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Persiguiendo la oscuridad por cferre

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La mayoría de los allí presentes habían crecido escuchando grandes historias. Historias que a partir de cierto punto se sabían de memoria y podrían haber contado ellos mismos. Historias que en algunos casos les habían llevado a hacerse a la mar y, o bien, crear su propia tripulación pirata o unirse a una. Historias que les habían marcado para siempre. Unos habían ido en busca de aventuras, otros de un gran tesoro, otros reputación, otros querían ser temidos en todo el mundo. Buscaban fama, fortuna, poder. Y el hombre que mejor representó todo eso fue el Rey de los Piratas, Gold D. Roger. Pero ninguna de esas razones era la suya. Ace había salido a la mar en busca de libertad. Quería ser la persona más libre del mundo. Quería vivir. Vivir la vida que a él le gustara. Quería vivir sin arrepentirse nunca de nada de lo que hubiera hecho. Quería vivir para descubrir si merecía haber nacido. Quería descubrir si toda esa gente que decía que no merecía vivir por ser hijo de su padre tenía razón o no. Quería encontrar su sitio en ese mundo. Quería vivir por su hermano pequeño.

Dejó la jarra encima de la vieja y ajada mesa de madera mientras se reía. Sus carcajadas se unieron al alegre murmullo de voces que se unían en el aire de esa taberna. La jarra se encontraba medio vacía. Sentado frente a él había un chico de su misma edad, más o menos, año arriba, año abajo; rubio oro, con una extraña cresta que parecían las hojas de una piña, muchas veces se había reído de él por eso; ojos alargados, achinados, pequeños. Alto, de músculos marcados, delgado, espalda ancha. Tiene las uñas cortas y desiguales de mordérselas. En medio del pecho lleva tatuado la bandera de Barbablanca, la tripulación pirata a la que él pertenece. No era un secreto para nadie, lo mostraba siempre. Le pedía a Ace que dejara de reírse. Él no encontraba tan divertido lo que acaba de contar. Su nombre era Marco. Marco el Fénix.

Ace era igual de alto que él, podría haber dudas sobre cuál de los dos era más fuerte. A diferencia de Marco que no tenía ni una sola peca en todo el cuerpo, y si la había pasaba completamente desapercibida, Ace tenía el rostro lleno de pecas, sobretodo la zona de la nariz y las mejillas. Cabello de color negro azabache, largo para ser un chico, los mechones miran cada uno hacia una punta diferente, completamente desordenados.  Ojos de color negro, negro profundo. Mientras Marco lleva tatuado el símbolo de Barbablanca en el pecho, Ace lo lleva bien grande en medio de la espalda; en su brazo izquierdo lleva tatuado su nombre, con una letra de más, la letra s tachada en honor a alguien de su pasado.

—¡Tabernero! Otra ronda por aquí. —Exige alzando la jarra vacía al aire.

El tabernero ha notado desde un primer momento que esos dos chicos no son gente cualquiera. No eran simples marineros de cualquier tripulación, como la mayoría que se encontraba en la taberna, a pesar de sus aspectos desaliñados y descuidados. Tenían aires de personas que están acostumbradas a mandar, a dar órdenes y no a recibirlas. El tabernero no supo mucho más de ellos dos.

La gran diferencia entre los dos chicos se encontraba en su forma de ser. Ace siempre había sido un chico solitario, callado, reservado, tímido, taciturno. Se encontraba a gusto en la compañía de la soledad, se llevaban bien. Desde pequeño había aprendido a sobrevivir y a no necesitar nunca nada de nadie. Ace era rebelarse contra todo, nunca acatar una orden contra la que no estaba de acuerdo, era aventura y libertad, dejarse llevar. Era desafío y atrevimiento. Temerario e imprudente. Impulsivo. Seguro de sí mismo. Arrogancia. Es una mirada seria capaz de llegarte al alma y helarte la sangre. Ace también era lealtad a los suyos, fidelidad. Incapaz de dejar a alguien atrás.

Marco era el de los saludos ingeniosos y el de las bromas. Un cincuenta cincuenta entre diversión y seriedad. Es perfeccionista, atento a cualquier pequeño detalle que se pueda escapar, sereno. Le gusta tenerlo todo controlado, nada al azar. Es el primero en sumarse a una fiesta, el primero en pedir un trago cuando pone el primer pie en una taberna y pedirle al músico que toque algo animado. Es la confianza ciega en sus amigos, es la lealtad hasta al final, amigo de sus amigos, protector de su familia. A veces se encuentra metido en aventuras que no sabe explicar por culpa de Ace.

