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Habia Una Vez Una Princesa por Candy-Uchiha

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Notas del fanfic:

Esta historia no me pertenece, es de la autora Johanna Lindsey y por supuesto los personajes de Naruto tampoco. Yo solo transcribo para que disfruten de esta maravillosa historia....


Dos familias reales encontradas: los Haruno y los Uchiha.

Fugaku, el rey, acaba de abdicar para cederle el trono a su hijo. En su lecho de muerte le pide como última voluntad que obtenga matrimonio con la última de los Haruno. Mandó a la princesa siendo aún bebé con la varonesa Tsunade a América, puesto que su vida estaba en peligro.

Fugaku le exige a su hijo que vaya a las Américas a buscarla.


Sasuke Uchiha, el príncipe, está muy bien como está con sus amantes de turno sin ninguna necesidad de casarse. Lo que menos entraba en sus planes era tener que ir a por una princesa a la que ni conoce, pero dadas las circunstancias no tendrá más remedio que cumplir con los deseos de su padre. Así que cumpliría con lo acordado sin siquiera ser necesario llevar vida marital, sólo lo estrictamente necesario para dar un heredero al trono.

Con lo que no contaban es que al llegar a las Américas descubren que la baronesa murió al poco de llegar y la princesa no habría tenido la educación adecuada para su cargo. La búsqueda los lleva a una humilde taberna.

La atracción central del espectáculo en vivo es el baile de la danza del vientre, pero la bailarina usual se ha roto un pie y para que los clientes no protesten, Sakura, nuestra protagonista, decide hacerlo. Con su padrastro enfermo en cama ella se ocupa de todo. Ansía que de una vez muera para tener ella así su propio negocio y no tener que depender de ningún hombre.

Los malos tratos de su padrastro y las horas de trabajo sin descanso de la limpieza, el mantenimiento y las ventas del local serían recompensadas cuando la taberna fuera suya.

El príncipe y sus acompañantes dan por hecho que es una mujer de la vida fácil. La raptan para ir con ellos y cumpla con sus obligaciones. Ella naturalmente no se cree el cuento de que ella es una princesa y piensa que la han raptado para venderla como prostituta.

Notas:

Esta historia no me pertenece, es de la autora Johanna Lindsey y por supuesto los personajes de Naruto tampoco. Yo solo transcribo para que disfruten de esta maravillosa historia....

CAPITULO 1


Cardinia, 1835



El príncipe de la corona de Cardinia se detuvo súbitamente antes de entrar a la antesala de la alcoba real. Kakashi Hatake lo estaba esperando sólo, como un recordatorio portentoso de la juventud del príncipe y de los castigos que había recibido, a veces merecidamente, otras no.

Todas las veces que lo habían llamado para responder por sus fechorías, había sido en estas habitaciones, sin ningún asistente de testigo excepto el conde Hatake que siempre había oficiado de mediador entre sus temperamentos fuertes. Hatake era ahora Primer Ministro, pero aun antes de haber ascendido a ese alto cargo había sido amigo y asesor del rey. Sus palabras revelaban el acento que le había legado una madre rumana.


—Se aprecia su sentido de la oportunidad, Su Majestad. Temía que tuviéramos que recorrer la campiña entera en busca de campamentos gitanos para encontrarle.


La censura estaba presente en sus palabras, licenciosa como siempre. Kakashi no aprobaba, mucho menos que el propio rey, la manera en que el príncipe a veces pasaba su tiempo libre. Pero sus palabras no le afectaron del modo habitual ni le acentuaron el color ni le produjeron furia. Fue la forma de llamarle —Su Majestad en vez de Su Alteza— lo que llamó la atención del príncipe y le hizo empalidecer.


—¡Dios mío! ¿Esta muerto?


—¡No, no! —exclamó Kakashi horrorizado al pensar que había dado esa impresión—. Pero... —se detuvo consciente de que el príncipe de la corona no había sido advertido de lo que él estaba a punto de comunicarle—. Fugaku abdicó formalmente y el Gran Visir de Turquía fue testigo.

El color volvió a apoderarse furiosamente de las mejillas del príncipe.


—¿Y por qué no fui invitado en esa ocasión tan importante?


—Se creyó tal vez que se habría sentido inclinado a protestar...


—¡Por supuesto que lo habría hecho! ¿Porqué, Kakashi? Sus médicos dicen que su estado ha mejorado. ¿Mentían en mi beneficio?


