Fanfic Es
Fanfics en español

El reencuentro por silvy1990

[Comentarios - 0]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +
Notas:

Hola a todos, lamento la tardanza, ¿cómo están? n_n

Sé que he tenido muy abandonada esta historia, pero he estado ocupada entre las vacaciones y los estudios...

Continuaré publicando esta y el resto de mis historias, solo les pido un poco de paciencia... ¡Gracias! ^^

¡Y ahora...a leer! ;)

CAPITULO 9.

A las ocho de la tarde ya estaba desesperada, dando vueltas por toda la casa. Alex vendría en un rato, ya que me había llamado para decirme que vendría a las nueve, pero conociéndole, llegaría un poco antes. Decidí preparar la habitación de invitados para él, pero eso no era tan complicado de hacer. Después, fui a mirar el frigorífico y me di cuenta de que o me ponía a cocinar ahora o no me daría tiempo, ya que no había demasiado. Así que, decidí preparar una ensalada de lechuga, tomate, pepino, maíz, y zanahoria rallada, además de unas empanadillas de atún. Así, tardaría en cocinar y me entretendría hasta la hora de la llegada de Alex. Desde luego, hacer empanadillas siempre me había parecido fatigoso. Te ponías de harina hasta las pestañas, pero era divertido y el resultado era delicioso. Solo esperaba que después de todo el trabajo que estaba haciendo, a Alex le gustara la cena. Y si no le gustaba, era lo que había.

Me reí al darme cuenta de lo internamente mandona que era y de cómo Alex me tenía más que calada. Justo en ese momento, sonó el timbre. Me lavé y sequé las manos para no estar tan llena de harina y fui a abrir la puerta. Me encontré a un Alex con pantalón de chándal oscuro y camiseta blanca, no tan pegada como otras camisetas que usaba, y una bolsa grande de deporte, que era donde supuse llevaba su maleta.

Le dejé pasar con una sonrisa y cerré la puerta principal pulsando la alarma. Alex dejó su bolsa justo en la entrada, pero le detuve, mostrándole la habitación dónde dormiría. Aceptó todo lo que le decía, pero no parecía muy feliz. No cruzamos muchas palabras y es que el pitido del horno me indicó que las empanadillas ya estaban listas y si no las sacaba pronto, todo mi trabajo se iría al traste.

Bajé corriendo las escaleras, pero me escurrí al entrar en la cocina y por supuesto, ya me veía en el suelo, si no hubiera sido por unos fuertes brazos que me alzaron y me dejaron de pie sobre el suelo. Me giré para darle las gracias a lo que él asintió y se acercó para abrir el horno y sacar con un trapo de cocina lo que había en su interior.

-¡Empanadillas! –se relamió los labios, satisfecho-.

-Sí, no sabía si te gustarían, pero me apetecía cocinar –me encogí de hombros-…

-Debes estar aburridísima para ponerte a cocinar algo tan fatigoso –enarcó la ceja-…

-La verdad es que sí –reconocí con una sonrisa-.

-El aburrimiento se va a acabar… ¡Alex al rescate! –Bromeó alzándome del suelo-.

-¡Para, para, me voy a caer! –Empezó a darme un pelín de vértigo-.

Alex rió y empezó a darme vueltas, hasta que finalmente, me colocó sobre su hombro y sin ningún esfuerzo, se acercó para sentarme en el sofá.

-Por hoy, ya has hecho demasiado. Has puesto la cocina perdida y has estado a punto de caerte. Me encargo el resto, espérame aquí –me pidió-.

Asentí, ya que llevaba razón. Así que lo único que hice, fue ponerme en pie y quitarme el delantal. Puse cara de sorpresa al ver lo sucio que estaba el delantal. Tragué saliva y miré el sofá, que afortunadamente no se había manchado. Me acerqué a la cocina y dejé allí el delantal. Alex me miró con mala cara, ya que no estaba en el sofá, donde él me había dejado. Observé la mesa, que ya estaba puesta.

-¿Qué estás haciendo, Amy? ¡Me has desobedecido! –Frunció el cejo-.

-Te vas a reír… Tiene una explicación muy sencilla –jugué con un mechón de cabello-…

-¡Me voy a vengar! –Dijo con decisión-.

-¿Cómo? ¿Por qué? –Me hice la tonta-.

Y justo en ese momento, Alex y yo nos pusimos a correr por toda la casa, jugando entre risas. Hasta que, finalmente, acabamos revolcándonos de harina por el suelo de la cocina. No sé por qué siempre acabábamos en la cocina. Y lo peor era que él estaba sobre mi cuerpo, atrapándome entre él y el suelo, por lo que no tenía escapatoria. Tragué saliva. De nuevo, estábamos demasiado cerca. Alex tensó la mandíbula, viéndose increíblemente sexy. Me mordí el labio y observé que Alex temblaba, pero que se acercaba a mí con decisión, para volver a besarme. Y no me iba a resistir, pero el teléfono sonó.

