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de rodillas 1 venganza por angelcaido

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Notas del fanfic:

la historia no es mia es de Malenka Ramos y los personajes son de Masashi Kishimoto, es ambientada en los personajes de naruto 

Notas:

la historia no es mia es de Malenka Ramos y los personajes son de Masashi Kishimoto, es ambientada en los personajes de naruto 

  • Odio
  •  

    No te acuerdas de mí, ¿verdad? No… Tú eras una hermosa princesa en un instituto con apenas quince años y yo… Yo era uno más de todos aquellos babosos que ansiaba obtener de ti una mera sonrisa al final del día. Tú eras preciosa, una diosa que siempre me miró con desprecio. Yo era un enclenque más bajo que tú, con unas notas poco destacabas y una familia pobre. Tú eras tan perfecta y a la vez tan cruel…

     

    Pero ahora todo ha cambiado. Han pasado quince años desde la última vez que te vi y las cosas ya no son como antes. Sí, tú sigues tan preciosa como entonces, hoy lo he comprobado al cruzarnos en la calle, aunque tú no supieras quién era. Por supuesto que no.

     

    Me has sonreído como una furcia ansiosa, porque ya no soy el mismo. Ahora tengo la clase que me faltaba cuando era un crío. Visto trajes caros porque mi odio por la gente como tú me hizo superarme. Las horas de gimnasio me han convertido en lo que tú anhelabas siendo apenas una niña y ya no soy aquel enclenque. La suerte me hizo medir casi un metro noventa y seis y… claro, ahora sí me sonríes.

     

    Hoy has pasado a mi lado y he vuelto a oler tu melena oscura, aquella que esnifaba sentado en mi pupitre detrás de ti. Ese olor que tantos buenos ratos a tu costa me hicieron pasar solo en mi habitación. Te seguí y ahora sé dónde vives. Ahora sé que sigues sola.

     

    Desde aquí, en medio de la noche, puedo ver tu ventana iluminada y tu figura caminar de un lado a otro. Apagas la luz. Ya es muy tarde… Duerme, princesa, duerme… mientras puedas.

     

    —Despierta.

     

    Una voz retumbó en la cabeza de Sakura. Intentó incorporarse, pero algo sujetaba con fuerza sus muñecas al cabecero de la cama.

     

    —Pero… ¿qué demonios…?

     

    Pugnó por soltarse sin conseguirlo. Las bridas presionaban y le desgarraban la piel si ejercía demasiada presión sobre ellas. Movió las piernas, pero tampoco sirvió de nada. La poca luz que entraba por la ventana del cuarto apenas le permitía ver el umbral de la puerta y su corazón empezó a latir a gran velocidad.

     

    —¿Hola? —gritó—. Por favor… ¿Hay alguien ahí?

     

    Nadie respondió. El sudor empezó a deslizarse por su frente al oír unos pasos acercándose por el pasillo. Se abrió la puerta y la luz del salón iluminó una figura masculina.

     

    —¿Quién eres? —La fricción en las muñecas era insoportable—. ¿Qué

    haces en mi casa?

     

     

     

    El individuo entró en la habitación, se sentó en un diván frente a la cama y la observó impertérrito. Con parsimonia, encendió una lamparita que apenas daba luz. Su cara estaba oculta por un pasamontañas. Pudo sentir la fuerza de su mirada, ver la sonrisa que reveló una dentadura perfecta.

     

    —¡Llévate todo lo que te apetezca, pero no me hagas daño! —suplicó.

     

    —No he venido a eso. —Su voz sonaba tranquila, quizá demasiado—.

     

    Ha pasado mucho tiempo, Sakura. Comenzó a llorar y de nuevo intentó liberarse sin éxito. El dolor atravesaba sus muñecas como afilados cuchillos. El extraño se limitó a mirarla sin moverse; las manos apoyadas en los reposabrazos de la butaca, la amplitud de su torso cubriendo el respaldo de terciopelo y una turbadora calma en todo él.

     

    —No llores, princesa —dijo con un leve tono de reproche—, de nada te valdrá.

     

    —¿Qué quieres de mí? ¿Quién eres? —inquirió desesperada.

     

    —Alguien invisible para ti durante años —respondió él—. Me hiciste daño, Sakura, mucho. El mismo que voy a hacerte yo a ti. Ladeó el rostro hacia la ventana. Tenía un cuerpo grande, fuerte, bajo aquel traje oscuro y la fina camisa que, tenuemente iluminada, parecía gravitar por la habitación. Sakura sollozó desesperada. Intuía sus formas, a veces veía sus ojos, sus movimientos delicados carentes de urgencia.