—Ha mejorado, pero no vivirá mucho tiempo si regresa a sus obligaciones y aun así usted sabía —se le había comunicado— , que el tiempo que le quedaba era limitado. Su padre cumplió sesenta y cinco años. Este problema que afectó su corazón le quitó fortaleza. Unos pocos meses más es lo máximo que podemos esperar.


El rostro del príncipe no dejó entrever ninguna expresión que revelara el dolor que le causaban esas palabras. Sólo cerró los ojos. Le habían dicho lo que Kakashi acababa de recordarle pero, como haría cualquier hijo al enfrentarse a la pérdida del único de sus padres vivo, había ignorado las advertencias y se había aferrado a la esperanza. Ahora tomaba conciencia de que era una esperanza falsa.


—¿Por qué razón fui convocado? —preguntó con amargura —. ¿Para decirme que seré coronado antes de que el viejo rey esté en su tumba?


—Sé que siente que no está bien, pero es algo que no se puede evitar. Es la voluntad de su padre.


—Usted podría tomar las riendas como lo hace siempre que él abandona el país. No era necesario que hubiera renunciado al honor antes de que la muerte se lo arrebate.


Kakashi sonrió con tristeza.


—¿Usted cree verdaderamente que no se involucraría en los rigores del gobierno si estuviera aquí y que no querría mantenerse bien informado? La única manera de tener la paz necesaria para sobrevivir un tiempo más prolongado es quitarle el derecho a gobernar. El lo sabía y eso es lo que hizo. De todas maneras, esa es sólo una de las razones por las que se le convocó, no la más importante.


—¿Qué puede ser más importante?


—Fugaku se lo dirá. El le está esperando de modo que entre a verle. Pero una palabra de advertencia, si me permite. No proteste por lo que ya está hecho y no se puede cambiar. El abdicó por propia voluntad y hasta con felicidad, porque usted es y siempre fue el orgullo de su vida. Y, en cuanto al resto… controle su temperamento y sus palabras. Libérelos conmigo cuando salga. Estoy preparado para hacerle frente a ambos, Su Majestad.


Esta vez dijo “Su Majestad” con deliberación, y su intención era decirle que, a pesar de que ahora fuera rey, Kakashi lo trataría de la misma manera que lo había hecho siempre: con amor y una calma razonadora frente a su ira real. El solo pensar lo que causaría esa ira le embargó de temor al entrar a la cámara real. Kakashi sabía que ya no era habitual que se enfureciera. De hecho, se habría peleado con cualquiera sin importar el rango, pero desde que se había vuelto hombre se vanagloriaba de haber logrado controlar más su temperamento.


El rey de Cardinia que acababa de abdicar yacía en su lecho, tan enorme y monstruoso que requería de escalones para llegar al estrado sobre el que estaba apoyado, luego más peldaños para llegar al colchón, envuelto en un delicado terciopelo y seda y que estaba adosado a un cabezal de oro macizo con el escudo real en la parte superior. El resto de la habitación ostentaba la misma opulencia.

Los pisos de mármol reflejaban la luz de las velas; las pareces revestidas en la más fina de las sedas estaban adornadas con obras de arte de los maestros de Europa, algunas pinturas colocadas desde el piso hasta el cielo raso, todas las enmarcadas en oro macizo. Pero la habitación del rey no era diferente del resto del palacio, donde abundaban el oro y la plata y le aseguraban a cualquier visitante que Cardinia, a pesar de ser relativamente pequeña en comparación con las naciones vecinas, contenía dentro de sus fronteras innumerables minas de oro que la convertía en uno de los países más ricos de Europa del Este.


—Estás frunciendo el ceño —refunfuñó Fugaku mientras su hijo se acercaba—. Mi última amante confesó que la atemorizabas profundamente cuando te veía así. No me sorprende que con esa expresión cualquier niño saliera a buscar a su madre.


Fugaku se sintió incómodo al mencionar un tema que, por un acuerdo tácito, nunca se debía abordar.


—Si Kakashi se excedió en sus límites haré que le corten la lengua —juró para cambiar rápidamente de tema.


—Me dijo solamente que soy el rey.


—Ah —Fugaku ignoró el tono áspero y volvió a reclinarse, relajado, sobre los almohadones, al mismo tiempo que golpeaba suavemente el colchón a su lado—. Ven junto a mí como solías hacer antes.


