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El Príncipe de los Robles por hadapiromana

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Notas del fanfic:

Hola n.n

Vengo teniendo esta historia rondando mi cabeza desde hace varios años y recién ahora la estoy desarrollando. Aún la estoy editando y puliendo aquí y allá, pero haré mi mejor esfuerzo en hacerla disfrutable xD

Si te gusta, no olvides dejar un comentario, de esta forma me alientas a seguir subiendo capítulos. :)

 

Añadiré una pequeña introducción ya que es muy corta para hacerla un cap:

“Hay rencores que duran toda la vida, e iras que pueden destruir mundos enteros...”

 

Un siglo atrás, la guerra devastó los reinos faéricos. Los esclavos se levantaron contra sus amos, y los elfos se sacudieron el pesado yugo que las hadas ejercieron durante incontables milenios sobre ellos.

 

Hubo cien años de armonía, pero ahora el viento anda susurrando que la frágil paz conseguida pende de un hilo...

 

Illyricum Eternity, del clan de los cazadores, no es ni una cosa ni la otra. Y ese es justamente su problema. Toda su vida le ha perseguido la larga sombra del mestizaje; la maldición de no ser considerada siquiera humana.

 

Daeben Greenglas, nigromante peligroso y primer general del Rey Brujo, guarda más secretos de los que le gustaría. Su pasado le persigue y, aunque le temen y respetan por igual, en realidad no hay quién no quiera verle muerto.

 

Aimar Altagracia es una alta funcionaria de la corte de su majestad la reina Titania, pero su responsabilidad va más allá de las solemnes y protocolarias funciones propias de su cargo. Las hadas le deben mucho más que sus vidas, pero si llegaran a enterarse de sus métodos, la condenarían con la palabra TRAICIÓN grabada a fuego en medio de las cejas.

 

A Arzael Cross el amor acabó envenenándole el alma, pero no tanto como esa toxina oscura que recorre sus venas en este mismo momento y con la cual Caillic, el afamado pupilo médico de su madre, no tiene ni idea de qué hacer.

 

Caillic quiere salvar a su amigo, pero ni siquiera sus dotes como mago sanador pueden hacerle frente a la enfermedad.

 

Y lejos, muy lejos, desterrado y con una sed de venganza largamente contenida, otro nigromante observa, a la espera de tomar aquello que le pertenece.

 

“La luz te ayudará a escapar de la oscuridad más profunda.

 

Y la oscuridad te ayudará a ver a través de la más brillante luz.

 

Aunque, por esto, el verdadero mal puede llegar a ser totalmente incomprensible...”

Perdido y olvidado a la sombra de la cordillera Inggnor, el brumoso valle que las hadas habían llamado una vez Ceann Síbe, el Puente del Destino, ya no era más que un recuerdo fantasmagórico de la devastación de las guerras faéricas. Aquel sitio le resultaba ciertamente desconocido y le había costado encontrarlo; la espesura del bosque, apretada y demandante, se había cerrado en torno suyo, lo había engullido y devuelto a las profundidades de la naturaleza, y de él no quedaban más que pobres vestigios: una construcción circular, ruinosa, de mármol blanco desgastado por la erosión, por los años y por la violencia.

Y, de pie ante las puertas del santuario, Illyricum Eternity temblaba como una hoja.

Había venido arrastrando aquella promesa durante demasiado tiempo y ahora que al fin había llegado el momento de cumplirla, sentía un miedo inexplicable ante la perspectiva de verla realizada. Tuvo que morderse los labios para controlar su emoción y, mientras ponía un pie delante de otro para avanzar, un escalofrío ansioso le recorrió la nuca. La entrada estaba cubierta por un velo de enredaderas, y ella levantó un brazo para apartarlas y traspasar a lo desconocido.

El templo carecía de techo, pero, por dentro, por debajo de la cubierta que habían formado los inmensos arboles apostados contra los muros derruidos, estaba oscuro y su vista tardó un instante en acostumbrase a la penumbra. Lo primero que vio fue a los guardianes tallados en el mármol, descansando indolentes sobre sus altares; dos maltrechas plataformas con dos pequeñas criaturas de piedra que se enfrentaban la una a la otra, separadas por un suelo carcomido de moho, florecillas y maleza. Tenían talladas unas alas frondosas, imponentes, que nacían en la espalda media. Unos dedos de hielo se aferraron a su columna en cuanto reconoció a quienes representaban: hadas. Sílfides.