Alex sacudió la cabeza, se puso en pie y me ayudo a levantarme. Me acerqué al teléfono y respondí. Eran mis padres. Alex, en la distancia, asintió y se puso a limpiar la cocina para después señalarme que iría a la planta de arriba, supuse que a cambiarse de ropa, ya que la tenía llena de harina. Por supuesto, yo reparé en que acabaría manchada hasta las pestañas y había preparado una muda de ropa en uno de los baños de la planta baja. Cuando terminé de hablar por teléfono, Alex seguía ausente y yo aproveché para darme una ducha y eliminar la harina de mi cuerpo. Al salir, Alex ya me esperaba sentado en la mesa, con unos pantalones blancos de dormir y sin camiseta… ¡Espera, espera! ¿Qué hacía sin camiseta? Eso ya era demasiado para mí.

-¿Comemos? –Llamó mi atención-.

-Claro –sonreí-. -¿Todo bien con esa llamada? –Quiso saber-.

-Sí, eran mis padres –me encogí de hombros-.

-¿Saben de nuestro viaje a la playa? –se interesó-.

-Saben que iré con las chicas. Si les dijera que habrá chicos, no me dejarían ir –le expliqué-.

-Entonces, debo suponer, que no les has hablado de mí –comento entristecido-.

-En eso, te equivocas –le di un golpecito en la nariz con el dedo-. Mis padres están encantados con tu regreso y están deseando coincidir.

-Me alegra saberlo –sonrió-.

-Mis padres no son autoritarios, pero hay cosas en las que son muy tradicionales –le expliqué-.

-Si yo fuera padre, siempre me gustaría saber la verdad –se encogió de hombros-.

-No me gusta mentirles, pero de otro modo, no podría ir –le comente entristecida-…

-Entonces, no diré nada… Por esta vez –me guiñó el ojo-.

-Te lo agradezco. Ya bastante mal lo están pasando porque no estoy estudiando empresariales, como ellos hubieran querido –me reí-.

-¿Qué estudias? –se interesó-.

-Trabajo social –le comenté-.

-Siempre te ha gustado ayudar a los demás, yo me sentiría orgulloso –se sinceró-.

-¿Tú que estudias? –Quise saber-.

-Te vas a reír… Empresariales –confesó-.

-Hubieras sido el hijo perfecto para ellos, entonces –me reí-.

-¿Y dónde estudias? –Quiso saber-.

-En Sevilla. Las chicas y yo vivimos en un apartamento –le conté-.

-¿Y os va bien? –cuestionó-.

-Sí, estamos muy contentas –sonreí-.

-¿Y ellas estudian lo mismo que tú? –insistió-.

-Miriam estudia psicología y Ruth estudia filología inglesa –le conté-.

-Vaya…

El resto de la cena, transcurrió de esa guisa. Charlamos de todo y nada entre risas, como si todo entre nosotros fuera tan fácil como respirar. Al terminar la cena, recogimos juntos y dejamos la casa limpia y ordenada y nos despedimos hasta el día siguiente, antes de irnos a dormir. Y como siempre me pasaba antes de hacer un viaje, no podía dormir, ya que me ponía nerviosa. Empecé a dar vueltas en la cama, por mi habitación y finalmente, acabe sentada en una de las hamacas de la terraza, frente a la piscina. Lo cual, no solo me servía para disfrutar del frescor del agua, sino también para pensar en mis cosas y realmente había mucho en lo que pensar.

Siempre había presumido de tener las cosas muy claras en mi mente y ser consecuente con mis decisiones. Por culpa de Leo, mi forma de actuar ante una posible relación había cambiado. No quería volver a precipitarme, pero era lo que más deseaba hacer con Alex. Él siempre había formado parte de mi vida y si aún así después de tantos años, seguía sintiendo cosas por mí, debía ser una señal, significar algo. Y él realmente, me gustaba, pero al mismo tiempo, sentía un miedo que me paralizaba… ¿Qué debía hacer? ¿Debía hacerle caso a mi mente o a mi corazón? ……………………………………………………………………………………………………………………........................................................................ Me encontraba tumbado sobre aquella cómoda y mullida superficie, con los brazos detrás de la cabeza, mirando hacia el techo, disfrutando del frescor que entraba por aquella ventana medio abierta y la luz de la luna que se colaba en la habitación. Me lamentaba por haber hecho las cosas tan mal. Debería haber sido más paciente y besar a Amy cuando ella realmente se sintiera preparada; pero no podía evitarlo, no podía luchar contra mis impulsos cuando se trataba de ella.