     

    —El tiempo siempre es un problema —prosiguió, sin apartar la vista de la ventana—. El tiempo puede hacerte olvidar las cosas o por el contrario intensificarlas. No llores. No debes hacerlo. Te he atado porque no deseo usar la fuerza contigo. Sería un trabajo difícil mantenerte quieta, atenta y en guardia. Me gusta ver en tus ojos ese miedo atenazador, esa duda, esa incertidumbre por no saber qué haré contigo.

     

    —¡Por favor, no me mates! —Las palabras del desconocido y su amenazadora cercanía la aterrorizaron—. No sé quién eres, ni sé qué pude hacerte, pero si te eché del trabajo, lo siento. Perdona si…

     

    —Cállate, por favor.

     

    Se sintió mareada por el miedo o quizá la causa era lo que él le había hecho respirar mientras dormía. Notaba un ligero sabor dulce en la garganta y por unos instantes la habitación empezó a dar vueltas. Un golpe inesperado en la cara la hizo reaccionar. Estaba frente a ella, sentado sobre las suaves mantas de terciopelo y la observaba minuciosamente, sin ninguna expresión.

     

    —Vuelve conmigo —le susurró—. Te necesito consciente.

     

    —¡Déjame!

     

    Se inclinó sobre ella, aspirando profundamente el suave aroma que emanaban sus cabellos.

     

    —Sakura… —musitó—. Cuánto me hiciste sufrir cuando apenas era un niño… y ahora volvemos a encontrarnos. Llena de estupor, parpadeó a punto de perder la conciencia.

    —Lo sé —dijo él al advertir su sorpresa—. Aunque vieras mi rostro, tampoco entenderías nada. Era poca cosa para que te fijaras en mí. Pasó las yemas de los dedos por su cara, mientras ella se debatía con las pocas fuerzas que aún tenía.

     

    —Voy a hacerte mía… —anunció él, disfrutando del miedo que sus palabras le causaron—. Voy a hacerte mía de todas las maneras que se me ocurran y, cuando termine, cuando no quede nada más que pueda usar, dependerá sólo de ti lo que pase.

     

    —Por favor, no sé quién eres. ¡No sé qué pude hacerte!

     

    Deslizó la mano por sus piernas y rozó con los dedos una de sus rodillas. Sus ojos subieron lentamente por todo el contorno de su cuerpo, sus piernas, sus caderas, la fina tela de raso que tapaba sus pechos dibujando con sutileza las formas femeninas, su cuello, su boca…

     

    —Y te acabará gustando, como me acabó gustando a mí tu indiferencia…

     

    —¿Por qué haces esto? —preguntó desesperada.

     

    El hombre colocó con delicadeza los pliegues de su camisón y le rozó nuevamente las rodillas con los dedos, jugueteando con su piel, trazando pequeñas formas sobre ella como si pintara un cuadro.

     

    —¿Vas a violarme?

     

    —Podría hacerlo. Ahora mismo podría hacer contigo lo que me placiera, podría hacerte pagar por todo el dolor que me causaste, pero te rompería por dentro y con el tiempo volverías a resurgir. Eso no es lo que tengo preparado para ti…

     

    Se inclinó sobre ella y con un movimiento rápido le soltó una de las muñecas. Tomó su mano sin darle tiempo apenas a reaccionar y, desabrochándose los botones de la camisa, la colocó sobre su pecho y apretó con fuerza sus finos dedos contra la piel caliente.

     

    Sakura abrió los ojos. Notó la firmeza, los músculos de su cuerpo bajo sus dedos, notó el

    latir de sus venas, el olor de su piel. Un fino y casi imperceptible aroma le llenaba las fosas nasales: jazmín, flores del campo, agua y esencias… jazmín… ¡Un momento!

     

    Se quedó petrificada ante aquel hombre imponente. Por unos breves segundos, creyó ver un atisbo de humanidad en él. Se inclinó sobre ella y pasó suavemente la nariz por sus mechones, por la suave piel de sus mejillas arreboladas y calientes. Luego le besó la frente, deslizó los labios hacia su oreja y susurró:

     

    —Podría follarte sin compasión, follarme tu cuerpo, tu boca, hacerte sentir desgraciada cuando sintieras esa necesidad, esa excitación en ti, sabiendo que no está bien, incapaz de controlarte.

     

    ¡Oh, Sakura! Si supieras lo que te odio entenderías cuánto te amo… Ilógico, ¿verdad? Lo haré… Haré todo lo posible para que sientas ese abismo… Esa necesidad… Ese deseo… Ese miedo… A su tiempo. Lentamente…

     

     

    Sakura era incapaz de moverse. El cuerpo del desconocido amenazaba con derrumbarse sobre ella y su delicioso olor, su calor, invadían cada poro de su cuerpo. Suspiró profundamente y cerró los ojos confusa.