Uno al este y otro al oeste. Igual que el día y la noche, se enfrentan eternamente en la Rueda del Destino, le susurró la voz de la última sacerdotisa de la Señora del Arcoíris; su madre, muerta en solitario sin haber nunca traspasado todos sus secretos; los arcos que portan los guardianes pétreos del templo marcan el camino, la banda luminosa que aparece después de cada tormenta; porque cada comienzo es un final y cada fin es un nuevo comienzo. Porque no puede haber luz sin oscuridad, ni vida, sin la muerte.

En efecto, las estatuas parecían sujetar firmemente lo que alguna vez habían sido unos colosales arcos en sus pálidas manos resquebrajadas, y los apuntaban hacia lo alto, mirando con sus ojos ciegos a la nada que se alzaba sobre sus cabezas. Aunque lo que quedaba de aquellas armas estaba cubierto de hiedra también, y su objetivo llevaba largo tiempo oculto detrás del entretejido de ramas que se había formado encima del templo.

Illyricum apartó la sofocante máscara de su rostro, tomó aire y exhaló un largo suspiro. El santuario olía a bosque mojado, a lluvia y abandono. Ni ecos quedaban de la gloria que susurraba la altiva leyenda de Ceann Síbe, y ella, que jamás había estado ahí, sintió una presión en el pecho; la nostalgia de haber perdido algo sin siquiera haberlo tenido.

Se arrodilló al pie de una de las estatuas, se quitó los guantes y empezó a escarbar entre las madreselvas hasta encontrar lo que buscaba; una pequeña vasija, alargada y esbelta, de bronce oxidado, más verdoso que rojizo. Los detalles en el metal eran aún reconocibles; cintas de volutas interminables y espirales y nudos interconectados entre sí, formando un todo que, sin embargo, no significaba en absoluto nada para ella. Estaba repleta de agua de rocío, de piedrecillas y hojas, e Illyricum lo volcó y sacudió para quitarle esas impurezas. Luego sacó, de debajo de su capa oscura, algo meticulosamente envuelto en un paño y lo desplegó; el libro era muy viejo, y la cubierta le había sido arrancada con violencia en un tiempo anterior incluso al nacimiento de la chica. La vitela de las páginas estaba arrugada y se contraía en los bordes, y ella metió el dedo en el resquicio donde había puesto su marcador: dos flores aplastadas, de pétalos transparentes. Se les llamaba lágrimas de Tissnae y solo había una cosecha de ellas cada siglo. Una única oportunidad, como la vida misma, y los dos sumos sacerdotes acostumbraban a celebrarla.

O al menos, eso decía el tomo.

            Aquellas flores ya estaban encerradas entre las páginas desde que Illyricum tenía memoria. Su madre las había recolectado y según ella, cuando estaban frescas eran unas pequeñas y delicadas obras de arte de la naturaleza, como si estuvieran hechas de cristal tallado. Había que cortarlas y guardarlas durante todos esos años porque de otra forma, se volvían líquidas y desaparecían, y el ritual quedaba incompleto.

Illyricum cogió una flor con la punta de los dedos y la puso dentro del recipiente de bronce. Repitió lo mismo con la vasija que yacía escondida a los pies del segundo guardián de piedra.

Luego, sacó pedernal y les prendió fuego.

–Yg, du fháil… –empezó a recitar, en voz baja, la letanía en la lengua de las hadas que estaba plasmada en el libro abierto. La tinta del manuscrito estaba manchada, casi ininteligible, pero hizo lo mejor que pudo para replicar las palabras de una lengua que jamás habló–, mellier cennaid du shiurrúd, Bhainn af Fyn…

            Cuando terminó, estaba temblando, sudaba y el penetrante aroma dulzón de las flores quemadas había empezado a marearle. Según el texto, era el tiempo en que el sacerdote de Ceann Cíbe debía partir en busca de las nuevas Lágrimas, para el próximo ritual que tendría lugar dentro de un siglo. Aunque, así como las flores llevaban muertas cien años, la tradición también lo estaba. Nada renacería de aquella muerte simbólica por fuego porque Illyricum no era una sacerdotisa y ni siquiera sabía dónde se ubicaba el monte Tissnae. Eso, sin mencionar que lo había hecho todo ella sola, y se suponía que debía hacerlo una dupla.

Lo único que esperaba era que la señora del Arcoíris no se enfureciera por tal falta de respeto a una tradición milenaria… y porque, además, la misma Illyricum no tenía fe en aquella religión. No era suya; había sido de su madre y había muerto con ella hacía diez años.