Desde niño, cuando estábamos en la escuela, ya me gustaba. Al principio, no éramos amigos, ni siquiera hablábamos, no era capaz de acercarme a ella porque me daba miedo que también se convirtiese en una de esas personas que me insultaban. Prefería pensar que ella era diferente, aunque no cruzásemos palabra.

Sin embargo, un día, unos chicos se estaban metiendo conmigo y ella se metió por medio, defendiéndome. Desde entonces, nos hicimos amigos y aunque era raro estar con ella y dos niñas más, me sentía a gusto, era feliz. Poco después, ambos descubrimos que nuestras madres eran buenas amigas. Eso era una ventaja, ya que así podríamos vernos más seguido.

Todo iba bien, hasta que mi madre encontró trabajo y tuvimos que abandonar nuestro pequeño pueblo sevillano a toda prisa. Por suerte, pude despedirme de Amanda, regalándole una linda pulsera y prometiendo que regresaría. Por supuesto, no sabía el tiempo que tardaría, pero cumpliría mi promesa.

Cuando llegué a Madrid, los chicos seguían metiéndose conmigo, pero no me importaba. Sabía que algún día, las cosas iban a cambiar y Amanda me había enseñado a ser un poco revolucionario.

Cuando llegué a la secundaria, escuche como una pareja apostaba que ella me conquistaría. Por supuesto, no pensaba darle el gusto y solo para que me dejaran en paz, decidí apuntarme al gimnasio, cambiar las gafas por lentillas y cambiar los brackets por unos transparentes. Ese cambio supuso que aquella chica no quisiera conquistarme por una apuesta sino porque en verdad le interesaba. Les di una lección a todos y llegué a la universidad.

Allí hice buenos amigos y fue donde me enamoré o eso creía. Aquella chica era muy similar a Amanda, una chica rubia de ojos claros. Sin embargo, aquella relación terminó de forma repentina cuando la descubrí con mi mejor amigo.

Poco después, conocí a Tom. Éramos vecinos y además, paisanos del mismo pueblo. La vuelta de Tom coincidió con el traslado de mi madre. Ese era el momento perfecto para cumplir la promesa que le hice a Amanda. Lo que jamás llegué a imaginar cuando Tom me comentó presentarme a Ruth, su novia, es que entre sus amigas, encontraría a Amy. Al principio, no la reconocí. Había cambiado muchísimo y estaba lindísima, mucho más que cuando la conocí; obviamente, habían pasado diez años y los cambios eran evidentes. Sin embargo, me fije un poco más en ella y cuando entramos en el centro recreativo, reconocí su sonrisa. También me fije en la pulsera de flores que llevaba en su muñeca, aún la conservaba. Ella tampoco me había olvidado. Eso me dio ánimos para acercarme a ella y darme cuenta de que sin ella había estado perdido, de que ella era la mujer de mis sueños, sin ninguna duda.

Por eso, el día anterior, cuando la besé, fue uno de los más felices de mi vida, pero también me sentí como un idiota. Amy estaba demasiado herida por su ex y yo no había llegado en buen momento para conquistarla. Pero las revoluciones consistían en luchar por lo que queríamos, por muy difíciles que se pusieran las cosas. Por eso, iba a conseguir el amor de Amanda, lucharía por ella a no ser que ella me pidiera que la dejara en paz, que me dijera que no sentía nada. Pero, a pesar de sus negativas cuando la besé, había conseguido confesarme que también sentía cosas por mí; así que, solo tendría que poner de mi parte y esperar a que me aceptara.

Suspiré y me levanté de la cama, en dirección a la ventana, desde la que se veía la terraza de aquella casa en la que tantas veces, de niños, habíamos jugado. Vi que Amy estaba sentada sobre una de las hamacas, con las manos cubriendo su cabeza. Me debatí entre bajar y abrazarla, sin decir una sola palabra, para mostrarle mi apoyo; pero no quería incomodarla. Tal vez, necesitaba estar sola, por más que me muriese por estar junto a ella. Pero no, no podía, no debía presionarla. Demasiado mal lo había pasado ese día, cuando habíamos estado a punto de besarnos, de nuevo.

Así que, me alejé de la ventana y volví a tumbarme en la cama, debía intentar descansar… Pero por más vueltas que daba, no podía dormir. Volví a levantarme y a mirar por la ventana, pero Amy ya no estaba allí. Salí de la habitación y preste atención a mí alrededor. No se oía ningún ruido, por lo que supuse que Amanda ya estaría en su habitación. Me acerqué hasta allí y metí mi cabeza por la abertura de la puerta, que estaba entornada. Amy estaba en su cama y parecía dormir profundamente. Una sonrisa se escapó de mis labios…

-Te quiero, pequeña guerrera.

Después de asegurarme que todo estaba bien, regresé a la habitación. Ahora, podría dormir un poco más tranquilo…

Usted debe login (registrarse) para comentar.