El príncipe no dudó pero bordeó el estrado y se tendió a los pies del colchón. Se apoyó en un codo y miró a su padre con esa paciencia por la cual comenzaban a reconocerle. Fugaku supo en ese momento que su abdicación no sería cuestionada, no importando que su hijo pudiera aborrecer esa decisión. Respiró con alivio. En su opinión, esa había sido la única duda. El resto era un hecho establecido que simplemente necesitaba recordarle.

—Sí, eres el rey y serás coronado en una semana, antes de que el Gran Visir finalice su visita.


—¿Cómo? No habrá invitaciones grabadas en oro para los soberanos coronados de Europa?


Fugaku sonrió a pesar del sarcasmo de su hijo.


—En este momento, contamos con invitados que representan ocho de esos monarcas, tres príncipes, una archiduquesa, varios condes, nuestro estimado amigo de Turquía y hasta un conde inglés que cruzó nuestras fronteras tras las huellas de Abdul Mustafá. Aprovecharemos la presencia de todos ellos para ser testigos de la ocasión. Nadie dudará que eres mi heredero, no sólo por derecho sino también por elección y favor, bien amado por su pueblo, aunque lo único que le falta es una reina a su lado.


El príncipe se puso en guardia. En el fondo había presentido lo que tanto temía oír y no se había equivocado.


—Tú sobreviviste sin una reina los últimos quince años desde que mi madre murió.


Esas palabras le permitieron a Fugaku darse cuenta de lo molesto que estaba realmente el príncipe. En lugar de gritar y enfurecerse, había pronunciado una frase absurda como esa, que no garantizaba una respuesta, mucho menos una confirmación. Pero como su hijo se esforzaba por contener su furia, fue Fugaku quien respondió.


—Tuve a mi príncipe de la corona, ¿qué necesidad tenía de tener otra esposa, a no ser por una razón política, que nunca existió? Tú no puedes decir lo mismo.


—Entonces permíteme elegir.


Sus palabras sonaron como un murmullo muy cercano a una súplica. Fugaku ya las había oído antes la última vez que surgió el tema, cuando su hijo regresó de su viaje por Europa diciendo que había encontrado a la mujer con la cual deseaba casarse. Por supuesto, esa vez no se mostró tan tranquilo en sus protestas cuando su pedido fue negado. Fugaku creía que, esta vez, no podría soportar protestas de ese tipo.


Para evitarlas dijo:


—Es mi último deseo, mí última voluntad si quieres, que cumplas con el compromiso asumido el día en que nació Sakura Haruno. Su padre era nuestro rey y era su deseo y decretó que tú gobernaras como su esposo. Podría haber elegido entre las muchas casas reales de Europa, pero eligió a mi hijo. Fue un enorme honor...


—Un honor que habría sido negado si hubiera nacido otro hijo Haruno.


—¿Cuando los Stamboloff habían jurado eliminar a toda su familia? Y en pocos meses lo hicieron. Mataron a todos excepto a la niña que yo escondí fuera del país. Lo que me sorprende es que nadie nunca insinuara que yo tenía más que ganar que los Stamboloff. Con las muertes de los Haruno yo gané el trono.


—Su feudo era legendario. Tú no participabas en él.


—Sea como fuere, el último Stamboloff fue finalmente encontrado y eliminado.Después de mucho tiempo, la princesa puede sentirse segura de regresar a su tierra y sentarse en el trono que es suyo por derecho desde el nacimiento.


—Ella perdió ese derecho, padre. Nadie quería una reina joven, sobre todo si casi no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir a las balas de un asesino. Y aunque esté viva, tú fuiste declarado rey. Y si ahora llegara a regresar ya no tiene derecho de reclamar la corona.


—Excepto a través de ti —Fugaku le recordó suavemente—.Las circunstancias te han hecho rey en lugar de consorte. Ya no debes gobernar a través de ella. Pero ella pertenece a la verdadera familia real y tus hijos son los únicos que se pueden beneficiar.


—Nuestra familia es tan real como...


