en las paredes de la cueva: la constelación de la Osa Menor. La que estaba a la izquierda era oscura. Parecía obsidiana. Tenía la misma constelación que la primera, pero sus puntos eran de color purpura unidos por líneas blancas, y estaba invertida. Y sobre ambas piedras, se encontraba el dibujo de un árbol gigantesco que llegaba hasta el techo, pintado de blanco, con raíces pintadas de negro. La forma en que estaba pintado era primitiva y minimalista.

 - Oigan, ¿que son estas piedras?

 - Son la representación de las dos varas creadas hace mucho tiempo. Incluso nosotros desconocemos de donde salieron –Esta vez fue Sarah la que se lo explico –Abuelo, ¿recuerdas algo sobre eso?

 - Recuerdo que la bruja Woodward poseía la vara blanca. Creo que la llamaba “Vara Brillante”. Cuando me lo dijo, el nombre me pareció bastante ridículo, aunque ahora que lo pienso mejor, el nombre le pegaba bastante bien, ya que si no me falla la memoria, cuando la usaba, emitía un resplandor parecido al de una estrella. Aunque yo no confiaría mucho en mi memoria. Han pasado tantos años que perfectamente podría estar equivocándome.

 - ¿Y esta piedra? La de color negro, ¿¡cuál vara es?!

 - Esa vara nunca ha tenido un portador, aunque no tengo duda de su existencia.

 - ¿Y cómo puede estar tan seguro?

 - En el cielo, junto a la constelación que ves ahí, existen estrellas que ningún ser humano ha visto ni lograra ver. Estrellas sin brillo, opacas e invisibles en la oscuridad de la bóveda celeste. ¿Por qué te interesa tanto?

 - Porque las recuerdo haberlas visto antes, en un sueño.

 - ¿Y qué pasaba en ese sueño?

 - No lo sé. No lo recuerdo.

 - Déjame probar con algo –el abuelo de Sarah extendió su bastón hasta que toco la cabeza de Franco con la punta de este, y pronuncio un hechizo en voz alta: “Claritate”.

Un grupo de luces azuladas aparecieron y comenzaron a dar vueltas alrededor su cabeza –Ahora cierra los ojos, y enfócate en lo poco que recuerdes de ese sueño ¿Qué vez?

 - Esta totalmente oscuro. Sobre mi están las estrellas y la luna iluminándome. Ahora… las estrellas están cayendo. Todas se desvanecen en medio de la oscuridad, pero un grupo de ellas se quedan deambulando en el vacío. Son catorce. Siete tienen un brillo verde, las otras siete son… violetas. Pareciera como si ambas partes bailaran en medio de la oscuridad. Ahora… se juntaron todas según su color. Las está uniendo una línea, formando la constelación de la Osa Menor. Ambas partes han formado una vara diferente. Una es blanca con gemas con un brillo verde, la otra es negra con gemas con un brillo violeta. Están flotando. Siento que es como si…

 - …como si esperaran a que aparezca el indicado –Cris lo dijo antes de que Franco explicara lo que estaba viendo y sintiendo, mientras intercambiaba miradas de preocupación con el abuelo de Sarah.

 - Siento algo mas –Franco empezó a apretar sus dedos contra la palma de su mano, mientras los músculos de su cuerpo se tensaban –Miedo. Hay algo más aquí. No sé qué es, pero lo siento muy cerca de mí.

 - ¡Chico, sal de ahí! ¡Rápido! –el abuelo de Sarah parecía desesperado. Empezó a Sujetar su bastón con tanta fuerza que este empezó a crujir y a astillarse – ¡Lo que sea que estés sintiendo, ignóralo y concéntrate en despertarte!

 De repente, Franco cayó al suelo de golpe, mientras se sostenía la cabeza y las pupilas de sus ojos empezaban a dilatarse.

 - Maldición –Sarah tomo una rama en forma de espiral que estaba sobre el bloque de piedra a un lado de los cuencos donde estaban el agua cristalizada sin transformar, y la apunto hacia la cabeza de Franco – ¡Abrogare! –en el momento en que dijo esas palabras, las luces azuladas se disiparon en el aire, y Franco volvió a la normalidad.

 Franco estaba arrodillado en el piso, con las palmas de sus manos apoyadas en el suelo. Su rostro sudaba y le temblaban los brazos.

 - Franco, ¿estás bien? –Sarah se le acerco, dejando la rama enroscada a un lado. Miro de cerca su cabeza para ver si se había hecho alguna herida al caerse sobre el piso. Tenía un moretón en la frente, pero aparte de algunos rasguños, no parecía nada grave, aunque parecía que estaba al borde de sus energías.

 Abrió los ojos con dificultad, y miro alrededor para hacerse una idea de que había pasado. Se tanteo la frente, solo para sentir el dolor del moretón que se había hecho.

 - ¿Qué paso? –él no sabía que había pasado fuera de su sueño, pero lo que fuera que había pasado, había dejado a todos asustados y con los nervios hechos un desastre.

 - Te caíste de frente al suelo, mientras te agarrabas la cabeza y tus ojos se dilataban. Parecía que estuvieras viendo algo terrible –Cris estaba de brazos cruzados y apoyado sobre una de las paredes de la cueva mientras se lo decía. Su tono de voz denotaba que tenía miedo de que talvez aquello pudiera volver a repetirse.

 - Yo no diría que lo vi. Es más como si… lo sintiera. Sentía una gran presión en todo mi cuerpo, como si aquello tuviera un poder tan grande, que la usaba con solo su presencia.

 Todos estaban callados. Nadie sabía que decir al respecto. El abuelo de Sarah parecía querer decir algo, pero luego pareció tragarse sus palabras, como si lo que iba a decir iba a sonar como un disparate o improbable. Incluso si alguien iba a decir algo sobre lo sucedido, uno de los que seguramente formaba parte de los guardias de la zona llego corriendo hasta el interior de la cueva.

 - Señor, nuestros hombres han capturado a unos intrusos que se acercaban a nuestro territorio. Parece que uno de ellos pateo a uno de los nuestros, así que ahora se encuentran atados e inmovilizados. Esperamos instrucciones sobre qué hacer con ellos.

 El líder de los spriggans se encontraba aturdido por lo que había sucedido, así que se sobresaltó cuando uno de sus guardias le hablo tan de repente, sacándolo de sus cavilaciones.

 - Muy bien. Cris, ve a ver de qué se trata. Yo me quedare aquí a pensar sobre lo que sucedió. Lleva al joven y a Sarah contigo.

 - Como usted diga, líder. Franco, sígueme. Tal vez sean tus amigos que vienen a buscarte.

 Franco y Sarah se pusieron a seguir a Cris, en la misma dirección de la que habían venido con anterioridad.

 A pesar de que físicamente estaba pendiente de hacía a donde iban, su mente no dejaba de procesar sobre lo que le había pasado. Esa sensación tan descomunal no se la lograba sacar de su sistema. Una cosa le quedaba clara de todo eso, mientras se dirigían al punto que el guardia les estaba indicando: no quería volver a sentir esa sensación tan aplastante en su vida. Ni en esa, ni en ninguna otra.

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