Illyricum solo cumplía una promesa.

Volvió a taparse el rostro y se dirigió a la salida que ella misma había abierto en la hiedra. A mitad de camino sintió que algo le jalaba de la ropa y se inclinó para buscar el origen; una ramita que se había enganchado a la tela de su juboncillo grisáceo. Se le rompió con el tirón y ella siseó cuando vio la marca rojiza sobre su piel, que había empezado a arder. Sin embargo, se olvidó pronto de ello en el momento en que levantó la cabeza de nuevo.

Porque allí, flotando frente a ella, estaba su propio rostro.

La casualidad no existe, se oyó decir a sí misma, en un tono grave e imperioso que no pudo reconocer como suyo. Illyricum dio un paso atrás, y sus botas resonaron con un sonido metálico sobre el suelo. Todo esto ya ha pasado a lo largo de incontables ciclos; el hecho de que se repita solo es una prueba más de ello. No huyas de tu destino, hija de la luz. Hazlo bien esta vez.

Boquiabierta, sacudió la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Cuando los volvió a abrir la aparición ya no estaba y, en medio de su bochorno, lo único que Illyricum pudo pensar con claridad era que el humo de aquellas flores tenía mucho que ver con esa alucinación. A pesar de eso, mientras caminaba hacia afuera, no pudo evitar sentir una fuerza extraña oprimiéndole desde atrás.

–Esto es lo que pasa cuando te metes con dioses extranjeros –habló en voz alta, como para asegurarse de que no estaba dentro de una fantasía, percibiendo el penetrante aroma del incienso de las flores quemadas que parecía envolver el valle entero. Entonces su corazón, que ya latía desbocado, dio un brinco al oír los bufidos nerviosos de su caballo, estacionado más allá.

Un latido más tarde, e incluso antes de oír el golpe seco que precedía al inconfundible silbido de las saetas, tuvo un escalofrío. Y el instinto no tenía tiempo para pensar: Illyricum se despojó de su capa y se escabulló debajo de ella con la rapidez de un torbellino. Y corrió. El sonido vibratorio de la flecha se oyó otro latido después; cuando clavó la capa contra el suelo. Illyricum se montó de un salto al caballo y lo espoleó.

La razón de que hubiera tardado tantos años en cumplir aquella promesa era, naturalmente, que el triste Ceann Síbe era una zona roja, en disputa desde la Guerra de Emancipación. Se sabía que era custodiada por escuadrones enteros de elfos que evitaban la reunión de ejércitos de hadas en aquella región y, a veces, si se creía en las habladurías, hasta era rondada por los brujos; los crueles elfos oscuros de las islas de Merceron. Illyricum era consciente de que si se dejaba coger por cualquiera de ellos no le esperaría nada bueno.

Otro silbido cortó el aire, y ella maldijo, clavando frenéticamente las espuelas en las costillas del caballo. Lo siguiente que vio fue que el dardo había traspasado el cuero duro de la silla de montar, y volvió a maldecir. El pobre corcel siguió la carrera, desesperado, casi consciente del riesgo que corrían. Illyricum alzó el rostro lo suficiente para escanear su alrededor; nada, ningún alma. Pero claro, si se trataba de elfos, podía uno tenerlos a diez pasos de distancia y no darse cuenta hasta que fuera demasiado tarde.

Galopó y galopó. El caballo resollaba, cada vez más débil. Illyricum se inclinó de forma peligrosa sobre la silla de montar y observó el estado del proyectil. No estaba muy profundo y ella tiró de este e intentó sacarlo, mas, fue un error; el animal relinchó con estrépito y casi la arrojó por los aires. En cuanto se volvió a acomodar en la silla, vio lo que estaba pasando en torno suyo: del suelo habían empezado a surgir unas manos blancas, cadavéricas, con las uñas negras y rotas. Se abrían y cerraban con un chasquido de carne muerta alrededor de los cascos del caballo, moviéndose sobre el terreno como si se tratara de una docena de horribles cobras pálidas. El corcel, más aterrado incluso que ella, saltaba y relinchaba enloquecido, e Illyricum salió despedida varios palmos por delante cuando consiguieron atenazarle una pata. Entonces, aturdida e intentándose levantarse, sintió el tacto helado y los tejidos muertos cerrarse en torno a sus brazos, piernas, cuello.

Aún tuvo tiempo de sobra para patalear y gritar antes de que ellos llegaran.

 

Notas finales:

Los comentarios siempre son bien recibidos :D

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