     

    —Te suplico… —intentó decir.

     

    —No… ése es un privilegio que aún no posees.

     

    Mil imágenes de su juventud pasaron por su cabeza. Era inútil, jamás lo recordaría. Notó cómo el hombre se incorporaba, cómo se apartaba de ella y se alejaba delicadamente, con apenas un leve murmullo. Apagó la pequeña lamparita y la oscuridad volvió a devorar cada recoveco de la habitación.

     

    Sakura volvió a sentir aquel mareo, aquel ataque de pánico, aquel miedo tácito, claro e implícito que la envolvía. Él, impávido, se quedó en mitad de la habitación rodeado de sombras y pequeños destellos de luces provenientes de la puerta entreabierta. Era como un fantasma, como una presencia de otro tiempo. Avanzó hacia la cama y soltó la brida que le sujetaba la otra muñeca.

     

    Mientras la habitación volvía a balancearse, advirtió que él se había quitado el pasamontañas que le ocultaba el rostro, sin embargo, no pudo ver nada, sólo llegó a divisar su nariz afilada y el brillo de sus ojos que, aun en la profundidad de la noche, seguían transmitiendo aquel dolor y aquel odio. Tiró de ella y la puso de rodillas sobre la cama.

     

    Ahora Sakura tenía su inmenso pecho, su camisa, sus botones diminutos y su olor

    exquisito a dos centímetros de su nariz. Él le sujetó la cara con ambas manos y se inclinó para besarla. Rozó levemente sus pechos al apartarse y sus pezones despertaron ante aquel demonio desconocido.

     

    —Mía… —creyó oírle decir en su oído antes de levantarse y dirigirse a la puerta.

    Exhausta y dolorida, se derrumbó sobre la colcha.

     

    —Duerme, princesa —dijo—, si puedes. Tras estas palabras, nada. La oscuridad se apoderó de ella.

     

    «Despierta.»

     

    La voz de su cabeza le hizo abrir los ojos. Se incorporó con rapidez. No había sido un sueño. Se levantó de la cama y se miró en el espejo, el pelo revuelto, el rostro hinchado de llorar. Todavía le temblaban las piernas y sentía dolorosas punzadas en el estómago.

     

    «Tal vez él volviera a buscarla»,

     

    pensó. Pero ¿quién era? ¿Por qué no la había matado? ¿Qué pudo hacerle ella en el pasado para que la odiara tanto?

     

    —Dijo mi nombre —recordó—. Él dijo mi nombre.

     

     

     

    Rompió a llorar de rabia y cayó de rodillas ante la imagen dantesca que veía de sí misma. Las muñecas le ardían y unas finas marcas rosáceas se dibujaban en torno a ellas. Levantó la vista y se secó las lágrimas para volver a llorar de nuevo.

     

    Aquella noche apenas fue capaz de dormir. Los recuerdos de lo acontecido la torturaban; buscaba una explicación a lo que había pasado.

     

    Durante las pocas horas que consiguió conciliar el sueño, la imagen del hombre y sus palabras resonaron en su cabeza hora tras hora, minuto tras minuto. Su boca, aquella sonrisa cruel y triunfal propia de un tirano, sus ojos, sus profundos ojos negros encastrados en las cuencas sin un ápice de sentimiento y moralidad. ¿Qué le había hecho? ¿Quién era?

     

    Pasaron los días y, cada noche, al regresar a su casa, Sakura tenía la sensación de que alguien la seguía. Temía volver a verlo, siempre buscaba una excusa para que alguien estuviera con ella y, cuando no era posible, intentaba no llevar el coche a la oficina con la idea de pedir luego un taxi y regresar acompañada al portal.

     

    Qué estúpida. Él había entrado mientras dormía y nadie se lo había impedido. Mandó cambiar las cerraduras del piso e instalar un cerrojo en la puerta de la habitación, que antes de acostarse cerraba por dentro. Sin embargo el miedo no cesaba, la inseguridad y la sensación de que volvería a verlo le impedían dormir por las noches y los días se le hacían eternos.

     

    El trabajo le pesaba y cada vez le costaba más disimular su tormento. Pensó en denunciarlo, pero sólo al principio. Posiblemente no darían con él, no podía permitir que sus padres pasaran por eso, que sus amigos se enteraran, que en su trabajo alguien lo supiera. Era tal la sensación de humillación que la mera idea de contárselo a alguien le aterrorizaba.

     

    Y pasaron los meses…__

    Notas finales:

    esperen el siguiente capitulo

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