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¿Con quién se queda el perro? por Cattus

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Notas:

Si os ha gustado la historia, hacermelo saber con algún comentario siempre es bien recibido. Así me entero que gente lee y me motivo a seguir publicando por este medio! 

 

Saludos !

Los humanos solemos ser impulsivos algunas veces. Incluso cuando gente a nuestro alrededor nos dice “no lo hagas”, “piensa bien las cosas antes de hacerlas”, “¿estás completamente seguro de esta decisión?”, nosotros, quizás solo por llevar la contraria, o por tener la idea de que lo que hacemos es correcto, cometemos el acto igual.

¿Irme a vivir con mi pareja cuando apenas llevamos dos meses de relación fue un error? Quizás sí. Al menos eso creo ahora, luego de ocho meses de relación y seis conviviendo juntos, creo que nos precipitamos un poco (quizás demasiado).

Estoy sentado en la orilla de la cama, observando como ella camina de un lado a otro reclamándome todo, mientras de los cajones saca sus cosas para luego tirarlas a su pequeña maleta. Me mira, frunce el ceño y continúa con su disputa. Hace rato dejé de escuchar lo que dice, solo me centro en mis pensamientos.

El sexo en la relación fue bueno, sí.

Sin embargo peleábamos día por medio. Esto dejó en claro que no nos conocíamos en lo absoluto, y había muchas cosas de uno que le molestaban al otro. Al comienzo intentamos hablarlo de manera civilizada y cambiar lo que al otro le enojaba.

Después nos dimos cuenta que para eso tendríamos que hacernos de nuevo.

—   No quiero el auto. Te vendo la mitad —dijo ella una vez volví a escucharla.

—   De acuerdo —me limité a contestar.

La seguí con la mirada y vi cómo se introducía en el baño, seguía diciendo cosas, pero ante la lejanía y su tono de voz se me hizo imposible escucharla.

Tampoco me esforcé para hacerlo.

Solté un ligero suspiro y me levanté de la cama, del closet saqué otra maleta y lentamente me dediqué a ordenar mis cosas y meterlas allí. De nada servía seguir arrendando ese lugar. Supongo que debería enfrentar la mirada de “te lo dijimos”, de mis padres y volver a su casa. Mi madre haría un festín con eso, siempre me reclamó por tomar semejante decisión de manera tan precipitada.

“No sabes nada de ella”.

“Vas a volver pronto, no te doy más de tres meses.” (Duré seis, punto para mí).

Rocío volvió a la habitación y metió unas cuantas cosas en su maleta. Finalmente la cerró.

—   ¿Qué haremos con las cosas que compramos entre los dos? —preguntó.

—   Lo ideal sería venderlas y que cada uno reciba la mitad —contesté sin mirarla—, exceptuando el auto. Lo quiero para mí. Deja arreglarme con todo esto y te pagaré lo que te corresponde.

Ella asintió y entonces la observé detenidamente. Sus facciones, sus ojos color café, su nariz, sus mejillas, su cabello ondulado, sus manos, su figura.

¿Qué fue de todo eso lo que me atrajo a hacer semejante estupidez?  

—   Me estás mirando demasiado —se cruzó de brazos.

—   Lo siento.

—   Iré a dejar esta maleta a casa de mis padres. Volveré más tarde a buscar las demás cosas.

—   Como quieras.

Entonces pasó de mí y sentí la puerta principal abrir y cerrarse casi de un portazo. Cerré mis ojos y solté otro suspiro. ¿Cómo terminamos así? Recuerdo que la relación se estaba desgastando con el pasar de las semanas. No había sexo, no había dialogo, no había sonrisas, miradas cómplices.

No había nada.

Hoy simplemente estallamos. Por algo tan estúpido estallamos.

Quizás estábamos esperando cualquier indicio para iniciar una discusión de estas proporciones y que uno de los dos dijera: “listo, se acabó, me voy de aquí”. Ella fue quien dijo eso, sin embargo en ningún momento intenté hacerla cambiar de parecer.

Porque en el fondo, yo también quería irme de aquí.

Fui al baño a tomar unas toallas para guardarlas en mi maleta. La verdad es que todo lo estaba haciendo tan lento porque no quería enfrentarme a mis padres, a mis amigos.

No quería reconocer mi error.

—   Necesito un café. O una cerveza —me dije a mi mismo—, me pregunto si podré llevarme el auto ahora.

Decidí que si me lo llevaría, por lo que empecé a guardar mis cosas en el auto. Una vez volví a entrar al departamento lo miré y sentí un poco de pena al verlo tan vacío. La última vez que lo había visto así fue cuando recién llegamos. Dos jóvenes cargados de sueños y proyectos. Dos jóvenes que comenzaban una historia de amor.

Dos jóvenes que apenas se conocían.

Horas más tarde me di cuenta que ya no quedaba nada más que guardar, el resto era de Rocío. Lo demás era de ambos, y eso lo tendríamos que ver en el camino. Me senté en el suelo y cerré mis ojos cuando sentí unos pasos acercarse a mí, pasos de patitas.

Oh.

Rei me movía alegremente su colita. Lo veo estirarse mientras suelta un gran bostezo, claramente viene despertando de su siesta.

Rei, un husky de tres meses que con Rocío adoptamos hace un mes.

Entonces…

¿Con quién se queda el perro?

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