—Es cierto, pero en forma indirecta. Dios mío, once Harunos tuvieron que morir antes de que yo fuera el próximo en la línea al trono. ¡Once!. La corona nunca debió ser mía. Tampoco la codiciaba,maldita como estaba. Pero fue mía y ahora es tuya y tú, mi hijo, eres el último eslabón de la línea real, tú y esa Haruno que logró sobrevivir. De modo que sea cual fuere la razón caprichosa que tienes en la cabeza para no quererla, la ignorarás y cumplirás mi último deseo. Irás a las Américas, donde la baronesa Tsunade la crió. La traerás a casa y te casarás con ella, con toda la pompa y circunstancia que merece una boda real. Y, si Dios quiere, yo viviré lo suficiente como para verla concretada.


Sin estas últimas palabras, el príncipe podría haber continuado con sus argumentos en un tono tranquilo. Hasta haber expuesto sus razones para no querer a la princesa Haruno, aunque lo dudaba ya que sus razones estaban escondidas en la parte más oscura de su alma. Pero con esas palabras, las palabras de esperanza de un hombre a punto de morir...


—Así será —fue lo único que pudo decir.


Sin embargo, Kakashi Hatake no fue tratado con la misma condescendencia. De ninguna manera. Pero a pesar del hecho de que era casi una cabeza más bajo que el príncipe de la corona, que pronto sería coronado rey, y de contextura débil al lado del físico militar del hombre más joven, no se sintió intimidado en lo más mínimo por la explosión de furia con la que se topó fuera de la habitación de Fugaku.

—¿Quién diablos recuerda que esa perra real está viva? — gruñó el príncipe en el mismo instante en que cerró la puerta.


Kakashl le dió un codazo suave para que saliera de la antesala y se alejara de Fugaku antes de responderle.

—Todos los que estuvieron presentes cuando se comprometió, sin ninguna duda. Y a propósito, es obligatorio no sólo por nuestras leyes sino por su honor.


—¡Bastardo!


—Espero que haya podido controlarse más con su padre.


—Cállese, Kakashi. ¡Cállese de una vez!


Lanzó estas últimas palabras sin prestar la menor atención a los guardias y los asistentes que pasaban. Por un momento, ellos habían sido expulsados de las habitaciones reales. Si Kakashi no hubiera sido tan insensible, se hubiera sentido ofendido al oír que alguien se dirigía a él de esa manera delante de otras personas de rango inferior, que ahora miraban atónitos como el príncipe se alejaba. Pero el hecho de estar asociado con autócratas exigía dejar de lado el orgullo y, por cierto, el temperamento.


—No creo haberlo oído mencionar en ninguna oportunidad, qué es lo que tanto objeta —dijo Kakashi mientras intentaba mantener el ritmo que imponían los pasos largos del príncipe—. Si quizá me dijera...


—¿Cuál es la diferencia ahora? El lo formuló como su último pedido. No como un orden sino como su última voluntad. ¿Sabe lo que eso significa?


—Sí. De no ser así, habría ignorado la orden. Pero ahora Fugaku pondrá todo su corazón y su alma en el cumplimiento de su voluntad.


El príncipe se dio vuelta. Sus ojos echaban llamaradas.


—¿Sabía que tenía pensado usar una manipulación tan vil?

Era demasiado versátil como para quedarse el tiempo suficiente y escuchar la respuesta. Kakashi tuvo que apurarse para permanecer a una distancia que le permitiera oír sus gritos.


—No —dijo—. Pero fue ingenioso por parte de Fugaku pensar en ello ya que ahora no tiene la fuerza suficiente como para obligarlo de la manera habitual.


—Váyase Kakashi, antes de que me olvide que usted es como un segundo padre para mí.


Kakashi se detuvo abruptamente, no por esa advertencia supuestamente fatal, sino porque se había quedado sin aliento. Y porque el nuevo rey, por su furia, no había girado en el pasillo que llevaba al ala este del palacio donde estaban situados sus aposentos. El corredor que él había tomado no tenía salida. Pero pasaron varios minutos antes de que él mismo se diera cuenta y regresara, dándole a Kakashi el tiempo suficiente para considerar la información que poseía y que podría hacer que el joven aceptara lo inevitable con un poco más de simpatía de lo que había demostrado hasta el momento. Antes de que el príncipe llegara junto a él con el ceño fruncido, Kakashi dijo:


—Tal vez tema que, al haber sido educada en un país distinto al nuestro, la princesa tenga creencias opuestas a las que profesamos. Pero esto no puede haber pasado con una guardiana como la baronesa Tsunade, que era la amiga más íntima de su madre. La niña habrá sido preparada para su destino con gran afecto. Se le debe de haber enseñado a amar su país de nacimiento así como a su prometido. Por otra parte, se entregó una fortuna para su cuidado, de manera que debe de haber sido criada con todo esplendor...