Pero ninguna de esas características tan suyas parecían acompañarles cuando llevaban más de una hora en cualquier taberna bebiendo ron. ¡Oh, el ron! Para ambos era la mejor bebida del mundo. Decían que todo buen navegante debía tener un almacén únicamente para ron. Cuando llevaban algunas copas de más de las que sus cuerpos podían soportar no era nada extraño verles ponerse de pie encima de las sillas y cantar. Cantar canciones de piratas haciendo que media taberna se uniera a ellas, algunas de ellas impías y salvajes. En algunas ocasiones habían invitado a una ronda a toda persona que se encontrara en la taberna ante la mirada de sorpresa y medio de los clientes. Explicaban historias de sus aventuras como piratas junto a Barbablanca y sin él. Describían a quien quisiera escucharles recónditos sitios del Nuevo Mundo al que pocas personas habían llegado. Algunas veces, completamente bañados en ron, se enfadan tanto si alguien les interrumpía como si no lo hacían, decían que el corrillo no seguía sus historias con suficiente interés. Siempre eran los últimos en abandonar la taberna y los primeros en llegar.

Lo que más aterrizaba a la gente que les escuchaba eran las historias que contaban. Hombres muriendo entre llamas, garfios desgarrando gargantas, ahorcados, gente desfilando por la plancha de madera, temporales de alta mar, islas llenas de gigantes, plantas carnívoras que te comían entero, desiertos infinitos, Reyes Marinos, peces que podían tragarse un navío entero, islas que aparecían y desaparecían, aguas en las que nunca corría ni una simple brisa, leyendas de la Isla Tortuga a la que muy pocos hombres habían llegado, Nassau una tierra completamente libre del Gobierno Mundial y no era regida por ninguna ley, la legendaria e increíble Isla de las Sirenas.  Según ellos mismos contaban, habían pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó a los mares; y el vocabulario con que se referían a ellos en sus relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes que describían. Después de una semana en esa taberna el temor había desaparecido del fondo de los ojos de la gente que les acompañaba en la taberna cada día y se deleitaban con las historias que contaban. Eran una fuente de emociones, que rompían la calmosa vida en aquella comarca; y había incluso algunos, de entre los mozos, que hablaban de ellos con admiración diciendo que eran «unos verdaderos lobos de mar» y «unos viejos tiburones» y otros apelativos por el estilo; y afirmaban que hombres como aquellos habían ganado para sus ciudades de origen su reputación en el mar.

De repente ambos chicos se pusieron de pie encima de las sillas y con un pie encima de la mesa, sobresaltaron a los que estaban más cercanos a ellas. Llamaron su atención, se quedaron observándoles. Tenían las jarras llenas, como si quisieran hacer un brindis, rompieron a cantar:

«Quince hombres en el cofre del muerto.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ; Y una botella de ron!

El ron y Satanás se llevaron al resto.

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡ Y una botella de ron»

Terminaron la estrofa dando una patada encima de la mesa mientras se seguían riendo a carcajadas. Se aminaban solos. No necesitaban a nadie más. Al terminar volvieron a sentarse. Ace, de nuevo, con la jarra en alto pidió una nueva ronda. Marco llamó la atención de todos imponiendo silencio. La taberna sabía que significaba aquello: Estaban pidiendo silencio, iban a explicar una de sus muchas aventuras.

—Silencio en cubierta ¡perros sarnosos! —Gritó con el más bellaco de los vozarrones, aunque no hacía falta. La taberna se encontraba bajo el más sepulcral de los silencios. —¿Por qué sigo escuchando gente hablar? ¡Osan desafiarme, Ace!

—Son las voces de fuera, mendrugo. —Se burló de su compañero mientras se balanceaba con las patas traseras de la silla de madera.

—¡Oh! —Estiró el cuello en dirección a la puerta de entrada para comprobar que era cierto y nadie desacreditaba su autoridad. —Cierto.

A nadie le extrañó aquello, no era algo fuera de lo normal, muchas veces llamaban la atención, se ponían hablar de cualquier cosa y se olvidaban de lo que quisieran contar antes. Eso era señal de que ya llevaban muchas horas en la taberna ese día. Aunque a veces, de la misma forma que cambiaban de tema volvían a su anterior conversación o, de repente, empezaban a contar la historia. Era un extraño don. Podían mantener más de tres conversaciones a la vez. Por esa misma razón, esperaban unos minutos de precaución antes de recuperar la normalidad los clientes de la taberna y volver, así, a sus conversaciones.

Esa tarde ocurrió algo que rompió la ya monotonía de la semana con los piratas Ace y Marco en la taberna. Se acercaba el crepúsculo cuando las puertas se abrieron dejando paso a un hombre que desentonaba por completo. Era un contraste chocante. El señor que acababa de entrar era pulcro, limpio, perfectamente aseado, exquisitos modales. Llamaba la atención de cualquiera en ese local. No había ni punto de comparación con los dos piratas escandalosos.

—Le rajé el cuello a ese capitán de la marina. Amenazaba con detenerme y ahorcarme. Decía que era lo que me merecía por ser un despreciable pirata. Imbécil. ¡Lo ves! —Chilló al cielo levantándose de la silla. —¿Quién está vivo y quién está muerto? Tu Dios no te quiere. —Se burló del recuerdo. Se dejó caer de nuevo en la silla. —¿Qué miras, Ace? —Se giró completamente, con total descaro. —¿A quién tenemos aquí? ¡Pero si es nuestro amigo! ¿Le recuerdas, Ace?

—¡Por supuesto! Vicealmirante Cancer. —Con un gesto de su dedo y utilizando la habilidad que le había concedido la fruta del diablo Mera-Mera al comérsela, encendió el puro que el Vicealmirante llevaba en los labios. —De nada. —Sonrió ligeramente de lado y con cierto toque a superioridad.

—¿Quiere tomarse algo con nosotros? —Le invitó Marco notablemente divertido, abrió los brazos mostrándole la mesa.

—Lo único que haría con vosotros sería deteneros. —Hablo finalmente. Había dejado unos segundos de diferencia.

—En eso me temo que no le podemos ayudar. —Negó con la cabeza Ace. Se burlaba sin intentar esconderlo. —A parte, ¿por qué nos iba a detener? Antes de marcharnos con el amanecer pagamos nuestras copas. ¿Cierto, Eugeni? —Interpeló al tabernero, quien prefirió no intervenir en la conversa, hizo como que estaba ocupado limpiando vasos.

—Déjame pensar —Se dio la vuelta quedando apoyado contra la barra, quería demostrar quién era la persona, verdaderamente, superior en esa taberna. —, piratería, robo, asesinato, resistencia a la autoridad, rebelión, alteración del orden público, agresión a la autoridad ¿sigo?

—Por favor, si sólo hemos hecho eso somos unos piratas de pacotilla. —Se seguía burlando Ace, se llevó la jarra a los labios para darle un nuevo trago.

—Os quiero fuera de la isla antes del próximo sábado, no; antes del martes. Si aún estáis por aquí os capturaré y os haré ejecutar. Eso, si no os ha matado antes el alcohol. Estáis advertidos. —Los miraba fijamente, imperturbable.  —No quiero ni una sola queja sobre vosotros.

—Somos piratas, no nos puedes amenazar. —Se quejó Marco indignado mientras se levantaba tambaleante de la silla.

—Soy la autoridad. Antes del martes. —Les recordó dirigiéndose hacia la puerta sin perderlos de vista, sujetaba con la mano derecha la bolsa con comida preparada que le había servido el tabernero.

Ace y Marco se miraban incrédulos a los ojos por la situación vivida. Un vicealmirante de la marina les acaba de dar una advertencia. Les había dado hasta el martes como plazo máximo para abandonar la isla. Había estado charlando con ellos, incluso puede que hubiera hecho un pequeño intento de bromear con ellos. Les había tratado como un padre trata su hijo más travieso.

«Quince hombres en el cofre del muerto...

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»

 

Volvieron a cantar como si nada hubiera ocurrido, pidiéndole al finalizar la estrofa una nueva ronda a Eugeni. Estaban tan animados que invitaron a toda la taberna. Los gritos entusiastas, comentarios subidos de tono, canciones y música se podían escuchar desde la calle. Los transeúntes se detenían por segundos en la puerta para ver si podían ver algo de lo que ocurría en el interior. Algunas personas se llevaban la mano a los labios, cubriéndola avergonzados por los comentarios que se escuchaban. Oían cosas estrellarse contra suelo y paredes, estallar en miles de pedazos y convertirse en un imposible rompecabezas. Veían algunas personas caerse al suelo por no poder aguantar su propio cuerpo. Alcohol, cerveza, vino, ron desparramarse por las mesas y gotear hasta el suelo, caer como si fuera una cascada. Comida volar de un extremo al otro. Se había perdido por completo el control.

Como de costumbre, Ace y Marco abandonaron la taberna a altas horas de la noche. Las luces de la calle habían sido encendidas, la noche se extendía como un manto en el cielo lleno de topos brillantes. La luna se observaba presumida en el océano cristalino. Las calles habían sido abandonas, sólo quedaba alguna persona despistada y desorientada o que creía que cualquier rincón le servía para dormir. Algún gato solitario que aprovechaba para salir a pasear.  Eugeni los había echado, como todas las noches de esa semana. Ahora le tocaba recoger el gran desastre, el gran cataclismo. Abrazados, aguantándose el uno al otro, se encaminaron hacia el Moby Dick. 

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