—Y malcriada hasta los pies, no me cabe la menor duda.


—Es posible —dijo Kakashi entre dientes—. Pero su aspecto probablemente sea más que suficiente para compensar todo eso. Tal vez no recuerde a sus padres, ya que en ese entonces vivía fuera del palacio, pero eran una pareja inmensamente bella. La reina era una reconocida belleza austriaca que podría haber elegido a su esposo en cualquiera de las casas reales de la isla. Pero eligió a su rey Haruno. Su hija no puede ser menos que exquisita en su belleza.


Esto no pareció aliviar al príncipe como esperaba Kakashi. En cambió, el joven parecía estar aún más enfurecido, si es que eso era posible. Cuando pasó junto a Kakashi gruñó:


—Me importa un bledo su belleza ya que llegaré a odiarla igual que a ella cada vez que se aleje de mí con asco.


El dolor se reflejó en los ojos de Kakashi. Finalmente había comprendido. Dios santo, no había pensado en eso.


*****************************

Karin se sumergió en el baño, un tanto sorprendida cuando el príncipe entró a su departamento dando un portazo. Sólo le bastó una mirada para comprender la razón de una entrada tan estrepitosa.

Suspiró internamente y despidió a sus dos sirvientes, felices por poder retirarse. No podía culparlas. La primera vez que había visto a este hombre enojado también se había sentido aterrada. Eran esos ojos, ardientes de ira, los que podían hacer que un alma devota sintiera la necesidad de persignarse. Ojos de demonio. Así los había oído llamar una vez. Pero era el poder de su rango la causa efectiva del miedo, porque si mataba a alguien en ese momento de furia, ya sea por accidente o no, no se podía hacer mucho al respecto.

Y todos lo sabían, incluso él.


Esa primera vez, había estado furioso con su amigo Suigetzu Dimitrieff, por alguna estúpida razón que ahora no podía recordar. Pero ella no lo sabía en ese momento y pensó que había hecho algo mal que lo había llevado a mirarla de tal manera. Eso había sucedido hacía más de un año, no mucho después de haberse convertido en su amante. Entonces no le conocía tan bien como ahora. Creyó que iba a matarla por la manera en que había ido tras ella tan pronto la vio, arrastrándola a la cama en la habitación contigua y arrojándola sobre ella violentamente.

Luego comprendió que lo único que le interesaba era manifestar su pasión con los medios que le permitía esa relación.

No había sido una experiencia placentera, por cierto. El miedo la había paralizado y le había impedido corresponderle con el ardor habitual. Pero era demasiado experimentada como para que ello se convirtiera en algo traumático. De hecho, la única razón que la había hecho llorar cuando todo había terminado era su sensación de alivio de que eso era lo único que él tenía intenciones de hacerle.

Aunque tal cosa él nunca la supo, pensó, en cambio, que la había lastimado y ella se encargó de hacérselo creer, ya que su culpa se podía medir en oro. Y así fue, por la lluvia de magníficos regalos que recibió destinados a enmendar la situación.

Nunca más le tuvo miedo, ni siquiera cuando tenía este aspecto como si estuviera a punto de estrangular a la primera persona que cayera en sus manos. Tanto es así que se puso de pie, para que él la viera, y así deliberadamente incitó la pasión con la cual estaba más familiarizada. Y funcionó. El se acercó y, sin decir palabra, la apretó en sus brazos y la llevó, desnuda y goteando agua a la habitación contigua.


Karin rió pero internamente. No era estúpida. Había una hermosa gargantilla de zafiros que ella quería conseguir. Y ahora era el momento. Con sólo fingir unas lágrimas cuando él hubiera acabado con ella. Una tarea fácil para una persona de su experiencia.

Notas finales:

HHola 😉 aqui con otra historia mas una de mis favoritas de esta autora espero que la disfruten tanto como yo y dejenme saber si les gusta para continuarla....

Yo lei el libro en su vercion original que es ingles tal vez se confundan un poco trate de buscar la mejor traduccion asi que cuando lean el nombre del novio de sakura I.J les resulte mas convincente pronunciarlas en ingles, bueno sin mas los dejo y dejenme saver si les gusto, chaito....😊😊😊😊

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